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jueves, 1 de febrero de 2024

Filosofía como medicina del alma española

 

    Una de las razones de la famosa Decadencia que nos aquejó de modo secular ha sido la falta de una filosofía moderna propia, que reflejase y consiguiese perfeccionar, elevándola al rasgo de categoría, nuestra forma de ser o carácter nacional, tan distinto del pragmatismo inglés, del seco racionalismo francés o del idealismo alemán. No sirvió de mucho imitar las modas filosóficas triunfantes sucesivamente en nuestros ilustres vecinos europeos, como se pretendió hacer después. Solo con Unamuno y Ortega, como grandes figuras señeras, se inicia en España la tarea de desarrollar un pensamiento filosófico moderno propio, con pretensiones de crítica y superación, de las entonces dominantes filosofías en Europa. Dicho esfuerzo filosófico no se ha detenido con ellos, sino que ha continuado en la segunda mitad del siglo XX y hasta comienzos del XXI con la importante obra filosófica creativa que nos ha legado, entre otros, un pensador tan conocido hoy como Gustavo Bueno.

       No pretendo que con decir esto pueda aumentar considerablemente el número lectores o de seguidores de estos señeros filósofos, pues es difícil apartar a mucha gente del culto a los prejuicios dominantes en los grandes aparatos de propaganda masiva, sino que tan solo me dirijo a los pocos, a la minoría selecta que decía el propio Ortega, que creo existente en nuestro país,  aunque se encuentre en un estado de dispersión y alejada de los grandes altavoces mediáticos dominados y ocupados por los epígonos de extranjeras tendencias influyentes. A dichos pocos me dirijo en tanto que considero que están libres de la ceguera, tan extendida hoy en España, para las cosas profundas; pues, en España dicha ceguera es algo muy común y se haya enraizada profundamente en defectos que se atribuyen tradicionalmente a los españoles, como la Aristofobia, que ha contribuido, como señala Ortega, como un defecto constitutivo de nuestro propia historia, -aunque discrepemos de los motivos que aduce Ortega para explicar tal defecto-, a nuestra famosa decadencia, al apartamiento más sostenido de los mejores en la dirección y la búsqueda de solución a los grandes problemas nacionales que nos aquejan desde hace ya siglos, cuando comenzó nuestro declive en la gran influencia que tuvimos en el mundo.

     Ramón Menéndez Pidal, al principio de su conocida obra sobre El Cid Campeador, habla de uno de estos momentos históricos, el de los medievales “condes invidentes” de la corte de Alfonso VI, en los que se manifiesta con claridad meridiana a su juicio esa “invidencia, vicio eminentemente hispano”, que “entorpeció tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta al daño colectivo que en la guerra anti islámica  se seguía al destierro del guerrero superior;  defecto típicamente español (…) Castilla, la Castilla oficial, ciega para las dotes prodigiosas de su héroe, le desterró, le estorbó cuanto pudo, le quiso anular toda su obra bélica y política: <<Ésta es Castilla que face los omes e los gasta>>” (Ramón Menéndez Pidal, El Cid Campeador, Austral, Madrid, 1985, p. 20).

     En tal sentido, envidia viene del latín invideo, invidente, el que no ve. Pero la ceguera, como defecto o mal privativo, puede ser curado en muchos casos mediante operaciones u otros remedios de aparatos ópticos. Por ello esta envidia española, verdadero obstáculo para  reconocer la excelencia en tantos casos y en graves momentos de nuestra Historia, quizás pueda ser curada con una terapia medicinal adecuada, con una “medicina del alma” en este caso, como es la crítica y la educación filosófica que, aunque no pueda erradicar la ceguera en los casos extremos más patológicos, si puede hacerlo en una mayoría de españoles que son indispensables para orientar con su voto, en los tiempos democráticos que vivimos, la elección de los mejores para ocupar los altos puestos en los que reside el mayor poder e influencia.   En los últimos años, parece que el crecimiento de la demagogia política, que está llevando a una selección a la inversa de los dirigentes y personas más influyentes entre los españoles, promocionado la mediocridad y la incompetencia en perjuicio de la excelencia, puede llevarnos a un estancamiento en nuestra modernización e incluso al peligro, hoy ya manifiesto para muchos, de la final destrucción de la unidad política como nación moderna.

     Por todo ello creemos necesaria una mayor influencia en la España actual de nuestro propio pensamiento filosófico desarrollado polémicamente por nuestros propios filósofos, que sería útil para fortalecer críticamente a nuestro país. Pues, como decía Descartes, la potencia de un país guarda relación también con la potencia de la filosofía de sus pensadores. El problema es que esta nueva filosofía española es censurada y marginada por los poderes mediáticos dominantes hoy en España. Quousque tándem abutere, Catilina?.

Manuel F. Lorenzo


miércoles, 1 de julio de 2020

Volviendo a leer la España Invertebrada de Ortega y Gasset

    Ha pasado ya casi un siglo de la edición del libro España Invertebrada, un pequeño “ensayo de un ensayo”, como lo definía su autor, el propio Ortega y Gasset, en la Advertencia del inicio, pero que tuvo en su momento un gran e inesperado éxito que sorprendió al mismo autor. Es un ensayo basado en un intento de establecer la esencia o estructura invariante que definiría lo español, no ya en absoluto o metafísicamente hablando, como haría Menendez Pelayo identificando a España, católica a machamartillo, con la religión para él verdadera revelada por Dios, sino de modo relativo, orteguianamente perspectivistico, al compararla con otros pueblos y especialmente con las otras naciones europeas históricamente rivales suyas. La reflexión orteguiana no surgió gratuitamente por un mero vicio intelectual propiamente español, como dicen algunos, de preguntarse sobre nuestro ser, cosa que no han necesitado hacer otros grandes países como Francia o Inglaterra para encontrar su camino en la modernidad como naciones poderosas y estables a diferencia de nuestros recurrentes fracasos y dificultades para afianzarnos en el mundo nuevo de las sociedades industrial y técnicamente avanzadas. Habría que matizar que hay la excepción alemana, que hoy es la sociedad industrial más potente de Europa, pero que para encauzar su modernización tuvo también que preguntarse en la cabeza de sus grandes filósofos como Leibniz o Fichte, cual era su historia y modo de ser que la diferenciaba del resto de las potencias europeas de entonces y cual debía ser el proyecto o empresa común a los germanos que debían emprender en el futuro para llegar a ser una nación moderna poderosa y estable.

     Creo que Ortega, gran conocedor de tales filósofos, se propuso lo mismo para España. Había una semejanza que lo permitía, pues Alemania, a diferencia de Francia o Inglaterra, que construyen sus imperios coloniales tras sus revoluciones nacionales, había sido ya un Imperio medieval antes de llegar a constituirse como nación moderna. Alemania solo se plantea su modernización política tras la destrucción de su Sacro Imperio por Napoleón.  Fichte, en sus Discursos a la nación alemana, es quien aprovecha la derrota y humillante ocupación napoleónica de Prusia para proponer un cambio profundo en la forma de ser y comportarse hasta entonces de los alemanes. Es el educador y excitator de la moderna Alemania. Ortega, a su vez, advertido por los tristes augurios de los regeneracionistas del 98, de Costa y Unamuno, ve venir la catástrofe con el fracaso de Régimen de la Restauración y se plantea una reflexión profunda, que solo puede hacer la filosofía, en tanto que debe ser sinóptica y contemplar el problema con la mayor claridad, generalidad y radicalidad posible. Por ello lo ataca en forma reductiva, por capas, como si de una cebolla se tratara, eliminando las más superficiales hasta alcanzar la capa esencial o más profunda. Así, frente a Costa y los Regeneracionistas, sostiene que los fenómenos de la corrupción generados por formas oligárquicas o defectuosas de gobierno o los errores o abusos caciquiles de poder, la misma incultura propiciada por el fanatismo religioso, son males por si mismos solo superficiales. La prueba está en que existen también en otros países europeos, como Inglaterra o Francia, o en los mismos Estados Unidos, sin que le haya impedido, al ser compensados por otras virtudes, la prosperidad y la estabilidad política.

     Ortega se refiere entonces a otra causa más profunda que esta y que denomina como el defecto del “particularismo”. Ve su afloración en los movimientos regionales del separatismo catalán y vasco que se manifiestan con la crisis de la Restauración decimonónica:

      “Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos … Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.

     El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos a parte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me pregunta cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra”  (J. Ortega y Gasset, España Invertebrada, Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1983, pgs. 45-46).

     Es este mismo particularismo el que, inesperadamente para muchos, a rebrotado, con más fuerza si cabe, en la actual situación española, aproximadamente un siglo después. Las paginas que a continuación del texto citado dedica Ortega a describir el brotar del sentimiento separatista en su época, como algo general que, aunque con diversos matices de agresividad (vascos y catalanes), resentimiento soterrado (Galicia) o nihilismo andaluz, estado latente en otros como Aragón o incluso Asturias, etc., es general. Para solucionarlo se abre la disputa clásica entre volver al centralismo político o avanzar hacia el federalismo o el confederalismo. Hoy es esta, de nuevo, la disputa política más habitual, disputa que inconscientemente surge ahora tras la instauración del modelo territorial Autonómico que introduce la Constitución de 1978 de la llamada Transición. Tal solución Autonómica había sido forjada ya con el mayor rigor posible por el propio Ortega en su muy poco discutido y analizado libro La redención de las provincias y otros escritos y discursos políticos de los tiempos de la  IIª Republica. Ortega, tras rechazar el federalismo y el centralismo unitarista rígido, veía en el autonomismo la solución mas estable a largo plazo. Por eso decía que el problema catalán no tenía una solución, ni en el centralismo, ni en la indepependencia separatista. Solo se podía “conllevar” con la solución autonomista, porque Cataluña, como hoy, estaba dividida aproximadamente en dos mitades, la de los que querían seguir unidos al resto de España y los que querían la separación.

     Pero la solución centralista rígida que se introduce con Felipe V no había podido evitar la decadencia española iniciada con los últimos Austrias, a pesar de los esfuerzos de Carlos III, del que Ortega dice que

     “Podrá una parte de su política ser simpática desde el punto de vista de la cultura humana, pero el conjunto es acaso elmás particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía” (p. 49, n. 1).

     Frente a dicho centralismo, que no funcionó en lo esencial, que era el resurgimiento de España, se levanta el particularismo catalán desde la llamada Guerra de Sucesión. Pero, si en el futuro, como están intentado actualmente su Gobierno Autonómico, Cataluña lograse separarse de España, ante el previsible empeoramiento de su situación económica y la presumible debilidad política de un Estado tan pequeño, la otra mitad de su población no partidaria de la secesión trataría de volver a unirse de algún modo con España. Con ello la secesión no sería una solución estable a largo plazo y no haría más que agravar el problema. Algunos mantienen hoy que la secesión catalana no sería más que la continuidad de la secesión de los virreinatos americanos del antiguo Imperio español. El propio Ortega señala que España ha tenido un proceso ascendente que alcanza su cima con Felipe II. A partir de él comienza su descenso decadente con la perdida de las Provincias Holandesas, el Milanesado, Nápoles, las provincias de ultramar a comienzos del XIX y finalmente Cuba, Puerto Rico, Filipinas:

     “En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Sera casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos… Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversa que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas” (pgs. 45-46).

     En tal sentido se interpreta que la independencia de Méjico, como la de las otras Provincias y Virreinatos americanos, es un proceso secesionista como el que después inician Cataluña o las Provincias Vascongadas. Precisamente esa semejanza nos permite confirmar, por analogía, lo que le podría ocurrir a una Cataluña saparada de España. Sería algo similar a lo que les ocurrió a países como Méjico, Argentina, Venezuela, etc., en el sentido de que creyendo poder vivir y progresar mejor con la separación, tras dos siglos de separación, se enfrentan hoy día a una creciente miseria y estancamiento, mientras que observan como la “madre España” se ha modernizado en la 2ª mitad del siglo XX, acercándose a unos standars de vida próximos a los de sus antiguos enemigos, franceses, ingleses, etc. Se inicia entonces, en muchos de los países hispanoamericanos, el abandono de su hispanofobia y la búsqueda de una nueva colaboración con España con la creación de una especie de Commwealth, en foros regionales en los que tiene de nuevo un peso importante España por la contrapartida de la fuerte inversión de las grandes empresas y bancos españoles en Hispanoamérica y Brasil que en las últimas décadas ha llegado a equipararse a las inversiones Norteamericanas. Sigue presente, no obstante, el resentimiento antiespañol en una parte importante de la población hispanoamericana que mantiene un indigenismo utópico fomentado por los sectores anglosajones de EEUU y Europa más antiespañoles. Pero hay otra parte que ve un futuro mejor volviendo a restablecer los lazos con una madre patria que parece salir del retraso científico y filosófico que padeció por razones que el propio Ortega creyó poder explicar como veremos. Por eso la solución Autonómica sería el equivalente, para Cataluña y el resto de las regiones españolas que en algún momento sientan la tentación de separarse, de lo que se está poniendo en marcha en las últimas décadas con los foros y acuerdos de ayudas mutua que podrían avanzar hacia fórmulas de confederación política en un futuro próximo. Pero para ello habría que definir un nuevo proyecto nacional de vida en común que, sugestívamente y no solo por la fuerza (pues ya decía Ortega que mandar no es empujar), tienda por una parte a frenar la secesión peninsular con la descentralización Autonómica y a elaborar una nueva política internacional para España que busque la alianza con los países hispanoamericanos que deseen reintegrarse en una política común de defensa de lo hispano como merecedor de una consideración cultural propia, con orígenes esenciales en la civilización europea, que puede competir y complementar de forma efectiva con otras versiones de la llamada hoy cultura occidental.

     Con ello chocamos con un malentendido ámpliamente extendido que explota hasta la nausea la famosa frase de Ortega de que “España es el problema, Europa la solución”. La frase se pronunció, unos años antes de que estallase la Iª Guerra Mundial, en una institución cultural de Bilbao y proponía la europeización cultural y no tanto la integración de España en la construcción de unos EEUU de Europa. Es decir, proponía superar el atraso español impulsando la creación científica y filosófica, que es lo que diferencia a la civilización europea del resto de civilizaciones no occidentales. España debía desarrollar plenamente su aportación a Europa -a la que protegió en su infancia medieval  del peligro islámico, extendiendo a continuación lo europeo al continente americano-, con su incorporación propia al desarrollo científico y con la creación de una filosofía que enriqueciese las ya existentes con el desarrollo de un punto de vista español sobre el mundo. Ortega propuso, para ello, su conocido racio-vitalismo. Solo después de los desastres de las dos Guerras Mundiales, Ortega se da cuenta de la necesidad de buscar una solución política para Europa entera, y no solo para España. Es en su conferencia dada en la postguerra en Alemania, Meditación de Europa, donde propone la Unidad Europea como gran empresa para revitalizarla. En ella Ortega deja abierta la posibilidad de una unión política resultado de alianzas contra terceros, como el comunismo soviético o la coleta china. De hecho esa unión se fue realizando, debido a la presión e iniciativa Norteamericana, hasta la situación actual en que el Brexit inglés amenaza su continuidad. Pero Ortega, aunque se interesó por los EEUU, en los que veía un pueblo joven emergente, pero que encarnaba una sociedad donde estaba triunfando una especie de primitivismo y de rebelión de las masas, no pudo calibrar con más precisión el destino hegemónico que estaba destinado a tener en Occidente. Su discípulo Julián Marias, que pasó largas temporadas en dicho país, comprendió que ya no bastaba la unidad europea, sino la unidad de todo Occidente para enfrentarse al peligro soviético u otros peligros futuros. Y el centro sobre el que gravita dicha unidad ya no está en la cancillerías europeas, sino en Washington. Por ello el europeísmo reciente y superficial que domina hoy la política y la opinión pública española ya no es el de Ortega y su discípulo más influyente.

    Ocurrió una tergiversación similar con la apuesta Autonomista de Ortega. Pues, como he explicado en numerosos artículos que publiqué en diversos periódicos y he recopilado en un libro que lleva por título Oligarquía y Separatismo (2014), el Autonomismo recogido en la vigente Constitución de 1987, aunque difiere  del propuesto por Ortega en que añade un cierto reconocimiento del nacionalismo diferenciándolo del regionalismo, pero sin precisar si ello no pasa de ser un rasgo étnico sin llegar a ser político, sin embargo los gobiernos socialistas sucesivos, e incluso los del Partido Popular, tendieron, por intereses puramente partidistas y circunstanciales, a darle un carácter cada vez más político. Incluso el Partido Socialista con Zapatero acabó transformando el Autonomismo inicial en un Federalismo y Confederalismo de hecho que ya no tenía nada que ver con Ortega, sino con otros pensadores de tercera fila comparados con el filósofo madrileño, como el “intelectual orgánico” del PSOE, Anselmo Carretero y otros. Por eso se hicieron transferencias educativas y otras que Ortega consideraba como Competencias intrasferibles, con los resultados de fomento del separatismo que están en el origen de la grave crisis política e institucional que atravesamos. No obstante, Ortega pensaba que, aunque se ensayasen otras soluciones como la Federalista, la Secesionista, o una posible vuelta a un centralismo rígido, ello no llevaría a una solución estable sino a  peligrosas crisis en las que todos saldríamos perdiendo sin poder ganar una solución estable y de progreso.

     Precisamente en este actual olvido y apartamiento de la influencia indudable de Ortega en la política española se trasluce el principal problema que Ortega ve como un defecto verdaderamente causante de la decadencia de todo el cuerpo político y social español: el problema del apartamiento de los mejores.

    “Cuando un pueblo se arrastra por los siglos gravemente valetudinario, es siempre o porque faltan en el hombres ejemplares, o porque las masas son indóciles. La coyuntura extrema consistirá en que ocurran ambas cosas (…) Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o. cuando menos, está ciego para ver sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios (…) Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofofobia u odio a los mejores” (pgs. 91-92).

     Hoy se puede decir que Ortega ha sido reconocido ámpliamente como el mejor filosofo español de la primera mitad del siglo XX, pero todavía influye menos en la política española de lo que lo hizo en su época. La mayoría política en la derecha se ha olvidado de Ortega en el entendimiento, por ejemplo, de importantes cuestiones de Competencias Transferibles o no del poder central a las Autonomías,  y  la izquierda  se orienta desde Zapatero por los Carretero y la sustitución del Autonomismo por el Federalismo. Aunque Ortega ha sido olvidado y postergado ya incluso desde el inicio de la llamada Transición a la actual Democracia. Se vió claramente cuando su discípulo Julián Marias, e incluso el buen conocedor de Ortega, Torcuato Fernández-Miranda, críticaron la inclusión del término nacionalidades en la Constitución. Ambos fueron apartados por la España oficial. Pero ahí empezó la decadencia del hasta entonces deslumbrante Adolfo Suarez y el ascenso de un socialismo y de una derecha que desvirtuaron la solución Autonómica, los primeros para convertirla en federalismo o confederalismo y los segundos por intereses de puro poder partidario y desprecio de la faena intelectual. En realidad, como escribe Ortega,

      “En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración de lo superior se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles” (p. 72).

    Para colmo, recientemente, algunos autores críticos con la vulgaridad dominante, como Gustavo Bueno, Pio Moa o Elvira Roca Barea, incluyen a Ortega en la hispanofobía propia de los llamados regeneracionistas, suponiendo que Ortega se ha tragado la Leyenda negra, porque habría sostenido que este apartamiento decadente de los mejores estaría ya en la propia constitución de la nación española en la Edad media. Ello sería una especie de demérito si se compara con la formación de naciones como Francia, Inglaterra o Alemania dotadas de más abundantes e influyentes minorías egregias. Pero Ortega no pretende, como otros, hacer de menos a su país, al que siempre contemplaba como una irrenunciable circunstancia, sin lo cual no se salvaría el mismo. Ortega pretende, más bien, hacer un diagnóstico de la enfermedad decadente que, aunque sus causas eran genéticas, constitutivas, no empezó a dar síntomas hasta el siglo XVII. Incluso la causa genética, más que una enfermedad, podía verse como un defecto, como una ceguera o una cojera, que no sería mortal, pues se puede conllevar e incluso corregir con un aparto ortopédico. Precisamente utiliza la metáfora ortopédica en su libro La redención de las provincias para explicar lo que entiende por la Reforma territorial de las Autonomías, a la que considera como un aparato descentralizador diseñado para corregir la debilidad política del nacionalismo centralista de “cartón y piedra” de la Restauración canovista. En tal sentido también los pueblos anglosajones, el pueblo francés, etc., se les atribuyen defectos como la hipocresía o la avaricia, respectivamente. Pero estos habrían diseñado un aparato ideológico y vivencial que les habría permitido corregirlo, como el individualismo moderno liberal inglés o el socialismo francés. De modo semejante, España debería corregir su defecto con una política ortopédica que Ortega denomina de Imperativo de Selección para vigorizar y potenciar la escasez de sus élites.

     Pues el problema lo sitúa Ortega en la escasez y debilidad de sus élites. La escasez de élites intelectuales creadoras la ha padecido también otros pueblos como los romanos, si se les compara con los griegos. Rousseau mismo ve afinidad entre los legisladores de Roma y de Esparta, aunque el los considera política y moralmente superiores a los Atenienses. Ortega mismo compara a Castilla con Rusia por su populismo y la escasez de sus élites intelectuales. Asimismo la compara con la misma Roma como la gran muñidora de un vasto Imperio basado en la incorporación provincial y no en el mero colonialismo invasor:

     “… la incorporación nacional, la convivencia de pueblos y grupos sociales exige una empresa de colaboración y un proyecto sugestivo de vida en común. La historia de España confirma esta opinión, que habíamos formado contemplando la historia de Roma” (p. 41).

     En tal sentido el diagnóstico de Ortega no es una actitud hispanófoba que considere inferior a España frente a Inglaterra o Francia. Simplemente la considera de una naturaleza constitutiva diferente, más semejante a Roma o a Esparta. Podría inferirse que Inglaterra o la Prusia protestante se parecen más a Grecia por sus numerosos ilustrados y grandes filósofos. Pero ¿quién consideraría que Roma fue menos importante para el progreso civilizatorio que Atenas? De la misma manera debería resaltarse, como algunos historiadores están haciendo, que sin el freno secular al Islam, sin la acogida del legado científico y filosófico griego, sin el inicio de la Globalización hecha por España a través de América, Europa no habría podido desarrollarse y convertirse en poder mundial. Ortega llegó a percibir, asimismo, como se estaba produciendo algo “nada moderno y muy siglo XX”, por el que se dejaba atrás la llamada Modernidad ilustrada, tan dificultosa para un pueblo de las características españolas, y se entraba en una nueva situación en la que la propia Europa entraba en decadencia y perdería su poder mundial. Ello se confirmó tras la II Guerra Mundial y el surgimiento de EEUU como una nueva Roma, tal como lo vió su discípulo Julián Marias. Son estos, quizás, los nuevos vientos favorables que Ortega auguraba para países menores en la Europa Moderna como España:

     “Que España no haya sido un pueblo <>; que, por lo menos, no lo haya sido en grado suficiente, es cosa que a estas fechas no debe entristecernos mucho. Todo anuncia que la llamada <> toca a su fin (…) Si ciertos pueblos -Francia, Inglaterra- han fructificado plenamente en la Edad Moderna fue, sin duda, porque en su carácter residía una perfecta afinidad con los principios y problemas <>. En efecto: racionalismo, democratismo, mecanicismo, industrialismo, capitalismo, que mirados por el envés son los temas y tendencias universales de la Edad Moderna, son, mirados por el reverso, propensiones específicas de Francia, Inglaterra y, en parte, Alemania. No lo han sido, en cambio, de España. Mas hoy parece que aquellos principios ideológicos y prácticos comienzan a perder su vigor de excitantes vitales, tal vez porque se ha sacado ya de ellos cuanto podían dar. Traerá esto consigo, irremediablemente, una depresión en la potencialidad de las grandes naciones, y los pueblos menores pueden aprovechar la coyuntura para instaurar su vida según la intima pauta de su carácter y apetitos.

     Las circunstancias son, pues, excelentes para que España intente rehacerse. ¿Tendrá de ello la voluntad?. Yo no lo sé” (pgs. 110-111).

    Ortega matiza en nota al pie que “de los principios modernos sobrevivirán muchas cosas en el futuro”, aunque dejarán de ser el “centros de la gravitación espiritual”. Podríamos decir en tal sentido que el parlamentarismo moderno está perdiendo poder en las democracias presidencialistas y populistas actuales, el industrialismo y el capitalismo están siendo limitado por los derechos sociales o la conservación de la Naturaleza, el racionalismo idealista está siendo criticado desde el materialismo marxista o el vitalismo nietzscheano, etc.

     Esto nos parecen grandes aciertos de Ortega que deberían iluminar una nueva política exterior de España. Pero dichos grandes aciertos se silencian por muchos de sus críticos centrándose en errores parciales y comprensibles, como la consideración que hace Ortega de los visigodos como un pueblo germano decadente, “alcoholizado” de romanismo (p. 97). Después de los estudios histórico-críticos de Menendez Pidal y otros medievalistas es fácil hoy criticar el desconocimiento de Ortega, como es fácil criticar muchas de las afirmaciones de Aristóteles sobre los animales después de disponer de microscopios y otros aparatos científicos. También es fácil ver hoy que Ortega despachó alegremente la Reconquista y el papel de la “guerra total” que supuso el Islam, el cual, al exigir una movilización social de toda la sociedad, y no solo del estamento guerrero, para vencerlo, como señalan los estudios clásicos de Sanchez- Albornoz, podría servir para explicar la ausencia de feudalismo, que señala Ortega como lo que hace a España diferente. Este habría sido reemplazado por regímenes de señorío y de guerra de fronteras, como una especie de conquista americana del Oeste, con sus colonos y sus sheriffs o corregidores, elegidos, en medio de una inseguridad continua, entre los más valientes y de modo urgente lejos del poder central, saltándose las jerarquías y generando  una sociedad castellana que proclamará aquello “del Rey abajo, ninguno”, como la más igualitaria entonces en Europa. Pero, precisamente fue este igualitarismo sin límite con el que se identifica el Poder del Rey, en tanto que, como teorizará Francisco Suarez, no procede directamente de Dios, sino a través de la voluntad popular, el que dará lugar a una sociedad política no liberal: la Monarquía Absoluta iniciada por los Reyes Católicos.

     Se dice que la democracia absoluta, como ya lo vió Platón, acaba conduciendo a la tiranía. En el caso español, el dominante igualitarismo castellano condujo, no tanto a una tiranía, como a una Monarquía Absoluta, la cual acabó degenerando, al imponerse por el enorme poder que supuso la conquista americana, como un particularismo dinástico, como dice Ortega, ante el cual se acabaron sacrificando los intereses nacionales, como empezó a ocurrir claramente con la introducción de los Borbones. Y a diferencia de la Francia de Luis XIV, en la que, se nacionaliza la Iglesia Católica con Richelieu por medio de la doctrina del “galicanismo” de Bossuet, en España los intereses civilizatorios en America precisaron de la colaboración indispensable de otro poder no nacional, como era el Papado, al que se sacrificó la libertad de pensamiento que precisaban la extensión de las conquistas científicas y filosóficas modernas. Ortega señala precisamente el carácter frecuentemente desnacionalizador del Trono y del Altar en España. Solo tras la Constitución liberal de Cadiz se empieza a nacionalizar la Soberanía y con ello al propio Monarca, pero entonces aparece el problema de la ausencia o escasez de unas élites modernas de científicos y filósofos que deberían sustituir a las antiguas élites guerreras, pues las modernas sociedades industriales que sustituyen a las antiguas y medievales plantean problemas científicos, tecnológicos, etc., que no pueden se resuelto por el solo ardor guerrero del pueblo. La misma guerra, como señala Ortega, se ha burocratizado, con sus ingenieros y su industria militar, en la que el mero valor frente a la capacidad de destrucción científico tecnológica parece ya insuficiente.

     Por ello ve Ortega el principal problema español en la selección y fortalecimiento de la élites, a lo cual se opone la degeneración del español medio en hombre masa, aquejado de aristofobia. Ya durante los comienzos del franquismo, después del castigo a esa política aristofóbica del Frente Popular que llevó a la Guerra Civil, Ortega observó, al volver de su exilio a España, síntomas de regeneración y cambio social, facilitado por la vuelta a una sociedad donde se tuvieron que introducir las jerarquías frente al igualitarismo, la buena educación basada en el esfuerzo, el respeto por las élites industriales de ingenieros y emprendedores. En ese ambiente social, aun co el lastre de determinadas limitaciones políticas, se produjo el llamado “milagro español” de la industrialización que posibilitó, como algunos suponen, las bases para la Transición a la Democracia. Pero la vuelta al dominio ideológico del hombre masa, que se produjo con el actualmente dominante fundamentalismo democrático, como lo denominaba Gustavo Bueno, y que está echando por tierra, no solo el agua sucia del franquismo, sino también sus aspectos innegablemente positivos, como el respeto a las élites profesorales y al esfuerzo en la  educación, dicha vuelta del hombre masa está torciendo el rumbo de los logros conseguidos y nos está conduciéndonos a una democracia demagógica, morbosa, como la llamaría Ortega, que amenaza con la vuelta de los demonios de nuestro pasado más decadente. Pero el hombre masa, que hoy domina no solo en España, sino en la mayoría de los países occidentales, solo podrá dejar de serlo cuando sienta en sus propias carnes las consecuencias a que llevan su estupidez aristofóbica. Por ello la actual crisis política y social, es ciertamente un peligro y un mal para todos, pero puede ser a la vez una oportunidad para modificar el actual rumbo mortal y degenerativo que padecemos en las últimas décadas en España. Depende de que mantengamos una visión tan clara y profunda como la que en su momento tuvo Ortega.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (20-6-2020)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La aristofobia universitaria española

   Hace poco, en uno de los canales televisivos de que disponemos, pude volver a ver la serie televisiva sobre la vida de nuestro ilustre neurólogo Santiago Ramón y Cajal, que en su momento se estrenó en la televisión pública. Entre las muchas cosas que me volvieron a sorprender hubo una en especial: el hecho de que don Santiago, durante sus primeros años de investigador tenía que auto-editarse sus trabajos científicos, los cuales enviaba a los colegas de profesión, obteniendo como respuesta sistemática el silencio. Ni una cita, ni una mención de sus artículos, hoy considerados extraordinarios. Solo cuando dichos trabajos entraron en conocimiento de colegas extranjeros, con ocasión de su viaje a un congreso científico en Berlín, consiguió romper ese silencio y ausencia de valoración positiva o mínimamente crítica que padecía en la Universidad patria.

  Aquella era la Universidad de la llamada Restauración decimonónica. Un régimen político institucional que mantiene tristes semejanzas con el de la España de las últimas décadas. Por ello, un siglo después vuelve a repetirse para muchos investigadores universitarios la triste experiencia de los inicios de Cajal. Una Universidad española desprestigiada en los rankings internacionales por su escasamente relevante investigación. Las excepciones de rigor son precisamente aquellas de investigadores que han conseguido, como Cajal, obtener reconocimiento en las universidades extranjeras donde la investigación es puntera. Muchas veces el mérito es debido a equipos de investigación constituidos en redes internacionales, como ocurre en la investigación biológica del código genético. Pero lo que caracterizaba a Cajal era el ser durante años un investigador solitario. De ahí le viene ese halo de héroe científico. Una especie de Quijote en lucha desigual con los malandrines de turno. De ahí que haya sido elevado a héroe nacional en España porque trataba con su actitud intransigentemente incorruptible, de remover obstáculos y vicios nacionales que parecían hacernos incapaces para la ciencia. Y he aquí que estos vicios nacionales  hoy vuelven a estar como en los tiempos de don Santiago. Creo que ello se debe a que no hemos tomado nota, como se debía, de las reflexiones de nuestro primer filósofo moderno de talla, Ortega y Gasset, cuando señalaba con valentía nuestro gran defecto nacional: la aristofobía, el odio a los mejores.  
   Pero no nos pongamos trágicos ni veamos fantasmas negro-legendarios en torno a este sangrante y triste asunto, del que no nos ocuparíamos aquí si no fuese porque, después de una la larga experiencia de las últimas décadas, constatamos que seguimos más o menos como en los tiempos de don Santiago. El defecto es el equivalente en el mundo intelectual al particularismo o localismo que Ortega denunciaba en la vida política nacional. Creer que se puede impulsar la creación científica o de pensamiento en España a niveles internacionales, sin tener en cuenta este defecto, es pensar como una paloma que creería volar mejor si se eliminase la resistencia del aire en un cielo idealista y platónico. Seamos realistas y tengamos en cuenta este defecto que nos caracteriza, como a los ingleses la hipocresía, a los franceses la avaricia (Moliere) o a los alemanes la barbarie. Dichos pueblos, aliados históricos unas veces y otros rivales nuestros, nos han dejado atrás en la ciencia y el pensamiento porque han sabido encontrar una medicina mentis para, sino eliminar, si neutralizar su defecto constitutivo. Frente a la hipocresía social, los ingleses han desarrollado el artefacto ortopédico del individualismo liberal como reza la obra de Herbert Spencer, El individuo contra el Estado. Los franceses, frente a la avaricia, han inventado el socialismo de la igualdad y la fraternidad. Los alemanes, frente a la barbarie de la Mittel-Europa sin romanizar, han inventado la ética kantiano-prusiana del imperativo categórico. 

  ¿Qué podemos hacer los españoles ante la fobia frente a lo excelso y distanciado que nos caracteriza mayoritariamente? Ortega lo resumía en una frase: imperativo de selección. La selección de las élites de la ciencia y del pensamiento se ha hecho tradicionalmente desde Madrid. Pero Madrid, por ese defecto característico español, no pudo ser lo que fue un Londres, un Paris o un Berlín para la ciencia y la filosofía. El nuevo espacio, la nueva sede de la República de las ciencias y el pensamiento español, es hoy Internet y los media que nos ponen en comunicación a decenas de países y cientos de millones de hablantes hispanos, la mayoría de los cuales han heredado muchas cosas nuestras, como la lengua y las universidades, pero no padecen de aristofobia en el mismo grado letal que nosotros. Por ello pueden ayudarnos hoy con su selección cotidiana como lectores o espectadores a neutralizar el grave daño y sangría que padecemos en la selección de los mejores.  
Artículo publicado en El Español (13-7-2016)

viernes, 2 de enero de 2015

De nuevo el “problema de España”

     “El español que pretenda huir de las preocupaciones nacionales será hecho prisionero de ellas diez veces al día y acabará por comprender que para un hombre nacido entre el Bidasoa y Gibraltar –escribía Ortega en 1910- es España el problema primero, plenario y perentorio”. Ha pasado un siglo desde entonces y volvemos a tener ante nuestros atónitos ojos el mismo problema todavía sin resolver. La crisis del actual régimen político, surgido de la llamada Transición, fue provocada por grandes errores cometidos en la irresponsable y equivocada dirección económica del país con el fomento de una economía basada en un capital puramente especulativo y corruptor, que huye de la industrialización y modernización económica impulsada exitósamente por el anterior régimen franquista y que nos condujo al endeudamiento y empobrecimiento de la mayoría de los españoles. Dicha crisis amenaza con poner en cuestión de nuevo, como ya ocurriera en la Primera y la Segunda República, la unidad de la propia nación española. Por eso nos acordamos cada vez más de la famosa frase de Ortega, que parecía haber caído en el olvido en las últimas décadas. Ortega había pronunciado otra frase tan famosa como mal entendida: “España es el problema y Europa la solución”. Aquí se creyó, por la mayoría de los dirigentes políticos de las últimas décadas, que eso significaba la plena entrada de España en las instituciones europeas, primero del Mercado Común, luego de la OTAN, de la EU, del Euro, del Tribunal de Estrasburgo, etc., con la pérdida consiguiente de soberanía nacional. Pero no era así, pues Ortega entendía por incorporarse a Europa, incorporarse ante todo a la cultura científica y filosófica que caracteriza y distingue a Europa del resto de las civilizaciones históricas: “Cuando postulamos la europeización de España, (escribía Ortega en 1910) no queremos otra cosa que la obtención de una nueva forma de cultura distinta de la francesa, la alemana … Queremos la interpretación española del mundo. Más, para esto, nos hace falta la sustancia, nos hace falta la materia que hemos de adobar, nos hace falta la cultura” ( “España como posibilidad”, O.C. Taurus, Madrid, 2004-10, t, I, pgs. 152-153 ). Ello no iría en detrimento de la nación española sino que la fortalecería, pues Ortega sostenía que “necesitamos ser una nación” (“La cuestión moral”, O.C.I, p. 210). Hay que ser europeos sin dejar de ser patriotas, miembros de una particular nación, sin anegarse en ese europeísmo abstracto y sin patria, puramente receptivo y papanatas que  ha  sido pregonado  hasta la nausea por el actual régimen político: “Somos cisterna y debiéramos ser manantial. Tráennos productos de la cultura; pero la cultura, que es cultivo, que es trabajo, que es actividad personalísima y consciente, que no es cosa –microscopio, ferrocarril o ley-, queda fuera de nosotros. Seremos españoles cuando segreguemos al vibrar de nuestros nervios celtibéricas sustancias humanas, de significado universal –mecánica, economía, democracia y emociones trascendentes” (“Nueva Revista”, O.C. I, p. 340).

     Ortega está pidiendo, por tanto, que surja en España una élite filosófica y científica que nos incorpore al pensamiento europeo y a la vez contribuya a guiar la modernización de nuestro país situándonos a la altura de los grandes países modernos europeos. Creemos que esto es lo que ha fallado en esta “falsa” europeización de las últimas décadas que nos ha acercado nominalmente a los países más avanzados de Europa en algunas cifras macroeconómicas, por ejemplo, al coste de endeudarnos irresponsáblemente, pero sin acercarnos realmente a dicho objetivo que hoy permanece aun más lejano que al inicio de la propia Transición a la Democracia. Creemos que se ha fracasado en dos aspectos esencialmente ligados: en la constitución y apoyo de nuevas élites creadoras de una cultura a la altura de las dominantes en la modernidad europea y en la creación de un electorado democrático-liberal de centro que hiciese de contra balance ante las tendencias antidemocráticas y absolutistas de las dos fuerzas políticas dominantes, socialistas y populares, que reflejan todavía las antiguas “dos Españas” de que hablaba Machado, aunque retóricamente lo nieguen. Aquí se dice que el suceso determinante fue la destrucción política de Adolfo Suarez que llevó irresponsáblemente tanto a la izquierda como a la derecha, e incluso quizás a la propia corona, a participar por activa o por pasiva en el famoso Golpe militar del 23-F. Aquello fue, a nuestro juicio, un autentico caso de aristofobia, mal que Ortega achaca al carácter dominante de los españoles como vicio peligroso y que requiere una medicina mentis filosófica y educativa profunda y regeneradora. Pues Adolfo Suarez apareció providencialmente como el político capaz de llevar a cabo, ganando elecciones democráticas, una Transición impecable, y que parecía imposible, de la Dictadura  a la Democracia, orientado por el culto profesor asturiano, Torcuato Fdez. Miranda, y protegido por el joven Rey. Pero, como dice Ortega, en España hay una tendencia muy arraigada y fuerte en la postergación de los mejores. Y a ella sucumbió Adolfo Suarez tras la traición probada de su la mayoría de sus colaboradores y aliados políticos, como sabemos hoy con cierta claridad tras la publicación de memorias y confesiones de tantos que se quieren justificar con el paso del tiempo y el enfriamiento de las pasiones (ver, por ejemplo, el libro de Pilar Urbano, La gran desmemoria. Lo que Suarez olvidó y el Rey prefiere no recordar, Planeta, Barcelona, 2014). El ataque a Adolfo Suarez de los socialistas se dice que fue más allá de la crítica política llegando hasta el encarnizamiento personal. Se buscaba tanto, por los socialistas como por sectores de la derecha, la destrucción cainita del exitoso “hombre providencial”, un rasgo que permita hablar de aristofobia en el sentido de Ortega, contaminándose la demonización de Suarez hasta alcanzar una extraña forma de unanimidad social. Algo parecido ocurrió posteriormente con el poderoso banquero Mario Conde, otro que fue visto por la juventud de entonces como encarnación de la excelencia y del self made man, cuando al parecer pretendía saltar a la política ayudando financieramente precisamente al CDS de Adolfo Suarez. Mario Conde, al margen de sus actuaciones bancarias, que no diferían precisamente en sujeción a las prácticas bancarias al uso de la de sus colegas como Botín, etc., fue encarcelado y expulsado del “Sistema” por pura aristofobía. Ya Ortega observaba que cuando se colgaba con rara unanimidad el cartel de tener “mala prensa” a algún personaje destacado, como se hizo posteriormente con el mismo Mario Conde, podía percibirse detrás el tradicional defecto español de la aristofobía. El fracaso posterior de la creación de un partido de centro, fruto y consecuencia de todo esto, como el CDS, acabó abriendo el camino a un bipartidismo de tendencias absolutista (“Montesquieu ha muerto” dijo entonces el líder socialista Alfonso Guerra, en tanto que el Presidente Felipe Gonzalez controlaba por Ley al Gobierno de los Jueces eligiéndolos con cuotas de partidos políticos). Cuando los dos grandes partidos empataban a votos, buscaron a los partidos separatistas como apoyo parlamentario poniendo en peligro así la unidad de España con sus Transferencias excesivas e irresponsables de Competencias, en beneficio exclusivo de  sus intereses de poder puramente partidistas y grave perjuicio futuro para la mayoría de los españoles

     Se acusa a Suarez (Pio Moa, y otros) de ser un político inculto, sin verdadera dimensión de hombre de Estado, etc., que con sus concesiones irresponsables (la introducción del término “nacionalidades” en la Constitución, etc.) habría puesto la brecha que abriría posteriormente la vía al separatismo dentro de la Constitución presente en la grave crisis actual de abierta rebeldía de la Autonomía Catalana. No dejó de ser en todo caso, el precio para conseguir un amplio consenso necesario para llevar a cabo, como se llevó, la difícil Transición y la Restauración de la Monarquía Constitucional actual. Pues, desde la realpolitik la Constitución siempre es interpretada por las fuerzas políticas que tienen poder para ello y en tal sentido la responsabilidad de una interpretación claramente torcida empezó con el gobierno de Zapatero y la creación de un segundo Estatuto para Cataluña. Pero la piedra con la que se tropezó y llevo a torcer, sino la letra si el espíritu “autonomista” de la Constitución en un sentido “confederalista”, fue anterior a Zapatero. Fue la inexistencia de un partido bisagra de centro que permitiese desbloquear situaciones de bloqueo político por empate en las elecciones entre los dos grandes partidos de socialista y conservadores. Se buscó como sucedáneo a los partidos separatistas vasco y catalán los cuales, como contrapartida por su garantía de gobernabilidad, ya sea de tirios o troyanos, impusieron la interpretación soberanista confederal, cuando en un régimen Autonómico, como ya señaló Ortega en las propias Cortes de la Republica, la soberanía no se pone en discusión. Es entonces cuando se empieza a torcer seriamente el rumbo de la joven Democracia española. La culpa de ello no la tuvo tanto Suarez como los artífices de tales pactos, desde Felipe Gonzalez a Zapatero o Rajoy, pasando por el famoso Pacto del Majestic entre Aznar y Pujol. Es posible que si Suarez no hubiese sido postergado hubiese conseguido mantener electoralmente una fuerza de centro suficiente para evitar las presiones separatistas, pues demostró con hechos, como su comportamiento durante el 23-F, ser un hombre de coraje suficiente para mantener sus compromisos con los españoles al jurar la Constitución, lo que no han hecho los presidentes que le sucedieron, como Calvo-Sotelo que nos metió de prisa y corriendo en la OTAN y los posteriores que cedieron sin medidada al chantaje nacionalista y a la corrupción de los partidos y de las instituciones.


     Al ser ahogadas, por activa o por pasiva, las fuerzas democrático-liberales centristas, dándose lugar a una Democracia de fuertes tendencias absolutistas y gran inseguridad jurídica, -por las politización de la justicia y la concentración de los medios de comunicación y su dependencia de la poderosa partitocrácia (PP, PSOE y Partidos Separatistas)- ayuna de todo liberalismo y sentido de la patria, se frustó la constitución, presencia e influencia social de unas élites de intelectuales demócratas-liberales en el sentido de Ortega, necesarias para orientar y formar la opinión pública, incorporando creatívamente los métodos y procedimientos de pensamiento propios de la ciencia y la filosofía, europeizándose en definitiva. Como sucedáneo se llenó tal función, al principio, con intelectuales próximos a las ideologías anti-liberales  de la izquierda, que dominaron los medios ante una derecha acomplejada hasta la caída del Muro de Berlín. Posteriormente sería la denominada cultura espectáculo (ver el juicioso libro de Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, Alfaguara, 2012), proveniente principalmente de USA y muy extendida hasta en la vieja y culta Europa, la que descabezaría la Idea misma de la necesidad de élite directora alguna, creando una corriente poderosa de opinión pública acrítica y estupidizada, bajo cuyo dominio nos encontramos. Nos queda, sin embargo, la esperanza de que siendo España hoy el eslabón más débil de los grandes países europeos (Inglaterra, Francia, Alemania) capaces de influir con sus acciones en el curso de Europa, e indirectamente en el Mundo mismo, debido a la crisis del sistema político y de la nación misma a que nos han conducido las fuerzas que torcieron y empañaron el éxito inicial e indiscutible de aquella Transición encabezada por Suarez, podamos recobrar la iniciativa con el ascenso de nuevas fuerzas liberales y centristas que parecen emerger en el bruscamente alterado horizonte electoral que se nos viene encima. Dichas fuerzas deben comprometerse con el apoyo a la cultura filosófica rigurosa de la que hablaba Ortega- y que en España ya existe aunque es sistemáticamente ignorada y silenciada por los mass media-, con el fin de educar al español medio en valores profundos que nos permitan recuperar el sentido nacional perdido. En tal sentido es necesario fomentar una discusión filosófica de altura que llegue a los mass media para ofrecer un mapa intelectualmente sólido de la situación de la verdadera cultura por la que nos hemos de guiar si queremos retomar el curso de estabilidad y progreso que puede depararnos una autentica europeización que vaya más allá de lo alcanzado por ingleses, franceses o alemanes, como quería Ortega.

¡Felices Fiestas y un Prospero Año Nuevo!

viernes, 1 de agosto de 2014

El Ortega de Jordi Gracia

     La editorial Taurus, en colaboración con la Fundación Juan March, ha publicado, en su colección de Españoles Eminentes, el libro de Jordi Gracia: José Ortega y Gasset (Madrid, 2014). Una extensa biografía del filósofo español de casí 700 paginas amena y muy documentada, -apoyada en la reciente edición de las Obras Completas de Ortega realizada por la misma Editorial y Fundación-, que incluye muchos inéditos, con cartas y materiales de archivo hasta ahora inéditos o poco conocidos. Dicha biografía se añade a la también voluminosa, bien documentada y amena biografía de Javier Zamora Bonilla, Ortega y Gasset (Plaza y Janes, Barcelona, 2002) o a los dos volúmenes de su discípulo Julián Marías: Ortega, I. Circunstancia y vocación y Ortega, II. Las trayectorias (Alianza Editorial, Madrid, 1983). El autor de esta nueva biografía trata de escapar a la hagiografía presentándonos un Ortega con sus defectos y sus virtudes: “un héroe intelectual valiente, frágil, irritable, transgresor, ateo militante y ruidosamente jovial”, con sus “petulancias y sus desfallecimientos, sus coqueterías sentimentales y su autoestima desatada”, como se puede leer en la contraportada del libro. Todo ello dentro del habitual reconocimiento de Ortega como el pensador más avanzado de la España del siglo XX y el ensayista de mayor difusión en Europa.

     Con lo que ya no podemos estar de acuerdo es con la afirmación del autor, en la misma contraportada, de que “ser orteguiano hoy no es nada o es lo que somos todos: partidarios de la racionalidad crítica, de la ética de la convicción y de la libertad de la disidencia, de la imaginación como condición del pensamiento”. Creo más bien que actualmente se ha incurrido en una elevación de Ortega a la categoría de una figura histórico-cultural, beata y supersticiosamente muy citada, pero poco leída, discutida y realmente asimilada. Existe ciertamente un mundo de competentes especialistas en Ortega, tal como se puede ver, por ejemplo, en la reciente publicación de este tipo, la Guía Comares de Ortega y Gasset, (Edición de Javier Zamora Bonilla, Granada, 2013), pero lo que preocupaba al propio Ortega y que lo carácterizaba, como bien recoge Jordi Gracia, era su pretensión de influir en las minorías intelectuales rectoras, y a través de ellas en la mentalidad del español medio y en sus representantes políticos, con vistas a la regenaración de un país cuyo defecto fundamental era para Ortega la aristofobia. Este era el llamado “problema de España” para Ortega, cuya solución solo podría venir de la modernización u europeización de sus atrasadas y estancadas élites junto con la reeducación de la masa rebelde en el respeto y aceptación de las jeraquías intelectuales.

     En tal sentido hoy nos encontramos muy lejos del ideal orteguiano con una democracia populista y una élites corruptas y dominadas en genral por el ideal de una democracia absolutista o totalitaria, “morbosa” diría Ortega, en la que, por ejemplo, partidos tan importantes como el PSOE optan por el “federalismo” de Pi y Margall, impermeables a la contraposición de Ortega entre Federalismo y Autonomismo, (En pagina 274, el propio Jordi Gracia parece sufrir semejante confusión cuando entiende la organización autonomista del Estado que propone Ortega como una “organización federativa”); o sus pares del PP reivindican en su famosa Fundación a Cánovas del Castillo, objeto de las certeras críticas de Ortega a la gran fantasmada de la Restauración decimonónica. Creemos que el autor no ha tenido la suficiente capacidad de sindéresis para ver la semejanza estrecha de la España actual con aquella Restauración decimonónica, lo que hace precisamente que haya tan pocos verdaderos orteguianos hoy entre las élites o “castas” del nuevo Sistema de turno de partidos que se construyó en la llamada Transición a la actual democracia. Volver a leer hoy un texto de Ortega, como Vieja y nueva política (1914), y observar la continuidad de los defectos que Ortega atribuye a la Restauración, es un ejercicio solo permitido a gente lúcida, dispuesta a no dejarse engañar por las conveniencias del momento. Coincidimos pues con el autor en que Ortega está hoy muy vivo, aunque por motivos diferentes, pues creemos que es falso eso de que hoy  somos todos orteguianos. Ortega fue un “anti-sistema” de la Restauración y hoy lo sería igualmente de la actual Restauración. Como político fracasó, pero influyó abundantemente en las élites falangistas, menos totalitarias que las “republicanas” democrático-populares, y en el diseño de la territorialización autonómica iniciada por Suarez con el asesoramiento del falangista orteguiano Torcuato Fernández-Miranda. No obstante el autor prueba claramente que Ortega fue un hombre de una pieza, en el sentido de mantener como único horizonte político a la democracia-liberal. Por ello no entendemos que lo presente como un autor político mesiánico. Pues mesiánicos han sido más bien sus críticos marxistas o fascistas, como la historia ha mostrado absolviendo, en la esfera mundial actual, al democratismo liberal profesado por Ortega.

     Un aspecto que me parece bien tratado en el libro es el de la relación de Ortega con el Régimen franquista. Pues, una de las cosas que escandalizó a la izquierda fue el hecho de que un filósofo tan brillante como Ortega volviese a España tras la Guerra Civil. En la historia inglesa ocurrió lo mismo con el filósofo Hobbes, el cual regreso de su exilio en Francia a la Inglaterran del dictador Cronwell, tras la cruenta Guerra civil ocurrida en su país. Ortega, como Hobbes, consideró como “mal menor” que un Estado, aunque sea dictatorial, es preferible a la Anarquía que representó el Frente Popular, con guerras civiles internas entre comunistas, socialistas y anarquistas. Pero también señala justamente el autor como el choque de un ateo Ortega con una Iglesia entonces muy poderosa (Franco seguramente pensó, como Napoleón, que “un cura me ahorra cienpolicias”) le condujo a cierta marginación cultural, con desplantes indebidos a quién entonces llegó a ser el ensayista más leído en la Europa de la postguerra, como documenta el autor. Ortega optó entonces por concentrarse en su éxito como conferenciante en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos, para ejercer una influencia que no podía desarrollar en España.

     Pero Ortega, además de crítico cultural y de político, fue principalmente un filósofo. Un filósofo que se encontró con la circunstancia de haber nacido en el seno de una familia ligada al mundo del periodismo más influyente entonces en España. Como escribe el autor, “Ortega tiene en la cabeza un modelo de profesión intelectual que está muy lejos de la batalla diaria en la prensa y por tanto la razón más honda de  su viaje alemán de 1905 es a la vez un proyecto de vida profesional y el sondeo de su vocación de reformador a lo grande (inconfesada todavía, secreta, entresoñada)” (pgs. 32-33).   Por eso Ortega no quiso ser un periodista profesional, pues su vocación era el pensamiento filosófico, para el cual se pasó, como un hombre “materialista” del sur, una serie de años en Alemania, formándose en la entonces más avanzada y profunda filosofía idealista europea. El autor relata con detalle sus salidas y estancias en Alemania, y como Ortega se propone traer aquella filosofía para convertir a la filosofía moderna de Kant o Husserl a los infieles españoles que permanecían ajenos a ella. Se propone iniciar una filosofía española que partiendo de tal modernidad filosófica, vaya más allá de ella. Y este será su gran calvario en el país de los invidentes-envidiosos. El autor trata muy bien este panorama, que tanto amargó a Ortega, cuando sugirió, por ejemplo, que su perpectivismo” era confirmado por la reltividad de Einstein o su Yo y las Circunstancias anticipaba al mundialmente famoso Ser-en-el-Mundo heideggeriano. Relata su combate, incomprendido entonces, para distanciarse del nihilismo existencialista del alemán o del posteriormente exitoso Sartre. Y siempre salta la impotencia de Ortega por publicar un libro sistemático en el que se ofrezca académicamente su filosofía. Sin eso corría el peligro de ser considerado un brillante escritor y un buen periodista, pero nada de filósofo. Aquí nos topamos con la tradicional invidencia hispana. Pues Parmenides no deja de ser un filósofo por haber escrito su obra principal en forma de poema. Ortega utilizó la forma del articulo periodístico o la del ensayo, pero basándose en un concepción filosófica que denominaba el Racio-vitalismo. En tal sentido Ortega creía que la filosofía o era sistemática o no era. No cabía hablar filosóficamente de Etica sin tener una Teoria del Conocimiento, o de Estética sin poseer una Ontología.

     Por ello, todo lo que escribe Ortega se hace desde unos principios filosóficos sistemáticos, racio-vitalistas y no materialistas o idealistas. Otra cosa es que su filosofía no sea una obra acabada, sino una work in progress que continuamente debía ser desarrollada, extendiéndose a todo aquello digno de ser pensado, para transformar y mejorar nuestra vida, elevándola y civilizándola. Tampoco su filosofía pretende ser, como señala muy bien el autor de la biografia, una nueva metafísica del Ser, como fue el caso de Heidegger o Zubiri; ni tampoco una nueva reflexión ontológica sobre la Materia, como es el caso actual, añadimos nosotros, de Gustavo Bueno. Ortega, dicho con sus palabras en Buenos Aires, que recoge Jordi Gracia (p. 415), no inventa “una metafísica” sino una “ante-metafísica”, una reflexión sobre el operar (lo ejecutivo) en que consiste el vivir humano (la vida es una facienda, una faena),  antes que sobre el ser. La Ontologia no se excluye, pero ya no es como en Aristóteles la filosofía primera, sino que debe subordinarse a la comprensión previa de la Vida humana, para lo cual se requiere responder primero (como nueva prima philosophia) a la famosa pregunta general kantiana “¿Qué es el hombre?”, en el sentido de que de ella se derivan las preguntas especiales sobre lo que podemos conocer (Gnoseología, Ontología), lo que debemos hacer (Etica) o lo que podemos esperara (Religión). Ortega responderá, a diferencia de Kant o Husserl, que el hombre no es una mero Yo Tracendental: “Lo fundamental de ese viaje a Friburgo, según contó Ortega en 1949, es exponer a Husserl una hipótesis radical y radicalmente nueva: la conciencia ‘no es una realidad primaria e incuestionable’, sino ‘una interpretación de la realidad, una nueva teoría, por tanto -¡y ahora viene lo gordo!-, una hipótesis y nada más’. La insolencia, como la llama él, es mayúscula, por descontado, porque para Husserl y la fenomenología la conciencia es ‘la realidad misma y absoluta’”, (p. 507);  sino que el hombre es para Ortega, ya desde el principio, un Yo en coexistencia con unas Circunstancias, un ser vivo dado en un medio, del que no se puede idealistamente considerar separado. Solo le queda transformar el medio con sus proyectos y acciones transformándose a la vez a sí mismo.

    Ortega no se consideraba un mero ilustrado cosmopolita en el sentido de un Yo sin patria, pues  consideraba a España como su Circunstancia, sin la cual no podía concebirse su Yo. Por eso debía transformarla, intervenir en el diseño de su futuro. Sin embargo, la España “oficial” no parecía hacerle mucho caso. Me ha sorprendido, en tal sentido, descubrir en el libro que la palanca que lanza a Ortega a la fama como escritor y filósofo no fue España, a pesar de que podía escribir en los periódicos más influyentes, algunos ligados a su familia, por lo que su papel de “señorito madrileño” puede explicar su facilidad para relacionarse con los Unamunos, Azorín, etc., que escribían y cobraban de tales medios. Lo que, según relata el autor, -y esto me sorprendió porque, por lo que he leído, no se suele exponer así-, provoca el reconocimiento de Ortega  fue  su primer viaje a Argentina donde su éxito es arrollador y afecta a todas las clases sociales, llegando hasta la gran burguesía de las Victoria Ocampo, y demás (Ver capit. 7, “La experiencia del éxito”). Ortega mismo atribuye el éxito a que el argentino, a diferencia del español, no padece de aristofobia. No es invidente para los altos valores: “Ortega sabe bien que los argentinos recibieron con recelo a ‘un hombre cuyo nombre no figura en las listas oficiales de la notoriedad española’. Mejor aún, ‘si se hubiera puesto a plebiscito entre vosotros la elección de un conferenciante no os habríais acordado de mí’, o hubieran preferido a cualquier ´tonitrunante y necio’ literato. El éxito que ha desencadenado Ortega es una buena oportunidad para aprender a leer de otro modo la España de hoy y preferir ‘la gente poco ruidosa, que hace, al margen de los hombres y las pomposidades, una vida honesta y diligente’. El secreto mal de España es su incapacidad para determinar los valores, ‘y así acontece que secularmente son pospuestos los mejores a los peores’. Se acerca por fin ‘una nueva hora de España’, una hora de ‘alborada’, y todo dependerá de que ‘pongamos al hombre adecuado en el lugar adecuado’ “(p. 239); “El argentino puede a veces no discrimar con justicia, pero (dentro de sus posibilidades) ‘establece una exquisita jerarquía’ (II, 266).  En cambio, en España no habrá modo de remediar nada mientras ‘nos complazcamos en confundir al diestro con el inepto, al noble con el ruin’. Y, lamentablememnte, ‘desde que tengo uso de razón asisto al indefectible fracaso de nuestros hombres mejores, rendidos por tener que ‘emplear sus facultades arcangélicas contra boxeadores cotidianos’ ”, (p. 246).

     A partir de su éxito en una, por entonces, rica y pujante Argentina, empieza su consideración, aunque de forma “esquinada y cicatera” (p. 244),  como una primera figura en España, lo que se reforzará con el éxito internacional de La rebelión de las masas en los años treinta. Pero la persistente invidencia hispana, que continua ciega para los valores egregios, acabará por hacer difícil su influencia en el franquismo (con la Iglesia hemos topado) y por hacer que permanezacan  impermeables a ella en la izquierda de socialista y comunistas (Ortega es considerado por la izquierda española, en general, como de derechas). Hoy vuelve Ortega a la atención de las grandes editoriales en España, pero regresa aterradoramente para muchos que lo daban por muerto, como regresa un “muerto viviente”. Regresa porque fue el único gran filósofo europeo que pronosticó, frente a Heidegger o Sartre, la necesaria vuelta a la democracia liberal, tras la pasajera convulsión fascista y comunista. En sus libros, recientemente vueltos a editar, está escrito para quien quiera leerlo. En ellos se analiza críticamente la democracia, y se proponen soluciones para regenerar España, sacándola del predominio de la invidencia de su pueblo que, como el ciego de las novelas picarescas, es continuamente engañado por los picaros lazarillos que se ofrecen interesadamente a conducirlo.

     Me gustaría tratar, por último, aunque  brevemente, de un aspecto que permanece en el libro como un desdoro para el gran hombre. Me refiero a su consideración de las mujeres. Ortega había conocido a bellas e inteligentes mujeres, como la argentina Victoria Ocampo, pero no comulgó con el feminismo entonces naciente de una Virginia Wolf, ni creyó en el mito de la Carmen de Bizet. Por ello el autor concluye que: “Debe de tener razón su hija Soledad cuando escribe que era<< ‘como un buen español’ un antifeminista nato >> y ese fue un frente de discusión habitual con él a lo largo de su vida” (p. 257). Si por feminismo se entiende el actualmente dominante, no cabe la menor duda. Pero esta sería una visión tan estrecha del feminismo como la que sostiene que no hay más socialismo que el marxista. Ortega mismo admitió un socialismo no marxista, de origen saintsimoniano o fichteano. Marx mismo tomó su socialismo de la influencia de Saint-Simon, pero lo radicalizó proponiendo la imposible armonía de empresarios y trabajadores y la destrucción del capitalismo financiero, etc. Saint-Simon, no creía posible prescindir de los capitalistas financieros y consideraba posible la integración del proletariado en el sistema capitalista Tras la Revolución Rusa Marx parecía haber ganado, pero tras la caída del Muro de Berlín, y el fracaso económico del marxismo frente al capitalismo occidental, es más bien Saint-Simon el que vuelve. Junto a la liberación del  proletariado, la liberación de la mujer fue planteada por Augusto Comte, el discípulo de Saint-Simon, el cual defendió un feminsimo que chocó con el de su descubridor y seguidor ingles Stuart Mill. Queda disculpado el autor porque, degraciadamente, en España, como he señalado en otro lugar, (“La Sociología de Augusto Comte traducida al español”) persiste una escasa atención hacia los fundadores del positivismo, si la comparamos con la atención dedicada al marxismo o a los filósofos ingleses, como Start Mill o Bertrand Russell. El feminismo de Stuart Mill era más radical y se parece mucho al que está triunfando en la actualidad. Precisamente el feminismo de Ortega, con sus resonancias medievales, recuerda mucho al de Augusto Comte, filósofo admirado por él como un “loco genial”. Si mañana, como es previsible, el actual feminismo radical triunfa en algún lugar, podría destruir la familia tradicional burguesa, como el socialismo marxista destruyó la economía rusa, y entonces quizás se viese que no se iría hacia una vida mejor, sino hacia un nuevo infierno totalitario. Quizas entonces se volvería a leer a Comte, teórico de un feminismo que no pretende la destrucción del llamado “macho”, como el socialismo saint-simoniano no creyó necesaria la destrucción del capitalismo. Por ello nos parece que Ortega no se puede reducir a un mero anti-feminista, lo que además estaría en contra del éxito que tuvo con la constatada gran audiencia femenina en sus conferencias. Quizas en este asunto, como demostró en otros, Ortega haya alcanzado una profundidad que resulta difícil de ver hoy todavía para muchos.