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viernes, 10 de noviembre de 2023

La Tercera España

 


La democracia se basa en el gobierno de las mayorías. Las mayorías electorales se traducen en la representación parlamentaria que es la que permite configurar los gobiernos. Dicha mayoría puede ser absoluta cuando un solo partido o una coalición alcanza un número suficiente de diputados para imponer su voluntad legislativa y ejecutiva sin necesidad de contar con el resto de los partidos que han quedado en minoría. Pero pueden darse otras situaciones en las que el voto popular se encuentre polarizado en dos grandes partidos los cuales concentran un voto de tendencia opuesta y muy alejado de un resto de pequeños partidos que representan a sectores políticos minoritarios. En España y en otros países suele ser la tendencia dominante, aunque por un momento, con la irrupción de Podemos, pareciese que se iba a quebrar el denominado bipartidismo imperfecto del turno en el gobierno en las últimas décadas del PSOE y PP.

El poder electoral de ambos partidos se mantuvo, sin embargo, tras las últimas elecciones y parece que va a seguir siendo así. El problema que hoy se ha agravado considerablemente y que nos está llevando a una crisis del propio Estado-Nación español, con todos los peligros que puede traer, es la necesidad en que se encuentran tales partidos mayoritarios de recurrir al apoyo parlamentario de partidos minoritarios, que se declaran decididamente separatistas. En Inglaterra existe un partido minoritario liberale que se presta a inclinar la balanza del lado laborista o del conservador. En Alemania también ocurre lo mismo, añadiéndose la solución suya específica de la llamada Grosse Koalition para situaciones extremas. Pero en España no parece posible esta última solución por la falta o escasez de lealtad a la nación de ambos grandes partidos, además de por el fracaso reiterado en la creación y mantenimiento sostenido de un partido liberal capaz de funcionar de bisagra moderadora.

Recientemente, tras la práctica desaparición de Ciudadanos del panorama político, se ha propuesto por alguno de sus integrantes la creación de un nuevo partido bajo la previa presentación de una asociación política denominada La Tercera España. Nos parece una iniciativa sensata, como hemos mantenido en artículos anteriores, tratar de arrebatar a los separatistas y demás grupos extremistas el papel de bisagra política que ocupan desde hace décadas con resultados nefastos para la existencia de la propia España. Pero lo que nos preocupa es que se vuelva a hacer un partido como imitación española de los partidos socialdemócratas o liberales existentes en otros países europeos. Porque será entonces más de lo mismo que ya se intentó antes con Ciudadanos y demás. Pues si se alude a la Tercera España, la España de los intelectuales y filósofos como Ortega , Marañón, etc., que brilló en la primera mitad del siglo XX, deberían tratar de incorporar primero la filosofía política que tales figuras, como Ortega, el más influyente en tal materia,  trataban de inculcar en la cultura española y en sus posibles seguidores políticos. Estudiar y recuperar su propuesta de la España Autonómica, hoy enteramente tergiversada, su nuevo tipo de liberalismo, etc. Deberían tener claro, además, que tal partido no podría ser nunca un partido de masas que compitiese con PP o PSOE, sino que debe ser un partido integrado por “minorías egregias”, como las denominaba Ortega, suficientes al menos para impulsar una potente bisagra que corrija, con la discusión racional y sabiamente documentada, los excesos a los que tienden necesariamente los actuales partidos de masas, debido a la ignorancia de un electorado menos culto e informado y más propenso a caer en manos de demagogos.

El error de Rivera con Ciudadanos fue creer que podía sustituir al PP como otro gran partido de masas. Pero también incurría en el error de no contar con una sólida base filosófica. Creemos que el nuevo partido que se pretende crear, como representante político de la llamada Tercera España, no recoge tampoco la necesidad de partir de nuestra más influyente tradición filosófica liberal. Algo sospechan cuando buscan la firma de representantes filosóficos actuales como Fernando Savater. No obstante, su iniciativa nos parece interesante porque han levantado la liebre al situar la clave política que nos permita reorientar la política española, en la necesidad de un partido bisagra de nuevo cuño. Y ello tras el fracaso de la radicalización totalitaria de la izquierda por el impacto de Podemos, ideología que es difícil que triunfe democráticamente debido al poso de “buen sentido” que suele caracterizar al español medio en los momentos críticos. Pero también por el freno electoral de Vox y sus dificultades con el PP en asuntos claves. Otra cosa es que los nuevos defensores de La Tercera España, tras levantar la liebre, sean capaces de cazarla. Les deseamos suerte.

Manuel F. Lorenzo


jueves, 23 de junio de 2016

Recordando a Melquiades Alvarez

     Vuelve a la actualidad la llamada “memoria histórica” y la revisión que se viene haciendo últimamente de la Guerra Civil, con las consecuencias de cambios de los nombres de las calles. Se trata con ello de recordar a las víctimas de aquella contienda. Como habrá adivinado el lector por el título, trataré aquí de una en especial, bastante olvidada por tirios y troyanos. Me refiero al ilustre político asturiano, fundador del partido Reformista, Melquíades Álvarez, ilustre víctima de la barbarie de la Guerra Civil.
     Su muerte, aunque no emocione tanto como la del poeta Lorca, si es capaz de conmover profundamente a los pocos que ciertamente nos dedicamos, por oficio o propensión, a analizar con la frialdad del intelecto las cuestiones nacionales. Pues sus ideas y programas políticos han sido las que al final han triunfado en la llamada España de la Transición Democrática. Han sido previstas en su larga actividad política y, finalmente proclamadas en su discurso La Rectificación de la República, -pronunciado en el Teatro Principal de Valencia el día 31 de enero de 1932 y publicado por la Junta General del Principado de Asturias hace unos años en Melquíades Álvarez, Antología de Discursos (Clásicos Asturianos del Pensamiento Político, 2001, Estudio Preliminar de José Girón Garrote)-: la accidentalidad de las formas de Gobierno, aceptada por Felipe González o Carrillo al reconocer la Monarquía, la descentralización autonómica con el sólo límite del separatismo, la libertad de sindicación, etc.
     Después de Jovellanos volvió Asturias a dar otro gran hombre de Estado de mente clara e ideas progresistas que serán llevadas a cabo póstumamente, casi al pie de la letra, con reconocimiento tardío y cicatero. Se equivocó Manuel Azaña al apoyar el sectarismo izquierdista. Se equivocó Indalecio Prieto al apoyar a Largo Caballero en su imitación de los soviéticos. Se equivocaron los fascistas y franquistas recalcitrantes que soñaban con una dictadura eterna. Se equivocó Alfonso XIII al no aceptar la propuesta de Monarquía Constitucional, tan semejante a la actual, que le ofreció de forma perseverante el propio Melquíades Álvarez. Acertó plenamente el Partido Reformista de Melquíades, el partido de los intelectuales de entonces, cuyo programa fue asumido a cabo por los reformistas del franquismo dirigidos por otro gijonés, por Torcuato Fernández-Miranda.
     El objetivo perseguido, la democratización de España como nación y su acercamiento al nivel de las grandes potencias europeas como Inglaterra o Francia o Alemania, se empezaba a lograr en la Transición con el desarrollo de una democracia apoyada en una Constitución que, a diferencia de la democracia de la turbulenta Segunda República, “no trató de asustar a nadie”, para decirlo con palabras del propio Melquíades, el cual, a su vez parodiaba al tercer presidente de la República francesa, Grevy.
     Por ello ya está bien de recordar a tanto ilustre personaje al que la Historia española y la universal ha demostrado que estaba profundamente equivocado y poner en lo más alto al que verdaderamente ha ganado la larga guerra por el renacer de España en un contexto de modernización y progreso ¿Será preciso esperar tanto como se esperó por el reconocimiento de Jovellanos o de Clarín? ¿Volverá el pueblo español a dejarse arrastrar por las banderías de los extremistas? Buena pregunta, pues parece que el régimen actual, basado en un bipartidismo que ha consagrado un coto de listas electorales cerradas tiene, como algo negativo y peligroso, el inconveniente de haber propiciado la creación de una nueva oligarquía formada, tras la politización de la altas instituciones judiciales, por la concentración del poder en el estrecho maridaje de los dos grandes partidos, con grandes bancos y grupos mediáticos.
     Dicha oligarquía, no obstante, se turna en el poder a través del voto popular, por lo que no tiene comparación, como algunos críticos, que demuestran con ello gran ignorancia, suelen señalar, con la oligarquía de la Restauración canovista, donde las elecciones estaban literalmente compradas. Se puede discutir si el poder mediático de unos es superior al de los otros, o si unos son más eficientes gobernantes que los otros, pero en sustancia lo que queda es que se dio a lo largo de casi tres décadas un compadreo y un acuerdo básico en el disfrute en exclusiva de los privilegios de casta político-mediática.Y digo se dio porque este sistema se está rompiendo tras la llegada de un iluminado, para decirlo suavemente, como Zapatero. La reforma, encubierta y sin amplio consenso, de la Constitución que Zapatero llevó a cabo, empezó a polarizar el país propiciando la vuelta de las temidas dos Españas. Pues el PP, acostumbrado al conchabeo de los últimos años, puesto de manifiesto en el reparto de las altas magistraturas, encuentra serias dificultades para gobernar España. Por eso necesitamos hoy un nuevo Melquíades.
Artículo publicado en El Español, (19-5-2016).

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Emergencia electoral de la Tercera España

     El nuevo y emergente partido Ciudadanos tiene posibilidades de convertirse en el nuevo partido de los intelectuales españoles. En tal sentido recuerda al Partido Reformista de Melquíades Alvarez o a la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República de Ortega, Marañón y Ayala.

     La comparación no es superficial ya que puede tener un calado más hondo, en el sentido de que una preocupación esencial de aquellos partidos republicanos era dar presencia en la vida política nacional a las minorías intelectuales, las “elites”, que Ortega echaba de menos en España, en comparación con lo que ocurría en nuestros poderosos y avanzados vecinos franceses, ingleses y alemanes. Dichas minorías intelectuales, integradas por profesores, humanistas, científicos, médicos, abogados, lo que se denomina personas cultas en general, que parecen coincidir con el perfil de votante del partido de Albert Rivera, debían aportar a la dirección política del país un peso de seriedad y competencia, avalado por el conocimiento de la historia y de las complejidades de las modernas sociedades industriales, que pueda influir, por el peso  de sus votos, en la dirección última del destino de los españoles, para que este no se configure únicamente por fuerzas económicas y sociales polarizadas en una lucha ciega, sorda e irreflexiva, como ha ocurrido en trágicos enfrentamientos pasados.

     Precisamente, una de las causas que condujeron a la guerra civil fratricida entre españoles, llena de ignorancia y fanatismo, fue el retraso de España en sustituir a una élite intelectual medieval,  como era la Iglesia, por una élite científica e intelectual ya entonces con importantes figuras como Ramón y Cajal, Clarín, o el movimiento krausista, que permanecieron marginados por los políticos del famoso turno entre Canovas y Sagasta. A pesar de los esfuerzos de acciones aisladas, como la Extensión Universitaria en la Universidad de Oviedo, el pueblo, en progresivo proceso de proletarización, permanecía en la ignorancia más absoluta sobre la nueva sociedad industrial que se estaba abriendo camino, un poco tardíamente, en España. Dicha ignorancia le conduciría a caer en manos del fanatismo proletario fomentado por los partidos revolucionarios obreristas que se constituían entonces. El choque con la reacción violenta y de sentido contrario fue inevitable.                                                       
     La organización de unas minorías intelectuales que asumiesen los principios de la sociedad moderna había dado un paso muy grande, con respecto al siglo XIX, por obra de líderes intelectuales como Unamuno y Ortega. Fue la primera vez que España pudo ofrecer al mundo, agrupados en la institución cultural de la mítica Residencia de Estudiantes,  un conjunto de nombres en los diferentes campos de la cultura y la ciencia moderna, desde Ortega hasta Dalí, pasando por Buñuel, Ramón y Cajal o Severo Ochoa, con amplia resonancia y efecto internacional. Pero el intento de reconducir la República, por la intervención de tales intelectuales, señaladamente las agrupaciones de Ortega y Melquíades Álvarez, evitando el enfrentamiento trágico entre los extremistas antidemocráticos, fracasó. La guerra civil y la dictadura franquista fueron los corolarios de aquella esperanza que trajo la II Republica.

     Hoy nos encontramos en una situación en que una nueva Restauración democrática está conduciendo, en su desarrollo bipartidista, a nuevos enfrentamientos, ya no tanto en torno a un radicalismo social organizado (aunque la aparición de un partido totalitario de izquierdas como Podemos puede reactivar las luchas económico-sociales), sino en torno a la cuestión territorial y lingüística, con amenazas serias de secesión de algunas partes de España. Esperemos y confiemos en que la irrupción del nuevo partido de Albert Rivera, que busca ocupar el verdadero centro, permita que el poder moderador de los votos de tales minorías intelectuales se imponga. Al menos  por su posibilidad de hacer de arbitro moderador, (desplazando al nefasto arbitrismo de los nacionalista vascos y catalanes) sobre las tendencias bárbaras,  ignorantes y fanáticas que amenazan con apoderarse de nuevo de un pueblo al que se pretende, desde la llamada Transición, mantener alejado  de la ilustración y el progreso por medio del monopolio de los grandes medios de comunicación, singularmente la televisión hoy dominada por la cultura de la banalidad y el entretenimiento. Es la única esperanza de regeneración que vislumbramos a corto plazo. A medio plazo se requiere algo más profundo, como sería el cumplimiento del programa orteguiano de introducir, por medio de las minorías culturales,  una filosofía que de nueva vida y racionalidad al pensamiento y a las Ideas que deben presidir y dirigir la necesaria crítica política, sin la cual debe abandonarse toda seria esperanza de regeneración y progreso. Pero para dicha tarea es imprescindible la revitalización de la Universidad y de las instituciones educativas. 

Manuel F. Lorenzo


P.D.  Hace casi una década que fue publicado el artículo que sigue, recogido en mi libro En defensa de la Constitución (2010), pgs. 95-97:


Ciutadans : la esperanza catalana.

     Pasadas las recientes elecciones autonómicas de Cataluña, se está llevando a cabo por toda la esfera mediática un balance e interpretación de los resultados desde puntos de vista más o menos interesados. No obstante, la clase política dominante, y sus prolongaciones mediáticas, siempre trata de arrimar el ascua a su sardina y, por ello, no es muy de fiar en sus valoraciones. Sobre todo cuando se produce un resultado sorpresa como es el caso de la irrupción de una nueva formación política como es Ciutadans de Catalunya. Además de la baja participación electoral es este el dato más significa-tivo, como ha sido reconocido por la prensa en general.

     Pero este dato debe ser interpretado y, por ello, nos vamos a arriesgar dando una interpretación desde un enfoque histórico filosófico que no es habitual en nuestros habituales comentaristas, mayormente centrados en rivalidades y querellas personales. En España, como ya señalaron Clarín, Unamuno y otros, las discusiones públicas acaban derivando inevitablemente hacia las cuestiones personales, quizás por aquello del caudillismo o de la tendencia a la adhesión incondicional a un líder al que se encumbre con los atributos personales de la beatería al uso religioso. Para neutralizar esta tendencia subjetivista es necesaria arrojar luz con el fin de que triunfe la claridad frente a tanto oscurantismo autoritario que nos sigue amenazando con el ¡cuidado con lo que dices!. En tal sentido, la luz histórica, en este asunto, está en relacionar el surgimiento del partido de los Ciudadanos con otros partidos anteriores que habrían mantenido un programa semejante de búsqueda del centro evitando tanto el centralismo rígido como el separatismo disgregador.

     El primero que se nos viene a la cabeza es el CDS de Adolfo Suárez. Pero aquel fue un partido organizado desde el poder y no consiguió enraizar en un electorado mínimo que le permitiese mantenerse y crecer. Además tenía el inconveniente de las relaciones de Suárez,  y buena parte de sus componentes, con el franquismo. Yo creo que deberíamos volver más atrás, a antes del franquismo y la Guerra Civil, para encontrar un partido que podría guardar ciertas semejanzas con Ciutadans. Deberíamos volver a recordar al Partido Reformista, el “partido de los intelectuales” fundado por el gijonés, catedrático de la Universidad de Oviedo y discípulo de Clarín, Melquíades Álvarez.  En un artículo anterior publicado en este mismo sitio (“Recordando a Melquíades Álvarez”) señalé la semejanza en la actitud antidemocrática y antiliberal de reventar un mitin de Ciutadans durante la campaña del Estatuto catalán y el ataque violento de socialistas y otros grupos de izquierda y organizado a otro mitin de los melquiadistas en el teatro Campoamor de Oviedo al inicio de la República.

     El partido Reformista, que se transformaría en el Partido Democrático-Liberal durante la República, era el partido que a principios del siglo XX quería recoger la mejor tradición liberal española que representaron en el siglo anterior Castelar y Clarín. Su programa de grandes Reformas lo situaban en el centro-izquierda con el objetivo de modernizar y regenerar  España y sacarla de su decadencia para incorporarla al mundo de las potencias más avanzadas. No pretendían llevar a cabo una Gran Revolución al estilo de la francesa o la rusa, sino que pensaban y confiaban, que por las circunstancias históricas muy diferentes de las de Francia y más próximas a Inglaterra, en el sentido de la importancia de su influencia política y cultural en un extenso imperio colonial, debía ser la Monarquía la que tomase la iniciativa reformista para superar los llamados por Melquíades Álvarez (gran artífice de este reformismo posibilista ya iniciado por Castelar, impresionado por la irracionalidad del cantonalismo triunfante en la Iª República de la que fue el cuarto Presidente) "obstáculos tradicionales", esto es, soberanía popular, fin del caciquismo y del poder de la oligarquía terrateniente, libertades de prensa, sindicales, descentralización político administrativa, etc.

     Dicho programa no fue nada utópico ni idealista, como creyeron los otros republicanos que como Azaña o Negrín acabaron apoyando al radicalismo revolucionario del Frente Popular, sino que fue el que se llevó a cabo en la llamada Transición a la Democracia encabezada por la propia monarquía juan-carlista, muy diferente en esto a la actitud de la monarquía alfonsina. Y es esencialmente el que está llevando a cabo la España de la monarquía constitucional, con una inesperada y peligrosa desviación provocada por el rebrote de una nueva oligarquía de grandes partidos, grandes bancos y grandes grupos mediáticos que, libres de un arbitro severo que castigue sus excesos como intentaba hacer la Monarquía alfonsina durante la Restauración decimonónica con la antigua oligarquía terrateniente, campean por sus fueros particularistas poniendo en peligro, de forma inconsciente y ciega, la propia unidad nacional.

     La situación es hoy más grave, pues la actual monarquía constitucional no tiene ya la posibilidad de corregir dichos excesos con el famoso “turno de partidos” de la Restauración, ya que el Rey no es el soberano sino que lo es el electorado. Es por ello que el necesario arbitro que frene y castigue tales peligrosos excesos sólo puede salir de la voluntad popular emanada de las urnas. Y en tal sentido nos parece que el éxito electoral de Ciutadans, con su sorpresiva irrupción electoral en Cataluña, si sigue aumentando su representación política, como es lo más probable, representa la irrupción de ese arbitro liberal y democrático que, extendiéndose al resto de España y convergiendo con lo mejor del Partido Popular, ponga a raya a los excesos de esta nueva y voraz oligarquía capitaneada, en esta ocasión, por el mal hacer de Zapatero en sus concesiones a los nacionalistas separatistas.


 Manuel F. Lorenzo
                                                                                                                                    (08/11/2006)

lunes, 6 de abril de 2015

¿A donde vas España?

      El año que estamos comenzando se presenta plagado de elecciones en todos los ámbitos políticos, desde las generales hasta las locales, pasando por las autonómicas. Además, según anticipan los multiples y casí cotidianos sondeos de intención de voto, nos estaríamos enfrentando al comienzo del fin del largo régimen bipartidista que, desde la dimisión forzada de Adolfo Suarez, caracteriza a la política española. Un régimen, el actual, en gran medida absolutista por la falta de separación de poderes que imposibilitaron un control efectivo de los previsibles excesos de la oligarquía gobernante y que nos está conduciendo, a pesar de la intención oficial de converger con los países más prósperos de Europa, a un alejamiento imparable e impensable hace unos pocos años atrás de lograr dicha convergencia.

La enorme deuda que pesa sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles nos está empobreciendo al estar obligados a pagarla, ya que fue contraída tanto de forma privada como pública debido a una irresponsable política impuesta de forma unilateral por los dos grandes partidos al entrar alegremente en el proyecto de la moneda común y basar el desarrollo industrial en la llamada burbuja inmobiliaria. La burbuja estalló, como era previsible (recuerdo haber leído por entonces las advertencias sobre la burbuja en reconocidos diarios económicos ingleses a los que no se tomaba en serio) y el Euro finalmente resulto ser una extraña moneda con un valor mucho más bajo a la hora de pedir un crédito empresarial en Alemania que en España por ejemplo, lo cual perjudica seriamente nuestra capacida de competir, a no ser que en España se bajen los salarios, que es lo que se está haciendo, y por eso nos empobrecemos como país. Ese es el gran fracaso del llamado Régimen salido de la Transición a la Democracia. Y por ello los próximos comicios abren la gran incognita, debido a lo que se empieza a conocer por las sorprendentes encuestas que airean cada día los mass media, de hacia donde nos dirigimos ahora los españoles. Vuelven otra vez las voces de poderosas fuerzas electorales ascendentes, como Podemos, que quieren sacarnos de Europa para que miremos otros presuntos modelos como el llamado Socialismo Bolivariano, del  caudillo venezolano Chaves, etc. 

Nos creíamos un país europeo, por fin democráticamente homologado con el resto y, de repente, nos descubrimos muy diferentes y extraños. Surge lo que parece ser una posible nueva élite dirigente salida de la Universidad, con su núcleo en la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, y que al menos parece ya estar hegemonizando el llamado voto de la izquierda española con la formulación de un nuevo modelo de radicalismo político que sustituye a la considerada “casta” envilecida y corrupta del PSOE e IU. Todo ello recuerda al fracaso en la modenización del país que representó el régimen decimonónico de la Restauración, el cual desembocó, aquejado de absolutismo oligárquico y corrupción caciquil, en la breve “dictablanda” de Primo de Rivera, como antesala de la II República. Traida sobre todo por los llamados intelectuales, como Ortega y Gasset o Marañón, la Republica no consiguió consolidarse como un régimen estable y democrático, pues la gran masa de sus mentores intelectuales, en vez de apoyar una Republica Democratico-Liberal, burguesa como se decía entonces, tal como pretendía Ortega y su minoría intelectual, abrazaron con determinación el Proyecto de una Republica Socialista según el entonces triunfante modelo ruso-soviético anti-occidental, tratando de imponerla por medios violentos (Revolución del 34 y Frente Popular). Por ello el giro de Podemos hacia un radicalismo anti-occidental no nos sorprende, pues es la continuación de una tendencia que afecta a la izquierda española del siglo XX. Dicha continuidad tiene su explicación en dos hechos principales: el nuevo fracaso en la plena modernización industrial y democrática del país y en segundo lugar, el fracaso en la gestación de unas elites intelectuales capaces de producir una ideología que incorporándose, como quería Ortega, a la tradición democrático filosófica dominante en Occidente, la desarrolle y la implante de modo sufiente. Al menos en una porción electoral suficiente de la población española para que pueda actuar y transformar y fortalecer en tal sentido la mentalidad democrático-liberal de la llamada Tercera España y, por extensión e indirectamente, en el español votante medio.

     Hay por tanto que analizar aquí, si queremos comprender lo que hoy nos pasa de nuevo como incertidumbre ante nuestro futuro, dos aspectos. Uno el carácter de un pueblo español, mal elector, que se deja embaucar por unos dirigentes políticos picaros, interesados y de cortas miras, y otro la ausencia de unas elites intelectuales creadoras, modernas e influyentes, necesarias e ineludibles en la tarea de europeización que Ortega se proponía. Ambos problemas están, no obstante, relacionados y tienen su origen en la peculiaridad de nuestra historia. Pues la “ceguera” popular a la hora de elegir los representantes adecuados deriva de la ausencia o debilidad de las élites intelectuales necesarias para formar u orientar adecuadamente a la opinión pública. Pero habría que añadir que, en el caso español, la constitución de la llamada conciencia nacional popular nos diferencia notablemente de lo ocurrido en los otros grandes países europeos. El dicho de “Spain is different” tiene cierto sentido originariamente, no tanto por razones psicológicas tan discutibles y difíciles de probar como la llamada por Ortega  “narcotización” decadente de los visigodos, sino por lo que nos ocurrió en nuestra historia un poco después, con la invasión islámica. En tal sentido, el pueblo español fue durante su constitución, durante los siglos de la Reconquista, un pueblo de “frontera” en continuo avance y cambio hacia el Sur. En esto nos parecemos al pueblo norteamericano, resultante del avance fronterizo en la llamada Conquista del Oeste. En especial por las continuas repoblaciones para fundar nuevas ciudades y pueblos, lejos de la seguridad y protección de la Costa Este en USA o del Norte del Duero en la Peninsula Ibérica, integradas por oleadas de aventureros colonos que debían autoorganizarse y dotarse de sus propias instituciones, improvisando sheriffs y alcaides, elegidos en pie de igualdad entre los más valientes, al margen de jerarquías de sangre o de dinero. Como señala Sanchez-Albornoz en su España, un enigma histórico, eso dio a Castilla un carácter igualitario y popular que tendrá repercusiones en la forma de entender las relaciones sociales en las que regíra aquello de “del rey abajo ninguno”, o lo de Calderon en El Alcalde de Zalamea: “al rey la vida y la hacienda se ha de dar,  pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios”. El último poder jerarquico al que se sometia el pueblo era la élite eclesiástica católica, en tanto que representante de Dios en la Tierra.

En los EEUU, el carácter igualitario toma la forma, a través de las sectas protestantes más radicales contra cualquier jerarquía, de una democracia de auto-organización de las masas mismas en el Lejano Oeste, que marcará decisívamente el populismo de  la llamada, por Alexis Tocqueville, Democracia Americana, a diferencia de las Democracias europeas. Ante la dificultad de crear una jerarquía eclesiastica protestante unida y homogénea, debido a la parcelación en multiples sectas del mensaje cristiano, el “poder espiritual” acabará recayendo en USA en la fé en el progreso técnico y científico fomentado por la Ilustración que preconizaban los Padres fundadores como Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, James Madison, etc. Aquí resulta la principal diferencia con España. Pues la élite católica, con el apoyo del poder político, (alianza del trono y del altar), debido a la necesidad de su cooperación en la conversión de los indígenas americanos y filipinos para poder mantener el poder imperial, perseguirá y obstaculizará notablemente la penetración de los ideales progresistas provenientes de la Ilustración, consiguiendo de hecho que, hasta la época de Ortega, con el precedente de Feijoo y Jovellanos, no se constituya una élite intelectual que puede empezar a homologarse con las élites filosóficas europeas modernas y además con un comienzo de influencia política y social notable que contribuyó de un modo principal al esperanzado advenimiento de la 2ª Republica española. 

La fatalidad, sin embargo, quiso que se produjese la desviación de gran parte de la incipiente élite de intelectuales modernizadores hacía los ideales antidemocráticos y totalitarios triunfantes en la Rusia soviética. Una tendencia que se dio en toda Europa en el periodo de entreguerras y que Julian Benda definió con el título de su famoso libro publicado en los años 20 como “la traición de los intelectuales”. El franquismo supuso, con su triunfo, la vuelta a la alianza de la Iglesia y el Estado, en las primeras décadas de la dictadura, con la consecuencia de una cierta marginación política de intelectuales modernizadores como Ortega y Gasset. Una alianza que se empieza a romper tras el Concilio Vaticano II (1962-65), en un momento en el que los espectaculares éxitos del franquismo en la modernización industrial del país permitieron su prolongación durante casi otras dos décadas más e hicieron posible la empresa de la Transición pacífica hacia la Monarquía Democrática. Pero la “traición del clero católico” a Franco, del obispo Añoveros o del cardenal Tarancón, y el inicio entonces de los llamados diálogos entre cristianos y marxistas de los Aranguren, Ruiz Jimenez, etc., dejó al Regimen sin “intelectuales orgánicos”, lo cual facilitó paradójicamente el pragmatismo de la llamada Tansición y abrió un hueco que no pudo más que ser rellenado, tras la muerte de Franco y el comienzo de la Monarquía Democrática, con el ascenso de los “intelectuales marxistas” que entonces predominaban entre la oposición al franquismo. No obstante, la hegemonía política alcanzada en la izquierda, tras las primeras elecciones democráticas por el Partido Socialista y el abandono del marxismo propugnado por su líder Felipe Gonzalez, eliminó cualquier posible influencia social de una élite intelectual filosófica, lo que condujo a una política pragmática del día a día electoral que solo pensaba en la consecución y conservación del poder, para la cual no necesitaba pensadores o filósofos, sino únicamente unos buenos servicios de encuestas sociológicas que le marcasen el rumbo a seguir. Así los deseos de un electorado medio, poco formado e informado culturalmente, orientaron las decisiones principales que conformaron el rumbo de la política española de las últimas décadas, que nos ha conducido a lo contrario de lo que de buena fé el elector se proponía: al ruinoso endeudamiento económico, a la corrupción sistémica, al peligro de ruptura de la nación, al fracaso de la convergencia económica con la Europa del Norte, etc. Se cumple, al menos en este caso, aquello que decía Ortega de que en España todo lo ha hecho el pueblo y lo que no ha hecho, porque estaba fuera de su alcance, ha quedado sin hacer. Pues es el electorado mayoritario que representa al español medio el que ha sugerido y aprobado con su voto la política populista de los grandes partidos en una especie de Democracia Absolutista que no podía tolerar poderes separados, ya sean los judiciales o los crítico-intelectuales. Todo se sometió a un voto político generalmente poco formado y que no veía la necesidad del debate.

Ahora, ante el ya evidente, para muchos electores, fracaso del Régimen de la Transición (fracaso que hemos analizado con más detalle en sus causas en  Oligarquia y separatismo, dos graves defectos de la actual democracia española ) se abre un panorama político lleno de oscuros nubarrones e incertidumbres. No obstante, cuanto mayor es el peligro, mayor puede ser la esperanza. En tal sentido la emergencia de nuevos partidos políticos, como el sorprendente fenómeno de Ciudadanos en Cataluña y que parece extenderse al resto de España, como confirman las recientes elecciones andaluzas, pretendiendo dar fuerza electoral a la llamada Tercera España, aquella España que defendían las élites intelectuales españolas de la época de Ortega, puede hacer que se reanude, un siglo después, aquel movimiento reformador y regenerador de España como nación moderna, capaz de afrontar la tarea largamente aplazada de una conjugación mutuamente beneficiosa de las Ideas modernas filosóficas con la fuerza electoral de un español medio que no se deje llevar a ciegas por sus deseos e inclinaciones más primarias. Una cultura moderna revitalizada, como Ortega se propuso, debe conseguir de una vez una vida política más civilizada, justa y adecuada a los tiempos. El momento es más propicio que en los años 20, pues aquellos totalitarismos entonces dominantes, tras la caída del Muro de Berlín, ya no son capaces de entusiasmar a las masas. El nuevo totalitarismo que nos amenaza en el horizonte es el totalitarismo islámico, el cual puede golpear en adolescentes  o jóvenes inmaduros, pero no es atractivo para las élites intelectuales, aunque estas pueden quedar neutralizadas y pasivas por el efecto del relativismo cultural, del multi-culturalismo, hoy predominante en Occidente. Por ello es necesario reformular el liberalismo político-democrático en el sentido que lo hacía Ortega cuando señalaba que el antiguo liberalismo que luchaba contra el Absolutismo Monarquico debe ser hoy sustituido por un liberalismo que luche contra los nuevos Absolutismos a que puede conducir el triunfo de la Democracia Absolutista de masas. Una Democracia que puede abrir el camino a nuevas sociedades totalitarias disfrazadas bajo el manto del relativismo de los valores, que conduce invariablemente al triunfo de los valores más bajos. Como escribió Ortega en España Invertebrada:

     “Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios.”

No podemos dejar hoy de pensar, tras recordar las duras palabras del filósofo, en fenómenos mediáticos tan tristemente de actualidad como el caso notorio de la llamada Princesa del Pueblo, Belen Esteban, de la Pantoja y demás figuras del famoseo dominantes en el imaginario popular español, como confirman los televisivos índices de audiencia. De ahí la urgencia de que las nuevas fuerzas políticas liberales emergentes apoyen e impulsen la necesaria “medicina mental”, que solo una filosofía entendida como tradicional “medicina del alma” y basada en lo que Ortega denominaba “imperativo de selección” de los valores, puede llevar a cabo. Una medicina filosófica necesaria para limitar el absolutismo relativista que nos lleva irremediablemente al triunfo de la ruindad y la necedad que afectan crónicamente a los españoles con la fuerza de una epidemia.


martes, 4 de febrero de 2014

Hace falta una tercera España con fuerza electoral

Llegábamos en un anterior artículo (“Oligarquíay Separatismo, dos males de la actual Democracia española”) a la conclusión de que era urgente y necesaria la existencia de una fuerza electoral de centro y basada en el voto de la minoría que constituyen en España las clases profesionales ilustradas. Minoría electoral que actuase de balance of power entre los dos grandes partidos mayoritarios, conservador y socialista, para sustituir al arbitraje chantajista que han venido ejerciendo las minorías separatistas vasca y catalana, y que nos ha llevado a una crisis de desgobierno del poder central, imposibilitado por estar dividido ante la cuestión de cómo mantener la unidad de España. Un poder central que  además parece incapaz de dibujar un nuevo proyecto económico nacional que nos permita salir de la crisis en que nos hallamos e incapaz de controlar y corregir los escandalosos excesos de corrupciones y abusos del poder que están aflorando continuamente en los medios, afectando a la entera clase política, sindical, bancaria, industrial, etc, dominante en las últimas décadas. En tal sentido manteníamos la semejanza de la actual Restauración Monarquica con la llamada Restauración Decimonónica en la existencia de una Democracia mezclada con la Oligarquía; pero veíamos la diferencia en que el rasgo que destruyó a la Restauración Decimonónica fue el caciquismo electoral, en tanto que ahora, debido a la desaparición del ruralismo tras el duro y dictatorial, aunque finalmente exitoso, proceso de industrialización de España bajo el franquismo, el defecto político que amenaza con destruir el actual régimen político ya no es el pucherazo electoral de los caciques rurales sino que es el bien organizado y electorálmente poderoso secesionismo separatista catalán y vasco.

Según nos vamos metiendo más y más en las futuras batallas electorales tengo la sensación de que solo hay dos Españas que cuentan, que ocupan de forma abrumadora los medios de comunicación, sobre todo los telediarios de las grandes cadenas, en  los que el tuya mía, tuya mía, entre el PSOE y el PP, se impone de forma aplastante. Realmente esto no es nuevo, sino que viene sucediendo desde el fin de la UCD de Adolfo Suárez, cuando el bipartidismo se impone. Lo nuevo es que, hasta Zapatero, los dos grandes partidos asumieron, por lo menos en su propaganda, los valores democrático-liberales que eran propios de aquel proyecto de una España liberal y democrática de los Ortega, Madariaga y demás. Aunque, de hecho, se fueron introduciendo ya algunos deslizamientos y perversiones como la muerte de Montesquieu, proclamada por Alfonso Guerra y plasmada en la politización de la Justicia, -muerto que Aznar, con mayoría absoluta, no quiso resucitar y que el actual ministro de Justicia, Gallardón, ha vuelto a rematar-, o las concesiones excesivas en materia de competencias lingüísticas y educativas a los micro-nacionalismos insaciables. Pero en general no se tocó en sus bases el pacto constitucional, fruto optimo de la transición a la democracia desde el franquismo.

Con Zapatero todo esto empieza a cambiar y se intenta que reaparezcan las dos Españas machadianas. En el PSOE se impone su ala más radical y antiliberal, como ya ocurrió en la II Republica y, como toda acción provoca una reacción en sentido contrario, el PP, aunque sin muchas ganas de batalla, se apresta a defenderse, como es natural. En tiempos de Zapatero no se quemaban Iglesias, como en la República, pero se empieza a atacar sedes del PP, o a boicotear sus mítines o conferencias en la Universidad, ante la pasividad y poca contundencia de los instrumentos policiales y judiciales.  Si esta situación continuase al agravarse la crisis económica, lo más probable es que la derecha española, que no se deja amilanar fácilmente, como sabemos por la historia de la República, comenzara a organizar o tolerar una respuesta que se tome la justicia por su mano. Situación sumamente peligrosa, como sabemos por experiencias pasadas, debido a las tendencias cainitas que padecemos los españoles.

Por ello es necesario que, ante el empate de fuerzas que volverá a ocurrir tras la previsible perdida de la mayoría absoluta por el PP de Rajoy, surja una nueva o varias fuerzas electorales que recojan la política de una España liberal, como era la denominada tercera España, que hoy ni el PSOE ni el PP toleran prefiriendo la alianza con los nacionalismos totalitarios y secesionistas. Esta nueva fuerza que parece perfilarse con mayor posibilidad de obtener algún escaño, como anticipa las últimas encuesta del CIS y de diversos medios periodísticos, es la del partido fundado por la eurodiputada Rosa Diez, el filósofo Fernando Savater y otros intelectuales a imitación de Ciudadanos de Cataluña. Por fín parece moverse algo en el mundo de ciertas minorías intelectuales españolas, que parecían haber desertado para siempre de su necesaria función crítica, adormecidas por los cantos de sirena y las prebendas de unos poderosos y despóticos grupos político-mediáticos como lo fue durante décadas el imperio de Polanco y el grupo PRISA. El diario El País fue su buque estrella despues de traicionar el espíritu liberal orteguiano que presidió su proyecto fundacional.

Es curioso observar en los últimos años como los intelectuales, como Fernando Savater, desertan del PSOE, siendo sustituidos por los que podíamos llamar los “sentimentales”, esto es, los artistas de la farándula y el espectáculo que son hoy los que firman los manifiestos antaño reservados a aquellos. Manifiestos más sentimentales que intelectuales, puesto que sus tomas de posición están más orientadas por la víscera, ayuna de estudio y de poco sentido común, que otra cosa. La derecha ya hace tiempo que se ha quedado huérfana de su tradicional “intelectual orgánico”, la Iglesia católica, pues los nuevos tiempos democráticos imponen ciertas distancias ideológicas necesarias. A su vez los intelectuales liberales, como Jiménez Losantos o Pio Moa, empiezan tambien a  recelar de los acomplejados líderes del PP. Por ello el nuevo partido de Rosa Diez tiene posibilidades de convertirse en el nuevo partido de los intelectuales españoles. En tal sentido recuerda al Partido Reformista de Melquíades Alvarez o a la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República de Ortega, Marañón y Ayala.

La comparación no es superficial ya que puede tener un calado más hondo, en el sentido de que una preocupación esencial de aquellos partidos republicanos era dar presencia en la vida política nacional a las minorías intelectuales, las “elites”, que Ortega echaba de menos en España, en comparación con lo que ocurría en nuestros poderosos y avanzados vecinos franceses, ingleses y alemanes. Dichas minorías intelectuales, integradas por profesores, humanistas, científicos, médicos, abogados, lo que se denomina personas cultas en general, que parecen coincidir con el perfil de votante del partido de Rosa Diez, debían aportar a la dirección política del país un peso de seriedad y competencia, avalado por el conocimiento de la historia y de las complejidades de las modernas sociedades industriales, que pueda influir, por el peso arbitral de sus votos, en la dirección última del destino de los españoles, para que este no se configure únicamente por fuerzas económicas y sociales polarizadas en una lucha ciega, sorda e irreflexiva, como ha ocurrido en trágicos enfrentamientos pasados.

Precisamente, una de las causas que condujeron a la guerra civil fratricida entre españoles, llena de ignorancia y fanatismo, fue la dificultad y el retraso de España en sustituir a una élite intelectual medieval, como era la Iglesia, la cual todavía en la Restauración decimonónica, que pretendió modernizar el país, ostentaba la mayoría de las cátedras universitarias, por una élite científica e intelectual ya entonces con importantes figuras como Ramón y Cajal, Clarín, o el movimiento krausista, que permanecieron marginados por los políticos del famoso turno entre Canovas y Sagasta. A pesar de los esfuerzos de acciones aisladas como la Extensión Universitaria en la Universidad de Oviedo, el pueblo, en progresivo proceso de proletarización, permanecía en la ignorancia más absoluta sobre la nueva sociedad industrial que se estaba abriendo camino, un poco tardíamente, en España. Dicha ignorancia le conduciría a caer en manos del fanatismo proletario fomentado por los partidos revolucionarios obreristas que se constituían entonces. 
                                                                     
La organización de unas minorías intelectuales que asumiesen los principios de la sociedad moderna había dado un paso muy grande, con respecto al siglo XIX, por obra de lideres intelectuales como Unamuno y Ortega. Fue la primera vez que España pudo ofrecer al mundo, agrupados en la institución cultural de la mítica Residencia de Estudiantes,  un conjunto de nombres en los diferentes campos de la cultura y la ciencia moderna, desde Ortega hasta Dalí, pasando por Buñuel , Ramón y Cajal o Severo Ochoa, con amplia resonancia y efecto internacional. Pero el intento de reconducir la República, por la intervención de tales intelectuales, señaladamente las agrupaciones de Ortega y Melquíades Álvarez, evitando el enfrentamiento trágico entre los extremistas antidemocráticos, fracasó. La guerra civil y la dictadura franquista fueron los corolarios de aquella esperanza que trajo la II Republica.

Hoy nos encontramos en una situación en que una nueva Restauración democrática está conduciendo, en su desarrollo bipartidista, a nuevos enfrentamientos, ya no tanto en torno a un radicalismo social organizado, sino en torno a la cuestión territorial y lingüística, con amenazas serias de secesión de algunas partes de España. Esperemos y confiemos en que la irrupción del nuevo partido de Rosa Diez y Savater, y de otros que buscan ocupar el verdadero centro, permita que el poder moderador de los votos de tales minorías intelectuales se imponga, por su posibilidad de hacer de arbitro moderador, (desplazando al nefasto arbitrismo de los nacionalista vascos y catalanes) sobre las tendencias bárbaras, ignorantes y fanáticas que amenazan con apoderarse de nuevo de un pueblo al que se pretende, desde la llamada Transición, mantener alejado  de la ilustración y el progreso por medio del monopolio de los grandes medios de comunicación, singularmente la televisión hoy dominada por la cultura de la banalidad y el entretenimiento. Es la única esperanza de regeneración que vislumbramos a corto plazo. A medio plazo se requiere algo más profundo, como sería el cumplimiento del programa orteguiano de introducir, por medio de las minorías culturales que han resistido a la corrupción cultural y política del actual Sistema oligarquico, pagando el precio de una especie de muerte civil y un desplazamiento de las altas magistraturas por los intelectuales arrivistas del PSOE o del PP, una filosofía que de nueva vida y racionalidad al pensamiento y a las Ideas que deben presidir y dirigir la necesaria crítica filosófica, sin la cual debe abandonarse toda seria esperanza de regeneración y progreso.

Manuel F. Lorenzo