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miércoles, 9 de mayo de 2018

Defectos de la democracia española

El régimen político español actual, salido de la Transición, recuerda en muchos aspectos a la Restauración decimonónica de los Cánovas y Sagasta, representantes de una oligarquía que se turna en el poder. Hoy se habla de la oligarquía partitocrática del PSOE y del PP, aunque esta sea una oligarquía que no necesita la compra caciquil y descarada de los votos como ocurría entonces. Las elecciones son ahora democráticamente homologables a las que ocurren en las modernas democracias avanzadas. El mal que destruyó al Sistema político de la Restauración canovista fue el crecimiento inexorable de los distritos electorales de los caciques frente a aquellos cuya elección dependía del Gobierno.

Ortega sostenía, frente a la acusación de Joaquín Costa, autor del famoso diagnóstico de la Restauración canovista como un régimen de Oligarquía y Caciquismo, que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de una Constitución copiada de la inglesa con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía.

Como no había elección, el Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros". Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal beneficio. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante, el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cuneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió con los crecientes desordenes público (grandes huelgas, Semana Trágica de Barcelona, etc.) por el desgobierno del poder central.

El mal que está minando la actual democracia española es muy diferente. Ya no es el caciquismo de la compra del voto, aunque quede algo de eso en las "peonadas" andaluzas. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial que ya desde el final del franquismo se estaba acercando a converger realmente con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fe de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia de los propios electores españoles, no prevista. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las “dos Españas”, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una "tercera España”.

Dicha Tercera España no votó con suficiente fuerza al centrismo que representaba Adolfo Suarez y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante el empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos. Estas minorías nacionalistas, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvistas vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. Por ello estamos alcanzando el momento crítico en el que el Gobierno empieza a mostrarse impotente ante la chulería chantajista del separatismo catalán. La historia se repite, pero como tragicomedia.


Artículo publicado en El Español (21-3-2018)

viernes, 4 de abril de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración


De Ortega y Gasset, en España, parece que solo se acuerdan algunos, como de Santa Bárbara, cuando truena. Pues ahora que, en esta Segunda Restauración que nos ha tocado vivir, está tronando a consecuencia de los rayos de la crisis económica que caen provocando incendios y destrucciones devastadoras de la credibilidad de los políticos, de los banqueros y de sus grandes medios de comunicación, casi un siglo después es cuando se vuelve a leer aquel famoso discurso de Ortega del Teatro de la Comedia titulado “Vieja y nueva política” del 23 de Marzo de 1914, con el que fundó la Liga para la Educación Política Española. Allí Ortega critica certeramente los males de la Restauración con la famosa acusación de la separación creciente de una España real y vital frente a una España oficial corrupta y mediocre, deseando y prediciendo la  muerte de la Restauración Canovista, tras la cual una nueva política debería desarrollar una nueva España nacional e industrializada. Eso fue lo que realmente ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, aunque el precio que se hubo de pagar fue la Guerra Civil y la larga dictadura franquista. Por eso algunos, como Pio Moa, consideran que el precio fue excesivo y podía haberse evitado si Ortega y los llamados Regeneracionistas no se hubiesen empeñado en hundir aquel Régimen que, a pesar de sus defectos, dio una larga estabilidad política al país que estaba empezando a mejorar la situación de miseria y analfabetismo secular. Por tanto, mucho cuidado con volver a aquel Ortega. La crítica que busca destruir la actual Restauración por defectos similares, puede conducirnos a una nueva tragedia que solo los muy necios aceptarían. Pues, cabe todavía una regeneración interna del Sistema actual, como cabía entonces si la fuerzas intelectuales de los Ortega y demás, combinadas con los nuevos partidos revolucionarios y separatistas, no se hubieran unido para acabar con la llamada Monarquía de Sagunto.

La cosa podía ser razonable si no fuera que, en vez de a Ortega, se está combatiendo a una caricatura deformada. Pues, a diferencia de Regeneracionistas como Joaquín Costa, por ejemplo, la crítica de Ortega a la Restauración no va dirigida tanto a los abusos evidentes (la oligarquía y el caciquismo) como a lo que él denomina los “usos”, esto es, a aquello que resulta necesariamente de la propia estructura del edificio que Cánovas (gran historiador aunque mediocre hombre de Estado, según el propio Ortega) había diseñado. Pues la Restauración se habría hundido necesariamente por defectos de diseño interno, como un barco mal concebido para navegar en las procelosas y atrasadas aguas españolas. Por ello, nadie la destruyó, sino que ella misma se vino abajo, como un edificio que no soporta su uso. Ortega habría obtenido tal predicción como resultado de un frío análisis, propio de la mente de un matemático que contempla como la mayor tragedia ver una teoría, perfecta en su forma, que cae asesinada por un hecho. Para ello hay que leer su brillante análisis en una obra que, los Pio Moa, Antonio García-Trevijano (que también se ha manifestado intentando desacreditar a Ortega) y otros, no parecen haber leído o al menos no parecen tener una mínima noción de ella. Me refiero a La redención de la provincias, publicada en forma de artículos periodísticos durante la Dictadura de Primo de Rivera (el cual precisamente censuró el termino Autonomía, allí propuesto por Ortega rara reorganizar el Estado, que tuvo que ser cambiado por el de Gran Comarca) y publicada finalmente en forma de libro con el advenimiento de la República. He expuesto en forma resumida este libro en un trabajo titulado “Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España según Ortega”, por lo que solo indicaré aquí lo esencial para el caso. Con ello se ve como en España se echa de menos cierta formación filosófica, y no solo de especialista en historia, derecho o economía, para orientar la política nacional.

Pues Ortega lleva a cabo un análisis de la Restauración al modo geométrico spinozista. Un análisis al modo de lo que los matemáticos llaman un demostración por Reducción al Absurdo: se parte de una hipótesis que, al desarrollarla, nos conduce a una contradicción, la cual debe ser superada retirando la hipótesis inicial y buscando otro camino que nos permita evitarla. Antes de proceder, hace como Galileo cuando parte de un plano inclinado ideal, sin rozamientos, etc. Así Ortega considera a la Constitución canovista de 1876 como un diseño Ideal que se debe considerar en un funcionamiento sin “rozamientos” (los rozamientos se solucionaban con el aceite engrasador de las corrupciones de los políticos encargados de velar por su cumplimiento, etc.). En tal sentido ideal se debe analizar su funcionamiento. Una vez elaborada y aprobada la Constitución, relata Ortega, se convocan las elecciones y los partidos acuden a los mítines exponiendo sus programas basados en diferentes ideologías, conservadores, liberales, etc. Pero, entonces surge algo inesperado e imprevisto en el diseño: una gran parte del electorado no vota, se abstiene. El hecho tozudo tiene lugar en los distritos rurales. No tendría el menor inconveniente para el buen funcionamiento de la Constitución propuesta sino fuera que tales distritos, en una España todavía predominantemente agrícola, son la mayoría. No obstante el Gobierno, considerando esta como un defecto no esencial, sino superable con el tiempo, toma la decisión de nombrar diputados gubernamentales, los llamados “cuneros”, en los distritos en que no hay quórum electoral. De un modo meramente  formal se cumple así el expediente, aunque falseando la legitimidad democrática. Con el tiempo los distritos rurales son organizados por caciques que por pucherazo electoral (compra de votos, etc.) consiguen ser elegidos acabando con el predominio de la abstención. Ahora sí se cumple con la legitimidad electoral, pues la mayoría de los diputados son realmente elegidos y no impuestos autocráticamente por el Gobierno, pero pagando el precio de que resultan distritos electorales sanos (las grandes ciudades) y otros podridos (las zonas rurales).

Al ir creciendo los distritos caciqueados hasta conseguir que fuese mayor el número de diputados que los representaban en la Cortes, que el de los que representaban a las fuerzas más modernas de las grandes ciudades y de los “cuneros”gubernamentales, se produjo entonces una crisis política en la que el Gobierno central perdió el Poder para gobernar el país, entrándose así en una fase de desgobierno por la rebelión caciquil que podía imponer su particularismo, etc. De ahí que Ortega haya visto la intervención de Primo de Rivera, no tanto como el típico golpe de Estado de la derecha cavernícola, sino como una forma de salvar al Estado central evitando que se viniese abajo en medio de luchas fratricidas y particularistas. Fue, sin embargo, una solución provisional que desembocó en la República. Pero, la República no siguió la vía de moderación que pretendió inculcarle Ortega, entonces en el momento de su mayor influencia intelectual en España. Demostró por ello Ortega una gran prudencia de nuevo al comprender que las fuerzas de izquierda no tenían interés por una Republica democrática y liberal, como la que el proponía, sino que mayoritariamente seguían la dirección del totalitarismo soviético. Ortega entonces condenó la Revolución del 34" y, con su famoso “No es eso, no es eso”, abandonó su intervención directamente política, ya para siempre, pues la Guerra Civil y la Dictadura subsiguiente no dejaban espacio para ello a un demócrata liberal.

Hoy nos encontramos ante la crisis de una 2ª Restauración que vuelve a ser analizada superficialmente por muchos críticos con la cantinela de la “casta” corrupta de los políticos, etc., con lo que todo español se contenta echándole la culpa de los males patrios a los demás, como ya decía el propio Ortega. Estos análisis, aun relatando defectos innegables del actual Sistema político, no tienen la más mínima profundidad filosófica, pues no van más allá de las apariencias. Se detienen en los síntomas sin ver las causas profundas de la enfermedad. Por ello Ortega nos parece actual por su modélico análisis de la Restauración decimonónica realizado en La Redención de las provincias. Deberíamos imitarlo en esto. Por mi parte he ofrecido un pequeño esbozo de análisis, “al modo orteguiano”, de las causas de la crisis de la actual Restauración juancarlista en mi artículo “Oligarquía y Separatismo, dos graves defectos de la actual Democracia española”. En él concluyo que el problema que nos lleva  a la crisis del segundo intento de modernizar políticamente nuestro país es la debilidad filosófica y política de  las llamadas “clases ilustradas” españolas, como en la Restauración decimonónica el problema era, para Ortega, el atrasado ruralismo del país, causante principal del fracaso de la Constitución canovista, valida para los ingleses, a los que se copiaba, pero inútil para una España muy diferente; solo una filosofía profunda, que el historiador Canovas no tenía, podía ayudar a elaborar una Constitución realista hecha a la medida del país. Ahora, desaparecido el atraso rural, el principal problema es otro. Es el problema de lo que Ortega denominaba la debilidad de las"minorías dirigentes". Es la debilidad de lo que se denomina la “tercera España”, que representan las actuales "minorías dirigentes", brillante en tiempos de la República con los Unamuno, Ortega, Marañón, etc., aunque entonces poco influyente electoralmente.

Esta Tercera España ha sido doblemente golpeada en el siglo XX, cuando acababa de nacer, pues sus representantes filosóficos, los llamados "intelectuales", traicionaron, durante la llamada Guerra Fría, su filosófico sacerdocio de buscar la verdad con su adicción mayoritaria al adormecedor opio del sueño dogmático marxista del que, en España, parecen aun no haber despertado, como se lamenta a menudo con razón Pio Moa. Por otra parte han sido  sustituidos, debido a la llamada "rebelión de las masas" que Ortega genialmente diagnosticó, en su papel de influir y crear una opinión pública crítica y filosófica, por un sucedáneo: la también llamada “casta periodística” que se dedican a difundir la banalidad y a la proliferación clónica endogámica de unos periodistas que entrevistan mayormente a otros periodistas en las abundantes tertulias de los medios de comunicación. Necesitamos, por ello, en vez de demonizar a Ortega, como algunos pretenden, retomar su proyecto de una nueva Liga para la Educación Política en la España actual, que se proponga acabar con los particularismo y adormecedores sectarismos intelectuales aun dominantes para elevar el atrasado nivel filosófico hoy reinante. Pues sin eso no conseguiremos hacer estable, eficiente y duradero ningún proyecto de Democracia Liberal que sea realmente efectivo para el progreso y la indispensable modernización inacabada de España.