Todo gran país tiene sus defectos. Inglaterra carga con la hipocresía, Francia con la avaricia y España con la envidia, según reza el tópico sostenido incluso por intelectuales como Salvador de Madariaga, que vivió largamente en dichos países y escribió un ensayo titulado precisamente Ingleses, franceses y españoles (1929). En el atribuye al carácter inglés la virtud de acción pragmática, al francés la de la inteligencia y al español la de la pasión vital. Nuestro pecado nacional, según Madariaga, sería la envidia, de la cual se usa y abusa como acusación por tirios y troyanos. También Unamuno habría puesto la envidia como asunto principal en su novela Abel Sanchez. La envidia es un pecado muy humano y por tanto universal, representado en el mito bíblico de Caín y Abel. Pero el atribuirlo en la psicología o sociología comparada con determinación a los españoles frente a otros pueblos, como se les cargan también con muchas falsificaciones de hechos históricos, hoy fácilmente rechazables tras serios estudios e investigaciones, puede tener base en la propaganda política que estalló con la denominada Leyenda Negra antiespañola, tal como hoy mantienen investigadores de gran éxito como María Elvira Roca Barea y otros.
Sin embargo, creemos que el asunto de la envidia de los españoles es un tema que vuelve de modo recurrente, a pesar de que muchos lo nieguen o le quiten importancia. Y vuelve de nuevo precisamente cuando se pone en conexión con la política actual española, dominada por una especie de igualitarismo propugnado por movimientos izquierdistas, feministas o secesionistas, los cuales no son, ciertamente, algo propio, sino que siguen una marea llamada hoy woke procedente de la propia democracia de USA. Algunos ven en estas nuevas ideologías una especie de “moral” del resentimiento fruto de los que llaman la “envidia igualitaria”
Al mismo tiempo, cada vez llama más la atención la ceguera, tan extendida hoy en España, para las cosas profundas, puesta de manifiesto en la profusa difusión de la cultura de la banalidad y de la cancelación de la alta cultura y de sus representantes reflejada en los mass media; ceguera compartida hoy también incluso por países vecinos como Francia, Inglaterra o Alemania, que tanto destacaron en otro tiempo en la alta creación cultural y filosófica. Esta cultura de la banalidad y de la manipulación de las masas se ha impuesto en Europa debido al triunfo, tras la Segunda Guerra Mundial y sobre todo tras la caída del Muro de Berlín, de una democracia igualitarista de masas como la ya prevista en el libro La democracia en America de Alexis de Tocqueville. En ella el igualitarismo y el relativismo postmoderno se ha acabado imponiendo frente a la tradicional seriedad y sentido de las jerarquías sociales y culturales del occidente europeo. Pero en España dicha ceguera para las jerarquías culturales y sociales, de la que tanto se quejaba Ortega y Gasset, no solo es algo únicamente reciente, como en nuestros ilustres vecinos europeos. En España es algo muy anterior, pues procede de nuestra diferente Edad Media (aquí si tiene sentido el manido tópico de Spain is different). Pues en ella, como han señalado Ortega y Gasset e historiadores posteriores como Sanchez-Albornoz, no hubo feudalismo, como lo hubo en el resto de Europa, sino más bien los llamados “señoríos”, como el del Cid en Valencia. Ortega partía de la configuración del reino de España con los Visigodos, como Francia se configuró con los Francos e Inglaterra con los Sajones. Pero en España, según Ortega, por la debilidad de los visigodos, que el consideraba un pueblo “alcoholizado” de romanismo, no habría triunfado el feudalismo, con la consecuencia de que no se formaron unas élites sociales poderosas que disciplinasen al pueblo en los valores verticales de la jerarquía feudal.
Dicha explicación de la alcoholización de
romanismo decadente de los visigodos puede hoy ser considerada como una “ocurrencia”
particular de Ortega que la investigación rigurosa posterior de los
historiadores medievales ha desmentido. Más bien se tiende hoy a ver a los
visigodos como los que crearon una unidad administrativa feudal de la Península,
reconstruyendo la Hispania romana incluso mucho antes que los francos
reconstruyesen feudalmente la Galia. Por ello algunos historiadores ven en los
visigodos el origen o proto-origen de España, que inspirará a los reyes
asturianos en su proyecto reconquistador. Se puede disculpar a Ortega por no
haber calibrado adecuadamente a los visigodos, porque en su tiempo las
investigaciones rigurosas de las ciencias históricas sobre dicho tema en España
estaban por hacer. Lo mismo que se puede reprochar a Aristóteles muchas cosas
equivocadas que dice de los animales en comparación con lo que sabemos
actualmente porque no disponía de un microscopio.
No obstante, la tesis de Ortega de la ausencia de feudalismo puede seguir manteniéndose, pero buscando su causa, no ya en los visigodos, sino en la invasión islámica que casi acabó con ellos. Schopenhauer, partiendo de la concepción kantiana de la filosofía como auxiliar o “criada” de la “señora” ciencia, manifestada en su escrito El conflicto de las Facultades, criada o sierva que lleva la antorcha para iluminar el camino de su señora, habría visto en el “genio” filosófico, no tanto una criada como una especie de “perro perdiguero” en la caza de la verdad. Pues tal perro es el primero que levanta la pieza y el cazador hábil el que la abate. El “genio” filosófico de Ortega habría actuado en este caso como un “perro perdiguero” que levantó la liebre de la ausencia de feudalismo, pero, como cazador, erro el tiro. Tuvieron que ser los historiadores los que disparando con la precisión técnica de archivos y demás consiguieron abatir la pieza. La pieza lograda la encontramos en el primero de los historiadores que, influidos asimismo por Ortega, analizaron la situación con rigor y consulta de archivos, como fue Claudio Sánchez-Albornoz en sus investigaciones sobre el Reino de Asturias y en su monumental España: un enigma histórico (1956). En ella se señala como la invasión de poderosos y fanatizados ejércitos islámicos provocó, tras la sublevación asturiana de Pelayo, lo que modernamente conocemos como una Guerra Total. Una guerra como fueron la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en las que se produjo una amplia movilización de reclutamiento popular, por el que las mujeres debían también entrar en la guerra sustituyendo a los hombres en los trabajos fabriles.
Guerra contra el Islam tan diferente, en duración y fanatismo, de los conflictos de Guerras y Cruzadas meramente llevadas a cabo por ejércitos de feudales que afectaron entonces al resto de Europa. Según Sánchez-Albornoz, la fuerza aterradora de aquellos ejércitos islámicos, que disponían de una poderosa caballería (el equivalente medieval de los Panzers alemanes) mucho más veloz que los pesados percherones locales, provocó la necesidad de llevar a la guerra, no solo a los profesionalizados guerreros feudales, sino a todo el pueblo. Las mujeres debían ocuparse de los trabajos, ante la ausencia de los hombres movilizados por la frecuencia de los ataques. A propósito, Albornoz señala aquí una base real para el mito feminista de la Carmen de la famosa novela de Prospero Merimée. Pues este tipo de mujer trabajadora e independiente se habría hecho ya necesaria en la España medieval durante la larguísima Guerra Total de 8 siglos contra el Islam al tener que sustituir a los hombres en las faenas del campo. Sánchez-Albornoz documenta cómo incursiones o razias llevadas a cabo cada verano y procedentes de fuerzas militares islámicas, que saliendo de Cordoba, subían por la Ruta de la Plata y batían Galicia por el oeste y la Vardulia por el este, después que el Reino de Asturias los hubiese frenado con Alfonso I en los escarpados puertos y enriscadas montañas que limitan con León. Dicha guerra total desbarató el anterior feudalismo visigótico, puesto que la valentía en combate del pueblo en armas debía ser premiada con los privilegios de ennoblecimiento de gentes procedentes de las clases bajas. Ello creó una nobleza de “nuevos nobles”, como hoy se habla despectivamente de “nuevos ricos”, que podía ser vista con recelo por la alta nobleza feudal y crear conflictos de envidias. Ello ocurrió en grado sumo con el caso del Cid, quien procedente de la baja nobleza, al desvelarse como un guerrero extraordinario por sus éxitos militares, es objeto de la defenestración y destierro trágico urdido por los envidiosos condes llamados, por Menendez Pidal, “condes invidentes” de la corte de Alfonso VI. El propio Cid, tras lograr rehacerse militarmente en su destierro, consigue llegar a ser Señor de Valencia y es cantado en los romances populares como modelo de gobernante justo y guerrero valiente (“nuevo noble, pero noble”) a seguir e imitar en contraposición a la alta nobleza de origen feudal; pues dicha alta nobleza se manifestó entonces como ineficiente y ciega al no reconocer y expulsar de la corte al hombre providencial, en un momento en que el avance contra el Islam estaba en serio peligro por las invasiones de fanatizados y barbaros ejércitos bereberes, como los almorávides.
Por ello fue Castilla, más que Asturias, -que conservó todavía cierto pedigrí de la antigua nobleza goda-, la que creo el igualitarismo social debido a las repoblaciones sobrevenidas tras traspasar la línea del Duero, las cuales, en analogía con lo que fue la conquista del Oeste americano, van creando villas y pueblos con colonos de origen popular que buscan la oportunidad de ser nuevos propietarios de tierras y predios, en posiciones avanzadas y todavía peligrosas por las razias propias de todo “territorio comanche”, como dice Arturo Pérez-Reverte en su novela histórica Sidi. Un relato de frontera (219). De ahí el avance en la igualdad de los propietarios de estas poblaciones de bajo origen social. Albornoz sostiene, en tal sentido, que Castilla fue la excepción, el reino medieval socialmente más igualitario en medio de una Europa feudal. Esta conciencia igualitaria se mantuvo incluso, con el final de la Reconquista, por la alianza del pueblo con la Corona en tiempos de unos Reyes Católicos que se deshacen de los nobles estableciendo un poder único central estatal, ya moderno, reflejada en el dicho “del Rey abajo ninguno”, que aparece en la obra teatral El labrador más honrado (1640) de Rojas Zorrilla. Francia e Inglaterra, y no digamos Alemania, que a diferencia de España, disponían unicamente de una fuerte nobleza feudal, solo consiguen crear sus Estados modernos mucho después que España y mediante guerras y revoluciones que buscaban la igualdad social. Evidentemente, como hoy se admite por influencia de Nietzsche en sus críticas al igualitarismo cristiano protestante, -que es el que conoció más directamente-, o en conocidas obras como La envidia igualitaria de Gonzalo Fernández de la Mora, el igualitarismo radical genera la envidia y la llamada por Max Scheler “moral del resentimiento” (Max Scheler, El resentimiento en la moral, Espasa-Calpe, 1938).
Por ello, dicho igualitarismo se haya
enraizado profundamente en defectos que se atribuyen tradicionalmente a los
españoles, como una especie de ceguera, fruto de la envidia, que ha llevado,
como señala Ortega, de modo grave en ciertos momentos, y como un defecto
constitutivo de nuestro propia historia, a ser una de las causas de nuestra famosa
decadencia, por el apartamiento sostenido de los mejores en la dirección y la
búsqueda de solución a los grandes problemas nacionales que nos aquejan desde
hace ya siglos, cuando comenzó nuestro declive en la gran influencia que
tuvimos en el mundo. Pero discrepamos de Ortega en que la envidia derivada del
igualitarismo sea un defecto constitutivo de los españoles, pues habría que
distinguir entre defecto constitutivo o determinativo. Si admitimos la
tradicional interpretación que ve en los visigodos el origen o al menos el
proto-origen de España, la envidia no sería un defecto constitutivo, pues la
Hispania visigoda era tan feudal y jerárquica como el resto de Europa. La
envidia igualitaria de los españoles habría sido determinada posteriormente por
las transformaciones necesarias y únicas en toda la Europa medieval, que
provocó la invasión islámica. Sería por tanto un defecto de origen determinativo,
no constitutivo.
Ramón Menéndez Pidal, al principio de su conocida obra sobre El Cid Campeador, habla de uno de estos momentos históricos, el de los medievales “condes invidentes” de la corte de Alfonso VI, en los que se manifiesta con claridad meridiana a su juicio esa “invidencia, vicio eminentemente hispano”, que “entorpeció tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta al daño colectivo que en la guerra anti islámica se seguía al destierro del guerrero superior; defecto típicamente español (…) Castilla, la Castilla oficial, ciega para las dotes prodigiosas de su héroe, le desterró, le estorbó cuanto pudo, le quiso anular toda su obra bélica y política: <<Ésta es Castilla que face los omes e los gasta>>” (Ramón Menéndez Pidal, El Cid Campeador, Austral, Madrid, 1985, p. 20).
Entendida en tal sentido, envidia viene, según Menendez Pidal, del latín invideo, invidente, el que no ve y permanece ciego para la realidad. Pero la ceguera, como defecto o mal privativo, no constitutivo, puede ser curado en muchos casos mediante operaciones quirurgicas u otros remedios de aparatos ópticos. Por ello esta envidia española, verdadero obstáculo para reconocer la excelencia en tantos casos y en graves momentos de nuestra Historia, en tanto que no es constitutiva del origen de España como unidad política, como Reino sucesor del Imperio romano, quizás pueda ser curada con una terapia medicinal adecuada, con una “medicina del alma” en este caso, como es la crítica y la educación filosófica. Dicha crítica, que se ha empezado a hacer por filósofos como Unamuno y Ortega o intelectuales como Madariaga, aunque no pueda erradicar la ceguera en los casos extremos más patológicos, si puede hacerlo en una mayoría de españoles que son indispensables para orientar con su voto, en los tiempos democráticos que vivimos, la elección de los mejores para ocupar los altos puestos, en los que reside el mayor poder e influencia necesarios para que podamos sacar a nuestro país de la decadencia pasada. En parte ya se empezó a hacer esto en el pasado siglo XX en que España, aunque de modo dictatorial y dramático, después de una cruenta guerra civil, ha alcanzado el grado de potencia industrial entrando de nuevo en el grupo de cabeza europeo y mundial. Es precisamente esta nueva determinación necesitarista, no constitutiva, la necesidad determinante de una modernización científica e industrial del país, indispensable para frenar su decadencia y garantizar su supervivencia como nación política y cultural, la que nos obligó a abandonar, tras una terrible guerra civil, la falsa solución del populismo igualitarista de la IIª Republica, para optar por un elitismo jerárquico y dictatorial como medicina necesaria para la modernización económica e industrial. Franco habría sido el “cirujano de hierro” que Joaquín Costa pidió en vano durante la fracasada modernización de la Restauración decimonónica. Como anécdota a reseñar, Franco llevo a cabo la necesaria construcción de pantanos que Costa proponía para acabar con las sequías pertinaces y seculares propias de la Península. Al final del franquismo, una España sana económicamente y bien reconstituida tras 40 años de largo sometimiento a un poder político y cultural jerárquica y autoritariamente estructurado, que posibilitó una política económica dirigida a conseguir el despegue (take off) económico mediante la transformación industrial, estaba en condiciones de pasar a la modernización político-democrático en consonancia con las fuertes democracias vigentes en nuestros vecinos europeos.
Descartes sostenía que la potencia de un país guarda relación también con la potencia de la filosofía de sus pensadores. Creemos que una de las razones de la famosa Decadencia, que nos aquejó de modo secular, ha sido la falta de una filosofía moderna propia que comprendiese nuestro autentico modo de ser, diferenciando sus rasgos constitutivos de los meramente determinativos, y consiguiese perfeccionar, elevándola al rasgo de categoría, nuestra forma de ser o carácter nacional, tan distinto del pragmatismo inglés, del seco racionalismo francés o del idealismo alemán. No sirvió de mucho, ni permanecer en el antiguo realismo aristotélico, como pretendieron nuestros escolásticos tardíos del Renacimiento, ni imitar las modas filosóficas triunfantes sucesivamente en nuestros ilustres vecinos europeos, como se pretendió hacer después. Solo con Unamuno y Ortega, como grandes figuras señeras, se inicia en España la tarea de desarrollar un pensamiento filosófico propio, a la vez que situado a la altura, y con pretensiones de crítica y superación, de las entonces dominantes filosofías en Europa. Un pensamiento que nos ha permitido reflexionar en profundidad sobre nuestro verdadero modo de ser y de vivir (el “Dios mio, ¿qué és España?” de Ortega), modo tan diferente por necesidades históricas del de nuestros vecinos europeos, pero a la vez constitutivamente común en el fondo con los rasgos civilizatorios del occidente europeo, como sostenía Ortega y Gasset. Ello nos permite ser optimistas en nuestras pretensiones de lucha contra el mal del igualitarismo envidioso que, con su vuelta, amenaza peligrosamente nuestra reciente modernización histórica.
Precisamente Ortega en su conocido libro La rebelión de las masas (1937) había detectado prematuramente el mal igualitarista que había afectado a España y estaba entonces extendiéndose por Europa con el triunfo del marxismo soviético, pero que Ortega, siguiendo a Tocqueville, veía también como un germen peligroso inserto en la propia democracia de masas norteamericana que acabaría triunfando al final de la Guerra Fría. Ortega proponía como medicina para dicho mal la limitación de la democracia igualitaria con la constitución de nuevas élites egregias para las que era necesario despertar un espíritu de jerarquía social que se había perdido. Ortega fue demonizado como elitista y partidario de una aristocratismo separado y distante del pueblo. Incluso siguió siendo demonizado cuando, en respuesta, matizó que en España no vale el distante y arrogante aristocratismo a la inglesa, sino que hay que ser “aristócrata en la plazuela”. La famosa Duquesa de Alba, Cayetana, amiga y amante del plebeyo pero genial pintor, Goya,, según el propio Ortega en su libro Papeles sobre Velazquez y Goya, marca con su aproximación a la cultura popular de entonces, de las majas y toreros, una diferencia que llama la atención en comparación con la de las famosas marquesas francesas de su época, como la Pompadour, lejanas a lo popular y rodeadas en la corte real de filósofos ilustrados. Ortega detectó, sin embargo, en la actitud de la Duquesa de Alba y sus imitadoras, una especie de inversión nietzscheana de los valores, que le pareció preocupante y signo de decadencia. Ciertamente Ortega no pretendida restaurar las aristocracias feudales, sino las aristocracias de los mejores en sus diversos campos, especialmente en el terreno cultural. Como sostenía Schopenhauer, el pueblo igualitario es muy capaz de destronar las aristocracias de sangre o de dinero (plutocracias), pero es completamente impotente frente a las leyes o principios que solo puede descubrir e imponer la aristocracia de los mejores (aristos), ya sean científicos como Newton o filósofos como Platón.
El esfuerzo de modernización filosófica de los españoles no se ha detenido con Unamuno, Ortega y los numerosos seguidores de la influyente Escuela orteguiana, sino que ha continuado en la segunda mitad del siglo XX y hasta comienzos del XXI, con la importante obra filosófica creativa que nos han legado, entre otros, y de forma más destacada por su originalidad, otro influyentes pensador en el ámbito de lengua española, como Gustavo Bueno, el cual, al margen de su creativa y original aportación filosófico-académica en tantos campos filosófico-académicos, inusual hoy en toda Europa, ha seguido profundizando en el popular tema de España, -tratado ya polémicamente por Ortega y Gasset en su influyente España invertebrada (1922)-, con libros de gran éxito como España frente a Europa (1999) o España no es un mito (2005). Por ello, podemos concluir que el tema de la envidia como pecado capital de los españoles, de la misma manera que los ingleses pecarían de la hipocresía o los franceses de la avaricia, según diagnóstico de Madariaga, no es un tema menor e incurable. Pues los ingleses han sacado partido atacando la hipocresía social con la transformación de los vicios privado en virtudes económicas públicas, según el análisis de La fabula de las abejas de Mandeville; y los franceses han combatido El avaro de Moliere inventando el socialismo, con los Saint-Simón, Proudhon y demás. Los españoles, según Ortega, deberíamos derrotar la envidia, en tanto que defecto nacional, con la creación y fortalecimiento de unas minorías egregias orientadas por el imperativo de excelencia, al que tantas veces se le rinde homenaje al reconocer que dicha excelencia despierta una “envidia sana”. Pero esto ess, de nuevo, el tributo que el vicio rinde a la virtud, como se decía de la hipocresía. Pues solo se puede alcanzar dicha superación del llamado defecto nacional con la difusión de una filosofía moderna y a la altura de las circunstancias de modernización en los valores propios de las altas sociedades industrializadas que hoy dominan el mundo y que, aunque no nos constituyen como nación secular, nos vuelven a determinar necesariamente, si queremos seguir existiendo como nación política y como ámbito cultural global para continuar siendo e influyendo en él mundo, como lo hemos hecho tantas veces, en un grado mayor o más modesto.
Manuel F. Lorenzo
