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miércoles, 1 de julio de 2020

Volviendo a leer la España Invertebrada de Ortega y Gasset

    Ha pasado ya casi un siglo de la edición del libro España Invertebrada, un pequeño “ensayo de un ensayo”, como lo definía su autor, el propio Ortega y Gasset, en la Advertencia del inicio, pero que tuvo en su momento un gran e inesperado éxito que sorprendió al mismo autor. Es un ensayo basado en un intento de establecer la esencia o estructura invariante que definiría lo español, no ya en absoluto o metafísicamente hablando, como haría Menendez Pelayo identificando a España, católica a machamartillo, con la religión para él verdadera revelada por Dios, sino de modo relativo, orteguianamente perspectivistico, al compararla con otros pueblos y especialmente con las otras naciones europeas históricamente rivales suyas. La reflexión orteguiana no surgió gratuitamente por un mero vicio intelectual propiamente español, como dicen algunos, de preguntarse sobre nuestro ser, cosa que no han necesitado hacer otros grandes países como Francia o Inglaterra para encontrar su camino en la modernidad como naciones poderosas y estables a diferencia de nuestros recurrentes fracasos y dificultades para afianzarnos en el mundo nuevo de las sociedades industrial y técnicamente avanzadas. Habría que matizar que hay la excepción alemana, que hoy es la sociedad industrial más potente de Europa, pero que para encauzar su modernización tuvo también que preguntarse en la cabeza de sus grandes filósofos como Leibniz o Fichte, cual era su historia y modo de ser que la diferenciaba del resto de las potencias europeas de entonces y cual debía ser el proyecto o empresa común a los germanos que debían emprender en el futuro para llegar a ser una nación moderna poderosa y estable.

     Creo que Ortega, gran conocedor de tales filósofos, se propuso lo mismo para España. Había una semejanza que lo permitía, pues Alemania, a diferencia de Francia o Inglaterra, que construyen sus imperios coloniales tras sus revoluciones nacionales, había sido ya un Imperio medieval antes de llegar a constituirse como nación moderna. Alemania solo se plantea su modernización política tras la destrucción de su Sacro Imperio por Napoleón.  Fichte, en sus Discursos a la nación alemana, es quien aprovecha la derrota y humillante ocupación napoleónica de Prusia para proponer un cambio profundo en la forma de ser y comportarse hasta entonces de los alemanes. Es el educador y excitator de la moderna Alemania. Ortega, a su vez, advertido por los tristes augurios de los regeneracionistas del 98, de Costa y Unamuno, ve venir la catástrofe con el fracaso de Régimen de la Restauración y se plantea una reflexión profunda, que solo puede hacer la filosofía, en tanto que debe ser sinóptica y contemplar el problema con la mayor claridad, generalidad y radicalidad posible. Por ello lo ataca en forma reductiva, por capas, como si de una cebolla se tratara, eliminando las más superficiales hasta alcanzar la capa esencial o más profunda. Así, frente a Costa y los Regeneracionistas, sostiene que los fenómenos de la corrupción generados por formas oligárquicas o defectuosas de gobierno o los errores o abusos caciquiles de poder, la misma incultura propiciada por el fanatismo religioso, son males por si mismos solo superficiales. La prueba está en que existen también en otros países europeos, como Inglaterra o Francia, o en los mismos Estados Unidos, sin que le haya impedido, al ser compensados por otras virtudes, la prosperidad y la estabilidad política.

     Ortega se refiere entonces a otra causa más profunda que esta y que denomina como el defecto del “particularismo”. Ve su afloración en los movimientos regionales del separatismo catalán y vasco que se manifiestan con la crisis de la Restauración decimonónica:

      “Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos … Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.

     El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos a parte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me pregunta cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra”  (J. Ortega y Gasset, España Invertebrada, Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1983, pgs. 45-46).

     Es este mismo particularismo el que, inesperadamente para muchos, a rebrotado, con más fuerza si cabe, en la actual situación española, aproximadamente un siglo después. Las paginas que a continuación del texto citado dedica Ortega a describir el brotar del sentimiento separatista en su época, como algo general que, aunque con diversos matices de agresividad (vascos y catalanes), resentimiento soterrado (Galicia) o nihilismo andaluz, estado latente en otros como Aragón o incluso Asturias, etc., es general. Para solucionarlo se abre la disputa clásica entre volver al centralismo político o avanzar hacia el federalismo o el confederalismo. Hoy es esta, de nuevo, la disputa política más habitual, disputa que inconscientemente surge ahora tras la instauración del modelo territorial Autonómico que introduce la Constitución de 1978 de la llamada Transición. Tal solución Autonómica había sido forjada ya con el mayor rigor posible por el propio Ortega en su muy poco discutido y analizado libro La redención de las provincias y otros escritos y discursos políticos de los tiempos de la  IIª Republica. Ortega, tras rechazar el federalismo y el centralismo unitarista rígido, veía en el autonomismo la solución mas estable a largo plazo. Por eso decía que el problema catalán no tenía una solución, ni en el centralismo, ni en la indepependencia separatista. Solo se podía “conllevar” con la solución autonomista, porque Cataluña, como hoy, estaba dividida aproximadamente en dos mitades, la de los que querían seguir unidos al resto de España y los que querían la separación.

     Pero la solución centralista rígida que se introduce con Felipe V no había podido evitar la decadencia española iniciada con los últimos Austrias, a pesar de los esfuerzos de Carlos III, del que Ortega dice que

     “Podrá una parte de su política ser simpática desde el punto de vista de la cultura humana, pero el conjunto es acaso elmás particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía” (p. 49, n. 1).

     Frente a dicho centralismo, que no funcionó en lo esencial, que era el resurgimiento de España, se levanta el particularismo catalán desde la llamada Guerra de Sucesión. Pero, si en el futuro, como están intentado actualmente su Gobierno Autonómico, Cataluña lograse separarse de España, ante el previsible empeoramiento de su situación económica y la presumible debilidad política de un Estado tan pequeño, la otra mitad de su población no partidaria de la secesión trataría de volver a unirse de algún modo con España. Con ello la secesión no sería una solución estable a largo plazo y no haría más que agravar el problema. Algunos mantienen hoy que la secesión catalana no sería más que la continuidad de la secesión de los virreinatos americanos del antiguo Imperio español. El propio Ortega señala que España ha tenido un proceso ascendente que alcanza su cima con Felipe II. A partir de él comienza su descenso decadente con la perdida de las Provincias Holandesas, el Milanesado, Nápoles, las provincias de ultramar a comienzos del XIX y finalmente Cuba, Puerto Rico, Filipinas:

     “En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Sera casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos… Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversa que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas” (pgs. 45-46).

     En tal sentido se interpreta que la independencia de Méjico, como la de las otras Provincias y Virreinatos americanos, es un proceso secesionista como el que después inician Cataluña o las Provincias Vascongadas. Precisamente esa semejanza nos permite confirmar, por analogía, lo que le podría ocurrir a una Cataluña saparada de España. Sería algo similar a lo que les ocurrió a países como Méjico, Argentina, Venezuela, etc., en el sentido de que creyendo poder vivir y progresar mejor con la separación, tras dos siglos de separación, se enfrentan hoy día a una creciente miseria y estancamiento, mientras que observan como la “madre España” se ha modernizado en la 2ª mitad del siglo XX, acercándose a unos standars de vida próximos a los de sus antiguos enemigos, franceses, ingleses, etc. Se inicia entonces, en muchos de los países hispanoamericanos, el abandono de su hispanofobia y la búsqueda de una nueva colaboración con España con la creación de una especie de Commwealth, en foros regionales en los que tiene de nuevo un peso importante España por la contrapartida de la fuerte inversión de las grandes empresas y bancos españoles en Hispanoamérica y Brasil que en las últimas décadas ha llegado a equipararse a las inversiones Norteamericanas. Sigue presente, no obstante, el resentimiento antiespañol en una parte importante de la población hispanoamericana que mantiene un indigenismo utópico fomentado por los sectores anglosajones de EEUU y Europa más antiespañoles. Pero hay otra parte que ve un futuro mejor volviendo a restablecer los lazos con una madre patria que parece salir del retraso científico y filosófico que padeció por razones que el propio Ortega creyó poder explicar como veremos. Por eso la solución Autonómica sería el equivalente, para Cataluña y el resto de las regiones españolas que en algún momento sientan la tentación de separarse, de lo que se está poniendo en marcha en las últimas décadas con los foros y acuerdos de ayudas mutua que podrían avanzar hacia fórmulas de confederación política en un futuro próximo. Pero para ello habría que definir un nuevo proyecto nacional de vida en común que, sugestívamente y no solo por la fuerza (pues ya decía Ortega que mandar no es empujar), tienda por una parte a frenar la secesión peninsular con la descentralización Autonómica y a elaborar una nueva política internacional para España que busque la alianza con los países hispanoamericanos que deseen reintegrarse en una política común de defensa de lo hispano como merecedor de una consideración cultural propia, con orígenes esenciales en la civilización europea, que puede competir y complementar de forma efectiva con otras versiones de la llamada hoy cultura occidental.

     Con ello chocamos con un malentendido ámpliamente extendido que explota hasta la nausea la famosa frase de Ortega de que “España es el problema, Europa la solución”. La frase se pronunció, unos años antes de que estallase la Iª Guerra Mundial, en una institución cultural de Bilbao y proponía la europeización cultural y no tanto la integración de España en la construcción de unos EEUU de Europa. Es decir, proponía superar el atraso español impulsando la creación científica y filosófica, que es lo que diferencia a la civilización europea del resto de civilizaciones no occidentales. España debía desarrollar plenamente su aportación a Europa -a la que protegió en su infancia medieval  del peligro islámico, extendiendo a continuación lo europeo al continente americano-, con su incorporación propia al desarrollo científico y con la creación de una filosofía que enriqueciese las ya existentes con el desarrollo de un punto de vista español sobre el mundo. Ortega propuso, para ello, su conocido racio-vitalismo. Solo después de los desastres de las dos Guerras Mundiales, Ortega se da cuenta de la necesidad de buscar una solución política para Europa entera, y no solo para España. Es en su conferencia dada en la postguerra en Alemania, Meditación de Europa, donde propone la Unidad Europea como gran empresa para revitalizarla. En ella Ortega deja abierta la posibilidad de una unión política resultado de alianzas contra terceros, como el comunismo soviético o la coleta china. De hecho esa unión se fue realizando, debido a la presión e iniciativa Norteamericana, hasta la situación actual en que el Brexit inglés amenaza su continuidad. Pero Ortega, aunque se interesó por los EEUU, en los que veía un pueblo joven emergente, pero que encarnaba una sociedad donde estaba triunfando una especie de primitivismo y de rebelión de las masas, no pudo calibrar con más precisión el destino hegemónico que estaba destinado a tener en Occidente. Su discípulo Julián Marias, que pasó largas temporadas en dicho país, comprendió que ya no bastaba la unidad europea, sino la unidad de todo Occidente para enfrentarse al peligro soviético u otros peligros futuros. Y el centro sobre el que gravita dicha unidad ya no está en la cancillerías europeas, sino en Washington. Por ello el europeísmo reciente y superficial que domina hoy la política y la opinión pública española ya no es el de Ortega y su discípulo más influyente.

    Ocurrió una tergiversación similar con la apuesta Autonomista de Ortega. Pues, como he explicado en numerosos artículos que publiqué en diversos periódicos y he recopilado en un libro que lleva por título Oligarquía y Separatismo (2014), el Autonomismo recogido en la vigente Constitución de 1987, aunque difiere  del propuesto por Ortega en que añade un cierto reconocimiento del nacionalismo diferenciándolo del regionalismo, pero sin precisar si ello no pasa de ser un rasgo étnico sin llegar a ser político, sin embargo los gobiernos socialistas sucesivos, e incluso los del Partido Popular, tendieron, por intereses puramente partidistas y circunstanciales, a darle un carácter cada vez más político. Incluso el Partido Socialista con Zapatero acabó transformando el Autonomismo inicial en un Federalismo y Confederalismo de hecho que ya no tenía nada que ver con Ortega, sino con otros pensadores de tercera fila comparados con el filósofo madrileño, como el “intelectual orgánico” del PSOE, Anselmo Carretero y otros. Por eso se hicieron transferencias educativas y otras que Ortega consideraba como Competencias intrasferibles, con los resultados de fomento del separatismo que están en el origen de la grave crisis política e institucional que atravesamos. No obstante, Ortega pensaba que, aunque se ensayasen otras soluciones como la Federalista, la Secesionista, o una posible vuelta a un centralismo rígido, ello no llevaría a una solución estable sino a  peligrosas crisis en las que todos saldríamos perdiendo sin poder ganar una solución estable y de progreso.

     Precisamente en este actual olvido y apartamiento de la influencia indudable de Ortega en la política española se trasluce el principal problema que Ortega ve como un defecto verdaderamente causante de la decadencia de todo el cuerpo político y social español: el problema del apartamiento de los mejores.

    “Cuando un pueblo se arrastra por los siglos gravemente valetudinario, es siempre o porque faltan en el hombres ejemplares, o porque las masas son indóciles. La coyuntura extrema consistirá en que ocurran ambas cosas (…) Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o. cuando menos, está ciego para ver sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios (…) Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofofobia u odio a los mejores” (pgs. 91-92).

     Hoy se puede decir que Ortega ha sido reconocido ámpliamente como el mejor filosofo español de la primera mitad del siglo XX, pero todavía influye menos en la política española de lo que lo hizo en su época. La mayoría política en la derecha se ha olvidado de Ortega en el entendimiento, por ejemplo, de importantes cuestiones de Competencias Transferibles o no del poder central a las Autonomías,  y  la izquierda  se orienta desde Zapatero por los Carretero y la sustitución del Autonomismo por el Federalismo. Aunque Ortega ha sido olvidado y postergado ya incluso desde el inicio de la llamada Transición a la actual Democracia. Se vió claramente cuando su discípulo Julián Marias, e incluso el buen conocedor de Ortega, Torcuato Fernández-Miranda, críticaron la inclusión del término nacionalidades en la Constitución. Ambos fueron apartados por la España oficial. Pero ahí empezó la decadencia del hasta entonces deslumbrante Adolfo Suarez y el ascenso de un socialismo y de una derecha que desvirtuaron la solución Autonómica, los primeros para convertirla en federalismo o confederalismo y los segundos por intereses de puro poder partidario y desprecio de la faena intelectual. En realidad, como escribe Ortega,

      “En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración de lo superior se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles” (p. 72).

    Para colmo, recientemente, algunos autores críticos con la vulgaridad dominante, como Gustavo Bueno, Pio Moa o Elvira Roca Barea, incluyen a Ortega en la hispanofobía propia de los llamados regeneracionistas, suponiendo que Ortega se ha tragado la Leyenda negra, porque habría sostenido que este apartamiento decadente de los mejores estaría ya en la propia constitución de la nación española en la Edad media. Ello sería una especie de demérito si se compara con la formación de naciones como Francia, Inglaterra o Alemania dotadas de más abundantes e influyentes minorías egregias. Pero Ortega no pretende, como otros, hacer de menos a su país, al que siempre contemplaba como una irrenunciable circunstancia, sin lo cual no se salvaría el mismo. Ortega pretende, más bien, hacer un diagnóstico de la enfermedad decadente que, aunque sus causas eran genéticas, constitutivas, no empezó a dar síntomas hasta el siglo XVII. Incluso la causa genética, más que una enfermedad, podía verse como un defecto, como una ceguera o una cojera, que no sería mortal, pues se puede conllevar e incluso corregir con un aparto ortopédico. Precisamente utiliza la metáfora ortopédica en su libro La redención de las provincias para explicar lo que entiende por la Reforma territorial de las Autonomías, a la que considera como un aparato descentralizador diseñado para corregir la debilidad política del nacionalismo centralista de “cartón y piedra” de la Restauración canovista. En tal sentido también los pueblos anglosajones, el pueblo francés, etc., se les atribuyen defectos como la hipocresía o la avaricia, respectivamente. Pero estos habrían diseñado un aparato ideológico y vivencial que les habría permitido corregirlo, como el individualismo moderno liberal inglés o el socialismo francés. De modo semejante, España debería corregir su defecto con una política ortopédica que Ortega denomina de Imperativo de Selección para vigorizar y potenciar la escasez de sus élites.

     Pues el problema lo sitúa Ortega en la escasez y debilidad de sus élites. La escasez de élites intelectuales creadoras la ha padecido también otros pueblos como los romanos, si se les compara con los griegos. Rousseau mismo ve afinidad entre los legisladores de Roma y de Esparta, aunque el los considera política y moralmente superiores a los Atenienses. Ortega mismo compara a Castilla con Rusia por su populismo y la escasez de sus élites intelectuales. Asimismo la compara con la misma Roma como la gran muñidora de un vasto Imperio basado en la incorporación provincial y no en el mero colonialismo invasor:

     “… la incorporación nacional, la convivencia de pueblos y grupos sociales exige una empresa de colaboración y un proyecto sugestivo de vida en común. La historia de España confirma esta opinión, que habíamos formado contemplando la historia de Roma” (p. 41).

     En tal sentido el diagnóstico de Ortega no es una actitud hispanófoba que considere inferior a España frente a Inglaterra o Francia. Simplemente la considera de una naturaleza constitutiva diferente, más semejante a Roma o a Esparta. Podría inferirse que Inglaterra o la Prusia protestante se parecen más a Grecia por sus numerosos ilustrados y grandes filósofos. Pero ¿quién consideraría que Roma fue menos importante para el progreso civilizatorio que Atenas? De la misma manera debería resaltarse, como algunos historiadores están haciendo, que sin el freno secular al Islam, sin la acogida del legado científico y filosófico griego, sin el inicio de la Globalización hecha por España a través de América, Europa no habría podido desarrollarse y convertirse en poder mundial. Ortega llegó a percibir, asimismo, como se estaba produciendo algo “nada moderno y muy siglo XX”, por el que se dejaba atrás la llamada Modernidad ilustrada, tan dificultosa para un pueblo de las características españolas, y se entraba en una nueva situación en la que la propia Europa entraba en decadencia y perdería su poder mundial. Ello se confirmó tras la II Guerra Mundial y el surgimiento de EEUU como una nueva Roma, tal como lo vió su discípulo Julián Marias. Son estos, quizás, los nuevos vientos favorables que Ortega auguraba para países menores en la Europa Moderna como España:

     “Que España no haya sido un pueblo <>; que, por lo menos, no lo haya sido en grado suficiente, es cosa que a estas fechas no debe entristecernos mucho. Todo anuncia que la llamada <> toca a su fin (…) Si ciertos pueblos -Francia, Inglaterra- han fructificado plenamente en la Edad Moderna fue, sin duda, porque en su carácter residía una perfecta afinidad con los principios y problemas <>. En efecto: racionalismo, democratismo, mecanicismo, industrialismo, capitalismo, que mirados por el envés son los temas y tendencias universales de la Edad Moderna, son, mirados por el reverso, propensiones específicas de Francia, Inglaterra y, en parte, Alemania. No lo han sido, en cambio, de España. Mas hoy parece que aquellos principios ideológicos y prácticos comienzan a perder su vigor de excitantes vitales, tal vez porque se ha sacado ya de ellos cuanto podían dar. Traerá esto consigo, irremediablemente, una depresión en la potencialidad de las grandes naciones, y los pueblos menores pueden aprovechar la coyuntura para instaurar su vida según la intima pauta de su carácter y apetitos.

     Las circunstancias son, pues, excelentes para que España intente rehacerse. ¿Tendrá de ello la voluntad?. Yo no lo sé” (pgs. 110-111).

    Ortega matiza en nota al pie que “de los principios modernos sobrevivirán muchas cosas en el futuro”, aunque dejarán de ser el “centros de la gravitación espiritual”. Podríamos decir en tal sentido que el parlamentarismo moderno está perdiendo poder en las democracias presidencialistas y populistas actuales, el industrialismo y el capitalismo están siendo limitado por los derechos sociales o la conservación de la Naturaleza, el racionalismo idealista está siendo criticado desde el materialismo marxista o el vitalismo nietzscheano, etc.

     Esto nos parecen grandes aciertos de Ortega que deberían iluminar una nueva política exterior de España. Pero dichos grandes aciertos se silencian por muchos de sus críticos centrándose en errores parciales y comprensibles, como la consideración que hace Ortega de los visigodos como un pueblo germano decadente, “alcoholizado” de romanismo (p. 97). Después de los estudios histórico-críticos de Menendez Pidal y otros medievalistas es fácil hoy criticar el desconocimiento de Ortega, como es fácil criticar muchas de las afirmaciones de Aristóteles sobre los animales después de disponer de microscopios y otros aparatos científicos. También es fácil ver hoy que Ortega despachó alegremente la Reconquista y el papel de la “guerra total” que supuso el Islam, el cual, al exigir una movilización social de toda la sociedad, y no solo del estamento guerrero, para vencerlo, como señalan los estudios clásicos de Sanchez- Albornoz, podría servir para explicar la ausencia de feudalismo, que señala Ortega como lo que hace a España diferente. Este habría sido reemplazado por regímenes de señorío y de guerra de fronteras, como una especie de conquista americana del Oeste, con sus colonos y sus sheriffs o corregidores, elegidos, en medio de una inseguridad continua, entre los más valientes y de modo urgente lejos del poder central, saltándose las jerarquías y generando  una sociedad castellana que proclamará aquello “del Rey abajo, ninguno”, como la más igualitaria entonces en Europa. Pero, precisamente fue este igualitarismo sin límite con el que se identifica el Poder del Rey, en tanto que, como teorizará Francisco Suarez, no procede directamente de Dios, sino a través de la voluntad popular, el que dará lugar a una sociedad política no liberal: la Monarquía Absoluta iniciada por los Reyes Católicos.

     Se dice que la democracia absoluta, como ya lo vió Platón, acaba conduciendo a la tiranía. En el caso español, el dominante igualitarismo castellano condujo, no tanto a una tiranía, como a una Monarquía Absoluta, la cual acabó degenerando, al imponerse por el enorme poder que supuso la conquista americana, como un particularismo dinástico, como dice Ortega, ante el cual se acabaron sacrificando los intereses nacionales, como empezó a ocurrir claramente con la introducción de los Borbones. Y a diferencia de la Francia de Luis XIV, en la que, se nacionaliza la Iglesia Católica con Richelieu por medio de la doctrina del “galicanismo” de Bossuet, en España los intereses civilizatorios en America precisaron de la colaboración indispensable de otro poder no nacional, como era el Papado, al que se sacrificó la libertad de pensamiento que precisaban la extensión de las conquistas científicas y filosóficas modernas. Ortega señala precisamente el carácter frecuentemente desnacionalizador del Trono y del Altar en España. Solo tras la Constitución liberal de Cadiz se empieza a nacionalizar la Soberanía y con ello al propio Monarca, pero entonces aparece el problema de la ausencia o escasez de unas élites modernas de científicos y filósofos que deberían sustituir a las antiguas élites guerreras, pues las modernas sociedades industriales que sustituyen a las antiguas y medievales plantean problemas científicos, tecnológicos, etc., que no pueden se resuelto por el solo ardor guerrero del pueblo. La misma guerra, como señala Ortega, se ha burocratizado, con sus ingenieros y su industria militar, en la que el mero valor frente a la capacidad de destrucción científico tecnológica parece ya insuficiente.

     Por ello ve Ortega el principal problema español en la selección y fortalecimiento de la élites, a lo cual se opone la degeneración del español medio en hombre masa, aquejado de aristofobia. Ya durante los comienzos del franquismo, después del castigo a esa política aristofóbica del Frente Popular que llevó a la Guerra Civil, Ortega observó, al volver de su exilio a España, síntomas de regeneración y cambio social, facilitado por la vuelta a una sociedad donde se tuvieron que introducir las jerarquías frente al igualitarismo, la buena educación basada en el esfuerzo, el respeto por las élites industriales de ingenieros y emprendedores. En ese ambiente social, aun co el lastre de determinadas limitaciones políticas, se produjo el llamado “milagro español” de la industrialización que posibilitó, como algunos suponen, las bases para la Transición a la Democracia. Pero la vuelta al dominio ideológico del hombre masa, que se produjo con el actualmente dominante fundamentalismo democrático, como lo denominaba Gustavo Bueno, y que está echando por tierra, no solo el agua sucia del franquismo, sino también sus aspectos innegablemente positivos, como el respeto a las élites profesorales y al esfuerzo en la  educación, dicha vuelta del hombre masa está torciendo el rumbo de los logros conseguidos y nos está conduciéndonos a una democracia demagógica, morbosa, como la llamaría Ortega, que amenaza con la vuelta de los demonios de nuestro pasado más decadente. Pero el hombre masa, que hoy domina no solo en España, sino en la mayoría de los países occidentales, solo podrá dejar de serlo cuando sienta en sus propias carnes las consecuencias a que llevan su estupidez aristofóbica. Por ello la actual crisis política y social, es ciertamente un peligro y un mal para todos, pero puede ser a la vez una oportunidad para modificar el actual rumbo mortal y degenerativo que padecemos en las últimas décadas en España. Depende de que mantengamos una visión tan clara y profunda como la que en su momento tuvo Ortega.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (20-6-2020)

jueves, 11 de julio de 2019

Frente a la nostalgia del bipartidismo


     Pasada la resaca electoral nos acercamos ahora al momento decisivo en que nuestra participación electoral se va a transformar en poder real y efectivo de tomar decisiones y ejecutar actos político administrativos. Ahora viene el momento de los pactos y de las coaliciones cada vez más generalizadas en la constitución de los gobiernos nacional, autonómicos y locales. Máxime cuando ya no hay dos grandes partidos que destaquen sobremanera sobre los demás, incluso aunque siga vigente la famosa Ley d’Hont. Señal inequívoca de que se ha terminado el bipartidismo que presidió durante décadas el sistema político surgido de la Transición, aunque algunos nostálgicos crean que se podría volver a él. Los que así piensa quizás saldrían de su error si conociesen algo de la propia Historia de España. Por ejemplo, lo que pasó con el Régimen de la llamada Restauración decimonónica.  

El bipartidismo de las últimas décadas ha fracasado, como fracasó el bipartidismo decimonónico. No porque lo hayan derrotado sus escasos y poco influyentes críticos, sino porque su estrategia era un craso error político. El error de la Restauración decimonónica, tal como lo analiza magistralmente Ortega en su libro La redención de las provincias, fue Cánovas, quien se empeñó en dotar a España de una Constitución política a imitación del turno de partidos a la inglesa. Pero España es muy diferente de Inglaterra y su cuerpo político acabó rechazando aquel régimen de imitación al producir los monstruos imprevistos de la oligarquía y el feroz caciquismo, como denunció Joaquín Costa. Cayó dicho Régimen, al no engranar con la España real (Ortega explica con mucha claridad cómo se produjo el choque de la España oficial con la real en el libro citado), en una gran crisis para salir de la cual se necesitó el regeneracionismo del cirujano de hierro que pedía Costa, que se encarnó en las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco.

Fueron las dictaduras y la guerra civil males dolorosos, pero necesarios, para que como un fórceps se pariese con dolor la España industrializada y modernizada, sin la que no hubiese sido posible el actual sistema político. Esa situación no se dio ni en la Restauración decimonónica, ni en la IIª República, porque España era todavía un país preponderantemente agrícola y rural, la llamada “España de la alpargata”. El desarrollismo franquista cambió todo esto con una fuerte industrialización, la Seguridad Social, el crecimiento de las ciudades, el despegue espectacular del turismo, etc. No reconocer esto, como es habitual por los políticos de la Transición y actuales, que se presentan como anti-franquistas para así pasar por demócratas, más que una injusticia o un ejercicio de hipocresía, es un serio error de juicio.

Restaurada de nuevo la Monarquía, por decisión del propio Franco, esta apoyó con decisión e inteligencia la llamada Transición a la Democracia. Con ello se abrió un nuevo proceso Constituyente del Estado como había ocurrido en la época de Cánovas. Ahora se eligió, por los que elaboraron la actual Constitución, un modelo bipartidista de nuevo, facilitado por la Ley d’Hont, pero que ya no seguía el modelo de la centralista democracia inglesa, sino el modelo federalista alemán. España se descentralizaba con las Autonomías como equivalentes de los Länder alemanes. En principio la división Autonómica, tal como la diseñaron Torcuato Fernández-Miranda y Suárez, se inspiró en las propuestas de Ortega, en sus discursos en las Cortes republicanas en las que distinguía entre Federalismo y Autonomismo como cosas opuestas, pues el primero parte de Soberanías nacionales separadas y el segundo solo parte de una única Soberanía indivisible, pero que se puede descentralizar por traspaso de Competencias que siempre se pueden retirar si se utilizan indebidamente. Aunque Torcuato no parecía partidario de generalizar las Autonomías, Suárez introdujo por razones tácticas el llamado “café para todos”. En esto coincidía con el propio Ortega, que también concibió la generalización de las Autonomías para neutralizar al separatismo catalán o vasco. 

Pero la llegada de los socialistas al poder en 1982 interpretó las Autonomías, no como un fin estabilizador de los conflictos territoriales españoles, sino como un medio para llegar al Federalismo, a imitación de Alemania. Los socialistas, tal como se ve ahora, no seguían a Ortega, sino al Federalismo basado en el confuso concepto de España “nación de naciones” elaborado por un tal Anselmo Carretero. Así se fue desarrollando una deriva en la que, en lugar de fortalecer el modelo Autonomista de creación filosófica orteguiana, se abrió paso de nuevo una imitación de la nueva España oficial que choca con la España real, que está empezando a despertar para hacer frente al proceso de Secesión abierto por Cataluña y alentado por otras Comunidades Autónomas  como el País Vasco, Baleares, Valencia, etc.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (17-6-2019)

lunes, 5 de noviembre de 2018

La identidad nacional española


Uno de los problemas que arrastramos los españoles en nuestro largo y tortuoso proceso de modernización es, sin duda, no tanto el problema de la unidad estatal, como el de la identidad nacional. La cuestión de la unidad política estatal está resuelta desde los Reyes Católicos. Pero, a partir del siglo XVII, el Reino de España declina en su poder y se adapta mal a los nuevos vientos de la modernidad cultural, sin cuyas ideas no era posible hacer la transición de una sociedad medieval agraria a una sociedad industrial moderna.

No obstante, de una forma u otra, tales ideas modernas se fueron prendiendo también en España y abriendo el camino a la transformación política que marca el “paso del Rubicón” en la modernidad: la transformación de la soberanía del Rey en la soberanía de la Nación. Se pone, como inicio de este proceso, la famosa Constitución de Cadiz. Pero, el siglo XIX termina con un gran fracaso de este proceso de constitución de una nación española moderna, que lleva a la aparición de los movimientos secesionistas catalán y vasco, a la dictadura de Primo de Rivera y, tras el intervalo de una República fracasada, a la larga dictadura de Franco.

Ortega interpreta el fracaso de la Restauración decimonónica en la creación del sentimiento de la nación política española como producto de dos errores. Uno, por limitarse con Cánovas a copiar el modelo ingles de una monarquía parlamentaria y, otro, por mantener el centralismo político introducido por influencia francesa en tiempos de Felipe V. En La redención de las provincias, Ortega presenta su propuesta más acabada para la Gran Reforma que precisa España, si quiere culminar su constitución como nación política moderna. El centralismo introducido por la monarquía borbónica, en un momento de una España en una fase imperial decadente, no consiguió, ni siquiera con Carlos III, sacar al país de su letargo e inacción provinciana. Por ello, Ortega considera que la única forma de crear el sentimiento nacional es, no desde arriba, de modo centralista, como en Inglaterra o Francia, que disponían de unas élites modernas modélicas cuyo influjo se irradiaba, para emulación de todo el país, desde centros culturales prestigiosos como Paris o Londres, sino desde abajo, partiendo del sentimiento regional de los provinciales y avivando su fuego hasta que genere un sentimiento nacional político español.  

En España, Ortega, al contemplar la ausencia de sentimiento político nacional real y vigoroso, y no de cartón piedra, como era el de Cánovas con la Restauración,  propone una meta cultural común para la provinciana España, la meta de la europeización cultural. Así, Europa era, para Ortega, especialmente dos cosas: ciencia y filosofía. Justamente las dos asignaturas pendientes de la modernización cultural española. En tal sentido, esa modernización, que no se había podido producir en Madrid, por la prepotencia e intolerancia del clero aliado con el Trono, debía producirse en provincias. Por ello, Ortega “imita” dialéctica y creativamente el modelo alemán proponiendo, no ya una centralización federal (la cual implicaría la ruptura violenta del país, como ocurrió en ensayo el cantonalista de la I República), pues España era ya un Estado unitario secularmente consolidado, sino proponiendo una descentralización autonómica del Estado. Dicha descentralización no debía plantear problemas de soberanía, como ocurre en el caso del federalismo.

En los últimos 40 años hemos asistido a un nuevo intento de modernización política en España, a una IIª Restauración de la Monarquía Constitucional. Solo un pequeño matiz enturbió la similitud con la propuesta orteguiana, como denunció entonces Julián Marías, fiel discípulo de Ortega: la introducción del término “nacionalidades históricas” por presión de los grupos nacionalistas catalán y vasco. Tampoco era un obstáculo insuperable. Todo dependía de la interpretación que los Gobiernos y Tribunales diesen al término.

Pero sucedió lo peor. Los gobiernos socialistas, guiados por su concepción federalista del Estado, no tomaron como guía el 'autonomismo' que Ortega había contrapuesto al Federalismo, sino que, orientados más por el “derecho de autodeterminación” de los pueblos de la doctrina marxista, aunque la abandonasen de palabra, desarrollaron la descentralización como una cesión de soberanía, en tanto que cedieron competencias que Ortega consideraba irrenunciables, como la Educación, la Justicia e incluso parte de la política exterior (Embajadas catalanas, vascas, etc.) En tal sentido, lejos de fortalecer el sentimiento nacional, lo reprimieron desviándolo hacia el regionalismo secesionista. La falta de identificación con la enseña nacional constitucional roji-gualda, en regiones enteras de España, no es más que el síntoma en el que aflora el fracaso en la construcción de la nación política española.  


Artículo publicado en El Español (25-9-2018)

domingo, 4 de marzo de 2018

El europeismo de Ortega


La crisis del Euro, el brexit inglés, la avalancha de exiliados e inmigrantes, han desatado la crítica al Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha empezado a despertar una tradición anti-europea en la que el chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset, con su famosa frase “España es el problema, y Europa la solución”.

Pero, en el entendimiento de dicha frase persiste lo que consideramos una mala lectura de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues, Ortega pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía, en una parte sustancial, a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continúa siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos, como el diagnosticado por Ortega como “rebelión de las masas”.

Dicha cultura moderna es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España con la democracia. Pero no se ha hecho de la forma debida. Pues, lo que se ha producido ha sido el triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su europeismo utópico, que sueña con ceder soberanía, no importa cuanta, a una Europa Federal. Ortega nunca defendió tal cosa, pues en su concepción de la unidad europea se suponía una fuerte política nacionalizadora en España y no una mera cesión supranacional de competencias estatales. Excesos tales, como la cesión de la soberanía monetaria al entrar en el Euro, nos han conducido a la delicada situación política y económica en que nos encontramos actualmente como país.

Ortega tenía otra filosofía, muy diferente del papanatismo europeísta hoy dominante. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una época posterior a aquella en que pronunció dicha frase, -lo que ocurrió en un discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao-, consiguió liberarse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar asimismo la crisis interna de la propia modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no debía modernizarse copiando o imitando meramente las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible, para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas, que permitiesen también a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder.

Era preciso ponerse al día en lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias, mayormente controladas entonces por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas ideas, que Ortega orientó hacia el Racio-vitalismo, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles.

No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que se abrió con la Guerra Civil. Pero, nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias, haya sido una especie de visionario, un Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la propia Europa, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer, en nuestro horizonte del siglo XXI, como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc.


Artículo publicado en El Español (23-1-2018).

lunes, 18 de diciembre de 2017

Autonomía no es Soberanismo

Una de las confusiones más graves que han propiciado el actual conflicto separatista, que afecta a la Comunidad Autónoma catalana, es precisamente la cuestión de la Soberanía o capacidad que tiene un Estado sobre las decisiones últimas que atañen a su propia existencia como unidad política. Pues, el Estado se constituye, como señala Hobbes, cuando se reconoce en un Soberano, sea ya una persona (Rey) o un grupo de personas (Parlamento), el monopolio de la fuerza para mantener la unidad, la seguridad o el orden dentro de ese Estado. 

En relación con las relaciones exteriores de ese Estado, puede ocurrir que un Estado busque la alianza con otros Estados frente a terceros. Así, si esa alianza se hace más estrecha y duradera, pueden surgir Confederaciones de Estados, como es la actual Unión Europea, en la que los Estados miembros pueden ceder Competencias, que siempre pueden recuperar, como estamos viendo con el Brexit inglés. Aunque el precio sea elevado, ello no es imposible. Pero, si la unión se hace más estrecha, como ocurrió en USA tras la derrota de los Estados Confederados del Sur en una cruenta Guerra Civil, la Soberanía cedida a Washington, parece ya irrecuperable para los antiguos Estados.

El caso de los Estados soberanos europeos, como España, Reino Unido o Francia, es que siguen siendo, por tanto, Estados Unitarios Soberanos, porque la UE no ha dado el paso hacia un Estado Federal europeo. Y quizás no lo pueda dar nunca. Pero dichos Estados, que han tenido un protagonismo histórico como potencias mundiales de primera fila, hoy han sido relegados, al perder sus Imperios, a potencias de segundo orden en la escena mundial, en relación con los llamados Estados Continentales como USA, China, Rusia, o pujantes potencias económicas como Alemania o Japón.

De ahí viene que su poder, tradicionalmente centralista, se debilite y empiecen a surgir tendencias separatistas en algunas de sus regiones. España lleva en esto la delantera, pues ya a finales del siglo XIX aparece el problema catalán y luego el vasco. En Inglaterra esto empezó ahora con Escocia (el caso de Irlanda es diferente). Francia, el país centralista por antonomasia, tiene problemas en Córcega y Bretaña.

Ortega y Gasset ya vio, por ello, la necesidad de regenerar o revitalizar a una España en decadencia. Para ello formuló un programa doble: integrar a España en una especie de unidad confederada europea (“Europa es la solución”) y, a la vez, descentralizar el Estado por medio de la generalización de las Autonomías. Ortega creyó que la división de las Competencias del Estado en Competencias Nacionales (Ejercito, Asuntos Exteriores, Justicia, Educación, Economía nacional, etc.) y en Competencias Autonómicas transferibles, en cuanto que tratan de asuntos locales, que no interfieren con los nacionales, podría servir para neutralizar el vicio español del particularismo o localismo, que se había manifestado como letal en el cantonalismo de la Primera República.

Dejando claro que las Competencias las otorga el Estado y, por tanto, pude también retraerlas o suspenderlas. Ortega defendió la generalización del modelo Autonómico (lo que se atribuye a la famosa frase de Suárez del “café para todos”, desconociendo que proviene del filósofo quizás a través de Torcuato Fernández Miranda, gran admirador de Ortega) porque consideraba que, con ello, se habría creado el “alveolo” para alojar el problema catalán: todas las regiones al tener Autonomía no la verían como un privilegio solo catalán y, a la vez, Cataluña tendría una parcial satisfacción a lo que de justas pudiesen ser sus reivindicaciones particularistas o “nacionalistas”. Con ello quedaría sin fuerza su particularismo separatista, pues no se podría alimentar de motivos de queja razonables, acabando por degenerar en un movimiento utópico e irreal, que es lo que representa hoy el iluminado Puigdemont.

Inglaterra, después de observar la llamada Transición española, nos copió discretamente el modelo Autonómico, creando los Parlamentos regionales de Irlanda del Norte, Escocia y Gales. No es cosa banal que la inteligente Inglaterra copie hoy a la antigua temible rival y hoy tenida por atrasada, y en parte colonizada, España. Incluso, como Ortega preveía, cuando los enfrentamientos en el Ulster subieron de tono, Tony Blair suspendió su Autonomía por cinco años nada menos.

Sin embargo, Cameron, creemos, cometió un grave error al permitir el Referendum escocés pues, con ello, empieza el cuento de nunca acabar, pidiendo otro, como en Quebec. Debería haber negado la consulta y amenazar con intervenir la Autonomía escocesa, como, a trancas y barrancas, se está haciendo en España con Cataluña. Pues, ya decía Ortega que: “Ahí (en la Autonomía) está, señores, la solución, y no segmentando la soberanía, haciendo posible que mañana cualquier región, molestada por una simple ley fiscal, enseñe al Estado, levantisca, sus bíceps de soberanía particular”.


Artículo publicado en El Español (9-11-2017)

domingo, 19 de noviembre de 2017

Aislar al separatismo

Parece que, ante los graves acontecimientos que están ocurriendo en Cataluña, con rebelión abierta de su gobierno regional frente al Estado central, se empiezan a caldear los ánimos del resto de los españoles ante la incredulidad de muchos por lo que ocurre. Empiezan a preocupar también las consecuencias de todo orden que puede provocar una situación que se puede ir de las manos a los propios aprendices de brujo que la han desatado. Ya se habla de una división entre los propios catalanes, que se encrespa hasta desatar situaciones de odio fanático que divide a amigos, conocidos y hasta las propias familias.

Por otra parte, el Estado central está siendo lento y excesivamente timorato en sus intervenciones ante hechos consumados de rebelión con propósitos sediciosos, poniendo el lento y pesado carro judicial delante de los mansos y poco atrevidos bueyes del poder ejecutivo. Un gobierno sin complejos y con una visión serena de lo que ocurre debería aplicar los mecanismos legales que la Constitución faculta para estos casos y que luego los afectados fuesen los que recurriesen a las instancias judiciales pertinentes, si es que se considerasen injustamente tratados. Pero eso no es precisamente lo que ocurre y parece que la grave situación política a la que hemos llegado será difícil de remontar a corto plazo. Pues, todo ocurre como si una pesada inercia impidiese que se dé vuelta al erróneo planteamiento que preside la actuación del ejecutivo, el cual se empeña más bien en seguir negociando con los insurrectos para que desistan de peligrosa y lamentable actitud levantisca.

Dicha inercia procede de una errónea decisión política que se tomó ya en los inicios de la Transición cuando, una vez que se decidió reformar la estructura centralista del Estado introduciendo la división Autonómica, se hizo sin tener en cuenta los consejos que dio el filósofo Ortega y Gassetsobre cómo debería entenderse lo que él mismo presentó en las propias Cortes de la 2º República como una vía, pensada y bien pensada, para intentar conllevar lo más civilizadamente posible el problema del nacionalismo particularista catalán. El problema catalán, para Ortega, no tenía una solución extrema, como vemos hoy, pues si el Estado Central suprime la Autonomía catalana dejaría a media Cataluña descontenta e irredenta, lo mismo que, si los separatistas consiguen independizarse, quedaría la otra mitad de Cataluña igualmente descontenta, intentado buscar la ayuda de España para revertir la situación.

Ortega ya previó que la puesta en práctica de la Autonomía sería utilizada por los independentistas como un medio para conseguir su objetivo final de separación. Por ello recomendaba a toda costa, para que la Autonomía otorgada generosamente por el Estado Central, en tanto que único detentador de la llamada Soberanía Nacional, fuese eficaz, el riguroso aislamiento político del nacionalismo catalán. Pues, con la concesión de la Autonomía regional, “Cataluña habría recibido parcial satisfacción, porque quedaría solo, claro está, el resto irreductible de su nacionalismo. Pero ¿cómo quedaría? Aislado; por decirlo así, químicamente puro, sin poder alimentarse de motivos en los cuales la queja tiene razón”, dijo Ortega en su discurso sobre el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas.

Pero, lo que se hizo a lo largo de las últimas décadas fue precisamente lo contrario. En vez de aislar políticamente al nacionalismo catalán, se deseó su apoyo político. Se dice que todo esto ya empezó en los tiempos de Adolfo Suarez cuando trató de contentar a las minorías nacionalistas catalana y vasca introduciendo en término nacionalidades en la Constitución. Suarez, seguramente hizo esto por razones puramente tácticas para poder mantener sus minoritarios gobiernos, ante el acoso y la caza cainita del hombre providencial que había ganado tan brillantemente las elecciones, imponiendo por vía electoral la Reforma política frente al inmovilismo del bunker franquista. Su dimisión fue conseguida tras la alianza de sectores derechistas e izquierdistas que confluyeron, al parecer, en el extraño intento de golpe del General Armada.


Suarez dijo que se iba para que la democracia no volviese a ser un breve paréntesis en la Historia de España. Así que cuando comienza verdaderamente, de modo estratégico, una alianza que sacó a los nacionalistas de lo que era entonces su aislamiento político y social al principio de la Transición, fue con el bipartidismo dominante que vino después de caído y aislado, este sí, el centro político representado por el CDS de Suarez. La bisagra del nacionalismo particularista se impuso como medio de acceder al poder, tras el pago de transferencias que Ortega nunca hubiese aconsejado, como la cesión de las competencias en Educación. La nueva política, que sustituya a la política que nos ha llevado a esta crisis, debería comenzar entonces por aislar al separatismo.


Artículo publicado en El Español (28-9-2017)

martes, 2 de septiembre de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (y IV)

     Como final de esta revisión de la crítica de Ortega a la Restauración, ante la presente crisis de la actual Restauración de la monarquía democrática española y su relación con la propuesta orteguiana de la necesidad de la influencia educativa y política nacional de la minorías intelectuales egrégias, trataremos a continuación de una posible dimensión, ya no nacional, sino internacional, de la influencia de tales minorías. Hoy, a diferencia de los tiempos del joven Ortega, ya no es Inglaterra la superpotencia mundial, sino los EEUU. El llamado Imperio norteamericano ha resultado, tras la caída del Muro de Berlín, el nuevo super-poder mundial, que recuerda al ascenso de Roma en el Mediterraneo tras la derrota de los competidores Imperios helenísticos. Pero es un Imperio de naturaleza diferente al romano. No es esencialmente un Imperio dictatorial de tipo militar-esclavista, sino un poder científico-industrial, basado en la democracia liberal. Pero, a pesar de tales diferencias notables no es menos interesante resaltar, como hicimos en el artículo anterior, ciertas semejanzas. Pues, así como Roma, tras derrotar a grandes Imperios, como el cartaginés o el Egipto de los Ptolomeos, logró perdurar por siglos y marcar una profunda huella civilizadora en el Mundo Antiguo, debido principalmente a lo que Montesquieu llamó la característica división de poderes que limitaban cualquier absolutismo imperial, los EEUU, tras derrotar a los totalitarismos de masas no menos imperialistas de nazis y soviéticos, instaura una moderna sociedad de masas no totalitaria o absolutista, por la gracia de su Constitución política basada en la división de poderes recomendada por Locke y Montesquieu.

     No obstante ello, el poder del Imperio romano no se reducía al poder puramente militar, como el poder norteamericano tampoco debe verse como un poder meramente económico o ténico-científico. Es en el momento de su conversión imperial cuando el mundo romano descubre e incorpora la filosofía griega a través de Ciceron, quien es el primer romano que asimila la filosofía de las Escuelas atenienses en  una síntesis ecleptica en la que predomina el estoicismo. Como relata Renan, en el prólogo de su libro Marco Aurelio y el fín del Mundo Antíguo, la filosofía tuvo la dicha de ver como en Roma se cumplieron las profecías de Platón, pues en ella el poder “espiritual” de los filósofos, desde Séneca, llega a dirigir y orientar sabiamente la política romano, consiguiendo incluso que un “rey”, Marco Aurelio se haga filósofo. Fue Ciceron, miembro de una influyente minoría aristocrática de patricios, perteneciente al llamdo Circulo de los Escipiones., quien convertirá a los infieles romanos, hasta entonces desconocedores de la Filosofía, a la filosofía griega de los Panecios y Posidonios, integrantes del llamado Estoicismo Medio. Dicho suceso se revelará trascendental pues es el origen de una novedosa división del poder en político “terrenal” y religioso “espiritual”, que se consolidará en el época del emperador Constantino con la famosa separación entre Estado imperial e Iglesia papal, el cual, tras la destrucción de Roma, renacerá en la naciente Europa de Carlomagno, con todo lo que significa de fermento propicio para el surgimeinto de las sociedades liberales modernas. En tal sentido, la Iglesia católica, a pesar de las acusaciones volterianas de oscurantismo, fue la primera religión Monoteista que incorpora la Metafísica filosófica griega, germen, a su vez, del nuevo poder espiritual de la ciencia y la filosofía modernas.

     Los EEUU, en tanto que surgen de la Guerra de la Independencia contra Inglaterra, incluyen ya el conocimiento de la filosofía europea por el origen cultural de sus primeros colonos. Pero, este conocimiento está extremadamente deformado por el peso abrumador de la tradición empirista inglesa. En tal sentido se contrapone habitualmente la filosofía Anglosajona a la llamada filosofía Continental europea, entendiendo por tal la tradición racionalista francesa y alemana. El Positivismo, junto con la educación científica y tecnológica, ha llegado a ser, así, la corriente filosófica predominante en sus Universidades y centros de enseñanza. Corrientes como el marxismo o el vitalismo nietzscheano, solo han adquirido una influencia marginal. No obstante,   la tradición empirista anglosajona parece haber entrado en crisis y se empieza a perder su monopolio en la influencia universitaria, a causa del ascenso de la Fenomenología de Hussel, Merleau-Ponty, y otros, propugnados por influyentes figuras como Lakoff & Johnson en su famoso libro Philosophy in the flesh (1999). De tal modo, se puede decir que EEUU empieza la incorporación académica decidida, y no de modo meramente marginal, de la llamada Filosofía Continental que va de Kant a Husserl. Se trata ahora de sustituir el empirismo atomista ingles por el empirismo fenomenológico alemán. Pero este paso significa, a nuestro juicio, aun mucho más. Significa el descubrimiento de la Filosofía sistemática trascendental, de la Filosofía con mayúsculas, que es la filosofía alemana moderna, como lo era la Metafísica griega. Por ello no parece un paso fácil de dar en un ambiente universitario norteamericano dominado por la mayoría de los WASP (Blancos, Anglosajones y Protestantes). Hay, sin embargo, una minoría cultural en ascenso, la hispana, que se encuentra en mejor disposición intelectual para asimilar este brusco cambio de “paradigma” filosófico que se esta abriendo camino. Y ello se debe en parte muy importante a la labor filosófico-cultural de Ortega y Gasset, en tanto que es una especie de Ciceron hispano, pues también se considero un introductor de la Filosofía in partibus infidelium, es decir, en tierra de infieles, en tierra de desconocedores de ella, como fue España durante siglos desconocedora de la Filosofía Moderna por el predominio segular del aristotelismo entre la mayoría de sus cabezas pensantes.

     Ortega, como Ciceron, fue un orador brillante y un filósofo ecléptico que propugnó una mezlcla de racionalismo fenómeno-lógico y vitalismo nietzscheano. Así como Ciceron eligió el Estoicismo Medio de Panecio y no el de Zenón, que todavía estaba preso de la creencia astrológica, Ortega eligió el positivismo fenomenológico de Husserl y rechazo el positivismo empirista de Comte o Stuart Mill, lastrado de un empirismo afilosófico y pre-kantiano. Aunque Ortega fue traducido al inglés y al alemán, y muy leído en Alemania, irradió sobre todo su influencia por el mundo de lengua española, el cual está empezando a pesar notablemente en los propios EEUU. De la misma manera que Cicerón, es Ortega un gran escritor capaz de exponer con claridad para un público amplio las más abstrusas cuestiones filosóficas. Por ello la profundización y extensión de su influencia en la minoría cultural hispana norteamericana abre una posibilidad de influencia mundial nuevamente de lo español en el mundo, como él se proponía. Una influencia que ahora ya no sería tanto “terrenal”, con sus navegantes y conquistadores, sino “espiritual”, con sus nuevas aportaciones filosóficas hispanas. Una influencia no meramente repetitiva como un eco, sino hecha sobre la base de la profundización y superación de la filosofía fenomenológica alemana, que Ortega fue el primero en España que se preocupo con seriedad y constancia de dar a conocer; y no ya para quedarse en ella sino para utilizarla como tampolín para ir más allá y adentrarse en una nueva filosofía del futuro, siguiendo el lema de los navegantes del Renacimiento plus ultra, que ya no fuese idealista moderna, sino que fuese muy vitalista, muy española y mediterránea, muy de lo que llamaba la “Europa del Sur”.


     Solo una minoría intelectual educada en dicha filosofía, sería capaz de acabar con la “invertebración” y el particularismo propios de una sociedad de “masas”, como lo fue la española, lastrada secularmente, a pesar de sus grandes hazañas momentáneas, por el defecto de la “invidencia” quijotista. Una invidencia que hoy empieza a preocupar en los propios EEUU, donde se hace difícil contener la degradación ambiental producida por el egoísmo consumista de sus masas y la carencia de Ideas generales profundas de sus cada vez más poderosos “bárbaros especialistas”, dominadores de una ciencia separada de la filosofía y cada vez más reducida a los intereses de la tecnología y la especulación económica.