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viernes, 7 de septiembre de 2018

El regreso liberal de Mark Lilla


Mark Lilla es un profesor de la Universidad de Columbia que llevaba una vida académica dedicada a la reflexión sobre temas de la historia intelectual europea y, a la vez, como hacemos otros, sintió la necesidad de practicar lo que en España se llama la “extensión universitaria”, publicando artículos sobre temas varios de actualidad, en periódicos como el New York Times. Pero, uno de esos artículos, en el que criticaba la incapacidad del partido Demócrata norteamericano para ganar a Trump tras abandonar la defensa de los intereses de la mayoría de los ciudadanos estadounidenses en favor de las identidades de grupos minoritarios, raciales, culturales o de “genero”, provocó la respuesta airada de la izquierda demócrata tratando al autor de reaccionario, etc., con el consiguiente escándalo mediático.

Mark Lilla, entonces, considerando que debía explicarse mejor, defendiendo su crítica como liberal y no reaccionaria, publicó un ensayo (Mark Lilla, El regreso liberal, Ed. Debate) en el que, ante el triunfo inesperado de Donald Trump, culpa a la izquierda demócrata norteamericana por anteponer un liberalismo identitario e impulsar los temas de las minorías de “género”, culturales, etc., que atomizaron la idea de una ciudadanía nacional común a los norteamericanos. Además de que, de modo más grave aún, el partido Demócrata de los Clinton y Obama, han dado la espalda a la propia clase trabajadora, dejando que una coalición de tales minorías ocupase el lugar de las tradicionales élites liberales directoras de la política. En Europa, según Lilla, estaría pasando algo similar, con el equivalente de los demócratas norteamericanos que son la izquierda socialista en sus diversas variantes. 

Mark Lilla, en la presentación de su libro en España se refirió al problema de la minoría catalana y vasca, que está disolviendo en la izquierda el sentido de la común unidad de la ciudadanía española. Estoy leyendo su libro apresuradamente, constatando para mi sorpresa, como su crítica a la anti-política, que para él representan estos movimientos minoritarios, su peor romanticismo sentimentalista, su falta de “politesse” y de sentido común, es la misma que intenté denunciar en un libro (La rebelión de las minorías) que decidí publicar yo mismo hace una década, tras enviarlo a algunas editoriales con resultado nulo. Al que le interese puede leerlo en Internet. Así empezaba mi libro: 

“Un nuevo fenómeno político-social comienza a arribar a nuestras playas políticas provocando una profunda división en el país: la equiparación en derechos y consideración social de las minoritarias uniones entre homosexuales con las mayoritarias uniones heterosexuales. El actual gobierno de Zapatero parece estar dispuesto a que la voluntad de una minoría social homosexual se equipare a la mayoría heterosexual en la consecución de iguales derechos, incluidos los derechos de adopción y crianza de niños. 

El fenómeno ocurre en otros países y no es por ello privativo de España. Por ello para analizarlo a fondo es preciso ir más allá de la mera constatación de enfrentamientos con la Iglesia o con la mentalidad católica tradicional, etc. (…) Pues dicho enfrentamiento no nos parece que sea un episodio más del tradicional choque entre reacción y progreso en la extensión de las libertades individuales o sociales (…) El problema está en que, debido al creciente predominio de la demagogia sobre la democracia, determinados partidos políticos tienden a defender los principios de la democracia como una nueva forma de régimen absoluto en el que la democratización no tiene límites. Es decir, no entienden la democracia al modo liberal, esto es como democracia con límites marcados por la separación y quilibrio de poderes que inventaron Locke y Montesquieu (…) Sino que la entienden como que el ser ciudadano de un país democrático hace a todo el mundo igual, tanto en su derecho a votar, lo cual es ciertamente legítimo, como en cuanto a sus opiniones sobre todas las cosas sin límite ninguno”.  

Creo que me adelante en años a la eclosión del tema minoritario, y eso no es bueno. Mark Lilla lo hizo en un mejor momento y su efecto ha sido muy superior. Incluso yo publiqué, en este Blog del Suscriptor, con ocasión de la rebelión catalana de Puigdemont, un artículo titulado “La rebelión de las minorías”, que fue uno de los más leídos, según informaciones de El Español. Pero no hubo polémica, quizás porque en España sigue predominando la tradición inquisitorial de silenciar al hereje, ya que hoy no se le puede encarcelar o quemar. Quizás porque no se me considera un hereje importante o no se me quiere dar publicidad. Pero, si mi artículo hubiese provocado un debate con la izquierda, estoy seguro de que lo que ocurriría a continuación sería lo mismo que en USA le ocurrió al profesor Lilla: el intento de desacreditarlo como retrógrado o reaccionario. 


Artículo publicado en El Español (8-8-2018).

domingo, 5 de noviembre de 2017

La rebelión de la minoría separatista catalana

Asistimos estos últimos días al espectáculo de una sublevación en Cataluña, encabezada por su Gobierno Autonómico, que pretende conseguir la separación de España. La noticia, por su gravedad, ocupa los titulares de los mass media tanto nacionales como extranjeros. No podía ser menos ante el anuncio de un acontecimiento que se presenta, en el imaginario social, como una Revolución que pretende dar nacimiento a una nueva nación en Europa. Una nueva Toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno de los Zares parece anunciarse con los actos preliminares de desobediencia, manifestaciones, huelgas y tumultos que se empiezan a producir ante el asombro de la mayoría de los españoles, que no imaginaban que algo así pudiese hoy suceder.

Sin embargo, algo así está ocurriendo y amenaza con abrir una crisis, no sólo en España, sino también en otros países europeos que albergan en su seno incipientes movimientos separatistas regionales. Por eso parece importante tratar de analizar con cierta profundidad la naturaleza precisa del movimiento rebelde en cuestión, para poder saber en realidad de qué se trata y buscar los medios para evitar las consecuencias catastróficas que de él se puedan derivar.

Lo primero que nos llama la atención es que lo que está ocurriendo ante nuestros ojos no es una Revolución como la Revolución Francesa, la Rusa o la Norteamericana, en la que se dio origen y nacimiento a nuevas y poderosas naciones en el sentido moderno de la expresión. No hay aquí ejércitos que se enfrentan en una sangrienta guerra civil, porque no se está armando al pueblo ni dividiendo al ejército. A todo lo más que se está llegando es a neutralizar a una diminuta, en comparación con los cuerpos armados españoles, policía autonómica de los Mossos y a tratar de evitar un posible enfrentamiento policial armado del que saldrían perdiendo los sublevados. La propia denominación de escenificación de la rebelión, que se utiliza para referirse a las manifestaciones y huelgas callejeras, revela lo que algunos denominan el carácter postmoderno de la rebelión como un simulacro de una rebelión masiva, pues como se puede observar aquí no comparecen las masas, sino grupos de agitadores, no muy numerosos, pero disperso por diversos lugares, concentrados ante comisarias, hoteles donde se alojan los guardias civiles, algunas calles, etc.

El propio Referéndum que se convocó, al margen de que sus datos no ofrecen ninguna seguridad jurídica de veracidad, es un simulacro de victoria masiva del Sí (90%), cuando en realidad se reconoce que sólo ha votado una minoría de la población catalana. La Huelga General convocada, procedimiento mítico de las grandes revoluciones, ha sido también un simulacro, pues se obliga a parar a los trabajadores controlando una red de transportes con la inutilización, por acción u omisión del propio Gobierno Autonómico, de las líneas de cercanías del cinturón de Barcelona, donde se concentran la mayor parte de la población trabajadora, o del corte con neumáticos de las autovías en unos pocos puntos estratégicos suficientes para colapsarlas.

En tal sentido, no hay aquí una rebelión de las masas, como ocurría en Rusia, por ejemplo, sino una rebelión de carácter distinto y que hemos denominado, en otro artículo de este mismo diario, como la rebelión de las minorías. El problema hoy no es pues la rebelión de las masas, como en tiempos de Ortega y Gasset, sino que es lo que denominamos la rebelión de las minorías, la cual no sólo se está dando en el particularismo del nacionalismo regionalista, catalán, vasco, corso, escocés, etc., sino también en el particularismo o diferencialismo de las minorías sexuales, étnicas, etc.


Todos ellos comparten el contrasentido propio de querer imponer en un régimen democrático, en el que, por definición, deciden los derechos de la mayoría, y con procedimientos democráticos, no violentos, etc., unos derechos minoritarios como si fuesen equiparables a los mayoritarios. Dicho contrasentido sólo puede abrirse paso por medio de la utilización de la simulación y el engaño propio de la demagogia, para lo cual son suficientes las armas de una educación y una propaganda mediática fanatizada, que equivocadamente les ha transferido el Gobierno central. Por ello no hace falta meter los tanques en Cataluña, sino que la verdadera solución está en la discusión ideológica y el pensamiento crítico que hay que recuperar de las manos del sistema educativo y de los mass media puestos hoy, en Cataluña, en manos de los fanáticos sediciosos, y en el resto de España en manos de una tendencia dominante que quiere contentar en vez de aislar a los separatistas. Pues, el separatismo debe ser inexorablemente aislado, e incluso, llegado el caso, prohibido como opción política, no dejando de denunciar sus sinsentidos y peligrosos engaños desde los medios de comunicación de mayor alcance.


Artículo publicado en El Español (23-10-2017)

sábado, 22 de abril de 2017

La perversión de los Mass Media

Las posibilidades de comunicación que abrieron los mass media en la últimas décadas ganando en globalidad terráquea y simultaneidad produjeron, sin embargo, el efecto boomerang inesperado de lo que se llama la post-verdad. La apertura efectiva del horizonte vital del individuo humano a nivel planetario ha generado, además, como contrapartida, un debilitamiento y una inseguridad mental característica. El mundo se ha hecho pequeño en el espacio por la espectacular rapidez de los transportes y también se ha reducido en el tiempo gracias a los media que traen por así decir, con sus imágenes a velocidad instantánea, la "montaña a Mahoma", sin falta de que "Mahoma vaya a la montaña". Lo lejano y tardío se ha convertido en cercano y pronto a comparecer. Con ello se ha visto acrecentado, de forma inimaginable antes de que se inventase la televisión, o se desarrollase la informática, el caudal de información fresca y vívida.

Hasta tal punto es esto así que la diferencia de un individuo ávido de información cultural en el siglo XIX y uno actual es de tal tamaño que provoca, por sí misma, un cambio cualitativo. La comparación hay que centrarla, no tanto en las informaciones mismas, como en las posibilidades de informarse. Porque precisamente, al ser tales posibilidades actualmente tan inmensas, lejos de despertar el deseo de alcanzarlas, muchas veces lo matan antes de nacer, abrumado el sujeto ante una información interminable. Y por otra parte no sólo es este hecho puramente cuantitativo el más destacable. Pues, es quizás más importante aún el análisis de los propios media como medios. Unos medios que, en una realización de lo que Nietzsche llamó la inversión de los valores (Umwertung), invierten la jerarquía de valores antes predominante en el tratamiento de la información. Y además la pervierten porque, para los media, noticia es lo que es nuevo, raro, exótico, minoritario. Noticia no es lo que ocurre normalmente, sino lo inesperado, lo invertido, lo anormal.

De tal forma que la información, de grado o por fuerza, debe presentar gran parte de sus contenidos, y tendencialmente todos, como extraordinarios. El sensacionalismo resultante es así una especie de fase superior del imperialismo cultural actual de las grandes cadenas mediáticas. Pero, aunque fuente de un gran poder e influencia, no deja de ser una perversión de los media que se extralimitan en sus funciones. Un imperialismo mediático que se aprovecha de unas masas sumisas, las llamadas mayorías silenciosas, integradas después de la Segunda Guerra Mundial en el llamado Sistema del consumismo y del bienestar. Unas masas que han pasado de un estado de rebelión durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo, que trajo la Revolución Rusa, a un estado límite exactamente contrario, de sometimiento y abulia, definitivamente establecido tras la caída del Muro de Berlín, que pone fin a décadas de rebeliones y guerras, cargadas de tragedia y sublimidad.

Como consecuencia de esta integración de las masas, antes rebeldes, crece, como su reverso inevitable, la rebelión de las minorías, que imponen su poder reticular aprovechándose de ese estado de postración en que han caído las mayorías, entontecidas por una torpe política de entretenimiento y consumo que sólo triunfa a escala realmente mundial con la caída del muro de Berlín. Pero una política que, como un arma de doble filo, también se vuelve contra él.

Hoy asistimos precisamente al divorcio creciente entre los grandes medios y el establishment político-social de las llamadas sociedades de masas occidentales regidas por las normas de un trabajo digno, una familia tradicional y una religión cristiana. Al margen de la bondad o maldad del asunto, lo interesante aquí es observar la capacidad impresionante que un grupo minoritario y, subrayamos, no legitimado por las urnas, tiene para secuestrar la voluntad popular. Una opinión pública, es cierto, ya previamente caciqueada, a través del bombardeo propagandístico, por las oligarquías políticas durante las elecciones. Los periodistas hablarán de labor de limpieza y transparencia, necesaria ante la sucia y oscura corrupción y caciquismo en que han caído los gobiernos. Pero debe observarse aquí que la escoba que barre, Ciudadano Kane por medio, puede estar ella tan sucia como lo barrido.

Dicho secuestro trata de legitimarse en una falsa conciencia, típica de minorías, que se auto-proclaman como salvadoras de la Humanidad, extralimitándose en sus funciones. Dicha extra-limitación se observa cuando del periodismo de información se pasa al de denuncia e inquisición, con las correspondientes campañas y persecuciones mediáticas, en una especie de reproducción simulada de un legislativo y de un poder judicial paralelos, aunque de papel.


Artículo publicado en El Español (8-3-2017)