martes, 25 de junio de 2024

Tiempos de indigencia filosófica

 


     Vivimos todavía hoy tiempos de indigencia para la filosofía y el gran pensar. Unos tiempos en que el dominio de la sociedad tecnológica y de la masificación se ha impuesto irremediablemente. Recordamos, por su inquietante actualidad, un conocido y profético texto de Heidegger de los años treinta del pasado siglo:

     «Esa Europa, miserablemente engañada, siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy entre las dos grandes tenazas de Rusia por un lado y de América por otro. Rusia y América son, desde el punto de vista metafísico, exactamente lo mismo. El mismo desolado frenesí de la técnica desencadenada y de la organización sin raíces del hombre medio. Cuando el más remoto rincón del globo ha sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando cualquier acontecimiento es accesible a cualquier velocidad en cualquier lugar y en cualquier momento; cuando podemos experimentar simultáneamente un atentado contra la vida de un rey en Francia y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo es sólo velocidad, momentaneidad y simultaneidad y el tiempo como historia ha desaparecido de todos los pueblos; cuando el boxeador pasa por ser un gran hombre; cuando se considera un triunfo el que se alcancen cifras de millones en reuniones de masas, entonces resuena como un fantasma a través de estas sombras la pregunta: ¿para qué? ¿hacia dónde? ¿y luego qué»” (M. Heidegger, Introducción a la Metafísica, Gedisa, Barcelona 2001, p.p. 42-43).

Aunque haya cambiado mucho la situación desde el final de la Guerra Fría, este texto de Heidegger merece ser rememorado en el momento en que Europa parece volver a ser atrapada en la tenaza de rusos y americanos. Rusia ha dejado de ser un país comunista, pero la tensión con Europa ha vuelto a resurgir por la amenaza de la propia OTAN a sus fronteras, justificada por el fundamentalismo democrático dominante, que pretende extender la democracia a la propia Rusia tratando de derrocar a Putin. Napoleón lo había intentado antes, aunque su consejero Talleyrand le habría advertido en frase famosa:

“Señor, con las bayonetas se pueden hacerse muchas cosas … menos sentarse en ellas”.

Ahora tenemos drones y misiles teledirigidos, no meras bayonetas, podría replicar los actuales halcones de la OTAN. Con ello pondrían de manifiesto que no han entendido el sentido profundo de la frase. ¿Porqué? Porque Heidegger ya habría advertido que:

“… la gran decisión sobre Europa no debería tornarse por la vía de la destrucción, sólo puede tomarse esta decisión por medio del despliegue de nuevas fuerzas históricas y espirituales, desde el centro” (Ibid. P. 43).

Pero ¿cuáles son estas nuevas fuerzas? Y ¿Dónde está el centro? Serán las nuevas fuerza filosóficas y culturales que sean capaces de dar un nuevo sentido a la vida política y social arrancando de la crítica profunda de los excesos de la actual masificación social. Excesos puestos de manifiesto con que aún hoy día, no ya un boxeador, pero si un futbolista o un tenista sigue pasando por modelo máximo de gran hombre. Cuando todavía hoy más que nunca se valora como lo máximo alcanzable para un escritor, un cineasta, un programa de televisión o una estrella del rock, la mera cantidad en la medida de su audiencia, la mera masificación tantas veces ovejuna. Una masificación que permite un desarrollo incontrolado de la mentalidad meramente tecnológica que actúa unidimensionalmente, reduciendo la naturaleza física a mera fuente de energía, los hombres a marionetas de la propaganda y control telemático del “Gran Hermano”, los animales a meras reservas de proteínas, sin ni siquiera captar en ellos la fuente de misterio por la que durante miles de años fueron vistos como seres sagrados, o “animales divinos” como los contempla una nueva filosofía como la de Gustavo Bueno en su obra El animal divino (1985).

Ciertamente se ha producido una rebelión cultural contra esta situación por parte de las minorías de ecologistas, movimientos localistas, etc., pero es algo meramente superficial, que no va hasta el fondo del problema, el cual solo se puede alcanzar con la reflexión filosófica, porque ni siquiera la ciencia puede responder estas cuestiones globales. Porque la cuestión sigue siendo la misma que la que se planteó Heidegger con sus reflexiones sobre esta sociedad poderosamente tecnificada que estaba surgiendo ya en su época: ¿qué es eso de la técnica? La técnica más potente hoy es la llamada tecnología derivada de las ciencias naturales. Por ello debemos preguntar antes ¿Qué es la ciencia? Pero para responder a esta pregunta son indispensables ciertas élites filosóficas egregias, como decía Ortega, a las que el actual sistema mediático relega sistemáticamente, tanto por el predominio de lo que el propio Ortega denominaba “rebelión de las masas”, como por el fanatismo intransigente e ignorante de las llamadas minorías de cultura wok.

Manuel F. Lorenzo


sábado, 8 de junio de 2024

Tricentenario de Kant


 

      Este año se conmemora el tricentenario del nacimiento del gran filósofo alemán Immanuel Kant. Con el empieza propiamente la Filosofía Contemporánea al arrancar de las Ideas de la Ilustración y desarrollarlas de modo profundo y sistemático en su nueva concepción del conocimiento, de los valores éticos, religiosos y estéticos. Todavía hoy pervive su nueva visión del universo como un mar cuyos confines no alcanzamos a divisar, tal como lo percibimos desde la Tierra, “isla de la razón” en la que nos empezamos a encontrar relativamente seguros tras el dominio que la Física de Newton nos proporciona de los fenómenos naturales, aunque ese mar que parece en calma pudiera amenazarnos en el futuro con tormentas solares o el choque de un meteorito.

Su figura personal fue la de un profesor de una Universidad provinciana, llevando una vida rutinaria que, de forma sorprendente, casi entrando en la vejez, provoca una auténtica revolución en el pensamiento europeo, como no se había visto desde los mismos filósofos griegos. Pero la trascendencia de su revolución filosófica, el famoso “giro copernicano” en la explicación del conocimiento humano, solo se entiende por el desarrollo y la influencia que tuvo en otros grandes filósofos del llamado Idealismo Alemán como Fichte, Schelling y Hegel. Porque los grandes filósofos no se pueden entender de forma aislada, como suelen tratarlos los especialistas, ya que son como las cerezas, que al tirar de una te salen dos o tres. Hoy entendemos mejor a Kant de lo que el mismo se entendía gracias a filósofos como Fichte, Schopenhauer o Husserl que lo han tomado como poseedor de la verdadera filosofía, aunque hubiera que mejorarlo para alcanzar una filosofía más verdadera y adecuada a los tiempos.

Aquellos que creyeron que bastaba con repetirlo escolásticamente, como las escuelas del Neokantismo que florecieron en la Alemania en la segunda mitad del siglo XIX, no alcanzaron un nuevo progreso en la filosofía. Fue solo Husserl él que consigue mejorar y superar la propia teoría del conocimiento kantiana con el desarrollo de un nuevo método filosófico y una nueva forma de conciencia, la Conciencia Intencional de Brentano. No hay, para Husserl, una conciencia puramente interior de carácter nouménico, como la que Kant supone cuando habla de la “voz interior” de la conciencia moral, la cual solo es un residuo secularizado de la luterana “voz de Dios”. Henri Bergson diría que esa voz de la conciencia remite a otra voz no celestial o nouménica, sino bien fenoménica y de este mundo como la voz de los padres que inculcan la moralidad en los niños. Esa moralidad de los padres, como diría Hegel, viene también de fuera, de los hábitos y costumbres sociales objetivados (Sittlichkeit). Husserl señala, por ello, frente a la soledad interior del Yo kantiano la intersubjetividad de la conciencia moral, como ya había apuntado Fichte para el que “el hombre solo es hombre entre los hombres”.

El idealismo de la teoría del conocimiento kantiana, que sin embargo Husserl solo en su etapa vislumbro superable desde el giro vitalista del Mundo de la Vida (Lebenswelt), sería dejado atrás por la nueva teoría biológica del conocimiento de Jean Piaget quien, aceptando la intencionalidad de la conciencia y la epojé husserliana, propone como sujeto de experimentación observable, no ya la conciencia interior de la psicología fenomenológica husserliana, sino la conducta externamente observable de sujetos vivos, como los niños operando corpóreamente con los objetos, chupándolos, manipulándolos, golpeándolos, etc. En tal sentido el famoso Ego Trascendental kantiano hoy a devenido en un Ego corpóreo operatorio tal como lo usa, por ejemplo, Gustavo Bueno en sus novedosas explicaciones del conocimiento científico de su Teoría del Cierre Categorial.

Pero tampoco hoy Kant, ni siquiera políticamente, puede estar completamente vigente como pretenden algunos de sus apologistas de forma interesada. Por ejemplo, cuando se le considera defensor de la democracia liberal actual. En parte es así, pero se olvida que las democracias occidentales actuales, como sociedades del bienestar, han necesitado de fuertes intervenciones del Estado para regular las cíclicas crisis de los mercados, lo cual remite más la concepción de una Estado más próxima a la de Hegel y Fichte que a la  del propio Kant, quien seguía más bien el puro liberalismo económico de los ingleses. Incluso la famosa propuesta de la Paz perpetua de crear una Sociedad de Naciones para evitar las guerras, los que la consideran institucionalizada en la actual ONU olvidan que Kant exigía que todos sus miembros fuesen democracias parlamentarias liberales, mientras que la mayoría de los actuales Estados de la ONU no lo son. Por ello su propuesta se aproximaría quizás más a la actual OTAN, una vez que ha finalizado la Guerra Fría, si no pretendiese imponer la democracia a bombazos.

Manuel F. Lorenzo


viernes, 26 de abril de 2024

La crisis filosófica de Occidente

 



     En el pasado se ha hablado muchas veces de la crisis del mundo occidental debido al surgimiento de grandes amenazas como la que supusieron tanto la Primera como la Segunda Guerras Mundiales. Con la caída del Muro y la consolidación de la OTAN, como alianza militar dispuesta para defenderse de futuras amenazas, parecía haber pasado la crisis y se proclamaba el triunfo final de Occidente con el llamado Fin de la Historia de Fukuyama. Podrían aparecer nuevas amenazas terroristas de los nacionalismos irredentos o las económicas, representadas por el gran mercado chino, etc., pero nada realmente preocupante. Pero, de pronto, ha aparecido una potente ideología del relativismo cultural que amenaza, no ya con criticar aspectos de Occidente, como se hacía antes, sino con poner en cuestión la propia cultura civilizatoria del propio Occidente, tal como pretende la llamada cultura wok, una ideología tan fanática que amenaza con acabar con el más elemental sentido crítico filosófico que ha caracterizado a la civilización occidental como fruto de luchas seculares contra el fanatismo religioso y los absolutismos políticos.

Sobre ello se pueden buscar muchas explicaciones psicológicas, sociológicas, políticas, etc. Por nuestra parte nos remitiremos a la explicación filosófica que, ya en la crisis que amenazó a Europa en los años 30 del pasado siglo, dio el filosofo Edmund Husserl en una famosa conferencia en Praga, que ha sido traducida con el título “La crisis de la humanidad europea y la filosofía” (E. Husserl, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Ed, Crítica, Barcelona, 1991, p.p. 323-358). En ella señala una importante característica constitutiva de la denominada civilización europea occidental, que tiene su origen ya en la civilización greco-romana de la que es heredera, y que consiste en que, a diferencia de las civilizaciones anteriores, aparece en Grecia la Geometría como ciencia estricta, derivada de la mera técnica de la agrimensura egipcia. Ello supone el descubrimiento de leyes necesarias y de alcance universal, basadas en principios ciertos y no en meras reglas convencionales.

Con ello se provocó la aparición de una reflexión filosófica, con Sócrates, que busca trasladar dicha universalidad a la elaboración de definiciones y conceptos dotados de la misma objetividad y universalidad racional en el establecimiento de principios y leyes morales  que trasciendan el mero relativismo cultural en los conocimientos y costumbres que caracterizaba a las anteriores civilizaciones precientíficas. Estas antiguas civilizaciones, chinas, indias, etc., tenían grandes conocimientos y refinados avances culturales, pero solo en los griegos se produce, según Husserl, una mutación trascendental que cambiará el mundo y el curso de su historia: la actitud teorética que produjo la ciencia y la filosofía con pretensión de conocimiento universal y de alcance ilimitado, infinito, cosmológico, capaz de envolver a las civilizaciones anteriores.

Dicha actitud filosófica descansa, según Husserl, en la duda metódica iniciada por Sócrates, continuada por la duda cartesiana o la epojé de la conciencia natural, del propio Husserl. Pero con la extensión de los métodos y conocimientos científicos en la modernidad europea a la entera realidad, desde el mundo físico hasta el psicológico o el histórico, se ha producido una crisis en esta misma novedosa actitud teorética heredada de los griegos. Como dice el propio Husserl, la crisis occidental europea hunde sus raíces en un racionalismo que se ha extraviado, por su tendencia a la unilateralidad, al pensamiento único. Sobre todo, el Positivismo habría recaído en la ingenuidad del objetivismo, propio de la conciencia natural. Kant había evitado este objetivismo con su punto de vista crítico antrópico sobre el mundo. Pero el Positivismo científico hoy tan extendido vuelve al ingenuo empirismo prekantiano de los hechos  puros. Sin embargo, este positivismo ha fracasado al aplicarlo a las ciencias psicológicas y culturales.

Por ello se necesita volver a tener en cuenta lo dicho por Husserl para interpretar de modo más profundo la subjetividad cultural, poniendo en duda lo sostenido hasta ahora y rescatando un análisis trascendental de dicha subjetividad para combatir la cultura woke. Un análisis de la subjetividad psicológica y cultural entendida de modo corpóreo-operatorio, tal como se empezó a hacer en la Psicología evolutiva de Jean Piaget o en la más reciente reflexión operatiológica sobre las ciencias de Gustavo Bueno. En ambos casos se entiende la subjetividad psicológica y cultural, no ya desde el discutible yo wok, sino desde complicadas estructuras y cursos operatorios que nos permiten comprender y manejarnos con éxito en la realidad por medio de las actividades científicas y tecnologías propias de la civilización occidental.  

Manuel F. Lorenzo


viernes, 23 de febrero de 2024

¿Cómo se modernizó España?

































     Muchos de los problemas político y sociales por los que estamos pasando en España necesitan, para una correcta y duradera solución, de una visión de amplias miras, como la que proporcionan el pensamiento filosófico-histórico. No podemos olvidar que España necesitó de un largo periodo para su modernización, la cual no se empieza a conseguir con su plena industrialización en los finales del franquismo. Inglaterra y Francia se habían adelantado en dicho proceso de modernización mientras que España, junto con Alemania, sufrió un retraso considerable. Habría que preguntarse por el porqué de ello.  En tal sentido hay una semejanza llamativa que nos puede orientar: Inglaterra y Francia crearon sus imperios coloniales después llevar a cabo de forma triunfal sus grandes revoluciones políticas, mientras que Alemania y España crearon sus imperios antes de su constitución como naciones políticas modernas. Asimismo, su modernización no se hizo a través de revoluciones triunfantes.

La creación de la nación alemana moderna ocurre tras la división del Imperio Sacro Germánico entre católicos y protestantes. Las reformas ilustradas de Federico II inician en Prusia un proceso de modernización que permitirá una libertad filosófica gracias a la cual, siguiendo ideas de Kant, se crea la primera Universidad moderna de Europa, La Universidad de Berlín; la ciencia moderna, que en Inglaterra y Francia se había desarrollado en academias científicas, se hace en Prusia desde dentro de la propia Universidad, jugando un papel decisivo por ello en los procesos de industrialización básicos para la producción del acero y la electrificación. Dicha industrialización pasará su Rubicón con el canciller Bismarck, tras los fracasos del Parlamento de Frankfurt, despegando su proceso de industrialización en la cuenca del Rhur, impulsado por grandes empresarios como los Krupp. Bismark desarrollo una inteligente política social pactando con los sindicatos obreros, creando una poderosa seguridad social y de protección de los derechos de los trabajadores que evitó el estallido de procesos revolucionarios. Las propias ideas de creación de una unidad política federal deben asimismo mucho a los escritos políticos de filósofos como Leibniz, Fichte o Hegel. Tras la grave crisis abierta por la I Guerra Mundial, los intentos de una Revolución comunista, fracasaron creando como efecto trágico el ascenso del nazismo, el cual casi llevó a Alemania a su destrucción total. Pero, cual Ave Fenix, Alemania se volvió a reunificar y a reindustrializar convirtiéndose en la actual locomotora de la economía europea.

El caso español guarda también ciertas semejanzas. El fino olfato de Ortega y Gasset se dio cuenta de que la modernización filosófica en marcha en España ya en el siglo XIX debía de abandonar la influencia de los ilustrados franceses e ingleses para orientarse por los filósofos alemanes. Pues la imitación del modelo inglés por la Restauración decimonónica no consiguió el despegue industrial y, el intento de una revolución comunista por el Frente Popular, fue derrotado en la Guerra Civil. España despegará industrialmente siguiendo un modelo autoritario, similar al de Bismark, dirigido por Franco, con la creación de una especie de “cuenca del Ruhr” con el acero de Ensidesa y el carbón asturiano; el impulso a  la Seguridad Social y el pacto con los organizaciones obreras evitaron igualmente las explosiones revolucionarias que preconizaban sin éxito las organizaciones comunistas.

También se empezó a dar una influencia de la naciente filosofía moderna española en los procesos políticos. La propuesta de Ortega y Gasset de instaurar una división territorial por Autonomías fue introducida como lo más novedosos de la actual Constitución. Algunos ven en ella una imitación del modelo de los Lander alemanes, aunque Ortega ya insistió, en sus discursos parlamentarios de la IIª Republica, que no se trata de un Federalismo centralizador, sino de un Autonomismo descentralizador, en el cual no se discute de la soberanía nacional única e indivisible. Incluso consideró que, aunque se deben transferir muchas competencias, hay algunas que serían intransferibles como la política exterior, la justicia, la educación científica o el ejército. Ortega consideraba que las Autonomías son una especie de poderes regionales y no naciones. Torcuato Fernández Miranda, lector de Ortega, se opuso a Suarez cuando decidió introducir en sus negociaciones políticas el término “nacionalidades y regiones”. Torcuato fue apartado por Suarez, con lo que triunfó la ceguera que nos está llevando a absurdo concepto de una “nación de naciones”. Gustavo Bueno propuso solventar el error entendiendo “nacionalidades” como una institución étnica y no política. Pero los lideres dominantes siguen ciegos y no se dejan aconsejar por nuestros grandes filósofos.

Manuel F. Lorenzo


jueves, 1 de febrero de 2024

Filosofía como medicina del alma española

 

    Una de las razones de la famosa Decadencia que nos aquejó de modo secular ha sido la falta de una filosofía moderna propia, que reflejase y consiguiese perfeccionar, elevándola al rasgo de categoría, nuestra forma de ser o carácter nacional, tan distinto del pragmatismo inglés, del seco racionalismo francés o del idealismo alemán. No sirvió de mucho imitar las modas filosóficas triunfantes sucesivamente en nuestros ilustres vecinos europeos, como se pretendió hacer después. Solo con Unamuno y Ortega, como grandes figuras señeras, se inicia en España la tarea de desarrollar un pensamiento filosófico moderno propio, con pretensiones de crítica y superación, de las entonces dominantes filosofías en Europa. Dicho esfuerzo filosófico no se ha detenido con ellos, sino que ha continuado en la segunda mitad del siglo XX y hasta comienzos del XXI con la importante obra filosófica creativa que nos ha legado, entre otros, un pensador tan conocido hoy como Gustavo Bueno.

       No pretendo que con decir esto pueda aumentar considerablemente el número lectores o de seguidores de estos señeros filósofos, pues es difícil apartar a mucha gente del culto a los prejuicios dominantes en los grandes aparatos de propaganda masiva, sino que tan solo me dirijo a los pocos, a la minoría selecta que decía el propio Ortega, que creo existente en nuestro país,  aunque se encuentre en un estado de dispersión y alejada de los grandes altavoces mediáticos dominados y ocupados por los epígonos de extranjeras tendencias influyentes. A dichos pocos me dirijo en tanto que considero que están libres de la ceguera, tan extendida hoy en España, para las cosas profundas; pues, en España dicha ceguera es algo muy común y se haya enraizada profundamente en defectos que se atribuyen tradicionalmente a los españoles, como la Aristofobia, que ha contribuido, como señala Ortega, como un defecto constitutivo de nuestro propia historia, -aunque discrepemos de los motivos que aduce Ortega para explicar tal defecto-, a nuestra famosa decadencia, al apartamiento más sostenido de los mejores en la dirección y la búsqueda de solución a los grandes problemas nacionales que nos aquejan desde hace ya siglos, cuando comenzó nuestro declive en la gran influencia que tuvimos en el mundo.

     Ramón Menéndez Pidal, al principio de su conocida obra sobre El Cid Campeador, habla de uno de estos momentos históricos, el de los medievales “condes invidentes” de la corte de Alfonso VI, en los que se manifiesta con claridad meridiana a su juicio esa “invidencia, vicio eminentemente hispano”, que “entorpeció tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta al daño colectivo que en la guerra anti islámica  se seguía al destierro del guerrero superior;  defecto típicamente español (…) Castilla, la Castilla oficial, ciega para las dotes prodigiosas de su héroe, le desterró, le estorbó cuanto pudo, le quiso anular toda su obra bélica y política: <<Ésta es Castilla que face los omes e los gasta>>” (Ramón Menéndez Pidal, El Cid Campeador, Austral, Madrid, 1985, p. 20).

     En tal sentido, envidia viene del latín invideo, invidente, el que no ve. Pero la ceguera, como defecto o mal privativo, puede ser curado en muchos casos mediante operaciones u otros remedios de aparatos ópticos. Por ello esta envidia española, verdadero obstáculo para  reconocer la excelencia en tantos casos y en graves momentos de nuestra Historia, quizás pueda ser curada con una terapia medicinal adecuada, con una “medicina del alma” en este caso, como es la crítica y la educación filosófica que, aunque no pueda erradicar la ceguera en los casos extremos más patológicos, si puede hacerlo en una mayoría de españoles que son indispensables para orientar con su voto, en los tiempos democráticos que vivimos, la elección de los mejores para ocupar los altos puestos en los que reside el mayor poder e influencia.   En los últimos años, parece que el crecimiento de la demagogia política, que está llevando a una selección a la inversa de los dirigentes y personas más influyentes entre los españoles, promocionado la mediocridad y la incompetencia en perjuicio de la excelencia, puede llevarnos a un estancamiento en nuestra modernización e incluso al peligro, hoy ya manifiesto para muchos, de la final destrucción de la unidad política como nación moderna.

     Por todo ello creemos necesaria una mayor influencia en la España actual de nuestro propio pensamiento filosófico desarrollado polémicamente por nuestros propios filósofos, que sería útil para fortalecer críticamente a nuestro país. Pues, como decía Descartes, la potencia de un país guarda relación también con la potencia de la filosofía de sus pensadores. El problema es que esta nueva filosofía española es censurada y marginada por los poderes mediáticos dominantes hoy en España. Quousque tándem abutere, Catilina?.

Manuel F. Lorenzo


miércoles, 6 de diciembre de 2023

En defensa de la Constitución



En conmemoración de los 45 años de la actual Constitución me voy a remitir a un artículo que publiqué ya en 2004 (recogido en mi libro En defensa de la Constitución, 2010) y que sigue estando vigente en sus reivindicaciones que apuntan al filósofo Ortega y Gasset al que se puede considerar el Padre Filosófico de la Reforma Autonómica, aunque se le silencie y se haya tergiversado su propuesta confundiendo descentralización Autonómica con régimen Federal o Confederal. La mejor defensa de la Constitución creo que pasa por explicar lo que Ortega propuso en sus discursos y escritos.


25 años de Constitución Democrática

El pasado año se cumplió ya un cuarto de siglo de vigencia de la actual Constitución política que rige y organiza, como gran marco político, la vida española. Desde 1978 hasta la fecha, ha pasado un trecho de tiempo lo suficientemente largo para hacer un balance, por somero que este sea, del significado tan positivo que ha tenido dicho texto y puede seguir teniendo si, dado que hoy ya no dependemos de que el Rey sea inteligente u obtuso, la sabiduría del pueblo, que es quien lo decide con su voto, la sostiene y defien-de. Porque se empiezan a oír voces muy fuertes entre una parte de los partidos políticos, sobre todo los que representan a las izquierdas y los nacionalismos periféricos, que piden una reforma de la Constitución que la afectaría precisamente en lo que se puede considerar que ha sido el mayor de sus aciertos: la solución autonómica para vertebrar y organizar la persistente multiplicidad y variedad regional que ha caracterizado a España a lo largo de su extensa historia.
Por mi edad no pertenezco propiamente a la generación que tuvo la tarea política de elaborar y aprobar dicha Constitución, pues por aquellos años yo estaba todavía haciendo el Servicio Militar y un cuartel, con un ejercito todavía mayoritariamente franquista, no era el lugar más apropiado para tal clase de preocupaciones. Fue mucho más tarde, en la época en que gobernó Felipe González, cuando caí en la cuenta de la importancia de la Constitución. Fue entonces cuando, leyendo las obras completas de Ortega y Gasset, me topé con algunos escritos suyos, muy poco citados en los fastos y conmemoraciones que los propios socialistas y el diario El País, del cual era fundador un hijo del filósofo, hicieron del centenario del nacimiento de Ortega, en los que pude ver, con gran sorpresa, que la Idea de la Organización Autonómica del Estado, que representa lo más llamativo y original de la actual Constitución, había sido expuesta, defendida y desarrollada por el propio Ortega en la prensa, en forma de libro (La redención de las provincias, Obras Completas, t.XI), y hasta en sus discursos en las Cortes durante la elaboración de la constitución de la II República (“Federalismo y autonomismo”,“ El Estatuto catalán”, Obras Completas, t. XI) En dichas intervenciones defendió el filósofo, como si de un nuevo John Locke o un Montesquieu se tratara, la necesidad de que la nueva organización política que se necesitaba para reformar y regenerar políticamente el país se basara en una división o separación clara de los asuntos nacionales y de los locales o regionales. En esto coincidía entonces Ortega con la izquierda y los nacionalistas peri-féricos, mientras que la derecha era, y siguió siendo durante la dictadura de Franco, centralista, esto es partidaria de que tanto los asuntos nacionales como los locales se decidiesen en Madrid.
La derecha había sido centralista y partidaria del absolutismo monárquico desde los Reyes Católicos. Pero en el siglo XIX tomó conciencia, tras las experiencias revolucionarias de sus vecinos y rivales ingleses y franceses, de la necesidad de modernizarse. El intento se hizo durante la llamada Restauración decimonónica. Para ello se copió el modelo inglés de monarquía democrática centralista y se hizo la Constitución liberal de 1876. Tal régimen político no consiguió modernizar el país, produciendo las conocidas lacras de la oligar-quía, el caciquismo, fraude electoral, etc., denunciadas por Joaquín Costa. Pero con el golpe militar de Primo de Rivera se acabó el experimento democratizador. Ortega dedica entonces, durante los años 20-30 una serie de artículos periodísticos (publicados en la II Republica como libro con el titulo de La redención de las provincias) a analizar minuciosamente las causas de dicho fracaso. Encuentra que en España, a diferencia de Francia o Inglaterra, los únicos intereses que mueven a los españoles son los puramente locales. Pero el localismo, en política, es un defecto. Una Constitución centralista como la de la Restauración no funcionó por cegarse ante este problema. Por ello Ortega propone el Estado Autonómico, como una nueva forma de organización que trata de hacer de tal defecto localista una virtud a través de la separación clara y bien estudiada de las Competencias que deben quedar centralizadas y las que no. Durante la discusión del Estatuto catalán en la Republica se opuso a la confusión que los partidos de izquierda introducían entre Autonomismo y Federalismo, en tanto que el primero no discute sobre la Soberanía, que se considera indivisible, sino sobre las Competencias o atribuciones de dicha soberanía, mientras que el segundo, el Federalismo, gira princi-palmente en torno a la soberanía. Sólo el Autonomismo conlleva siempre descentralización política, mientras que el Federalismo puede resultar fuertemente centralizador, pues esa es su tendencia histórico efectiva.
Es necesario recordar esto hoy cuando una parte importante de la izquierda empieza a hacer demagogia diciendo que el Federalis-mo no es incompatible con el Autonomismo - la generalización autonómica fue propuesta por franquistas reformistas, aunque la Idea estaba tomada de Ortega, como saben los estudiosos del tema: “También (Torcuato) Fernández Miranda, cuando advierte del peligro de plantear el problema autonómico como un problema de soberanía, hace suyo el razonamiento del filósofo madrileño: <<Pero esto, como ya demostró Ortega en las Cortes constitu-yentes de 1932, ¿puede plantearse en términos de soberanía? No es necesario afirmar la soberanía para afirmar que determinadas entidades tienen derechos propios que tienen que ser reconocidos (...) Si se plantea la cuestión en términos de soberanía naturalmente se agrava el problema. Volveremos a no entendernos, como decía Ortega y Gasset hace ya cuarenta y seis años, y agravaremos el problema>>” (Xacobe Bastida, La nación española y el nacionalismo constitucional, Ariel, Barcelona 1998, p.128).
Por mi parte he desarrollado más ampliamente la influencia de Ortega como verdadero padre filosófico de lo más significativo de la actual Constitución en un articulo titulado “Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España en Ortega”, (publicado en Lluis X. Alvarez y Jaime de Salas, La última filosofía de Ortega y Gasset, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 2003, pp.255-289).- Ortega comprendió que autonomismo y federalismo no solo son diferentes sino que, en la cuestión de la descentralización, son opuestos. De ahí que la petición de reformar la actual Constitución en lo que concierne a la Organización Autonómica del Estado para sustituirla por una Organización Federal nos parezca muy grave. Pues la mejor honra que pueden hacer los españoles al pensador más importante que ha tenido España en la primera mitad del siglo XX, el siglo en que el país se industrializa y deja de ser agrario, es respetar lo que es la parte más positiva de su gran influencia, la vertebración autonómica de España. Y la mejor forma de honrar la Constitución en sus bodas de plata es recordar y leer los textos en que la engendró su padre filosófico, quién no tuvo, antes de morir, la dicha de verla rigiendo los destinos de los españoles.
Manuel F. Lorenzo

(02/06/2004) 

viernes, 10 de noviembre de 2023

La Tercera España

 


La democracia se basa en el gobierno de las mayorías. Las mayorías electorales se traducen en la representación parlamentaria que es la que permite configurar los gobiernos. Dicha mayoría puede ser absoluta cuando un solo partido o una coalición alcanza un número suficiente de diputados para imponer su voluntad legislativa y ejecutiva sin necesidad de contar con el resto de los partidos que han quedado en minoría. Pero pueden darse otras situaciones en las que el voto popular se encuentre polarizado en dos grandes partidos los cuales concentran un voto de tendencia opuesta y muy alejado de un resto de pequeños partidos que representan a sectores políticos minoritarios. En España y en otros países suele ser la tendencia dominante, aunque por un momento, con la irrupción de Podemos, pareciese que se iba a quebrar el denominado bipartidismo imperfecto del turno en el gobierno en las últimas décadas del PSOE y PP.

El poder electoral de ambos partidos se mantuvo, sin embargo, tras las últimas elecciones y parece que va a seguir siendo así. El problema que hoy se ha agravado considerablemente y que nos está llevando a una crisis del propio Estado-Nación español, con todos los peligros que puede traer, es la necesidad en que se encuentran tales partidos mayoritarios de recurrir al apoyo parlamentario de partidos minoritarios, que se declaran decididamente separatistas. En Inglaterra existe un partido minoritario liberale que se presta a inclinar la balanza del lado laborista o del conservador. En Alemania también ocurre lo mismo, añadiéndose la solución suya específica de la llamada Grosse Koalition para situaciones extremas. Pero en España no parece posible esta última solución por la falta o escasez de lealtad a la nación de ambos grandes partidos, además de por el fracaso reiterado en la creación y mantenimiento sostenido de un partido liberal capaz de funcionar de bisagra moderadora.

Recientemente, tras la práctica desaparición de Ciudadanos del panorama político, se ha propuesto por alguno de sus integrantes la creación de un nuevo partido bajo la previa presentación de una asociación política denominada La Tercera España. Nos parece una iniciativa sensata, como hemos mantenido en artículos anteriores, tratar de arrebatar a los separatistas y demás grupos extremistas el papel de bisagra política que ocupan desde hace décadas con resultados nefastos para la existencia de la propia España. Pero lo que nos preocupa es que se vuelva a hacer un partido como imitación española de los partidos socialdemócratas o liberales existentes en otros países europeos. Porque será entonces más de lo mismo que ya se intentó antes con Ciudadanos y demás. Pues si se alude a la Tercera España, la España de los intelectuales y filósofos como Ortega , Marañón, etc., que brilló en la primera mitad del siglo XX, deberían tratar de incorporar primero la filosofía política que tales figuras, como Ortega, el más influyente en tal materia,  trataban de inculcar en la cultura española y en sus posibles seguidores políticos. Estudiar y recuperar su propuesta de la España Autonómica, hoy enteramente tergiversada, su nuevo tipo de liberalismo, etc. Deberían tener claro, además, que tal partido no podría ser nunca un partido de masas que compitiese con PP o PSOE, sino que debe ser un partido integrado por “minorías egregias”, como las denominaba Ortega, suficientes al menos para impulsar una potente bisagra que corrija, con la discusión racional y sabiamente documentada, los excesos a los que tienden necesariamente los actuales partidos de masas, debido a la ignorancia de un electorado menos culto e informado y más propenso a caer en manos de demagogos.

El error de Rivera con Ciudadanos fue creer que podía sustituir al PP como otro gran partido de masas. Pero también incurría en el error de no contar con una sólida base filosófica. Creemos que el nuevo partido que se pretende crear, como representante político de la llamada Tercera España, no recoge tampoco la necesidad de partir de nuestra más influyente tradición filosófica liberal. Algo sospechan cuando buscan la firma de representantes filosóficos actuales como Fernando Savater. No obstante, su iniciativa nos parece interesante porque han levantado la liebre al situar la clave política que nos permita reorientar la política española, en la necesidad de un partido bisagra de nuevo cuño. Y ello tras el fracaso de la radicalización totalitaria de la izquierda por el impacto de Podemos, ideología que es difícil que triunfe democráticamente debido al poso de “buen sentido” que suele caracterizar al español medio en los momentos críticos. Pero también por el freno electoral de Vox y sus dificultades con el PP en asuntos claves. Otra cosa es que los nuevos defensores de La Tercera España, tras levantar la liebre, sean capaces de cazarla. Les deseamos suerte.

Manuel F. Lorenzo