Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento Hábil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento Hábil. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de julio de 2023

Novedad Editorial: Manuel F. Lorenzo, Filosofía de las manos, Lulu.com, 2023.

 




       


                        



Introducción

     Me propongo en este escrito llevar a cabo una nueva exposición de lo que denomino Filosofía de las Manos o Pensamiento Hábil, de un modo más completo y resumido que lo expuesto por mí en anteriores libros o artículos. Una exposición dirigida a la comprensión de un público interesado por las cuestiones filosóficas actuales que, aunque no tenga por qué tener un conocimiento preciso de los arduos trabajos académicos del denominado Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, si es necesario que se esté familiarizado de algún modo con algunos aspectos de su filosofía, a los que aludiremos a lo largo de la exposición, en la que estas investigaciones sobre las manos y su central papel en la racionalidad humana tuvieron inicio. Pues, dichas primeras obras ( Introducción al Pensamiento Hábil (2007), Principios filosóficos del Pensamiento Hábil (2009), Pensar con las manos (2017), La razón manual (2018)), en las que expuse lo que denomino Filosofía de las Manos,   exigían para su comprensión un previo conocimiento de la filosofía de Gustavo Bueno, el denominado Materialismo Filosófico, en la que me he formado como alumno, discípulo y colaborador  suyo, sobre todo, tras mi ingreso en el puesto de Profesor de la Universidad de Oviedo, pasando a ser integrante de la denominada Escuela de Oviedo durante un largo periodo de unos 15 años. Tras mi salida de dicha Escuela, a pesar de mis esfuerzos por encontrar alguna consideración de mis nuevos desarrollos filosóficos por parte de sus miembros integrantes, he recibido más bien la impresión de que, como se dice vulgarmente, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio, pues con excepción de mis trabajos previos de investigación doctoral sobre la obra póstuma de F.W.J. Schelling, - que han merecido un largo y elogioso Prólogo del propio Gustavo Bueno cuando fueron publicados en forma de libro (Manuel F. Lorenzo, La última orilla, Introducción a la Spätphilophie de Schelling, Prólogo de Gustavo Bueno, Pentalfa, Oviedo, 1989)-, mi obra posterior, en la que presento una nueva propuesta de fundamentación de la filosofía, denominada inicialmente como Pensamiento Hábil, no ha recibido por parte de dicha Escuela ni la más mínima atención, si acaso algún que otro rechazo basado en el insulto y la incomprensión de algún miembro aislado. Solamente algunos alumnos y amigos se han dirigido a mi interesándose por mis nuevas propuestas filosóficas y animándome apasionadamente a continuarlas.

       Más recientemente he recibido la invitación para exponer mis nuevas ideas filosóficas, en relación con su origen en el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, en el canal de Youtube Encuentros de Humanidades y Filosofía, dirigido por Antonio Muñoz Ballesta, editado con el título de “Manuel F. Lorenzo, la filosofía de las manos”:

https://www.youtube.com/watch?v=IJoDnLIOsQs&list=PLmFm1KQ5M14PiZpCuyjCPe-fQ3aXbmcHI

     No obstante, he observado que dicha presentación de mi filosofía, aunque puede ser recomendable para entender la génesis del Pensamiento Hábil de una forma clara y precisa, por estar expuesta de un modo coloquial y tratando de evitar los formalismos académicos, tiene el problema de que presupone en los oyentes cierto conocimiento del propio Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno y de su evolución.

     Por ello, partiendo de lo manifestado en dicho vídeo, trataré de exponer brevemente -de un modo que el lector pueda seguirme sin precisar un conocimiento técnico y preciso de la extensa obra de Bueno- cómo ha surgido mi propia posición filosófica a partir de los previos e innovadores desarrollos filosóficos de dicho filósofo en los que tuve la fortuna de formarme en mis inicios. En tal sentido, especialmente influyente fue la obra de Bueno Ensayos materialistas (1972), en la que se proponía una Ontología materialista sustituyendo la Idea tradicional de Ser de la Metafísica general de Christian Wolff por la de Materia ontológico-general y las tres Ideas de la Metafísica especial de Wolff, Mundo, Alma y Dios, por Tres Géneros de Materialidad (M1, M2, M3). De ella se derivaba un amplio y ambicioso proyecto de investigación aplicado a la Historia de la Filosofía, que el propio Bueno empezó a desarrollar en su obra La Metafísica Presocrática (1974), y después continuamos algu-nos discípulos, entre los que destacan Vidal Peña o Ricardo Sánchez-Ortiz de Urbina. En mi caso, fue resultado suyo mi tesis doctoral dedicada a la filosofía tardía de Schelling y publicada como libro, con un amplio Prólogo de Gustavo Bueno, con el título de La última orilla. Introducción a la Spätphilosophie de Schelling (1989).

     A pesar de la innegable utilidad hermenéutica de dicha sistema-tización y modernización de la Ontología llevada a cabo por Bueno, al rescatarla de la metafísica onto-teológica tradicional, de una forma similar a como Karl Popper había hecho con su teoría de los Tres Mundos en su obra On the Theory of the objetive Mind (1968), quedaban algunas cuestiones pendientes de fundamentación que no estaban entonces claras. Una de ellas surgió precisamente en algunas reseñas críticas de Ensayos materialistas que Fernando Savater llevó a cabo en algunos artículos publicados en la Revista Triunfo y otros posteriores. En tales críticas, si no recuerdo mal, el propio Fernando Savater había planteado la pregunta de porqué había 3 Géneros de Materialidad y no 7. La respuesta que se le dio era que ya se contenía en una Tabla de Correspondencias -insertada en el libro de Bueno-, entre los Tres Géneros de Materialidad y Conceptos filosóficos de diferentes Sistemas filosóficos clásicos. Pues la correspondencia se podía establecer, por ejemplo, entre una amplia lista de filósofos, con la tripartición de los estoicos entre Física, Ética y Lógica, con la de Hegel entre Naturaleza, Espíritu y Lógica, o con los Tres Mundos de Popper o los Tres Reinos de Simmel. El problema era que tal respuesta era un argumento de autoridad, más que una deducción o fundamentación de tal tripartición. Además, la crítica era importante porque Bueno mantenía que su filosofía era un Sistema y por tanto no bastaban los argumentos de autoridad. Esta crítica, aunque no podría precisar ahora si provino realmente del propio Savater, pues no he podido localizar el artículo en cuestión que leí en entonces, quedó grabada en mi memoria, aunque en aquel momento no le di especial importancia. Fue posteriormente cuando, impulsado por mi  interés  de llevar a cabo una  asimilación crítica y no meramente repetitiva de la obra de Bueno, me vi obligado a plantearme una respuesta a dicha pregunta. Pues el propio Bueno mantenía que su filosofía era un nuevo Sistema y no una mera rapsodia de filosofemas  o  una  mera  actualización del materialismo del DIAMAT Soviético. Pero, entonces había un problema, pues tenía que ser posible una deducción o justificación racional de la Doctrina de los Tres Géneros dentro del propio Sistema.

     La Idea de Sistema filosófico es propia de la modernidad, sobre todo a partir de Descartes. Esta inspirada en la sistematización de la Geometría. Siguiendo su modelo Descartes pretendía descubrir nuevas verdades seguras en filosofía, de un modo similar a como las Matemáticas, en tiempo de los griegos y en su propio tiempo con la aparición de la Geometría Analítica que el propio Descartes contribuyó a crear, permitieron avances espectaculares en las ciencias físicas con Kepler y Galileo. Descartes pretendía establecer en Filosofía unas primeras evidencias claras y distintas, captadas de forma intuitiva, para apoyarse en ellas como un fundamentum in concusum a partir del cual, y de modo rigurosamente deductivo, ir obteniendo verdades filosóficas seguras, cuya evidencia descansaba y era garantizada en último término por las evidencias intuitivas primeras de las que se partía. Sería Spinoza, que al parecer reprochaba a Descartes haber expuesto su filosofía según un método meramente analítico, por lo que se propuso una exposición deductiva o sintética de la propia filosofía cartesiana, -según nos cuenta Luis Meyer en su Prefacio a la edición de los Principios de filosofía de Descartes de Spinoza- el que, en su famosa Ética, compondría una filosofía demostrada sintética y deductivamente al modo de los geómetras, como reza el propio título completo de dicha obra. Posteriormente, Fichte se inspiraría especialmente en Spinoza, -que había sido reconocido como un gran filósofo en Alemania por figuras culturales tan influyentes como Goethe o Lessing, después de una larga proscripción-, para crear el denominado primer Sistema del Idealismo alemán a partir de la obra también predominantemente crítico-analítica de Kant.

     Fichte abriría el paso a los grandes Sistemas de Schelling y, sobre todo, del de Hegel, de gran influencia en el marxismo más escolástico de Engels y el DIAMAT soviético y, por ello, de gran influencia  indirecta  en  los  Ensayos materialistas de Gustavo Bueno. En esta obra Bueno trataba de corregir el Materialismo monista de Engels y el DIAMAT, muy influidos por el hegelianismo, que pretendían explicar sistemáticamente la realidad partiendo de la Idea de Materia en vez de partir del Yo de Fichte o del Espíritu Absoluto hegeliano.  Gustavo Bueno proponía un Materialismo  no monista que entendía la Materia originaria, o Materia Ontológico General, como una pluralidad de partes extra partes irreductibles a una unidad. Pero Bueno consideraba que desde esta Materia Ontológico General no es posible deducir, al modo monista, el Mundo como un compuesto de Tres Géneros de Materialidad Ontológico Especial. Ello estaría imposibilitado racionalmente por un dialelo argumentativo de tipo antrópico, que abre un hiato imposible de saltar deductivamente entre la materia originaria y el mundo actual, a diferencia de lo que sostenía el DIAMAT, el cual consideraba, en la línea, por ejemplo, que hoy sostiene la Teoría del Big-Bang, que todo lo que existe sale y se deduce de un primer estado de la materia física.

     El uso que Bueno hace del término “Materia”, por tanto, no es unívoco, sino que pretende ser análogo, ya que Bueno distingue la materia física (M1) de la materia psicológica (M2) y de la materia lógica (M3). Pero esto da, sin embargo, lugar a equívocos entre los que consideran que la materia es solo la materia física, como ocurre con el DIAMAT. Es cierto que en español se puede usar la palabra “materia” de modo análogo, por ejemplo, cuando se habla de la materia de un poema o de algo objeto de estudio como, por ejemplo, las materias o contenidos de un curso universitario. Con ello no se pretende significar algo físico, como las letras del poema o los manuales o libros del curso, sino algo contenido en ellos, como el asunto del que trata el poema o los contenidos literarios, científicos, etc., desarrollados en el curso. Por ello, más que materia, habría que usar aquí la palabra realidad, en el sentido del Ser o existir, para referirse a Tres Dimensiones de la realidad en vez de a Tres Géneros de Materialidad. Pues a Bueno le sucede en dicha obra lo mismo que a Spinoza, en el cual se inspira en parte importante de su filosofía (podríamos hablar incluso de la filosofía de Spinoza-Bueno como se habló de la filosofía de Leibniz-Wolff), cuando sostiene que hay una Substancia infinita, que contiene infinitos Atributos dados de infinitos Modos, pero que solo conocemos dos,  Pensamiento  y  Extensión.  Para  Bueno  hay una Materia infinita de la cual solo Tres Géneros son los que constituyen el Mundo que conocemos como dado a nuestra escala antrópica. Pero, así como Spinoza no deduce Pensamiento y Extensión, sino que los introduce de hecho -como han observado interpretes como Vidal Peña en su obra El materialismo de Spinoza (1974)-, Bueno, en sus Ensayos materialistas, tampoco justifica racional o  deductivamente que haya Tres Géneros de Materialidad Ontológico Especial y solos Tres. Y ello porque M es solo el resultado al que se llega tras un regressus que parte de Mundo ya dado. Es por ello un concepto puramente negativo a partir del cual no se puede hacer el progressus hacia el Mundo. Por ello M no se puede considerar como el verdadero fundamento deductivo de otras partes de su filosofía como la Doctrina de los Tres Géneros de Materialidad.

    Eso me llevó a la pregunta por el verdadero fundamento que podría explicar por qué hay Tres Géneros y no siete, por ejemplo. Asimismo, mi interés por la obra de Bueno me condujo a plantearme problemas de fundamentación, a preguntar por el fundamento de esta filosofía de la que admiraba muchos resultados crítico-analíticos nuevos que aportaba en campos tan diversos como las explicaciones, que fue posteriormente desarrollando, del conocimiento científico, de las relaciones políticas, religiosas, éticas y morales, etc., en las cuales siempre suponía un fundamento materialista. Pero mi constatación de que había problemas en tal fundamentación o construcción última sintético-materialista, me llevó finalmente a centrarme en esta parte, ya no meramente critico-analítica, sino sintético-deductiva que se me aparecía de forma claramente problemática en la obra de Bueno, más que a limitarme a la mera repetición escolar de ella.

     La obra de Bueno es muy extensa, no solo en libros, artículos, entrevistas, vídeos, etc., sino también en el tiempo. Son más de 40 años de investigación filosófica desde los Ensayos materialistas (1972), por ejemplo, hasta su último libro El Ego trascendental (2016), en el que precisamente analiza la Idea de Ego (E), que era el tercer Ensayo que faltaba a los Ensayos materialistas, pues estos solo trataban de la Materia Ontológico General (M) en el Ensayo I y del Mundo constituido por los Tres Géneros de Materialidad (Mi) en el Ensayo II.  Para  redactar este análisis de la Idea de Ego necesitó de una  larga  evolución en la que pasa a primer plano lo que podemos denominar como la investigación operatiológica llevada a cabo en sus análisis y teorización del proceder científico realizados en su Teoría del Cierre Categorial (5 vols., 1992-93).  Es entonces cuando la preocupación gnoseológica desplaza en Bueno, a nuestro juicio, a la puramente ontológica de los Ensayos y aparecen los nuevos planteamientos que le permitirán deducir los Tres Géneros. El propio Bueno rescatará en su última época la idea de una Noeto-logía que había formulado ya en su polémico libro El papel de la filosofía en el conjunto del saber (1970), pero que solo ahora se presentaba como una disciplina que debía explicar, no solo el conocimiento científico, sino el conocimiento racional general común también al arte, a la técnica, etc. Pero Bueno, ya al final de su vida, no llegó a desarrollar esta Noetología. Por nuestra parte hemos tratado de desarrollar un proyecto gnoseológico similar en nuestra obra La razón manual (2018), en la que tratamos de fundamentar la racionalidad humana de una forma nueva, muy diferente de la tradicional aristotélica, que ya definía al hombre como un “animal racional”, como de la idealista kantiana basada todavía en supuestos de estructuras racionales aprioristas, apoyándonos precisamente para ello en las potencialidades, más que en las actualidades, del Materialismo Filosófico del propio Gustavo Bueno.

     En una obra de tan larga duración como la de Gustavo Bueno, consideramos que su interpretación no puede quedar fijada ya en el principio, pues ésta fue evolucionando y cambiando. Su interés se fue desplazando desde las cuestiones ontológica hacia el papel gnoseológico del sujeto racional humano y sus operaciones al desarrollar y pulir sus explicaciones sobre el conocimiento científico. Por todo ello fue grande mi sorpresa cuando el propio Bueno, 20 años después de la publicación de los Ensayos materialistas, consigue responder de forma deductiva a la pregunta de porque hay solo Tres Géneros de Materialidad. Ello ocurrió en un pequeño escrito sobre la voz “Materia” realizado por encargo de una enciclopedia filosófica alemana. En él se plantea Bueno, casi dos décadas después de la publicación de Ensayos materialistas, buscar un “hilo conductor”, parodiando al Kant de la Deducción Metafísica de las Categorías, que le permita una deducción de los Tres Géneros de Materialidad:

     “Es evidente que, si este hilo conductor o criterio deductivo existe, deberá estar vinculado al contexto mismo originario de la idea de materia determinada, el contexto tecnológico transformacional. Ahora bien, desde un punto de vista sintáctico, todo sistema tecnológico comporta tres momentos o, si se prefiere, sus constituyentes pueden ser estratificados en tres niveles diferentes: el nivel de los términos, el de las operaciones y el de las relaciones. Las transformaciones en cuyo ámbito suponemos se configura la idea de materia determinada tiene siempre lugar entre términos, que se componen o dividen por operaciones, mejor o peor definidas, para dar lugar a otros términos que mantienen determinadas relaciones con los primeros. En las transformaciones de un sílex en hacha musteriense, los términos son la lajas, ramas o huesos largos; operaciones son el desbastado y el ligado y relaciones las proporciones entre las piezas obtenidas o su disposición (…) En suma, parece obligado concluir que la materia determinada, en el contexto de las transformaciones operatorias, se nos ofrece como una realidad sintácticamente compleja, en la cual se entretejen momentos de, por lo menos, tres órdenes o géneros muy distintos, pero tales que todos ellos son materiales (…) La materia determinada se nos dará, bien como una materia determinada del primer género (por ejemplo, como una multiplicidad de corpúsculos codeterminados), o bien como una materia del segundo género (una multiplicidad de operaciones interconectadas), o bien como una materia del tercer género (por ejemplo, una multiplicidad de razones dobles constituyendo un sistema)” (Gustavo Bueno, Materia, Pentalfa, Oviedo, 1990, pp. 30-31).

     Entonces resulta que es el “contexto tecnológico transformacional” el hilo conductor que finalmente le permite justificar filosóficamente que hay Tres Géneros y solo tres. Dicho contexto es, a nuestro juicio, la base o raíz generadora de una gnoseología constructivista circularista, del tipo de la asumida por el propio Gustavo Bueno, junto con Piaget y otros, como alternativa a las gnoseologías del descripcionismo positivista, del teoreticismo kantiano o del adecuacionismo aristotélico. Precisamente el construccionismo circularista y dialéctico, que parte de la interacción entre el Sujeto y el Objeto, es iniciado modernamente por Fichte. Con él se abrirá paso una concepción del Sistema filosófico,  no ya al modo de una cartesiana o spinozista  deducción lineal a partir de un fundamento, sino como una construcción deductiva circular y dialéctica. Un Sistema será ahora el resultado de una totalización de unas partes o términos entre las cuales se establecen relaciones producto de determinadas acciones u operaciones que, más que descansar en un fundamento estático y sustancial (como ocurría todavía en Descartes y Spinoza), consigue flotar y mantenerse como si la realidad fuese un mar sin fondo, como si no existiese una “cosa en sí” detrás de los fenómenos.  Pero Fichte, no obstante su interés por la tecnología, a diferencia de Kant, se planteó el construccionismo cognoscitivo de un modo todavía idealista o “mentalista”, partiendo de las acciones (Tathandlungen) y operaciones del Yo Trascendental kantiano, con-vertido por él en nuevo fundamentum inconcusum.

     Fue entonces cuando surgió, por ello, en mi un interés especial por la obra de Fichte debido a que comprendí que, así como Gustavo Bueno había elaborado la Ontología de Ensayos materialistas sobre la división de Christian Wolff, -considerado el formulador de la Metafísica moderna u Ontología, tomada como modelo por Kant en su Crítica de la razón pura-,  entre una Metafísica generalis, que trataba del Ser y una Metafísica specialis, que trataba de Dios del Alma y del Mundo, habría que preguntar entonces quien se podía considerar el modelo más desarrollado en la Filosofía idealista Moderna de una Gnoseología o Teoría del Conocimiento. A mi juicio, la respuesta a tal pregunta era que este modelo lo encarnó en su tiempo Fichte con su famosa Wissenschaftslehre, en la cual organiza y desarrolla todo el conocimiento humano a partir de sus famosos Tres Principios de los Grundlage der gesamten Wissen-schaftslehre de 1794. Pero habría, todavía, que reelaborar tales Tres Principios de un modo no Idealista, de la misma manera que Bueno reinterpretó la Metafísica onto-teológica de Wolff en términos materialistas sustituyendo el Ser por la Materia Ontológico General y las Ideas metafísicas especiales de Mundo, Alma y Dios por los Tres Géneros de Materialidad. En tal transformación, Bueno se remitió a filósofos contemporáneos como Popper, especialmente a su Teoría de los Tres Mundos en la que, apoyándose en Platón y los estoicos, sostiene que para superar el tradicional dualismo de Alma (mind) y Cuerpo habría que postular un Tercer Mundo, el mundo de la Ideas o entidades matemáticas de Platón. Gustavo Bueno asimila de un modo semejante,  aunque discrepando del darwinismo mecanicista de Popper, el Dios de los filósofos wolffiano con este Tercer Mundo popperiano, considerándolo como Tercer Género de Materialidad para evitar entenderlo al modo de una tercera sustancia metafísica hipostasiada.

     Por ello, el propio Bueno se apercibió, con el paso del tiempo y el desarrollo de sus investigaciones gnoseológicas, de que había problemas de fundamentación en su filosofía, como el de los propios Tres Géneros, que había que resolver de modo deductivo y sistemático. Así, se interesó entonces, y de modo especial en El sentido de la vida (1996), por comprender mejor que se entendía por Sistema, cuando hablamos por ejemplo de un Sistema filosófico o científico. Para ello se remitió particularmente, dado el contexto de sus desarrollos de la Teoría del Cierre Categorial, a la sistematización que Newton había hecho de la Física clásica según sus famosos Tres principios de la Mecánica. Se pregunta Bueno entonces porque Newton consigue establecer o “cerrar” de una forma sistemática el campo de la Física Clásica. La clave cree que está en la configuración básica que conforman sus famosos Tres Principios: el Primer Principio de la Inercia, el Segundo Principio de la Fuerza (Masa por Aceleración) y el Tercer Principio de la Acción y Reacción. Con ellos Newton estableció una estructuración operatoria que Bueno pone en relación con los Principio básicos de la Gnoseología operatoria resultante de lo que llama el “complejo tecnológico transformacional”. De tal modo el Primer Principio de Newton es un Principio de los Términos o “masas inerciales” de que trata la Física, el Segundo Principio es el Principio de las Operaciones con las que captamos los cambios de movimiento en función de las fuerzas actuantes, y el Tercer Principio es el Principio de las Relaciones derivadas de la Acción Recíproca entre las masas, de la que se acabará derivando la relación expresada como ley universal que se expresa en la Ley de Gravitación.

     Pero Bueno extiende también esta estructuración en Tres Principios gnoseológicos a los Principios que rigen la Ciencia política, comparándolos con los Tres famosos Principios de la Revolución Francesa, que son la base de la modernización política: el Principio de la Libertad como Principio de los Términos políticos, los ciudadanos libres, el de la Igualdad como el Principio de las Operaciones que regulan las fuerzas sociales, y el de la Fraternidad como el Principio de las Relaciones que regulan la cooperación basada en la reciprocidad. La diferencia entre los Principio físicos y los políticos residiría en el grado en que se puedan eliminar las operaciones de los términos objeto de estudio. Cuando esta eliminación se consigue, por neutralización de las operaciones, tales Principios pasarían a ser constitutivamente verdaderos. mientras que cuando esto no es posible, como en el caso de las relaciones políticas por la imposibilidad de reducir a los individuos actuantes a meras masas inerciales, dada el supuesto de la propia capacidad recursiva y de retroalimentación auto-regulativa de su conducta, entonces se consideran Principios postulatorios, cuya naturaleza no permite cierres científicos categoriales necesarios y universales, sino cierres que permanecen siempre abiertos. De este tipo serían también los cierres que se pueden establecer en materias filosóficas, con la diferencia de que ahora, para decirlo en términos de Kant, se trata de Ideas de la Razón y no de Conceptos científicos del Entendimiento. Concibiendo ahora, por ello, las Ideas filosóficas, como hace Bueno, en cuanto entidades que derivan, no tanto de la composición de juicios o proposiciones científicas aisladas (como mantiene todavía el propio Kant), cuanto de la reflexión de segundo grado sobre las propias ciencias y de las técnicas de las que derivan, las cuales generan unas Ideas que no se reducen a conceptos particulares roturados exclusivamente en los campos científicos y tecnológicos, sino que semejan a los olivos en los municipios andaluces, que brincan más allá de los límites de los municipios en que fueron plantados y se extienden por una espacio muchísimo mayor e irreductible a su mero control local como es la entera región andaluza. Por ello Ortega sostenía en relación con la producción olivarera, que ello exigía, para una mejora y mejor organización de la producción olivarera, base de la riqueza económica andaluza, la creación de un organismo general de control y regulación de dicha producción con el fin de disponer de medios más potentes de intervención para superar los obstáculos que plantean las cegueras localistas. (Aquí está la base de la Idea de Descentralización Autonómica que propuso Ortega y no en supuestos lingüísticos o nacionalistas fragmentarios, como se ha desarrollado en la España actual, amenazando con la destrucción del país en vez de conseguir su vertebración). Las Ideas filosóficas, por tanto, son más generales que las categorías o conceptos científicos en  tanto  que  brincan y desbordan sus campos al modo como la Idea de Espacio es tratada por la Física, pero también por la Geometría o por la Psicología Genética que lo entiende como el resultado de un cierre algebraico operatorio aplicado al conjunto de los desplazamientos de un individuo.

     Por ello, la elaboración de un Sistema filosófico debe buscar unos Principios de los Términos, las Relaciones y las Operaciones que mantienen la Ideas filosóficas de modo similar, aunque no idéntico, al que lo hacen las sistematizaciones científico-categoriales. En tal sentido he tratado de interpretar la famosa Teoría de Fichte de los Tres Principios del Conocimiento, a partir de los cuales erige su Sistema filosófico, de un modo similar a como Newton erigió su Sistema Mecánico de la Física. De tal modo, el Primer Principio de Fichte, “el Yo pone al Yo”, sería un Principio de los Términos, en tanto que los sujetos cognoscentes no son  objetos inerciales ni meras sustancias cartesianas, sino sujetos cuya naturaleza es la acción de ponerse a si mismos; el Segundo Principio, “al Yo se opone un No-Yo”, sería el principio de las Operaciones, y el Tercer Principio, “en el Yo, un Yo limitado se opone a un No-Yo limitado”, resultante según Fichte de un postulado de limitación y un principio de oposición recíproca; a partir de dicho Tercer Principio, que sería un Principio de las Relaciones, Fichte trata entonces de deducir todas nuestras representaciones cognoscitivas del mundo. Pero Fichte hace esto dentro del marco de una Filosofía Idealista tan criticable para nosotros como lo fue la Metafísica wolffiana para Bueno. Pero crítica no quiere decir aquí rechazo total de lo propuesto por Fichte, sino criba, arrojar el agua sucia, pero no al niño.

     Se trataría entonces, por nuestra parte, de apoyarnos de modo análogo a como hizo Gustavo Bueno para rectificar la Ontología de  Wolff, en Teorías del Conocimiento contemporáneas que no fuesen idealistas, pero que guardasen una semejanza esencial con la Teoría del Conocimiento fichteana, para trasponerla, conservando su estructura esencial de circularismo constructivista, a un marco de una filosofía no idealista. En tal sentido podemos considerar la Epistemología Genética de Piaget, -aunque el propio Piaget no haya estado influido directamente por el conocimiento de la obra de Fichte-, como guardando unas semejanzas que nos permiten desarrollar  sistemáticamente  la  Gnoseología  que creemos precisa para fundamentar filosóficamente el “contexto tecnológico transformacional” al que remite Gustavo Bueno para la deducción de los Tres Géneros.

     La analogía principal que nos permite conectar a Fichte con Piaget (hemos desarrollado más detalladamente una interpretación de la filosofía de Fichte desde Piaget en Manuel F. Lorenzo, Meditaciones Fichteanas, Logos, Berlín, 2014), reside en que ambos consideran que la explicación del conocimiento debe partir de las acciones y no tanto de las sensaciones. Estas se siguen considerando, pero solo en tanto que subordinadas a las acciones. En Fichte tales acciones (Tathandlungen) son acciones u operaciones de un Yo interior, dado en relación consigo mismo por la Autoconciencia. Pero en Piaget se abandona este Idealismo de la Conciencia al considerar el sujeto de las acciones como un ser vivo, corpóreo-operatorio, dado en relación originaria, no ya consigo mismo, sino con un medio entorno del que depende principalmente para su supervivencia y no solo para el desarrollo de su Conciencia. Por ello Piaget investiga el desarrollo del conocimiento inteligente de los niños observando, en relación con un medio vital, sus acciones y operaciones corporales, como el chupar, coger objetos, arrojarlos, golpearlos, etc., ya desde un periodo sensorio-motriz anterior a los dos años en que todavía no  hablan y por tanto no pueden tener representaciones de sus acciones en un yo auto-consciente. Tales acciones inteligentes, por tanto, no brotan, según Piaget, de la interioridad de la conciencia, como en Fichte, sino que derivan evolutivamente de la transformación de instintos biológicos previos, como el instinto de mamar o el de cerrar la mano en los bebes, como actos reflejos de los que derivan primero los hábitos de chupar y las habilidades manuales. Piaget esta ya inmerso en un biologismo evolucionista darwiniano, aunque en una perspectiva filosófica que podíamos denominar como la de un vitalismo anantrópico, ya que su biologismo se da en continuidad con el desarrollo cognitivo de animales, como los chimpancés, sin marcar claramente una diferencia entre animales y humanos. Pues la diferencia entre la inteligencia de un niño y un chimpancé, según Piaget, es que el desarrollo de este último se detendría en unos meses, mientras que el niño requiere años para su maduración intelectual.

     Desde el punto de vista ontogenético de la Psicología infantil, en que se sitúa Piaget, es difícil sostener otra cosa. Para ello habría que recurrir a la Antropología evolucionista en la que se percibe la dimensión filogenética, complementaria de la anterior, para poder marcar una diferencia irreductible entre el conocimiento humano y el meramente animal. El propio Piaget, como sostiene en su entrevista con Jean-Claude Bringuier, en Conversaciones con Piaget (Gedisa, Barcelona, 2004), había contemplado en sus iniciales planteamientos epistemológicos la necesidad de esta perspectiva filogenética antropológica, pero debido al precario desarrollo empírico de la Paleoantropología a principio del siglo XX, optó por centrarse en la ontogenia, para la cual disponía de unas posibilidades experimentales mayores y más fiables debido a la posibilidad de repetir las observaciones indefinidamente, pues todos los días nacen nuevos niños a los que se puede observar, mientras que los datos y descubrimientos de la Antropología evolucionista eran azarosos y por entonces muy precarios. Pero, será en la segunda mitad del siglo XX cuando se empiecen a producir descubrimientos antropológicos que conducirán a final de siglo, como refleja ampliamente la obra de Frank R. Wilson, La mano. De como su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (Barcelona, 2002), al establecimiento de las grandes diferencias entre la mano humana y la mas próxima a nosotros de los simios, las cuales posibilitaron la aparición de las técnicas de fabricación de hachas y de una industria lítica, ya en los homínidos a partir del homo habilis, que marca el paso de las meras acciones rutinarias de los animales a las acciones normativas humanas, que precisan para su producción, mantenimiento  y desarrollo de lo que denominamos instituciones antropológicas permanentes como el taller artesano, por ejemplo.

     La mano humana, que aparece ya claramente diferenciada de la mano de los simios en la australopiteca Lucy, habría sido la palanca o Rubicón que marca el paso del animal al hombre, no tanto porque los animales careciesen de técnica alguna, como porque la mano humana es capaz de realizar prensiones de los objetos, ya sea en pinza para lanzar objetos con la fuerza y la precisión de un proyectil, ya sea en el martillear, enhebrar una aguja o producir fuego frotando un palillo, cosas que ningún animal es capaz de hacer (Ver Collin Mc Ginn, Prehension. The Hand and the Emergence of Humanity, The Mit Press, 2015) Ello conlleva una capacidad de transformación del medio que permite una puesta progresiva y creciente de la naturaleza en torno a nuestro servicio, aumentando nuestra capacidad de supervivencia como especie y el control y dominio del resto de las especies animales con las que estábamos en competencia en la darwiniana lucha por la vida.

    No obstante, Piaget presenta el desarrollo del conocimiento según unas afirmaciones que nos permiten reinterpretar los Tres Principios de Fichte en una perspectiva vitalista. Aunque dicha perspectiva no la entendemos al modo Anantrópico, propio de un Vitalismo filosófico monista, próximo al de Bergson, como el que mantuvo el joven Piaget, sino según un modo Antrópico y concebida dentro de un Vitalismo pluralista como el sostenido por Ortega y Gasset, en el que la Vida humana no se reduce a ser una mera continuación de la Vida biológica, tal como defendió en “Ni vitalismo ni racionalismo” (1924).

     En primer lugar, el Primer Principio de Fichte, “el Yo pone al Yo”, es el que proclama la Autonomía del Yo. Fichte entiende al Yo como la acción de ponerse a si mismo, como una especie de Causa Sui. En tal sentido mejora a Descartes que todavía sostenía que el Yo era una Substancia, res cogitans. Para Fichte el Yo no es algo substancial y estático sino que es pura actividad en relación consigo mismo y con el medio externo (No-Yo). Pero, según Piaget, pensar que el sujeto del conocimiento es autónomo, como todavía ocurre en Fichte, es puro idealismo, pues como sujeto biológico no es autónomo, sino que depende irremediablemente de un medio natural del que toma la energía para sus acciones. No obstante, como ser vivo, aunque no sea autónomo, puede autorregular su conducta de modo recursivo en relación con dicho medio, tanto para adaptarse a él como para transformarlo con sus acciones corporales. Piaget ya observó cómo, onto-genéticamente, van estructurándose evolutivamente en los niños las acciones corporales, de la boca, los pies y las manos, para asimilar y acomodarse de modo inteligente al medio, como lo haría un chimpancé, pues esto ocurre ya antes de que el niño empiece a hablar. Será, sin embargo, la Antropología evolucionista posterior la que resalte de modo esencial a las habilidades manuales como la principal  palanca  autorregulativa  que  nos aleja del mundo animal, pues gracias a la especificidad de tales manos exentas, desarrolladas en consonancia con la bipedestación, como ya había señalado el propio Darwin en El origen del hombre, fue posible el surgimiento de la industria técnica, sobre todo a partir del denominado homo hábilis, hace unos 2 millones de años.

     Con ello quedan definidos precisamente los sujetos humanos como términos, no ya meramente inerciales, como una piedra, ni meras conciencias para las que el mundo es algo primordialmente “ante los ojos” (Vorhandenheit), sino como seres dados en un “mundo a la mano” (Zuhandenheit), como sostuvo Heidegger en Ser y Tiempo. Pues definir al hombre como un sujeto corpóreo que opera originaria y esencialmente con sus manos es rectificar el Primer Principio fichteano según el hilo conductor del “complejo tecnológico transformacional” del que habla Gustavo Bueno. La actividad manual es entonces, en tanto que un principio de autorregulación conductual, la esencia del sujeto humano representada por este Primer Principio en el sentido de principal órgano corporal de adaptación y transformación humana del medio y del propio ser humano en su evolución. Por tanto no es ya la Autoconciencia reflexiva del Yo fichteano el fundamento último del saber humano, sino la Operatoriedad manual humana principalmente, que actúa como condición de posibilidad de dicho saber, en tanto que con ella se desarrolla una técnica que permite la construcción normativizada, y no meramente rutinaria, de instrumentos como un hacha de sílex, que han sido trascendentales por sus consecuencias en la creación de un poderoso mundo humano para alejarnos del resto del reino animal. En tal sentido señalaba Bergson, recogiendo una afirmación de Aristóteles, a la mano humana como un “instrumento de instrumentos”, como el instrumento orgánico para fabricar instrumentos inorgánicos, en el sentido de que conserva una especie de capacidad reflexiva como la que tenía la Autoconciencia fichteana. Así como Fichte decía que el Yo reflexivo de la Autoconciencia pone al Yo perceptivo de la sensibilidad externa, podemos decir que la mano instrumento humana pone o funda al instrumento técnico que nos da acceso a la racionalidad estrictamente humana.

      Piaget evita el determinismo y la falta de libertad, a que puede conducir  la  dependencia  del  medio natural, al sostener que un ser vivo, aunque este determinado por el medio, en tanto que tiene la capacidad de moverse por si mismo, puede autorregular sus movimientos y acciones, al coordinarlos por medio de sus habilidades manuales y corporales. Por ello es libre, no ya en un sentido absoluto, como el Yo de Fichte, sino en un sentido relativo, en tanto que, por dichas habilidades operatorias, -que ya no son meros instrumentos de la conciencia, como pensaba Fichte, sino que son instrumentos prístinos u originarios, fruto de la propia evolución biológica-, puede escapar o vencer al determinismo natural que le presenta resistencia, en tanto que se adapta a él. Nuestra libertad está, pues, no ya en función de una autonomía Kantiana, recogida por Fichte, del Yo consciente, cuanto en función de nuestras habilidades operatorias, las cuales tienen su origen como transformación evolutiva de los instintos o rutinas de la propia vida inconsciente o preconsciente.

   Piaget, al admitir la dependencia del medio, admite pues dialécticamente, como Fichte, que el origen y desarrollo de nuestras acciones y operaciones, no surge de la Nada, no es por ello algo hipostasiado, sino que supone un No-Yo, un medio natural que se nos resiste, lo cual debe ser recogido como un Segundo Principio. Pero al ser un medio biológico positivo, este Segundo Principio de las Operaciones,  no se reduce a un mero No-Yo, a un Principio puramente lógico-negativo, sino que dicho medio entorno presenta resistencias concretas a nuestra conducta, pero también facilidades, que se pueden determinar positivamente, por ciencias como las ciencias positivas (ciencias físicas, químicas, biológicas, sociológicas, psicológicas etc.) con vistas a una acción inteligente para controlarlas.

     Piaget precisa esta idea entonces añadiendo, en un sentido ya no idealista, sino vitalista, lo que podemos considerar como un equivalente del Tercer Principio de Fichte, al suponer que la Adaptación evolutiva al medio se lleva a cabo a través de dos funciones opuestas, pero dadas en reciprocidad: la Asimilación y la Acomodación. El organismo, en vez de someterse pasivamente al medio, lo modifica asimilándolo a las estructuras que le son  familiares, a las  estructuras propias disponibles,  incorporando los objetos a sus “esquemas de acción” conductuales, como hace un niño cuando ante objetos desconocidos ensaya sus esquemas de acción más habituales, chupando, golpeando, frotando, arrojando los objetos, etc., para incorporarlos a su conducta práctica cotidiana. Así, cuando al chuparlo no obtiene alimento descubre, sin embargo, que le proporciona un placer que le calma. O cuando arroja los objetos no es por capricho, sino porque está experimentando como un científico, dice Piaget, para ver si se rompen o rebotan. Así amplia su conocimiento del mundo y empieza a distinguir una pelota de algo que no lo es, como una esfera de cristal, por ejemplo. Al mismo tiempo, si se produce alguna dificultad en el manejo de los objetos, el organismo lleva a cabo acciones de acomodación a la nueva situación, como cuando el niño debe estirar los brazos para golpear un objeto distante, que no puede alcanzar en su posición habitual, etc. De esta forma sus esquemas cognoscitivos van cambiando, como cuando un niño que tiene el esquema de la figura de un caballo, y en el Zoo lo aplica a una jirafa, su madre le hace sustituir o acomodar su esquema del caballo al de una jirafa, diciéndole que el cuello de la jirafa es más largo, por lo que no es un caballo.

     Fichte pretendía explicar desde su Tercer Principio la totalidad del saber humano, tanto del teórico como del práctico por medio del dualismo actividad/pasividad del Sujeto respecto al Objeto para generar las representaciones cognoscitivas prácticas (actividad) y teóricas (pasividad). Según él todas las representaciones de los objetos mundanos se reducían a estas dos: las representaciones naturales que se nos imponen necesaria y pasivamente, como cuando oímos una explosión, y las representaciones que creamos libremente con nuestra imaginación, como, por ejemplo, un centauro. Las primeras son las que Kant analiza en la Critica de la razón pura y las segundas, las representaciones morales o estéticas, las que analiza en las otras dos Críticas. Si en el Tercer Principio, en el que la oposición entre un Yo finito y un No-Yo finito, según la formula Yo (Yo/No-Yo), consideramos que el Yo es pasivo y el No-Yo activo (entendiendo dialécticamente que pasivo/activo son términos relativos), tenemos lo que Fichte llama la serie de las representaciones reales de las cosas. Cuando consideramos lo contrario, esto es, que el Yo es activo y el No-Yo natural se nos resiste de modo pasivo, entonces surge la serie ideal de las representaciones morales, por ejemplo, cuando reprimimos nuestros instintos naturales en base a principio ideales, éticos. El problema está en que Fichte sigue aquí preso del dualismo kantiano entre Naturaleza y Espíritu que pretendía superar.

     Pero Piaget consigue evitar dicho dualismo al plantear desde su Principio de Adaptación con las funciones de Asimilación y Acomodación, tres posibilidades de generar la totalidad de las estructuras cognoscitivas: si la Asimilación predomina sobre la Acomodación, tenemos, como es en el caso de los juegos de construcción en los niños analizados por Piaget, una especie de conocimiento propio de la actividad técnica humana. Si la Acomodación predomina sobre la Asimilación, como ocurre en los juegos infantiles de imitación, tenemos el conocimiento artístico. Y si hay un equilibrio entre ambas funciones tenemos el conocimiento propiamente inteligente, base de los saberes científicos y filosóficos.



Se puede comprar este libro en Amazón:

https://www.amazon.es/Filosof%C3%ADa-manos-Manuel-Fern%C3%A1ndez-Lorenzo/dp/1447712803/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=3LRHQQQB50V0O&keywords=manuel+fernandez+lorenzo+filosofia+de+las+manos&qid=1688377327&s=books&sprefix=manuel+fernandez+lorenzo+filosofia+de+las+manos%2Cstripbooks%2C86&sr=1-1




martes, 12 de mayo de 2020

Introducción a la Filosofía


Curso de Introducción a la Filosofía 

Prof. Manuel F. Lorenzo (Universidad de Oviedo)

Grado de Arte (2º Semestre del curso 2019-2020)



Tema  1.- La filosofía como “amor al saber”.  
Tema  2.- La filosofía como institución educativa.
Tema  3.- Periodización de la Historia de la Filosofía.  .
Tema  4.- Filosofía greco-romana y filosofía europea.  
Tema  5.- La Filosofía Helenística y la Filosofía Contemporánea.
Tema  6.-  La filosofía y la reflexión sobre el conocimiento.  
Tema  7.-  Fundamentación crítica del conocimiento.  
Tema  8.-  Fundamentación fenomenológica del conocimiento.  
Tema .9-   Fundamentación operatiológica del conocimiento.


Vídeos de los Temas 1 al 9:

Vídeo nº 10
Vídeo nº 11
Vídeo nº 12
Vídeo nº 13
Vídeo nº 14
Vídeo nº 15
Vídeo nº 16
Vídeo nº 17
Vídeo nº 18
Vídeo nº 19
Vídeo nº 20
Vídeo nº 21
Vídeo nº 22
Vídeo nº 23
Vídeo nº 24
Vídeo nº 25
Vídeo nº 26
Vídeo nº 27
Vídeo nº 28
Vídeo nº 29
Vídeo nº 30
Vídeo nº 31




NOTA INFORMATIVA

Los vídeos que aquí se presentan fueron realizados como consecuencia de la interrupción de las clases presenciales en la Universidad de Oviedo durante el 2º Semestre del Curso 2019-2020 por causa de la pandemia mundial del llamado Corona Virus. Hubo que continuar las clases por modo on line para lo que el autor grabó estos vídeos con su teléfono movil, improvisando un estudio de grabación en su domicilio particular. La exposición de los Temas 1 y 2, debido a que fueron expuestos por medio de clases presenciales en su momento, se ha añadido en vídeos grabados el curso siguiente con la numeración Vídeo nº 0-1, 0-2, 0-3,0-4, 0-5 y 0-6. Esta serie de vídeos tiene el interés de presentar, de modo didáctico, una Introducción a la nueva filosofía que venimos denominando en este Blog como Pensamiento Hábil o Filosofía Operatiológica.

















viernes, 28 de julio de 2017

Reseña de Meditaciones Fichteanas, de Manuel F. Lorenzo. Logos Verlag, Berlín: 2014

El filósofo asturiano Manuel Ángel Fernández Lorenzo lleva ya largos años inmerso en la elaboración de un sistema filosófico llamado "Pensamiento Hábil", sistema en pleno curso de realización y de cuya fragua han surgido varias e interesantes piezas, en forma de libros y artículos. Para su consulta recomendamos la web y el blog personales del autor. 

El profesor Fernández Lorenzo ejerce su docencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo, centro académico que ha brillado con luz propia gracias al astro de don Gustavo Bueno Martínez. El llorado e insigne catedrático, fallecido en agosto de 2016, dejó una ingente obra así como un nutrido, pero desigual y heterogéneo grupo de discípulos. Como suele acontecer, la cuestión de "quién es verdadero discípulo" es la fuente de una larga batalla entre enanos, pendencia de escaso interés historiográfico y poca enjundia filosófica. Muchas veces, justamente entre los heterodoxos seguidores, ajenos a los dogmas y ávidos de caminos nuevos, hemos de buscar las vetas y los filones de oro. Me parece que la "heterodoxia" del profesor Fernández Lorenzo es de ese tipo fértil y prometedor.

¿En qué doxa, opinión o dogma, se aleja el autor aquí reseñado para situarse en "otro" espacio distinto, para situarse objetivamente, en una hetero-doxia con respecto al sistema de Gustavo Bueno? En varios planos habría que alojar una respuesta, pero uno de ellos es el plano en el que se puede observar un alejamiento del profesor Fernández Lorenzo con respecto del marxismo y con respecto de otros compromisos metafísicos pre-críticos (pre-kantianos, si se quiere) con la idea de "materia". Compromisos con una "materia en general" a modo de fundamento o ámbito envolvente, genérico, de los diversos modos de materialidad. Ese fundamento, como claramente se formula en el "Pensamiento Hábil" hay que abandonarlo. Y debe hallarse en otra parte. Y Fernández Lorenzo ha buscado en Fichte.

¿Qué pasa con Fichte? El idealista olvidado (muy olvidado en comparación con Hegel, incluso con Schelling), el abstruso, difícil de leer y por tanto de divulgar, Juan Teófilo Fichte, podría ser un punto de partida para un sistema filosófico fundado no en una materia, sino en las propias operaciones del sujeto: "Pues Fichte es el primer filósofo moderno que formula filosóficamente la tesis, que Piaget enarbolará frente a los empiristas del Positivismo Lógico o frente a los "innatistas" como Chomsky, de que lo esencial para entender el conocimiento humano es la Acción, los hechos-acciones (Tathandlungen) del sujeto cognoscente" (p. 7). Palabras oportunas con las que arranca Meditaciones Fichteanas. El secreto a voces del llamado "materialismo filosófico" de la universidad ovetense fue el impacto que la Epistemología Genética de Jean Piaget provocó en el círculo inmediato de discípulos buenistas. Discípulos y colaboradores sumidos entonces en las corrientes que a fines de los sesenta y principios de los setenta eran novedosas (marxismo, estructuralismo, neopositivismo) y que buscaban "sistema". Toda una teoría de las operaciones era exigida internamente por ese "materialismo filosófico" en ciernes que repudiaba desde muy pronto el realismo marxista-leninista (el realismo tomista era muy superior filosóficamente a la teoría del conocimiento "por reflejo" de Lenin) o el simbolismo y formalismo de los neopositivistas, así como mostraban alergia ante la trivialización de la filosofía por la vía de un "análisis del lenguaje".

Antes de la dispersión y triturado de los sistemas filosóficos, acaecida desde la segunda mitad del siglo XIX, era norma edificar un sistema desde un fundamento, como cimiento o fondo inatacable desde el cual alzar, por algún método (cadenas deductivas, pasos dialécticos) los pisos superiores del sistema y dar remate al organismo de las ideas filosóficas. Así hizo Spinoza con la idea de Sustancia. En lugar de Dios o del Yo Pienso, el filósofo racionalista parte su construcción desde una entidad estática, omniabarcante, absolutamente independiente en su ser. Spinoza es el contramodelo desde el cual poder entender a Fichte. El fundamento en el idealismo alemán reside en el Sujeto, la verdadera entidad absoluta, independiente, primera. No obstante, el Yo de Fichte no es el equivalente subjetivo de la sustancia espinosista. No se trata de un trasvase de propiedades de la sustancia-objeto a una sustancia correlativa, la sustancia-sujeto. La cosa es más compleja. El propio idealismo alemán hubo de realizar su recorrido interno, experimentar una dialéctica propia con vistas a despojar de todo residuo de sustancialismo a la misma idea de Sujeto. Atrás debía quedar el "idealismo material" de Berkeley (esse est percipi, "ser es ser percibido") y, más cercanamente a Fichte, el "Principio de Conciencia" de Reinhold. 

En efecto, los discípulos eminentes de Kant habían localizado con precisión el "cabo suelto" del idealismo trascendental de Manuel Kant. La "cosa en sí" era el escándalo para el nuevo idealismo, que había de transitar caminos del todo ajenos al realismo de siglos pasados, incluyendo el "dogmatismo" (expresión con la que se solía designar el sustancialismo espinosista). La "cosa en sí" o bien no existía o bien había de reintroducirse hasta confundirse en el propio Yo, en el propio Sujeto. Reinhold se deshace de la cosa en sí y parte estrictamente de un mundo que sólo es mundo representado. Se parte exclusivamente de la conciencia dotada de su capacidad de representación. Ese es el "hecho" de conciencia (Tatsache). 

Fichte, no obstante, propone como fundamento del Sistema no un "hecho" sino la propia Acción. La palabra alemana Tathandlungen expresa esos "hechos-acciones" del Sujeto, que son el fundamento, y no una mera función abstracta (la capacidad de representar como un hecho general y enterizo). Reinhold dio el paso de entender que el fundamento de la nueva filosofía no había de ser sustancial sino "factual", en consonancia con el factum de las ciencias y con el allanamiento del campo cognoscible que supone el trabajo de las ciencias positivas. Fichte realiza una corrección superadora, desgranando ese hecho básico, general, enterizo, de una conciencia con funciones representacionales, en una multitud de hechos acciones de los cuales la conciencia es más un resultado sintético que un primum fontanal o causante de las acciones. Conviene anotar que éste es el punto del que arranca toda una línea "pragmatista" avant la lettre, que llega hasta el siglo XX con la Epistemología Genética de Piaget y el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno. Nuestro conocimiento no puede entenderse más en términos sustanciales (una relación causal entre sustancias, un "contacto" con objetos ya dados, etc.) sino en términos operacionales. Los hechos-acciones responden a su propia lógica, a unos principios que hay que descubrir y formular. Y decimos principios, en plural, por cuanto las acciones no dimanan de un solo fundamento. Aunque resulta paradigmático el idealismo de Fichte, que arranca a partir de un Yo, sin embargo no se trata de un "Yo" substancial, autogenerado, o un pensar que se piensa y se produce a sí mismo. El Yo que "se pone" o afirma a sí mismo siempre encuentra obstáculos, oposición, es decir, se topa con el No-Yo. Estos dos polos opuestos, Yo y el No-Yo (Mundo) forman un circuito infinito e incesante de relaciones, circuito muy similar a la idea orteguiana de Vida, el circuito del "Yo y mis circunstancias". El Yo y el No-Yo son conceptos conjugados, una pareja de términos que se da conjuntamente, en una dialéctica de oposición y necesidad recíproca, y cuyo nacimiento y desarrollo entrelazado a lo largo de su historia obliga a su consideración conjunta. El Yo y el No-Yo, al igual que el "Soy yo y mis circunstancias", son dos polos o focos de la elipse que luego en la Biología Teórica (disciplina de la que Piaget, al igual que Waddington, Uexküll, Emmeche, etc. es un insigne padre fundador) se pueden reformular como oposición (dialéctica, conjugada) entre Organismo y Medio. "Vivo, luego existo", será la corrección orteguiana al racionalismo moderno, imbuída ya de las aportaciones pragmatistas y vitalistas que también afectaron a Piaget. El Yo Absoluto será la síntesis del Yo y del No-Yo, el límite intraspasable, el Yo reflexivo que encierra toda la oposición entre el Yo y el No-Yo. Dicho en otros términos: la oposición entre Yo y No-Yo se da "dentro" del propio Sujeto, no se da en ninguna otra parte. Sujeto que, repetimos, no es sustancia sino acción y nada más que acción.

Manuel Fernández Lorenzo, especialista como es en el Idealismo Alemán, reconoce en Fichte el inicio de estas corrientes pragmatistas y operacionalistas, pero también el punto de arranque de lo que podríamos llamar un "positivismo olvidado". Tras el ciclo del idealismo clásico alemán, la Metafísica se derrumba, Europa deja caer los viejos –y antaño orgullosos- edificios de su Metafísica tradicional. Tras la muerte de los viejos Hegel y Schelling quedan ruinas y demoliciones, quedan filosofías relampagueantes e incendiarias, pero filosofías que ya no pueden volver a los momentos pre-kantianos, salvo transmutándose en anti-filosofías (marxismo, positivismo-lógico). O asumimos plenamente la destrucción de la Metafísica iniciada por Kant, o proponemos un nuevo "Sistema", una Filosofía que sea, más bien una "Teoría de la Ciencia", en vez de una Metafísica. La Teoría o Doctrina de la Ciencia (Wissenschaftslehre) al modo fichteano consiste en alzar un sistema de conocimientos rigurosamente fundados. Es la idea de una "filosofía rigurosa" que rompa con las arbitrariedades de los sistemas prekantianos (ya sean escépticos, ya sean dogmáticos). Con una falta de base "científica" el estudiante poco avanzado adquiera la impresión nefasta de que uno puede "tomar la filosofía que más le guste", como si de seguir una moda o un capricho personal se tratara. El ideal de "filosofía rigurosa" de Fichte, por cierto, será retomado por la Fenomenología husserliana y por el propio materialismo filosófico de Gustavo Bueno, así como por la Epistemología Genética piagetiana. En estos tres casos, se ponen las bases de un nuevo "positivismo", en una fundamentación rigurosa de la Filosofía, más allá de las arbitrariedades de la Metafísica tradicional o de las modernas ideologías. En este sentido la Filosofía cumplirá una función esencial en la sociedad, como luz que disolverá las tinieblas de las ideologías, o falsos fundamentos. La era de las ideologías ya ha tocado a su fin lo cual no debe suponer un retorno al cientismo, a una falsa y mala filosofía que imite o compendie a las ciencias, presuntamente objetivas y neutrales ideológicamente. De sobra vemos que la tecnociencia actual es pura y simplemente "ideología" o, si se quiere, la Metafísica "en vigor". Antes al contrario, la Filosofía con una base positiva no será vista más como una ciencia al lado de las ciencias, ni una Enciclopedia o Compendio de los saberes y menos aún una emulación de los saberes tecnocientíficos. La Filosofía, en gran medida, será una Operatiología, esto es, un análisis y reconstrucción de nuestros conocimientos a partir de esos hechos-acción de que hablaba Fichte, una Teoría de la Ciencia hecha al margen de todo escepticismo o dogmatismo. La Filosofía, lejos de toda "ingeniería social", volverá a su cometido fundacional en Grecia: alzarse como un saber reflexivo que aniquile las ideologías y las arbitrariedades dogmáticas, que devuelva racionalidad a todas y cada una de las prácticas civilizadas sin devenir, por ello, un dogmatismo más. Transformar al hombre, fabricar hombres de nuevo cuño y sociedades programadas ha sido la pesadilla que numerosas veces acarreaba el racionalismo mal digerido. En cambio, la reflexión sobre lo que hacemos (incluyendo lo que conocemos), su génesis y proceso, puede ayudarnos a suministrar vacunas de racionalidad práctica en este mundo tan necesitado de ella.


Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía

sábado, 20 de mayo de 2017

Novedad Editorial: Pensar con las manos


 

                   Comprar en Lulu.com

                     

lunes, 6 de febrero de 2017

El pensamiento “a mano”. En torno al “Pensamiento Hábil”

    Ofrecemos, en lo que sigue, el enlace a una Reseña de dos de mis libros, y su contraste con el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, realizada por Carlos Javier Blanco Martín, Doctor en Filosofía (España), en La Razón Histórica. Revista Hispanoamericana de Historia de las Ideas,

El enlace a la Reseña es el siguiente:

 https://www.revistalarazonhistorica.com/35-2/

lunes, 4 de enero de 2016

Principios del Conocimiento Humano explicados desde el Pensamiento Hábil

                                                                                                                       
      Tras el “giro copernicano” que Kant introduce en la explicación del conocimiento humano, la filosofía llamada moderna continua profundizando en el paso dado por Descartes de partir de la subjetividad para fundamentar racionalmente nuestra representación del mundo. El Ego Trascendental kantiano se constituyó en el nuevo eje en torno al cual gira el conocimiento humano. Pero Kant y sus sucesores entendieron dicho sujeto de forma idealista como una inteligencia consciente, un Yo, en términos de Fichte, lo que provocaba una contaminación inevitable entre el Yo trascendental  y el Yo “mental” o psicológico a pesar de que su distinción conceptual era clara.

      Ello condujo a Schelling y a Hegel a sustituir el término fichteano de Yo Absoluto por el de Dios o Espíritu Absoluto, a lo cual no fue ajeno, por otra parte la acusación de ateismo lanzada contra la primera filosofía de Fichte expuesta en la Universidad de Jena. El propio Fichte acabaría reformulando su filosofía inicial del Yo en términos de una Filosofía del Ser divino, que parecía más acorde con la ortodoxia espiritualista aún reinante. Las posiciones ateas no se abrirán paso en la filosofía alemana hasta la aparición de Schopenhauer, Feuerbach o Marx.

     El retorno al espiritualismo realizado por Hegel fue además un exceso, como se encargará de criticar el viejo Schelling al contemplar como era malinterpretada su filosofía de la Identidad por su antiguo amigo y después rival. Pues la filosofía de la Identidad schellinguiana, que pretendía escapar a la confusión del Yo Absoluto de Fichte con la Conciencia, pedía más bien un desarrollo hacia una Filosofía de la Voluntad, de lo Inconsciente, que más tarde sería llevado a cabo por el llamado Vitalismo. El espiritualismo Hegeliano provocará como reacción proporcionada a tal exceso, aunque de sentido contrario, la “inversión” del sistema hegeliano y su transformación en un sistema Materialista por parte de Marx y Engels, produciéndose en tal sentido un regreso a posiciones pre-kantianas tanto en la Teoría del Conocimiento, con su vuelta a la teoría del conocimiento como un reflejo superestructural, como en la Ontología con la afirmación de la Materia como fundamento terminal.

     El Vitalismo, al tratar de volver a Kant para evitar el espiritualismo hegeliano, siguió un camino más prometedor al interpretar, con Schopenhauer, la Cosa en sí kantiana como una entidad subjetiva, aunque Inconsciente: la Voluntad. Pero este camino se bloqueo al rechazar cualquier colonización metódica y racional de dicha Voluntad nouménica, interpretada posteriormente por Nietzsche como la Vida. No obstante tales movimientos filosóficos, que inauguran la contemporaneidad en filosofía, llevaron a cabo una profundización en la explicación del sujeto humano que permitió empezar a entenderlo como algo cuyos resortes últimos no estaban en la Conciencia sino en los instintos inconscientes (Schopenhauer) o en los intereses económicos de clase (Marx).

     En el caso del Vitalismo se da una especie de “inversión etológica” de Hegel y en el del marxismo se hace una “inversión antropológica”[1]. Pues, con Hegel culmina la racionalización del espiritualismo cristiano en clave humanista, para el cual la Humanidad es la encarnación final del Espíritu divino que se aliena en la Naturaleza para devenir consciente en el Hombre en cuánto culminación y floración máxima de ella. Esta perspectiva de ascenso, a costa del duro trabajo de la negación, que debe afrontar el Espíritu hasta alcanzar la cima, se invierte en Feuerbach y Marx cuando se adopta el punto de vista inverso para ver a Dios desde el hombre como una creación fantástica de la sociedad humana misma y que, por tanto, no tiene ya entidad sustantiva propia, con lo que se proclama abiertamente el ateísmo y la reducción del mundo a una Sustancia material que, a lo Spinoza, es reducida a los dos Atributos de Naturaleza y Cultura.

     En el Vitalismo, el giro adopta un punto de vista biológico-etológico al contemplar al propio hombre, en tanto que individuo viviente, como dominado por su naturaleza animal, a la que se pretende subordinar lo tenido por más espiritual de su conducta. La Cultura humana deja de ser un fin para pasar a ser un medio para el desarrollo y mantenimiento de la vida humana que a su vez debe fundirse en simpatía con la Vida cósmica, como pensaban ya la escuela estoica.

     De tal modo, el sujeto humano pasa a ser punto de vista privilegiado sobre el que comienza a recaer un interés especial en tanto que se sospecha que, tras la apariencia espiritualista, hay una realidad profunda, lo Inconsciente en el vitalismo o los intereses económicos, que se imponen por encima de la voluntad en el marxismo, que debe ser explorada con nuevos métodos más positivos que los hasta entonces empleados.

     Pero tales métodos, en principio, o se limitan a repetir otros ya usados por la filosofía anterior, como ocurre en el caso del marxismo, que retoma el método dialéctico hegeliano, o el mismo positivismo que recurre a la tradición metodológica empirista, o bien se proponen métodos nuevos pero excesivamente imprecisos, como hace Nietzsche al proponer como nuevo punto de vista tomar al cuerpo humano y sus pulsiones como “hilo conductor” (Leitfaden).

     Habrá que esperar a la irrupción de la Fenomenología husserliana para contemplar la aparición de un método filosófico realmente nuevo, el método de la descripción de las esencias o estructuras cognoscitivas. No obstante, la Fenomenología husserliana tendió, como se le ha reprochado, a detenerse demasiado en un continuo y excesivamente reiterativo afilar los cuchillos metódicos sin llegar apenas a trinchar la carne. En tal sentido los avances positivos y sistemáticos en la elaboración de una nueva filosofía fueron realmente parcos en comparación con lo que ocurrió en la época de Kant. Y, cuando los hubo, se debieron más a la acción y capacidad genial de discípulos de Husserl, como Max Scheler en el campo de la Etica o Heidegger en el de la Antropología filosófica, que a la obra copiosa pero llena de repeticiones y lagunas del propio Husserl. En tal sentido el método fenomenológico de las descripciones no permitió un avance profundo en la construcción sistemática de una nueva filosofía que superase a la idealista de los tiempos de Kant.

     Hubo que esperar a la Psicología Genética de Jean Piaget para que la reformulación de la Idea de Sujeto entendido como Sujeto vivo, corpóreo operatorio, y no ya como mera Conciencia intencional, abriese un campo de inusitadas posibilidades de construcción y reconstrucción filosófica. Con ella el método de análisis de las Estructuras o Esencias del conocimiento dejó de ser un método puramente descriptivo para pasar a ser un método constructivo o reconstructivo. Dicho método transforma el conocido lema de los fenomenólogos “Zuruck zu dem Sachen Selbst” (“A las cosas mismas”)  por otro lema que podría rezar así: “A las cosas mismas a través de las operaciones corporales”. En tal sentido la clave ahora estaría también en el desvelamiento de las Estructuras que condicionan nuestra relación con la percepción o asimilación de los objetos, pero el hilo conductor para lograrlo tendría que ver más con la comprensión de las Estructuras Operatorias que están implícitamente actuando en nuestra relación con los objetos.

     El ejemplo más brillante que se puede ofrecer es la comprensión del concepto de Espacio en tanto que condición trascendental del conocimiento humano a lo Kant, aunque ahora no entendido ya como resultado de la intuición de una estructura o forma dada a priori sino como resultado de las acciones de un sujeto vivo que es capaz de coordinar sus movimientos de tal forma que ellos obedecen a una Estructura Operatoria del tipo de un “grupo” algebraico. El famoso “Grupo de los Desplazamientos”, establecido por el matemático francés Henry Poincaré como clave explicativa de la construcción del concepto de espacio motriz, inspira a Piaget a aplicarlo, no sólo a las acción de desplazarse de un sujeto en un espacio, sino también a los desplazamientos de un objeto en las manos de un sujeto por el cual se obtiene la noción operatoria de Sustancia, como aquello que permanece invariable, como un Objeto Permanente resultante de un grupo de transformaciones giratorias.

     De tal forma, desde el nuevo punto de vista alcanzado por la Epistemología Genética piagetiana, se obtienen definiciones operatorias de categorías filosóficas tan tradicionales como la Sustancia, el Espacio, la Cantidad, etc. Este operacionalismo es aplicado por Piaget sistemáticamente para la definición de conceptos abstractos que tienen que ver con las operaciones intelectuales por las cuales se establecen, ya en la infancia, las Estructuras más básicas del conocimiento humano. Sus incursiones por la Historia de la Ciencia también resultaron interesantes, aunque en el campo de la Teoría de la Ciencia no obtuvo resultados equivalentes. Seguramente no fue ajeno a ello el prejuicio positivista piagetiano que le llevaba a considerar que la Teoría de la Ciencia, al igual que la Teoría del Conocimiento, habían dejado de ser disciplinas filosóficas para pasar a ser objeto exclusivo de la llamada nueva “Ciencia del Conocimiento” o Epistemología Genética.

     Pero tal pretensión fue puesta en cuestión, en nuestro país, por Gustavo Bueno quien o bien convergiendo o apropiándose de la noción piagetiana del sujeto epistemológico como un Sujeto Corpóreo Operatorio, la aplica al desarrollo de una nueva concepción operatoria del conocimiento científico de carácter filosófico conocida como la Teoría del Cierre Categorial[2]. En dicha teoría se ofrece una explicación operatoria del conocimiento científico, muy compleja, pero a la vez original y única en tal sentido en el panorama internacional de las diversas Teorías de la Ciencia, en la que se toman como hilo conductor  los cursos de construcción operatoria que conducen al establecimiento de las verdades científicas, los Teoremas. Aunque dicha metodología operatoria sufre, a nuestro juicio, la deformación de unos presupuestos materialistas propios de una filosofía pre-kantiana, que lastran y oscurecen muchas veces sus innegables y brillantes resultados en el siempre difícil y enjundioso análisis del conocimiento científico.

     Las definiciones operatorias de los conceptos no se limitan con este nuevo método, que podemos denominar operatiológico, por contraste con el método fenómenológico (Ver en este Blog: “Fenomenología y Operatiología, I y II”), a estos análisis del conocimiento común y del propiamente científico, sino que su virtualidad es más amplia, como lo pone de manifiesto el propio Bueno cuando aplica esta metodología de las definiciones operacionales al análisis de concepto más humildes, inspirándose en el Sócrates del Parménides platónico, como el concepto de basura al ser conectado con la “operación barrer”, en relación con la acuñación crítica de la denominación que ha llegado a ser tan habitual como la “televisión basura”[3].

     Ello indica un camino muy fértil y sugerente para aplicar este nuevo método, que pide dirigirse hacia las operaciones para entender las cosas mismas, y que se ha mostrado tan iluminador en el campo de la inteligencia infantil  y, virtualmente se le podrían abrir otros terrenos, como el ahora llamado de la “inteligencia emocional”, base del mundo de los valores éticos y morales. Pero dejando para otra ocasión las consideradas partes especiales de la Filosofía, como son la Ética, la Política o la Estética, abordaremos aquí los Principios que afectan a partes más generales de la Filosofía, como la que propiamente afecta a la doctrina sobre el conocimiento,  designada tradicionalmente como Gnoseología.

     Ante todo debemos utilizar este método para establecer los Principios básicos que expliquen la totalidad del conocimiento humano. Tomaremos para ello, como referencia ya clásica, la explicación  que Fichte estableció con gran brillantez en su tiempo cuando consiguió sistematizar con sus famosos Tres Principios la nueva explicación kantiana del conocimiento humano. Pues, tal como señalamos en otro lugar,[4] el paso adelante dado por Piaget frente al “giro copernicano” de Kant, como consistiendo en lo que denominamos una “rectificación kepleriana” de dicho giro al suponer que el conocimiento humano no gira solo en torno a la Conciencia o a la “mente”, sino que tiene otro foco más importante radicado en las habilidades corpóreo operatorias del sujeto, nos invita ahora a tratar de rectificar en un sentido operatorio los Tres Principios de Fichte

     Como es sabido, los Principios que Fichte estableció, entendidos como Principios gnoseológicos, tenían la función de que a partir de ellos se pudiese reconstruir racionalmente el entero edificio de la explicación del conocimiento humano, cuyas bases habían sido establecidas de modo nuevo por Kant. Fichte se remitió para ello al modo cartesiano-espinosiano de proceder more geométrico a la hora de reconstruir la explicación filosófica de la verdadera realidad. Se debía arrancar en el proceder filosófico de unos primeras definiciones indudables, a modo de Postulados o Principios euclidianos, para a partir de ellas ir estableciendo proposiciones filosóficas ulteriores que descansasen indirectamente en estas primeras evidencias, de un modo semejante a como se hace en la Geometría. Fichte procede en tal sentido de una forma similar a la de Spinoza en su concepción de la tarea filosófica, pero cambia el método, que ahora será dialéctico y no meramente matemático, y cambia asimismo la elección del punto de partida, que ahora será el sujeto humano consciente y no la Sustancia Divina. Asimismo presupone con Kant que la filosofía no puede explicar lo que es el mundo en sí, como pretendía Spinoza, sino el mundo fenoménico tal como aparece en las representaciones que necesariamente nos hacemos de él.

     Si se analiza, según Fichte, el acto más simple del que surge la representación más inmediata de la realidad, el acto perceptivo, como ya había señalado Reinhold (“En la conciencia, la representación es distinta de lo representado y de lo representante y referida a ambos”), obtenemos tres elementos claramente diferenciados: el Objeto (lo representado), el Sujeto psicológico (lo representante) y el Sujeto Trascendental (que une a ambos en la Representación cognoscitiva). Fichte denominará al Objeto el No-Yo, en tanto que no sabemos lo que es en sí, sino solo en relación con un Yo que lo percibe como algo que  opone resistencia a sus acciones. A su vez, pasando de la mera percepción a un acto cognoscitivo más complejo, en tanto que implica la temporalidad, como es el acto de recordar, descubre que aparece un nuevo tipo de Yo reflexivo que incluye como parte suya al Yo meramente perceptivo y al No-Yo.

     Fichte decía a sus oyentes que mirasen a la pared. Al hacerlo analizaba dicho acto como compuesto de un yo perceptivo, el yo que mira, y un objeto, la pared. Después les volvía a decir que recordasen lo que habían hecho. Al analizar tal recuerdo aparecía el yo que mira, la pared y un nuevo yo, el yo que recuerda al yo que miraba a la pared. A su vez el acto de recordar podía repetirse y repetirse bajo la forma de “el yo que recuerda como recordaba…” y así sucesivamente, sin que apareciese un nuevo yo distinto por su naturaleza del yo reflexivo del recuerdo. En tal sentido, como fruto de este regressus, el Yo reflexivo es, para Fichte, el Yo Absoluto, en tanto que no presupone otro tipo de Yo que lo incluya. Además el Yo reflexivo consiste en analizarse a sí mismo, en “ponerse a si mismo”, como dice Fichte, por eso tenemos en dicha actividad un Primer Principio que nos permite entender la génesis de la “Representación”. Fichte lo representa con el Principio lógico de identidad “Yo=Yo”.

     Pero a este Yo infinito por su capacidad ilimitada -en tanto que puede ser continuada por otros sujetos indefinidamente- de acción reflexiva, se le opone siempre necesariamente como motivo de su actividad un límite externo, un No-Yo o Naturaleza igualmente infinito. Con ello obtiene Fichte su segundo Principio “Yo/No-Yo”. La infinitud de ambos principios haría imposible toda síntesis, por lo que Fichte propone un “postulado de limitación” por el cual dichas síntesis solo pueden llevarse a cabo fenoménicamente, esto es, dentro de la Conciencia o Yo Absoluto, lo que expresa bajo la forma de un Tercer Principio obtenido como síntesis condicionada de los otros dos: “Yo (Yo/No-Yo)”. A partir de tal Principio, según se entienda que la pasividad descansa en el Yo o a la inversa, se obtienen respectivamente la génesis de las representaciones cognoscitivas teóricas y de las prácticas, esto es de la totalidad de nuestras representaciones cognoscitivas de la realidad.

     La rectificación de estos principios, que exige una concepción del conocimiento como la iniciada por Piaget, es factible ya que Fichte comparte con aquel la tesis de que el origen del conocimiento no está tanto en las sensaciones, como se pensó de modo inveterado desde los sensualistas y desde el propio empirismo aristotélico, sino, principalmente,  en las acciones del sujeto. Además Fichte comparte asimismo la perspectiva genética de explicación, ausente, sin embargo, en Kant. La diferencia principal respecto a Fichte y Kant está en que ahora, para Piaget, el sujeto epistemológico no es ya originariamente una “mente” o un Yo, sino que es un sujeto corpóreo operatorio, dado en un medio del que depende para vivir y sobre el que actúa ( Ver Manuel F. Lorenzo, Meditaciones fichteanas, Logos Verlag, Berlín, 2014, p. 14 s.s.).

     Es, pues, un sujeto biológico en el cual encontramos ya las raíces de la inteligencia en sus acciones y coordinaciones de acciones, antes incluso de que surja la capacidad representativa simbólica con el lenguaje. Pues la finalidad de la inteligencia, para Piaget, ya no es primordialmente obtener una representación meramente contemplativa del mundo, sino conseguir, por medio de dicha representación, y de un modo más seguro, la supervivencia del organismo en relación con el medio. La propia capacidad de representación simbólica, sobre todo la lingüística, permite un desarrollo de la racionalidad corpórea, -ligada originariamente a las extremidades corporales, especialmente a las manos, condición de posibilidad de la aparición de la técnica en los homínidos-, que hace que la inteligencia humana alcance un summum de desarrollo y de capacidad adaptativa, por medio de los desarrollos científicos derivados de las técnicas, inigualable en comparación con el resto de las especies.

     Pero el summum no es el primum, por lo que el origen de la inteligencia no está en las acciones u operaciones puramente abstractas o “mentales” de un Yo sino en las acciones corporales, manuales, de un homínido que fabrica un hacha golpeando con cierta habilidad, que le permiten sus evolucionadas manos, unas piedras de sílex. Por ello, para Piaget, el conocimiento tiene que ver con las acciones de un organismo vivo que operando sobre los objetos, establece relaciones entre ellos. En tal sentido, como señala Gustavo Bueno, Términos, Relaciones y Operaciones  constituyen ahora los elementos últimos en que queda descompuesto el acto más simple de conocimiento inteligente: “En las transformaciones de un sílex en hacha musteriense, los términos son las lajas, ramas o huesos largos; operaciones   son el desbastado y el ligado y relaciones las proporciones entre las piezas obtenidas o su disposición”, (G. Bueno, Materia,  Pentalfa Ediciones,  Oviedo, 1990,  p. 30). El propio  Bueno habría entrevisto y planteado, en su temprano proyecto de una Noetología planteado en El papel de la filosofía en el conjunto del saber, (1970), la necesidad, -que el mismo reconoce posteriormente que continua abierta (“Noetología y Gnoseología [ haciendo memoria de unas palabras]”, El Catoblepas, nº 1, marzo 2002)-, de establecer de forma axiomática y sencilla, como ocurre con los tres axiomas de la Mecánica de Newton, unas “leyes universales del pensamiento” en el que queden englobadas tanto las formas de proceder científicas, como las filosóficas o las del conocimiento mundano.

     Obtendríamos entonces dichas "leyes universales del pensamiento" si ponemos en correlación esta nueva estructura de análisis gnoseológico con los Tres Principios que Fichte había formulado como tres postulados que cerrarían el campo de análisis del Conocimiento humano, en un sentido similar a como los Tres Principios de la Mecanica de Newton son básicos para entender la mecánica de las masas corporales inerciales. Así podemos interpretar el Primer Principio fichteano entendiéndolo como un Principio de los Términos subjetuales, el Segundo como un Principio de las Operaciones de los sujetos con el medio y el Tercero como un Principio estructural de las Relaciones cognoscitivas que enmarcan las operaciones cognoscitivas del Yo en relación con el No-Yo por las cuales se obtienen la serie real y la serie ideal de nuestras representaciones de la realidad.

     Pero ahora, desde el nuevo punto de vista, que nos permiten las investigaciones piagetianas, de considerar el Sujeto del conocimiento como un Organismo vivo y no como una Conciencia, como un Sujeto Corpóreo Operatorio, debemos rectificar el Primer Principio fichteano. Pues, Fichte caracterizaba al Yo como “poniéndose a sí mismo” en cuanto autónomo, por el acto reflexivo. Pero la autonomía del Yo así entendida incurre en el dualismo que separa un Yo nouménico de su propio cuerpo considerado fenoménico. Como si el Yo puro escapara así al determinismo físico. En el caso de Piaget, al ser entendido el sujeto como sujeto corpóreo operatorio, no hay ya tal dualismo, (aunque Piaget siga, actu signato más que actu exercito, utilizando la distinción dualista epistemológica de Sujeto/Objeto), pues las propias operaciones “mentales” pueden ser explicadas, según el suizo, por la interiorización simbólica permitida por la aparición de las habilidades simbólicas, especialmente la habilidad lingüística, y no tienen una naturaleza esencialmente diferente a la naturaleza de las operaciones manuales, en tanto que hablar supone operar con una parte musculada de la laringe.

     Este sujeto corpóreo operatorio es asimismo “autónomo”, aunque en un sentido diferente y nada espiritualista. Es autónomo en tanto que como organismo vivo tiene la capacidad de autorregularse, de modificar conductuálmente la relación de sus partes con el medio y de sus partes entre si. La auto-regulación caracteriza, según Piaget, a la inteligencia en el sentido preciso en que es posible la realización de acciones y operaciones inversas. En tal sentido, dicha habilidad auto-reguladora no se expresa simplemente por una proposición lógica de Identidad, como ocurría en el caso de Fichte, si no que su expresión se corresponde mejor, con la de una estructura cerrada de un “grupo” algebraico de operaciones, p. ej., el Grupo de los Desplazamientos de un sujeto que explora un espacio , en el que la Identidad, el reconocer el mismo sitio en que estaba anteriormente, no es ya, ciertamente, algo originario sino el resultado de combinar una operación con su inversa, el ir y volver al mismo sitio. Además se necesita presuponer, como condición, la capacidad asociativa, que se sustancia en el saber atajar o rodear, etc. En tal sentido la racionalidad humana no se define ya, desde este nuevo punto de vista, como la capacidad de realizar la Identidad del Yo consigo mismo sino como la capacidad o habilidad de coordinar las acciones según una estructura operatoria cerrada, dotada de una “ley de composición interna”, de la asociatividad, etc.

     El Segundo Principio de Fichte, en cuanto Principio de las Operaciones del sujeto con lo que le rodea,  por el cual se oponía al Yo un No-Yo, debe ser rectificado en el sentido de que la oposición entre el sujeto corpóreo operatorio y el medio natural no es entendida ya como una operación puramente lógica de todo o nada, regida por el Principio de Contradicción, sino que es una operación biológica regida por los Principios biológicos positivos darwinianos de Adaptación al medio, la cual precisa, para ser entendida, de principios lógico-biológicos experimentalmente probados y no meramente producto de deduciones lógico-dialécticas, como sucedía en Fichte. Pues lo que se opone a un sujeto vivo operatorio no es algo enteramente negativo y ajeno a él, un No-Yo, sino algo como el medio natural del que el propio sujeto vivo es una parte y que, por tanto no le es enteramente extraño.

      Fichte, a pesar de sus intentos de superar el dualismo kantiano por medio de las deducciones genéticas lógico-dialécticas, conserva todavía una porción considerable del odio a la naturaleza instintiva, propia de la "ética prusiana", como diría Max Scheler, que le es común con Kant, al considerar todo lo que proviene de ella, ya sean las sensaciones en la explicación del conocimiento teórico o las inclinaciones en el conocimiento moral, como algo enteramente caótico que es preciso disciplinar desde el espíritu, desde el Yo. Pero la relación del ser vivo con la naturaleza no excluye la relación de simpatía y  la tendencia a unirse a ella, como ya señaló en su momento Schelling y, posteriormente el propio Max Scheler al criticar el formalismo y el rigorismo de la ética kantiana[5].

     El Tercer Principio de Fichte, entendido como un Principio de las Relaciones, es el Principio a partir del cual se deducen la totalidad de las modalidades del conocimiento que se agrupan en dos clases, el  Teórico y el Práctico. Es un Principio dualista y rígido pues solo plantea abstráctamente la oposición de dos tipos de conocimiento siguiendo la inversión de la actividad/pasividad reciproca del Yo y del No-Yo. Es decir, cuando la Naturaleza o No-Yo es activa y el Yo pasivo, se generan las representaciones Teóricas que se nos imponen necesariamente, como cuando se produce un trueno y no puedo dejar de oírlo, mientras que, a la inversa, cuando el Yo es activo y la Naturaleza se me resiste con su pasividad, surgen la representaciones Prácticas o libres en tanto que yo actúo en un sentido u otro para vencer tal resistencia, por ejemplo, para dominar mis instintos naturales.

     La rectificación de este Tercer Principio fichteano es posible evitando tal dualismo activo/pasivo si se pone en relación con las operaciones de Asimilación y Acomodación que Piaget asigna a todo proceso de Adaptación biológica. Pues, Piaget señala dos Funciones constantes que están a la base de la explicación de las cambiantes Estructuras Operatorias que se producen en el desarrollo de la inteligencia humana: la capacidad de Organización auto-reguladora, que pusimos en correspondencia con el Principio funcional de los Términos y la capacidad de Adaptación, que equiparamos con el Principio de las Operaciones; Piaget entiende la Adaptación como llevándose a cabo a través de  las funciones de  Asimilación y Acomodación, que podemos poner en relación con el Principio funcional de las Relaciones. Es un equivalente en la explicación del conocimiento de lo que para Newton es el Tercer Principio de Acción y Reacción en la explicación de los movimientos de las masas inerciales.

     La Asimilación ocurre, según Piaget, cuando el sujeto hace suyo el alimento, biológico o “mental”, asimilándolo a sus propias estructuras, incluyendo algo externo, dado en su entorno, en las estructuras ya existentes en nosotros. El organismo vivo, según Piaget, en vez de someterse pasivamente al medio entorno, lo modifica, asimilándolo a sus estructuras: en el caso del alimento físico, el organismo absorbe las sustancias y las modifica por la digestión antes de asimilarlas. En el caso del alimento cognoscitivo o “mental” no hay propiamente asimilación sustancial sino solo funcional, en el sentido de que el organismo incorpora los objetos a los esquemas operatorios conductuales o tramas de acciones susceptibles de repetirse activamente (como el chupar, golpear o frotar los objetos por un niño) para poder asimilarlos incorporándolos a su conocimiento del mundo .

     La Acomodación es la función recíproca que entra en funcionamiento cuando el medio obra sobre el organismo y, al modificarse y alterarse con ello el ciclo asimilador, el  organismo no permanece pasivo sino que reacciona ante esta presión de las cosas  realizando acciones de acomodación de  su organismo a la nueva situación.

     La Adaptación del organismo al medio se alcanza cuando se consigue un equilibrio entre ambas funciones operatorias de Asimilación y de Acomodación. Piaget supone, como Fichte, aunque de un modo menos puramente lógico y más positívamente experimental, que todo el desarrollo genético del conocimiento humano, desde los conocimientos más simples, como la percepción o el hábito, hasta los más complejos, como las operaciones superiores del pensamiento lógico y matemático, se producen y progresan en función del equilibrio entre la Asimilación y la Acomodación a realidades cada vez más alejadas de la acción propia.

     Pero, a diferencia de Fichte, Piaget no explica dicha génesis de los conocimientos mediante el dualismo actividad/pasividad del sujeto para generar las representaciones Prácticas en un caso y Teóricas en el otro. Sino que dichas funciones de Asimilación y Acomodación requieren, ambas, diferentes tipos de acciones, en un caso de Asimilación y en el otro de Acomodación. La explicación de la producción de diferentes tipos de conocimientos la lleva acabo Piaget al plantear tres posibilidades de relación entre ambas funciones: que la Asimilación predomine sobre la Acomodación como ocurre en el caso de los llamados juegos de construcción infantiles, barruntos de la invención técnica del adulto. Que ocurra al revés predominando la Acomodación sobre la Asimilación, como ocurre en los juegos de imitación, en consonancia con la invención artística. Y por último, que haya un equilibrio entre ambas funciones, con lo que se obtiene el conocimiento inteligente propio de la actividad científica o filosófica, en el que se produce un equilibrio por la neutralización de ambas funciones. Con ello queda explicado el origen de todo el conocimiento inteligente, aunque de una forma nueva que no es ya ni meramente formal ni aprioristica, como ocurría en Fichte y Kant, sino que es de un modo que podemos denominar, positívamente, biológico y constructivo.







[1] El concepto de “inversión antropológica” lo hemos introducido por primera vez en la reseña que hicimos del libro de Carmen González del Tejo, La presencia del pasado según Collingwood, en El Basilisco nº 6, 2ª Época, 1990, en relación con el concepto previo de “inversión teológica” acuñado por Gustavo Bueno, en su obra Ensayo sobre las categorías de la economía política (1972), para interpretar el llamado “punto de vista de Dios” que adoptan filósofos modernos como Bruno, Descartes,  Malebranche o Leibniz. El concepto de “inversión etológica” fue introducido posteriormente por el propio Bueno en su artículo “La Etología como ciencia de la cultura”, El Basilisco, nº 9, 2ª Epoca, 1991, pp. .31 s.s.

[2] Un resumen introductorio se puede encontrar en G.Bueno, ¿Qué es la ciencia?, Pentalfa, Oviedo, 1995.

[3] G. Bueno, Telebasura y democracia, Ediciones B, Barcelona 2002, pp. 25 s.s. Asimismo, un análisis en términos operativos de la acción de dialogar se encuentra en G.Bueno, Zapatero y el Pensamiento Alícia, Temas de Hoy, Madrid, 2006, cap. 3: “Sobre el diálogo”.

[4] Ver Manuel F. Lorenzo, Introducción al Pensamiento Hábil, Lulu, 2007,  pp. 84-85. Mantenemos en este artículo casi literalmente lo expuesto en las pgs. 116-123 de dicha obra, aunque con algunas modificaciones.

[5] Max Scheler, Ética. Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético, Caparrós Editores, Madrid, 2001, pp. 126 s.s.