jueves, 5 de noviembre de 2026

La frontera de Ceuta

 


     No todas las fronteras son iguales. Eliminar el control de personas en Irún no tiene las mismas consecuencias que eliminar dicho control en Ceuta, Melilla, las islas Canarias o en la isla de Lesbos. ¿Qué tipo de frontera son pues estas últimas? Para responder a esta pregunta no nos basta con recurrir a conceptos técnico-administrativos propios de un funcionario de Aduanas. Precisamos algunos conocimientos histórico-filosóficos para abordar con suficiente profundidad la cuestión. Precisamos pues de una Filosofía de la Frontera. Eugenio Trías fue el pensador español que, más recientemente, centró su reflexión filosófica sobre la Idea de Límite o Frontera -el limes romano- enseñándonos a ver que la frontera, muchas veces, no es una mera línea o barrera, fácil de borrar, que separa dos territorios, sino que ella misma es algo más complejo e importante. Trías empieza su libro, Lógica del Límite con estas palabras:

     <<Los romanos llamaban limitanei a los habitantes del limes. Constituían el sector fronterizo del ejército que acampaba en el limes del territorio imperial, afincado en dicho espacio y dedicándose a la vez a defenderlo con las armas y a cultivarlo. En virtud de este doble trabajo militar y agricultor el limes poseía plena consistencia territorial, definiendo el imperio como un gigantesco cercado que esa franja habitada y cultivada delimitaba, siempre de modo precario y cambiante. Más allá de esa circunscripción se hallaba la eterna amenaza de los extranjeros o extraños o bárbaros. Estos, a su vez, se sentían atraídos por esa franja habitable y cultivable que les abría el posible acceso a la condición cívica, civilizada, del habitante del Imperio.

     Los bárbaros, instigados y hechizados por el imperio, sometían ese limes a un cerco a veces difuso, a veces hostil y amenazante, si bien con suma frecuencia se enrolaban en esos ejércitos agricultores que trabajaban y defendían el limes. A su vez la metrópolis y su centro de poder temían la irrupción imprevista de algún general victorioso que fuese habitante del limes o que pretendiese, desde esta zona estratégica, hacerse con el poder e investirse de la condición de emperador. Había, pues, un triple cerco: el que los bárbaros sometían al limes e, indirectamente, al propio cercado imperial; el que éste sometía a estos peligrosos amigos-enemigos que habitaban el limes, y el cerco que el limes y sus habitantes fronterizos sometían tanto a los bárbaros del más allá como a los civilizados del más acá>>. (E. Trías, Lógica del límite, Destino, Barcelona, 1991, pgs. 15-16).

     Algo semejante actualmente al limes romano es la frontera entre Occidente y otras culturas como la Islámica, consideradas todavía con atavismos que nos parecen bárbaros en comparación con nuestra civilización occidental.  La frontera con países islámicos, como ocurre en Ceuta, no es tampoco, por ello, una mera raya en la carretera, algo meramente convencional y superficial. Trías atribuye a la Filosofía de la Modernidad una concepción que él llama negativa de las fronteras en temas culturales resultantes del humanismo de la Ilustración. Incluso en temas estrictamente filosófico-gnoseológicos, como sería la frontera kantiana (Grenze) entre fenómeno y noúmeno entendida como barrera (Schranke), como puro lugar evanescente, convencional y puramente lineal.  Por ello intenta realizar con su Filosofía de la Frontera, expuesta en sus últimos libros como  una especie de giro copernicano en relación con esta noción.

     Traducido a los acontecimientos políticos que estamos contemplando, podemos ver como el poder metropolitano lo encarnan hoy las grandes ciudades (Nueva York, Londres, París, Berlín, Madrid, etc.) en las que, por la apertura incontrolada de las fronteras,  surgen barrios enteros de los llamados “migrantes”, procedentes de sociedades más atrasadas e incluso de sociedades consideradas bárbaras desde nuestros valores occidentales, que, al no integrarse, las someten incluso a un cerco de rechazo que puede llegar al ataque terrorista organizado en redes dirigidas desde el exterior. A su vez, muchos ciudadanos de a pie, más próximos al campo y al terruño, y menos cosmopolitas, buscan a un líder populista que demuestre sus dotes de salvador cerrando las fronteras a los “migrantes” y derrotando su red terrorista. No estamos pues ante un pensamiento único globalizador, ni ante un dualismo de buenos y malos, sino ante un triple cerco cuya dialéctica debería presidir los análisis de detalle.

    Hemos visto, como venimos diciendo, que debíamos abandonar la idea habitual de ver la frontera como una mera línea que se puede borrar fácilmente, para verla, siguiendo al filósofo Eugenio Trías, como un auténtico territorio en el que se hacen patentes, no solo conflictos o choques culturales, sino también intercambios y trueques varios. Trías pensaba en las fronteras (limes) del antiguo Imperio Romano. Hoy podemos aplicar esa visión a las fronteras de Occidente que, debido a la facilidad de los viajes y a las limitaciones en el uso de la fuerza, son mucho más permeables, con lo que los territorios del limes romano se trasladan al corazón de la propia metrópolis, en los barrios de inmigrantes multiculturales de las grandes ciudades. En ellos se da hoy esa compleja dialéctica de <<cercos recíprocos>>, señalada por Trías, entre aquellos inmigrantes que se quieren integrar y los que no, entre los occidentales que ven beneficioso el intercambio con otras formas culturales y los que lo rechazan.

 

Las Fronteras y el Estado en Gustavo Bueno.

     Bueno ha publicado muchos libros, pero el mismo señala en el Apéndice a ¿Qué es la filosofía? (Pentalfa, Oviedo,1995, pg. 79 s.s.) que, en relación con el conjunto del saber, son tres los destacados: Teoría del cierre categorial, El animal divino y Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, teniendo en cuenta las tres dimensiones de su concepción del espacio antropológico: circular, angular y radial. Habría que añadir, a mi juicio, otro libro, El mito de la cultura, en relación con una cuarta dimensión, la cultural entendida como radial-inmanente, propia de los objetos culturales y artísticos frente a la radial-trascendente que caracteriza a los objetos naturales. No obstante, el desarrollo del análisis de los objetos técnicos y artísticos propios de la dimensión cultural está insuficientemente desarrollado en Bueno, a pesar de que ha dejado algunos escritos fragmentarios, p.ej., sobre el arte, que algunos discípulos están tratando de desarrollar de forma más completa y sistemática. Por lo que respecta a la ciencia, su Teoría del Cierre Categorial ha chocado con el Fundamentalismo científico anti-filosófico a escala global, que le ha restado interés e influencia fuera de su escuela. Por otra parte, las discusiones sobre la religión, debido a una tradición secular española de miedo a la herejía protestante, no salían de círculos muy reducidos. Todavía en la España de la Restauración decimonónica se podía ver en los Casinos, donde se suele cultivar la arraigada tradición española de la tertulia, letreros que decían “Se prohíbe hablar de política y de religión”. En el siglo XX el anticlericalismo de la izquierda se llevó hasta el extremo de intentar la erradicación violenta de la religión durante la Segunda República y la Guerra Civil. Con la llegada de la actual democracia al menos se permite discutir abiertamente de política, aunque la religión sigue relegada a una cuestión privada. De ahí que El animal divino, a pesar de la originalidad y novedad de sus planteamientos, no haya tenido casi influencia en el panorama cultural e intelectual español de las últimas décadas. Quizás si se tradujese al inglés podría encontrar en países como Inglaterra, donde se  han producido discusiones filosóficas sobre la religión, como la habida en la BBC entre Copleston y Russell en 1959 y otras más recientes del biólogo Richard Dawkins con su The God Delusión (2006), una mayor audiencia No obstante, quizás en el futuro la tenga por la reactivación de los choques religiosos que empiezan a emerger en Occidente con la penetración masiva de religiones como la musulmana, con los consiguientes problemas de no asimilación y producción de guetos en las grandes ciudades que recuerdan a la sociedad medieval europea. Sin embargo, las cuestiones políticas se han ido presentando como más apremiantes por razones del rumbo cada vez más torcido y radicalizado, plagado a la vez de corrupción política e institucional, que ha tomado el país. Es por ello que consideramos que el Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, al que se ha dedicado escasa atención en la propia escuela buenista en comparación con los otros dos, debe ser leído con atención y divulgado extensamente con el fin de poder influir en las abundantes discusiones políticas que nos envuelven, con el objetivo al menos de introducir una forma seria y rigurosa de tratar las candentes cuestiones políticas actuales que vuelven a dividir peligrosamente a los españoles. Porque no hacerlo significa que no se va a sobrepasar el habitual nivel de mera propaganda y chascarrillo político que destilan de forma abrumadora los grandes medios de comunicación, en un momento en que está en serio peligro la propia estructura unitaria del Estado español.

     Ante semejante peligro que perjudicaría a la mayoría de los españoles, y porque la estructura esencial de la política es el Estado, debemos, entonces, volver a preguntarnos, como hace Bueno en su libro: ¿qué es el Estado? Aquí podríamos acordarnos del cuento indio que nos relata el filósofo árabe Algacel: unos ciegos hablaban de un elefante según su experiencia. El que palpó su oreja dijo que era un cojín; el que palpó su pata, dijo que era una columna; y el que tocó el colmillo dijo que era un cuerno enorme. De la misma manera, a principios de las concepciones modernas del Estado, el filósofo inglés Thomas Hobbes dijo que el Estado era un gran animal (Leviatán), que nos libraba de la guerra civil “de todos contra todos” y cuyo fundamento residía en el Pacto político entre el Soberano y sus súbditos. Locke y Montesquieu desarrollarían la estructura de ese Pacto en un sentido liberal, democrático y más funcional, que perdura hasta hoy en las triunfantes y poderosas democracias liberales.

     Pero esta concepción sólo vio el aspecto que Marx llamó superestructural del Estado. Para Marx, lo fundamental del Estado, la clave que explicaba su funcionamiento, estaba en otro lado, en la base económica. No bastaba el Estado de Derecho, sino que, sin Estado de Bienestar Social, volvería la temida guerra civil. Así ocurrió en la Revolución Rusa y su consecuencia, la llamada Guerra Fría. De dicha crisis se empezó a salir cuando USA abandonó el dogma liberal de no intervención del Estado en la Economía y se fomentó el Estado del Bienestar en Europa, compitiendo con el socialismo soviético y finalmente resultando vencedor tras el hundimiento de dicho modelo soviético de socialismo de economía fuertemente intervenida.

     Tras la derrota de la URSS viene la llamada Globalización, permitida por la caída del Muro de Berlín y fomentada por la Superpotencia vencedora, USA. Pero la Globalización, que considera que el Estado debe ser Estado de Derecho Universal y de Economía sin Fronteras, lejos de garantizar un progreso político y un bienestar económico, está produciendo crisis mundiales de dimensiones aún más aterradoras que las antes vistas: la crisis bancaria que empezó en USA, la deslocalización del empleo con la amenaza de pauperización de las clases medias occidentales, la crisis política de Afganistán, Irak y de la llamada Primavera Árabe, de la que resulta el terrorismo islámico que amenaza USA y Europa, etc. De ahí que aparezcan nuevos movimientos políticos como la Derecha Alternativa alemana, Vox, etc., que  empiezan a decir que el Estado es fundamentalmente el territorio, la tierra de nuestros padres (Patria), de nuestras tradiciones, idiomas y costumbres. Este resurgir del nacionalismo es, sin embargo, ambiguo porque, como en los casos anteriores, padece de nuevo de una ceguera parcial. Pues decir que el Estado es la Patria es una verdad parcial que no se debe sustancializar, sino que hay que tratar de hacerla compatible con las otras verdades parciales que se han ido estableciendo históricamente, la Democracia y el Bienestar económico. Pero para eso se necesita una nueva Teoría del Estado, más amplia, omnicomprensiva y compleja que las tradicionales procedentes del Liberalismo y del Marxismo.

     Con ello conectamos con el Modelo Canónico de Estado de Gustavo Bueno que ha sido desarrollado por primera vez en el Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas” (1991)  y después reiterado en otras obras posteriores como Panfleto contra la democracia realmente existente (2004) o El Mito de la Derecha (2008).  Bueno distingue en dicho Modelo tres Capas en el Estado: la Capa Basal, que tiene que ver con la base económica, la Capa Conjuntiva, relacionada con la Superestructura política, y la Capa Cortical, que tiene que ver con las propias fronteras del Estado (Ver, p.ej., Gustavo Bueno, El Mito de la Derecha, Temas de Hoy, Madrid, 2008, p 140). Lo interesante de su teoría es que le lleva a otorgar un papel central al establecimiento de esta especie de “corteza” del Estado que son las fronteras. Pues a diferencia de la Teoría del Pacto Social como origen del Estado, propia de Hobbes y Locke, o de la Teoría de la lucha de Clases de Marx o Rousseau, para quienes el Estado surge para la defensa de la clase explotadora dominante, la posición de Bueno sitúa el origen del Estado en la fijación de las fronteras por la apropiación, por ejemplo, de un territorio de caza por unas tribus frente a otras. El Estado, como una célula biológica, se constituye entonces por el cierre de un espacio interior frente al exterior, un dintorno frente a un contorno, con la aparición de una corteza o una piel que lo separa e individualiza frente a las tribus salvajes o a otros Estados que surjan del mismo modo. Y así como en relación con la capa político-jurídica ha sido bien establecido su funcionamiento operativo con la división de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) de Montesquieu, y la capa económico-basal ha conseguido sortear las crisis económicas desde la famosa de 1929 conjugando prudencialmente desde el keynesianismo, la mezcla de libre mercado e intervención económica estatal, sin embargo la capa cortical o fronteriza esta todavía sujeta a la contraposición excluyente entre nacionalismo y globalización sin vislumbrarse una posible solución conjugada.

     Consideramos entonces, como decíamos, que se necesita de esta nueva filosofía española por ser la única que plantea de forma novedosa esta nueva cuestión. En tal sentido, en nuestro libro Fronteras en el Origen. Filosofía operatiológica de la racionalidad política (Lulu, 2024), hemos tratado de esta nueva concepción del Estado presentándola de un modo más sistemático, por el que se expone primero una fundamentación del método utilizado, que denominamos operatiológico, seguida de una división de la materia a tratar en una parte Analítica o Estática  y otra parte Sintética o Dinámica, en el sentido de lo que desde Augusto Comte se denomina así, por semejanza con la Física moderna o también con las  partes de  la Medicina clásica, Anatomía y Fisiología. Por ello nos remitimos para el lector interesado a nuestro libro en el que, según exponemos en la parte final, podría verse toda la Historia de las sociedades Humanas atravesando tres estadios:

       Un primero en el que predomine una igualdad homogénea en perjuicio de la libertad. Se trata de sociedades comunitaristas en las que predominaba la propiedad igualitaria comunal sobre la propiedad individual. Gustavo Bueno, tratando de evitar la visión de dicha igualdad ya como igualitarismo anárquico o como sometidas a una jefatura jerárquica, denomina a dichas sociedades <<filarquías>>, en las que la igualdad convive y converge de forma compatible con la aceptación de relaciones de subordinación:

     <<Las sociedades naturales no son sociedades <<igualitarias>> en sí mismas, sino sociedades ligadas por relaciones de dominación (asociadas o no a las relaciones parentales). En este sentido no cabe definirlas como sociedades ácratas. No son anarquías ni tampoco son siempre jefaturas. Podrían llamarse filarquías (φυλαρχέω = mando de una tribu), tomando el nombre de un tecnicismo que designa situaciones dadas a un nivel bajo de las sociedades políticas. En todo caso, las sociedades naturales, sin dejar de ser filarquías, implican tanto relaciones de subordinación, como relaciones de coordinación; pero la subordinación de unos grupos a otros en el todo social puede ser tan convergente y aceptada por los subordinados como las relaciones de igualdad (Nietzsche habló de la “dulzura de obedecer”>> ( G. Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, Biblioteca Riojana, Logroño, 1991, p.168).

    El ejemplo histórico son las sociedades pre-estatales denominadas por Marx y Engels <<comunismo primitivo>>. Son sociedades homogéneamente igualitarias en tanto que no hay en ellas todavía clases sociales enfrentadas por motivos de desigualdad y explotación económica, aunque existen clases por edad. 

     Otra posibilidad es que predomine la libertad individual sobre la igualdad colectiva, fomentándose la divergencia, el disenso, la competencia y la lucha individual heterogénea frente al igualitarismo homogeneizador comunitarista de las sociedades pre-estatales. En las sociedades naturales existe un control muy fuerte, salvaje, sobre la libertad de los individuos que pretendan no someterse a la norma social, mientras que con la aparición del Estado dicho control empieza a pasar a órganos especializados y separados del resto de la sociedad, como son los jueces, que deben dirimir en los conflictos entre individuo y normas sociales. Tal tipo de situación aparece, pues, con la creación del Estado. Hegel sostenía que, con la aparición del Estado, incluso en la forma primera de un <<despotismo oriental>>, ya aparece la figura del individuo libre, el propio déspota frente al resto de la población reducida a siervos suyos. Se daría después, según Hegel, una evolución del propio Estado en el que se formarían oligarquías, como en la democracia esclavista griega, donde solo <<algunos son libres>>, para culminar en el mundo moderno, con la democracia surgida de la Revolución francesa, en la que se proclama la libertad de todos los ciudadanos.

      Pero la propia Revolución francesa se adelantó, frente a la Revolución inglesa o la Norteamericana, en la introducción de la propuesta de una Fraternidad o Solidaridad que complementase a la Libertad y la Igualdad. Aquí aparece entonces una tercera situación en la que se introduce una limitación de la libertad con el fin de conjugarla con la igualdad, de manera que se creasen sociedades más estables y duraderas, lo que Bueno denomina su eutaxia u orden interno, ya que si el igualitarismo comunitarista producía estancamiento y retardo en el progreso de las sociedades primitivas, el individualismo libertario, aunque más capaz de producir avances y progresos en la mejora y civilización de las sociedades humanas, sin embargo, debido a la competencia sin control de los individuos en el desarrollo y apropiación de la riqueza, conducía a sociedades de grandes desigualdades que amenazaban la estabilidad y el orden social con el estallido de guerras civiles y conflictos catastróficos muchas veces para el progreso de dichas sociedades.

    Esta tercera posibilidad es la que parece abrirse en el horizonte futuro con el desarrollo de las llamadas sociedades transnacionales que están poniendo límites al poder de los Estados, abriendo una sociedad en globalización creciente que se está configurando ya ante nuestros ojos. El filósofo que anticipo este nuevo tipo de situación fue el inglés Herbert Spencer, propulsor de una reforma del liberalismo político que buscase, no tanto poner límites al Estado monárquico como en tiempos de Locke, sino poner límites al Estado democrático parlamentario mismo, considerado la culminación más perfecta del Estado por el llamado fundamentalismo o absolutismo democrático actualmente dominante. Dichos límites debían oponer los derechos del propio individuo libre frente al Estado, sea este cual fuere, tal como sostiene en su escrito The Man Versus the State (1884) en línea con el liberalismo clásico inglés de Locke. Pero Spencer recogía también la distinción del fundador del positivismo, el Conde de Saint-Simón, entre sociedades militares y sociedades industriales. Las primeras corresponden a las sociedades antiguas, en las que la mayor parte de la riqueza procedía de la explotación del trabajo esclavo como resultado de la dominación militar y guerrera de unos pueblos sobre otros. En las sociedades modernas, debido a la Revolución Industrial, que consiste en la aplicación de los conocimientos científicos a la explotación de las fuerzas naturales, como nunca anteriormente se hizo, la riqueza y el poder consecuente que ella genera no proviene ya principalmente de la guerra, sino de la producción industrial y el comercio, que requieren unas relaciones entre los factores productivos y comerciales sometidas a contratos y condiciones legales libremente establecidas entre las partes.

      De ahí que la Globalización del Comercio y la Producción Industrial esté planteando retos nunca vistos hasta ahora, desde la creación de un Poder Mundial hasta la desaparición de los Estados nacionales. Pero, en el horizonte que está abriendo la Sociedad Trans-estatal, tal como la venimos percibiendo, no parece que vaya a desaparecer el Estado, como pretendían las utopías del marxismo o del anarco-capitalismo, como no desapareció tampoco la estructura familiar con el paso a las sociedades estatales, a pesar de que algunos totalitarismos hayan querido liquidarlas y superarlas haciendo que los hijos denuncien a sus padres como contrarrevolucionarios, como ocurrió en la China de Mao o en el régimen de Pol Pot. En el extremo contrario, las familias reales fueron divinizadas en el origen de las Monarquías como formas político-estatales. Pero la familia ha persistido, aunque encorsetada por los poderes del Estado. De forma similar, seguramente el Estado, en tanto que instrumento civilizador y no meramente depredador, no desaparecerá en el futuro, aunque será cada vez más limitado y encorsetado en su poder por las nuevas fuerzas de poderes transnacionales. Pero no llegará a ser algo arcaico o simplemente antiguo, del que nos podamos deshacer, como una antigualla, sino que, así como la rueda fue inventada ya hace miles de años, no ha dejado por ello de permanecer como un mecanismo operacional que ha sido, y seguramente seguirá siendo, trascendental para el avance y progreso del Género Humano, lo mismo se podría decir del Estado nación.

Manuel F. Lorenzo