Mostrando entradas con la etiqueta Occidente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Occidente. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de abril de 2024

La crisis filosófica de Occidente

 



     En el pasado se ha hablado muchas veces de la crisis del mundo occidental debido al surgimiento de grandes amenazas como la que supusieron tanto la Primera como la Segunda Guerras Mundiales. Con la caída del Muro y la consolidación de la OTAN, como alianza militar dispuesta para defenderse de futuras amenazas, parecía haber pasado la crisis y se proclamaba el triunfo final de Occidente con el llamado Fin de la Historia de Fukuyama. Podrían aparecer nuevas amenazas terroristas de los nacionalismos irredentos o las económicas, representadas por el gran mercado chino, etc., pero nada realmente preocupante. Pero, de pronto, ha aparecido una potente ideología del relativismo cultural que amenaza, no ya con criticar aspectos de Occidente, como se hacía antes, sino con poner en cuestión la propia cultura civilizatoria del propio Occidente, tal como pretende la llamada cultura wok, una ideología tan fanática que amenaza con acabar con el más elemental sentido crítico filosófico que ha caracterizado a la civilización occidental como fruto de luchas seculares contra el fanatismo religioso y los absolutismos políticos.

Sobre ello se pueden buscar muchas explicaciones psicológicas, sociológicas, políticas, etc. Por nuestra parte nos remitiremos a la explicación filosófica que, ya en la crisis que amenazó a Europa en los años 30 del pasado siglo, dio el filosofo Edmund Husserl en una famosa conferencia en Praga, que ha sido traducida con el título “La crisis de la humanidad europea y la filosofía” (E. Husserl, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Ed, Crítica, Barcelona, 1991, p.p. 323-358). En ella señala una importante característica constitutiva de la denominada civilización europea occidental, que tiene su origen ya en la civilización greco-romana de la que es heredera, y que consiste en que, a diferencia de las civilizaciones anteriores, aparece en Grecia la Geometría como ciencia estricta, derivada de la mera técnica de la agrimensura egipcia. Ello supone el descubrimiento de leyes necesarias y de alcance universal, basadas en principios ciertos y no en meras reglas convencionales.

Con ello se provocó la aparición de una reflexión filosófica, con Sócrates, que busca trasladar dicha universalidad a la elaboración de definiciones y conceptos dotados de la misma objetividad y universalidad racional en el establecimiento de principios y leyes morales  que trasciendan el mero relativismo cultural en los conocimientos y costumbres que caracterizaba a las anteriores civilizaciones precientíficas. Estas antiguas civilizaciones, chinas, indias, etc., tenían grandes conocimientos y refinados avances culturales, pero solo en los griegos se produce, según Husserl, una mutación trascendental que cambiará el mundo y el curso de su historia: la actitud teorética que produjo la ciencia y la filosofía con pretensión de conocimiento universal y de alcance ilimitado, infinito, cosmológico, capaz de envolver a las civilizaciones anteriores.

Dicha actitud filosófica descansa, según Husserl, en la duda metódica iniciada por Sócrates, continuada por la duda cartesiana o la epojé de la conciencia natural, del propio Husserl. Pero con la extensión de los métodos y conocimientos científicos en la modernidad europea a la entera realidad, desde el mundo físico hasta el psicológico o el histórico, se ha producido una crisis en esta misma novedosa actitud teorética heredada de los griegos. Como dice el propio Husserl, la crisis occidental europea hunde sus raíces en un racionalismo que se ha extraviado, por su tendencia a la unilateralidad, al pensamiento único. Sobre todo, el Positivismo habría recaído en la ingenuidad del objetivismo, propio de la conciencia natural. Kant había evitado este objetivismo con su punto de vista crítico antrópico sobre el mundo. Pero el Positivismo científico hoy tan extendido vuelve al ingenuo empirismo prekantiano de los hechos  puros. Sin embargo, este positivismo ha fracasado al aplicarlo a las ciencias psicológicas y culturales.

Por ello se necesita volver a tener en cuenta lo dicho por Husserl para interpretar de modo más profundo la subjetividad cultural, poniendo en duda lo sostenido hasta ahora y rescatando un análisis trascendental de dicha subjetividad para combatir la cultura woke. Un análisis de la subjetividad psicológica y cultural entendida de modo corpóreo-operatorio, tal como se empezó a hacer en la Psicología evolutiva de Jean Piaget o en la más reciente reflexión operatiológica sobre las ciencias de Gustavo Bueno. En ambos casos se entiende la subjetividad psicológica y cultural, no ya desde el discutible yo wok, sino desde complicadas estructuras y cursos operatorios que nos permiten comprender y manejarnos con éxito en la realidad por medio de las actividades científicas y tecnologías propias de la civilización occidental.  

Manuel F. Lorenzo


martes, 31 de mayo de 2022

Guerra de Ucrania: información histórica frente a propaganda de guerra

 


         Ucrania ha formado mayormente parte de Rusia desde que el líder cosaco Bohdan Khmelnytsky juró lealtad al Zar en 1654 para escapar del dominio polaco. Ha estado ligada a Moscu desde entonces hasta la caída del Muro de Berlín, a excepción de una efímera República independiente ucraniana, entre 1917 y 1920, en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Pero Ucrania, que formo parte de Polonia, Lituania y del Imperio Austrohúngaro en momentos de su historia, es un país escindido en dos culturas: la europeo-occidental y la rusa oriental, como señaló ya Samuel Huntington en su profético libro El Choque de civilizaciones (1997). El ucraniano y el ruso son sus lenguas dominantes. El ucraniano occidental se asocia al nacionalismo y el ucraniano oriental al ruso. Dicha escisión cultural, -que Huntington ilustra con un mapa (p. 160) con una línea de fractura que recorre Ucrania de Norte a Sur y pasa por el mismo centro-, se puso de relieve políticamente en las elecciones presidenciales de 1994, tras la caída del Muro de Berlín. En ellas Leonid Kravchuk ganó en las provincias occidentales mientras su rival Leonid Kuchma ganó en las orientales por mayorías similares.

      A consecuencia de la manifestación de la escisión cultural en división política, empieza la lucha fratricida entre los ucranianos que llega hasta el inicio de la actual guerra civil en 2014, cuando surgen los movimientos pro-rusos separatistas en las provinciales orientales y se produce la anexión de la península de Crimea, sede de la flota rusa del Mar Negro, por decisión unilateral de Vladimir Putin. No obstante, debido a que ambas partes son pueblos eslavos con múltiples relaciones de lazos matrimoniales y fraternales entre ellos, se ha intentado evitar la escalada violenta del conflicto buscando el dialogo y la negociación en acuerdos como los de Minks. Pero parece que es muy difícil que se mantenga una unidad nacional ucraniana entre ambas partes. Por ello estalló la actual guerra, la cual parece conducir a una Ucrania política, cultural y territorialmente dividida entre una Ucrania oriental pro-rusa, que se sostiene por la fuerza militar de Moscu, y una Ucrania pro-europea, que solo puede mantenerse con el apoyo militar occidental, aunque sea indirecto y medido en función de no llegar al enfrentamiento nuclear. Una situación que nos parece menos probable, aunque no se puede descartar, es que Ucrania pase a ser enteramente pro-occidental o enteramente pro-rusa.

     Parece, por ello, que permanecerá como una nación fallida. No obstante, los problemas más difíciles a largo plazo serán los problemas de su desarrollo económico, debido a su dependencia energética y a su bajo nivel de vida. La búsqueda legítima de una mayor riqueza nacional e igualdad social le hace mirar al próspero capitalismo occidental, pues la dependencia rusa conlleva un desarrollo capitalista más estatalista e ineficiente, dominado por grandes oligarcas con estrechos vínculos estatales. Pero los fuertes lazos culturales del eslavismo y el cristianismo ortodoxo le hacen más difícil la integración en la cultura liberal de Occidente, pues la Iglesia Ortodoxa se separó del cristianismo católico de modo cismático ya en la Edad Media por una cuestión político-cultural decisiva: la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Curiosamente muchos ucranianos, sin embargo, fueron seguidores de la Iglesia uniata de ritos ortodoxos, pero obediencia Papal. La Iglesia Ortodoxa continua hoy subordinada al poder político en Rusia, como en los tiempos del zarismo, mientras que la Iglesia Católica se mantiene como un poder espiritual trans-estatal.

     Esto podría no ser un problema pues tampoco en el cristianismo protestante hay separación entre el poder religioso y el político, como ocurre en Inglaterra con su actual reina como cabeza de la Iglesia Anglicana. Pero Inglaterra, al declarar, tras su Revolución, la libertad de cultos en sus Leyes y separar el poder Legislativo del Ejecutivo, encontró una brillante formula para mantener la libertad de conciencia y de expresión entre sus nacionales. Cosa que parece que no es posible todavía en la Rusia de Putin. Evidentemente tampoco la Rusia de Putin es la antigua Unión soviética comunista, como algunos pretenden mantener para atizar más el fuego contra un demonizado Putin. Rusia ha hecho su transición a la democracia imitando por entonces a la exitosa Transición española en el paso incruento de una dictadura a una democracia. Otra cosa es que haya desembocado en una democracia fallida que encubre una autocracia. Pero ello podría decirse también de la actual Democracia española, la cual se está torciendo hasta unos límites de proliferación de autócratas regionales en Cataluña o el País Vasco que están saltándose las Leyes Constitucionales según su gusto y capricho y poniendo en peligro la propia unidad nacional de los españoles.

Manuel F. Lorenzo


miércoles, 6 de abril de 2022

Actualidad de George Orwell

      El modo en el que los Estados nacionales tenderían a desaparecer por la creación de nuevas estructuras políticas, que conduciría a una sociedad igualitariamente homogénea, de atomización y despersonalización individualista y solipsista, como es la sociedad occidental actual, fue ya previsto  por Francis Fukuyama con su visión del aburrido “fin de la historia”, en el que nada nuevo ocurre con el triunfo final de la democracia, creándose un vacío existencial que solo llenan la visión de vídeos y la cultura del entretenimiento, el cual exigiría el triunfo final de una forma de Estado liberal-democrático que se iría extendiendo paulatinamente por todo el Globo terráqueo y que podría acabar creando un único Estado Mundial. Sería la plasmación de la antigua Cosmópolis estoica del triunfo de una Humanidad igualitaria.

     Pero frente a esta visión algunas novelas futuristas habían pintado ya, sin embargo, con carácter sombrío, dicha situación, como fue el caso de la novela de George Orwell, 1984 (1949), en la que se insiste en el control absoluto de un individuo despersonalizado, no ya por un Estado Mundial, sino por tres Estados totalitarios presidido por un Gran Hermano,  que busca también la felicidad de la mayoría al precio de su libertad de pensar y actuar como individuo.

     La Idea de un Estado único mundial, sin embargo, como señaló Gustavo Bueno, es irreal, pues el Estado es un concepto político dialéctico que exige la co-determinación, la lucha y oposición con otros Estados. Sin ello no tiene sentido. No pude hablarse de Estado en singular, puesto que no hay Estado sin fronteras cerradas y determinadas por otro Estado. Por ello la novela de Orwell no contempla un futuro pacifico de la Humanidad englobada en un único Estado, como podía ser el que propone el globalismo democrático, sino el de la Guerra necesaria entre al menos tres grandes Estados (en la novela son denominados como Oceanía, del que forma parte Inglaterra, América, y el Sur de África, Eurasia con la Rusia soviética y Europa, y Asia Oriental con China, Japón y Corea).  

     George Orwell, quizás por su forma de pensar dialéctica, propia del marxismo que profesó, dibuja un Estado final no sustancializado y definitivo, como el que se da en el globalismo, sino que se lo representa, no ya como una estructura estática o hipostasiada, sino como una situación continuamente cambiante por medio de una guerra constante y externa entre tres grandes Estados, dos de los cuales se alían de modo rotatorio frente a un tercero, según pudo percibir ya en el sorprendente Pacto Germano-Soviético que se dio entre Hitler y Stalin y que se rompió con la Operación Barbarroja de la invasión de la Unión Soviética por Hitler, formándose a continuación la alianza de Inglaterra y USA con Stalin. Pero Orwell creía que tales pactos estaban sujetos a repetirse indefinidamente con lo que la situación no cambiaría en su estructura de fondo. Aparece aquí la Idea de un Estancamiento más bien que un Final de la Historia en el que, aunque sigue habiendo acontecimientos como guerras, aliados y enemigos, persecuciones de discrepantes, etc., sin embargo, la situación de la Humanidad no progresa, sino que se estabiliza en una repetición de sucesos, de inversión de papeles, en un nietzscheano “eterno retorno”. 

     Pero en Orwell la repuesta a esta situación final ya no es sublime, como lo pretendía la propia del romanticismo socialista son el triunfo final del proletariado, sino que tiene un carácter más bien siniestro, por deducir las consecuencias totalitarias y deshumanizadoras de las ideologías del Progreso técnico-social, deviniendo tal progreso en un repetición indefinida de una situación hoy denominada precisamente como “orwelliana”, presentada demagógicamente bajo el disfraz ideológico de un humanismo benefactor.

     En el fondo, los Tres Grandes Estados de la novela de Orwell,  -en lo que se pueden ver algunas anticipaciones de los actualmente llamados “Estados Continentales” por su tamaño y poder en armamento nuclear: los Rusos, Chinos y Norteamericanos de la multipolar situación actual-, los cuales serían más parecidos que diferentes en tanto que tenderían a un control completo de los individuos mediante las técnicas informáticas de vigilancia y la utilización del poder de una propaganda mediática aplastante, con su “Ministerio de la Verdad”, que difundiría las hoy llamadas fake news y la falsificación continua de la “memoria” histórica, como ya hacían los comunistas soviéticos y los nazis. En tal sentido Orwell habría sido profético cuando en 1984 pinta un modelo único de Estado que se realiza dialécticamente en Tres Estados diferentes y contrapuestos, como una identidad de los opuestos de la llamada filosofía dialéctica marxista pues, aunque Estados enfrentados a muerte, su lógica de funcionamiento es la misma en los tres: continua Guerra fría o caliente, Ministerio de la Verdad, fake news, satanización de los críticos como anti-sistema, etc.

Manuel F. Lorenzo