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viernes, 9 de agosto de 2019

Una democracia fallida


La incertidumbre política en que nos encontramos actualmente en España, tras los últimos procesos electorales, no solo a nivel nacional sino también para poner en marcha importantes gobiernos autonómicos, es un síntoma preocupante que está haciendo aparecer profundas brechas políticas, tanto del lado de Ciudadanos y Vox como del lado de Pedro Sánchez y Podemos.

Algunos creen que es cuestión de buena voluntad y de cierta prudencia y concesiones para alcanzar pactos políticos que estabilicen al menos la situación evitando crisis mayores. Este es el criterio más extendido entre los comentaristas políticos habituales de los medios. Solo unos pocos son claramente conscientes de la gravedad de la situación, la cual requiere una visión de más largo alcance, para lo que se requiere, a nuestro juicio, un vuelo intelectual al estilo del que se atribuía a los filósofos platónicos. Ortega lo señalaba en alguna ocasión cuando decía que si le preguntas a un filósofo platónico por una situación actual, sea política o de otro tipo, su actitud será, en vez de analizar la cuestión concreta y pronunciarse sobre las posibles salidas, iniciar previamente una huida o regressus en sentido contrario, una salida de la caverna, hacia un horizonte lejano donde se encuentre alguna luz que nos puede iluminar para entender la situación, evitando las falsas apariencias en que se percibe habitualmente. Y después volver de nuevo a la caverna platónica (progressus) para tratar de convencer a los que siguen presos de las apariencias y sacarlos de su error, corriendo el peligro, como dice el mismo Platón, de que te intenten matar, aunque sea como hoy, solo por linchamiento mediático o por censura de silencio, equivalente a una muerte civil.

Pues, para Platón, saber es recordar lo que ya sabíamos cuando vivíamos en el mundo de las Ideas, en el que contemplamos la verdad y del que hemos caído a este mundo de las apariencias. Por ello podemos acudir a situaciones pasadas, lejos de nuestra perspectiva más inmediata, vistas como problemas ya resueltos y que, aunque lejanas en el tiempo, recordándonos en ciertas semejanzas la situación actual de la que pretendemos salir, nos ayuden a encontrar una solución a nuestros problemas.

La democracia actual ya dura 40 años, un número que es similar a lo que duraron otros regímenes políticos estables, como la Restauración decimonónica o el propio Régimen de Franco. Las Iª y IIª Repúblicas fueron periodos inestables y de muy corta duración. Por ello, la crisis política actual que atravesamos se debe entender como una crisis de un Régimen de larga duración. Nada nuevo bajo el sol español. Lo que puede ser interesante de este diagnóstico es entonces tratar de dibujar cuál podría ser la salida de la actual situación política de crisis de Estado. En tal sentido podría compararse con el final de la Restauración decimonónica que llevó a la dictadura de Primo de Rivera. Pero, aunque hay mucho elementos semejantes, como la corrupción, el separatismo, hay otros que no coinciden, como las luchas obreras o el terrorismo anarquista. Y ello es porque aquella era una España todavía agraria mientras que hoy vivimos en una España industrial, que alcanzó a instaurar una sociedad del bienestar ya desde el final del franquismo.

Por ello, puede ser más adecuado comparar la posible salida de lo que algunos denominan una democracia “fallida” con la famosa Transición del franquismo a la Democracia. Pues el franquismo, aunque cosechó grandes éxitos económicos y de bienestar social, nunca antes alcanzados, fue un Régimen políticamente fallido, ya que con la muerte de Franco se abrió una crisis sucesoria que dividió a la propia clase gobernante franquista en continuistas (los del “bunker”) y los reformistas. Además el propio entorno internacional, dominado por USA, presionaba hacia su no continuidad. Se abrió así la llamada Transición, que fue posible porque el propio Franco había designado a Juan Carlos como sucesor suyo a título de Rey y esté impulso el cambio desde arriba apoyándose en reformistas franquistas como Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suarez. Ello muestra que el franquismo no era estrictamente monolítico, sino que en él compartían el poder, además de falangistas de diverso tipo, democristianos, carlistas, etc. Frente al peligro de una vuelta al Frente Popular de la Republica que auspiciaban los partidarios de la “ruptura” (PSOE, PCE y otros) triunfó en referéndum la transición de la “Ley a la Ley” propuesta por el reformismo franquista.

El actual periodo democrático, aunque ha tenido éxitos de diverso tipo como la creación de un periodo largo de estabilidad política por el bipartidismo dominante y la expansión de los grandes bancos y empresas en Hispanoamérica donde llegamos a ser los grandes inversores junto con USA, sin embargo parece que está llegando a convertirse en lo que se denomina una democracia “fallida”, ante la impotencia del poder central en frenar la balcanización de España. Por ello está apareciendo una división entre los llamados partidos constitucionalistas que se oponen a los separatistas, que provocan sus rebeliones sediciosas proclamando la República catalana, y a sus aliados como Podemos o incluso el mismo PSOE, que permite el incumplimiento de la Constitución.

Tales partidos constitucionalistas pretenden defender la monarquía constitucional que tiene su origen en la Transición frente al peligro de un nuevo frente-populismo republicano, aunque difieren en la forma de hacerlo. PP y Cs pretenden defender la Constitución sin tocar apenas aspectos claves que han provocado la crisis, como las cesiones de soberanía a algunas autonomías o a la propia UE en la cuestión de la inmigración, mientras que Vox cree que la mejor defensa de la Constitución que garantiza la unidad de España está en revertir, dentro de la Constitución, esa soberanía al Estado central español, el cual, además, requiere de un reforzamiento ideológico de su identidad nacional, fruto de su larga e impresionante historia que habría que librar de negrolegendarismo. Por ello Vox podría acusar a PP y Cs de encerrarse en el “bunker” de una democracia fallida para conservar unos privilegios adquiridos por una partitocracia anterior que pone en peligro la existencia de España. Deberían, por el contrario, llegar a un acuerdo para una Reforma profunda de la política actual haciendo el harakiri de la partitocracia y sus excesos, como se la hicieron las Cortes franquistas. Para ello se necesita un nuevo Torcuato y que el Rey como Jefe del Estado junto al pueblo soberano, que sacó las banderas, lo apoyen mayoritariamente y derroten en las urnas al nuevo Frente Popular de Pedro Sanchez y sus aliados, que están provocando ya el desgobierno, la quiebra de la democracia constitucional y la posible ruptura de España.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (20-7-2019)

jueves, 11 de julio de 2019

Frente a la nostalgia del bipartidismo


     Pasada la resaca electoral nos acercamos ahora al momento decisivo en que nuestra participación electoral se va a transformar en poder real y efectivo de tomar decisiones y ejecutar actos político administrativos. Ahora viene el momento de los pactos y de las coaliciones cada vez más generalizadas en la constitución de los gobiernos nacional, autonómicos y locales. Máxime cuando ya no hay dos grandes partidos que destaquen sobremanera sobre los demás, incluso aunque siga vigente la famosa Ley d’Hont. Señal inequívoca de que se ha terminado el bipartidismo que presidió durante décadas el sistema político surgido de la Transición, aunque algunos nostálgicos crean que se podría volver a él. Los que así piensa quizás saldrían de su error si conociesen algo de la propia Historia de España. Por ejemplo, lo que pasó con el Régimen de la llamada Restauración decimonónica.  

El bipartidismo de las últimas décadas ha fracasado, como fracasó el bipartidismo decimonónico. No porque lo hayan derrotado sus escasos y poco influyentes críticos, sino porque su estrategia era un craso error político. El error de la Restauración decimonónica, tal como lo analiza magistralmente Ortega en su libro La redención de las provincias, fue Cánovas, quien se empeñó en dotar a España de una Constitución política a imitación del turno de partidos a la inglesa. Pero España es muy diferente de Inglaterra y su cuerpo político acabó rechazando aquel régimen de imitación al producir los monstruos imprevistos de la oligarquía y el feroz caciquismo, como denunció Joaquín Costa. Cayó dicho Régimen, al no engranar con la España real (Ortega explica con mucha claridad cómo se produjo el choque de la España oficial con la real en el libro citado), en una gran crisis para salir de la cual se necesitó el regeneracionismo del cirujano de hierro que pedía Costa, que se encarnó en las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco.

Fueron las dictaduras y la guerra civil males dolorosos, pero necesarios, para que como un fórceps se pariese con dolor la España industrializada y modernizada, sin la que no hubiese sido posible el actual sistema político. Esa situación no se dio ni en la Restauración decimonónica, ni en la IIª República, porque España era todavía un país preponderantemente agrícola y rural, la llamada “España de la alpargata”. El desarrollismo franquista cambió todo esto con una fuerte industrialización, la Seguridad Social, el crecimiento de las ciudades, el despegue espectacular del turismo, etc. No reconocer esto, como es habitual por los políticos de la Transición y actuales, que se presentan como anti-franquistas para así pasar por demócratas, más que una injusticia o un ejercicio de hipocresía, es un serio error de juicio.

Restaurada de nuevo la Monarquía, por decisión del propio Franco, esta apoyó con decisión e inteligencia la llamada Transición a la Democracia. Con ello se abrió un nuevo proceso Constituyente del Estado como había ocurrido en la época de Cánovas. Ahora se eligió, por los que elaboraron la actual Constitución, un modelo bipartidista de nuevo, facilitado por la Ley d’Hont, pero que ya no seguía el modelo de la centralista democracia inglesa, sino el modelo federalista alemán. España se descentralizaba con las Autonomías como equivalentes de los Länder alemanes. En principio la división Autonómica, tal como la diseñaron Torcuato Fernández-Miranda y Suárez, se inspiró en las propuestas de Ortega, en sus discursos en las Cortes republicanas en las que distinguía entre Federalismo y Autonomismo como cosas opuestas, pues el primero parte de Soberanías nacionales separadas y el segundo solo parte de una única Soberanía indivisible, pero que se puede descentralizar por traspaso de Competencias que siempre se pueden retirar si se utilizan indebidamente. Aunque Torcuato no parecía partidario de generalizar las Autonomías, Suárez introdujo por razones tácticas el llamado “café para todos”. En esto coincidía con el propio Ortega, que también concibió la generalización de las Autonomías para neutralizar al separatismo catalán o vasco. 

Pero la llegada de los socialistas al poder en 1982 interpretó las Autonomías, no como un fin estabilizador de los conflictos territoriales españoles, sino como un medio para llegar al Federalismo, a imitación de Alemania. Los socialistas, tal como se ve ahora, no seguían a Ortega, sino al Federalismo basado en el confuso concepto de España “nación de naciones” elaborado por un tal Anselmo Carretero. Así se fue desarrollando una deriva en la que, en lugar de fortalecer el modelo Autonomista de creación filosófica orteguiana, se abrió paso de nuevo una imitación de la nueva España oficial que choca con la España real, que está empezando a despertar para hacer frente al proceso de Secesión abierto por Cataluña y alentado por otras Comunidades Autónomas  como el País Vasco, Baleares, Valencia, etc.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (17-6-2019)

sábado, 22 de septiembre de 2018

Regenerar la democracia española

Hoy se vuelve a hablar de la necesidad de regenerar la democracia española. Se coincide, por parte de muchos, en que nos encontramos ante un sistema político-social que está dando alarmantes síntomas de descomposición y de fracaso. Todo ello coincide, además, con una crisis económica de la que nos cuesta salir. Y aquí es donde está surgiendo el recuerdo de aquel movimiento regeneracionista de carácter civil que encabezó Joaquín Costa durante la llamada Restauración decimonónica.

Hay muchos paralelismos que se pueden hacer entre la crítica de Joaquín Costa en su famoso libro-Informe, Oligarquía y Caciquismo, a la 1ª Restauración y la que hoy se está haciendo a esta 2ª Restauración borbónica. En ésta aparece una nueva oligarquía integrada por los dos grandes partidos (PSOE, PP), más alguna bisagra (CIU, PNV), junto con grandes bancos y grupos mediáticos. Pero, si nos centramos en las diferencias, la España oficial que hoy tenemos no se parece nada a la España oficial de la 1ª Restauración. La España oficial decimonónica era “casticista” y defendía un patriotismo español de “cartón piedra”, retórico, tradicionalista, etc., mientras que la España oficial actual es europeísta, antipatriótica, rechaza la bandera, pone en cuestión la unidad e identidad de la nación española, etc. La España de la 1ª Restauración exaltaba al Cid y a Lepanto contra el Islam, a las glorias literarias del Siglo de Oro. La España oficial actual ha dado tantas vueltas de llave en la enseñanza, no solo al sepulcro del Cid, sino a la propia historia de España, que hoy es sustituida en las autonomías por la historia de Cataluña, del País Vasco, etcEl llamado “respeto” al Islam está llegando tan lejos que se idealiza la Alhambra y lo islámico medieval como faro de la civilización frente al cristianismo atrasado, bárbaro y supersticioso.  

La 1ª Restauración carecía de “escuela y despensa”, según Costa. Hoy  podríamos decir lo contrario, pues hoy son enfermedades comunes y muy extendidas entre el pueblo las que tienen que ver, no con el hambre, sino con el exceso de consumo y la sobrealimentaciónIncluso la escolarización es excesiva, sujetando a los niños desde los cero hasta la mayoría de edad, lo que obliga a todos a permanecer en una especie de guardería infantil,  con la consecuencia de un gran fracaso escolar por la imposición del igualitarismo educativo y la pérdida de autoridad de los profesores. Incluso se han creado un número desorbitado de Universidades, mal dotadas y peor organizadas, por intereses meramente electoralistas de los líderes autonómicos y locales.  

Por todo ello, un movimiento regeneracionista actual, que trate de criticar la nueva España oficial de esta 2ª Restauración borbónica, no debe repetir miméticamente el programa de aquellos regeneracionistas  decimonónicos que, a pesar de su poco efecto político en el corto plazo, en el que Costa se consideró políticamente como un fracasado, tuvo un efecto a medio y largo plazo que hace que, sin sus críticas y propuestas, no se pueda entender algunas positivas medidas políticas en la dictadura de Primo de Rivera y en la de Franco, incluso en algunos aspectos de la II República, como fue la dignificación social del maestro de escuela. Un movimiento regeneracionista de la situación política actual debería proponer reformas económicas, como la vuelta a un capitalismo de carácter más industrial, para crear empleos de calidad, con la reforma de la función de los bancos; debería proponer una superación de la crisis institucional por la limitación de competencias excesivas y, en los casos necesarios para el mantenimiento de la economía nacional o el funcionamiento del Estado, su supresión.

Pero debería ser también consciente de que la nueva regeneración política y social llevará tiempo y debe ser enfocada para el medio y largo plazo, no obstante lo cual no se excluye que se produzcan cambios en cualquier momento por la irrupción súbita de nuevas fuerzas políticas, como está ocurriendo en otros países europeos  ante  fenómenos  difíciles de  domesticar,  como  la inmigración. De ahí que sea muy importante la formación de un nuevo tipo de políticos y minorías dirigentes, como decía Ortega y Gasset, las cuales solo podrán acceder al poder si se crea un nuevo tipo de elector español medio, que se aleje del seguidismo demagógico; porque estamos ante las circunstancias de ser hoy España ya un país integrado en Europa, en el grupo de las cuatro grandes economías, pero que, por errores de sus dirigentes políticos y conformismo del electorado, nos hemos convertido en el eslabón más débil de la cadena económica que soporta a la propia Europa, en el sentido de llegar a ser un peligro sistémico. Y, ciertamente, no es precisamente ésta la función que aquellos regeneracionistas decimonónicos querían para su regenerada España. Recojamos, pues, si no su letra, sí al menos su espíritu de regeneración.


Artículo publicado en El Español (20-8-2018).

martes, 19 de abril de 2016

El separatismo y la democracia española actual

    El mal que está minando la actual Restauración Democrática es muy diferente del que afectó mortalmente a la Restauración decimonónica. Ya no es el caciquismo de la compra del voto. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Ortega sostenía que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de la Constitución con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía. Como no había elección, el Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros". Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal beneficio. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cuneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió en crecientes desordenes públicos por el desgobierno del poder central.

      Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando hoy con el crecimiento del separatismo catalán y vasco. Estos lodos vienen de un problema diferente. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial moderno, que se estaba ya acercando a converger realmente con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fe de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia no prevista de los propios electores españoles. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las “dos” Españas, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una “tercera” España. Esta es la que, integrada por las capas más tolerantes de la sociedad española, debía votar a partidos centristas que hiciesen de balanza y equilibrio del poder, como ocurre en otros países europeos con los partidos liberales (Alemania, Inglaterra, etc.). En el inicio del actual Régimen político existieron propuestas de tales partidos, como el CDS de Adolfo Suarez. Pero electorálmente no consiguieron convertirse en bisagras del sistema bipartidista determinado por la Ley d’Hont. La llamada Tercera España no votó con suficiente fuerza a dicho partido y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante el empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos, que habían sido beneficiados por el sistema electoral impuesto con una ponderación alta del peso nacional de sus votantes. 

     Estas minorías, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvista vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista, a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. 

     Por ello estamos alcanzando el momento en el que esta 2ª Restauración empieza a naufragar ante la chulería chantajista del independentismo aliado con el republicanismo totalitario de Podemos. Pero hoy no parece posible un Primo de Rivera. Solo la “dictadura de Bruselas” podrá frenar por un cierto tiempo, como en Grecia, un desgobierno autodestructivo. Queda la esperanza de que el reformismo centrista llegue a ser entonces no una opción electoral más sino una necesidad imperiosa. 

(Artículo publicado en El Español, 1-4-2016)

martes, 2 de septiembre de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (y IV)

     Como final de esta revisión de la crítica de Ortega a la Restauración, ante la presente crisis de la actual Restauración de la monarquía democrática española y su relación con la propuesta orteguiana de la necesidad de la influencia educativa y política nacional de la minorías intelectuales egrégias, trataremos a continuación de una posible dimensión, ya no nacional, sino internacional, de la influencia de tales minorías. Hoy, a diferencia de los tiempos del joven Ortega, ya no es Inglaterra la superpotencia mundial, sino los EEUU. El llamado Imperio norteamericano ha resultado, tras la caída del Muro de Berlín, el nuevo super-poder mundial, que recuerda al ascenso de Roma en el Mediterraneo tras la derrota de los competidores Imperios helenísticos. Pero es un Imperio de naturaleza diferente al romano. No es esencialmente un Imperio dictatorial de tipo militar-esclavista, sino un poder científico-industrial, basado en la democracia liberal. Pero, a pesar de tales diferencias notables no es menos interesante resaltar, como hicimos en el artículo anterior, ciertas semejanzas. Pues, así como Roma, tras derrotar a grandes Imperios, como el cartaginés o el Egipto de los Ptolomeos, logró perdurar por siglos y marcar una profunda huella civilizadora en el Mundo Antiguo, debido principalmente a lo que Montesquieu llamó la característica división de poderes que limitaban cualquier absolutismo imperial, los EEUU, tras derrotar a los totalitarismos de masas no menos imperialistas de nazis y soviéticos, instaura una moderna sociedad de masas no totalitaria o absolutista, por la gracia de su Constitución política basada en la división de poderes recomendada por Locke y Montesquieu.

     No obstante ello, el poder del Imperio romano no se reducía al poder puramente militar, como el poder norteamericano tampoco debe verse como un poder meramente económico o ténico-científico. Es en el momento de su conversión imperial cuando el mundo romano descubre e incorpora la filosofía griega a través de Ciceron, quien es el primer romano que asimila la filosofía de las Escuelas atenienses en  una síntesis ecleptica en la que predomina el estoicismo. Como relata Renan, en el prólogo de su libro Marco Aurelio y el fín del Mundo Antíguo, la filosofía tuvo la dicha de ver como en Roma se cumplieron las profecías de Platón, pues en ella el poder “espiritual” de los filósofos, desde Séneca, llega a dirigir y orientar sabiamente la política romano, consiguiendo incluso que un “rey”, Marco Aurelio se haga filósofo. Fue Ciceron, miembro de una influyente minoría aristocrática de patricios, perteneciente al llamdo Circulo de los Escipiones., quien convertirá a los infieles romanos, hasta entonces desconocedores de la Filosofía, a la filosofía griega de los Panecios y Posidonios, integrantes del llamado Estoicismo Medio. Dicho suceso se revelará trascendental pues es el origen de una novedosa división del poder en político “terrenal” y religioso “espiritual”, que se consolidará en el época del emperador Constantino con la famosa separación entre Estado imperial e Iglesia papal, el cual, tras la destrucción de Roma, renacerá en la naciente Europa de Carlomagno, con todo lo que significa de fermento propicio para el surgimeinto de las sociedades liberales modernas. En tal sentido, la Iglesia católica, a pesar de las acusaciones volterianas de oscurantismo, fue la primera religión Monoteista que incorpora la Metafísica filosófica griega, germen, a su vez, del nuevo poder espiritual de la ciencia y la filosofía modernas.

     Los EEUU, en tanto que surgen de la Guerra de la Independencia contra Inglaterra, incluyen ya el conocimiento de la filosofía europea por el origen cultural de sus primeros colonos. Pero, este conocimiento está extremadamente deformado por el peso abrumador de la tradición empirista inglesa. En tal sentido se contrapone habitualmente la filosofía Anglosajona a la llamada filosofía Continental europea, entendiendo por tal la tradición racionalista francesa y alemana. El Positivismo, junto con la educación científica y tecnológica, ha llegado a ser, así, la corriente filosófica predominante en sus Universidades y centros de enseñanza. Corrientes como el marxismo o el vitalismo nietzscheano, solo han adquirido una influencia marginal. No obstante,   la tradición empirista anglosajona parece haber entrado en crisis y se empieza a perder su monopolio en la influencia universitaria, a causa del ascenso de la Fenomenología de Hussel, Merleau-Ponty, y otros, propugnados por influyentes figuras como Lakoff & Johnson en su famoso libro Philosophy in the flesh (1999). De tal modo, se puede decir que EEUU empieza la incorporación académica decidida, y no de modo meramente marginal, de la llamada Filosofía Continental que va de Kant a Husserl. Se trata ahora de sustituir el empirismo atomista ingles por el empirismo fenomenológico alemán. Pero este paso significa, a nuestro juicio, aun mucho más. Significa el descubrimiento de la Filosofía sistemática trascendental, de la Filosofía con mayúsculas, que es la filosofía alemana moderna, como lo era la Metafísica griega. Por ello no parece un paso fácil de dar en un ambiente universitario norteamericano dominado por la mayoría de los WASP (Blancos, Anglosajones y Protestantes). Hay, sin embargo, una minoría cultural en ascenso, la hispana, que se encuentra en mejor disposición intelectual para asimilar este brusco cambio de “paradigma” filosófico que se esta abriendo camino. Y ello se debe en parte muy importante a la labor filosófico-cultural de Ortega y Gasset, en tanto que es una especie de Ciceron hispano, pues también se considero un introductor de la Filosofía in partibus infidelium, es decir, en tierra de infieles, en tierra de desconocedores de ella, como fue España durante siglos desconocedora de la Filosofía Moderna por el predominio segular del aristotelismo entre la mayoría de sus cabezas pensantes.

     Ortega, como Ciceron, fue un orador brillante y un filósofo ecléptico que propugnó una mezlcla de racionalismo fenómeno-lógico y vitalismo nietzscheano. Así como Ciceron eligió el Estoicismo Medio de Panecio y no el de Zenón, que todavía estaba preso de la creencia astrológica, Ortega eligió el positivismo fenomenológico de Husserl y rechazo el positivismo empirista de Comte o Stuart Mill, lastrado de un empirismo afilosófico y pre-kantiano. Aunque Ortega fue traducido al inglés y al alemán, y muy leído en Alemania, irradió sobre todo su influencia por el mundo de lengua española, el cual está empezando a pesar notablemente en los propios EEUU. De la misma manera que Cicerón, es Ortega un gran escritor capaz de exponer con claridad para un público amplio las más abstrusas cuestiones filosóficas. Por ello la profundización y extensión de su influencia en la minoría cultural hispana norteamericana abre una posibilidad de influencia mundial nuevamente de lo español en el mundo, como él se proponía. Una influencia que ahora ya no sería tanto “terrenal”, con sus navegantes y conquistadores, sino “espiritual”, con sus nuevas aportaciones filosóficas hispanas. Una influencia no meramente repetitiva como un eco, sino hecha sobre la base de la profundización y superación de la filosofía fenomenológica alemana, que Ortega fue el primero en España que se preocupo con seriedad y constancia de dar a conocer; y no ya para quedarse en ella sino para utilizarla como tampolín para ir más allá y adentrarse en una nueva filosofía del futuro, siguiendo el lema de los navegantes del Renacimiento plus ultra, que ya no fuese idealista moderna, sino que fuese muy vitalista, muy española y mediterránea, muy de lo que llamaba la “Europa del Sur”.


     Solo una minoría intelectual educada en dicha filosofía, sería capaz de acabar con la “invertebración” y el particularismo propios de una sociedad de “masas”, como lo fue la española, lastrada secularmente, a pesar de sus grandes hazañas momentáneas, por el defecto de la “invidencia” quijotista. Una invidencia que hoy empieza a preocupar en los propios EEUU, donde se hace difícil contener la degradación ambiental producida por el egoísmo consumista de sus masas y la carencia de Ideas generales profundas de sus cada vez más poderosos “bárbaros especialistas”, dominadores de una ciencia separada de la filosofía y cada vez más reducida a los intereses de la tecnología y la especulación económica.

miércoles, 2 de julio de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (III)


 Continuando con lo dicho en los anteriores artículos (“Sobre la crítica de Ortega a la Restauración”, I y II), nos encontramos en una situación en la que se repite el fracaso en España de una nueva Restauración, similar en muchos aspectos a la llamada Restauración decimonónica, objeto de las famosas críticas de Ortega. Al exponerlas, llegamos a la conclusión de que la propuesta orteguiana de la urgente necesidad de unas minorías filosófico-intelectuales modernas en España, que influyan y colaboren al planteamiento y resolución de los graves problemas con que se encuentra el país, para culminar su modernización y para salir de la situación de atraso y postración secular en el que había caído, es más urgente y necesaria todavía hoy que entonces. Pues lo que diferencia a la Restauración decimonónica de la actual, -como vimos en otro artículo titulado “Oligarquía y separatismo”-, es que lo que está provocando su fracaso no es ya la situación de atraso industrial, con sus secuelas de ruralismo caciquista y pucherazo electoral, sino la debilidad y practica inexistencia de fuerzas políticas de centro, desde la importante y enigmática defenestración de Adolfo Suarez con motivo de los diversos “Golpes de Estado” del 23-F, que ahora salen a la luz en libros de grupos mediáticos y editoriales influyentes.

     A partir del arrollador triunfo socialista de Felipe Gonzalez en 1982, la democracia liberal española, que había sido introducida con los gobiernos de Adolfo Suarez, toma un rumbo “absolutista” al politizar la justicia (conformación por Ley del Consejo Geneal del Poder Judicial, cuyos miembros se eligen por cuotas de los partidos) y utilizar a los partidos separatistas catalanes y vascos como bisagra necesaria para gobernar con estabilidad. Posteriormente, los gobiernos de Aznar continuaran, e intensificarán más si cabe, dicha tendencia absolutista iniciada por los socialistas. Se dice que uno de los grandes meritos de Gonzalez y Aznar ha sido la búsqueda del centro político, para evitar la radicalización de la sociedad española. Pero habría que añadir que en realidad esto se hizo eliminando al verdadero centro, encarnado entonces por Suarez, el cual murió electoralmente, mucho antes de su Alzheimer terminal ciertamente, pero porque se juntaron la debilidad y escasez de la base que podía votarlo con la acción descaradamente favorecedora de las minorías separatistas por parte de los dos grandes partidos Socialista y Popular, con la disculpa de aplacar sus ansias independentistas. Con ello aparecen dos males que están conduciendo a la actual Restauración de la Monarquía democrática a su fracaso económico y estatal: la creación durante las últimas décadas de una “oligarquía” poco competente de socialistas, populares y separatistas, por no ser posible la crítica moderadora interna del Sistema que podría desempeñar un partido centrista y, por otra parte, la excesiva transferencia de competencias autonómicas, impuestas por los partidos separatistas, e imitadas por los demás gobiernos autónomos, que están llevando a una situación de “reinos de Taifas” ingobernables al resto del país, con grave riesgo de ruptura nacional.

     En tal sentido, cualquier proyecto político de mantenimiento de la democracia liberal en España, sea el proyecto que haya que iniciar por hundimiento del actual régimen de la Restauración de forma brusca, como ocurrió con la Restauración decimonónica, o por una “catarsis” reformadora interna, que podría tener lugar si aumenta y se consolida el voto de nuevos partidos centristas como UPYD, Ciudadanos u otros que surjan, lo que permanece claro, según el análisis que hacemos, es que es necesario un movimiento filosófico-intelectual educador, similar al que Ortega proponía en su Liga de Educación política, pues sin él no se consolidará en España un autentico e influyente, aunque minoritario, movimiento político-intelectual de regeneración. Pero, aunque hoy todavía es más urgente que en los tiempos de Ortega la creación de tal movimiento político-intelectual, las dificultades para lograrlo nos parecen todavía mayores, no tanto por causas nacionales o internas, sino por razones procedentes del panorama internacional. Razones que fueron extraidas ya por el propio Ortega en su prematuro, aunque exitoso libro, La rebelión de las masas (1930). Hoy vivimos el triunfo mundial, tras la caída del Muro de Berlín, de la Democracia “americana”, en el sentido de Tocqueville, esto es de la Democracia de “masas”, resultante de la extensión del voto a la mayoría de los ciudadanos, de lo que resulta un inevitable ascenso e imposición sin freno, mediática-democrática, de los gustos “populistas” del ciudadano medio, dando lugar a lo que Ortega llamaba un ademocracia “morbosa”. Una democrácia absolutista  en la que las minorías culturales “egregias” son marginadas y sustituida su secular influencia por los autores de “best sellers” de todo tipo, que al democratizar la cultura, paradójicamente, la degradan y trivializan. Ortega ya había detectado, en Papeles sobre Velázquez y  Goya, en la sociedad española dieciochesca, un ejemplo histórico de degeneración cultural en la preferencia de los nobles de más alcurnia de entonces, como la Duquesa de Alba, por lo valores populares de lo que llamaríamos hoy la “sociedad del espectáculo”: los majos y las majas, las manolas, los toreros, las actrices y tonadilleras, etc. Un caso claro de la “inversión de los valores” y de rebelión de las masas de que hablaba también Nietzsche. En España Invertebrada, Ortega relaciona la invertebración del país precisamente con la “inversión de los valores” o aristofobia que aqueja a los españoles de la llamada decadencia.

    Pero esto es hoy un fenómeno dominante en la llamada “sociedad del espectáculo” post-moderna. Sobre todo desde que los EEUU aparecen como una nueva Roma que ejerce una especie de poder imperial, propio de una Super-potencia, de una Sociedad de Producción y Consumo de Masas, bajo cuyo paraguas ha caído Europa y gran parte del mundo. Cuando Montesquieu analizaba el Imperio romano se daba cuenta de que el secreto de su tan larga duración y efecto civilizador residía en un equilibrio de poderes entre el Emperador, el Senado, los Tribunos del Pueblo, etc., que permitía una rectificación y moderación de los abundantes excesos que se producían. El poder absoluto, que intentaron los Nerones y Caligulas de triste recuerdo, no se consolidaba porque continuamente “el poder frenaba al poder”. Igualmente podemos decir hoy que el Imperio de las Masas, que triunfa en los EEUU, tras la derrota de otros Imperios de Masas alternativos, como el Nazi o el Soviético, debe su pujanza y poder sostenido a la herencia de Montesquieu, recogida en su Constitución política democrática-liberal que consagra principalmente la división neta de poderes entre la Casa Blanca y El Capitolio, además de la independencia del Poder Judicial. Lo cual permite corregir y rectificar los excesos y errores cometidos por sus dirigentes, demostrando ser una sociedad con gran pragmatismo y capacidad de acomodación a las situaciones cambiantes que caracterizan el mundo dominado por los avances científicos e industriales.

     Es precisamente este escollo de los excesos incorregibles,  ante el que ha naufragado la Restauración decimonónica española, el que está haciendo fracasar la Restauración democrático monárquica actual. En ella es imposible escapar al Imperio de las Masas, las cuales tenderán al “doble frenesí” de volver a imponer, a través de las urnas, -pues otra forma no admitiría la decisva homologación democrática norteamericana-, un absolutismo radical para-soviético o para-fascista, disfrazado de “democracia” popular u “orgánica”, a menos que se constituya un poder moderador democrático-liberal de centro que ejerza de balance of power, garantizando una democracia de masas, pero con mecanismos correctores de sus excesos. Pero la determinación clara de que algo sea exceso o no, es difícil que la establezca la masa ciudadana, o sus demagógicos “políticos reflejo”, periodistas semi-cultos, etc., una masa que, por lo general, permanece apática y no tiene los conocimientos necesarios para ello. Solo el poder de la minoría intelectual de un país puede presentar planes y orientaciones bien meditadas y discutidas que ayuden a generar nuevas Ideas orientadoras. Pero para ello es necesaria la promoción y desarrollo de la “minoría egregia” intelectual de la que hablaba Ortega, y que hoy ya existe aunque dispersa y actuando como una especie de guerrilla de francotiradores a través de Internet,  marginada por la “censura mediática” que continuamente ejerce  el actual poder oligárquico, controlador absolutista de los mass-media. Dicha minoría intelectual, aunque todavía débil y escasa, silenciada por la característica legión hispana de los invidentes-envidiosos, es la única que puede asumir el papel de consejera sabia posible en la orientación de las complejas decisiones políticas y culturales que el futuro más inmediato ya nos está presentando. Pero para ello es necesario que los nuevos partidos centristas emergentes, que accedan a ocupar parcelas de poder político-mediático, las saquen de su actual invisibilidad para el gran público, si realmente quieren promover una democrácia liberal y no absolutista.