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lunes, 3 de junio de 2019

El peligro crece, pero aumenta la esperanza


En la larga noche electoral se podía escuchar, en boca de algunos comentaristas televisivos del resultado de las pasadas elecciones del 26 de Mayo, la frase “sensación agridulce” con que querían expresar su estado de ánimo tras conocer los resultados electorales. Compartimos esa sensación, pero intentaremos explicarla en lo que sigue, pues, aunque el sentimiento “agridulce” es semejante, las referencias pueden ser muy distintas en cada caso pues, aun siendo las mismas, pueden captarse de forma confusa y poco precisa.

La referencia principal que tenemos muchos españoles es la del peligro de la ruptura de España como nación moderna, derivada de la brillante historia de una monarquía imperial anterior que se truncó, tras un largo periodo de unos tres siglos, con la invasión napoleónica. Pues fue en la Cortes de Cadiz cuando, secuestrado el Rey por Napoleón en Bayona, los diputados reunidos en Cadiz declararon por primera vez la transferencia de la soberanía del rey al pueblo que ellos representaban. Dicho paso era imprescindible para que España se convirtiese en un país moderno desde un punto de vista político, eliminando así los obstáculos para su progresiva industrialización y consecuente enriquecimiento y aumento del bienestar general de la población, como había propuesto Jovellanos.
 
Pero, del dicho al hecho hubo un largo trecho por medio de luchas y sangrientas guerras civiles hasta que finalmente España deja de ser, con el desarrollismo franquista, un país eminentemente agrícola y atrasado y se convierte en una de las 10 potencias más industrializadas y modernamente avanzadas del mundo. La denominada Transición a una democracia homologable con las occidentales fue entonces posible por el anterior desarrollismo económico, el denominado “milagro económico” español (equiparable entonces por su altas tasas de crecimiento con el milagro económico alemán o japones) que evitó nuevas guerras civiles y baños de sangre, pues la mayoría de los votantes apoyó la Transición desde arriba, de la Ley a la Ley como propuso Torcuato Fernández-Miranda con las sucesivas victorias electorales de Adolfo Suarez.

En las décadas posteriores, en que se estabiliza el actual régimen democrático, se cometieron, sin embargo, serios errores en el proceder político mantenido de forma continuada por las dos fuerzas políticas más importantes, PSOE y PP. Se dice que algo peor que un crimen puede ser un error. Peor que la corrupción sistémica de estos dos partidos ha sido el error de solventar sus empates electorales buscando la alianza con los nacionalismos catalán y vasco, que nunca ocultaron sus intenciones separatistas. Pero tampoco se trata ahora de buscar culpables de este error, vista la situación de ruptura de la unidad de la nación moderna española a que nos ha llevado el golpe separatista catalán. Dejemos eso para la Historia que siempre acaba poniendo a cada uno en su sitio. Tratemos de lo más urgente, que es evitar esa ruptura, que sería mala para todos, analizando lo más fríamente posible cómo cambiar de política a seguir a medio y largo plazo. Lo principal sería crear un bloque político nuevo, una vez roto el bipartidismo causante del trágico error y diseñar una nueva política que debe comenzar por retirar la alianza de las últimas décadas con los partidos separatistas, aislándolos políticamente e incluso prohibiéndolos si fuera preciso por anticonstitucionales.

No se ha seguido el consejo de Ortega de aislar al separatismo, cediendo a Cataluña, o a otras regiones levantiscas, solo aquellas competencias que no afectasen a poderes necesariamente de exclusividad central, como la Educación, la Justicia, etc. Se han pasado ampliamente tales líneas rojas confiando interesadamente en personajes como Jordi Pujol, creyendo que no iba a pasar nada. Pero ha empezado a pasar lo peor: la posible secesión en cadena de amplias regiones de España. Y lo peor de lo peor, un Partido Socialista de Pedro Sanchez dispuesto a mantener dichas alianzas con el separatismo cuando éste se ha quitado la careta y no oculta ya su política anti-constitucional y anti-española. Así como se transfirieron imprudentemente poderes educacionales a los separatistas, el PP ha permitido además que la hegemonía de los medios de comunicación, tan importantes en la creación de una opinión publicada que influye poderosamente en el voto, quedase en manos de una cultura de la izquierda que hoy llamaríamos, parodiando a Machado, propia de una España de “pandereta rock” y mentira histórica.

Pero la repetición a mayor escala de la derrota de la alianza del PSOE con el populismo separatista en el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid y de otras Autonomías y Ayuntamientos aumenta la esperanza frente al peligro sedicioso y demagógico. Vox, aunque todavía minúsculo en Ayuntamientos y Comunidades, parece el más consciente de la importancia de la lucha ideológica en aspectos clave para desmontar la demagogia en que hoy a caído la izquierda con respecto a temas como la españolidad, la memoria histórica, las leyes y costumbres domesticas y que partidos como el PP, y en parte Ciudadanos, se han tragado casi sin rechistar. Nuestra esperanza no es ciega. No se trata de creer que no hay intereses que también separan a estos tres partidos, pues basta ver cómo se ven obligados a atacarse en periodo electoral, sino de buscar al menos una firme alianza frente a terceros, frente al nuevo Frente Popular de Pedro Sanchez, que intenta desesperadamente separar con un cinturón sanitario a Vox del resto, satanizándolo como ultraderecha. Esta será seguramente la lucha más inmediatamente próxima.



Articulo publicado en La Tribuna del País Vasco (28-5-2019)

viernes, 24 de agosto de 2018

La Constitución acuchillada por un hecho

Herbert Spencer, el pensador mundiálmente leído de la época victoriana, fue uno de los grandes filósofos ingleses, aunque hoy esté prácticamente olvidado incluso en su propio país. Solo Margaret Thatcher se acordó de sus propuestas liberales de limitar la creciente estatalización de la vida pública con la pretensión, manifestada ya en su tiempo por Spencer, de privatizar hasta el servicio de Correos. Autor de una filosofía sistemática, era un modelo de filósofo positivista que todo lo analizaba y trataba de explicar de modo racional. Se decía de Spencer que “no era un hombre; era un intelecto”. Sin embargo, algo de hombre si tenía, pues llegó a mantener una relación amorosa con la famosa poetisa y novelista George Eliot. Además, lejos de llevar una vida de filósofo anacoreta, Spencer solía recalar por las tardes en el Ateneo, el gran club literario londinense, situado hoy todavía cerca de Picadilly Circus, donde jugaba al billar y conversaba con ilustres conocidos como Thomas Huxley, el llamado “bulldog de Darwin”. Huxley, al enterarse de que Spencer había escrito una tragedia, no pudo menos de exclamar jocosamente que la idea de una tragedia de Spencer debía consistir en algo así como “una deducción asesinada por un hecho”.

Una idea similar de tragedia nos puede servir para entender lo que que algunos ven en la crítica situación española en la que nos encontramos: un imponente edificio constitucional, aprobado en 1978, basado en unos Principios jurídicos propios de un régimen democrático-liberal, de los cuales se deducen con racionalidad unas normas de la convivencia política que son finalmente acuchilladas, en la Autonomía catalana y otras, por un “hecho” político, el separatismo creciente. El asesinato empezó por las normas lingüísticas, marginando al idioma español común, el castellano; se continuó con la eliminación de la enseñanza de la Historia común a los españoles, y está acabando con la persecución de los propios derechos ciudadanos comunes a la nación. Si queremos entender tal hecho asesino, habrá que preguntar por su génesis, por cómo se ha llegado a semejante situación. Hay que volver, por ello, a recordar el origen de todo esto para romper el maleficio que parece paralizar hasta a Presidentes del Gobierno, como vimos en el caso más sorprendente del señor Rajoy, imagen triste de la impotencia, que alcanza rasgos surrealistas, de todo un Estado ante la rebelión de una minoría separatista fanatizada. 

Decimos surrealista porque nos viene a la memoria una situación similar de una famosa película de Luis Buñuel, El Angel Exterminador, en que se produce un hecho inesperado que impide abandonar la casa, de modo incomprensible, como si de un sortilegio se tratara, a unos miembros de la alta sociedad, reunidos en una mansión durante una velada nocturna. La situación se va degradando hasta unos límites que muestran las bajezas propias de la condición humana. Entonces, a alguien se le ocurre recordar el momento en que se produjo el encierro que les impide salir de la casa. Se da cuenta que eso ocurrió cuando una pianista interpretaba una pieza musical. Tratan entonces de volver a repetir la escena consiguiendo vencer el sortilegio y salir de la mansión, en torno a la cual la policía y las multitudes se habían agrupado masivamente alertados por la extraña situación. De la misma manera que en la película, debemos volver a recordar cuando se produjo el momento en que el Gobierno de la nación empezó a estar preso de los separatistas. De tal forma que, repitiendo ese momento, podamos ver claramente la forma de conjurarlo y encontrar la salida de la trágica situación en que nos encontramos.

Dicho momento tuvo lugar cuando no se encuentra más solución para acceder al gobierno nacional que los pactos con los denominados partidos nacionalistas, eliminado y desprestigiado un Adolfo Suarez que, al margen de sus aciertos y errores, representaba al comienzo de la Transición un potente electorado de centro por primera vez en la Historia de la democracia en España. De esos polvos vienen, de modo imprevisto para tantos, los lodos de la actual rebelión separatista y de la parálisis del Gobierno de la nación. La culpa última no está en uno u otro partido, sino en el poder soberano propio de una democracia, que es el voto del elector conformador de las mayorías parlamentarias de las últimas décadas. Ese elector se ha caracterizado por apoyar mayoritariamente posiciones de izquierda (PSOE) o de derecha (PP), pero ha despreciado todas las propuestas de volver al centro. Eso ha ocurrido de forma continuada en las últimas décadas y solo en las últimas encuestas parece que ese voto está cambiando de forma espectacular hacia un partido o movimiento, como Ciudadanos, que busca la reconstrucción del espacio político de centro. Quizás sea este el sortilegio que nos hará salir de la situación de impotencia en que se encuentra el Gobierno central.


Artículo publicado en El Español (6-6-2018) 

martes, 22 de mayo de 2018

Cuidado con Alemania

El “pueblo metafísico, la patria de “poetas y filósofos”. Así le gustaba al filósofo Heidegger denominar a Alemania. Habría que añadir a esto las grandes figuras de la música clásica, Bach, Mozart, Beethoven, Wagner, etc. Con ello Alemania se configuró en el siglo XIX como la superpotencia cultural europea, haciendo sombra a la propia Francia, reina de ilustrados y escritores. Al mismo tiempo, fruto de ese desarrollo de gran creación filosófica y modernización cultural, que empieza con Leibniz y Kant, se produce su industrialización y modernización política en el siglo XIX tras las reformas de Prusia, iniciadas por Federico, el llamado “Rey filósofo”.

En Berlín, capital de Prusia, vivieron los grandes filósofos que continuaron desarrollando y profundizando, desde la Universidad, la nueva forma de pensar críticamente el mundo que hiciera famoso a Kant. Fichte, Schelling y Hegel fueron entonces las “estrellas” filosóficas que atrajeron la mirada de la Europa culta. Fichte con sus “discursos” para regenerar una nación alemana, otrora gran imperio medieval, que había entrado en decadencia y guerras civiles con la división religiosa entre protestantes y católicos. Schelling con su Filosofía de la Naturaleza que sirvió de guía para el progreso de ramas nuevas de las ciencias naturales, como el electro-magnetismo, la Química orgánica o la fisiología. Y Hegel que llegó a ser considerado el Ideólogo oficial de Prusia, por su influencia en la Facultad de Derecho, que aún perdura entre tantos Constitucionalistas y teóricos del Derecho.

Alemania se modernizó porque se produjo la circunstancia de unos ministros y hombres de Estado que empezaron a acudir a las conferencias y cursos de Fichte y de Hegel, como estímulo y guía de sus proyectos políticos reformistas, una rara alianza entre la Inteligencia y el Poder, a pesar de grandes dificultades y fracasos sonados, como el fin de su Monarquía, tras la Primera Guerra Mundial, con la consecuente crisis económica que condujo al Reich hitleriano, y a su derrota militar por los aliados. Pero, cual Fenix, Alemania, con el Plan Marshall y la disciplina “prusiana”, resurgió de sus cenizas para convertirse inesperadamente, con la caída del Muro de Berlín, en la “locomotora económica” europea, por la potencia de su industria automovilística y tecnológica. Su tentación actual más peligrosa, por la falta de un contrapeso económico y cultural de calibre semejante, es caminar hacia el IV Reich, transformando la originaria forma Confederal del proyecto de unidad europea, auspiciado por USA, en un proyecto Federal hegemonizado por Alemania.

Hoy Inglaterra, que fue el tradicional contrapeso frente a las ambiciones imperiales continentales de la Francia napoleónica y de la Alemania Guillermina y Hitleriana, ya no está en condiciones de hacer de contrapeso, porque ha perdido su Imperio y además mantiene una política de subordinación política y cultural a USA, la potencia de cultura anglosajona hoy líder. Francia también ha perdido su Imperio y, aunque mantiene un cierto antiamericanismo, su posición económica y cultural parece debilitarse por el ascenso en el liderazgo cultural del mundo “latino” del español como lengua y moda en la música, la cocina, el turismo, etc. Solo queda España e Italia, entre los países del Sur de Europa que podrían ejercer de contrapeso ante una Alemania con pretensiones de superioridad cultural que, con su decisión de no entregar a Puigdemont a la justicia española, se permite dar lecciones de modernidad y democracia a una España a la que considera todavía como inquisitorial y atrasada. Italia, sin embargo, aunque tiene fuerza industrial, no es rival cultural por el poco alcance de su idioma.

Podemos pensar mal y considerar que la verdadera razón es que Alemania desea romper España apoyando al “nazismo” catalán para debilitar a un posible competidor. Pero eso también lo podrían desear, a pesar de negarlo diplomáticamente, Inglaterra e incluso Francia. El gobierno actual de Rajoy parece creer que basta con recurrir a la Justicia de la Unión Europea. Pero por la experiencia de anteriores recursos, sabemos que puede ser peor el remedio que la enfermedad. Se necesita por ello, que esos brotes de defensa de la unidad e identidad de España como nación que ha producido de rebote el golpe separatista catalán, se transformen en el surgimiento de una nueva política que no se limite a un quítate para ponerme yo, sino que tales políticos escuchen las propuestas filosófico-políticas de los filósofos españoles del siglo XX, desde Unamuno y Ortega hasta Gustavo Bueno, que han iniciado una crítica y superación de la filosofía alemana tanto la de Fichte o Hegel como la de Marx, de un modo único en Europa, pero que en la propia España han sido silenciados y marginados por los políticos papanatas y corruptos que nos gobiernan desde hace décadas.


Artículo publicado en El Español (14-4-2018)

miércoles, 9 de mayo de 2018

Defectos de la democracia española

El régimen político español actual, salido de la Transición, recuerda en muchos aspectos a la Restauración decimonónica de los Cánovas y Sagasta, representantes de una oligarquía que se turna en el poder. Hoy se habla de la oligarquía partitocrática del PSOE y del PP, aunque esta sea una oligarquía que no necesita la compra caciquil y descarada de los votos como ocurría entonces. Las elecciones son ahora democráticamente homologables a las que ocurren en las modernas democracias avanzadas. El mal que destruyó al Sistema político de la Restauración canovista fue el crecimiento inexorable de los distritos electorales de los caciques frente a aquellos cuya elección dependía del Gobierno.

Ortega sostenía, frente a la acusación de Joaquín Costa, autor del famoso diagnóstico de la Restauración canovista como un régimen de Oligarquía y Caciquismo, que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de una Constitución copiada de la inglesa con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía.

Como no había elección, el Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros". Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal beneficio. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante, el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cuneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió con los crecientes desordenes público (grandes huelgas, Semana Trágica de Barcelona, etc.) por el desgobierno del poder central.

El mal que está minando la actual democracia española es muy diferente. Ya no es el caciquismo de la compra del voto, aunque quede algo de eso en las "peonadas" andaluzas. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial que ya desde el final del franquismo se estaba acercando a converger realmente con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fe de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia de los propios electores españoles, no prevista. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las “dos Españas”, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una "tercera España”.

Dicha Tercera España no votó con suficiente fuerza al centrismo que representaba Adolfo Suarez y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante el empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos. Estas minorías nacionalistas, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvistas vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. Por ello estamos alcanzando el momento crítico en el que el Gobierno empieza a mostrarse impotente ante la chulería chantajista del separatismo catalán. La historia se repite, pero como tragicomedia.


Artículo publicado en El Español (21-3-2018)

domingo, 22 de abril de 2018

ARCO y lo siniestro

El último escándalo artístico madrileño bien sonado se produjo con la retirada de la feria artística de Arco de la obra de Santiago Sierra, 'Presos políticos en la España contemporánea', consistente en una serie de retratos pixelados de 24 personajes de rasgos borrosos, pero que se pueden identificar por textos que se adjuntan nombrándolos y describiendo la causa por la que fueron procesados y en algunos casos encarcelados. Los personajes más conocidos de los retratados son algunos líderes políticos catalanes que encabezaron la reciente rebelión separatista en Cataluña, como Oriol Junqueras, presidente de Esquerra y vicepresidente del sublevado Gobierno autónomo de Cataluña presidido por Puigdemont, Jordi Sanchez, presidente de la Asamblea Nacional Catalana y Jordi Cuixart, de Omniun Cultural.

Además, se incluyen a otros personajes, como los separatistas detenidos por una agresión nocturna a guardas civiles de paisano en el pueblo navarro de Alsasua, o los “titiriteros” detenidos en Madrid en 2916 por su montaje de la obra La bruja y don Cristobal, en la que mostraron una pancarta de apología del terrorismo etarra. También hay retratos de activistas del 15-M represaliados o de anarquistas condenados y encarcelados por actos de terrorismo. Todo ello se presenta como un caso de represalias políticas que dañan las libertades democráticas.
La obra fue retirada por operarios de IFEMA, la entidad en cuyos pabellones se celebró la feria de arte, de forma urgente antes de la inauguración que debían presidir los reyes de España. Inmediatamente surgió una polémica en los medios de comunicación sobre lo adecuado o no de tal medida. Que si se conculca la libertad de expresión artística o si por el contrario no es más que propaganda política de un antidemocrático golpe de estado de la minoría separatista catalana. Ante semejante dilema, lo primero que se nos ocurre preguntar es de que tipo de arte se trata, admitiendo, como hipótesis, la pretensión del artista que la produjo como una obra digna de figurar en ARCO, y admitida en principio por los propios organizadores de la feria, que se les supone expertos en materia artística. En vez de responder, como es habitual en el numeroso público que visita estas ferias, con expresiones de me gusta, o no me gusta, es bella o es horrible, o en caso de un norteamericano, “amazing or not”, vamos a tratar de usar criterios técnicos propios de la crítica filosófica de los objetos artísticos que inicia I. Kant en su Critica del Juicio.

En dicha obra, Kant distingue dos tipos de sentimiento artístico que pueden despertar la contemplación artística: el sentimiento de lo bello o el sentimiento de lo sublime. El primero tiene que ver con las obras del arte clásico y el segundo con las del nuevo arte romántico que estaba surgiendo en su época. Podemos decir que la obra que contemplamos de los 24 retratos no pretende ser bella, ni tampoco despertar el sentimiento sublime de la patria chica soñada por los separatistas. Pues las fotos son todo menos bellas, al estar tachadas y desfiguradas. Tampoco son sublimes, pues no están idealizadas para tratar de despertar el sentimiento de una tarea infinita por hacer, el largo camino a la independencia, que podría reflejarse en estos personajes, vistos como héroes valientes y decididos, como los obreros stajanovistas que pintaba el arte soviético. Creemos, pues, que se necesitan otras categorías artísticas que las usadas por Kant.

La categoría que nos parece más adecuada para captar el sentimiento artístico al que se puede aproximar la obra es la categoría del sentimiento de lo siniestro, que fue brillantemente formulada por el filósofo barcelonés, ya fallecido, Eugenio Trías, en su libro Lo bello y lo siniestro (1982). Dicha categoría fue anticipada ya por otro filósofo de la época kantiana llamado W.F.J. Schelling, quien definía lo siniestro (das Unheinmlich), como “aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”.

Podemos, entonces, interpretar la obra 'Presos políticos en la España Contemporánea' en el sentido de que, ciertamente, nos despierta un sentimiento de angustia debido a que algo, que debía permanecer fuera del espacio cívico propio de una democracia, se le ha permitido revelarse, con la crudeza de una apología de la violencia más siniestra contra las personas, las instituciones democráticas y las leyes constitucionales: cuando contemplamos los 24 retratos, el aliento siniestro de un Golpe de Estado o del terrorismo etarra, se revela al espectador receptor en moldes del retrato artístico, a lo Warhol, helando el corazón del españolito que viene a visitar la feria.


Artículo publicado en El Español (13-3-2018).

martes, 10 de abril de 2018

España como problema filosófico


En los últimos 40 años hemos asistido a un nuevo intento de modernización política en España, tras el despegue de la modernización industrial llevada a cabo por el llamado régimen franquista. Franco, manteniendo la unidad del Estado, tras una cruenta Guerra Civil, de la que salió como general victorioso, pretendió despertar en los españoles el sentimiento de reconciliación nacional, de consciencia y orgullo de pertenecer a una misma nación, no solo histórica, sino política, con proyección de futuro y prosperidad, o como decía el ideólogo del Régimen, José Antonio Primo de Rivera, como unidad de destino en lo universal. Pero, para consolidarse como tal, dicho sentimiento nacional debía pasar por el abandono del andador dictatorial y mantenerse libremente en pie, sin ataduras o soportes.

La ocasión llegó con la muerte de Franco y el final de la Dictadura. Como consecuencia de una pacífica y modélica Transición, que asombró al mundo, se constituyó entonces una Restauración de la Monarquía Constitucional, en la que se abrió, por decisión del Rey Juan Carlos, como nuevo Jefe del Estado, y del franquismo aperturista de Torcuato Fernández-Miranda, Suarez, etc., un Proceso Constituyente democrático en el que, como novedad más desatacada, se introdujo una reorganización territorial del Estado que se aproximaba mucho al Autonomismo regionalista propuesto por Ortega en las Cortes Constituyentes de la II República.

Solo un pequeño matiz enturbió la similitud, como denunció entonces Julián Marías, fiel discípulo de Ortega: la introducción del término “nacionalidades históricas” por presión de los grupos nacionalistas catalán y vasco. No obstante, tampoco tenía que ser ello un obstáculo insuperable, como algunos creen. Todo dependía de la interpretación que los Gobiernos y Tribunal Constitucional diesen al término. Pero sucedió lo peor.

Los gobiernos socialistas, guiados por su concepción federalista del Estado, no tomaron como guía el Autonomismo que Ortega había contrapuesto al Federalismo, sino que, orientados más por el “derecho de autodeterminación” de los pueblos de la doctrina marxista, aunque la abandonasen de palabra, desarrollaron la descentralización como una cesión de soberanía, en tanto que cedieron competencias que Ortega consideraba irrenunciables, como la Educación, las Universidades, e incluso parte de la Justicia y de la política exterior (Embajadas catalanas, vascas, etc.). En tal sentido, lejos de fortalecer el sentimiento nacional, lo debilitaron desviándolo hacia el nacionalismo particularista. La falta de identificación con la enseña nacional constitucional roji-gualda, en regiones enteras de España, es el síntoma en el que aflora el fracaso democrático en el mantenimiento y consolidación de la nación política española.

Ante esta situación, algunos creen que, suprimiendo la descentralización autonómica y volviendo al centralismo administrativo napoleónico, se solucionarían los acuciantes problemas del separatismo y de la tremenda deuda económica que amenaza hasta con no poder seguir pagando las pensiones. De ahí que algunos propongan eliminar las dichosas Autonomías para pagarlas. Pero es esta una visión a corto plazo que ignora la dimensión filosófica del asunto, tal como la planteó Ortega.

España no es un pequeño país, como Irlanda o Grecia o Portugal, y su modernización y constitución como nación política moderna no se conseguirá sin la ayuda de los filósofos, como ocurrió con Inglaterra, Francia o Alemania, donde, por ello, están orgullosos de sus grandes pensadores. En el siglo XX hemos tenido nosotros algunos como Unamuno y Ortega, que se han ocupado, en sus libros y escritos, de analizar nuestra situación como nación y que han influido, con sus Ideas, en el curso de la Historia de España. Más recientemente, Gustavo Bueno ha vuelto también a “pensar España” frente al nacionalismo “fraccionario” del separatismo.

Pero la llamada “clase política” de estas últimas décadas, todo poderosa en cuanto “partitocrática”, sacrificó la identidad nacional española a los delirios particularista de los separatistas vascos y catalanes, a cambio de conseguir el poder en Madrid para sus partidos, olvidando y despreciando las sabias advertencias de tales filósofos. Hoy vemos como eso nos está llevando al desastre. Por eso debemos volver a recordar que el “autonomismo” confederal actual no se puede mantener y, por tanto, mejor que volver al centralismo, hay que volver al autonomismo orteguiano. Pues el modelo del autonomismo propuesto por Ortega no es el de los estatutos de 2ª generación que Zapatero, de modo irresponsable y necio, concedió a Cataluña, sino más bien, creemos, el modelo de un autonomismo que es compatible con el sentimiento de la unidad e identidad nacional española.


Artículo publicado en El Español (2-3-2018)

martes, 23 de enero de 2018

¿Ha fracasado la solución Autonómica?

La sublevación de la minoría separatista catalana ha marcado el acontecimiento político más importante del año 2017, y quizás de las últimas décadas, pues habría que remontarse al golpe de Estado del 23-F para encontrar una situación tan crítica para la Monarquía parlamentaria que rige en España desde la llamada Transición a la Democracia.

De la misma manera que se ha magnificado el 23-F en el que, en realidad, al parecer hubo dos golpes, uno duro, el de Milans y Tejero, y otro blando, el de Armada, que se neutralizaron y fue el Rey, como árbitro, el que inclino la balanza finalmente para restablecer la situación y restaurar la legalidad que se pretendía conculcar, de igual forma el golpe de Puigdemont se paró por una doble reacción, la de la justicia que actuó a instancia de denuncias de Vox y particulares y, finalmente, con la aplicación del artículo 155 que la Constitución preveía para circunstancias de este tipo.

Dicha intervención se hizo por parte de un dubitabundo y tardío Mariano Rajoy, que no tuvo más remedio que cumplir con sus funciones presidenciales y retirarles las Competencias de Gobierno a la Generalidad, en tanto que eran prestadas por los únicos detentadores de la soberanía nacional, los españoles. Mariano, dubitativo antes, jugo a continuación a la ruleta la suerte de los separatistas, convocando unas elecciones precipitadas en las que el separatismo, a pesar del espectacular y esperanzador ascenso de Ciudadanos, se ha tomado una revancha propagandística y un resuello que le da una nueva esperanza de reiniciar el Proceso separatista, aunque a más largo plazo. No se trata de pensar que un problema que se ha gestado durante tres décadas por la alianza entre las oligarquías partitocráticas madrileñas y los separatistas catalanes se vaya a resolver ahora con una mera intervención jurídica, aplicando el artículo 155 de la Constitución. Es necesario un giro de 180 grados en la política seguida en las últimas décadas por la mayoría del arco parlamentario, que consiste en seguir “dialogando” y cediendo ante las pretensiones separatistas.

Esta nueva política debería hacer lo contrario, debería tratar de aislar a los separatistas, que como se ha comprobado, no representan a la mayoría de los catalanes, sino que son un minoría radical y además utópica y muy peligrosa para la actividad industrial en Cataluña. Precisamente esta es la política que recomendaba Ortega y Gasset, al que consideramos el padre filosófico de la solución autonómica, de aislar al separatismo por medio de la descentralización Autonómica, como un medio de quitar argumentos a los separatistas en su queja ante el Estado central, ante asuntos que pueden afectar a la mayoría de los catalanes, para dejarlos con las pretensiones separatistas puras, que solo interesan a una minoría integrada por soñadores, chiflados y algún que otro pillo, como los integrantes de la familia Pujol y adláteres.

Para ello, se necesitan nuevos políticos que, si no leen los correspondientes textos de Ortega, en los que defendió su idea de las Autonomías ante las Cortes de la 2ª República, porque como hombres de “acción” no lo suelen ser de lectura y reflexión, tengan asesores adecuados que se los expliquen. Dichos textos por los que podían empezar son los discursos Federalismo y autonomismoEl Estatuto de Cataluña y el libro La redención de las provincias. Léanlos y reléanlos despacio porque, con el tiempo transcurrido, y encontrándonos ante los mismos problemas que los provocaron, adquieren una profundidad y justeza como no se les pudo dar en su tiempo, estando además llenos de gran utilidad hoy. Pues los graves problemas que plantean las Autonomías hoy, como son las tendencias separatistas, el convertirse en reinos de taifas, con unos parlamentos regionales inflados y una tendencia al despilfarro derivan de esta vieja política equivocada que se ha llevado a cabo en las últimas décadas y no de la idea Autonómica como solución precisamente para frenar el separatismo, tal como la formuló Ortega.

Algunos pretenden volver al centralismo jacobino, como en la época de Felipe V o de Franco. Pero ese centralismo solo funcionó con una monarquía absoluta o con una dictadura, que pudo ser necesaria como solución provisional en circunstancias extremadamente graves, pero no como una solución más estable y duradera. La otra solución, el Federalismo o Confederalismo, que defiende la izquierda, también la critica Ortega, como una solución que vale cuando hay varias soberanías que buscan unirse, pero no cuando ya hay una única soberanía como ocurre en España.

 Así que les deseo, para el próximo año, mucha felicidad y estas lecturas recomendadas, para haber si, cuando opinen sobre la cuestión Autonómica, lo hagan con más fundamento.


Artículo publicado en El Español (30-12-2017)

lunes, 18 de diciembre de 2017

Autonomía no es Soberanismo

Una de las confusiones más graves que han propiciado el actual conflicto separatista, que afecta a la Comunidad Autónoma catalana, es precisamente la cuestión de la Soberanía o capacidad que tiene un Estado sobre las decisiones últimas que atañen a su propia existencia como unidad política. Pues, el Estado se constituye, como señala Hobbes, cuando se reconoce en un Soberano, sea ya una persona (Rey) o un grupo de personas (Parlamento), el monopolio de la fuerza para mantener la unidad, la seguridad o el orden dentro de ese Estado. 

En relación con las relaciones exteriores de ese Estado, puede ocurrir que un Estado busque la alianza con otros Estados frente a terceros. Así, si esa alianza se hace más estrecha y duradera, pueden surgir Confederaciones de Estados, como es la actual Unión Europea, en la que los Estados miembros pueden ceder Competencias, que siempre pueden recuperar, como estamos viendo con el Brexit inglés. Aunque el precio sea elevado, ello no es imposible. Pero, si la unión se hace más estrecha, como ocurrió en USA tras la derrota de los Estados Confederados del Sur en una cruenta Guerra Civil, la Soberanía cedida a Washington, parece ya irrecuperable para los antiguos Estados.

El caso de los Estados soberanos europeos, como España, Reino Unido o Francia, es que siguen siendo, por tanto, Estados Unitarios Soberanos, porque la UE no ha dado el paso hacia un Estado Federal europeo. Y quizás no lo pueda dar nunca. Pero dichos Estados, que han tenido un protagonismo histórico como potencias mundiales de primera fila, hoy han sido relegados, al perder sus Imperios, a potencias de segundo orden en la escena mundial, en relación con los llamados Estados Continentales como USA, China, Rusia, o pujantes potencias económicas como Alemania o Japón.

De ahí viene que su poder, tradicionalmente centralista, se debilite y empiecen a surgir tendencias separatistas en algunas de sus regiones. España lleva en esto la delantera, pues ya a finales del siglo XIX aparece el problema catalán y luego el vasco. En Inglaterra esto empezó ahora con Escocia (el caso de Irlanda es diferente). Francia, el país centralista por antonomasia, tiene problemas en Córcega y Bretaña.

Ortega y Gasset ya vio, por ello, la necesidad de regenerar o revitalizar a una España en decadencia. Para ello formuló un programa doble: integrar a España en una especie de unidad confederada europea (“Europa es la solución”) y, a la vez, descentralizar el Estado por medio de la generalización de las Autonomías. Ortega creyó que la división de las Competencias del Estado en Competencias Nacionales (Ejercito, Asuntos Exteriores, Justicia, Educación, Economía nacional, etc.) y en Competencias Autonómicas transferibles, en cuanto que tratan de asuntos locales, que no interfieren con los nacionales, podría servir para neutralizar el vicio español del particularismo o localismo, que se había manifestado como letal en el cantonalismo de la Primera República.

Dejando claro que las Competencias las otorga el Estado y, por tanto, pude también retraerlas o suspenderlas. Ortega defendió la generalización del modelo Autonómico (lo que se atribuye a la famosa frase de Suárez del “café para todos”, desconociendo que proviene del filósofo quizás a través de Torcuato Fernández Miranda, gran admirador de Ortega) porque consideraba que, con ello, se habría creado el “alveolo” para alojar el problema catalán: todas las regiones al tener Autonomía no la verían como un privilegio solo catalán y, a la vez, Cataluña tendría una parcial satisfacción a lo que de justas pudiesen ser sus reivindicaciones particularistas o “nacionalistas”. Con ello quedaría sin fuerza su particularismo separatista, pues no se podría alimentar de motivos de queja razonables, acabando por degenerar en un movimiento utópico e irreal, que es lo que representa hoy el iluminado Puigdemont.

Inglaterra, después de observar la llamada Transición española, nos copió discretamente el modelo Autonómico, creando los Parlamentos regionales de Irlanda del Norte, Escocia y Gales. No es cosa banal que la inteligente Inglaterra copie hoy a la antigua temible rival y hoy tenida por atrasada, y en parte colonizada, España. Incluso, como Ortega preveía, cuando los enfrentamientos en el Ulster subieron de tono, Tony Blair suspendió su Autonomía por cinco años nada menos.

Sin embargo, Cameron, creemos, cometió un grave error al permitir el Referendum escocés pues, con ello, empieza el cuento de nunca acabar, pidiendo otro, como en Quebec. Debería haber negado la consulta y amenazar con intervenir la Autonomía escocesa, como, a trancas y barrancas, se está haciendo en España con Cataluña. Pues, ya decía Ortega que: “Ahí (en la Autonomía) está, señores, la solución, y no segmentando la soberanía, haciendo posible que mañana cualquier región, molestada por una simple ley fiscal, enseñe al Estado, levantisca, sus bíceps de soberanía particular”.


Artículo publicado en El Español (9-11-2017)

domingo, 19 de noviembre de 2017

Aislar al separatismo

Parece que, ante los graves acontecimientos que están ocurriendo en Cataluña, con rebelión abierta de su gobierno regional frente al Estado central, se empiezan a caldear los ánimos del resto de los españoles ante la incredulidad de muchos por lo que ocurre. Empiezan a preocupar también las consecuencias de todo orden que puede provocar una situación que se puede ir de las manos a los propios aprendices de brujo que la han desatado. Ya se habla de una división entre los propios catalanes, que se encrespa hasta desatar situaciones de odio fanático que divide a amigos, conocidos y hasta las propias familias.

Por otra parte, el Estado central está siendo lento y excesivamente timorato en sus intervenciones ante hechos consumados de rebelión con propósitos sediciosos, poniendo el lento y pesado carro judicial delante de los mansos y poco atrevidos bueyes del poder ejecutivo. Un gobierno sin complejos y con una visión serena de lo que ocurre debería aplicar los mecanismos legales que la Constitución faculta para estos casos y que luego los afectados fuesen los que recurriesen a las instancias judiciales pertinentes, si es que se considerasen injustamente tratados. Pero eso no es precisamente lo que ocurre y parece que la grave situación política a la que hemos llegado será difícil de remontar a corto plazo. Pues, todo ocurre como si una pesada inercia impidiese que se dé vuelta al erróneo planteamiento que preside la actuación del ejecutivo, el cual se empeña más bien en seguir negociando con los insurrectos para que desistan de peligrosa y lamentable actitud levantisca.

Dicha inercia procede de una errónea decisión política que se tomó ya en los inicios de la Transición cuando, una vez que se decidió reformar la estructura centralista del Estado introduciendo la división Autonómica, se hizo sin tener en cuenta los consejos que dio el filósofo Ortega y Gassetsobre cómo debería entenderse lo que él mismo presentó en las propias Cortes de la 2º República como una vía, pensada y bien pensada, para intentar conllevar lo más civilizadamente posible el problema del nacionalismo particularista catalán. El problema catalán, para Ortega, no tenía una solución extrema, como vemos hoy, pues si el Estado Central suprime la Autonomía catalana dejaría a media Cataluña descontenta e irredenta, lo mismo que, si los separatistas consiguen independizarse, quedaría la otra mitad de Cataluña igualmente descontenta, intentado buscar la ayuda de España para revertir la situación.

Ortega ya previó que la puesta en práctica de la Autonomía sería utilizada por los independentistas como un medio para conseguir su objetivo final de separación. Por ello recomendaba a toda costa, para que la Autonomía otorgada generosamente por el Estado Central, en tanto que único detentador de la llamada Soberanía Nacional, fuese eficaz, el riguroso aislamiento político del nacionalismo catalán. Pues, con la concesión de la Autonomía regional, “Cataluña habría recibido parcial satisfacción, porque quedaría solo, claro está, el resto irreductible de su nacionalismo. Pero ¿cómo quedaría? Aislado; por decirlo así, químicamente puro, sin poder alimentarse de motivos en los cuales la queja tiene razón”, dijo Ortega en su discurso sobre el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas.

Pero, lo que se hizo a lo largo de las últimas décadas fue precisamente lo contrario. En vez de aislar políticamente al nacionalismo catalán, se deseó su apoyo político. Se dice que todo esto ya empezó en los tiempos de Adolfo Suarez cuando trató de contentar a las minorías nacionalistas catalana y vasca introduciendo en término nacionalidades en la Constitución. Suarez, seguramente hizo esto por razones puramente tácticas para poder mantener sus minoritarios gobiernos, ante el acoso y la caza cainita del hombre providencial que había ganado tan brillantemente las elecciones, imponiendo por vía electoral la Reforma política frente al inmovilismo del bunker franquista. Su dimisión fue conseguida tras la alianza de sectores derechistas e izquierdistas que confluyeron, al parecer, en el extraño intento de golpe del General Armada.


Suarez dijo que se iba para que la democracia no volviese a ser un breve paréntesis en la Historia de España. Así que cuando comienza verdaderamente, de modo estratégico, una alianza que sacó a los nacionalistas de lo que era entonces su aislamiento político y social al principio de la Transición, fue con el bipartidismo dominante que vino después de caído y aislado, este sí, el centro político representado por el CDS de Suarez. La bisagra del nacionalismo particularista se impuso como medio de acceder al poder, tras el pago de transferencias que Ortega nunca hubiese aconsejado, como la cesión de las competencias en Educación. La nueva política, que sustituya a la política que nos ha llevado a esta crisis, debería comenzar entonces por aislar al separatismo.


Artículo publicado en El Español (28-9-2017)

domingo, 5 de noviembre de 2017

La rebelión de la minoría separatista catalana

Asistimos estos últimos días al espectáculo de una sublevación en Cataluña, encabezada por su Gobierno Autonómico, que pretende conseguir la separación de España. La noticia, por su gravedad, ocupa los titulares de los mass media tanto nacionales como extranjeros. No podía ser menos ante el anuncio de un acontecimiento que se presenta, en el imaginario social, como una Revolución que pretende dar nacimiento a una nueva nación en Europa. Una nueva Toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno de los Zares parece anunciarse con los actos preliminares de desobediencia, manifestaciones, huelgas y tumultos que se empiezan a producir ante el asombro de la mayoría de los españoles, que no imaginaban que algo así pudiese hoy suceder.

Sin embargo, algo así está ocurriendo y amenaza con abrir una crisis, no sólo en España, sino también en otros países europeos que albergan en su seno incipientes movimientos separatistas regionales. Por eso parece importante tratar de analizar con cierta profundidad la naturaleza precisa del movimiento rebelde en cuestión, para poder saber en realidad de qué se trata y buscar los medios para evitar las consecuencias catastróficas que de él se puedan derivar.

Lo primero que nos llama la atención es que lo que está ocurriendo ante nuestros ojos no es una Revolución como la Revolución Francesa, la Rusa o la Norteamericana, en la que se dio origen y nacimiento a nuevas y poderosas naciones en el sentido moderno de la expresión. No hay aquí ejércitos que se enfrentan en una sangrienta guerra civil, porque no se está armando al pueblo ni dividiendo al ejército. A todo lo más que se está llegando es a neutralizar a una diminuta, en comparación con los cuerpos armados españoles, policía autonómica de los Mossos y a tratar de evitar un posible enfrentamiento policial armado del que saldrían perdiendo los sublevados. La propia denominación de escenificación de la rebelión, que se utiliza para referirse a las manifestaciones y huelgas callejeras, revela lo que algunos denominan el carácter postmoderno de la rebelión como un simulacro de una rebelión masiva, pues como se puede observar aquí no comparecen las masas, sino grupos de agitadores, no muy numerosos, pero disperso por diversos lugares, concentrados ante comisarias, hoteles donde se alojan los guardias civiles, algunas calles, etc.

El propio Referéndum que se convocó, al margen de que sus datos no ofrecen ninguna seguridad jurídica de veracidad, es un simulacro de victoria masiva del  (90%), cuando en realidad se reconoce que sólo ha votado una minoría de la población catalana. La Huelga General convocada, procedimiento mítico de las grandes revoluciones, ha sido también un simulacro, pues se obliga a parar a los trabajadores controlando una red de transportes con la inutilización, por acción u omisión del propio Gobierno Autonómico, de las líneas de cercanías del cinturón de Barcelona, donde se concentran la mayor parte de la población trabajadora, o del corte con neumáticos de las autovías en unos pocos puntos estratégicos suficientes para colapsarlas.

En tal sentido, no hay aquí una rebelión de las masas, como ocurría en Rusia, por ejemplo, sino una rebelión de carácter distinto y que hemos denominado, en otro artículo de este mismo diario, como la rebelión de las minorías. El problema hoy no es pues la rebelión de las masas, como en tiempos de Ortega y Gasset, sino que es lo que denominamos la rebelión de las minorías, la cual no sólo se está dando en el particularismo del nacionalismo regionalista, catalán, vasco, corso, escocés, etc., sino también en el particularismo o diferencialismo de las minorías sexuales, étnicas, etc.


Todos ellos comparten el contrasentido propio de querer imponer en un régimen democrático, en el que, por definición, deciden los derechos de la mayoría, y con procedimientos democráticos, no violentos, etc., unos derechos minoritarios como si fuesen equiparables a los mayoritarios. Dicho contrasentido sólo puede abrirse paso por medio de la utilización de la simulación y el engaño propio de la demagogia, para lo cual son suficientes las armas de una educación y una propaganda mediática fanatizada, que equivocadamente les ha transferido el Gobierno central. Por ello no hace falta meter los tanques en Cataluña, sino que la verdadera solución está en la discusión ideológica y el pensamiento crítico que hay que recuperar de las manos del sistema educativo y de los mass media puestos hoy, en Cataluña, en manos de los fanáticos sediciosos, y en el resto de España en manos de una tendencia dominante que quiere contentar en vez de aislar a los separatistas. Pues, el separatismo debe ser inexorablemente aislado, e incluso, llegado el caso, prohibido como opción política, no dejando de denunciar sus sinsentidos y peligrosos engaños desde los medios de comunicación de mayor alcance.


Artículo publicado en El Español (23-10-2017)

martes, 19 de abril de 2016

El separatismo y la democracia española actual

    El mal que está minando la actual Restauración Democrática es muy diferente del que afectó mortalmente a la Restauración decimonónica. Ya no es el caciquismo de la compra del voto. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Ortega sostenía que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de la Constitución con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía. Como no había elección, el Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros". Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal beneficio. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cuneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió en crecientes desordenes públicos por el desgobierno del poder central.

      Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando hoy con el crecimiento del separatismo catalán y vasco. Estos lodos vienen de un problema diferente. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial moderno, que se estaba ya acercando a converger realmente con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fe de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia no prevista de los propios electores españoles. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las “dos” Españas, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una “tercera” España. Esta es la que, integrada por las capas más tolerantes de la sociedad española, debía votar a partidos centristas que hiciesen de balanza y equilibrio del poder, como ocurre en otros países europeos con los partidos liberales (Alemania, Inglaterra, etc.). En el inicio del actual Régimen político existieron propuestas de tales partidos, como el CDS de Adolfo Suarez. Pero electorálmente no consiguieron convertirse en bisagras del sistema bipartidista determinado por la Ley d’Hont. La llamada Tercera España no votó con suficiente fuerza a dicho partido y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante el empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos, que habían sido beneficiados por el sistema electoral impuesto con una ponderación alta del peso nacional de sus votantes. 

     Estas minorías, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvista vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista, a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. 

     Por ello estamos alcanzando el momento en el que esta 2ª Restauración empieza a naufragar ante la chulería chantajista del independentismo aliado con el republicanismo totalitario de Podemos. Pero hoy no parece posible un Primo de Rivera. Solo la “dictadura de Bruselas” podrá frenar por un cierto tiempo, como en Grecia, un desgobierno autodestructivo. Queda la esperanza de que el reformismo centrista llegue a ser entonces no una opción electoral más sino una necesidad imperiosa. 

(Artículo publicado en El Español, 1-4-2016)

martes, 4 de febrero de 2014

Hace falta una tercera España con fuerza electoral

Llegábamos en un anterior artículo (“Oligarquíay Separatismo, dos males de la actual Democracia española”) a la conclusión de que era urgente y necesaria la existencia de una fuerza electoral de centro y basada en el voto de la minoría que constituyen en España las clases profesionales ilustradas. Minoría electoral que actuase de balance of power entre los dos grandes partidos mayoritarios, conservador y socialista, para sustituir al arbitraje chantajista que han venido ejerciendo las minorías separatistas vasca y catalana, y que nos ha llevado a una crisis de desgobierno del poder central, imposibilitado por estar dividido ante la cuestión de cómo mantener la unidad de España. Un poder central que  además parece incapaz de dibujar un nuevo proyecto económico nacional que nos permita salir de la crisis en que nos hallamos e incapaz de controlar y corregir los escandalosos excesos de corrupciones y abusos del poder que están aflorando continuamente en los medios, afectando a la entera clase política, sindical, bancaria, industrial, etc, dominante en las últimas décadas. En tal sentido manteníamos la semejanza de la actual Restauración Monarquica con la llamada Restauración Decimonónica en la existencia de una Democracia mezclada con la Oligarquía; pero veíamos la diferencia en que el rasgo que destruyó a la Restauración Decimonónica fue el caciquismo electoral, en tanto que ahora, debido a la desaparición del ruralismo tras el duro y dictatorial, aunque finalmente exitoso, proceso de industrialización de España bajo el franquismo, el defecto político que amenaza con destruir el actual régimen político ya no es el pucherazo electoral de los caciques rurales sino que es el bien organizado y electorálmente poderoso secesionismo separatista catalán y vasco.

Según nos vamos metiendo más y más en las futuras batallas electorales tengo la sensación de que solo hay dos Españas que cuentan, que ocupan de forma abrumadora los medios de comunicación, sobre todo los telediarios de las grandes cadenas, en  los que el tuya mía, tuya mía, entre el PSOE y el PP, se impone de forma aplastante. Realmente esto no es nuevo, sino que viene sucediendo desde el fin de la UCD de Adolfo Suárez, cuando el bipartidismo se impone. Lo nuevo es que, hasta Zapatero, los dos grandes partidos asumieron, por lo menos en su propaganda, los valores democrático-liberales que eran propios de aquel proyecto de una España liberal y democrática de los Ortega, Madariaga y demás. Aunque, de hecho, se fueron introduciendo ya algunos deslizamientos y perversiones como la muerte de Montesquieu, proclamada por Alfonso Guerra y plasmada en la politización de la Justicia, -muerto que Aznar, con mayoría absoluta, no quiso resucitar y que el actual ministro de Justicia, Gallardón, ha vuelto a rematar-, o las concesiones excesivas en materia de competencias lingüísticas y educativas a los micro-nacionalismos insaciables. Pero en general no se tocó en sus bases el pacto constitucional, fruto optimo de la transición a la democracia desde el franquismo.

Con Zapatero todo esto empieza a cambiar y se intenta que reaparezcan las dos Españas machadianas. En el PSOE se impone su ala más radical y antiliberal, como ya ocurrió en la II Republica y, como toda acción provoca una reacción en sentido contrario, el PP, aunque sin muchas ganas de batalla, se apresta a defenderse, como es natural. En tiempos de Zapatero no se quemaban Iglesias, como en la República, pero se empieza a atacar sedes del PP, o a boicotear sus mítines o conferencias en la Universidad, ante la pasividad y poca contundencia de los instrumentos policiales y judiciales.  Si esta situación continuase al agravarse la crisis económica, lo más probable es que la derecha española, que no se deja amilanar fácilmente, como sabemos por la historia de la República, comenzara a organizar o tolerar una respuesta que se tome la justicia por su mano. Situación sumamente peligrosa, como sabemos por experiencias pasadas, debido a las tendencias cainitas que padecemos los españoles.

Por ello es necesario que, ante el empate de fuerzas que volverá a ocurrir tras la previsible perdida de la mayoría absoluta por el PP de Rajoy, surja una nueva o varias fuerzas electorales que recojan la política de una España liberal, como era la denominada tercera España, que hoy ni el PSOE ni el PP toleran prefiriendo la alianza con los nacionalismos totalitarios y secesionistas. Esta nueva fuerza que parece perfilarse con mayor posibilidad de obtener algún escaño, como anticipa las últimas encuesta del CIS y de diversos medios periodísticos, es la del partido fundado por la eurodiputada Rosa Diez, el filósofo Fernando Savater y otros intelectuales a imitación de Ciudadanos de Cataluña. Por fín parece moverse algo en el mundo de ciertas minorías intelectuales españolas, que parecían haber desertado para siempre de su necesaria función crítica, adormecidas por los cantos de sirena y las prebendas de unos poderosos y despóticos grupos político-mediáticos como lo fue durante décadas el imperio de Polanco y el grupo PRISA. El diario El País fue su buque estrella despues de traicionar el espíritu liberal orteguiano que presidió su proyecto fundacional.

Es curioso observar en los últimos años como los intelectuales, como Fernando Savater, desertan del PSOE, siendo sustituidos por los que podíamos llamar los “sentimentales”, esto es, los artistas de la farándula y el espectáculo que son hoy los que firman los manifiestos antaño reservados a aquellos. Manifiestos más sentimentales que intelectuales, puesto que sus tomas de posición están más orientadas por la víscera, ayuna de estudio y de poco sentido común, que otra cosa. La derecha ya hace tiempo que se ha quedado huérfana de su tradicional “intelectual orgánico”, la Iglesia católica, pues los nuevos tiempos democráticos imponen ciertas distancias ideológicas necesarias. A su vez los intelectuales liberales, como Jiménez Losantos o Pio Moa, empiezan tambien a  recelar de los acomplejados líderes del PP. Por ello el nuevo partido de Rosa Diez tiene posibilidades de convertirse en el nuevo partido de los intelectuales españoles. En tal sentido recuerda al Partido Reformista de Melquíades Alvarez o a la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República de Ortega, Marañón y Ayala.

La comparación no es superficial ya que puede tener un calado más hondo, en el sentido de que una preocupación esencial de aquellos partidos republicanos era dar presencia en la vida política nacional a las minorías intelectuales, las “elites”, que Ortega echaba de menos en España, en comparación con lo que ocurría en nuestros poderosos y avanzados vecinos franceses, ingleses y alemanes. Dichas minorías intelectuales, integradas por profesores, humanistas, científicos, médicos, abogados, lo que se denomina personas cultas en general, que parecen coincidir con el perfil de votante del partido de Rosa Diez, debían aportar a la dirección política del país un peso de seriedad y competencia, avalado por el conocimiento de la historia y de las complejidades de las modernas sociedades industriales, que pueda influir, por el peso arbitral de sus votos, en la dirección última del destino de los españoles, para que este no se configure únicamente por fuerzas económicas y sociales polarizadas en una lucha ciega, sorda e irreflexiva, como ha ocurrido en trágicos enfrentamientos pasados.

Precisamente, una de las causas que condujeron a la guerra civil fratricida entre españoles, llena de ignorancia y fanatismo, fue la dificultad y el retraso de España en sustituir a una élite intelectual medieval, como era la Iglesia, la cual todavía en la Restauración decimonónica, que pretendió modernizar el país, ostentaba la mayoría de las cátedras universitarias, por una élite científica e intelectual ya entonces con importantes figuras como Ramón y Cajal, Clarín, o el movimiento krausista, que permanecieron marginados por los políticos del famoso turno entre Canovas y Sagasta. A pesar de los esfuerzos de acciones aisladas como la Extensión Universitaria en la Universidad de Oviedo, el pueblo, en progresivo proceso de proletarización, permanecía en la ignorancia más absoluta sobre la nueva sociedad industrial que se estaba abriendo camino, un poco tardíamente, en España. Dicha ignorancia le conduciría a caer en manos del fanatismo proletario fomentado por los partidos revolucionarios obreristas que se constituían entonces. 
                                                                     
La organización de unas minorías intelectuales que asumiesen los principios de la sociedad moderna había dado un paso muy grande, con respecto al siglo XIX, por obra de lideres intelectuales como Unamuno y Ortega. Fue la primera vez que España pudo ofrecer al mundo, agrupados en la institución cultural de la mítica Residencia de Estudiantes,  un conjunto de nombres en los diferentes campos de la cultura y la ciencia moderna, desde Ortega hasta Dalí, pasando por Buñuel , Ramón y Cajal o Severo Ochoa, con amplia resonancia y efecto internacional. Pero el intento de reconducir la República, por la intervención de tales intelectuales, señaladamente las agrupaciones de Ortega y Melquíades Álvarez, evitando el enfrentamiento trágico entre los extremistas antidemocráticos, fracasó. La guerra civil y la dictadura franquista fueron los corolarios de aquella esperanza que trajo la II Republica.

Hoy nos encontramos en una situación en que una nueva Restauración democrática está conduciendo, en su desarrollo bipartidista, a nuevos enfrentamientos, ya no tanto en torno a un radicalismo social organizado, sino en torno a la cuestión territorial y lingüística, con amenazas serias de secesión de algunas partes de España. Esperemos y confiemos en que la irrupción del nuevo partido de Rosa Diez y Savater, y de otros que buscan ocupar el verdadero centro, permita que el poder moderador de los votos de tales minorías intelectuales se imponga, por su posibilidad de hacer de arbitro moderador, (desplazando al nefasto arbitrismo de los nacionalista vascos y catalanes) sobre las tendencias bárbaras, ignorantes y fanáticas que amenazan con apoderarse de nuevo de un pueblo al que se pretende, desde la llamada Transición, mantener alejado  de la ilustración y el progreso por medio del monopolio de los grandes medios de comunicación, singularmente la televisión hoy dominada por la cultura de la banalidad y el entretenimiento. Es la única esperanza de regeneración que vislumbramos a corto plazo. A medio plazo se requiere algo más profundo, como sería el cumplimiento del programa orteguiano de introducir, por medio de las minorías culturales que han resistido a la corrupción cultural y política del actual Sistema oligarquico, pagando el precio de una especie de muerte civil y un desplazamiento de las altas magistraturas por los intelectuales arrivistas del PSOE o del PP, una filosofía que de nueva vida y racionalidad al pensamiento y a las Ideas que deben presidir y dirigir la necesaria crítica filosófica, sin la cual debe abandonarse toda seria esperanza de regeneración y progreso.

Manuel F. Lorenzo