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martes, 22 de mayo de 2018

Cuidado con Alemania

El “pueblo metafísico, la patria de “poetas y filósofos”. Así le gustaba al filósofo Heidegger denominar a Alemania. Habría que añadir a esto las grandes figuras de la música clásica, Bach, Mozart, Beethoven, Wagner, etc. Con ello Alemania se configuró en el siglo XIX como la superpotencia cultural europea, haciendo sombra a la propia Francia, reina de ilustrados y escritores. Al mismo tiempo, fruto de ese desarrollo de gran creación filosófica y modernización cultural, que empieza con Leibniz y Kant, se produce su industrialización y modernización política en el siglo XIX tras las reformas de Prusia, iniciadas por Federico, el llamado “Rey filósofo”.

En Berlín, capital de Prusia, vivieron los grandes filósofos que continuaron desarrollando y profundizando, desde la Universidad, la nueva forma de pensar críticamente el mundo que hiciera famoso a Kant. Fichte, Schelling y Hegel fueron entonces las “estrellas” filosóficas que atrajeron la mirada de la Europa culta. Fichte con sus “discursos” para regenerar una nación alemana, otrora gran imperio medieval, que había entrado en decadencia y guerras civiles con la división religiosa entre protestantes y católicos. Schelling con su Filosofía de la Naturaleza que sirvió de guía para el progreso de ramas nuevas de las ciencias naturales, como el electro-magnetismo, la Química orgánica o la fisiología. Y Hegel que llegó a ser considerado el Ideólogo oficial de Prusia, por su influencia en la Facultad de Derecho, que aún perdura entre tantos Constitucionalistas y teóricos del Derecho.

Alemania se modernizó porque se produjo la circunstancia de unos ministros y hombres de Estado que empezaron a acudir a las conferencias y cursos de Fichte y de Hegel, como estímulo y guía de sus proyectos políticos reformistas, una rara alianza entre la Inteligencia y el Poder, a pesar de grandes dificultades y fracasos sonados, como el fin de su Monarquía, tras la Primera Guerra Mundial, con la consecuente crisis económica que condujo al Reich hitleriano, y a su derrota militar por los aliados. Pero, cual Fenix, Alemania, con el Plan Marshall y la disciplina “prusiana”, resurgió de sus cenizas para convertirse inesperadamente, con la caída del Muro de Berlín, en la “locomotora económica” europea, por la potencia de su industria automovilística y tecnológica. Su tentación actual más peligrosa, por la falta de un contrapeso económico y cultural de calibre semejante, es caminar hacia el IV Reich, transformando la originaria forma Confederal del proyecto de unidad europea, auspiciado por USA, en un proyecto Federal hegemonizado por Alemania.

Hoy Inglaterra, que fue el tradicional contrapeso frente a las ambiciones imperiales continentales de la Francia napoleónica y de la Alemania Guillermina y Hitleriana, ya no está en condiciones de hacer de contrapeso, porque ha perdido su Imperio y además mantiene una política de subordinación política y cultural a USA, la potencia de cultura anglosajona hoy líder. Francia también ha perdido su Imperio y, aunque mantiene un cierto antiamericanismo, su posición económica y cultural parece debilitarse por el ascenso en el liderazgo cultural del mundo “latino” del español como lengua y moda en la música, la cocina, el turismo, etc. Solo queda España e Italia, entre los países del Sur de Europa que podrían ejercer de contrapeso ante una Alemania con pretensiones de superioridad cultural que, con su decisión de no entregar a Puigdemont a la justicia española, se permite dar lecciones de modernidad y democracia a una España a la que considera todavía como inquisitorial y atrasada. Italia, sin embargo, aunque tiene fuerza industrial, no es rival cultural por el poco alcance de su idioma.

Podemos pensar mal y considerar que la verdadera razón es que Alemania desea romper España apoyando al “nazismo” catalán para debilitar a un posible competidor. Pero eso también lo podrían desear, a pesar de negarlo diplomáticamente, Inglaterra e incluso Francia. El gobierno actual de Rajoy parece creer que basta con recurrir a la Justicia de la Unión Europea. Pero por la experiencia de anteriores recursos, sabemos que puede ser peor el remedio que la enfermedad. Se necesita por ello, que esos brotes de defensa de la unidad e identidad de España como nación que ha producido de rebote el golpe separatista catalán, se transformen en el surgimiento de una nueva política que no se limite a un quítate para ponerme yo, sino que tales políticos escuchen las propuestas filosófico-políticas de los filósofos españoles del siglo XX, desde Unamuno y Ortega hasta Gustavo Bueno, que han iniciado una crítica y superación de la filosofía alemana tanto la de Fichte o Hegel como la de Marx, de un modo único en Europa, pero que en la propia España han sido silenciados y marginados por los políticos papanatas y corruptos que nos gobiernan desde hace décadas.


Artículo publicado en El Español (14-4-2018)

martes, 4 de abril de 2017

Ostwald Spengler y la decadencia de Occidente

Ostwald Spengler fue un filósofo alemán de la Historia, autor principalmente del libro La Decadencia de Occidente (1918), de gran impacto y alcance mundial en el Periodo de Entreguerras, pero relativamente olvidado desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la fecha.

Ahora, a consecuencia de la interpretación por el historiador norteamericano Samuel Huntington de la pasada guerra de los Balcanes, que llevó a la desmembración de Yugoslavia y de los ataque a la Torres Gemelas de Nueva York por el radicalismo islámico, como un “choque de Civilizaciones”, está volviendo a despertar el interés actual por su concepto de las Civilizaciones como círculos culturales (Kulturkreise) irreductiblemente cerrados, que inevitablemente tienden a chocar entre sí cuando entran en contacto. En España fue introducido por Ortega y Gasset, quien impulsó la edición de La Decadencia de Occidente en Espasa Calpe (1923) en la magnífica traducción de Manuel García Morente. Ortega se apoyó entonces en Spengler para decir que la llamada Primera Guerra Mundial no había pasado de ser una guerra entre los imperios occidentales (inglés, francés, alemán, ruso y austro-húngaro). No había por tanto sido realmente mundial o global, como diríamos hoy, pues era una guerra interna de la propia Civilización europea sin afectar seriamente a otras grandes Civilizaciones, como la Hindú o la China.

En el título de su obra se diagnosticaba la decadencia de la gran Cultura europea que, pasada ya su época clásica, comenzaba a declinar ahogándose en terribles guerras intestinas por intereses puramente económicos y pronosticaba por ello el final de su democracia y la llegada de un poder cesarista despótico. Dicho nuevo poder no serían, en su opinión, precisamente los nazis hitlerianos, que lo condenaron a una especie de ostracismo, pues el “socialismo prusiano” de Spengler proponía una aristocracia meritocrática regeneracionista que no encajaba con la dirección del socialismo nazi integrada mayormente por cuadros de partido brutalmente racistas e ignorantes. Dicho poder sería para Spengler más bien Rusia, la llamada Tercera Roma. Su error más importante fue entonces infravalorar a la otra posibilidad de poder que eran los norteamericanos, un pueblo también joven frente a la decadente y envejecida Europa. El pueblo ruso era visto por Spengler como un “pueblo de pueblos” que llevaría la promesa de una nueva civilización, una nueva Roma. En esto creemos que se equivocó, pues otros ven ahora la Tercera Roma naciente en USA.

Pero, quizás lo que todavía puede perdurar y ser actual de Spengler es su Historia comparada de las grandes Civilizaciones, que se han desarrollado a lo largo de la Historia mundial, tratando de obtener algunas leyes históricas que se deducen de las analogías y repeticiones que se extraen de su estudio histórico positivo, según el enfoque que trata de delimitar la “fisionomía” de las grandes Culturas o Civilizaciones históricas. Es lo que podemos constatar en el reciente libro de Carlos X. Blanco, Ostwald Spengler y la Europa fáustica, (Ediciones Fides, 2016) en el que el autor trata de volver a leer a un Spengler que sigue siendo famoso, pero que ha sido relegado y postergado en el actual ámbito universitario español. Un Spengler cuyo: “enfoque fisionómico de las culturas -se trata de delimitar la ‘fisionomía’ de sus formas históricas- nos dice que las civilizaciones son mortales, que pueden morir y que tal es su destino común. No son pueblos o épocas, sino culturas, irreductibles las unas a las otras, los motores de la historia mundial. Estas culturas no son creadas por los pueblos, sino, al contrario, son los pueblos los que son creados por las culturas. La Antigüedad, por ejemplo, es una cultura separada, similar pero totalmente distinta de la cultura fáustica occidental. Todas las culturas obedecen a las mismas leyes orgánicas del crecimiento y de la decadencia. El espectáculo del pasado nos informa, pues, sobre lo que todavía no ha sucedido”.


De este enfoque se deduce que la Civilización Occidental no seguirá progresando indefinidamente como si fuese inmortal, pues ninguna Civilización anterior lo ha conseguido. Lo más razonable es pensar que acabará declinando como las anteriores. Esto no sería un mero pronóstico pesimista, sino un diagnóstico resultado de la observación y el conocimiento histórico, de la misma manera que no nos convertimos en agoreros pesimistas por decir que la vida humana se encamina necesariamente hacia la muerte, pues ello es “ley de vida” a la que no cabe más que resignarse. Más bien nos permite organizar con más realismo nuestro plan de vida y nuestras expectativas futuras de una forma adecuada a la edad en que nos encontramos. El viejo no puede volver a ser joven, pero puede orientar y aconsejar el camino que deberían seguir los más jóvenes.

Manuel F. Lorenzo

Artículo publicado en El Español (30-3-2017)

lunes, 6 de junio de 2016

La civilización del espectáculo

     La visión en Youtube del diálogo que Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky mantuvieron en el Instituto Cervantes de Madrid, en relación con la publicación del libro del primero titulado La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), me ha llevado a leer recientemente este pequeño ensayo de Mario Vargas Llosa. En él, el autor lleva a cabo un análisis demoledor sobre la aniquilación de la llamada “alta cultura” en las sociedades democrático-liberales occidentales. Vargas Llosa, en dicho ensayo, no pretende definir lo que es la cultura o la civilización. Su procedimiento no es tan pretencioso ni directo. Sigue una estrategia menos apriorística y más positiva, que tiene la virtud de que puede ser corroborada por un lector buen observador. Vargas Llosa analiza comparativamente cómo la cultura que él conoció cuando era joven se transforma y degrada en la civilización actual a través de fenómenos que todos podemos ver y experimentar hoy en día en las sociedades democráticas actuales.

     Aborda varios temas, que había ido analizando en anteriores artículos periodísticos, que tratan, en una especie de rapsodia temática, de la banalización de la cultura y de sus charlatanes, de los impostores de las artes plásticas, del velo islámico, del sexo pornográfico que sustituye al erotismo, de lo privado y lo público, de las sectas religiosas, del exceso de información y de otras muchas cosas entremezcladas, como las drogas, la búsqueda frenética de la diversión, lo light, la prominencia de chefs y modistos, deportistas, roqueros y cineastas, etc. Todo ello con el telón de fondo del eclipse de la “alta cultura” y de sus representantes egregios, los intelectuales, sustituidos ahora por una fauna muy variopinta de mediocres y poco cultos personajes “mediáticos”.

     De este análisis se pueden sacar conclusiones pesimistas o no. Podríamos decir simplemente que el auge o la caída de la alta cultura es algo dado en función de la complejidad de las estructuras sociales, las cuales surgen de la coordinación de las acciones políticas que configuran un determinado modelo de polis o ciudad, en tanto que núcleo de toda sociedad civilizada. Por ello la causa podría estar en las estructuras políticas de las sociedades de masas, que tienden al igualitarismo gregario al generar un nuevo modo de absolutismo político, que es el que podríamos denominar absolutismo democrático al compararlo con el históricamente bien conocido y estudiado absolutismo monárquico.
     Precisamente ésta fue la orientación crítica que empezaron a dar al liberalismo político autores como Stuart Mill y el propio Ortega y Gasset. Para ellos el liberalismo clásico de la época de Locke, que luchaba contra el absolutismo monárquico, ya no tiene sentido en Occidente al transformarse las monarquías absolutas en monarquías constitucionales, según el exitoso modelo inglés.
     Ortega ya había señalado como sociedades donde empezaba a triunfar la llamada “rebelión de las masas”, no solo a la Alemania Nazi o a la Rusia Soviética, sino también a la propia sociedad norteamericana. En ella veía alzarse peligrosamente el “imperio de las masas” bajo la modalidad de lo que podemos llamar una absolutización de la democracia que, rebasando la estricta esfera política, tendería a extenderse y a colorear a todos los valores sociales, incluidos los valores culturales más eximios. El sometimiento de todo a los valores individualistas del mercado engendraría una mezcla de la democracia con la plutocracia, de los gustos de la mayoría con la maximización de las ganancias, que es en la que estamos.
     Por eso, si queremos recuperar la influencia benefactora, para el individuo y la sociedad, en las sociedades democrático-liberales, de la “alta cultura”, es necesario tratar de continuar la crítica del laureado novelista, (a pesar de que su amor por Isabel le convierta por momentos en espectáculo cultural) impulsándola allí donde se esté produciendo, a la vez que se siga ejerciendo de nuevo en las esferas más cotidianas del gusto, de los valores político y morales dominantes, etc. Pero no de modo asilvestrado, sino orientada siempre por la alta filosofía, la ciencia y la gran literatura. Y esto se debe empezar a hacer allí donde se pueda, sea desde las influyentes páginas de un diario de gran tirada, o de la entrevista en un medio de gran audiencia, como puede hacer y suele hacer un Premio Nobel, como el propio Vargas Llosa, o desde la más remota pagina de un Blog de Internet, que está al alcance del más común de los mortales. Luchemos y combatamos contra la nueva y creciente estupidez que se ha adueñado de la llamada, según el libro que comentamos, “civilización del espectáculo”. Evitemos, a la vez, que esa lucha no acabe siendo, como denuncia el propio autor a propósito de la proliferación de los pseudo-intelectuales mediáticos, un espectáculo más de la sociedad-suciedad que se pretende combatir.
Artículo publicado en El Español (6-5-2016)

viernes, 2 de enero de 2015

De nuevo el “problema de España”

     “El español que pretenda huir de las preocupaciones nacionales será hecho prisionero de ellas diez veces al día y acabará por comprender que para un hombre nacido entre el Bidasoa y Gibraltar –escribía Ortega en 1910- es España el problema primero, plenario y perentorio”. Ha pasado un siglo desde entonces y volvemos a tener ante nuestros atónitos ojos el mismo problema todavía sin resolver. La crisis del actual régimen político, surgido de la llamada Transición, fue provocada por grandes errores cometidos en la irresponsable y equivocada dirección económica del país con el fomento de una economía basada en un capital puramente especulativo y corruptor, que huye de la industrialización y modernización económica impulsada exitósamente por el anterior régimen franquista y que nos condujo al endeudamiento y empobrecimiento de la mayoría de los españoles. Dicha crisis amenaza con poner en cuestión de nuevo, como ya ocurriera en la Primera y la Segunda República, la unidad de la propia nación española. Por eso nos acordamos cada vez más de la famosa frase de Ortega, que parecía haber caído en el olvido en las últimas décadas. Ortega había pronunciado otra frase tan famosa como mal entendida: “España es el problema y Europa la solución”. Aquí se creyó, por la mayoría de los dirigentes políticos de las últimas décadas, que eso significaba la plena entrada de España en las instituciones europeas, primero del Mercado Común, luego de la OTAN, de la EU, del Euro, del Tribunal de Estrasburgo, etc., con la pérdida consiguiente de soberanía nacional. Pero no era así, pues Ortega entendía por incorporarse a Europa, incorporarse ante todo a la cultura científica y filosófica que caracteriza y distingue a Europa del resto de las civilizaciones históricas: “Cuando postulamos la europeización de España, (escribía Ortega en 1910) no queremos otra cosa que la obtención de una nueva forma de cultura distinta de la francesa, la alemana … Queremos la interpretación española del mundo. Más, para esto, nos hace falta la sustancia, nos hace falta la materia que hemos de adobar, nos hace falta la cultura” ( “España como posibilidad”, O.C. Taurus, Madrid, 2004-10, t, I, pgs. 152-153 ). Ello no iría en detrimento de la nación española sino que la fortalecería, pues Ortega sostenía que “necesitamos ser una nación” (“La cuestión moral”, O.C.I, p. 210). Hay que ser europeos sin dejar de ser patriotas, miembros de una particular nación, sin anegarse en ese europeísmo abstracto y sin patria, puramente receptivo y papanatas que  ha  sido pregonado  hasta la nausea por el actual régimen político: “Somos cisterna y debiéramos ser manantial. Tráennos productos de la cultura; pero la cultura, que es cultivo, que es trabajo, que es actividad personalísima y consciente, que no es cosa –microscopio, ferrocarril o ley-, queda fuera de nosotros. Seremos españoles cuando segreguemos al vibrar de nuestros nervios celtibéricas sustancias humanas, de significado universal –mecánica, economía, democracia y emociones trascendentes” (“Nueva Revista”, O.C. I, p. 340).

     Ortega está pidiendo, por tanto, que surja en España una élite filosófica y científica que nos incorpore al pensamiento europeo y a la vez contribuya a guiar la modernización de nuestro país situándonos a la altura de los grandes países modernos europeos. Creemos que esto es lo que ha fallado en esta “falsa” europeización de las últimas décadas que nos ha acercado nominalmente a los países más avanzados de Europa en algunas cifras macroeconómicas, por ejemplo, al coste de endeudarnos irresponsáblemente, pero sin acercarnos realmente a dicho objetivo que hoy permanece aun más lejano que al inicio de la propia Transición a la Democracia. Creemos que se ha fracasado en dos aspectos esencialmente ligados: en la constitución y apoyo de nuevas élites creadoras de una cultura a la altura de las dominantes en la modernidad europea y en la creación de un electorado democrático-liberal de centro que hiciese de contra balance ante las tendencias antidemocráticas y absolutistas de las dos fuerzas políticas dominantes, socialistas y populares, que reflejan todavía las antiguas “dos Españas” de que hablaba Machado, aunque retóricamente lo nieguen. Aquí se dice que el suceso determinante fue la destrucción política de Adolfo Suarez que llevó irresponsáblemente tanto a la izquierda como a la derecha, e incluso quizás a la propia corona, a participar por activa o por pasiva en el famoso Golpe militar del 23-F. Aquello fue, a nuestro juicio, un autentico caso de aristofobia, mal que Ortega achaca al carácter dominante de los españoles como vicio peligroso y que requiere una medicina mentis filosófica y educativa profunda y regeneradora. Pues Adolfo Suarez apareció providencialmente como el político capaz de llevar a cabo, ganando elecciones democráticas, una Transición impecable, y que parecía imposible, de la Dictadura  a la Democracia, orientado por el culto profesor asturiano, Torcuato Fdez. Miranda, y protegido por el joven Rey. Pero, como dice Ortega, en España hay una tendencia muy arraigada y fuerte en la postergación de los mejores. Y a ella sucumbió Adolfo Suarez tras la traición probada de su la mayoría de sus colaboradores y aliados políticos, como sabemos hoy con cierta claridad tras la publicación de memorias y confesiones de tantos que se quieren justificar con el paso del tiempo y el enfriamiento de las pasiones (ver, por ejemplo, el libro de Pilar Urbano, La gran desmemoria. Lo que Suarez olvidó y el Rey prefiere no recordar, Planeta, Barcelona, 2014). El ataque a Adolfo Suarez de los socialistas se dice que fue más allá de la crítica política llegando hasta el encarnizamiento personal. Se buscaba tanto, por los socialistas como por sectores de la derecha, la destrucción cainita del exitoso “hombre providencial”, un rasgo que permita hablar de aristofobia en el sentido de Ortega, contaminándose la demonización de Suarez hasta alcanzar una extraña forma de unanimidad social. Algo parecido ocurrió posteriormente con el poderoso banquero Mario Conde, otro que fue visto por la juventud de entonces como encarnación de la excelencia y del self made man, cuando al parecer pretendía saltar a la política ayudando financieramente precisamente al CDS de Adolfo Suarez. Mario Conde, al margen de sus actuaciones bancarias, que no diferían precisamente en sujeción a las prácticas bancarias al uso de la de sus colegas como Botín, etc., fue encarcelado y expulsado del “Sistema” por pura aristofobía. Ya Ortega observaba que cuando se colgaba con rara unanimidad el cartel de tener “mala prensa” a algún personaje destacado, como se hizo posteriormente con el mismo Mario Conde, podía percibirse detrás el tradicional defecto español de la aristofobía. El fracaso posterior de la creación de un partido de centro, fruto y consecuencia de todo esto, como el CDS, acabó abriendo el camino a un bipartidismo de tendencias absolutista (“Montesquieu ha muerto” dijo entonces el líder socialista Alfonso Guerra, en tanto que el Presidente Felipe Gonzalez controlaba por Ley al Gobierno de los Jueces eligiéndolos con cuotas de partidos políticos). Cuando los dos grandes partidos empataban a votos, buscaron a los partidos separatistas como apoyo parlamentario poniendo en peligro así la unidad de España con sus Transferencias excesivas e irresponsables de Competencias, en beneficio exclusivo de  sus intereses de poder puramente partidistas y grave perjuicio futuro para la mayoría de los españoles

     Se acusa a Suarez (Pio Moa, y otros) de ser un político inculto, sin verdadera dimensión de hombre de Estado, etc., que con sus concesiones irresponsables (la introducción del término “nacionalidades” en la Constitución, etc.) habría puesto la brecha que abriría posteriormente la vía al separatismo dentro de la Constitución presente en la grave crisis actual de abierta rebeldía de la Autonomía Catalana. No dejó de ser en todo caso, el precio para conseguir un amplio consenso necesario para llevar a cabo, como se llevó, la difícil Transición y la Restauración de la Monarquía Constitucional actual. Pues, desde la realpolitik la Constitución siempre es interpretada por las fuerzas políticas que tienen poder para ello y en tal sentido la responsabilidad de una interpretación claramente torcida empezó con el gobierno de Zapatero y la creación de un segundo Estatuto para Cataluña. Pero la piedra con la que se tropezó y llevo a torcer, sino la letra si el espíritu “autonomista” de la Constitución en un sentido “confederalista”, fue anterior a Zapatero. Fue la inexistencia de un partido bisagra de centro que permitiese desbloquear situaciones de bloqueo político por empate en las elecciones entre los dos grandes partidos de socialista y conservadores. Se buscó como sucedáneo a los partidos separatistas vasco y catalán los cuales, como contrapartida por su garantía de gobernabilidad, ya sea de tirios o troyanos, impusieron la interpretación soberanista confederal, cuando en un régimen Autonómico, como ya señaló Ortega en las propias Cortes de la Republica, la soberanía no se pone en discusión. Es entonces cuando se empieza a torcer seriamente el rumbo de la joven Democracia española. La culpa de ello no la tuvo tanto Suarez como los artífices de tales pactos, desde Felipe Gonzalez a Zapatero o Rajoy, pasando por el famoso Pacto del Majestic entre Aznar y Pujol. Es posible que si Suarez no hubiese sido postergado hubiese conseguido mantener electoralmente una fuerza de centro suficiente para evitar las presiones separatistas, pues demostró con hechos, como su comportamiento durante el 23-F, ser un hombre de coraje suficiente para mantener sus compromisos con los españoles al jurar la Constitución, lo que no han hecho los presidentes que le sucedieron, como Calvo-Sotelo que nos metió de prisa y corriendo en la OTAN y los posteriores que cedieron sin medidada al chantaje nacionalista y a la corrupción de los partidos y de las instituciones.


     Al ser ahogadas, por activa o por pasiva, las fuerzas democrático-liberales centristas, dándose lugar a una Democracia de fuertes tendencias absolutistas y gran inseguridad jurídica, -por las politización de la justicia y la concentración de los medios de comunicación y su dependencia de la poderosa partitocrácia (PP, PSOE y Partidos Separatistas)- ayuna de todo liberalismo y sentido de la patria, se frustó la constitución, presencia e influencia social de unas élites de intelectuales demócratas-liberales en el sentido de Ortega, necesarias para orientar y formar la opinión pública, incorporando creatívamente los métodos y procedimientos de pensamiento propios de la ciencia y la filosofía, europeizándose en definitiva. Como sucedáneo se llenó tal función, al principio, con intelectuales próximos a las ideologías anti-liberales  de la izquierda, que dominaron los medios ante una derecha acomplejada hasta la caída del Muro de Berlín. Posteriormente sería la denominada cultura espectáculo (ver el juicioso libro de Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, Alfaguara, 2012), proveniente principalmente de USA y muy extendida hasta en la vieja y culta Europa, la que descabezaría la Idea misma de la necesidad de élite directora alguna, creando una corriente poderosa de opinión pública acrítica y estupidizada, bajo cuyo dominio nos encontramos. Nos queda, sin embargo, la esperanza de que siendo España hoy el eslabón más débil de los grandes países europeos (Inglaterra, Francia, Alemania) capaces de influir con sus acciones en el curso de Europa, e indirectamente en el Mundo mismo, debido a la crisis del sistema político y de la nación misma a que nos han conducido las fuerzas que torcieron y empañaron el éxito inicial e indiscutible de aquella Transición encabezada por Suarez, podamos recobrar la iniciativa con el ascenso de nuevas fuerzas liberales y centristas que parecen emerger en el bruscamente alterado horizonte electoral que se nos viene encima. Dichas fuerzas deben comprometerse con el apoyo a la cultura filosófica rigurosa de la que hablaba Ortega- y que en España ya existe aunque es sistemáticamente ignorada y silenciada por los mass media-, con el fin de educar al español medio en valores profundos que nos permitan recuperar el sentido nacional perdido. En tal sentido es necesario fomentar una discusión filosófica de altura que llegue a los mass media para ofrecer un mapa intelectualmente sólido de la situación de la verdadera cultura por la que nos hemos de guiar si queremos retomar el curso de estabilidad y progreso que puede depararnos una autentica europeización que vaya más allá de lo alcanzado por ingleses, franceses o alemanes, como quería Ortega.

¡Felices Fiestas y un Prospero Año Nuevo!