Mostrando entradas con la etiqueta Pio Moa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pio Moa. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de abril de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración


De Ortega y Gasset, en España, parece que solo se acuerdan algunos, como de Santa Bárbara, cuando truena. Pues ahora que, en esta Segunda Restauración que nos ha tocado vivir, está tronando a consecuencia de los rayos de la crisis económica que caen provocando incendios y destrucciones devastadoras de la credibilidad de los políticos, de los banqueros y de sus grandes medios de comunicación, casi un siglo después es cuando se vuelve a leer aquel famoso discurso de Ortega del Teatro de la Comedia titulado “Vieja y nueva política” del 23 de Marzo de 1914, con el que fundó la Liga para la Educación Política Española. Allí Ortega critica certeramente los males de la Restauración con la famosa acusación de la separación creciente de una España real y vital frente a una España oficial corrupta y mediocre, deseando y prediciendo la  muerte de la Restauración Canovista, tras la cual una nueva política debería desarrollar una nueva España nacional e industrializada. Eso fue lo que realmente ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, aunque el precio que se hubo de pagar fue la Guerra Civil y la larga dictadura franquista. Por eso algunos, como Pio Moa, consideran que el precio fue excesivo y podía haberse evitado si Ortega y los llamados Regeneracionistas no se hubiesen empeñado en hundir aquel Régimen que, a pesar de sus defectos, dio una larga estabilidad política al país que estaba empezando a mejorar la situación de miseria y analfabetismo secular. Por tanto, mucho cuidado con volver a aquel Ortega. La crítica que busca destruir la actual Restauración por defectos similares, puede conducirnos a una nueva tragedia que solo los muy necios aceptarían. Pues, cabe todavía una regeneración interna del Sistema actual, como cabía entonces si la fuerzas intelectuales de los Ortega y demás, combinadas con los nuevos partidos revolucionarios y separatistas, no se hubieran unido para acabar con la llamada Monarquía de Sagunto.

La cosa podía ser razonable si no fuera que, en vez de a Ortega, se está combatiendo a una caricatura deformada. Pues, a diferencia de Regeneracionistas como Joaquín Costa, por ejemplo, la crítica de Ortega a la Restauración no va dirigida tanto a los abusos evidentes (la oligarquía y el caciquismo) como a lo que él denomina los “usos”, esto es, a aquello que resulta necesariamente de la propia estructura del edificio que Cánovas (gran historiador aunque mediocre hombre de Estado, según el propio Ortega) había diseñado. Pues la Restauración se habría hundido necesariamente por defectos de diseño interno, como un barco mal concebido para navegar en las procelosas y atrasadas aguas españolas. Por ello, nadie la destruyó, sino que ella misma se vino abajo, como un edificio que no soporta su uso. Ortega habría obtenido tal predicción como resultado de un frío análisis, propio de la mente de un matemático que contempla como la mayor tragedia ver una teoría, perfecta en su forma, que cae asesinada por un hecho. Para ello hay que leer su brillante análisis en una obra que, los Pio Moa, Antonio García-Trevijano (que también se ha manifestado intentando desacreditar a Ortega) y otros, no parecen haber leído o al menos no parecen tener una mínima noción de ella. Me refiero a La redención de la provincias, publicada en forma de artículos periodísticos durante la Dictadura de Primo de Rivera (el cual precisamente censuró el termino Autonomía, allí propuesto por Ortega rara reorganizar el Estado, que tuvo que ser cambiado por el de Gran Comarca) y publicada finalmente en forma de libro con el advenimiento de la República. He expuesto en forma resumida este libro en un trabajo titulado “Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España según Ortega”, por lo que solo indicaré aquí lo esencial para el caso. Con ello se ve como en España se echa de menos cierta formación filosófica, y no solo de especialista en historia, derecho o economía, para orientar la política nacional.

Pues Ortega lleva a cabo un análisis de la Restauración al modo geométrico spinozista. Un análisis al modo de lo que los matemáticos llaman un demostración por Reducción al Absurdo: se parte de una hipótesis que, al desarrollarla, nos conduce a una contradicción, la cual debe ser superada retirando la hipótesis inicial y buscando otro camino que nos permita evitarla. Antes de proceder, hace como Galileo cuando parte de un plano inclinado ideal, sin rozamientos, etc. Así Ortega considera a la Constitución canovista de 1876 como un diseño Ideal que se debe considerar en un funcionamiento sin “rozamientos” (los rozamientos se solucionaban con el aceite engrasador de las corrupciones de los políticos encargados de velar por su cumplimiento, etc.). En tal sentido ideal se debe analizar su funcionamiento. Una vez elaborada y aprobada la Constitución, relata Ortega, se convocan las elecciones y los partidos acuden a los mítines exponiendo sus programas basados en diferentes ideologías, conservadores, liberales, etc. Pero, entonces surge algo inesperado e imprevisto en el diseño: una gran parte del electorado no vota, se abstiene. El hecho tozudo tiene lugar en los distritos rurales. No tendría el menor inconveniente para el buen funcionamiento de la Constitución propuesta sino fuera que tales distritos, en una España todavía predominantemente agrícola, son la mayoría. No obstante el Gobierno, considerando esta como un defecto no esencial, sino superable con el tiempo, toma la decisión de nombrar diputados gubernamentales, los llamados “cuneros”, en los distritos en que no hay quórum electoral. De un modo meramente  formal se cumple así el expediente, aunque falseando la legitimidad democrática. Con el tiempo los distritos rurales son organizados por caciques que por pucherazo electoral (compra de votos, etc.) consiguen ser elegidos acabando con el predominio de la abstención. Ahora sí se cumple con la legitimidad electoral, pues la mayoría de los diputados son realmente elegidos y no impuestos autocráticamente por el Gobierno, pero pagando el precio de que resultan distritos electorales sanos (las grandes ciudades) y otros podridos (las zonas rurales).

Al ir creciendo los distritos caciqueados hasta conseguir que fuese mayor el número de diputados que los representaban en la Cortes, que el de los que representaban a las fuerzas más modernas de las grandes ciudades y de los “cuneros”gubernamentales, se produjo entonces una crisis política en la que el Gobierno central perdió el Poder para gobernar el país, entrándose así en una fase de desgobierno por la rebelión caciquil que podía imponer su particularismo, etc. De ahí que Ortega haya visto la intervención de Primo de Rivera, no tanto como el típico golpe de Estado de la derecha cavernícola, sino como una forma de salvar al Estado central evitando que se viniese abajo en medio de luchas fratricidas y particularistas. Fue, sin embargo, una solución provisional que desembocó en la República. Pero, la República no siguió la vía de moderación que pretendió inculcarle Ortega, entonces en el momento de su mayor influencia intelectual en España. Demostró por ello Ortega una gran prudencia de nuevo al comprender que las fuerzas de izquierda no tenían interés por una Republica democrática y liberal, como la que el proponía, sino que mayoritariamente seguían la dirección del totalitarismo soviético. Ortega entonces condenó la Revolución del 34" y, con su famoso “No es eso, no es eso”, abandonó su intervención directamente política, ya para siempre, pues la Guerra Civil y la Dictadura subsiguiente no dejaban espacio para ello a un demócrata liberal.

Hoy nos encontramos ante la crisis de una 2ª Restauración que vuelve a ser analizada superficialmente por muchos críticos con la cantinela de la “casta” corrupta de los políticos, etc., con lo que todo español se contenta echándole la culpa de los males patrios a los demás, como ya decía el propio Ortega. Estos análisis, aun relatando defectos innegables del actual Sistema político, no tienen la más mínima profundidad filosófica, pues no van más allá de las apariencias. Se detienen en los síntomas sin ver las causas profundas de la enfermedad. Por ello Ortega nos parece actual por su modélico análisis de la Restauración decimonónica realizado en La Redención de las provincias. Deberíamos imitarlo en esto. Por mi parte he ofrecido un pequeño esbozo de análisis, “al modo orteguiano”, de las causas de la crisis de la actual Restauración juancarlista en mi artículo “Oligarquía y Separatismo, dos graves defectos de la actual Democracia española”. En él concluyo que el problema que nos lleva  a la crisis del segundo intento de modernizar políticamente nuestro país es la debilidad filosófica y política de  las llamadas “clases ilustradas” españolas, como en la Restauración decimonónica el problema era, para Ortega, el atrasado ruralismo del país, causante principal del fracaso de la Constitución canovista, valida para los ingleses, a los que se copiaba, pero inútil para una España muy diferente; solo una filosofía profunda, que el historiador Canovas no tenía, podía ayudar a elaborar una Constitución realista hecha a la medida del país. Ahora, desaparecido el atraso rural, el principal problema es otro. Es el problema de lo que Ortega denominaba la debilidad de las"minorías dirigentes". Es la debilidad de lo que se denomina la “tercera España”, que representan las actuales "minorías dirigentes", brillante en tiempos de la República con los Unamuno, Ortega, Marañón, etc., aunque entonces poco influyente electoralmente.

Esta Tercera España ha sido doblemente golpeada en el siglo XX, cuando acababa de nacer, pues sus representantes filosóficos, los llamados "intelectuales", traicionaron, durante la llamada Guerra Fría, su filosófico sacerdocio de buscar la verdad con su adicción mayoritaria al adormecedor opio del sueño dogmático marxista del que, en España, parecen aun no haber despertado, como se lamenta a menudo con razón Pio Moa. Por otra parte han sido  sustituidos, debido a la llamada "rebelión de las masas" que Ortega genialmente diagnosticó, en su papel de influir y crear una opinión pública crítica y filosófica, por un sucedáneo: la también llamada “casta periodística” que se dedican a difundir la banalidad y a la proliferación clónica endogámica de unos periodistas que entrevistan mayormente a otros periodistas en las abundantes tertulias de los medios de comunicación. Necesitamos, por ello, en vez de demonizar a Ortega, como algunos pretenden, retomar su proyecto de una nueva Liga para la Educación Política en la España actual, que se proponga acabar con los particularismo y adormecedores sectarismos intelectuales aun dominantes para elevar el atrasado nivel filosófico hoy reinante. Pues sin eso no conseguiremos hacer estable, eficiente y duradero ningún proyecto de Democracia Liberal que sea realmente efectivo para el progreso y la indispensable modernización inacabada de España.

viernes, 14 de marzo de 2014

El Europeísmo, Ortega y Pio Moa

     La crisis del Euro, abierta en los países del Sur de Europa por la dificultad de hacer frente a sus endeudamientos ruinosos, producidos, en parte, por la facilidad crediticia sin límites que proporcionó el ingreso en tal moneda, ha desatado la crítica a la ideología del Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha despertado una tradición anti-europea que se remonta al Concilio de Trento, con su condena de la Europa Protestante, y que, pasando por el africanista Unamuno, llega hasta nuestros días expuesta de forma brillante en Blogs de gran difusión como el de Pio Moa. El chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset: “Quizá la expresión más precisa de esa vana retórica la haya ofrecido Ortega y Gasset con su frase ‘España es el problema, y Europa la solución’. Otras veces he señalado el cúmulo de insensateces en que caía nuestro filósofo cuando especulaba sobre política e historia. Aquella frase carece de lógica, pero es sugerente: sugiere que España funciona mal, o incluso es el mal, y ‘Europa’ el bien”.(Pio Moa, “El Europeismo en España II”, Blog de Intereconomía).

     Hemos tratado de la famosa frase pronunciada por Ortega en un artículo titulado “La solución europea”, pero vamos a retomar el tema de nuevo ya que persiste lo que consideramos un mal entendimiento de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues Ortega, que admiraba más al conde de Saint Simon o a Augusto Comte que a Marx, pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía en una parte sustancial, no tanto al espíritu revolucionario inculcado por el Protestantismo, puramente destructivo, como a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso cultural, económico y social. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continua siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos como el diagnosticado por Ortega como "rebelión de las masas", que se ha impuesto históricamente sobre otros como los que intentaron imponer los llamados totalitarismos fascista y comunista. Esa cultura es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España, pero no lo ha hecho de la forma debida. Lo cual nos ha  conducido al triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su filosofía (el europeismo utópico que sueña con ceder soberanía a una Europa Federal, p. ej., y que Ortega nunca defendió, como ya expusimos en un artículo titulado "Sobre la unidad europea") y la incapacidad de depurar sus excesos al haber politizado al Poder Judicial y  controlado a los grandes grupos mediáticos. Tales excesos y controles indebidos nos han conducido a la ruina económica en que nos encontramos actualmente como país, sin que se vean en el horizonte la aparición de unas nuevas fuerzas políticas y culturales que nos permitan otear un futuro más esperanzador e ilusionante para la mayoría de los españoles, en especial para los más jóvenes. 

     Ortega tenía, al menos, otra filosofía. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una fase posterior a esta en que pronunció la frase famosa en el discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao, consiguió liberárse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió posteriormente a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar la crisis interna de la modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no solo debía modernizarse copiando o imitando las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible (por eso escribió aquello de "nada moderno, muy siglo XX"), para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas que permitiesen a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad (aquí puede tener cierto sentido decir, como sostiene Po Moa, que muchos regeneracionistas estaban contagiados por la famosa "leyenda negra", en su rechazo miméticamente tomado de los ideólogos ingleses o franceses, de la España Imperial pero, en Ortega, no se encontrará ni pizca de odio a España, sino solo interés intelectual, amor intellectuallis, en descubrir las causas de nuestra decadencia para poder neutralizarlas. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de número e influencia de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder). Desde luego que era preciso ponerse al día de lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias mayormente controladas por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la ciencia y a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas Ideas en la línea de una aportación nacional española a la filosofía europea, que Ortega orientó hacia el Vitalismo, como hizo ya el joven Unamuno, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles, que el descarnado racionalismo cartesiano francés, el marxismo germánico o el positivismo cientificista anglosajón.

     No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que abrió la II Republica y la consiguiente Guerra Civil. Por ello la obra filosófica de Ortega, unos la verán como fracasada o llena de errores, como cuando Pio Moa reprocha a Ortega  su opinión que atribuye la debilidad de las minorías intelectuales españolas, en comparación con las de otros países europeos, a la herencia de unos visigodos alcoholizados de romanismo (Ver su monumental, rigurosa y amena Nueva Historia de España, de la que nos ha parecido especialmente novedosa su periodización). Es fácil decir esto hoy cuando disponemos de un conocimiento riguroso de la Historia medieval española, gracias a historiadores como Sanchez-Albornoz, quien sin embargo en su famosa España un enigma histórico, mantiene la diferencia señalada por Ortega en relación con las élites, aunque la justifica en hechos más positivos y comprobables, como que fue la guerra total y secular contra el Islam la que permitió un igualitarismo social español inusual en el resto de Europa. Pues, a diferencia de los torneos u ocasionales guerras del resto de Europa, los reinos medievales hispánicos debían movilizar a todo el pueblo y de forma bastante prolongada, en unas condiciones que permitieron la apertura de la clase noble a los innumerables héroes de guerra populares suavizando notablemente las rígidas jerarquías medievales. También señala Albornoz que ese estado de guerra total, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, hacía que las mujeres tuviesen que sustituir a menudo a los hombres en los trabajos agrícolas y artesanos haciéndolas tomar conciencia de su valía e igualdad, de la que algo queda en el famoso mito de Carmen. Ortega, ciertamente, cometió errores históricos, pero también debe reconocerse que libros como España Invertebrada, alumbraron hipotesis que contribuyeron a que otras generaciones iniciasen por fin el estudio riguroso y científico de nuestro oscuro pasado medieval.

     Pero en otros aspectos, como los más estrictamente filosóficos, a otros nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias haya sido una especie de visionario o de profeta, una especie de Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la Filosofía española, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. A Ortega no habría que compararlo con un Husserl o un Heidegger, como a veces se hizo, ya sea para ningunearlo o para engrandecerlo, sino con filósofos que marcan con sus escritos un carácter nacional a la filosofía, como ocurre con el profético Francis Bacon, el cual en una filosofía muy ensayística, y tan poco sistemática como la de Ortega, conduce a  la filosofía inglesa moderna por las sendas del Empirismo. Ortega quiso conducirla hacia el Vitalismo. Habrá que esperar que resulta en el futuro de ello. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer en nuestro horizonte del siglo XXI como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc. Pero, Ortega, en tanto que no se redujo a ser un filósofo académico, tiene también mucho de gran crítico cultural y en este sentido podría jugar un papel para la cultura española futura como lo jugo un Montaigne con sus ensayos para la cultura francesa moderna o u Lessing para la cultura alemana clásica. Es legítimamente debatible todo ello, pero mal encaminados vamos si se empieza por no diferenciar claramente a Ortega de toda aquella barahunda de los regeneracionistas europeístas o de los actuales europeístas “papanatas”.


Manuel F. Lorenzo 

(Publicado el 5-7-2013)

miércoles, 2 de enero de 2013

Sobre la periodización vitalista de la Nueva Historia de España de Pio Moa


     Pio Moa es suficientemente conocido en España por haber escrito libros sobre la Guerra Civil como Los orígenes de la guerra civil española (1999), Los mitos de la guerra civil (2003), etc., los cuales plantean una profunda revisión de la interpretación izquierdista dominante en los orígenes de la joven democracia española. A pesar del éxito indiscutible en las ventas de tales libros, el establishment mediático y cultural actualmente dominante, estrechamente unido a la desprestigiada y corrupta clase política, sigue negándole sectariamente el pan y la sal. De Pio Moa he leído recientemente el libro Nueva Historia de España (La Esfera de los Libros, Madrid, 2010), en el que se propuso ofrecer una revisión de la entera Historia de España. El libro es voluminoso (más de 900 páginas) y, necesariamente, de carácter generalista. En él procura Moa, entre otras cosas, limpiar la Historia de España de las exageraciones e infundios de la llamada Leyenda Negra y a la vez abrir un juicio más realista y ponderado sobre figuras de la Historia Mundial como Felipe II, atrapado entre la rebelión protestante y la amenaza turca en medio del comienzo de una economía global que se abre paso con su famoso Imperio donde no se ponía el Sol. 

     Pero lo más característico del libro nos parece la exposición de la Historia de España en relación con la Historia del resto de Europa, dividiendo sus periodos al modo vitalista de Spengler, en periodos de Formación, Supervivencia, Asentamiento, Expansión y Apogeo. Con ello renuncia el autor a la tradicional periodización en tres periodos o Edades Antigua, Medieval y Moderna, que Spengler en su famosa obra La decadencia de Occidente, considera deudora de la interpretación teológica de la Historia realizada por el monje franciscano Joaquín de Fiore a principios de siglo XI, el cual hizo corresponder una época histórica a cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad: la Antigua al Padre, la Media al Hijo y la Nueva por venir (Moderna) al Espíritu Santo. Dicha división se introduce en la historia académica con Christoph Keller (Cellarius) en el siglo XVII. Spengler, con la intención de escapar a tales fundamentos teológicos de la periodización de la Historia Universal,  introduce el criterio de Las Civilizaciones en el sentido de Círculos máximos culturales (Kulturkreise)  y científico-positivamente recortados en la Historia, con la  intención de separar la Historia científica de la Teológica y, a la vez, ofrecer un punto de vista verdaderamente global o universal y no cristiano-céntrico.

     El propio Marx ya percibió estos problemas de la periodización histórica cuando, al introducir el Modo de Producción como criterio, se encontró con el llamado Modo de Producción Asiático, que impedía universalizar a todas las sociedades históricas el paso por el Modo de Producción Feudal de la Europa Medieval, aunque la historiagrafía estalinista optase por la periodización clásica que equipara a Feudal con Medieval, para obviar el problema del Modo de Producción Asiático en tanto que podría significar el considerar la formación económica rusa como dotada de rasgos propios del despotismo asiático que se continuaban en el propio Stalin, contemplado como un “Zar rojo” y no como un liberador de la Humanidad.

     Pio Moa opta por entender de forma spengleriana, -que llamaríamos vitalista, pues no en vano su obra es una aplicación de la Filosofía nietzscheana del Eterno Retorno a la Historia-, la Historia de Europa, y en ella a la propia Historia de España, considerada de modo genético-biológico como algo que nace, resiste a depredadores que podían destruirla o darle otro rumbo (si no hubiese sido, dice Moa, como ya señalaba Sanchez Albornoz, por la Victoria de la Reconquista la Península Ibérica sería hoy algo similar a la Península Balcánica o a los países del Norte de Africa),se asienta y se expande mezclándose con los pueblos americanos, alcanzando su apogeo y madurez con Felipe II para, prematuramente, decaer y quedar subordinada a otros pueblos de mayor poder tecnológico, como Francia o Inglaterra, en el siglo XIX, el peor siglo de las guerras civiles que nos conducirán, según Moa, al peligro de caer en la órbita soviética en la cruenta Guerra Civil del siglo XX. Después de la II Guerra mundial, como expone con amenidad y claridad en otros de sus libros Pio Moa (La transición de cristal: franquismo y democracia), la España de Franco inicia con fuerza el despegue o take off industrial que nos acabará llevando de forma no traumática hacia la convergencia económica y cultural con el club de las antiguas grandes potencias europeas, del que habíamos quedado descolgados durante unos tres siglos. Pero tales potencias, especialmente Francia e Inglaterra, perdidos, tras la Guerra, también sus antiguos Imperios coloniales, o habiendo salido derrotadas y divididas, como Alemania, han entrado en una cierta decadencia económica y cultural que las somete y a la vez las aleja de la supremacía aplastante de Usa.

     En tal sentido, podemos decir que, a pesar de los intentos del llamado eje franco-alemán por crear un nacionalismo federalista europeo, que nos está llevando a una peligrosa crisis económica en Europa, se ha cumplido la profecía spengleriana de la decadencia del occidente europeo. Pero queda el “occidente” norteamericano, de una forma semejante a como, tras la decadencia de la antigua Grecia vino la hegemonía política de Roma, la cual fue compatible con el mantenimiento de la hegemonía cultural griega. Roma asumió dicha cultura, considerándola superior a la suya y la extendió por todo el territorio controlado por sus legiones. (Hemos tratado de esto más extensamente, en este mismo Blog, comparando las semejanzas y diferencias entre la Filosofía Griega y la Europea, en “Las Escuelas filosóficas helenísticas y la Filosofía Cotemporanea” (I yII), (ver Entradas Populares del Blog),en el marco de una aplicación de la periodización de Spengler al análisis de la Historia de la Filosofía, realizada en el libro Introducción al Pensamiento Hábil (2007), en el cap. “La Filosofía en su Historia, vista desde el Pensamiento Hábil”, p. 103 s.s.).

     Podemos comprender las protestas, casi maniacas, recurrentes en las polémicas y escritos de Pio Moa, frente a la anglofilia cultural y política que raya el papanatismo de tantos compatriotas actuales. Pero sólo la podemos justificar parcialmente. La comprendemos en el sentido de que hoy nos parece excesiva esta admiración por Inglaterra, pues ella misma no se está librando de la inexorable decadencia como gran potencia que fue, unida a los problemas sociales que le está provocando el multiculturalismo con su potencial de terrorismo y estallidos sociales. Pero queda todavía la pujanza de la cultura anglosajona en USA. No obstante, no se debe olvidar que es una cultura parcial en el marco de un gran país  de inmigración muy variada, en la cual cada vez es más importante, la inmigración hispana. USA poco a poco se va alejando de su núcleo generador en la Nueva Inglaterra. Su cultura filosófica dominada por la tradición analítica inglesa hoy mismo está ya buscando la mayor profundidad de la llamada filosofía continental europea de Husserl o Merleau- Ponty (Ver en este Blog “La vuelta a Husserl de Dan Zahavi”, 5-3-2012). 

    Por ello, la posible nueva influencia mundial de una España futura, políticamente y culturalmente regenerada, solo tiene sentido como influencia cultural, pues no creo que los españoles estemos en condiciones de dar lecciones de democracia a los norteamericanos; o también, como colaboradora en el proceso de industrialización de Hispanoamérica. El propio Moa reconoció esto en alguno de sus numerosos artículos. Dicha influencia cultural, en el caso, que mejor conozco, del pensamiento filosófico, en el que los norteamericanos son hoy todavía discípulos de los grandes filósofos europeos, como demuestra el caso de su más resonante intelectual actual, George Lakoff, con su influyente libro escrito en colaboración con Mark Johnson, Philosophy in the flesh (1999), solo tendría la posibilidad de impactar en USA en tanto que vaya unida al carro hoy ascendente de la Fenomenología vitalista del último Husserl, que se está convirtiendo, según el libro citado de Lakoff y Johnson, en la alternativa a la tradición hasta ahora dominante de filosofía inglesa. En tal sentido, podemos decir que las expectativas de ello son esperanzadoras, pues Ortega y Gasset es visto hoy como un antecedente de dicha renovadora corriente filosófica, denominada Embodied Philosophypor su apuesta por un vitalismo racional, basado en las ciencias biológicas. De ahí que nos parezca interesante la periodización vitalista de la Nueva Historia de España de Pio Moa, por su originalidad en relación con las anteriores Historias de España y, a la vez, en tanto que se inserta en la dirección filosófica encabezada brillantemente en España, con resonancia internacional, por Ortega y su maestro y predecesor Unamuno. Pero, aunque se pueda distinguir el Ortega político del Ortega intelectual y filósofo, no compartimos la manía anti-orteguiana, que nos parece excesiva y poco matizada, en un Pio Moa, por lo general tan brillante en otros temas.