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sábado, 11 de diciembre de 2021

Novedad Editorial: Manuel F. Lorenzo, Nacionalismo contra Globalización.

 



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miércoles, 9 de octubre de 2019

Sobre la superación de la Leyenda Negra


     Ante la superación de la denominada “leyenda negra”, que brillantemente proponen actualmente algunos en España, como Iván Velez o Maria Elvira Roca-Barea, es importante evitar caer sin darse cuenta de nuevo en la leyenda rosa. Sobre todo cuando se propone salirse de Europa para aventurarse de nuevo en la creación de una Federación o Confederación política con los Estados Hispanoamericanos, como hace el propio Gustavo Bueno en su influyente España frente a Europa. Pero hay que distinguir Europa como Civilización, en el sentido de Ostwald Spengler, renovado por S. Huntington, del circunstancial Club de la Unión Europea actual.

     Pues, en el primer sentido, toda América es una prolongación de la cultura y las tradiciones políticas europeas, desde Canada y USA a Chile y Argentina. Las antiguas civilizaciones precolombinas han sido sustituidas por la civilización occidental europea, aunque queden restos sincretistas todavía que se intentan resucitar con las ideologías indigenistas. Precisamente la única justificación que puede tener la violencia que hubo en tal conquista está en que supuso el paso de unas civilizaciones precientíficas, a una civilización como la europea, heredera de la superior ciencia y filosofía griega mezclada con una religión más humanista como es el Cristianismo occidental, sustituta de religiones que precisaban de cruentos sacrificios humanos.

     Por ello el Imperio Español no puede ser equiparado al Imperio Inca o al Persa. Sus diferencias con el Imperio Inglés son de otro tipo pues ambos son desarrollos sucesivos de la propia alta Cultura europea, forjada en común en el Medievo. Dichos Imperios, como poderosas institucionales militares, tienen también “alma”, en el sentido comtiano de un “poder espiritual” separado del “poder terrenal”. Dicho poder no es ciertamente el poder de la espada, sino el poder que guía en último término, en compleja dialéctica, a la propia espada. Dicho poder lo representó para el Imperio español la Iglesia Católica con sus Doctores de la brillante Neoescolástica Española. Pero, al surgir una filosofía moderna como la cartesiana, se produjo un principio de crítica y de superación de la filosofía aristotélico-escolástica en partes suyas esenciales, como la astronomía, la teoría del conocimiento, la metafísica, etc., debido a la aparición de la matemática algebraica que no existía en la época de Platón y Aristóteles.

     Con ello se crea un nuevo “poder espiritual” de filósofos y científicos que arrinconará paulatinamente al de los escolásticos y minará el poder de la Iglesia, ya muy debilitado por la propia división puramente religiosa entre Protestantes y Católicos. De ahí que el conde de Saint-Simon interprete la Revolución Francesa como la sustitución de la Alianza entre el Trono y el Altar por la nueva Alianza de los industriales, científicos y filósofos positivos. Por ello se puede afirmar, como hace Bueno, que el sujeto de la Historia son los pueblos o naciones organizados en grandes Imperios o Federaciones, pero guiados por una serie de valores intelectuales compartidos, que no se reducen a meros reflejos mecánicos de sus intereses materiales, sino que solo pueden ser el resultado de la existencia de poderes separados relativamente de dichos intereses y capaces de construir unas constelaciones ideológico-culturales que engranen con la realidad y, tras la revoluciones científicas, con amplias franjas de verdad. Pues los valores supremos de tales civilizaciones, con raíces comunes, aunque con diferente desarrollo, son un componente esencial que marca los límites fronterizos últimos de los grupos humanos. Son los círculos culturales máximos que pueden ser trazados.

     De ahí que el actual conflicto que se presenta a la Civilización Occidental, tras el despertar del sueño de un fin democrático y homogéneo de la Historia, como creía Fukuyama, sea el denominado por Samuel Huntington como “choque de civilizaciones”. Pero el muticulturalismo dominante, inspirado en los ideales de un humanismo cosmopolita acrítico e ignorante de la tozuda realidad de las fronteras cree, cual paloma platónica, que puede elevar a la humanidad a un vuelo universalista sin la resistencia de las peligrosas turbulencia fronterizas. No comprende que la única forma de progresar en dicha universalidad es a través de fronteras que solo se pueden fijar desde dentro de un gran proyecto político cultural antrópico, que puede arrancar de un minúsculo estado hasta alcanzar el tamaño máximo de una Civilización, de la misma manera que desde una organismo unicelular se puede alcanzar a la generación de las especies cada vez más diferenciadas y en competencia entre sí. La única diferencia es que en la adaptación a la naturaleza, los choques entre los grupos humanos puede escapar a los crueles rigores de la lucha animal, en tanto que, mediante la técnica y la ciencia, somos nosotros quien podemos adaptar la naturaleza a nuestras necesidades.


Artículo publicado en El Español (14-9-2019)

domingo, 22 de julio de 2018

El quijotismo español


Miguel de Cervantes escribió su inmortal novela Don Quijote de la Mancha, que se convirtió en un análisis indirecto del alma española a través de las divertidas y aleccionadoras aventuras de sus dos personajes principales, Quijote y Sancho.En principio, el éxito que tuvo en España fue como una entretenida burla de las medievales novelas de caballería, en unos tiempos de inicio de la modernidad en los que las costumbres medievales empezaban a quedar fuera de tiempo.

Pero la importancia de España entonces, como gran potencia europea, hizo que dicha obra trascendiese sus fronteras y se tradujese al inglés. Y fue allí, en tierra entonces enemiga, donde tuvo un éxito y una interpretación diferente. Se la vio como una crítica a un defecto estructural que afectaba de lleno a la médula del entonces imparable expansionismo imperialista español.

Don Quijote era un trasunto del proyecto político utópico español, que pretendía un imperialismo católico cuyo sentido, como sostenía Gustavo Bueno, era recubrir a sus dos enemigos principales: el Islam y el Protestantismo.

Pero este recubrimiento, para ser finalmente victorioso, precisaba de un avance continuado hacia el Occidente (“Plus Ultra), primero por el Atlántico (América) y luego por el Pacífico (Las Islas Filipinas, Japón, China), que recuerda el avance del Imperio de Alejandro hacia el Oriente, por la India, impulsado al parecer por el conocimiento que tenían los griegos de la redondez de la Tierra, a la que se proponía circuncidar. Alejandro pretendía demasiado para sus efectivos poderes y por ello fracasó en su proyecto imperial sin límites.

Ya Nietzsche habría dicho que los españoles habían querido ser demasiado. Como le ocurrió a Alejandro, su deseo de poder y de justicia plasmado en Leyes (lo que ahora se denominan los derechos humanos) y Empresas (el proyecto de Conquistar China) era demasiado grande para sus recursos militares y económicos.

Acabaron quedándose en las Filipinas, explotando el comercio oriental de especies a la espera de mejor ocasión. De Europa debieron de retirarse tras las victorias de la rival Francia y de los Protestantes en Holanda e Inglaterra. Quedaba América. Era entonces el Imperio español realmente existente, a partir del cual España podría reforzarse para rehacerse de sus derrotas en Europa.

Pero entonces vino la Decadencia de los Austrias, que nos conduciría, tras el afrancesamiento borbónico, a la perdida de la parte mayor del Imperio en las Guerras Napoleónicas. Dicha Decadencia se debe a muchos factores, pero hay dos que destacan: el mantenimiento de los ideales del Absolutismo monárquico y el retraso en la renovación científica y filosófica. Inglaterra y Francia, con sus transformaciones políticas, nos rebasaron ampliamente en la constitución de un poder político más adecuado para el nacimiento de las modernas sociedades industriales.

Y el retraso científico y filosófico frenó la constitución de una sociedad industrial necesaria para eliminar la pobreza y el atraso económico. Fue Inglaterra, quien puso en marcha el proyecto de Francis Bacon de sustituir los milagros de la religión por los más efectivos milagros de las ciencias positivas.
A su vez nunca pretendió crear un Imperio como fin para dominar el mundo, sino como un medio para obtener las necesarias materias primas (algodón, etc.) para el desarrollo del naciente capitalismo industrial, creador de la primera sociedad con poderosa y prospera clase media.

En tal sentido recuerda a un imperialismo más semejante al romano que al alejandrino, Pues los romanos no se propusieron nunca acrecentar su poder sin límite, sino que, donde encontraban un gran rio, el desierto o el Océano, ahí se detenían y se fortificaban frente a la barbarie exterior. Su poder se revertía principalmente en el Mediterráneo, en el que impusieron una Pax romana y sus más civilizadas costumbres. España recuerda más a Rusia.

Destacan en común su situación periférica en Europa, su lucha secular de frontera contra el Islam, su duda cíclica en torno a su identidad europea, su dificultad para salir de su atraso medieval y su recurso al “quijotismo”, que en Rusia se manifestó con fuerza tras la Revolución soviética con la construcción fallida del Comunismo, como solución válida universalmente para la sacar de la miseria y de la explotación a todos los pueblos de la Tierra.

Por eso, ante la superación de la denominada leyenda negra que proponen algunos y para no caer sin darse cuenta de nuevo en la leyenda rosa, convendría volver al final del libro de Cervantes en el que Don Quijote recobra la cordura y, regenerándose, desiste de intentar nuevas salidas.

Pues el quijotismo hoy está todavía vivo en la izquierda utópica o en los locos separatistas que pretenden iniciar aventuras revolucionarias nacionales, cuando su tiempo ya ha pasado. La derecha es más bien sanchopanzista.


Artículo publicado en El Español (24-5-2018)