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domingo, 5 de marzo de 2017

La rebelión de las minorías

El hecho quizás más importante, socio culturalmente hablando, en la vida mundial de las últimas décadas nos parece que es el, ya tantas veces señalado, de la "revolución mediática", con la conversión que conlleva de la vida pública en algo próximo a lo que Mcluhan llamó la "aldea global".

Hecho que se ha traducido también en la irrupción de lo local, minoritario y periférico, antes relegado y que ahora prácticamente alcanza un grado de expresión inusitado, desplazando en muchos casos a lo tenido por valores centrales, universales, cosmopolitas, etc. La moda de los espectáculos musicales étnicos, de los problemas de los emigrantes forasteros, de los ecos y cotilleos de la sociedad local, de la cultura como espectáculo y entretenimiento banal, llenan hoy prácticamente los medios audiovisuales, o al menos acompañan continuamente a otros contenidos de tipo cultural más elevado, que si no han desaparecido totalmente, tienden a ser neutralizados progresivamente, al ser equiparados, para muchos efectos, con aquellos.

Podría pensarse que esto es lo ideal y que, en definitiva, al fin se consigue una liberación largamente ansiada en la que se paga el precio de un cierto caos o desfondamiento de valores generales o universales, una caída en el localismo, para que se puedan manifestar libremente, y en condiciones de igualdad diferencial, determinados colectivos sociales tradicionalmente minoritarios o localistas (gays, feministas, nacionalistas, regionalistas, etc.).

También es un hecho que anteriormente ninguno de estos colectivos, a pesar de que existían múltiples periódicos o incluso diversas cadenas de radio y televisión, tenían una presencia tan importante como la alcanzada en los últimos años. Pero, además, estos grupos no solamente aparecen bajo estas fórmulas, lo que podría entenderse como una política sensata de búsqueda de unidad frente a problemas comunes a las minorías integrantes, sino que curiosamente tratan de ser, no un mero complemento o rectificación de la política de las mayorías, naturalmente dominante en la democracia, sino que tratan, muchas veces, de suplir a la propia mayoría, de convertirse en su alternativa.

Y por ello se hacen ver tratando de ocupar en los medios de comunicación los lugares reservados hasta ahora a las mayorías. Las minorías han dejado por ello ya de ser el coro de la escena democrática para empezar a convertirse en los protagonistas. Si para Ortega el hecho nuevo que rige la primera mitad del siglo XX es "la masa, que, sin dejar de serlo suplanta a las minorías ", para nosotros, por el contrario, y parodiándole, el hecho nuevo de la segunda mitad del siglo XX, se puede formular invirtiendo los términos: las minorías que, sin dejar de serlo, suplantan a las masas  (Ver Manuel F. Lorenzo, La rebelión de las minorías, 2006).

Es preciso por ello constatar los cambios políticos que ha sufrido la democracia en las últimas décadas que la han convertido en una democracia degenerada, atravesada de escándalos y de corrupciones. La consecuencia necesaria que aparece, no ya como un abuso, sino como el uso debido que se desprende en tal situación, es la existencia de una hipo-democracia en la que, como reacción natural, las minorías actúan ya sin ley, como lobbies o grupos de presión, imponiendo por la fuerza y al margen de la ley, o por impotencia de la misma, sus aspiraciones minoritarias.

Es cierto que las minorías, que habían empezado a brotar y organizarse como tales, a principios del pasado siglo, desertaron durante un tiempo de la vida pública o fueron aplastadas o mantenidas a raya por el papel predominante de las masas en la democracia. Eso ocurrió ciertamente en el periodo de dominio del comunismo estalinista y del fordismo americano, es decir durante la Guerra Fría. Y en España durante el franquismo. En aquella época los intelectuales de izquierda todavía estaban subordinados a las masas y lo contrario se veía como una enfermedad infantil izquierdista. Paulatinamente los intelectuales irán pasando a engrosar las filas de los micro-nacionalismos y los regionalismos localistas, de los diferencialismos sexuales o de género, etc.


Lo característico de hoy es que el minoritario fanático tiene ya la fuerza suficiente para afirmar el derecho al fanatismo, al fundamentalismo, y trata de imponerlo por todos los medios. Si en la época de la rebelión de las masas ser diferente era indecente, en la época de la rebelión de las minorías, lo indecente es "estar integrado" en los gustos y costumbres tradicionalmente mayoritarios.  Las minorías rebeldes desprecian pues todo lo nivelador, universalista, cosmopolita. Ahora lo que cuenta es sentirse diferente y tratar de vivir al margen de lo tradicional, encarnación de Satán, poco más o menos. Es el triunfo de lo “políticamente correcto” que, como todo exceso, ha provocado ya su primera reacción en la figura de Trump, en una dirección que parece la exactamente contraria.


Artículo publicado en El Español (17-2-2017)

lunes, 4 de julio de 2016

Ortega y las Autonomías

     Ortega, en La redención de las provincias, se da perfecta cuenta de que es necesario hacer un vestido nuevo y a medida del cuerpo político español. Ahí es donde, en el capítulo final, hace la propuesta de autonomía para todas las regiones españolas que él fija en una división muy similar a la actual. Dicha propuesta autonómica surge como resultado de la crítica del centralismo de la Restauración canovista. Por ello hay que entender las autonomías dialécticamente como negación y superación del fracasado sistema centralista de la Restauración. Todo el libro, para el que lo quiera ver y leer, está hecho según el modelo de lo que los matemáticos llaman una demostración por reducción al absurdo: Ortega parte de que la Constitución canovista era bien intencionada, pero al ponerla en marcha, como España no es Inglaterra o Francia, donde constituciones similares habían funcionado, no funcionó, apareciendo los famosos monstruos de la oligarquía y el caciquismo.

     Por ello Ortega señala que España, a diferencia de aquellos poderosos países, es un país donde predomina el localismo. Ese localismo hizo que Madrid no haya jugado el papel dirigente y de prestigio cultural de un Londres o París. La influencia de Madrid terminaba pasando la sierra de Guadarrama. El localismo o particularismo, para Ortega, es la circunstancia española y por eso, en vez de negarlo o reprimirlo habrá que utilizarlo diseñando un nuevo dispositivo territorial que permita explotar sus virtualidades políticas. El localismo es, según Ortega, la resistencia que en España se presenta a toda reforma regeneradora, por ello en vez de soñar con eliminarlo, como la paloma platónica que creería poder volar mejor sin la resistencia que el aire le opone, lo mejor sería construir un dispositivo aerodinámico que nos permita aprovechar dicha resistencia para, apoyándonos en ella, conseguir levantar el vuelo y despegar políticamente.
     Las Autonomías, por ello, no son una mera improvisación, pues están calculadas por Ortega siguiendo la tendencia liberal de introducir una nueva división del poder, la que conlleva la separación de los poderes nacionales de los locales, propia de los que hoy llamaríamos la democracia de la Tercera Ola de Toffler. Ahora bien, separación de competencias no implica compartir soberanía. Por eso Ortega, en sus intervenciones en las Cortes de la República, defendió el Autonomismo contra el Federalismo que se quería imponer por parte de los republicanos y socialistas. Además les dijo aquello de que el federalismo, como el de Alemania, más que descentralizar, podía ser de tendencia centralista. Pero si España, por su carácter unitario histórico y su localismo irreductible, precisaba de descentralización, lo acertado era el régimen Autonómico. A Ortega no le hicieron caso aquellos republicanos dominados políticamente por Azaña.
     La sorpresa, para mí, se produjo con Suárez y la Transición a la Democracia: unos falangistas aperturistas imponiendo las Ideas políticas de Ortega. Por supuesto que la Constitución de 1978 no es exactamente, en lo que respecta al importante y novedoso capitulo Autonómico, fiel a la letra del filósofo. Por ejemplo, en el caso de la diferenciación entre nacionalidades y regiones. Pero considerando que, del dicho al hecho siempre hay un trecho, la actual Constitución incorpora el espíritu de Ortega. Por ello, creo que como filósofo político ha tenido la gloria de influir en la historia, con su propuesta de separar los poderes nacional y local, como en su tiempo lo tuvo Locke en Inglaterra, con su propuesta de separación del poder ejecutivo y el legislativo. Después de Locke vino el primer ministro Walpole, con el que la izquierda de entonces llega al poder, gobierna unos quince años y se corrompe. Pero Inglaterra supo reponerse sin tener que renegar de Locke ni volver al Absolutismo monárquico. Tratemos por ello de arrojar esta agua sucia de la corrupción pero con cuidado de no tirar también al niño autonómico.
     Pues Ortega señala claramente qué competencias se deben ceder y cuáles no, lo mismo que señala que la propia Autonomía se debe suspender en el caso de que una región enseñe sus bíceps al Estado central, como está haciendo hoy Cataluña. Con respecto a la duplicación de administraciones, de gastos dobles de funcionariado, etc., Ortega también contempla todo esto como un precio político que exige la imposibilidad de acabar con el localismo. Lo mismo con respecto a la Universidad, la cual debería seguir como una competencia central y no caer en el localismo lingüístico. Otra cosa es que los que están hoy al mando de la nave política española, sean malos gobernantes o persigan sus propios fines oligárquicos, para los que les es indispensable estar en el poder a toda costa proponiendo nuevos federalismo o con-federalismos sin haber reflexionado antes lo más mínimo sobre nuestras singulares características nacionales.
Artículo publicado en El Español (3-6-2016)