Parece un contrasentido
decir que se puede tener una conducta ética manteniendo una conducta
profundamente inmoral o al menos simplemente inmoral. Pero esto es lo que
creemos está ocurriendo actualmente en España con la política desarrollada por
el actual gobierno de Pedro Sánchez, en tanto que continua y radicaliza tendencias
iniciadas por gobiernos anteriores de las últimas décadas. Dicha especie de
política ha sido legítimamente impuesta por un variopinto conglomerado de
votantes que han generado las mayorías parlamentarias, la actual y anteriores, sostenidas
en la creencia de que el voto se lleva a cabo por una libre conciencia ética,
como es propio de un régimen democrático, al margen de algunos que se dejen
comprar por las dadivas de los poderosos partidos. Por ello hay hoy una mayoría
política de españoles que muestran con su voto sostenido un apoyo a lo que
consideran lo mejor, incluso desde un horizonte ético de largo plazo.
Pero, ¿qué se entiende popularmente por ética? ¿Es lo mismo que lo que se entiende por moral? Aunque no fuese lo mismo, se confunden muchas veces los dos términos y se habla indistintamente de la ética o la moralidad de los políticos o del Gobierno mismo, unas veces para condenarla y otras para defenderla. Necesitamos, por ello, un análisis más sofisticado de ambos términos para resolver con conceptos claros dicha confusión terminológica tan habitual. Nos apoyaremos en el análisis filosófico que hace Gustavo Bueno al distinguir con precisión los términos ética y moral. Tales términos, según Bueno, no serían sinónimos, ni siquiera en sus usos lingüísticos:
“En el uso ordinario del español el término <<moral>> supone, de algún modo, la presión de unas normas vigentes en un grupo social dado (mores=costumbres) como lo confirman los sintagmas: <<moral burguesa>>, <<moral tradicional>> o <<moral y buenas costumbres>>; mientras que quien declara <<esto lo he hecho por motivos éticos>>, está aludiendo vagamente a un deber que supone que ha emanado de la <<propia intimidad>> de su conciencia subjetiva, y no de la inercia y, menos aún, de alguna presión exterior” (G. Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo, 1996, p.60).
En tal sentido, Bueno establece
que la ética tiene que ver con los deberes individuales y la moral con los
deberes de los individuos en tanto que forman parte indisociable del grupo
social:
“Ahora bien, si los deberes
morales fueran meramente normas sociales, no serían trascendentales; si los
deberes éticos fuesen dictados de la conciencia, tampoco serían trascendentales
a las más diversas acciones y operaciones de la persona, porque la conciencia,
sino va referida a una materia precisa, es una mera referencia confusa,
asociada a una metafísica mentalista (que podría elevar a la condición ética la
conducta inspirada por la <<íntima conciencia>> de un demente). Por
estas razones, si necesitamos redefinir los términos ética y moral
en un horizonte trascendental a las diversas acciones y operaciones de la vida
humana, sin desvirtuar las connotaciones semánticas originarias (la connotación
social de la moral y la connotación individual de la ética), difícilmente
podríamos dar de lado a la coordinación ya expuesta: la que establece que los deberes
éticos tienen que ver con los deberes distributivos, relativos a la
preservación de los individuos corpóreos en cuanto tales; y que los deberes
morales tienen que ver con la existencia de esos mismo individuos
corpóreos, pero en tanto son parte de totalidades sociales atributivas”
( G. Bueno, op.cit, pp. 60-61).
Aplicada dicha
distinción al caso de la democracia actual española se puede observar que
predominan en el electorado mayoritario, -no solo el que apoya al gobierno
actual, sino también de los anteriores gobiernos de la vigente democracia- la
conducta ética frente a la moral, en el sentido de que se sigue votando de
forma continuada, elección tras elección, a aquellos partidos políticos que corrompen
las instituciones estatales y sociales en beneficio del enriquecimiento de
ciertos individuos, familiares y amigos adyacentes en perjuicio de lo que es
común a todos los españoles. Se sigue votando a aquellos que abren las
fronteras por razones éticas a minorías de inmigrantes extranjeros en perjuicio
de la mayoría de los nacionales. Incluso se pone de manifiesto muchas veces el
contraste con democracias, como la alemana o la inglesa, en las que no se
consiente por el electorado una corrupción similar a la que llega un Presidente
del Gobierno en España, que provocaría en ellos su inmediata dimisión al hacerse
pública.
No es entonces casual
que el electorado esté reaccionado más rápidamente ante el exceso y descontrol inmigratorio
en tales países. Podríamos decir por ello que tales mayorías electorales son
más morales que las españolas. Quizás ello pueda ser debido al Protestantismo
dominante en tales países, para el cual el individuo sigue el servo arbitrio
sometiendo incluso su elección religiosa a la del Rey, como todavía ocurre en
Inglaterra desde Enrique VIII, en la que la cabeza de la Iglesia anglicana continúa
siendo el propio Rey. Incluso se observa, como contrapartida, que virtudes
éticas como la amistad o el amiguismo, tan usual en España a la hora de la
recomendación para ocupar los cargos públicos, no tienen lugar propicio en
tales países cuando se trata de cubrir los puestos de las instituciones del
Estado o de las grandes Corporaciones, según mérito o capacidad publica
demostrada.
El peso que sigue
teniendo en países de tradición católica, como Italia o España, una institución
fundamentalmente ética como la familia, por la consideración predominante, en
contraposición al Estado, que en ella se tiene del individuo como persona
insustituible, cuya perdida es irreparable, -como Sófocles puso de relieve en
su famosa tragedia Antigona-, puede explicar esta tendencia eticista de
los españoles. En los países nórdicos protestantes los lazos familiares son
mucho más débiles y el individuo suele encontrarse solo frente al Estado (es
sintomático en tal sentido el título The Man versus the State, un
influyente libro del filósofo inglés Herbert Spencer). Un Estado que, si no se
le ponen fuertes contrapoderes económicos y sociales, como ocurre en la
Constitución de EEUU, puede moldear y controlar sin límites éticos a sus
ciudadanos, llegando a veces a situaciones totalitarias como la que representó
el nazismo germánico.
Por ello, no se trata de decir que la mayor moralidad pública de que hacen gala, en comparación con nosotros o nuestros vecinos italianos, tales países de la Europa del Norte, sea lo mejor. Son países de una moralidad pública en muchos casos envidiable para nosotros; pero a cambio, su salud pública individual padece seriamente de conocidos males como la soledad, el aislamiento de los individuos, que puede conducir a altas tasas de suicidios, como en los países protestantes nórdicos, etc. De lo que se trata es de que, comprendiendo nuestra diferencia, que nos lleva a ser más éticos que morales en nuestro comportamiento social, podamos frenar o mantener a raya nuestras características y ya tópicas tendencias inmorales. Que podamos controlar racionalmente nuestra tendencia dominante hoy a considerar lo público como algo que está al servicio meramente de los intereses privados por la práctica del nepotismo o el saqueo de los presupuestos del Estado en favor de pequeñas bandas o mafias políticas, que actúan sin ningún escrúpulo moral, aunque sean perfectamente éticos al distribuir democráticamente el botín entre los suyos, como hacían Alibaba y los Cuarenta Ladrones. Parodiando lo que decía Ortega en otra ocasión, más trágica ciertamente que la actual, debemos decir hoy de nuevo, siguiendo los conceptos filosóficos expuestos: ¡Españoles, vuestro Estado está dejando de existir¡ ¡Reconstruidlo¡.
Manuel F. Lorenzo