lunes, 3 de junio de 2019

El peligro crece, pero aumenta la esperanza


En la larga noche electoral se podía escuchar, en boca de algunos comentaristas televisivos del resultado de las pasadas elecciones del 26 de Mayo, la frase “sensación agridulce” con que querían expresar su estado de ánimo tras conocer los resultados electorales. Compartimos esa sensación, pero intentaremos explicarla en lo que sigue, pues, aunque el sentimiento “agridulce” es semejante, las referencias pueden ser muy distintas en cada caso pues, aun siendo las mismas, pueden captarse de forma confusa y poco precisa.

La referencia principal que tenemos muchos españoles es la del peligro de la ruptura de España como nación moderna, derivada de la brillante historia de una monarquía imperial anterior que se truncó, tras un largo periodo de unos tres siglos, con la invasión napoleónica. Pues fue en la Cortes de Cadiz cuando, secuestrado el Rey por Napoleón en Bayona, los diputados reunidos en Cadiz declararon por primera vez la transferencia de la soberanía del rey al pueblo que ellos representaban. Dicho paso era imprescindible para que España se convirtiese en un país moderno desde un punto de vista político, eliminando así los obstáculos para su progresiva industrialización y consecuente enriquecimiento y aumento del bienestar general de la población, como había propuesto Jovellanos.
 
Pero, del dicho al hecho hubo un largo trecho por medio de luchas y sangrientas guerras civiles hasta que finalmente España deja de ser, con el desarrollismo franquista, un país eminentemente agrícola y atrasado y se convierte en una de las 10 potencias más industrializadas y modernamente avanzadas del mundo. La denominada Transición a una democracia homologable con las occidentales fue entonces posible por el anterior desarrollismo económico, el denominado “milagro económico” español (equiparable entonces por su altas tasas de crecimiento con el milagro económico alemán o japones) que evitó nuevas guerras civiles y baños de sangre, pues la mayoría de los votantes apoyó la Transición desde arriba, de la Ley a la Ley como propuso Torcuato Fernández-Miranda con las sucesivas victorias electorales de Adolfo Suarez.

En las décadas posteriores, en que se estabiliza el actual régimen democrático, se cometieron, sin embargo, serios errores en el proceder político mantenido de forma continuada por las dos fuerzas políticas más importantes, PSOE y PP. Se dice que algo peor que un crimen puede ser un error. Peor que la corrupción sistémica de estos dos partidos ha sido el error de solventar sus empates electorales buscando la alianza con los nacionalismos catalán y vasco, que nunca ocultaron sus intenciones separatistas. Pero tampoco se trata ahora de buscar culpables de este error, vista la situación de ruptura de la unidad de la nación moderna española a que nos ha llevado el golpe separatista catalán. Dejemos eso para la Historia que siempre acaba poniendo a cada uno en su sitio. Tratemos de lo más urgente, que es evitar esa ruptura, que sería mala para todos, analizando lo más fríamente posible cómo cambiar de política a seguir a medio y largo plazo. Lo principal sería crear un bloque político nuevo, una vez roto el bipartidismo causante del trágico error y diseñar una nueva política que debe comenzar por retirar la alianza de las últimas décadas con los partidos separatistas, aislándolos políticamente e incluso prohibiéndolos si fuera preciso por anticonstitucionales.

No se ha seguido el consejo de Ortega de aislar al separatismo, cediendo a Cataluña, o a otras regiones levantiscas, solo aquellas competencias que no afectasen a poderes necesariamente de exclusividad central, como la Educación, la Justicia, etc. Se han pasado ampliamente tales líneas rojas confiando interesadamente en personajes como Jordi Pujol, creyendo que no iba a pasar nada. Pero ha empezado a pasar lo peor: la posible secesión en cadena de amplias regiones de España. Y lo peor de lo peor, un Partido Socialista de Pedro Sanchez dispuesto a mantener dichas alianzas con el separatismo cuando éste se ha quitado la careta y no oculta ya su política anti-constitucional y anti-española. Así como se transfirieron imprudentemente poderes educacionales a los separatistas, el PP ha permitido además que la hegemonía de los medios de comunicación, tan importantes en la creación de una opinión publicada que influye poderosamente en el voto, quedase en manos de una cultura de la izquierda que hoy llamaríamos, parodiando a Machado, propia de una España de “pandereta rock” y mentira histórica.

Pero la repetición a mayor escala de la derrota de la alianza del PSOE con el populismo separatista en el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid y de otras Autonomías y Ayuntamientos aumenta la esperanza frente al peligro sedicioso y demagógico. Vox, aunque todavía minúsculo en Ayuntamientos y Comunidades, parece el más consciente de la importancia de la lucha ideológica en aspectos clave para desmontar la demagogia en que hoy a caído la izquierda con respecto a temas como la españolidad, la memoria histórica, las leyes y costumbres domesticas y que partidos como el PP, y en parte Ciudadanos, se han tragado casi sin rechistar. Nuestra esperanza no es ciega. No se trata de creer que no hay intereses que también separan a estos tres partidos, pues basta ver cómo se ven obligados a atacarse en periodo electoral, sino de buscar al menos una firme alianza frente a terceros, frente al nuevo Frente Popular de Pedro Sanchez, que intenta desesperadamente separar con un cinturón sanitario a Vox del resto, satanizándolo como ultraderecha. Esta será seguramente la lucha más inmediatamente próxima.



Articulo publicado en La Tribuna del País Vasco (28-5-2019)

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