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lunes, 8 de octubre de 2018

Covadonga y la Democrácia española

Estos días pasados ha tenido lugar la visita de la Infanta Leonor y de sus padres, los Reyes de España, al Principado de Asturias, en conmemoración de los 1300 años transcurridos desde la denominada batalla de Covadonga (718). Batalla real para unos o inventada para otros, pero que en definitiva simboliza algo que condujo a la rebelión de Pelayo contra la dominación islámica de Munuza, asentado en Gijón, ciudad en la que tiene todavía hoy una calle. Con dicha rebelión se inicia un movimiento de reconquista y no de mera resistencia, como ocurrió en el condado de Barcelona, dependiente de la Marca Hispánica de Carlomagno, o de lo que sería el Reino de Navarra. 

Una rebelión que muy pronto se consolida y se extiende, llegando en menos de 70 años a pasar a la contraofensiva el rey del pequeño reino asturiano, Alfonso I, el cual consiguió hacer inexpugnable Asturias para los ejércitos sarracenos. Con Alfonso II el Casto que, en una de sus razzias, llega hasta Lisboa, se crea la frontera de tierra quemada en torno al rio Duero y se inicia la peregrinación desde Oviedo a Compostela, como a una nueva Roma, que hay que visitar para ganar el jubileo en la tumba del apóstol Santiago. Por último, Alfonso III inicia la repoblación del valle del Duero, la creación de Burgos con su castillo para defender la llamada Bardulia, como una especie de Marca Hispánica asturiana que engendrará el Condado de Castilla, como Carlomagno engendró el Condado de Barcelona. La diferencia está en que mientras el francés se limitaba a una política defensiva, el asturiano tiene una estrategia ofensiva, que continuarán después, principalmente, los reyes de León, Castilla y Aragón llevando a la toma final de Granada. 

Por eso, en Cataluña se mantuvo una estructura feudal tradicional, cuyos restos se manifiestan intermitentemente en su historia, tal como ahora ocurre con la jerarquía racista del separatismo en rebelión frente a una Constitución democrática igualitaria más afín con la Castilla originaria, que fue creada como feudo o marca del Reino de Asturias con la repoblación y fundación de ciudades como León, Astorga, Burgos, Amaya, etc. Una repoblación que recuerda la conquista del Oeste americano con sus condados autónomos de ciudadanos que se reparten por igual las tierras y que eligen sheriffs y jueces para defenderse de los indios y de los cuatreros. Nace así Castilla como una sociedad igualitaria de pequeños propietarios libres de señores feudales y dependientes, sin intermediarios, de la Corona asturiana que los crea. Eligen sus alguaciles y alcaldes que los defiendan de las injusticias y cuentan con la protección real que los libre de las razzias del temible ejército islámico. Castilla, desde su origen es por ella de estructura democrática, a diferencia de la feudal Cataluña. 

Otra cosa es que, como señaló Ortega y Gasset, democrático no es idéntico a liberal, porque el igualitarismo social, cuando no tiene límite, puede ser el peor enemigo de la libertad. Y a la inversa, el feudalismo, que según Ortega está en la raíz del liberalismo europeo, porque se basa en poner unos límites al poder real que garanticen la libertad y el habeas corpus de los señores feudales. Sin embargo, puede degenerar en un racismo esclavista, como parece ser que ocurrió en Cataluña hasta que se incorporó, con los Reyes Católicos y después con Felipe V, a unas estructuras más igualitarias de una España unitaria y centralista. Por ello, el problema de España, como se dice, que todavía está sin resolver, reside en la necesidad de asentar en nuestro país una democracia liberal, aun conservando la Monarquía histórica.

Las bases de la actual democracia se empezaron a poner tras la industrialización y la creación de una amplia clase media en la época de Franco, con la denominada Transición a la Democracia. Pero, después de varias décadas, nos encontramos con serios problemas de crisis política en Cataluña y peligro de nuevos enfrentamientos entre el igualitarismo español y el radicalismo separatista catalán o el vasco. Por ello algunos hablan de regenerar la “fallida” democracia actual. El fallo, según este análisis, se ve muy bien en las propias raíces de España. Reside en una democracia entendida al modo aristofóbico castellano, recogido en la frase “del Rey abajo ninguno”, que ahora nos viene reforzada por la imitación de la ideología multiculturalista dominante hoy en Bruselas, basada en el igualitarismo más demagógico y destructor de las nacionalidades históricas europeas, en nombre de un utopismo completamente idealista. Mientras no se pongan límites a este igualitarismo, tanto castellanista, como ahora globalista, con la defensa liberal y a la vez democrática de los Estados nación y de sus necesarias élites dirigentes, no parece que se pueda corregir el desastroso rumbo que en España ha tomado la democracia. 

Manuel F. Lorenzo

Artículo publicado en El Español (12-9-2018).

lunes, 6 de junio de 2016

La civilización del espectáculo

     La visión en Youtube del diálogo que Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky mantuvieron en el Instituto Cervantes de Madrid, en relación con la publicación del libro del primero titulado La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), me ha llevado a leer recientemente este pequeño ensayo de Mario Vargas Llosa. En él, el autor lleva a cabo un análisis demoledor sobre la aniquilación de la llamada “alta cultura” en las sociedades democrático-liberales occidentales. Vargas Llosa, en dicho ensayo, no pretende definir lo que es la cultura o la civilización. Su procedimiento no es tan pretencioso ni directo. Sigue una estrategia menos apriorística y más positiva, que tiene la virtud de que puede ser corroborada por un lector buen observador. Vargas Llosa analiza comparativamente cómo la cultura que él conoció cuando era joven se transforma y degrada en la civilización actual a través de fenómenos que todos podemos ver y experimentar hoy en día en las sociedades democráticas actuales.

     Aborda varios temas, que había ido analizando en anteriores artículos periodísticos, que tratan, en una especie de rapsodia temática, de la banalización de la cultura y de sus charlatanes, de los impostores de las artes plásticas, del velo islámico, del sexo pornográfico que sustituye al erotismo, de lo privado y lo público, de las sectas religiosas, del exceso de información y de otras muchas cosas entremezcladas, como las drogas, la búsqueda frenética de la diversión, lo light, la prominencia de chefs y modistos, deportistas, roqueros y cineastas, etc. Todo ello con el telón de fondo del eclipse de la “alta cultura” y de sus representantes egregios, los intelectuales, sustituidos ahora por una fauna muy variopinta de mediocres y poco cultos personajes “mediáticos”.

     De este análisis se pueden sacar conclusiones pesimistas o no. Podríamos decir simplemente que el auge o la caída de la alta cultura es algo dado en función de la complejidad de las estructuras sociales, las cuales surgen de la coordinación de las acciones políticas que configuran un determinado modelo de polis o ciudad, en tanto que núcleo de toda sociedad civilizada. Por ello la causa podría estar en las estructuras políticas de las sociedades de masas, que tienden al igualitarismo gregario al generar un nuevo modo de absolutismo político, que es el que podríamos denominar absolutismo democrático al compararlo con el históricamente bien conocido y estudiado absolutismo monárquico.
     Precisamente ésta fue la orientación crítica que empezaron a dar al liberalismo político autores como Stuart Mill y el propio Ortega y Gasset. Para ellos el liberalismo clásico de la época de Locke, que luchaba contra el absolutismo monárquico, ya no tiene sentido en Occidente al transformarse las monarquías absolutas en monarquías constitucionales, según el exitoso modelo inglés.
     Ortega ya había señalado como sociedades donde empezaba a triunfar la llamada “rebelión de las masas”, no solo a la Alemania Nazi o a la Rusia Soviética, sino también a la propia sociedad norteamericana. En ella veía alzarse peligrosamente el “imperio de las masas” bajo la modalidad de lo que podemos llamar una absolutización de la democracia que, rebasando la estricta esfera política, tendería a extenderse y a colorear a todos los valores sociales, incluidos los valores culturales más eximios. El sometimiento de todo a los valores individualistas del mercado engendraría una mezcla de la democracia con la plutocracia, de los gustos de la mayoría con la maximización de las ganancias, que es en la que estamos.
     Por eso, si queremos recuperar la influencia benefactora, para el individuo y la sociedad, en las sociedades democrático-liberales, de la “alta cultura”, es necesario tratar de continuar la crítica del laureado novelista, (a pesar de que su amor por Isabel le convierta por momentos en espectáculo cultural) impulsándola allí donde se esté produciendo, a la vez que se siga ejerciendo de nuevo en las esferas más cotidianas del gusto, de los valores político y morales dominantes, etc. Pero no de modo asilvestrado, sino orientada siempre por la alta filosofía, la ciencia y la gran literatura. Y esto se debe empezar a hacer allí donde se pueda, sea desde las influyentes páginas de un diario de gran tirada, o de la entrevista en un medio de gran audiencia, como puede hacer y suele hacer un Premio Nobel, como el propio Vargas Llosa, o desde la más remota pagina de un Blog de Internet, que está al alcance del más común de los mortales. Luchemos y combatamos contra la nueva y creciente estupidez que se ha adueñado de la llamada, según el libro que comentamos, “civilización del espectáculo”. Evitemos, a la vez, que esa lucha no acabe siendo, como denuncia el propio autor a propósito de la proliferación de los pseudo-intelectuales mediáticos, un espectáculo más de la sociedad-suciedad que se pretende combatir.
Artículo publicado en El Español (6-5-2016)

martes, 19 de abril de 2016

El separatismo y la democracia española actual

    El mal que está minando la actual Restauración Democrática es muy diferente del que afectó mortalmente a la Restauración decimonónica. Ya no es el caciquismo de la compra del voto. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Ortega sostenía que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de la Constitución con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía. Como no había elección, el Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros". Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal beneficio. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cuneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió en crecientes desordenes públicos por el desgobierno del poder central.

      Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando hoy con el crecimiento del separatismo catalán y vasco. Estos lodos vienen de un problema diferente. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial moderno, que se estaba ya acercando a converger realmente con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fe de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia no prevista de los propios electores españoles. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las “dos” Españas, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una “tercera” España. Esta es la que, integrada por las capas más tolerantes de la sociedad española, debía votar a partidos centristas que hiciesen de balanza y equilibrio del poder, como ocurre en otros países europeos con los partidos liberales (Alemania, Inglaterra, etc.). En el inicio del actual Régimen político existieron propuestas de tales partidos, como el CDS de Adolfo Suarez. Pero electorálmente no consiguieron convertirse en bisagras del sistema bipartidista determinado por la Ley d’Hont. La llamada Tercera España no votó con suficiente fuerza a dicho partido y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante el empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos, que habían sido beneficiados por el sistema electoral impuesto con una ponderación alta del peso nacional de sus votantes. 

     Estas minorías, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvista vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista, a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. 

     Por ello estamos alcanzando el momento en el que esta 2ª Restauración empieza a naufragar ante la chulería chantajista del independentismo aliado con el republicanismo totalitario de Podemos. Pero hoy no parece posible un Primo de Rivera. Solo la “dictadura de Bruselas” podrá frenar por un cierto tiempo, como en Grecia, un desgobierno autodestructivo. Queda la esperanza de que el reformismo centrista llegue a ser entonces no una opción electoral más sino una necesidad imperiosa. 

(Artículo publicado en El Español, 1-4-2016)