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martes, 16 de diciembre de 2025

Panorama futuro de los Estados nación


 

     El futuro de los actuales Estados nacionales parece tener un horizonte muy negro. Pero, cuidado, porque también parecía tenerlo el propio capitalismo durante la mayor parte del pasado siglo. La utilización del Globalismo de las minorías culturales y sexuales, radicalizando sin limites sus derechos, contribuye a dañar el reemplazo biológico generacional de las naciones occidentales, fomentando de forma propagandística el aborto masivo o la infecundidad de la mujer, destruyendo la estructura familiar tradicionalmente asentada en Occidente. Lo cual lleva a medio y corto plazo a un recambio de población por la fertilidad mucho mayor de las poblaciones emigrantes. Un serio problema para la conservación de la identidad cultural de los Estados nacionales occidentales.

 Pero el problema no se solucionaría cerrando drásticamente las fronteras nacionales a la emigración, para tratar de contener la avalancha de emigración desordenada que hoy están padeciendo USA y la EU. Tampoco fomentando la natalidad de la población nativa. Dichas medidas podrían ayudar en parte. Pero son medidas difíciles de aplicar de forma eficiente sin incurrir en formas dictatoriales o autoritarias, las cuales podrían poner en peligro la propia democracia liberal, llevándola al triunfo de incontrolables populismos reaccionarios, como ocurrió en los años 30 con el auge del nazismo.

 Los Estados-nación occidentales necesitan la emigración, como ocurrió en el Imperio romano cuando se alcanzó un nivel de vida que hacía poco atractivo al pópulo romano los trabajos más duros. Por ello se introdujo la esclavitud que proporcionaban sus conquistas, junto con la subvención económica y el entretenimiento cultural del “pan y circo”. Hoy el equivalente en una sociedad industrial avanzada serían los llamados “migrantes” (término que no me gusta porque parece más propio de animales como las aves), junto con los espectáculos subvencionados y las pagas a los nativos de un salario de subsistencia que se pide sea de por vida. La destrucción de empleos que causará la Inteligencia Artificial puede incluso acelerar tal proceso. Sin tales “migrantes” la economía colapsaría; pero con ellos podrían plantearse problemas serios de convivencia, que llevarían a luchas y enfrentamientos, dividiendo a sus poblaciones y conduciendo a guerras civiles o serios levantamientos y motines.

 En ello podrían tener una gran influencia las diferencias religiosas, raciales y culturales. Francia ha sido el país donde primero se ha observado el carácter conflictivo de una inmigración masiva musulmana procedente de sus excolonias. Las costumbres religiosas derivadas de las leyes islámicas chocan frontalmente con las derivadas de las leyes de su gloriosa tradición republicana. Barrios enteros de las circunvalaciones, donde se concentra una mayoría de población emigrante musulmana, escapan a dichas leyes y a todo control policial del Estado. Inglaterra está recorriendo en los últimos años el mismo camino por una inmigración masiva de musulmanes procedentes de Pakistán, además de los procedentes de sus antiguas colonias de África. Alemania, además de la masiva inmigración de población musulmana derivada de la guerra de Siria, tiene la anterior y persistente inmigración procedente de Turquía.  Los ataques islamistas que habían empezado en Francia (Bataclan) se han extendido a varias ciudades alemanas. La consecuencia, ante la inacción de los gobiernos seguidores de las políticas radicalmente globalistas de la UE han sido el ascenso electoral creciente de partidos como AfD, el lepenismo, Farage, etc.

 En España está pasando lo mismo, pero más atenuado porque la mayoría de la inmigración masiva irregular procede de Sudamérica, que comparte la misma cultura que la Madre Patria. La inmigración musulmana, procedente principalmente de Marruecos es mucho menor. Ello deriva del diferente modo de civilización llevado a cabo por España en América o Filipinas, convirtiendo a sus poblaciones al Catolicismo, que lo hecho por los ingleses, holandeses, etc., en la Asia donde practicaron un colonialismo puramente mercantil, tolerando sus antiguas, y muchas veces bárbaras, creencias y supersticiones religiosas. España, practicando una hábil política de mestizaje e integración de las poblaciones nativas, pagó un precio económico muy caro, pero hizo una inversión cultural que hoy podemos apreciar, pues tiene disponible una  población inmigrante que no debe plantear problemas serios de integración. El caso de USA tiene en común con España la mayoría de los emigrantes sudamericanos, además de Méjico y el Caribe. El conflicto puede derivar de sus diferentes costumbres de origen hispano o anglosajón que, sin embargo, son producto de países tan occidentales como España o Inglaterra. Por ello, no debería llevar a choques inasumibles por la mayoría de la población norteamericana.

 Japón y Australia se consideran integrados en la civilización occidental. Australia está siguiendo unas leyes de control de la emigración bastante estrictas, aunque las políticas globalistas siguen siendo allí muy influyentes. Japón está superpoblado y tiene una población muy envejecida. Buscan la solución, más que en los emigrantes, en la robótica que les pueda suministrar una disminución de la mano de obra y u sustituto de la asistencia domestica.

 Por último, Arabia Saudí y los Emiratos árabes, por su alto desarrollo económico, precisan también de una masiva emigración. Pero, al ser Monarquías absolutas, se permiten no integrar a lo emigrantes trabajadores que vienen, por ejemplo, de la India, retornándolos a sus países de origen sin otorgarles derechos políticos.

Manuel F. Lorenzo

martes, 31 de mayo de 2022

Guerra de Ucrania: información histórica frente a propaganda de guerra

 


         Ucrania ha formado mayormente parte de Rusia desde que el líder cosaco Bohdan Khmelnytsky juró lealtad al Zar en 1654 para escapar del dominio polaco. Ha estado ligada a Moscu desde entonces hasta la caída del Muro de Berlín, a excepción de una efímera República independiente ucraniana, entre 1917 y 1920, en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Pero Ucrania, que formo parte de Polonia, Lituania y del Imperio Austrohúngaro en momentos de su historia, es un país escindido en dos culturas: la europeo-occidental y la rusa oriental, como señaló ya Samuel Huntington en su profético libro El Choque de civilizaciones (1997). El ucraniano y el ruso son sus lenguas dominantes. El ucraniano occidental se asocia al nacionalismo y el ucraniano oriental al ruso. Dicha escisión cultural, -que Huntington ilustra con un mapa (p. 160) con una línea de fractura que recorre Ucrania de Norte a Sur y pasa por el mismo centro-, se puso de relieve políticamente en las elecciones presidenciales de 1994, tras la caída del Muro de Berlín. En ellas Leonid Kravchuk ganó en las provincias occidentales mientras su rival Leonid Kuchma ganó en las orientales por mayorías similares.

      A consecuencia de la manifestación de la escisión cultural en división política, empieza la lucha fratricida entre los ucranianos que llega hasta el inicio de la actual guerra civil en 2014, cuando surgen los movimientos pro-rusos separatistas en las provinciales orientales y se produce la anexión de la península de Crimea, sede de la flota rusa del Mar Negro, por decisión unilateral de Vladimir Putin. No obstante, debido a que ambas partes son pueblos eslavos con múltiples relaciones de lazos matrimoniales y fraternales entre ellos, se ha intentado evitar la escalada violenta del conflicto buscando el dialogo y la negociación en acuerdos como los de Minks. Pero parece que es muy difícil que se mantenga una unidad nacional ucraniana entre ambas partes. Por ello estalló la actual guerra, la cual parece conducir a una Ucrania política, cultural y territorialmente dividida entre una Ucrania oriental pro-rusa, que se sostiene por la fuerza militar de Moscu, y una Ucrania pro-europea, que solo puede mantenerse con el apoyo militar occidental, aunque sea indirecto y medido en función de no llegar al enfrentamiento nuclear. Una situación que nos parece menos probable, aunque no se puede descartar, es que Ucrania pase a ser enteramente pro-occidental o enteramente pro-rusa.

     Parece, por ello, que permanecerá como una nación fallida. No obstante, los problemas más difíciles a largo plazo serán los problemas de su desarrollo económico, debido a su dependencia energética y a su bajo nivel de vida. La búsqueda legítima de una mayor riqueza nacional e igualdad social le hace mirar al próspero capitalismo occidental, pues la dependencia rusa conlleva un desarrollo capitalista más estatalista e ineficiente, dominado por grandes oligarcas con estrechos vínculos estatales. Pero los fuertes lazos culturales del eslavismo y el cristianismo ortodoxo le hacen más difícil la integración en la cultura liberal de Occidente, pues la Iglesia Ortodoxa se separó del cristianismo católico de modo cismático ya en la Edad Media por una cuestión político-cultural decisiva: la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Curiosamente muchos ucranianos, sin embargo, fueron seguidores de la Iglesia uniata de ritos ortodoxos, pero obediencia Papal. La Iglesia Ortodoxa continua hoy subordinada al poder político en Rusia, como en los tiempos del zarismo, mientras que la Iglesia Católica se mantiene como un poder espiritual trans-estatal.

     Esto podría no ser un problema pues tampoco en el cristianismo protestante hay separación entre el poder religioso y el político, como ocurre en Inglaterra con su actual reina como cabeza de la Iglesia Anglicana. Pero Inglaterra, al declarar, tras su Revolución, la libertad de cultos en sus Leyes y separar el poder Legislativo del Ejecutivo, encontró una brillante formula para mantener la libertad de conciencia y de expresión entre sus nacionales. Cosa que parece que no es posible todavía en la Rusia de Putin. Evidentemente tampoco la Rusia de Putin es la antigua Unión soviética comunista, como algunos pretenden mantener para atizar más el fuego contra un demonizado Putin. Rusia ha hecho su transición a la democracia imitando por entonces a la exitosa Transición española en el paso incruento de una dictadura a una democracia. Otra cosa es que haya desembocado en una democracia fallida que encubre una autocracia. Pero ello podría decirse también de la actual Democracia española, la cual se está torciendo hasta unos límites de proliferación de autócratas regionales en Cataluña o el País Vasco que están saltándose las Leyes Constitucionales según su gusto y capricho y poniendo en peligro la propia unidad nacional de los españoles.

Manuel F. Lorenzo


martes, 12 de noviembre de 2019

La civilización europea y la griega


Hoy asistimos a una crisis abierta en la Unión Europea por la petición de salida de una de las grandes naciones constituyentes fundamentales de la civilización europea occidental, como es Inglaterra, con el famoso brexit. Ello está llevando a discusiones de fondo sobre lo que es Europa, no solo como espacio político, sino como agente cultural creador de importantes valores civilizatorios que han permitido la existencia de la actual Civilización Occidental que incluye los territorios más ámpliamente industrializados y desarrollados del Globo terráqueo. Hay muchas formas de preguntarse por lo que es Europa, pero aquí vamos a intentar responder a ello buscando algunas analogías que mantiene con la Civilización Griega, de la cual en parte procedemos.

Los historiadores, cuando hablan de Grecia, no la presentan como una civilización homogénea, sino que presentan a dos ciudades-estados, Esparta y Atenas, como dos modelos políticos enteramente opuestos, pero ambos claves, en la explicación del desarrollo de dicha civilización. Esparta tuvo su gran legislador Licurgo y Grecia tuvo a Solón, los cuales concibieron dos modelos de Estado muy diferentes y en gran parte opuestos, con el predominio de la organización militar en Esparta, por el peligro que representaron los Mesenios, y el predominio del comercio y el cultivo de las artes en Atenas, debido a su carácter marítimo.

Europa también puede ser vista de forma no homogénea como una civilización en la que dos Monarquías nacionales, como la española y la inglesa, crearon dos modelos de Estado opuestos, la Monarquía Absoluta española y la Monarquía Parlamentaria inglesa, las cuales, tras la creación de sus respectivos Imperios, fueron decisivas en frenar y neutralizar la amenaza islámica (primero España con su Reconquista y su Lepanto y, finalmente Inglaterra, con la destrucción del Imperio Turco en la I Guerra Mundial). Dicha amenaza islámica puede compararse a la que representaron para los griegos los temibles ejércitos persas, que amenazaron con destruirlos y someterlos, pero fueron frenados por los espartanos en el paso delas Termópilas permitiendo así la decisiva derrota naval de Salamina por la flota comandada por Temístocles.

La Monarquía Absoluta española establecida por los Reyes Católicos, llevada a su máximo poder y expansión con Felipe II, fue el primer modelo de Estado moderno centralizado y burocratizado que se creó en Europa, imitado después por países como Francia y otros. Inglaterra, tras fracasar su imitación de dicho modelo absolutista, ensayada desde Enrique VIII a los Estuardo, hará triunfar, tras el enfrentamiento del Parlamento con sus reyes absolutistas, la Monarquía Parlamentaria, teorizada por auténticos nuevos legisladores como John Locke. Dicho modelo permitió, mejor que el español, el desarrollo de la industria y el comercio junto con las nuevas ciencias y la filosofía. Con él, Inglaterra acabaría imponiéndose como potencia hegemónica en Europa, desplazando a España y a una Francia aspirante a tal función tras las guerras religiosas entre protestantes y católicos que asolaron Europa desde el Renacimiento.

Aunque España no fue plenamente derrotada, pues mantendrá la mayor parte de su Imperio hasta las guerras napoleónicas, sin embargo su influencia decaerá de forma notable. España, como Esparta, destacó por sus grandes conquistadores y por la efectividad de sus famosos tercios y su poder marítimo. En Inglaterra predominó, como en Atenas, el carácter comerciante y el fomento de las artes y las ciencias que condujeron a su Revolución Industrial. Pero lo mismo que Esparta y Atenas acabaron siendo rebasadas por otros modelos de Estado diferentes y que se demostraron más poderosos, como la Macedonia de Alejandro y finalmente Roma, la superación de la Monarquía se va a intentar primero con el modelo de República presidencialista francesa que acabará imponiéndose con la Tercera República y después con el ascenso en la I y la II Guerra Mundial de la República Presidencialista de EEUU.

Un modelo que introduce la compleja separación de poderes de Montesquieu, con un poder presidencial que, sin pasar por el Parlamento, deriva directamente del ciudadano permitiendo sortear las crisis a que conducirá el parlamentarismo inglés con la extensión del voto a un elector masificado y proclive a ser presa de los demagogos, junto con la reducción creciente del papel de su Corona a una función meramente decorativa. Por eso se tiende a ver EEUU como una nueva Roma que pasa a hegemonizar el liderazgo en la civilización llamada Europeo Occidental desde América, a través de la OTAN y de otras organizaciones, aunque estén surgiendo grietas, como la de la crisis de la propia Unión Europea, por el ascenso de las ideologías multiculturalistas fomentadas desde la ONU, además del ascenso de una poderosa y gigantesca economía como la que hoy representa China tras las reformas de Deng Xiaoping.


Artículo publicado en El Español (9-10-2019)

miércoles, 9 de octubre de 2019

Sobre la superación de la Leyenda Negra


     Ante la superación de la denominada “leyenda negra”, que brillantemente proponen actualmente algunos en España, como Iván Velez o Maria Elvira Roca-Barea, es importante evitar caer sin darse cuenta de nuevo en la leyenda rosa. Sobre todo cuando se propone salirse de Europa para aventurarse de nuevo en la creación de una Federación o Confederación política con los Estados Hispanoamericanos, como hace el propio Gustavo Bueno en su influyente España frente a Europa. Pero hay que distinguir Europa como Civilización, en el sentido de Ostwald Spengler, renovado por S. Huntington, del circunstancial Club de la Unión Europea actual.

     Pues, en el primer sentido, toda América es una prolongación de la cultura y las tradiciones políticas europeas, desde Canada y USA a Chile y Argentina. Las antiguas civilizaciones precolombinas han sido sustituidas por la civilización occidental europea, aunque queden restos sincretistas todavía que se intentan resucitar con las ideologías indigenistas. Precisamente la única justificación que puede tener la violencia que hubo en tal conquista está en que supuso el paso de unas civilizaciones precientíficas, a una civilización como la europea, heredera de la superior ciencia y filosofía griega mezclada con una religión más humanista como es el Cristianismo occidental, sustituta de religiones que precisaban de cruentos sacrificios humanos.

     Por ello el Imperio Español no puede ser equiparado al Imperio Inca o al Persa. Sus diferencias con el Imperio Inglés son de otro tipo pues ambos son desarrollos sucesivos de la propia alta Cultura europea, forjada en común en el Medievo. Dichos Imperios, como poderosas institucionales militares, tienen también “alma”, en el sentido comtiano de un “poder espiritual” separado del “poder terrenal”. Dicho poder no es ciertamente el poder de la espada, sino el poder que guía en último término, en compleja dialéctica, a la propia espada. Dicho poder lo representó para el Imperio español la Iglesia Católica con sus Doctores de la brillante Neoescolástica Española. Pero, al surgir una filosofía moderna como la cartesiana, se produjo un principio de crítica y de superación de la filosofía aristotélico-escolástica en partes suyas esenciales, como la astronomía, la teoría del conocimiento, la metafísica, etc., debido a la aparición de la matemática algebraica que no existía en la época de Platón y Aristóteles.

     Con ello se crea un nuevo “poder espiritual” de filósofos y científicos que arrinconará paulatinamente al de los escolásticos y minará el poder de la Iglesia, ya muy debilitado por la propia división puramente religiosa entre Protestantes y Católicos. De ahí que el conde de Saint-Simon interprete la Revolución Francesa como la sustitución de la Alianza entre el Trono y el Altar por la nueva Alianza de los industriales, científicos y filósofos positivos. Por ello se puede afirmar, como hace Bueno, que el sujeto de la Historia son los pueblos o naciones organizados en grandes Imperios o Federaciones, pero guiados por una serie de valores intelectuales compartidos, que no se reducen a meros reflejos mecánicos de sus intereses materiales, sino que solo pueden ser el resultado de la existencia de poderes separados relativamente de dichos intereses y capaces de construir unas constelaciones ideológico-culturales que engranen con la realidad y, tras la revoluciones científicas, con amplias franjas de verdad. Pues los valores supremos de tales civilizaciones, con raíces comunes, aunque con diferente desarrollo, son un componente esencial que marca los límites fronterizos últimos de los grupos humanos. Son los círculos culturales máximos que pueden ser trazados.

     De ahí que el actual conflicto que se presenta a la Civilización Occidental, tras el despertar del sueño de un fin democrático y homogéneo de la Historia, como creía Fukuyama, sea el denominado por Samuel Huntington como “choque de civilizaciones”. Pero el muticulturalismo dominante, inspirado en los ideales de un humanismo cosmopolita acrítico e ignorante de la tozuda realidad de las fronteras cree, cual paloma platónica, que puede elevar a la humanidad a un vuelo universalista sin la resistencia de las peligrosas turbulencia fronterizas. No comprende que la única forma de progresar en dicha universalidad es a través de fronteras que solo se pueden fijar desde dentro de un gran proyecto político cultural antrópico, que puede arrancar de un minúsculo estado hasta alcanzar el tamaño máximo de una Civilización, de la misma manera que desde una organismo unicelular se puede alcanzar a la generación de las especies cada vez más diferenciadas y en competencia entre sí. La única diferencia es que en la adaptación a la naturaleza, los choques entre los grupos humanos puede escapar a los crueles rigores de la lucha animal, en tanto que, mediante la técnica y la ciencia, somos nosotros quien podemos adaptar la naturaleza a nuestras necesidades.


Artículo publicado en El Español (14-9-2019)

domingo, 4 de marzo de 2018

El europeismo de Ortega


La crisis del Euro, el brexit inglés, la avalancha de exiliados e inmigrantes, han desatado la crítica al Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha empezado a despertar una tradición anti-europea en la que el chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset, con su famosa frase “España es el problema, y Europa la solución”.

Pero, en el entendimiento de dicha frase persiste lo que consideramos una mala lectura de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues, Ortega pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía, en una parte sustancial, a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continúa siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos, como el diagnosticado por Ortega como “rebelión de las masas”.

Dicha cultura moderna es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España con la democracia. Pero no se ha hecho de la forma debida. Pues, lo que se ha producido ha sido el triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su europeismo utópico, que sueña con ceder soberanía, no importa cuanta, a una Europa Federal. Ortega nunca defendió tal cosa, pues en su concepción de la unidad europea se suponía una fuerte política nacionalizadora en España y no una mera cesión supranacional de competencias estatales. Excesos tales, como la cesión de la soberanía monetaria al entrar en el Euro, nos han conducido a la delicada situación política y económica en que nos encontramos actualmente como país.

Ortega tenía otra filosofía, muy diferente del papanatismo europeísta hoy dominante. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una época posterior a aquella en que pronunció dicha frase, -lo que ocurrió en un discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao-, consiguió liberarse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar asimismo la crisis interna de la propia modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no debía modernizarse copiando o imitando meramente las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible, para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas, que permitiesen también a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder.

Era preciso ponerse al día en lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias, mayormente controladas entonces por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas ideas, que Ortega orientó hacia el Racio-vitalismo, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles.

No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que se abrió con la Guerra Civil. Pero, nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias, haya sido una especie de visionario, un Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la propia Europa, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer, en nuestro horizonte del siglo XXI, como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc.


Artículo publicado en El Español (23-1-2018).

viernes, 14 de marzo de 2014

El Europeísmo, Ortega y Pio Moa

     La crisis del Euro, abierta en los países del Sur de Europa por la dificultad de hacer frente a sus endeudamientos ruinosos, producidos, en parte, por la facilidad crediticia sin límites que proporcionó el ingreso en tal moneda, ha desatado la crítica a la ideología del Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha despertado una tradición anti-europea que se remonta al Concilio de Trento, con su condena de la Europa Protestante, y que, pasando por el africanista Unamuno, llega hasta nuestros días expuesta de forma brillante en Blogs de gran difusión como el de Pio Moa. El chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset: “Quizá la expresión más precisa de esa vana retórica la haya ofrecido Ortega y Gasset con su frase ‘España es el problema, y Europa la solución’. Otras veces he señalado el cúmulo de insensateces en que caía nuestro filósofo cuando especulaba sobre política e historia. Aquella frase carece de lógica, pero es sugerente: sugiere que España funciona mal, o incluso es el mal, y ‘Europa’ el bien”.(Pio Moa, “El Europeismo en España II”, Blog de Intereconomía).

     Hemos tratado de la famosa frase pronunciada por Ortega en un artículo titulado “La solución europea”, pero vamos a retomar el tema de nuevo ya que persiste lo que consideramos un mal entendimiento de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues Ortega, que admiraba más al conde de Saint Simon o a Augusto Comte que a Marx, pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía en una parte sustancial, no tanto al espíritu revolucionario inculcado por el Protestantismo, puramente destructivo, como a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso cultural, económico y social. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continua siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos como el diagnosticado por Ortega como "rebelión de las masas", que se ha impuesto históricamente sobre otros como los que intentaron imponer los llamados totalitarismos fascista y comunista. Esa cultura es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España, pero no lo ha hecho de la forma debida. Lo cual nos ha  conducido al triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su filosofía (el europeismo utópico que sueña con ceder soberanía a una Europa Federal, p. ej., y que Ortega nunca defendió, como ya expusimos en un artículo titulado "Sobre la unidad europea") y la incapacidad de depurar sus excesos al haber politizado al Poder Judicial y  controlado a los grandes grupos mediáticos. Tales excesos y controles indebidos nos han conducido a la ruina económica en que nos encontramos actualmente como país, sin que se vean en el horizonte la aparición de unas nuevas fuerzas políticas y culturales que nos permitan otear un futuro más esperanzador e ilusionante para la mayoría de los españoles, en especial para los más jóvenes. 

     Ortega tenía, al menos, otra filosofía. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una fase posterior a esta en que pronunció la frase famosa en el discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao, consiguió liberárse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió posteriormente a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar la crisis interna de la modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no solo debía modernizarse copiando o imitando las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible (por eso escribió aquello de "nada moderno, muy siglo XX"), para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas que permitiesen a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad (aquí puede tener cierto sentido decir, como sostiene Po Moa, que muchos regeneracionistas estaban contagiados por la famosa "leyenda negra", en su rechazo miméticamente tomado de los ideólogos ingleses o franceses, de la España Imperial pero, en Ortega, no se encontrará ni pizca de odio a España, sino solo interés intelectual, amor intellectuallis, en descubrir las causas de nuestra decadencia para poder neutralizarlas. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de número e influencia de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder). Desde luego que era preciso ponerse al día de lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias mayormente controladas por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la ciencia y a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas Ideas en la línea de una aportación nacional española a la filosofía europea, que Ortega orientó hacia el Vitalismo, como hizo ya el joven Unamuno, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles, que el descarnado racionalismo cartesiano francés, el marxismo germánico o el positivismo cientificista anglosajón.

     No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que abrió la II Republica y la consiguiente Guerra Civil. Por ello la obra filosófica de Ortega, unos la verán como fracasada o llena de errores, como cuando Pio Moa reprocha a Ortega  su opinión que atribuye la debilidad de las minorías intelectuales españolas, en comparación con las de otros países europeos, a la herencia de unos visigodos alcoholizados de romanismo (Ver su monumental, rigurosa y amena Nueva Historia de España, de la que nos ha parecido especialmente novedosa su periodización). Es fácil decir esto hoy cuando disponemos de un conocimiento riguroso de la Historia medieval española, gracias a historiadores como Sanchez-Albornoz, quien sin embargo en su famosa España un enigma histórico, mantiene la diferencia señalada por Ortega en relación con las élites, aunque la justifica en hechos más positivos y comprobables, como que fue la guerra total y secular contra el Islam la que permitió un igualitarismo social español inusual en el resto de Europa. Pues, a diferencia de los torneos u ocasionales guerras del resto de Europa, los reinos medievales hispánicos debían movilizar a todo el pueblo y de forma bastante prolongada, en unas condiciones que permitieron la apertura de la clase noble a los innumerables héroes de guerra populares suavizando notablemente las rígidas jerarquías medievales. También señala Albornoz que ese estado de guerra total, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, hacía que las mujeres tuviesen que sustituir a menudo a los hombres en los trabajos agrícolas y artesanos haciéndolas tomar conciencia de su valía e igualdad, de la que algo queda en el famoso mito de Carmen. Ortega, ciertamente, cometió errores históricos, pero también debe reconocerse que libros como España Invertebrada, alumbraron hipotesis que contribuyeron a que otras generaciones iniciasen por fin el estudio riguroso y científico de nuestro oscuro pasado medieval.

     Pero en otros aspectos, como los más estrictamente filosóficos, a otros nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias haya sido una especie de visionario o de profeta, una especie de Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la Filosofía española, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. A Ortega no habría que compararlo con un Husserl o un Heidegger, como a veces se hizo, ya sea para ningunearlo o para engrandecerlo, sino con filósofos que marcan con sus escritos un carácter nacional a la filosofía, como ocurre con el profético Francis Bacon, el cual en una filosofía muy ensayística, y tan poco sistemática como la de Ortega, conduce a  la filosofía inglesa moderna por las sendas del Empirismo. Ortega quiso conducirla hacia el Vitalismo. Habrá que esperar que resulta en el futuro de ello. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer en nuestro horizonte del siglo XXI como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc. Pero, Ortega, en tanto que no se redujo a ser un filósofo académico, tiene también mucho de gran crítico cultural y en este sentido podría jugar un papel para la cultura española futura como lo jugo un Montaigne con sus ensayos para la cultura francesa moderna o u Lessing para la cultura alemana clásica. Es legítimamente debatible todo ello, pero mal encaminados vamos si se empieza por no diferenciar claramente a Ortega de toda aquella barahunda de los regeneracionistas europeístas o de los actuales europeístas “papanatas”.


Manuel F. Lorenzo 

(Publicado el 5-7-2013)

martes, 29 de junio de 2010

La solución europea

En los últimos días se han cruzado en el espectro mediático nacional dos acontecimientos que han vuelto a traernos a la memoria la famosa frase pronunciada por Ortega con tintes programáticos: "España es el problema; Europa, la solución". El primer acontecimiento ha sido la celebración de las bodas de plata de nuestra pertenencia al club europeo al cumplirse 25 años desde la Firma del Tratado de Adhesión el 12 de Junio de 1985, siendo presidente del Gobierno Felipe Gonzalez. El segundo acontecimiento es la intervención imperativa y exigente de los Gobiernos alemán y francés presionando a Zapatero, Obama mediante, para que acometa con serias medidas antipopulares el fuerte deficit presupuestario en el que nos encontramos como consecuencia de la crisis económica a que nos ha conducido el estallido de la llamada burbuja inmobiliaria. La relación entre ambos eventos fue glosada en algun influyente periódico (El Mundo) inter-pretando la frase de Ortega en el sentido de que España volvía a las andadas, volvía a convertirse en un problema, como se pone de manifiesto con Zapatero que está desatando todos los demonios tradicionales del anticlericalismo, el revanchismo de la memoria histórica, la vuelta a la República, etc. y, por ello, la solución está viniendo de nuevo de fuera, del eje franco alemán, que ejerciendo una suerte de protectorado nos dicta la solución de nuestros problemas. Los españoles seguiríamos siendo, según se desprende de semejante diagnóstico, unos anarquistas incorregibles que necesitamos que nos gobierne un amo fuerte y duro: la disciplina prusiana.
Pero esto es una evidente desfiguración de lo que Ortega quería decir con su frase. El problema es que en España el indice de lectura es muy bajo en comparación con los grandes países de nuestro entorno y por ello, la mayoría de los españoles no ha leido a Ortega. Por ello no está en disposición de juzgar sobre el sentido de la famosa frase. Queda una minoría, quizas muy minoritaria, que si lo habrá leido. Es una minoría de profesores de filosofía, literatos, algunos periodistas e intelectuales en general y algún autodidacta. Pero esa minoría no tiene acceso a las tribunas mediáticas que están reservadas, salvo raras excepciones, a periodistas que entrevistan, o permiten que manifiesten sus opiniones para una gran audiencia, a gentes del Sistema entre las cuales la nota común suele ser la mediocridad intelectual y el intento, entre los más espabilados, de aprovechar cualquier ocasión para arrimar el ascua a su sardina con más o menos descaro. En este caso el ascua es Ortega y Gasset, con cuya frase se trata de fulminar al rival de la secta de enfrente.

Como miembro de esa minoría, que si ha leido a Ortega tratando de entenderlo y no para utilizar alguna de sus brillantes frases cuando me convenga, me considero en la obligación de precisar su sentido ante lo que considero una desfiguración o mala interpretación. La famosa frase en cuestión fue pronunciada en conexión con las propuestas de regeneración y reconstrucción de España que configuraron el movimiento político y cultural de la llamada Generación del 98 (Joaquín Costa, Unamuno) en un discurso que Ortega pronunció en la Sociedad liberal de El Sitio en Bilbao el 12 de Marzo de 1910, hace ya un siglo, cuyas palabres finales eran: "Regeneración es inseparable de europeización; por eso apenas se sintió la emoción reconstructiva, la angustia, la vergüenza y el anhelo, se pensó la idea europeizadora. Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo. Verdaderamente se vió claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución" ( José Ortega y Gasset, "La pedagogía social como programa político", Discursos políticos, Alianza Editorial, Madrid, 1990, p. 62).

Para Ortega la regeneración de España pasa por su europeización, por asimilar, como dijo otras veces, aquello que define caracteristicamente a la civilización europea moderna diferenciandola de otras grandes civilizaciones como la china, la hindú, etc., esto es, por asimilar la ciencia, el espíritu científico, objetivo. Europa, decía Ortega, es igual que otras civilizaciones, salvo en una cosa, la Ciencia. La asimilación de dicho espíritu científico debia ser algo normal y extendido a la mayoría de la población, o al menos al núcleo de sus minorial gobernantes: políticos, profesores, jueces, periodistas, etc. Por ello veía una gran tarea pedagógica por hacer para alcanzar dicha europeización. Lo que no me parece orteguiano es creer que por entrar en instituciones económicas como el Euro ya nos vamos a europeizar por las buenas o por las malas. De ahí que sacar la conclusión de que España es el problema y el Euro (Alemania y Francia) son la solución me parece ignorancia de la gruesa (ignorantia elenqui). Con ello parece que el ser europeista es un monopolio de los que son partidarios de la Idea de Europa que tienen unos europeos (alemanes y franceses) frente a otros (ingleses) a los que despectivamente se los denomina como "euroescepticos". Me parece bien que cada uno defienda la Idea de Europa que considere oportuna o mejor, ya sea federal, confederal o unitaria. Pero que no trate de descalificar al resto considerandolo anti-europeo, ni menos utilizar a prestigiosos pensadores para, falseando sus pensamientos, intimidar al contrario. Pues podríamos hacer una lectura algo siniestra de lo que El Mundo presenta como la "solución europea", si contemplamos el asunto desde una perspectiva no meramente económica sino histórica. Vaya por delante que la exigencia de no sobrepasar el deficit público que tanto les preocupa ahora a alemanes y franceses no les preocupaba nada años atras cuando España lo cumplia a rajatabla con Aznar y ellos no. Pero claro, no es lo mismo porque de lo que se trata no es de quien incumple las reglas del juego sino de quien tiene autoridad y poder para hacer que se castige injustamente a uno si y a otro no. Y esto no lo puede hacer hoy por hoy España por que es más debil política y económicamente que Alemania o Francia.
Historicamente hablando Europa es el resultado de muchos pueblos diferentes. La Europa de los 25 se dice hoy. Pero entre todos ellos son cuatro (cuatro amigos-enemígos) los que más decisivamente contribuyeron a su constitución y desarrollo. Son aquellos que han alcanzado la categoría política de verdaderos Imperios: Alemania, España, Inglaterra y Francia. Son los que han lanzado lo europeo por el resto del globo. De ahí que sus intereses hayan sido muy diferentes lo que ha motivado sus intentos sucesivos de imponer por las buenas o por las malas a los demás su Idea de lo que debería ser Europa. Hoy dichos imperios pertenecen al pasado. Pero permanece sin embargo, compitiendo con único el imperio actualmente vigente y real de los norteamericanos, la influencia económica de Inglaterra en la India, de España en Hispano-américa, de Alemania en Centroeuropa, de Francia en Africa. Por ello es dificil conciliar intereses tan dispares en una unidad nacional europea o en una centralización federal. Será muy dificil por ello ir más allá de una Liga o Confederación europea en la que nunca habría una gran cesión de soberanía por cada uno de estos grandes países. Por eso la creación del Euro solo podría funcionar en un Estado Federal europeo muy centralizado, el cual sería una reedición del Sacro Imperio franco alemán de Carlomagno. De ahí los recelos de Inglaterra a entrar en el Euro. Pero como esto no es posible, por lo que dijimos, la política inglesa es más inteligente a medio y largo plazo, pensando que el Euro no se podrá consolidadar, no solo por los ataques de otras monedas, sino porque nunca se darán las condiciones políticas de unificación política necesarias para ello. España, sin embargo, ha abrazado el europeismo de la forma más papanatas que se podía hacer, y no como proponía Ortega. En vez de seguir una política como la inglesa de estar en Europa pero sin ceder palancas de soberanía económica y fiscal como la moneda, hemos entrado en la ratonera del Euro y ahora nos encontramos con la imposición de una especie de protectorado Sacro germánico. Otra vez hay que decir que la europeización soñada por Ortega no era eso. Era más bien el aprender a ser europeos en dos disciplinas en las que habiamos quedado rezagados durante 2 o 3 siglos: la ciencia y la democracia. Mientras tengamos espíritu científico y democracia seremos esencialmente europeos. Lo demas no hay porque imitarlo servilmente. Todo lo contrario Ortega esperaba que, ante una Europa agotada y en crisis, fuesemos los españoles los que la revitalizasemos con nuevas Ideas que surgirían de la mezcla de nuestra indiosincrasia con los instrumentos del racionalismo europeo. Ya Unamuno decía que solo españoles que se hubiesen empapado de los sofisticados métodos de la ciencia y la filosofía europea podrían entender y descubrir lo realmente válido de España.
Hoy nos encontramos con que las élites que Ortega soñaba para llevar a cabo la europeización existen pero han sido postergadas debido al proceso de oligarquización y cierre de la democracia española en manos de dos grandes partidos, ciegos para fomentar la excelencia, y rapidos para promover la mediocridad. Pues mediocres son los intelectuales que han impuesto a traves de los grandes medios de comunicación la Idea de una europeización, sino sublime, si sublimada y erronea por idealista y utópica, y han desplazado a otros intelectuales críticos que proponían otras alternativas que hoy se ven como más realistas, más creativas y menos seguidistas. Debemos volver por ello a empezar como hace un siglo lo hizo Ortega en Bilbao con su escrito de la pedagogía social como programa político, por la explicación clara y distinta a todos los españoles de todo esto que nos está ocurriendo. Por eso me parece una coincidencia mágica la elección de Bilbao como sede de la Fundación que promueve Mario Conde, además del proyecto de no empezar por transformar este exitoso movimiento del Foro de Debates en un Partido Político sino en una Fundación cuya función principal debería ser la pedagogía social de los españoles.

Manuel F. Lorenzo