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martes, 25 de junio de 2024

Tiempos de indigencia filosófica

 


     Vivimos todavía hoy tiempos de indigencia para la filosofía y el gran pensar. Unos tiempos en que el dominio de la sociedad tecnológica y de la masificación se ha impuesto irremediablemente. Recordamos, por su inquietante actualidad, un conocido y profético texto de Heidegger de los años treinta del pasado siglo:

     «Esa Europa, miserablemente engañada, siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy entre las dos grandes tenazas de Rusia por un lado y de América por otro. Rusia y América son, desde el punto de vista metafísico, exactamente lo mismo. El mismo desolado frenesí de la técnica desencadenada y de la organización sin raíces del hombre medio. Cuando el más remoto rincón del globo ha sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando cualquier acontecimiento es accesible a cualquier velocidad en cualquier lugar y en cualquier momento; cuando podemos experimentar simultáneamente un atentado contra la vida de un rey en Francia y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo es sólo velocidad, momentaneidad y simultaneidad y el tiempo como historia ha desaparecido de todos los pueblos; cuando el boxeador pasa por ser un gran hombre; cuando se considera un triunfo el que se alcancen cifras de millones en reuniones de masas, entonces resuena como un fantasma a través de estas sombras la pregunta: ¿para qué? ¿hacia dónde? ¿y luego qué»” (M. Heidegger, Introducción a la Metafísica, Gedisa, Barcelona 2001, p.p. 42-43).

Aunque haya cambiado mucho la situación desde el final de la Guerra Fría, este texto de Heidegger merece ser rememorado en el momento en que Europa parece volver a ser atrapada en la tenaza de rusos y americanos. Rusia ha dejado de ser un país comunista, pero la tensión con Europa ha vuelto a resurgir por la amenaza de la propia OTAN a sus fronteras, justificada por el fundamentalismo democrático dominante, que pretende extender la democracia a la propia Rusia tratando de derrocar a Putin. Napoleón lo había intentado antes, aunque su consejero Talleyrand le habría advertido en frase famosa:

“Señor, con las bayonetas se pueden hacerse muchas cosas … menos sentarse en ellas”.

Ahora tenemos drones y misiles teledirigidos, no meras bayonetas, podría replicar los actuales halcones de la OTAN. Con ello pondrían de manifiesto que no han entendido el sentido profundo de la frase. ¿Porqué? Porque Heidegger ya habría advertido que:

“… la gran decisión sobre Europa no debería tornarse por la vía de la destrucción, sólo puede tomarse esta decisión por medio del despliegue de nuevas fuerzas históricas y espirituales, desde el centro” (Ibid. P. 43).

Pero ¿cuáles son estas nuevas fuerzas? Y ¿Dónde está el centro? Serán las nuevas fuerza filosóficas y culturales que sean capaces de dar un nuevo sentido a la vida política y social arrancando de la crítica profunda de los excesos de la actual masificación social. Excesos puestos de manifiesto con que aún hoy día, no ya un boxeador, pero si un futbolista o un tenista sigue pasando por modelo máximo de gran hombre. Cuando todavía hoy más que nunca se valora como lo máximo alcanzable para un escritor, un cineasta, un programa de televisión o una estrella del rock, la mera cantidad en la medida de su audiencia, la mera masificación tantas veces ovejuna. Una masificación que permite un desarrollo incontrolado de la mentalidad meramente tecnológica que actúa unidimensionalmente, reduciendo la naturaleza física a mera fuente de energía, los hombres a marionetas de la propaganda y control telemático del “Gran Hermano”, los animales a meras reservas de proteínas, sin ni siquiera captar en ellos la fuente de misterio por la que durante miles de años fueron vistos como seres sagrados, o “animales divinos” como los contempla una nueva filosofía como la de Gustavo Bueno en su obra El animal divino (1985).

Ciertamente se ha producido una rebelión cultural contra esta situación por parte de las minorías de ecologistas, movimientos localistas, etc., pero es algo meramente superficial, que no va hasta el fondo del problema, el cual solo se puede alcanzar con la reflexión filosófica, porque ni siquiera la ciencia puede responder estas cuestiones globales. Porque la cuestión sigue siendo la misma que la que se planteó Heidegger con sus reflexiones sobre esta sociedad poderosamente tecnificada que estaba surgiendo ya en su época: ¿qué es eso de la técnica? La técnica más potente hoy es la llamada tecnología derivada de las ciencias naturales. Por ello debemos preguntar antes ¿Qué es la ciencia? Pero para responder a esta pregunta son indispensables ciertas élites filosóficas egregias, como decía Ortega, a las que el actual sistema mediático relega sistemáticamente, tanto por el predominio de lo que el propio Ortega denominaba “rebelión de las masas”, como por el fanatismo intransigente e ignorante de las llamadas minorías de cultura wok.

Manuel F. Lorenzo


domingo, 4 de marzo de 2018

El europeismo de Ortega


La crisis del Euro, el brexit inglés, la avalancha de exiliados e inmigrantes, han desatado la crítica al Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha empezado a despertar una tradición anti-europea en la que el chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset, con su famosa frase “España es el problema, y Europa la solución”.

Pero, en el entendimiento de dicha frase persiste lo que consideramos una mala lectura de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues, Ortega pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía, en una parte sustancial, a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continúa siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos, como el diagnosticado por Ortega como “rebelión de las masas”.

Dicha cultura moderna es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España con la democracia. Pero no se ha hecho de la forma debida. Pues, lo que se ha producido ha sido el triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su europeismo utópico, que sueña con ceder soberanía, no importa cuanta, a una Europa Federal. Ortega nunca defendió tal cosa, pues en su concepción de la unidad europea se suponía una fuerte política nacionalizadora en España y no una mera cesión supranacional de competencias estatales. Excesos tales, como la cesión de la soberanía monetaria al entrar en el Euro, nos han conducido a la delicada situación política y económica en que nos encontramos actualmente como país.

Ortega tenía otra filosofía, muy diferente del papanatismo europeísta hoy dominante. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una época posterior a aquella en que pronunció dicha frase, -lo que ocurrió en un discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao-, consiguió liberarse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar asimismo la crisis interna de la propia modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no debía modernizarse copiando o imitando meramente las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible, para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas, que permitiesen también a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder.

Era preciso ponerse al día en lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias, mayormente controladas entonces por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas ideas, que Ortega orientó hacia el Racio-vitalismo, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles.

No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que se abrió con la Guerra Civil. Pero, nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias, haya sido una especie de visionario, un Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la propia Europa, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer, en nuestro horizonte del siglo XXI, como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc.


Artículo publicado en El Español (23-1-2018).

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La aristofobia universitaria española

   Hace poco, en uno de los canales televisivos de que disponemos, pude volver a ver la serie televisiva sobre la vida de nuestro ilustre neurólogo Santiago Ramón y Cajal, que en su momento se estrenó en la televisión pública. Entre las muchas cosas que me volvieron a sorprender hubo una en especial: el hecho de que don Santiago, durante sus primeros años de investigador tenía que auto-editarse sus trabajos científicos, los cuales enviaba a los colegas de profesión, obteniendo como respuesta sistemática el silencio. Ni una cita, ni una mención de sus artículos, hoy considerados extraordinarios. Solo cuando dichos trabajos entraron en conocimiento de colegas extranjeros, con ocasión de su viaje a un congreso científico en Berlín, consiguió romper ese silencio y ausencia de valoración positiva o mínimamente crítica que padecía en la Universidad patria.

  Aquella era la Universidad de la llamada Restauración decimonónica. Un régimen político institucional que mantiene tristes semejanzas con el de la España de las últimas décadas. Por ello, un siglo después vuelve a repetirse para muchos investigadores universitarios la triste experiencia de los inicios de Cajal. Una Universidad española desprestigiada en los rankings internacionales por su escasamente relevante investigación. Las excepciones de rigor son precisamente aquellas de investigadores que han conseguido, como Cajal, obtener reconocimiento en las universidades extranjeras donde la investigación es puntera. Muchas veces el mérito es debido a equipos de investigación constituidos en redes internacionales, como ocurre en la investigación biológica del código genético. Pero lo que caracterizaba a Cajal era el ser durante años un investigador solitario. De ahí le viene ese halo de héroe científico. Una especie de Quijote en lucha desigual con los malandrines de turno. De ahí que haya sido elevado a héroe nacional en España porque trataba con su actitud intransigentemente incorruptible, de remover obstáculos y vicios nacionales que parecían hacernos incapaces para la ciencia. Y he aquí que estos vicios nacionales  hoy vuelven a estar como en los tiempos de don Santiago. Creo que ello se debe a que no hemos tomado nota, como se debía, de las reflexiones de nuestro primer filósofo moderno de talla, Ortega y Gasset, cuando señalaba con valentía nuestro gran defecto nacional: la aristofobía, el odio a los mejores.  
   Pero no nos pongamos trágicos ni veamos fantasmas negro-legendarios en torno a este sangrante y triste asunto, del que no nos ocuparíamos aquí si no fuese porque, después de una la larga experiencia de las últimas décadas, constatamos que seguimos más o menos como en los tiempos de don Santiago. El defecto es el equivalente en el mundo intelectual al particularismo o localismo que Ortega denunciaba en la vida política nacional. Creer que se puede impulsar la creación científica o de pensamiento en España a niveles internacionales, sin tener en cuenta este defecto, es pensar como una paloma que creería volar mejor si se eliminase la resistencia del aire en un cielo idealista y platónico. Seamos realistas y tengamos en cuenta este defecto que nos caracteriza, como a los ingleses la hipocresía, a los franceses la avaricia (Moliere) o a los alemanes la barbarie. Dichos pueblos, aliados históricos unas veces y otros rivales nuestros, nos han dejado atrás en la ciencia y el pensamiento porque han sabido encontrar una medicina mentis para, sino eliminar, si neutralizar su defecto constitutivo. Frente a la hipocresía social, los ingleses han desarrollado el artefacto ortopédico del individualismo liberal como reza la obra de Herbert Spencer, El individuo contra el Estado. Los franceses, frente a la avaricia, han inventado el socialismo de la igualdad y la fraternidad. Los alemanes, frente a la barbarie de la Mittel-Europa sin romanizar, han inventado la ética kantiano-prusiana del imperativo categórico. 

  ¿Qué podemos hacer los españoles ante la fobia frente a lo excelso y distanciado que nos caracteriza mayoritariamente? Ortega lo resumía en una frase: imperativo de selección. La selección de las élites de la ciencia y del pensamiento se ha hecho tradicionalmente desde Madrid. Pero Madrid, por ese defecto característico español, no pudo ser lo que fue un Londres, un Paris o un Berlín para la ciencia y la filosofía. El nuevo espacio, la nueva sede de la República de las ciencias y el pensamiento español, es hoy Internet y los media que nos ponen en comunicación a decenas de países y cientos de millones de hablantes hispanos, la mayoría de los cuales han heredado muchas cosas nuestras, como la lengua y las universidades, pero no padecen de aristofobia en el mismo grado letal que nosotros. Por ello pueden ayudarnos hoy con su selección cotidiana como lectores o espectadores a neutralizar el grave daño y sangría que padecemos en la selección de los mejores.  
Artículo publicado en El Español (13-7-2016)

lunes, 15 de junio de 2015

Piaget filósofo

     Una vez que el siglo XX ha empezado a alejarse de nosotros en el tiempo se están empezando a hacer los clásicos balances para destacar en la lejanía las grandes cimas en los diversos campos del saber y del arte. Y así como se destaca en la física a Einstein y en la pintura a Picasso, se destaca en la psicología la figura genial de Jean Piaget. A dichos nombres, indiscutibles ya como grandes figuras en sus respectivos campos, no se les ve como meros contribuyentes al progreso de sus respectivas disciplinas sino como personalidades extraordinarias, geniales y muy diferenciadas en el imaginario social de otros brillantes y prestigiosos colegas, rivales o colaboradores suyos, aunque sea muy difícil precisar que se entiende por ello. Puede decirse que fueron figuras que revolucionaron sus respectivas disciplinas introduciendo con fuerza y decisión nuevos puntos de vista que acabaron imponiéndose sobre los anteriormente dominantes. Así se puede ver como se fue agigantando la influencia y la figura de un Einstein o un Picasso. También le ocurrió lo mismo a Piaget.  Einstein era un gran físico, aunque solo eso, pues como señalo Ortega, opinaba sobre la guerra civil española como un barbaro especialista, con un gran desconocimiento de la historia y la sociedad española. Picasso, como decía Luis Buñuel, era un gran pintor, con una extraordinaria habilidad para el dibujo, pero solo era eso, un gran pintor, a diferencia de Salvador Dalí, quien según el cineasta de Calanda, que lo conoció muy bien, se interesaba y podía conversar y escribir con brillantez sobre materias de otros campos ajenos a la pintura, como los científicos, conectándolos brillantemente con sus obsesiones pictóricas, desde el Psicoanálisis hasta el código genético de Watson y Crick.

     Piaget, en tal sentido, no puede ser considerado meramente como un gran psicólogo y solo eso, sino que tiene una interesante dimensión filosófica en sus comienzos que puede explicar ese atractivo característico que lo eleva por encima de sus colegas psicólogos de profesión. Pues la intención inicial de aquel niño prodigio, que en su adolescencia ya publicaba sus investigaciones en revistas de biólogos especializados en el estudio de los moluscos, era ya en su juventud llevar a cabo una nueva Teoría del Conocimiento, que llegará a ser su famosa Epistemología Genética, aplicando Ideas tomadas del vitalismo de Bergson, cuya lectura de la Evolución Creadora le impresionó de modo especial hace ahora aproximadamente un siglo. Recibió entonces una especie de revelación primera, que algunos equiparan a el famoso sueño de Descartes ante la estufa, que marcaría el rumbo de sus futuras investigaciones. El mismo lo relata en su Autobiografía, I (1896-1914):

     “Mientras recogía moluscos (mi padrino) me habló de la Evolución Creadora de Bergson. Fue ésta la primera vez que yo oí hablar de filosofía a alguien que no fuera un teólogo; el choque fue inmenso, debo admitirlo.

     En primer lugar fue un choque emotivo; recuerdo un atardecer de profunda revelación: la identificación de Dios con la Vida misma, era una idea que me preocupaba casi hasta el éxtasis porque me permitía, a partir de entonces, ver en la biología la explicación de todas las cosas y del espíritu mismo.

     En segundo lugar fue un choque intelectual. El problema del conocimiento (en realidad el problema epistemológico) se me presentó de pronto bajo una perspectiva completamente nueva y como un tema de estudio fascinante. Esto me hizo tomar la decisión de consagrar mi vida a la explicación biológica del conocimiento”

  La comparación con Descartes creemos que aclara mucho sobre la mayor valoración que Piaget acabará otorgando a su actividad científica en demérito de la fuerte inspiración filosófica de sus inicios:

          "Descartes es el mejor de los ejemplos de una época en que ciencias y filosofía estaban ya diferenciadas; no porque sea superior a Leibniz, cuya postura era la misma desde el punto de vista que aquí nos ocupa, sino porque él mismo explicó de una manera clarísima las relaciones de trabajo que establecía entre sus actividades filosóficas y científicas: es necesario, decía él, dedicar sólo un día al mes a la filosofía (detalle de nuevo olvidado por nuestros programas de enseñanza) y dedicar los demás  a unas ocupaciones como el cálculo o la disección. Ahora bien, si Descartes descubrió la geometría analítica que permite coordinar las grandezas numéricas y espaciales, ¿es gracias a su doctrina general sobre el pensamiento y el espacio, dos substancias que sólo con esfuerzo podía considerar a la vez distintas e indisolublemente unidas?, o ¿podemos pensar que las investigaciones que ocupaban veintinueve o treinta días de sus meses han tenido alguna influencia sobre las concepciones elaboradas en el día que quedaba?" ( J. Piaget, Sabiduría e ilusiones de la filosofía, Barcelona, Península, 1970, p. 59).


     Así pues, Piaget debe ser considerado como una especie de sabio centaurico, mezcla de filosofo y científico, como había sido Aristóteles, el propio Descartes, Leibniz, etc., para los cuales la filosofía no se entiende al margen de sus actividades científicas, las cuales tienden a ocuparles la mayor parte del tiempo de su vida. De ahí que Piaget haya tendido a ver sus nuevas propuestas epistemológicas, no ya como algo puramente fruto de especulaciones filosóficas, como el creía que era el caso de la explicación kantiana del conocimiento, sino como enraizado en fuertes evidencias y demostraciones científico-positivas. Ello le llevó en su vejez, en el ambiente de la Guerra Fría, en el que dominaba la tendencia a entender la propia filosofía como una ciencia, tanto por el Positivismo Lógico como por el Marxismo, a pensar exorcizar a la filosofía en su  Sabiduría e ilusiones de la filosofía (1965) y a considerar que su Epistemología Genética era una obra estrictamente científica.

     No obstante ello, creemos que no existe una ruptura entre un Piaget filosófico y un Piaget científico. En el mismo sentido se ha manifestado, por ejemplo, Pilar Palop, cuya opinión compartimos plenamente:

     “No existe, pues, ruptura sino continuidad entre esos «dos» Piaget, en apariencia tan dispares. Y esa continuidad descansa, sobre todo, en la presencia tenaz, dentro de la obra del ginebrino, de ciertas ideas filosóficas que concibió en su juventud y que nunca le han abandonado. Son estas ideas las que han inspirado los más fecundos experimentos de la Epistemología Genética y aquellas que este gran psicólogo trató siempre de verificar en el terreno empírico.

     El mismo Piaget, en un escrito autobiográfico (1966), advertía, con mirada retrospectiva, que toda su obra se resolvía en la exposición incansable y bajo formas diferentes de una única idea, a saber: una cierta concepción de las relaciones entre los todos y las partes.

     Acaso resulte extremada esta afirmación. No es una única Idea la que Piaget ha perseguido sino un conjunto de ellas. Pero un conjunto tan armonioso y trabado que bien pudiera designarse como un «sistema», pese a las protestas del propio Piaget contra quienes le atribuyen el «tener un sistema»”. (Pilar Palop, “El joven Piaget”, Revista de Educación, nº 280, 1986, pp. 141-2)

     En tal sentido se han manifestado también otros intérpretes de su obra, como Gilbert Voyat:

 “… if Piaget can be said to be mainly interested in cognition it is because his intent is not, as has often been stressed, a psychological one, but a philosophical one” (Gilbert Voyat, “Interview with Jean Piaget”, 1980).

     Por ello cremos que su aportación a la explicación del conocimiento humano, no solo  es ante todo filosófica, sino que constituye una novedad equiparable a lo que fue en su tiempo la explicación aristotélica del conocimiento humano, la de Locke o la propiamente kantina, que Piaget acepta como superadora de las anteriores, pero que el mismo consigue superar, a nuestro juicio. Piaget habría así puesto, como Kant o Descartes, unos nuevos fundamentos a la Filosofía, aunque no lo  pretendiese, que cabría entender como la realización de un punto de vista nuevo que consigue superar el idealismo y apriorismo kantianos desde una fundamentación filosófica vitalista o biológica, que toma de Bergson. Pero con la genial diferencia de que la acción cognoscitiva más intuitiva e inmediata, según Piaget y contrariamente  a lo que sostenía Bergson, conlleva en si misma una lógica. Además, dicha lógica tiene su fuente originaria, no ya en la Materia inorgánica o en un Yo “mental” fichteano, sino en la organización espontanea de las acciones corporales más elementales. Por ello, para Piaget, las acciones u operaciones de un sujeto vivo, dado en un medio natural al que tiene que adaptarse, -siendo el propio conocimiento inteligente un mecanismo más de adaptación-, cumplen el papel de una forma más positiva y real que el que Bergson atribuía a una vaporosa  intuición supraintelectual, por su capacidad o habilidad de contrucción creadora de nuevas estructuras cognitivas, captación de transformaciones y no de meros cuadros estáticos de la realidad, por su movilidad y engarce isomórfico con otras estructuras biológicas (redes nerviosas y neuronales). Esta es la Idea filosófica que Piaget habría concebido en su juventud y que el mismo en su Autobiografía considera, recogiendo el pensamiento bergsoniano de que un gran filósofo no hace más a lo largo de su vida que pensar a fondo una sola Idea, como la que ha guiado todas sus investigaciones posteriores. La Idea de que el conocimiento deriva de la estructuración lógica de las acciones de un sujeto corporeo operatorio, de un sujeto quirúrgico, dotado de manos, tan imprescindibles para un sujeto inteligente como son las manos para un cirujano.


sábado, 18 de junio de 2011

Augusto Comte y la Ley de los Tres Estadios.

El filosofo francés Augusto Comte (1798-1857) es considerado como el fundador del Positivismo, una de las principales corrientes filosóficas contemporáneas. Su predecesor inmediato fue el Conde de Saint-Simon, del que Comte fue durante 7 años secretario personal y de quien toma ciertamente muchas Ideas, aunque haciendo con ellas una construcción sistemática más general, profunda y sólida. Esto se ve muy bien con su famosa Ley de los Tres Estadios, con la que Comte ordena, y consigue contextualizar histórica y filosóficamente, las certeras observaciones dispersas en la obra de Saint-Simon, Condorcet y otros, sobre la preponderancia creciente de las ciencias desde el Renacimiento, que van desplazando a la Metafísica teológica en la disputa sobre el "poder espiritual". Los famosos Estadios, que habría recorrido el conocimiento humano, son el Teológico, el Metafísico y el Positivo. En el primero se explican los fenómenos por la intervención imaginaria de seres personales sobrenaturales (demonios, dioses), en el segundo por principios o causas impersonales (el Agua de Tales, el Dios de Aristóteles, los átomos de Epicuro o Demócrito) y en el tercero a través de Leyes ( Leyes de Kepler, Ley de la Gravitación Universal) que expresan las relaciones en que se estructuran y coordinan los fenómenos. Dicho recorrido filogenético se repite ontogenéticamente en los estadios por los que pasa el ser humano desde su nacimiento hasta su madurez, siendo su mentalidad teológica en la niñez, metafísica en la adolescencia y positiva en la madurez.

El Estadio Teológico lo subdivide Comte en tres fases por las que históricamente ha discurrido la mentalidad religiosa: el Fetichismo primitivo, el Politeismo y el Monoteismo. Hoy, dado el mayor conocimiento histórico que tenemos de las religiones más primitivas, deberíamos modificar este esquema, certero en principio. Así el fetichismo no sería lo que caracteriza a la religión primitiva, sino la zoolatría, el culto a los númenes animales (tesis de Gustavo Bueno en El animal divino, 1985). La segunda fase, y en esto diferimos de la fasificación de Bueno, sería la fase del culto a los dioses, la cual incluiría el Monoteísmo como la religión teológica final que reduce los dioses a uno solo. La tercera fase, en la que estamos entrando, sería la fase del culto a la Humanidad, a la viva y, sobre todo a los muertos, cuyo peso aumenta más y más, como el verdadero númen que preconiza el propio Comte. El Cristianismo sería la única religión monoteista en que se introducen como númenes a seres humanos ( Jesucristo, la Virgen). El Positivismo de Comte anuncia, por ello, una extensión de este culto a todos los seres humanos. Se ha criticado la creación de la Iglesia Positivista de Comte como un acto extravagante propio de un megalómano paranoico, lo cual tiene mucho de verdad. Pero la Idea comtiana de una religión positiva de la Humanidad no debe por ello ser menospreciada. Pues, basta observar como lentamente se está introduciendo en las sociedades industriales más avanzadas una especie de religión positiva atea, como quería Comte, con un calendario festivo basado en el culto a la Humanidad (el año de Mozart, el día de la Mujer, el día del Padre, el día de la Cultura, etc.), la ceremonial visita a los museos, etc. La Idea del culto a la Humanidad habría sido preparada por Kant con su fundamentación de la religión en la moral y por Fichte con la definición de Dios como el orden de perfeccionamiento moral de la Humanidad (por ello Fichte fue ya acusado de ateísmo y expulsado de la Universidad de Jena).

El Estadio Metafísico, que sepamos, Comte no lo subdivide. Podríamos dividirlo en tres fases también, como se hace habitualmente. La primera fase sería la de una Metafísica realista (Tales, Aristóteles), la segunda la de una Metafísica Idealista (Descartes, Leibniz) y la tercera la de una Filosofía crítica o negativa que pretende superar, sintetizándolas, las fases anteriores (Hegel). En esta fase última ya se produce el intento de superar la Metafísica griega y la cartesiana, pero no tanto para superar toda Metafísica, sino para construir una Metafísica crítica, la que se abrirá camino en el Idealismo de Fichte y Hegel principálmente. Será Schelling quién evolucionará desde este Idealismo asumido y desarrollado en su juventud en el Sistema de la Identidad, hacia su superación con la propuesta de una Filosofía Positiva de su periodo último. Dicha propuesta se anticipa a la de Comte, aunque lo más importante en ella está en el rechazo del sistema hegeliano como una filosofía negativa, puramente especulativa, frente a la cual anuncia la necesidad de una filosofía experimental y positiva. No es casual que Schelling haya conocido más cercanamente que sus compañeros en Jena, Fichte y Hegel, el creciente desarrollo que se estaba produciendo en las ciencias naturales, el cual era ejemplo de un modo de conocimiento más firme y seguro que el de la Metafísica racionalista hegeliana. En tal sentido el viejo Schelling fue muy contundente en la defensa del positivismo experimental propio de la ciencia frente al puro deductivismo racionalista especulativo de Hegel (ver mi artículo "Schelling y el empirismo" ).

El Estadio Positivo es, según Comte, el estadio final. En él son las ciencias positivas las que descubren las leyes que nos permiten entender la realidad para controlarla. Pero además del conocimiento científico, que para Comte siempre es parcial y tiende a la especialización, cosa que olvida el fundamentalismo científico de tantos positivistas, se precisa de una Filosofía positiva (no meramente especulativa o negativa como era la Metafísica) que, apoyándose en los resultados seguros de las ciencias, elabore una síntesis general de los conocimientos en cada época que deben servir de mapa para coordinar las acciones a medio y largo plazo de las sociedades humanas. El filósofo positivo, y no el científico, es el que ejercerá de "especialista en generalidades", es decir, en Ideas, como contenido propio y tradicional de la Filosofía desde Platón. Pero Comte no llevó a cabo tampoco una periodización de este último estadio, en el que según él todavía estábamos entrando. No obstante, hoy podemos presentar una periodización del desarrollo del propio movimiento filosófico positivista. Como hemos considerado en otro articulo de este Blog ("Las escuelas filosóficas helenísticas y la Filosofía Contemporánea" 6-5-2011), el Positivismo, funcionálmente hablando, puede hacerse equiparable, en la Filosofía Contemporánea, a lo que fue el Estoicismo para la Filosofía Antigua. El Estoicismo se desarrolló en tres periodos que los historiadores distinguen con nitidez: un estoicismo clásico, fundado por Zenón de Citium, un estoicismo intermedio renovado por Panecio de Rodas y finalmente un estoicismo romano a partir de Séneca. Hoy podríamos distiguir, en relación con el desarrollo del Positivismo, en primer lugar, un Positivismo fisicalista, que es el que inaugura Augusto Comte y que al extenderse en el mundo anglosajón (llegando hasta el positivismo Lógico de Russell y seguidores) adopta la forma básica de un empirismo sensualista, a pesar de la condena del empirismo psicológico o asociacionismo por el propio Comte. En segundo lugar un Positivismo fenomenológico, que inician Brentano y Husserl ("nosotros somos los verdaderos positivistas") y que se opone precisamente al positivismo asociacionista basándose en los descubrimientos científicos de la Psicología de la Forma (Gestalt), con la intención de desarrollar una Filosofía positiva más profunda y acorde con la ciencias de su tiempo. Finalmente, con la renovación introducida en la propia Psicología por Jean Piaget, con el descubrimiento de las acciones o estructuras operatorias móviles y variables de los sujetos como clave para la explicación del conocimiento, se abre el camino para una nueva transformación del Positivismo en la forma que hemos denominado de un Positivismo Operatiológico.

Manuel F. Lorenzo