martes, 11 de julio de 2017

Filosofía de la Frontera

La globalización pretende crear una sociedad sin fronteras por medio de instituciones civiles, tipo Médicos Sin Fronteras, Reporteros Sin Fronteras, Empresas Transnacionales, Monedas Digitales (Bitcoins), etc. Pero, al pretender igualmente el trasvase de poblaciones (exiliados, emigrantes, refugiados) y capitales (deslocalización de empresas, Tratados de Libre Comercio, etc.) sin control de los Estados, está destruyendo las Sociedades de Bienestar Occidentales abriendo profundas crisis políticas como las que estamos viendo en USA y Europa.

Al relajar la vigilancia fronteriza en los bordes de la propia UE, al alimón con las llamadas a la emigración, que hicieron dirigentes políticos como Zapatero o Angela Merkel y con las guerras de Irak, Libia y Siria, la situación se hizo incontrolable y explosiva con la irrupción en la propia Europa de un terrorismo islámico inesperado que nos amenaza gravemente a todos nosotros, ciudadanos de a pie, ya seamos habitantes de ciudades cosmopolitas o rurales de Texas.

Por eso constatamos que no todas las fronteras son iguales. Eliminar el control de personas en Irún no tiene las mismas consecuencias que eliminar dicho control en Ceuta o en la isla de Lesbos. ¿Qué tipo de frontera es pues esta última? Para responder a esta pregunta no nos basta con recurrir a conceptos técnico-administrativos propios de un funcionario de Aduanas. Precisamos algunos conocimientos histórico-filosóficos para abordar con suficiente profundidad la cuestión. Precisamos pues de una Filosofía de la Frontera. En un artículo anterior (Nacionalismo contra Globalización) me referí a Eugenio Trías como el pensador español que centró su reflexión filosófica sobre la Idea de Límite o Frontera -el limes romano- enseñándonos a ver que la frontera no es una mera línea o barrera, fácil de borrar, que separa dos territorios, sino que ella misma es algo más complejo e importante. Trías empieza su libro, Lógica del Límite (1991) con estas palabras:

“Los romanos llamaban limitanei a los habitantes del limes. Constituían el sector fronterizo del ejército que acampaba en el limes del territorio imperial, afincado en dicho espacio y dedicándose a la vez a defenderlo con las armas y a cultivarlo. En virtud de este doble trabajo militar y agricultor el limes poseía plena consistencia territorial, definiendo el imperio como un gigantesco cercado que esa franja habitada y cultivada delimitaba, siempre de modo precario y cambiante. Más allá de esa circunscripción se hallaba la eterna amenaza de los extranjeros o extraños o bárbaros. Estos, a su vez, se sentían atraídos por esa franja habitable y cultivable que les abría el posible acceso a la condición cívica, civilizada, del habitante del Imperio.

Los bárbaros, instigados y hechizados por el imperio, sometían ese limes a un cerco a veces difuso, a veces hostil y amenazante, si bien con suma frecuencia se enrolaban en esos ejércitos agricultores que trabajaban y defendían el limesA su vez la metrópolis y su centro de poder temían la irrupción imprevista de algún general victorioso que fuese habitante del limes o que pretendiese, desde esta zona estratégica, hacerse con el poder e investirse de la condición de emperador. Había, pues, un triple cerco: el que los bárbaros sometían al limes e, indirectamente, al propio cercado imperial; el que éste sometía a estos peligrosos amigos-enemigos que habitaban el limes, y el cerco que el limes y sus habitantes fronterizos sometían tanto a los bárbaros del más allá como a los civilizados del más acá”.

El limes, la frontera entre Occidente y otras culturas como la Islámica no es, por ello, una mera raya en la carretera, algo meramente convencional y superficial. Trías atribuye a la Filosofía de la Modernidad esa concepción que él llama negativa, de límite y frontera, “como puro lugar evanescente, convencional y puramente lineal” e intenta con su Filosofía de la Frontera “sugerir un giro verdaderamente copernicano en relación con esta noción”.

Traducido a los acontecimientos políticos que estamos contemplando, podemos ver como el poder metropolitano lo encarnan hoy las grandes ciudades (Nueva York, Londres, París, Berlín, etc.) en las que, por la apertura incontrolada de las fronteras, surgen barrios enteros de los llamados migrantes, procedentes de sociedades más atrasadas y bárbaras que, al no integrarse, las someten a un cerco de rechazo que puede llegar al ataque terrorista organizado en redes dirigidas desde el exterior. A su vez, muchos ciudadanos de a pie, más próximos al campo y al terruño, y menos cosmopolitas, buscan a un líder populista que demuestre sus dotes de salvador cerrando las fronteras a los migrantes y derrotando su red terrorista. No estamos pues ante un pensamiento único globalizador, ni ante un dualismo de buenos y malos, sino ante un triple cerco cuya dialéctica debería presidir los análisis de detalle.


Artículo publicado en El Español (22-6-2017)

martes, 13 de junio de 2017

Nacionalismo contra Globalización

Los tiempos están cambiando en el panorama político ideológico. Se dice ahora que la tradicional oposición derecha/izquierda, basada en criterios de lucha económica, está siendo sustituida, como se ha visto en la victoria inesperada de Donald Trump y más claramente en la de Macron en las elecciones presidenciales francesas, por la oposición entre los partidarios de la Globalización y los Nacionalistas o Soberanistas contrarios a ella. Los partidarios de la Globalización serían ahora la izquierda frente a los Soberanistas que serían la nueva derecha o derecha alternativa, como, por ejemplo, empezó a denominársela en Alemania.

Pero esta nueva caracterización de la nueva situación política mundial es todavía muy intuitiva y requiere un tratamiento conceptual más profundo que nos permita una valoración más segura del panorama político en el que tenemos que desenvolvernos en las próximas décadas. Pues como decía Einstein en estos casos lo más práctico es una buena teoría. Por ello, como hacían los platónicos, hay que alejarse del mundo de las opiniones controvertidas del mundo de las apariencias para regresar a las estructuras esenciales, las cuales no se captan con la mera intuición sensible, sino con el pensamiento conceptual.

La estructura esencial de la política es el Estado. Debemos, entonces, volver a preguntarnos: ¿qué es el Estado? Aquí podríamos acordarnos del cuento indio que nos relata el filósofo árabe Algacel: unos ciegos hablaban de un elefante según su experiencia. El que palpó su oreja dijo que era un cojín; el que palpó su pata, dijo que era una columna; y el que tocó el colmillo dijo que era un cuerno enorme.

De la misma manera, a principios de las concepciones modernas del Estado, el filósofo in-glés Thomas Hobbes dijo que el Estado era un gran animal (Leviatán), que nos libraba de la guerra civil “de todos contra todos” y cuyo fundamento residía en el Pacto político entre el Soberano y sus súbditos. Locke y Montesquieu desarrollarían la estructura de ese Pacto en un sentido liberal, democrático y más funcional, que perdura hasta hoy en las triunfantes y poderosas democracias liberales.

Pero esta concepción sólo vio el aspecto que Marx llamó superestructural del Estado, pues para este lo fundamental del Estado, la clave que explicaba su funcionamiento estaba en otro lado, en la base económica. No bastaba el Estado de Derecho, sino que, sin Estado de Bienestar Social, volvería la temida guerra civil. Así ocurrió en la Revolución Rusa y su consecuencia, la llamada Guerra Fría, de la que se empezó a salir cuando USA abandonó el dogma liberal de no intervención del Estado en la Economía y se fomentó el Estado del Bienestar en Europa.

Tras la derrota de la URSS viene la llamada Globalización, permitida por la caída del Muro de Berlín y fomentada por la Superpotencia vencedora, USA. Pero la Globalización, que considera que el Estado debe ser Estado de Derecho Universal y Economía sin Fronteras, lejos de garantizar un progreso político y un bienestar económico, está produciendo crisis mundiales de dimensiones aún más aterradoras que las antes vistas: la crisis bancaria que empezó en USA, la descolocación del empleo con la amenaza de pauperización de las clases medias occidentales, la crisis política de Afganistán, Irak y de la llamada Primavera Árabe, de la que resulta el terrorismo islámico que amenaza USA y Europa, etc. De ahí que aparezcan nuevos movimientos políticos como la Derecha Alternativa, que  empiezan a decir que el Estado es fundamentalmente el territorio, la tierra de nuestros padres (Patria), de nuestras tradiciones, idiomas y costumbres.

Este resurgir del nacionalismo es ambiguo porque, como en los casos anteriores, padece de nuevo de una ceguera parcial. Pues decir que el Estado es la Patria es una verdad parcial que no se debe sustancializar, sino que hay que tratar de hacerla compatible con las otras verdades parciales que se han ido estableciendo históricamente, la Democracia y el Bienestar económico. Pero para eso se necesita una nueva Teoría del Estado, más amplia, omnicomprensiva y compleja que las tradicionales procedentes del Liberalismo y del Marxismo.

¿Dónde están los nuevos filósofos que nos iluminen al respecto? Mal momento para localizarlos, pues las figuras internacionales tenidas todavía por los últimos grandes pensadores, como los Foucault, Derrida, Habermas, Lakoff, etc., no nos sirven para esto. Pero, en la misma España, ¿hay algún filósofo que nos pueda ayudar a pensar esta nueva situación? Yo solo puedo señalar a Eugenio Trías, quien centró su reflexión en torno precisamente a la Idea de Límite o Frontera. Puede ser útil para introducirnos en esta nueva forma de pensar el Estado desde la Frontera, desde lo que él llamaba el limes del Imperio romano. Y también a Gustavo Bueno, con su Modelo Canónico de Estado. Otro día nos ocuparemos de ello.



Artículo publicado en El Español (1-6-2017)

sábado, 20 de mayo de 2017

Novedad Editorial: Pensar con las manos


 

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lunes, 8 de mayo de 2017

Los nuevos "intelectuales"

     Los intelectuales eran, desde la Ilustración, las élites que debían conducir al resto de la sociedad en la lucha por una sociedad más igualitaria y más justa. Eran los detentadores del nuevo “poder espiritual” que, según el fundador del positivismo, el Conde de Saint-Simon, -y por analogía con la sociedad medieval, en la cual ese “poder espiritual” lo detentaban los teólogos-, estaría integrado en la naciente sociedad industrial por los científicos, los artistas y los filósofos. En general, la opinión actualmente vigente es que el intelectual, representado por filósofos, científicos o personajes de gran cultura, como se decía antes, ha muerto. Pero la función que cumplía la ha heredado el artista popular que encabeza habitualmente las manifestaciones políticas -incluidos los conciertos por algún tipo de causa- y es continuamente reclamado por los media.

     En el interregno se ha podido producir la falsa impresión de que los especialistas científicos pudiesen sustituir a los intelectuales. En realidad eran meros sucedáneos, pues tras la caída del Muro de Berlín, las estructuras ideológicas de propaganda reconstruidas durante la Guerra Fría, que se sustentaban en la contraposición ideológica capitalismo/comunismo, se vinieron abajo, faltas de sentido y entonces emergió la "voluntad de poder como arte" de la que hablaba Nietzsche: el artista-filósofo post-moderno, que proclama el fin de las ideologías engañadoras y señala, tras dichas máscaras, por medio de las cuales las Ideas adquieren plasticidad, a la voluntad de poder, al deseo mismo como el verdadero motor de la historia. Con él se relativiza la verdad, base del poder del antiguo intelectual, y se abre la puerta a un mundo de fábula, que ahora se llama el mundo de la post-verdad, en el que se pueden cumplir todos los deseos y en el que se mueve como pez en el agua el artista que seduce al gran público, ese ser que no ha perdido el contacto con lo primitivo, lo salvaje, fuente telúrica de inspiración.

     En vez de los intelectuales ahora aparecen los juglares. Y, entre estos, los músicos dionisíacos son los primeros, pues ya para Schopenhauer la música se distingue del resto de las artes por ser expresión directa de la Voluntad. Del maridaje entre los media y el artista surge el marketing publicitario y un auténtico bombardeo musical. Como escribía Allan Bloom: “Nietzsche, en particular, trataba de abrir nuevamente las fuentes irracionales de la vitalidad, volver a llenar nuestro seco río con el líquido procedente de fuentes barbáricas, y, por ello, alentaba lo dionisíaco y la música que de ello derivaba. Este es el significado de la música rock. No insinúo que proceda de elevadas fuentes intelectuales. Pero se ha alzado hasta sus actuales cumbres en la educación de los jóvenes sobre las cenizas de la música clásica, y en una atmósfera en la que no existe ninguna resistencia intelectual ante el desenfreno de las pasiones más descarnadas” (El cierre de la mente moderna, Plaza & Janes, Barcelona, 1989, p. 75).

     Y es precisamente esta técnica mediática, junto con la democracia-social que facilitó el acceso a las universidades a las minorías raciales y culturales no occidentales, aquello que, según venimos diciendo, ha colaborado indirectamente al ascenso de lo que podemos denominar el hombre-minoría. Por minoría no entendemos, queremos insistir en ello para evitar equívocos ni la nobleza, ni la aristocracia, ni las élites, ni nada de eso. No se trata aquí de una clase social, sino de un modo de ser social estadísticamente determinado. Nuestra tesis es que el hombre-minoría empieza a imperar culturalmente en las últimas décadas, a partir de movimientos juglarescos derivados del movimiento estudiantil del 68, tanto de París como de Berkeley.


     Es cierto que el poder social directo en la democracia lo ejerce, en último término, la opinión pública. Es ella y no la burguesía capitalista, o cosas por el estilo, la que impone actualmente, sobre todo tras la americanización de la democracia, los gustos y costumbres. Pero cada vez los impone más a través de sus propios localismos, como se puede comprobar en el predominio de lo que, en España, desde los tiempos de Goya, se denomina majismo. Y dentro de esa opinión pública, el grupo superior, la aristocracia, los majos, son sin duda los artistas populares de los media: cantantes, estrellas de cine, deportistas considerados como geniales, etc. El artista en tanto que se le supone como atributo esencial la originalidad y la naturaleza genial. El artista en sentido amplio, por tanto, que conecta o comunica con su público, el juglar y no ya el artista como poseedor de una depurada y compleja técnica propia de la música clásica, es el que lleva hoy, para bien o para mal, en el imaginario social la antorcha arrebatada a los antiguos intelectuales.


Artículo publicado en El Español (15-4-2017)

sábado, 22 de abril de 2017

La perversión de los Mass Media

Las posibilidades de comunicación que abrieron los mass media en la últimas décadas ganando en globalidad terráquea y simultaneidad produjeron, sin embargo, el efecto boomerang inesperado de lo que se llama la post-verdad. La apertura efectiva del horizonte vital del individuo humano a nivel planetario ha generado, además, como contrapartida, un debilitamiento y una inseguridad mental característica. El mundo se ha hecho pequeño en el espacio por la espectacular rapidez de los transportes y también se ha reducido en el tiempo gracias a los media que traen por así decir, con sus imágenes a velocidad instantánea, la "montaña a Mahoma", sin falta de que "Mahoma vaya a la montaña". Lo lejano y tardío se ha convertido en cercano y pronto a comparecer. Con ello se ha visto acrecentado, de forma inimaginable antes de que se inventase la televisión, o se desarrollase la informática, el caudal de información fresca y vívida.

Hasta tal punto es esto así que la diferencia de un individuo ávido de información cultural en el siglo XIX y uno actual es de tal tamaño que provoca, por sí misma, un cambio cualitativo. La comparación hay que centrarla, no tanto en las informaciones mismas, como en las posibilidades de informarse. Porque precisamente, al ser tales posibilidades actualmente tan inmensas, lejos de despertar el deseo de alcanzarlas, muchas veces lo matan antes de nacer, abrumado el sujeto ante una información interminable. Y por otra parte no sólo es este hecho puramente cuantitativo el más destacable. Pues, es quizás más importante aún el análisis de los propios media como medios. Unos medios que, en una realización de lo que Nietzsche llamó la inversión de los valores (Umwertung), invierten la jerarquía de valores antes predominante en el tratamiento de la información. Y además la pervierten porque, para los media, noticia es lo que es nuevo, raro, exótico, minoritario. Noticia no es lo que ocurre normalmente, sino lo inesperado, lo invertido, lo anormal.

De tal forma que la información, de grado o por fuerza, debe presentar gran parte de sus contenidos, y tendencialmente todos, como extraordinarios. El sensacionalismo resultante es así una especie de fase superior del imperialismo cultural actual de las grandes cadenas mediáticas. Pero, aunque fuente de un gran poder e influencia, no deja de ser una perversión de los media que se extralimitan en sus funciones. Un imperialismo mediático que se aprovecha de unas masas sumisas, las llamadas mayorías silenciosas, integradas después de la Segunda Guerra Mundial en el llamado Sistema del consumismo y del bienestar. Unas masas que han pasado de un estado de rebelión durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo, que trajo la Revolución Rusa, a un estado límite exactamente contrario, de sometimiento y abulia, definitivamente establecido tras la caída del Muro de Berlín, que pone fin a décadas de rebeliones y guerras, cargadas de tragedia y sublimidad.

Como consecuencia de esta integración de las masas, antes rebeldes, crece, como su reverso inevitable, la rebelión de las minorías, que imponen su poder reticular aprovechándose de ese estado de postración en que han caído las mayorías, entontecidas por una torpe política de entretenimiento y consumo que sólo triunfa a escala realmente mundial con la caída del muro de Berlín. Pero una política que, como un arma de doble filo, también se vuelve contra él.

Hoy asistimos precisamente al divorcio creciente entre los grandes medios y el establishment político-social de las llamadas sociedades de masas occidentales regidas por las normas de un trabajo digno, una familia tradicional y una religión cristiana. Al margen de la bondad o maldad del asunto, lo interesante aquí es observar la capacidad impresionante que un grupo minoritario y, subrayamos, no legitimado por las urnas, tiene para secuestrar la voluntad popular. Una opinión pública, es cierto, ya previamente caciqueada, a través del bombardeo propagandístico, por las oligarquías políticas durante las elecciones. Los periodistas hablarán de labor de limpieza y transparencia, necesaria ante la sucia y oscura corrupción y caciquismo en que han caído los gobiernos. Pero debe observarse aquí que la escoba que barre, Ciudadano Kane por medio, puede estar ella tan sucia como lo barrido.

Dicho secuestro trata de legitimarse en una falsa conciencia, típica de minorías, que se auto-proclaman como salvadoras de la Humanidad, extralimitándose en sus funciones. Dicha extra-limitación se observa cuando del periodismo de información se pasa al de denuncia e inquisición, con las correspondientes campañas y persecuciones mediáticas, en una especie de reproducción simulada de un legislativo y de un poder judicial paralelos, aunque de papel.


Artículo publicado en El Español (8-3-2017)

martes, 4 de abril de 2017

Ostwald Spengler y la decadencia de Occidente

Ostwald Spengler fue un filósofo alemán de la Historia, autor principalmente del libro La Decadencia de Occidente (1918), de gran impacto y alcance mundial en el Periodo de Entreguerras, pero relativamente olvidado desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la fecha.

Ahora, a consecuencia de la interpretación por el historiador norteamericano Samuel Huntington de la pasada guerra de los Balcanes, que llevó a la desmembración de Yugoslavia y de los ataque a la Torres Gemelas de Nueva York por el radicalismo islámico, como un “choque de Civilizaciones”, está volviendo a despertar el interés actual por su concepto de las Civilizaciones como círculos culturales (Kulturkreise) irreductiblemente cerrados, que inevitablemente tienden a chocar entre sí cuando entran en contacto. En España fue introducido por Ortega y Gasset, quien impulsó la edición de La Decadencia de Occidente en Espasa Calpe (1923) en la magnífica traducción de Manuel García Morente. Ortega se apoyó entonces en Spengler para decir que la llamada Primera Guerra Mundial no había pasado de ser una guerra entre los imperios occidentales (inglés, francés, alemán, ruso y austro-húngaro). No había por tanto sido realmente mundial o global, como diríamos hoy, pues era una guerra interna de la propia Civilización europea sin afectar seriamente a otras grandes Civilizaciones, como la Hindú o la China.

En el título de su obra se diagnosticaba la decadencia de la gran Cultura europea que, pasada ya su época clásica, comenzaba a declinar ahogándose en terribles guerras intestinas por intereses puramente económicos y pronosticaba por ello el final de su democracia y la llegada de un poder cesarista despótico. Dicho nuevo poder no serían, en su opinión, precisamente los nazis hitlerianos, que lo condenaron a una especie de ostracismo, pues el “socialismo prusiano” de Spengler proponía una aristocracia meritocrática regeneracionista que no encajaba con la dirección del socialismo nazi integrada mayormente por cuadros de partido brutalmente racistas e ignorantes. Dicho poder sería para Spengler más bien Rusia, la llamada Tercera Roma. Su error más importante fue entonces infravalorar a la otra posibilidad de poder que eran los norteamericanos, un pueblo también joven frente a la decadente y envejecida Europa. El pueblo ruso era visto por Spengler como un “pueblo de pueblos” que llevaría la promesa de una nueva civilización, una nueva Roma. En esto creemos que se equivocó, pues otros ven ahora la Tercera Roma naciente en USA.

Pero, quizás lo que todavía puede perdurar y ser actual de Spengler es su Historia comparada de las grandes Civilizaciones, que se han desarrollado a lo largo de la Historia mundial, tratando de obtener algunas leyes históricas que se deducen de las analogías y repeticiones que se extraen de su estudio histórico positivo, según el enfoque que trata de delimitar la “fisionomía” de las grandes Culturas o Civilizaciones históricas. Es lo que podemos constatar en el reciente libro de Carlos X. Blanco, Ostwald Spengler y la Europa fáustica, (Ediciones Fides, 2016) en el que el autor trata de volver a leer a un Spengler que sigue siendo famoso, pero que ha sido relegado y postergado en el actual ámbito universitario español. Un Spengler cuyo: “enfoque fisionómico de las culturas -se trata de delimitar la ‘fisionomía’ de sus formas históricas- nos dice que las civilizaciones son mortales, que pueden morir y que tal es su destino común. No son pueblos o épocas, sino culturas, irreductibles las unas a las otras, los motores de la historia mundial. Estas culturas no son creadas por los pueblos, sino, al contrario, son los pueblos los que son creados por las culturas. La Antigüedad, por ejemplo, es una cultura separada, similar pero totalmente distinta de la cultura fáustica occidental. Todas las culturas obedecen a las mismas leyes orgánicas del crecimiento y de la decadencia. El espectáculo del pasado nos informa, pues, sobre lo que todavía no ha sucedido”.


De este enfoque se deduce que la Civilización Occidental no seguirá progresando indefinidamente como si fuese inmortal, pues ninguna Civilización anterior lo ha conseguido. Lo más razonable es pensar que acabará declinando como las anteriores. Esto no sería un mero pronóstico pesimista, sino un diagnóstico resultado de la observación y el conocimiento histórico, de la misma manera que no nos convertimos en agoreros pesimistas por decir que la vida humana se encamina necesariamente hacia la muerte, pues ello es “ley de vida” a la que no cabe más que resignarse. Más bien nos permite organizar con más realismo nuestro plan de vida y nuestras expectativas futuras de una forma adecuada a la edad en que nos encontramos. El viejo no puede volver a ser joven, pero puede orientar y aconsejar el camino que deberían seguir los más jóvenes.

Manuel F. Lorenzo

Artículo publicado en El Español (30-3-2017)

domingo, 5 de marzo de 2017

La rebelión de las minorías

El hecho quizás más importante, socio culturalmente hablando, en la vida mundial de las últimas décadas nos parece que es el, ya tantas veces señalado, de la "revolución mediática", con la conversión que conlleva de la vida pública en algo próximo a lo que Mcluhan llamó la "aldea global".

Hecho que se ha traducido también en la irrupción de lo local, minoritario y periférico, antes relegado y que ahora prácticamente alcanza un grado de expresión inusitado, desplazando en muchos casos a lo tenido por valores centrales, universales, cosmopolitas, etc. La moda de los espectáculos musicales étnicos, de los problemas de los emigrantes forasteros, de los ecos y cotilleos de la sociedad local, de la cultura como espectáculo y entretenimiento banal, llenan hoy prácticamente los medios audiovisuales, o al menos acompañan continuamente a otros contenidos de tipo cultural más elevado, que si no han desaparecido totalmente, tienden a ser neutralizados progresivamente, al ser equiparados, para muchos efectos, con aquellos.

Podría pensarse que esto es lo ideal y que, en definitiva, al fin se consigue una liberación largamente ansiada en la que se paga el precio de un cierto caos o desfondamiento de valores generales o universales, una caída en el localismo, para que se puedan manifestar libremente, y en condiciones de igualdad diferencial, determinados colectivos sociales tradicionalmente minoritarios o localistas (gays, feministas, nacionalistas, regionalistas, etc.).

También es un hecho que anteriormente ninguno de estos colectivos, a pesar de que existían múltiples periódicos o incluso diversas cadenas de radio y televisión, tenían una presencia tan importante como la alcanzada en los últimos años. Pero, además, estos grupos no solamente aparecen bajo estas fórmulas, lo que podría entenderse como una política sensata de búsqueda de unidad frente a problemas comunes a las minorías integrantes, sino que curiosamente tratan de ser, no un mero complemento o rectificación de la política de las mayorías, naturalmente dominante en la democracia, sino que tratan, muchas veces, de suplir a la propia mayoría, de convertirse en su alternativa.

Y por ello se hacen ver tratando de ocupar en los medios de comunicación los lugares reservados hasta ahora a las mayorías. Las minorías han dejado por ello ya de ser el coro de la escena democrática para empezar a convertirse en los protagonistas. Si para Ortega el hecho nuevo que rige la primera mitad del siglo XX es "la masa, que, sin dejar de serlo suplanta a las minorías ", para nosotros, por el contrario, y parodiándole, el hecho nuevo de la segunda mitad del siglo XX, se puede formular invirtiendo los términos: las minorías que, sin dejar de serlo, suplantan a las masas  (Ver Manuel F. Lorenzo, La rebelión de las minorías, 2006).

Es preciso por ello constatar los cambios políticos que ha sufrido la democracia en las últimas décadas que la han convertido en una democracia degenerada, atravesada de escándalos y de corrupciones. La consecuencia necesaria que aparece, no ya como un abuso, sino como el uso debido que se desprende en tal situación, es la existencia de una hipo-democracia en la que, como reacción natural, las minorías actúan ya sin ley, como lobbies o grupos de presión, imponiendo por la fuerza y al margen de la ley, o por impotencia de la misma, sus aspiraciones minoritarias.

Es cierto que las minorías, que habían empezado a brotar y organizarse como tales, a principios del pasado siglo, desertaron durante un tiempo de la vida pública o fueron aplastadas o mantenidas a raya por el papel predominante de las masas en la democracia. Eso ocurrió ciertamente en el periodo de dominio del comunismo estalinista y del fordismo americano, es decir durante la Guerra Fría. Y en España durante el franquismo. En aquella época los intelectuales de izquierda todavía estaban subordinados a las masas y lo contrario se veía como una enfermedad infantil izquierdista. Paulatinamente los intelectuales irán pasando a engrosar las filas de los micro-nacionalismos y los regionalismos localistas, de los diferencialismos sexuales o de género, etc.


Lo característico de hoy es que el minoritario fanático tiene ya la fuerza suficiente para afirmar el derecho al fanatismo, al fundamentalismo, y trata de imponerlo por todos los medios. Si en la época de la rebelión de las masas ser diferente era indecente, en la época de la rebelión de las minorías, lo indecente es "estar integrado" en los gustos y costumbres tradicionalmente mayoritarios.  Las minorías rebeldes desprecian pues todo lo nivelador, universalista, cosmopolita. Ahora lo que cuenta es sentirse diferente y tratar de vivir al margen de lo tradicional, encarnación de Satán, poco más o menos. Es el triunfo de lo “políticamente correcto” que, como todo exceso, ha provocado ya su primera reacción en la figura de Trump, en una dirección que parece la exactamente contraria.


Artículo publicado en El Español (17-2-2017)