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domingo, 11 de agosto de 2024

¿Vamos hacia la Primera República otra vez?


      Parece que nos adentramos en una crisis política e institucional producto de un largo proceso de las últimas décadas en las que, o se incumple flagrantemente la Constitución no ejecutando importantes sentencias, como aquellas de la enseñanza del español en determinadas Comunidades Autónomas, o se utiliza al propio Tribunal Constitucional para legitimar determinadas sentencias que benefician a determinados partidos o personalidades, como en el caso de los ERE andaluces y otras, como la Ley de Amnistía de los condenados en el Proces catalán. Todos estos lodos tienen su origen en la famosa “muerte de Montesquieu” proclamada, al parecer, por Alfonso Guerra al introducir Felipe González, por Ley, el reparto por cuotas de partido del Consejo del Poder Judicial que debía controlar a los jueces. Dicha Ley no ha sido cambiada por los sucesivos gobiernos tanto socialistas como populares, y no parece que vaya a serlo en un futuro inmediato.

Por ello, los frenos jurídicos para una alteración profunda de la Constitución por la vía de los hechos cada vez son más débiles y ya se empieza a apuntar la acusación de que nos deslizamos hacía una crisis incluso del régimen monárquico tal como lo conocemos. Pues a través de sentencias del Tribunal Constitucional se podría llegar a legitimar una organización Federal o Confederal del Estado español. Era ya la intención de Zapatero y es hoy la intención explicita, por recientes declaraciones del propio Presidente del Gobierno Sánchez, de caminar hacia un Estado Federal que sustituya al Estado de las Autonomía actualmente vigente. Por eso decimos que, si esto se lleva a cabo, vamos hacía la 1ª República y no hacia la 2ª Republica, aunque haya la semejanza de la constitución de un nuevo Frente Popular. Pues pesa más la diferencia con ella. Ya que dicho Frente Popular, dirigido entonces por socialista radicales, como Largo Caballero, llamado el “Lenin español”, y por comunistas, perseguía la revolución socialista y la lucha de clases más que el problema de las nacionalidades.

Derrotado aquel ideal revolucionario con la caída del Muro de Berlín, e industrializada España, la lucha de clases ya no tiene aquel sentido que arrastraba a masas de trabajadores. La creación del mercado pletórico y las abundantes ayudas y sociales en una sociedad consumista han acabado con las desprestigiadas esperanzas revolucionarias. Podrán estallar motines ocasionales y muy localizados contra determinados abusos, pero no revoluciones como las de aquella 2ª Republica. Ortega decía que un “motín” es una mera lucha contra los abusos, mientras que una “revolución” es una lucha por un cambio de usos políticos. Hoy ya no estamos ante una revolución de las masas proletarias, pues están integradas ya en el sistema. Como se dice popularmente, “todo está en crisis, pero todo está lleno”. Sin embargo, lo que se pretende cambiar hoy, con un cambio de usos y no de meros abusos sin más, es la propia organización del Estado para liberar, no ya a una clase social oprimida, sino a unas minorías étnicas que se consideran secularmente oprimidas por la Nación política española.

Esto es entonces muy parecido a lo que ocurrió en la Primera República en cuyo origen y desarrollo tuvo una gran influencia el federalismo de Pi y Margall. El resultado más desastroso de aquella Republica fue el llamado Cantonalismo, que estalló precisamente durante la breve Presidencia del Gobierno republicano por Pi y Margall. Nerviosos ante la lentitud del desarrollo federalista en cantones se sublevan algunos como Cartagena, declarando unilateralmente su independencia de Murcia y configurando sus propios gobiernos y parlamentos. Lo mismo ocurrió en zonas de Andalucía, Levante y Cataluña de gran influencia anarquista. Lo curioso es que los conflictos ocurrieron entre los propios cantones sublevados y no  solo con el gobierno central, el cual se vio impotente para controlar semejante caos. Pi y Margall duró escasamente un mes como Presidente y fue sucedido por Salmerón y Castelar que se limitaron a enderezar la situación con poco éxito. El golpe militar de Pavía acabaría con la Republica y restauraría la Monarquía borbónica con Alfonso XII. 

Hoy la Monarquía parece más fuerte que entonces, por lo que es difícil caminar al Federalismo como pretende la nueva ala radical del PSOE de Sánchez y Zapatero, equivalente del Largo Caballerismo. Se pretende, entonces, ir alterando la actual Constitución paulatinamente hasta que ya no la reconozcan ni los padres de la patria que la instauraron. El asunto está en comprender, como lo hizo el clarividente Ortega y Gasset en conocidos discursos a la Cortes Constituyentes de la 2ª Republica, que Federalismo no es Autonomismo, sino que es en muchos aspectos lo contrario. No lleva a la descentralización mejor o peor sino a la secesión y al enfrentamiento cantonal. 

Manuel F. Lorenzo
 

jueves, 1 de febrero de 2024

Filosofía como medicina del alma española

 

    Una de las razones de la famosa Decadencia que nos aquejó de modo secular ha sido la falta de una filosofía moderna propia, que reflejase y consiguiese perfeccionar, elevándola al rasgo de categoría, nuestra forma de ser o carácter nacional, tan distinto del pragmatismo inglés, del seco racionalismo francés o del idealismo alemán. No sirvió de mucho imitar las modas filosóficas triunfantes sucesivamente en nuestros ilustres vecinos europeos, como se pretendió hacer después. Solo con Unamuno y Ortega, como grandes figuras señeras, se inicia en España la tarea de desarrollar un pensamiento filosófico moderno propio, con pretensiones de crítica y superación, de las entonces dominantes filosofías en Europa. Dicho esfuerzo filosófico no se ha detenido con ellos, sino que ha continuado en la segunda mitad del siglo XX y hasta comienzos del XXI con la importante obra filosófica creativa que nos ha legado, entre otros, un pensador tan conocido hoy como Gustavo Bueno.

       No pretendo que con decir esto pueda aumentar considerablemente el número lectores o de seguidores de estos señeros filósofos, pues es difícil apartar a mucha gente del culto a los prejuicios dominantes en los grandes aparatos de propaganda masiva, sino que tan solo me dirijo a los pocos, a la minoría selecta que decía el propio Ortega, que creo existente en nuestro país,  aunque se encuentre en un estado de dispersión y alejada de los grandes altavoces mediáticos dominados y ocupados por los epígonos de extranjeras tendencias influyentes. A dichos pocos me dirijo en tanto que considero que están libres de la ceguera, tan extendida hoy en España, para las cosas profundas; pues, en España dicha ceguera es algo muy común y se haya enraizada profundamente en defectos que se atribuyen tradicionalmente a los españoles, como la Aristofobia, que ha contribuido, como señala Ortega, como un defecto constitutivo de nuestro propia historia, -aunque discrepemos de los motivos que aduce Ortega para explicar tal defecto-, a nuestra famosa decadencia, al apartamiento más sostenido de los mejores en la dirección y la búsqueda de solución a los grandes problemas nacionales que nos aquejan desde hace ya siglos, cuando comenzó nuestro declive en la gran influencia que tuvimos en el mundo.

     Ramón Menéndez Pidal, al principio de su conocida obra sobre El Cid Campeador, habla de uno de estos momentos históricos, el de los medievales “condes invidentes” de la corte de Alfonso VI, en los que se manifiesta con claridad meridiana a su juicio esa “invidencia, vicio eminentemente hispano”, que “entorpeció tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta al daño colectivo que en la guerra anti islámica  se seguía al destierro del guerrero superior;  defecto típicamente español (…) Castilla, la Castilla oficial, ciega para las dotes prodigiosas de su héroe, le desterró, le estorbó cuanto pudo, le quiso anular toda su obra bélica y política: <<Ésta es Castilla que face los omes e los gasta>>” (Ramón Menéndez Pidal, El Cid Campeador, Austral, Madrid, 1985, p. 20).

     En tal sentido, envidia viene del latín invideo, invidente, el que no ve. Pero la ceguera, como defecto o mal privativo, puede ser curado en muchos casos mediante operaciones u otros remedios de aparatos ópticos. Por ello esta envidia española, verdadero obstáculo para  reconocer la excelencia en tantos casos y en graves momentos de nuestra Historia, quizás pueda ser curada con una terapia medicinal adecuada, con una “medicina del alma” en este caso, como es la crítica y la educación filosófica que, aunque no pueda erradicar la ceguera en los casos extremos más patológicos, si puede hacerlo en una mayoría de españoles que son indispensables para orientar con su voto, en los tiempos democráticos que vivimos, la elección de los mejores para ocupar los altos puestos en los que reside el mayor poder e influencia.   En los últimos años, parece que el crecimiento de la demagogia política, que está llevando a una selección a la inversa de los dirigentes y personas más influyentes entre los españoles, promocionado la mediocridad y la incompetencia en perjuicio de la excelencia, puede llevarnos a un estancamiento en nuestra modernización e incluso al peligro, hoy ya manifiesto para muchos, de la final destrucción de la unidad política como nación moderna.

     Por todo ello creemos necesaria una mayor influencia en la España actual de nuestro propio pensamiento filosófico desarrollado polémicamente por nuestros propios filósofos, que sería útil para fortalecer críticamente a nuestro país. Pues, como decía Descartes, la potencia de un país guarda relación también con la potencia de la filosofía de sus pensadores. El problema es que esta nueva filosofía española es censurada y marginada por los poderes mediáticos dominantes hoy en España. Quousque tándem abutere, Catilina?.

Manuel F. Lorenzo


miércoles, 6 de diciembre de 2023

En defensa de la Constitución



En conmemoración de los 45 años de la actual Constitución me voy a remitir a un artículo que publiqué ya en 2004 (recogido en mi libro En defensa de la Constitución, 2010) y que sigue estando vigente en sus reivindicaciones que apuntan al filósofo Ortega y Gasset al que se puede considerar el Padre Filosófico de la Reforma Autonómica, aunque se le silencie y se haya tergiversado su propuesta confundiendo descentralización Autonómica con régimen Federal o Confederal. La mejor defensa de la Constitución creo que pasa por explicar lo que Ortega propuso en sus discursos y escritos.


25 años de Constitución Democrática

El pasado año se cumplió ya un cuarto de siglo de vigencia de la actual Constitución política que rige y organiza, como gran marco político, la vida española. Desde 1978 hasta la fecha, ha pasado un trecho de tiempo lo suficientemente largo para hacer un balance, por somero que este sea, del significado tan positivo que ha tenido dicho texto y puede seguir teniendo si, dado que hoy ya no dependemos de que el Rey sea inteligente u obtuso, la sabiduría del pueblo, que es quien lo decide con su voto, la sostiene y defien-de. Porque se empiezan a oír voces muy fuertes entre una parte de los partidos políticos, sobre todo los que representan a las izquierdas y los nacionalismos periféricos, que piden una reforma de la Constitución que la afectaría precisamente en lo que se puede considerar que ha sido el mayor de sus aciertos: la solución autonómica para vertebrar y organizar la persistente multiplicidad y variedad regional que ha caracterizado a España a lo largo de su extensa historia.
Por mi edad no pertenezco propiamente a la generación que tuvo la tarea política de elaborar y aprobar dicha Constitución, pues por aquellos años yo estaba todavía haciendo el Servicio Militar y un cuartel, con un ejercito todavía mayoritariamente franquista, no era el lugar más apropiado para tal clase de preocupaciones. Fue mucho más tarde, en la época en que gobernó Felipe González, cuando caí en la cuenta de la importancia de la Constitución. Fue entonces cuando, leyendo las obras completas de Ortega y Gasset, me topé con algunos escritos suyos, muy poco citados en los fastos y conmemoraciones que los propios socialistas y el diario El País, del cual era fundador un hijo del filósofo, hicieron del centenario del nacimiento de Ortega, en los que pude ver, con gran sorpresa, que la Idea de la Organización Autonómica del Estado, que representa lo más llamativo y original de la actual Constitución, había sido expuesta, defendida y desarrollada por el propio Ortega en la prensa, en forma de libro (La redención de las provincias, Obras Completas, t.XI), y hasta en sus discursos en las Cortes durante la elaboración de la constitución de la II República (“Federalismo y autonomismo”,“ El Estatuto catalán”, Obras Completas, t. XI) En dichas intervenciones defendió el filósofo, como si de un nuevo John Locke o un Montesquieu se tratara, la necesidad de que la nueva organización política que se necesitaba para reformar y regenerar políticamente el país se basara en una división o separación clara de los asuntos nacionales y de los locales o regionales. En esto coincidía entonces Ortega con la izquierda y los nacionalistas peri-féricos, mientras que la derecha era, y siguió siendo durante la dictadura de Franco, centralista, esto es partidaria de que tanto los asuntos nacionales como los locales se decidiesen en Madrid.
La derecha había sido centralista y partidaria del absolutismo monárquico desde los Reyes Católicos. Pero en el siglo XIX tomó conciencia, tras las experiencias revolucionarias de sus vecinos y rivales ingleses y franceses, de la necesidad de modernizarse. El intento se hizo durante la llamada Restauración decimonónica. Para ello se copió el modelo inglés de monarquía democrática centralista y se hizo la Constitución liberal de 1876. Tal régimen político no consiguió modernizar el país, produciendo las conocidas lacras de la oligar-quía, el caciquismo, fraude electoral, etc., denunciadas por Joaquín Costa. Pero con el golpe militar de Primo de Rivera se acabó el experimento democratizador. Ortega dedica entonces, durante los años 20-30 una serie de artículos periodísticos (publicados en la II Republica como libro con el titulo de La redención de las provincias) a analizar minuciosamente las causas de dicho fracaso. Encuentra que en España, a diferencia de Francia o Inglaterra, los únicos intereses que mueven a los españoles son los puramente locales. Pero el localismo, en política, es un defecto. Una Constitución centralista como la de la Restauración no funcionó por cegarse ante este problema. Por ello Ortega propone el Estado Autonómico, como una nueva forma de organización que trata de hacer de tal defecto localista una virtud a través de la separación clara y bien estudiada de las Competencias que deben quedar centralizadas y las que no. Durante la discusión del Estatuto catalán en la Republica se opuso a la confusión que los partidos de izquierda introducían entre Autonomismo y Federalismo, en tanto que el primero no discute sobre la Soberanía, que se considera indivisible, sino sobre las Competencias o atribuciones de dicha soberanía, mientras que el segundo, el Federalismo, gira princi-palmente en torno a la soberanía. Sólo el Autonomismo conlleva siempre descentralización política, mientras que el Federalismo puede resultar fuertemente centralizador, pues esa es su tendencia histórico efectiva.
Es necesario recordar esto hoy cuando una parte importante de la izquierda empieza a hacer demagogia diciendo que el Federalis-mo no es incompatible con el Autonomismo - la generalización autonómica fue propuesta por franquistas reformistas, aunque la Idea estaba tomada de Ortega, como saben los estudiosos del tema: “También (Torcuato) Fernández Miranda, cuando advierte del peligro de plantear el problema autonómico como un problema de soberanía, hace suyo el razonamiento del filósofo madrileño: <<Pero esto, como ya demostró Ortega en las Cortes constitu-yentes de 1932, ¿puede plantearse en términos de soberanía? No es necesario afirmar la soberanía para afirmar que determinadas entidades tienen derechos propios que tienen que ser reconocidos (...) Si se plantea la cuestión en términos de soberanía naturalmente se agrava el problema. Volveremos a no entendernos, como decía Ortega y Gasset hace ya cuarenta y seis años, y agravaremos el problema>>” (Xacobe Bastida, La nación española y el nacionalismo constitucional, Ariel, Barcelona 1998, p.128).
Por mi parte he desarrollado más ampliamente la influencia de Ortega como verdadero padre filosófico de lo más significativo de la actual Constitución en un articulo titulado “Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España en Ortega”, (publicado en Lluis X. Alvarez y Jaime de Salas, La última filosofía de Ortega y Gasset, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 2003, pp.255-289).- Ortega comprendió que autonomismo y federalismo no solo son diferentes sino que, en la cuestión de la descentralización, son opuestos. De ahí que la petición de reformar la actual Constitución en lo que concierne a la Organización Autonómica del Estado para sustituirla por una Organización Federal nos parezca muy grave. Pues la mejor honra que pueden hacer los españoles al pensador más importante que ha tenido España en la primera mitad del siglo XX, el siglo en que el país se industrializa y deja de ser agrario, es respetar lo que es la parte más positiva de su gran influencia, la vertebración autonómica de España. Y la mejor forma de honrar la Constitución en sus bodas de plata es recordar y leer los textos en que la engendró su padre filosófico, quién no tuvo, antes de morir, la dicha de verla rigiendo los destinos de los españoles.
Manuel F. Lorenzo

(02/06/2004) 

viernes, 10 de noviembre de 2023

La Tercera España

 


La democracia se basa en el gobierno de las mayorías. Las mayorías electorales se traducen en la representación parlamentaria que es la que permite configurar los gobiernos. Dicha mayoría puede ser absoluta cuando un solo partido o una coalición alcanza un número suficiente de diputados para imponer su voluntad legislativa y ejecutiva sin necesidad de contar con el resto de los partidos que han quedado en minoría. Pero pueden darse otras situaciones en las que el voto popular se encuentre polarizado en dos grandes partidos los cuales concentran un voto de tendencia opuesta y muy alejado de un resto de pequeños partidos que representan a sectores políticos minoritarios. En España y en otros países suele ser la tendencia dominante, aunque por un momento, con la irrupción de Podemos, pareciese que se iba a quebrar el denominado bipartidismo imperfecto del turno en el gobierno en las últimas décadas del PSOE y PP.

El poder electoral de ambos partidos se mantuvo, sin embargo, tras las últimas elecciones y parece que va a seguir siendo así. El problema que hoy se ha agravado considerablemente y que nos está llevando a una crisis del propio Estado-Nación español, con todos los peligros que puede traer, es la necesidad en que se encuentran tales partidos mayoritarios de recurrir al apoyo parlamentario de partidos minoritarios, que se declaran decididamente separatistas. En Inglaterra existe un partido minoritario liberale que se presta a inclinar la balanza del lado laborista o del conservador. En Alemania también ocurre lo mismo, añadiéndose la solución suya específica de la llamada Grosse Koalition para situaciones extremas. Pero en España no parece posible esta última solución por la falta o escasez de lealtad a la nación de ambos grandes partidos, además de por el fracaso reiterado en la creación y mantenimiento sostenido de un partido liberal capaz de funcionar de bisagra moderadora.

Recientemente, tras la práctica desaparición de Ciudadanos del panorama político, se ha propuesto por alguno de sus integrantes la creación de un nuevo partido bajo la previa presentación de una asociación política denominada La Tercera España. Nos parece una iniciativa sensata, como hemos mantenido en artículos anteriores, tratar de arrebatar a los separatistas y demás grupos extremistas el papel de bisagra política que ocupan desde hace décadas con resultados nefastos para la existencia de la propia España. Pero lo que nos preocupa es que se vuelva a hacer un partido como imitación española de los partidos socialdemócratas o liberales existentes en otros países europeos. Porque será entonces más de lo mismo que ya se intentó antes con Ciudadanos y demás. Pues si se alude a la Tercera España, la España de los intelectuales y filósofos como Ortega , Marañón, etc., que brilló en la primera mitad del siglo XX, deberían tratar de incorporar primero la filosofía política que tales figuras, como Ortega, el más influyente en tal materia,  trataban de inculcar en la cultura española y en sus posibles seguidores políticos. Estudiar y recuperar su propuesta de la España Autonómica, hoy enteramente tergiversada, su nuevo tipo de liberalismo, etc. Deberían tener claro, además, que tal partido no podría ser nunca un partido de masas que compitiese con PP o PSOE, sino que debe ser un partido integrado por “minorías egregias”, como las denominaba Ortega, suficientes al menos para impulsar una potente bisagra que corrija, con la discusión racional y sabiamente documentada, los excesos a los que tienden necesariamente los actuales partidos de masas, debido a la ignorancia de un electorado menos culto e informado y más propenso a caer en manos de demagogos.

El error de Rivera con Ciudadanos fue creer que podía sustituir al PP como otro gran partido de masas. Pero también incurría en el error de no contar con una sólida base filosófica. Creemos que el nuevo partido que se pretende crear, como representante político de la llamada Tercera España, no recoge tampoco la necesidad de partir de nuestra más influyente tradición filosófica liberal. Algo sospechan cuando buscan la firma de representantes filosóficos actuales como Fernando Savater. No obstante, su iniciativa nos parece interesante porque han levantado la liebre al situar la clave política que nos permita reorientar la política española, en la necesidad de un partido bisagra de nuevo cuño. Y ello tras el fracaso de la radicalización totalitaria de la izquierda por el impacto de Podemos, ideología que es difícil que triunfe democráticamente debido al poso de “buen sentido” que suele caracterizar al español medio en los momentos críticos. Pero también por el freno electoral de Vox y sus dificultades con el PP en asuntos claves. Otra cosa es que los nuevos defensores de La Tercera España, tras levantar la liebre, sean capaces de cazarla. Les deseamos suerte.

Manuel F. Lorenzo


lunes, 21 de agosto de 2023

El liberalismo de Ortega y Gasset



     José Ortega y Gasset fue la figura más influyente en la defensa de un liberalismo político en España durante el siglo XX. Su tragedia fue el estallido de la Guerra Civil que acabó con sus esperanzas de promover una República liberal moderna como base para una regeneración política de los españoles. Ortega condenó el estallido de la Revolución de Asturias como un error político que sería fatal para la estabilidad de la República, como hoy se percibe cada con más claridad. No obstante, no adjuró nunca de sus ideas políticas liberales, optando por continuar su fecunda labor de articulista y pensador filosófico hasta su muerte. La muerte de un “muerto viviente” podríamos decir porque la posterior y famosa Transición a la Democracia en España recuperó de algún modo su propuesta de instaurar una división territorial Autonómica del Estado español. Por ello su fantasma volvió a sobrevolar de nuevo las discusiones parlamentarias que condujeron a la actual Constitución Autonomista pues el mismo, en persona, había hecho dicha propuesta en la Cortes republicanas. 

Pero esta vez se le robó el protagonismo en beneficio de los jefes de partido y de los expertos juristas denominados “Padres de la Constitución”. Algo que sucede a veces en España: tienes una propuesta política brillante, pero no eres acólito de los partidos que mandan. No hay problema: en vez de discutir tu propuesta, te la roban, la hacen suya y se olvidan siquiera de nombrarte, procurando que no trascienda tu nombre y autoría al conocimiento público de los grandes medios. Lo que pasa es que después la idea Autonómica expropiada la desarrollan mal y de forma torcida, dominados por sus propios intereses, cegueras y conveniencias. Así ocurrió que hoy el proyecto Autonómico ha degenerado en una especie de falso federalismo, como se temía el propio Ortega al advertir del peligro de tal confusión en un famoso discurso de las Cortes republicanas titulado “Federalismo y Autonomismo”.

Ortega insistió también en la diferencia entre Democracia y Liberalismo. Pues pueden existir democracias no liberales y a la vez regímenes liberales, pero no-democráticos. Ortega no rechazaba la democracia, tal como hacia el fascismo, sino que reconocía y admitía la tendencia a la democracia como el mejor sistema político, en una línea similar a como había ya hecho el filósofo Spinoza, aunque distinguía con precisión entre una democracia absoluta y una democracia liberal. Pues la democracia responde a la pregunta por quién tiene el poder, mientras que el liberalismo responde a la pregunta de hasta dónde llega ese poder. Pues si ese poder no tiene límites es absoluto. Por eso puede haber una Democracia Absoluta como hubo Monarquías Absolutas. Ortega percibió proféticamente en La rebelión de las masas una tendencia a absolutizar la democracia al extenderla incluso más allá de sus propios límites políticos, lo que hoy se manifiesta en la llamada “corrección política”.   

Siguiendo la estela de pensadores liberales como Stuart Mill, Tocqueville o Herbert Spencer, se dio cuenta de que el liberalismo clásico de Locke o Adam Smith, que era el que seguían todavía los partidos liberales españoles, debía ser reformado a fondo. Pues, como sostenía Spencer, el peligro de un poder absoluto no lo encarnaba ya en Inglaterra la Monarquía, sino los Parlamentos democráticos. Por ello Ortega propuso limitar dicho poder con la separación de los poderes nacionales de los regionales en su famoso libro La redención de las provincias, en el que propone una división Autonómica del Estado español. Una propuesta semejante a la famosa separación de los poderes legislativo y ejecutivo que Locke introdujo para limitar los poderes reales. En este caso se limitan los poderes de los Parlamentos nacionales por las Transferencias de Competencias. Ortega ya advertía que había competencias intransferibles, como la política exterior, el Ejercito, la Educación y la Justicia, cosa que no se ha tenido en cuenta en la España actual, sobre todo con la Educación y con el regateo en otras variadas Competencias.

Pero, dicho nuevo liberalismo político requiere por ello la formación de nuevos partidos que lo lleven a cabo. En tal sentido la experiencia de los partidos liberales en la democracia actual, desde el CDS de Adolfo Suarez a Ciudadanos, muestra su escaso conocimiento y apego a las propuestas orteguianas y la tendencia a amoldarse al antiguo liberalismo dominante en las llamadas democracias homologadas de Occidente. Ello se puso de relieve tanto en la búsqueda de alianzas electorales con la minoría separatista vasco-catalana, iniciada por el propio Suarez, como en la tendencia europeo-globalista de Ciudadanos. Por ello, después de tales fracasos, nos queda la esperanza de que alguien acabará comprendiendo que quizás valga la pena volver a estudiar la filosofía política de Ortega, ignorada y deformada por los actuales partidos liberales.

 

Manuel F. Lorenzo


sábado, 15 de abril de 2023

España necesita un nuevo partido bisagra


 

     Ciudadanos fue el último de los partidos que parecía destinado a cumplir en la política española el papel de un nuevo partido bisagra que sirviese para enmendar el destructivo rumbo para la unidad e identidad nacional española que la actual bisagra de partidos separatistas vasco-catalanes llevan ejerciendo desde hace varias décadas. No sabemos si Ciudadanos desaparecerá electoralmente en los próximos comicios que se avecinan o quedará como un pequeño partido con representación parlamentaria. La huida de muchos de sus actuales diputados o dirigentes al PP no sería tan mala para el partido pues podría permitir la corrección de una funesta política fomentada por Albert Ribera que aun, manteniendo su rechazo del separatismo catalán y vasco, sin embargo, asumió erróneamente, a nuestro juicio, una política globalista similar a la que mantienen tanto PP como PSOE. Ribera llevó a Ciudadanos al colapso electoral y una violenta crisis interna en la que todavía permanece sumido.  Su error principal: la apuesta por el globalismo europeísta actualmente dominante en la UE.

No se trata ahora de cambiar el globalismo por un nacionalismo españolista irredento al estilo de VOX, sino de una defensa de la soberanía de la nación española en el marco de una Europa de las Naciones como pensaba Ortega y Gasset, al que parece que solo se cita de oídas a pesar de ser nuestro principal filósofo español defensor de una democracia liberal. Si fuese más leído, se vería que Ortega, junto con Marañón, Antonio Machado y Perez de Ayala en la Agrupación al Servicio de la República, defendió un Autonomismo más razonable y jurídicamente preciso que el que tenemos, pues mantuvo que no se debía transferir las competencias en Educación y Justicia ya que sus valores, la Verdad, el Bien, no son valores locales, sino universales.

Ortega pronunció en un discurso en Bilbao la famosa frase “España es el problema, Europa la solución”, que tanto se cita sin tener en cuenta que Ortega se refiere principalmente a una integración en “instituciones” europeas como la Ciencia y la Filosofía modernas. Solo después de la Iª y IIª Guerras Mundiales se planteará Ortega el problema de la reconstrucción de una Europa políticamente unida, optando por una Europa de las Naciones y no por una UE Globalista como la actual, que pretende destruirlas por medio del multiculturalismo y una masiva inmigración ilegal permitida y fomentada desde Bruselas. Es curioso que el origen de Ciudadanos de Cataluña estuvo en la decisión de un amplio grupo de intelectuales y artistas, como Félix de Azua, Boadella, Ovejero, etc., por lo que es un partido surgido de una élite intelectual y no del pueblo. 

Los partidos populistas o de arraigo popular son necesarios y en España tenemos dos como PSOE y PP que cubren con continuidad ese espectro del voto democrático. Pero en una democracia liberal y no absolutista, dicho voto parlamentario debe estar limitado en las cuestiones que solo puede entender una élite intelectual, en el sentido de Ortega. Ese sería un voto minoritario, ciertamente, porque solo a una pequeña parte de la población, aquí y en toda sociedad civilizada, le está reservado, por diferencia inevitable en las capacidades y estudios profesionales, el conocer la realidad de las difíciles cuestiones planteadas con cierto rigor y garantías de encontrar soluciones que serían beneficiosas para la propia mayoría electoral. Pero, Albert Ribera cometió el error de caer en el populismo necesario para transformar Ciudadanos en un partido mayoritario.

Por ello, dado que parece que hay una persistencia tozuda en el electorado español de mantener dos grandes partidos que conforman una especie de bipartismo imperfecto, ya que la irrupción espectacular de grupos como Podemos y Vox parece declinar, y salvando que ocurran situaciones catastróficas que lleven a enfrentamientos violentos, solo queda la posibilidad de frenar la descomposición y ruptura de la nación por medio de la aparición de un partido que encarne este nuevo liberalismo democrático, que procede en España de Ortega y Gasset, surgido a su vez de los profundos análisis sobre la democracia moderna del famoso libro La Democracia en América de Alexis de Tocqueville. Aquí hay muchos que no saben todavía que el liberalismo democrático de Locke y Adam Smith, que luchaba contra el feudalismo, fue vigorosamente reformado por el filósofo inglés Herbert Spencer en su famoso libro El individuo contra el Estado, donde escribió que “la superstición política del pasado era el derecho divino de los reyes: la de hoy es el derecho divino de los Parlamentos”. Hoy los Parlamentos encarnan un nuevo poder absoluto en la versión dominante de una democracia fundamentalista, como la llamaba Gustavo Bueno. Es tarea del liberalismo democrático de hoy limitar ese nuevo absolutismo político. Pero ese límite ahora, sin que se destruya, la democracia, solo lo puede poner un nuevo poder arbitral, el poder de la minoría de intelectuales y sus seguidores de la que hablaba Ortega.

Manuel F. Lorenzo


viernes, 19 de octubre de 2018

A la búsqueda del liberalismo perdido


Empezamos a vivir tiempos revueltos en la política. Nuevos totalitarismos nos amenazan, ahora en la versión de la rebelión de las minorías étnicas, culturales, sexuales, etc. Nos está pasando en España, donde cada vez se constituyen poderes parlamentarios, desde los Ayuntamientos hasta las mismas Cortes, resultado de un equilibrio entre grandes partidos con grupos minoritarios radicales.

Como resultado de ello se forman Gobiernos minoritarios que toman decisiones que pueden ir en contra del sentir de la mayoría de los electores en asuntos que, además, pueden afectar gravemente a la convivencia ciudadana, como se está viendo en el caso de la rebelión separatista de Cataluña.

Hay aquí una tergiversación de la Voluntad General, que como ya sostenía Rousseau, no tiene porqué equivaler a la mera suma de los votos, o Voluntad de Todos. En la democracia española el asunto es grave porque no existe un poder democrático diferente del constituido por los representantes de los partidos en los parlamentos, autonómicos, locales, o incluso ahora el parlamento nacional. Pues al Rey, como Jefe del Estado, solo le corresponden funciones simbólicas de ratificar leyes o funciones de moderación y mera mediación.

Diferente es el caso de una democracia presidencialista como la de USA en la que, como estamos viendo, frente a un Parlamento cada vez más proclive a ceder ante las presiones de minorías, como las culturales o sexuales, introduciendo leyes que pretenden equiparar plenamente derechos de minorías con los de las mayorías naturales, se produjo la irrupción súbita de un Presidente como Trump que surge, según se dice, del voto de la América profunda, del ciudadano libre que rechaza la intervención del Estado en lo que atañe muy de cerca a sus libertades personales, de educación de sus hijos o de sus creencias religiosas. Aquí podemos ver, en la elección directa del Presidente, una limitación democrática del poder parlamentario. 

Ya el filósofo inglés Herbert Spencer proponía, en la época de la Inglaterra victoriana, un renovación del liberalismo en la defensa de los derechos individuales, que consistía en que el poder que debía limitarse ya no era el Poder de una Monarquía Absoluta, como en los tiempos de John Locke y de la Gloriosa, sino el Poder de los Parlamentos, que sustituyen como Soberanos a los Reyes. Porque, decía Spencer, una cosa es quien detenta el Poder (Soberanía) y otro hasta donde llega ese Poder (límites del Poder).

Ortega retomó esta distinción de Spencer y la vio como la única solución para escapar a la crisis de totalitarismo que abrió a principios del siglo XX lo que él denominó, en libro famoso, la “rebelión de las masas”. Dicha rebelión no se reducía solo al Comunismo o al Fascismo, sino que podía adoptar otras formas distintas. Una de ellas, creemos que es la que está ocurriendo ahora mismo como “rebelión de las minorías”, en la que la propia “rebelión de las masas”, que continúa con el entontecimiento cultural propio de la aristofobia de las masas, abre la puerta al igualitarismo utópico y quijotesco de las minorías antes citadas, sin caer en la cuenta de que con ello, lejos de conseguir una mayor igualdad, seremos todos sometidos a las duras y arbitrarias prescripciones que empezamos a ver en lo “políticamente correcto”. 

Ortega, a diferencia de Spencer, creía que, si la democracia venía efectivamente de los antiguos griegos y de la Inglaterra moderna, el liberalismo procedía de los germanos medievales. Spencer, sin embargo, solo veía en estos el militarismo prusiano, tan opuesto al pacifico y laborioso industrialismo inglés. Pero Ortega ya veía el origen de la insobornable libertad personal moderna en la limitación del fuero feudal frente al poder centralizador del monarca.

Hoy vemos una nueva versión de ese poder limitador en el voto de la América profunda del “cow boy” frente al poder de los políticos de Washington. En tal sentido ni en España, ni en toda Europa, tenemos algo parecido. Inglaterra lo tuvo hasta hace bien poco en sus orgullosa y elitista aristocrácia. Pero hoy, también en ella, la Monarquía es meramente un poder simbólico y la Cámara de los Lores está subordinada a la de los Comunes, en la que rige lo que aquí denominamos “partitocracia”.

Por ello lejos de considerarnos como europeos con derecho a mofarnos del fenómeno Trump y de las maneras bruscas o “populistas” de la Democracia Americana, deberíamos volver a pensar por nosotros mismos, aunque con la ayuda, por supuesto de reconocidos grandes pensadores como Spencer y Ortega, la nueva crisis de la democracia liberal a la que nos estamos enfrentando. Pues no solo nos enfrentamos a ella en nuestra siempre tardígrada y atrasada España en estos asuntos modernos, sino que la crisis es, de nuevo, mundial.


Artículo publicado en El Español (9-7-2018)

martes, 23 de enero de 2018

¿Ha fracasado la solución Autonómica?

La sublevación de la minoría separatista catalana ha marcado el acontecimiento político más importante del año 2017, y quizás de las últimas décadas, pues habría que remontarse al golpe de Estado del 23-F para encontrar una situación tan crítica para la Monarquía parlamentaria que rige en España desde la llamada Transición a la Democracia.

De la misma manera que se ha magnificado el 23-F en el que, en realidad, al parecer hubo dos golpes, uno duro, el de Milans y Tejero, y otro blando, el de Armada, que se neutralizaron y fue el Rey, como árbitro, el que inclino la balanza finalmente para restablecer la situación y restaurar la legalidad que se pretendía conculcar, de igual forma el golpe de Puigdemont se paró por una doble reacción, la de la justicia que actuó a instancia de denuncias de Vox y particulares y, finalmente, con la aplicación del artículo 155 que la Constitución preveía para circunstancias de este tipo.

Dicha intervención se hizo por parte de un dubitabundo y tardío Mariano Rajoy, que no tuvo más remedio que cumplir con sus funciones presidenciales y retirarles las Competencias de Gobierno a la Generalidad, en tanto que eran prestadas por los únicos detentadores de la soberanía nacional, los españoles. Mariano, dubitativo antes, jugo a continuación a la ruleta la suerte de los separatistas, convocando unas elecciones precipitadas en las que el separatismo, a pesar del espectacular y esperanzador ascenso de Ciudadanos, se ha tomado una revancha propagandística y un resuello que le da una nueva esperanza de reiniciar el Proceso separatista, aunque a más largo plazo. No se trata de pensar que un problema que se ha gestado durante tres décadas por la alianza entre las oligarquías partitocráticas madrileñas y los separatistas catalanes se vaya a resolver ahora con una mera intervención jurídica, aplicando el artículo 155 de la Constitución. Es necesario un giro de 180 grados en la política seguida en las últimas décadas por la mayoría del arco parlamentario, que consiste en seguir “dialogando” y cediendo ante las pretensiones separatistas.

Esta nueva política debería hacer lo contrario, debería tratar de aislar a los separatistas, que como se ha comprobado, no representan a la mayoría de los catalanes, sino que son un minoría radical y además utópica y muy peligrosa para la actividad industrial en Cataluña. Precisamente esta es la política que recomendaba Ortega y Gasset, al que consideramos el padre filosófico de la solución autonómica, de aislar al separatismo por medio de la descentralización Autonómica, como un medio de quitar argumentos a los separatistas en su queja ante el Estado central, ante asuntos que pueden afectar a la mayoría de los catalanes, para dejarlos con las pretensiones separatistas puras, que solo interesan a una minoría integrada por soñadores, chiflados y algún que otro pillo, como los integrantes de la familia Pujol y adláteres.

Para ello, se necesitan nuevos políticos que, si no leen los correspondientes textos de Ortega, en los que defendió su idea de las Autonomías ante las Cortes de la 2ª República, porque como hombres de “acción” no lo suelen ser de lectura y reflexión, tengan asesores adecuados que se los expliquen. Dichos textos por los que podían empezar son los discursos Federalismo y autonomismo, El Estatuto de Cataluña y el libro La redención de las provincias. Léanlos y reléanlos despacio porque, con el tiempo transcurrido, y encontrándonos ante los mismos problemas que los provocaron, adquieren una profundidad y justeza como no se les pudo dar en su tiempo, estando además llenos de gran utilidad hoy. Pues los graves problemas que plantean las Autonomías hoy, como son las tendencias separatistas, el convertirse en reinos de taifas, con unos parlamentos regionales inflados y una tendencia al despilfarro derivan de esta vieja política equivocada que se ha llevado a cabo en las últimas décadas y no de la idea Autonómica como solución precisamente para frenar el separatismo, tal como la formuló Ortega.

Algunos pretenden volver al centralismo jacobino, como en la época de Felipe V o de Franco. Pero ese centralismo solo funcionó con una monarquía absoluta o con una dictadura, que pudo ser necesaria como solución provisional en circunstancias extremadamente graves, pero no como una solución más estable y duradera. La otra solución, el Federalismo o Confederalismo, que defiende la izquierda, también la critica Ortega, como una solución que vale cuando hay varias soberanías que buscan unirse, pero no cuando ya hay una única soberanía como ocurre en España.

 Así que les deseo, para el próximo año, mucha felicidad y estas lecturas recomendadas, para haber si, cuando opinen sobre la cuestión Autonómica, lo hagan con más fundamento.


Artículo publicado en El Español (30-12-2017)

viernes, 28 de julio de 2017

Reseña de Meditaciones Fichteanas, de Manuel F. Lorenzo. Logos Verlag, Berlín: 2014

El filósofo asturiano Manuel Ángel Fernández Lorenzo lleva ya largos años inmerso en la elaboración de un sistema filosófico llamado "Pensamiento Hábil", sistema en pleno curso de realización y de cuya fragua han surgido varias e interesantes piezas, en forma de libros y artículos. Para su consulta recomendamos la web y el blog personales del autor. 

El profesor Fernández Lorenzo ejerce su docencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo, centro académico que ha brillado con luz propia gracias al astro de don Gustavo Bueno Martínez. El llorado e insigne catedrático, fallecido en agosto de 2016, dejó una ingente obra así como un nutrido, pero desigual y heterogéneo grupo de discípulos. Como suele acontecer, la cuestión de "quién es verdadero discípulo" es la fuente de una larga batalla entre enanos, pendencia de escaso interés historiográfico y poca enjundia filosófica. Muchas veces, justamente entre los heterodoxos seguidores, ajenos a los dogmas y ávidos de caminos nuevos, hemos de buscar las vetas y los filones de oro. Me parece que la "heterodoxia" del profesor Fernández Lorenzo es de ese tipo fértil y prometedor.

¿En qué doxa, opinión o dogma, se aleja el autor aquí reseñado para situarse en "otro" espacio distinto, para situarse objetivamente, en una hetero-doxia con respecto al sistema de Gustavo Bueno? En varios planos habría que alojar una respuesta, pero uno de ellos es el plano en el que se puede observar un alejamiento del profesor Fernández Lorenzo con respecto del marxismo y con respecto de otros compromisos metafísicos pre-críticos (pre-kantianos, si se quiere) con la idea de "materia". Compromisos con una "materia en general" a modo de fundamento o ámbito envolvente, genérico, de los diversos modos de materialidad. Ese fundamento, como claramente se formula en el "Pensamiento Hábil" hay que abandonarlo. Y debe hallarse en otra parte. Y Fernández Lorenzo ha buscado en Fichte.

¿Qué pasa con Fichte? El idealista olvidado (muy olvidado en comparación con Hegel, incluso con Schelling), el abstruso, difícil de leer y por tanto de divulgar, Juan Teófilo Fichte, podría ser un punto de partida para un sistema filosófico fundado no en una materia, sino en las propias operaciones del sujeto: "Pues Fichte es el primer filósofo moderno que formula filosóficamente la tesis, que Piaget enarbolará frente a los empiristas del Positivismo Lógico o frente a los "innatistas" como Chomsky, de que lo esencial para entender el conocimiento humano es la Acción, los hechos-acciones (Tathandlungen) del sujeto cognoscente" (p. 7). Palabras oportunas con las que arranca Meditaciones Fichteanas. El secreto a voces del llamado "materialismo filosófico" de la universidad ovetense fue el impacto que la Epistemología Genética de Jean Piaget provocó en el círculo inmediato de discípulos buenistas. Discípulos y colaboradores sumidos entonces en las corrientes que a fines de los sesenta y principios de los setenta eran novedosas (marxismo, estructuralismo, neopositivismo) y que buscaban "sistema". Toda una teoría de las operaciones era exigida internamente por ese "materialismo filosófico" en ciernes que repudiaba desde muy pronto el realismo marxista-leninista (el realismo tomista era muy superior filosóficamente a la teoría del conocimiento "por reflejo" de Lenin) o el simbolismo y formalismo de los neopositivistas, así como mostraban alergia ante la trivialización de la filosofía por la vía de un "análisis del lenguaje".

Antes de la dispersión y triturado de los sistemas filosóficos, acaecida desde la segunda mitad del siglo XIX, era norma edificar un sistema desde un fundamento, como cimiento o fondo inatacable desde el cual alzar, por algún método (cadenas deductivas, pasos dialécticos) los pisos superiores del sistema y dar remate al organismo de las ideas filosóficas. Así hizo Spinoza con la idea de Sustancia. En lugar de Dios o del Yo Pienso, el filósofo racionalista parte su construcción desde una entidad estática, omniabarcante, absolutamente independiente en su ser. Spinoza es el contramodelo desde el cual poder entender a Fichte. El fundamento en el idealismo alemán reside en el Sujeto, la verdadera entidad absoluta, independiente, primera. No obstante, el Yo de Fichte no es el equivalente subjetivo de la sustancia espinosista. No se trata de un trasvase de propiedades de la sustancia-objeto a una sustancia correlativa, la sustancia-sujeto. La cosa es más compleja. El propio idealismo alemán hubo de realizar su recorrido interno, experimentar una dialéctica propia con vistas a despojar de todo residuo de sustancialismo a la misma idea de Sujeto. Atrás debía quedar el "idealismo material" de Berkeley (esse est percipi, "ser es ser percibido") y, más cercanamente a Fichte, el "Principio de Conciencia" de Reinhold. 

En efecto, los discípulos eminentes de Kant habían localizado con precisión el "cabo suelto" del idealismo trascendental de Manuel Kant. La "cosa en sí" era el escándalo para el nuevo idealismo, que había de transitar caminos del todo ajenos al realismo de siglos pasados, incluyendo el "dogmatismo" (expresión con la que se solía designar el sustancialismo espinosista). La "cosa en sí" o bien no existía o bien había de reintroducirse hasta confundirse en el propio Yo, en el propio Sujeto. Reinhold se deshace de la cosa en sí y parte estrictamente de un mundo que sólo es mundo representado. Se parte exclusivamente de la conciencia dotada de su capacidad de representación. Ese es el "hecho" de conciencia (Tatsache). 

Fichte, no obstante, propone como fundamento del Sistema no un "hecho" sino la propia Acción. La palabra alemana Tathandlungen expresa esos "hechos-acciones" del Sujeto, que son el fundamento, y no una mera función abstracta (la capacidad de representar como un hecho general y enterizo). Reinhold dio el paso de entender que el fundamento de la nueva filosofía no había de ser sustancial sino "factual", en consonancia con el factum de las ciencias y con el allanamiento del campo cognoscible que supone el trabajo de las ciencias positivas. Fichte realiza una corrección superadora, desgranando ese hecho básico, general, enterizo, de una conciencia con funciones representacionales, en una multitud de hechos acciones de los cuales la conciencia es más un resultado sintético que un primum fontanal o causante de las acciones. Conviene anotar que éste es el punto del que arranca toda una línea "pragmatista" avant la lettre, que llega hasta el siglo XX con la Epistemología Genética de Piaget y el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno. Nuestro conocimiento no puede entenderse más en términos sustanciales (una relación causal entre sustancias, un "contacto" con objetos ya dados, etc.) sino en términos operacionales. Los hechos-acciones responden a su propia lógica, a unos principios que hay que descubrir y formular. Y decimos principios, en plural, por cuanto las acciones no dimanan de un solo fundamento. Aunque resulta paradigmático el idealismo de Fichte, que arranca a partir de un Yo, sin embargo no se trata de un "Yo" substancial, autogenerado, o un pensar que se piensa y se produce a sí mismo. El Yo que "se pone" o afirma a sí mismo siempre encuentra obstáculos, oposición, es decir, se topa con el No-Yo. Estos dos polos opuestos, Yo y el No-Yo (Mundo) forman un circuito infinito e incesante de relaciones, circuito muy similar a la idea orteguiana de Vida, el circuito del "Yo y mis circunstancias". El Yo y el No-Yo son conceptos conjugados, una pareja de términos que se da conjuntamente, en una dialéctica de oposición y necesidad recíproca, y cuyo nacimiento y desarrollo entrelazado a lo largo de su historia obliga a su consideración conjunta. El Yo y el No-Yo, al igual que el "Soy yo y mis circunstancias", son dos polos o focos de la elipse que luego en la Biología Teórica (disciplina de la que Piaget, al igual que Waddington, Uexküll, Emmeche, etc. es un insigne padre fundador) se pueden reformular como oposición (dialéctica, conjugada) entre Organismo y Medio. "Vivo, luego existo", será la corrección orteguiana al racionalismo moderno, imbuída ya de las aportaciones pragmatistas y vitalistas que también afectaron a Piaget. El Yo Absoluto será la síntesis del Yo y del No-Yo, el límite intraspasable, el Yo reflexivo que encierra toda la oposición entre el Yo y el No-Yo. Dicho en otros términos: la oposición entre Yo y No-Yo se da "dentro" del propio Sujeto, no se da en ninguna otra parte. Sujeto que, repetimos, no es sustancia sino acción y nada más que acción.

Manuel Fernández Lorenzo, especialista como es en el Idealismo Alemán, reconoce en Fichte el inicio de estas corrientes pragmatistas y operacionalistas, pero también el punto de arranque de lo que podríamos llamar un "positivismo olvidado". Tras el ciclo del idealismo clásico alemán, la Metafísica se derrumba, Europa deja caer los viejos –y antaño orgullosos- edificios de su Metafísica tradicional. Tras la muerte de los viejos Hegel y Schelling quedan ruinas y demoliciones, quedan filosofías relampagueantes e incendiarias, pero filosofías que ya no pueden volver a los momentos pre-kantianos, salvo transmutándose en anti-filosofías (marxismo, positivismo-lógico). O asumimos plenamente la destrucción de la Metafísica iniciada por Kant, o proponemos un nuevo "Sistema", una Filosofía que sea, más bien una "Teoría de la Ciencia", en vez de una Metafísica. La Teoría o Doctrina de la Ciencia (Wissenschaftslehre) al modo fichteano consiste en alzar un sistema de conocimientos rigurosamente fundados. Es la idea de una "filosofía rigurosa" que rompa con las arbitrariedades de los sistemas prekantianos (ya sean escépticos, ya sean dogmáticos). Con una falta de base "científica" el estudiante poco avanzado adquiera la impresión nefasta de que uno puede "tomar la filosofía que más le guste", como si de seguir una moda o un capricho personal se tratara. El ideal de "filosofía rigurosa" de Fichte, por cierto, será retomado por la Fenomenología husserliana y por el propio materialismo filosófico de Gustavo Bueno, así como por la Epistemología Genética piagetiana. En estos tres casos, se ponen las bases de un nuevo "positivismo", en una fundamentación rigurosa de la Filosofía, más allá de las arbitrariedades de la Metafísica tradicional o de las modernas ideologías. En este sentido la Filosofía cumplirá una función esencial en la sociedad, como luz que disolverá las tinieblas de las ideologías, o falsos fundamentos. La era de las ideologías ya ha tocado a su fin lo cual no debe suponer un retorno al cientismo, a una falsa y mala filosofía que imite o compendie a las ciencias, presuntamente objetivas y neutrales ideológicamente. De sobra vemos que la tecnociencia actual es pura y simplemente "ideología" o, si se quiere, la Metafísica "en vigor". Antes al contrario, la Filosofía con una base positiva no será vista más como una ciencia al lado de las ciencias, ni una Enciclopedia o Compendio de los saberes y menos aún una emulación de los saberes tecnocientíficos. La Filosofía, en gran medida, será una Operatiología, esto es, un análisis y reconstrucción de nuestros conocimientos a partir de esos hechos-acción de que hablaba Fichte, una Teoría de la Ciencia hecha al margen de todo escepticismo o dogmatismo. La Filosofía, lejos de toda "ingeniería social", volverá a su cometido fundacional en Grecia: alzarse como un saber reflexivo que aniquile las ideologías y las arbitrariedades dogmáticas, que devuelva racionalidad a todas y cada una de las prácticas civilizadas sin devenir, por ello, un dogmatismo más. Transformar al hombre, fabricar hombres de nuevo cuño y sociedades programadas ha sido la pesadilla que numerosas veces acarreaba el racionalismo mal digerido. En cambio, la reflexión sobre lo que hacemos (incluyendo lo que conocemos), su génesis y proceso, puede ayudarnos a suministrar vacunas de racionalidad práctica en este mundo tan necesitado de ella.


Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía

domingo, 5 de marzo de 2017

La rebelión de las minorías

El hecho quizás más importante, socio culturalmente hablando, en la vida mundial de las últimas décadas nos parece que es el, ya tantas veces señalado, de la "revolución mediática", con la conversión que conlleva de la vida pública en algo próximo a lo que Mcluhan llamó la "aldea global".

Hecho que se ha traducido también en la irrupción de lo local, minoritario y periférico, antes relegado y que ahora prácticamente alcanza un grado de expresión inusitado, desplazando en muchos casos a lo tenido por valores centrales, universales, cosmopolitas, etc. La moda de los espectáculos musicales étnicos, de los problemas de los emigrantes forasteros, de los ecos y cotilleos de la sociedad local, de la cultura como espectáculo y entretenimiento banal, llenan hoy prácticamente los medios audiovisuales, o al menos acompañan continuamente a otros contenidos de tipo cultural más elevado, que si no han desaparecido totalmente, tienden a ser neutralizados progresivamente, al ser equiparados, para muchos efectos, con aquellos.

Podría pensarse que esto es lo ideal y que, en definitiva, al fin se consigue una liberación largamente ansiada en la que se paga el precio de un cierto caos o desfondamiento de valores generales o universales, una caída en el localismo, para que se puedan manifestar libremente, y en condiciones de igualdad diferencial, determinados colectivos sociales tradicionalmente minoritarios o localistas (gays, feministas, nacionalistas, regionalistas, etc.).

También es un hecho que anteriormente ninguno de estos colectivos, a pesar de que existían múltiples periódicos o incluso diversas cadenas de radio y televisión, tenían una presencia tan importante como la alcanzada en los últimos años. Pero, además, estos grupos no solamente aparecen bajo estas fórmulas, lo que podría entenderse como una política sensata de búsqueda de unidad frente a problemas comunes a las minorías integrantes, sino que curiosamente tratan de ser, no un mero complemento o rectificación de la política de las mayorías, naturalmente dominante en la democracia, sino que tratan, muchas veces, de suplir a la propia mayoría, de convertirse en su alternativa.

Y por ello se hacen ver tratando de ocupar en los medios de comunicación los lugares reservados hasta ahora a las mayorías. Las minorías han dejado por ello ya de ser el coro de la escena democrática para empezar a convertirse en los protagonistas. Si para Ortega el hecho nuevo que rige la primera mitad del siglo XX es "la masa, que, sin dejar de serlo suplanta a las minorías ", para nosotros, por el contrario, y parodiándole, el hecho nuevo de la segunda mitad del siglo XX, se puede formular invirtiendo los términos: las minorías que, sin dejar de serlo, suplantan a las masas  (Ver Manuel F. Lorenzo, La rebelión de las minorías, 2006).

Es preciso por ello constatar los cambios políticos que ha sufrido la democracia en las últimas décadas que la han convertido en una democracia degenerada, atravesada de escándalos y de corrupciones. La consecuencia necesaria que aparece, no ya como un abuso, sino como el uso debido que se desprende en tal situación, es la existencia de una hipo-democracia en la que, como reacción natural, las minorías actúan ya sin ley, como lobbies o grupos de presión, imponiendo por la fuerza y al margen de la ley, o por impotencia de la misma, sus aspiraciones minoritarias.

Es cierto que las minorías, que habían empezado a brotar y organizarse como tales, a principios del pasado siglo, desertaron durante un tiempo de la vida pública o fueron aplastadas o mantenidas a raya por el papel predominante de las masas en la democracia. Eso ocurrió ciertamente en el periodo de dominio del comunismo estalinista y del fordismo americano, es decir durante la Guerra Fría. Y en España durante el franquismo. En aquella época los intelectuales de izquierda todavía estaban subordinados a las masas y lo contrario se veía como una enfermedad infantil izquierdista. Paulatinamente los intelectuales irán pasando a engrosar las filas de los micro-nacionalismos y los regionalismos localistas, de los diferencialismos sexuales o de género, etc.


Lo característico de hoy es que el minoritario fanático tiene ya la fuerza suficiente para afirmar el derecho al fanatismo, al fundamentalismo, y trata de imponerlo por todos los medios. Si en la época de la rebelión de las masas ser diferente era indecente, en la época de la rebelión de las minorías, lo indecente es "estar integrado" en los gustos y costumbres tradicionalmente mayoritarios.  Las minorías rebeldes desprecian pues todo lo nivelador, universalista, cosmopolita. Ahora lo que cuenta es sentirse diferente y tratar de vivir al margen de lo tradicional, encarnación de Satán, poco más o menos. Es el triunfo de lo “políticamente correcto” que, como todo exceso, ha provocado ya su primera reacción en la figura de Trump, en una dirección que parece la exactamente contraria.


Artículo publicado en El Español (17-2-2017)

miércoles, 11 de enero de 2017

La Constitución española y Leibniz

G. W. Leibniz, el filósofo alemán de quien conmemoramos el pasado año el tercer centenario de su muerte, ejerció cierta influencia en algunas ideas políticas de Ortega que tienen que ver con su concepción liberal y autonomista en relación con la forma de afrontar la Reforma Constitucional en España. Leibniz puede ser tomado como modelo de una posición filosófica cuidadosa de evitar los excesos de los extremos, navegando entre scila y caribdís.

Por ello queremos resaltar aquí el leibnizianismo profundo de Ortega al diseñar el modelo de la división territorial en Autonomías que se plasmó en la Constitución de 1978. Pues lo esencial en él es el entendimiento de la realidad como una realidad plural, constituida por una multiplicidad de mónadas o unidades políticas, las Regiones Autónomas, a las que el Estado central, cual mónada de las mónadas, crea y dota de las Competencias necesarias para que puedan vivir y desarrollarse sin necesidad de ventanas al exterior, es decir sin tener que, en lo sustancial, recurrir continuamente a Madrid o a otras Autonomías más ricas.

Pues se establece desde el principio una separación de poderes locales y nacionales, por la cual las Competencias regionales no son, para decirlo al modo de Spinoza, al que Leibniz se oponía, meras atribuciones de una única Sustancia de Poder residenciada en Madrid, sino que son atribuciones pre-programadas de una pluralidad de sustancias creadas por la mónada central, las cuales no existirán o perdurarán por un mero mandato centralista, sino que ello será posible en tanto que sean composibles con las mónadas restantes. De ahí que la creación de estas unidades regionales deba ser leibnizianamente calculada con gran precisión, como muestra el ejemplo orteguiano de la definición operativa de la Autonomía andaluza, partiendo del pequeño municipio que vive de una plantación de  olivos, que no se detiene en los límites del municipio, sino que envuelve al siguiente y al de más allá, rebasando incluso la provincia, constituyendo una unidad de producción que requiere para su óptimo funcionamiento la creación de la completa entidad regional. Según este criterio, se justifica asimismo la existencia de una comunidad tan pequeña como La Rioja por la importancia y la fama de sus vinos, o de 1as Baleares por el turismo.

En segundo lugar, el papel que le corresponde a Ortega con respecto a la regeneración de España podría parangonarse con el que le corresponde a Leibniz respecto a 1a regeneración y modernización de Alemania. Pues su propuesta para la Reforma del Sacro-Imperio está realizada desde una Realpolitik que elude todo utopismo e idealismo y tiene en cuenta los particularismos localistas. Leibniz se convirtió cada vez más en abogado de la autonomía de los Estados particulares, pues era la única que podía garantizar un resurgimiento económico del decaído Imperio Sacro Germánico, cuando la soberanía del emperador languidece y se convierte en un obstáculo en lugar de ser un motor de progreso. Leibniz pensó entonces de manera más sensata que los partidarios de un patriotismo fanático.

De manera semejante a Locke, aunque en una dirección muy diferente, habría propugnado una separación de dos poderes para regenerar la política alemana, los poderes del Emperador y los de los Länder o estados particulares.  Ortega se asemeja a Leibniz al distinguir, dentro del Estado español, el Poder de las Regiones o Grandes comarcas, equivalentes de los Länder alemanes. De tal forma que el programa orteguiano pasa por distinguir y separar rigurosamente el poder supranacional ("Europa es la solución"), el Poder de Madrid, el poder de las Regiones, y por último el Poder Municipal. La articulación de dichos Poderes debe ser objeto de preciso cálculo, sustanciado en las transferencias de Competencias en el número y medida que garanticen la composibilidad leibniziana.


Es curioso observar también cómo la modernización de países como Inglaterra o Francia se basó esencialmente en la separación de poderes propugnada por Locke y Montesquieu, continuando mezcladas las cuestiones nacionales y locales, lo cual no representó obstáculo alguno para el éxito de ambas Revoluciones,  mientras que en la modernización de Alemania o de España predomina la separación leibniziana de lo nacional y lo local, padeciendo de confusión la separación del Poder Judicial, con el característico y germánico Tribunal Constitucional, que en la actual España autonómica depende excesivamente de cuotas de partidos. Aunque este obstáculo encuentre cierto contrapeso en el carácter indomable y orgulloso del tradicional individualismo anarquista ibérico, cuya manifestación extrema lleva, en situaciones críticas, al radicalismo quijotesco representado hoy por Podemos. 


Artículo publicado en El Español (15-12-2016)