sábado, 20 de mayo de 2017
lunes, 8 de mayo de 2017
Los nuevos "intelectuales"
Los intelectuales eran, desde la
Ilustración, las élites que debían conducir al resto de la sociedad en la lucha
por una sociedad más igualitaria y más justa. Eran los detentadores del nuevo
“poder espiritual” que, según el fundador del positivismo, el Conde de Saint-Simon, -y por analogía con la sociedad
medieval, en la cual ese “poder espiritual” lo detentaban los teólogos-,
estaría integrado en la naciente sociedad industrial por los científicos, los
artistas y los filósofos. En general, la opinión actualmente vigente es que el
intelectual, representado por filósofos, científicos o personajes de gran
cultura, como se decía antes, ha muerto. Pero la función que cumplía la ha
heredado el artista popular que encabeza habitualmente las manifestaciones políticas
-incluidos los conciertos por algún tipo de causa- y es
continuamente reclamado por los media.
En el interregno se ha podido producir la
falsa impresión de que los especialistas científicos pudiesen sustituir a los
intelectuales. En realidad eran meros sucedáneos, pues tras la caída del Muro
de Berlín, las estructuras ideológicas de propaganda reconstruidas durante la
Guerra Fría, que se sustentaban en la contraposición ideológica
capitalismo/comunismo, se vinieron abajo, faltas de sentido y entonces emergió
la "voluntad de poder como arte" de la que hablaba Nietzsche: el artista-filósofo post-moderno, que
proclama el fin de las ideologías engañadoras y señala, tras dichas máscaras,
por medio de las cuales las Ideas adquieren plasticidad, a la voluntad de
poder, al deseo mismo como el verdadero motor de la historia. Con él se
relativiza la verdad, base del poder del antiguo intelectual, y se abre la puerta a un mundo de fábula,
que ahora se llama el mundo de la post-verdad, en el que se pueden cumplir todos
los deseos y en el que se mueve como pez en el agua el artista que seduce al
gran público, ese ser que no ha perdido el contacto con lo primitivo, lo
salvaje, fuente telúrica de inspiración.
En vez de los intelectuales ahora aparecen
los juglares. Y, entre estos, los músicos dionisíacos son los primeros, pues ya
para Schopenhauer la música se distingue del resto de las
artes por ser expresión directa de la Voluntad. Del maridaje entre los media y el artista surge el marketing publicitario
y un auténtico bombardeo musical. Como escribía Allan
Bloom: “Nietzsche, en particular, trataba de abrir nuevamente las
fuentes irracionales de la vitalidad, volver a llenar nuestro seco río con el
líquido procedente de fuentes barbáricas, y, por ello, alentaba lo dionisíaco y
la música que de ello derivaba. Este es el significado de la música rock. No
insinúo que proceda de elevadas fuentes intelectuales. Pero se ha alzado hasta
sus actuales cumbres en la educación de los jóvenes sobre las cenizas de la
música clásica, y en una atmósfera en la que no existe ninguna resistencia
intelectual ante el desenfreno de las pasiones más descarnadas” (El cierre de la mente moderna, Plaza & Janes,
Barcelona, 1989, p. 75).
Y es precisamente esta técnica mediática,
junto con la democracia-social que facilitó el acceso a las universidades a las
minorías raciales y culturales no occidentales, aquello que, según venimos
diciendo, ha colaborado indirectamente al ascenso de lo que podemos denominar
el hombre-minoría. Por minoría no entendemos, queremos insistir en ello para
evitar equívocos ni la nobleza, ni la aristocracia, ni las élites, ni nada de
eso. No se trata aquí de una clase social, sino de un modo de ser social
estadísticamente determinado. Nuestra tesis es que el
hombre-minoría empieza a imperar culturalmente en las últimas décadas,
a partir de movimientos juglarescos derivados del movimiento estudiantil del
68, tanto de París como de Berkeley.
Es cierto que el poder social directo en
la democracia lo ejerce, en último término, la opinión
pública. Es ella y no la burguesía capitalista,
o cosas por el estilo, la que impone actualmente, sobre todo tras la
americanización de la democracia, los gustos y costumbres. Pero cada vez los
impone más a través de sus propios localismos, como se puede comprobar en el
predominio de lo que, en España, desde los tiempos de Goya, se denomina majismo. Y dentro de esa opinión pública, el grupo superior, la aristocracia, los majos, son sin duda los artistas
populares de los media: cantantes, estrellas de cine, deportistas considerados
como geniales, etc. El artista en tanto que se le supone como atributo esencial
la originalidad y la naturaleza genial. El artista en sentido amplio,
por tanto, que conecta o comunica con su público, el juglar y
no ya el artista como poseedor de una depurada y compleja técnica propia
de la música clásica, es el que lleva hoy, para bien o para mal, en el
imaginario social la antorcha arrebatada a los antiguos intelectuales.
Artículo publicado en El Español (15-4-2017)
Etiquetas:
artistas,
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Minorías
sábado, 22 de abril de 2017
La perversión de los Mass Media
Las posibilidades de comunicación que abrieron los mass media en la últimas décadas ganando en
globalidad terráquea y simultaneidad produjeron, sin embargo, el efecto
boomerang inesperado de lo que se llama la post-verdad. La
apertura efectiva del horizonte vital del individuo humano a nivel planetario
ha generado, además, como contrapartida, un debilitamiento y una inseguridad
mental característica. El mundo se ha hecho pequeño en el espacio por la
espectacular rapidez de los transportes y también se ha reducido en el tiempo
gracias a los media que traen por así decir, con sus imágenes a velocidad
instantánea, la "montaña a Mahoma", sin falta de que "Mahoma
vaya a la montaña". Lo lejano y tardío se ha
convertido en cercano y pronto a comparecer. Con ello se ha visto
acrecentado, de forma inimaginable antes de que se inventase la televisión, o
se desarrollase la informática, el caudal de información fresca y vívida.
Hasta tal punto
es esto así que la diferencia de un individuo ávido de información cultural en
el siglo XIX y uno actual es de tal tamaño que provoca, por sí misma, un cambio
cualitativo. La comparación hay que centrarla, no tanto en las informaciones
mismas, como en las posibilidades de informarse. Porque precisamente, al ser
tales posibilidades actualmente tan inmensas, lejos de despertar el deseo de
alcanzarlas, muchas veces lo matan antes de nacer, abrumado el sujeto ante una
información interminable. Y por otra parte no sólo es este hecho puramente
cuantitativo el más destacable. Pues, es quizás más importante aún el análisis
de los propios media como medios. Unos medios que, en una realización de lo que
Nietzsche llamó la inversión de los valores (Umwertung), invierten la jerarquía de
valores antes predominante en el tratamiento de la información. Y
además la pervierten porque, para los media, noticia es lo que es nuevo, raro,
exótico, minoritario. Noticia no es lo que ocurre normalmente, sino lo
inesperado, lo invertido, lo anormal.
De tal forma que
la información, de grado o por fuerza, debe presentar gran parte de sus
contenidos, y tendencialmente todos, como extraordinarios. El sensacionalismo
resultante es así una especie de fase superior del imperialismo cultural actual
de las grandes cadenas mediáticas. Pero, aunque fuente de un gran poder e
influencia, no deja de ser una perversión de los media que se extralimitan en
sus funciones. Un imperialismo mediático que se aprovecha de
unas masas sumisas, las llamadas mayorías silenciosas, integradas
después de la Segunda Guerra Mundial en el llamado Sistema del consumismo y del
bienestar. Unas masas que han pasado de un estado de rebelión durante el siglo
XIX y la primera mitad del siglo, que trajo la Revolución Rusa, a un estado
límite exactamente contrario, de sometimiento y abulia, definitivamente
establecido tras la caída del Muro de Berlín, que pone fin a décadas de
rebeliones y guerras, cargadas de tragedia y sublimidad.
Como
consecuencia de esta integración de las masas, antes rebeldes, crece, como su
reverso inevitable, la rebelión de las minorías,
que imponen su poder reticular aprovechándose de ese estado de postración en
que han caído las mayorías, entontecidas por una torpe política de entretenimiento y consumo que sólo triunfa a
escala realmente mundial con la caída del muro de Berlín. Pero una política
que, como un arma de doble filo, también se vuelve contra él.
Hoy asistimos
precisamente al divorcio creciente entre los grandes medios y el establishment
político-social de las llamadas sociedades de masas occidentales regidas por
las normas de un trabajo digno, una familia tradicional y una religión
cristiana. Al margen de la bondad o maldad del asunto, lo interesante aquí es
observar la capacidad impresionante que un grupo minoritario y, subrayamos, no legitimado
por las urnas, tiene para secuestrar la voluntad popular. Una opinión pública,
es cierto, ya previamente caciqueada, a través del bombardeo propagandístico,
por las oligarquías políticas durante las elecciones. Los periodistas hablarán de labor de limpieza y transparencia,
necesaria ante la sucia y oscura corrupción y caciquismo en que han caído los
gobiernos. Pero debe observarse aquí que la escoba que barre, Ciudadano Kane por medio, puede estar ella tan
sucia como lo barrido.
Dicho secuestro
trata de legitimarse en una falsa conciencia, típica de minorías, que se
auto-proclaman como salvadoras de la Humanidad, extralimitándose en sus
funciones. Dicha extra-limitación se observa cuando del periodismo de
información se pasa al de denuncia e inquisición, con las correspondientes
campañas y persecuciones mediáticas, en una especie de reproducción simulada de
un legislativo y de un poder judicial paralelos, aunque de papel.
Artículo publicado en El Español (8-3-2017)
martes, 4 de abril de 2017
Ostwald Spengler y la decadencia de Occidente
Ostwald Spengler fue un filósofo alemán de la Historia, autor
principalmente del libro La Decadencia de Occidente (1918),
de gran impacto y alcance mundial en el Periodo de Entreguerras, pero
relativamente olvidado desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la fecha.
Ahora, a consecuencia de
la interpretación por el historiador norteamericano Samuel
Huntington de la pasada guerra de los Balcanes, que llevó a la
desmembración de Yugoslavia y de los ataque a la Torres Gemelas de Nueva York
por el radicalismo islámico, como un “choque de Civilizaciones”, está volviendo
a despertar el interés actual por su concepto de las Civilizaciones como
círculos culturales (Kulturkreise) irreductiblemente cerrados, que
inevitablemente tienden a chocar entre sí cuando entran en contacto. En España
fue introducido por Ortega y Gasset, quien
impulsó la edición de La Decadencia de Occidente en
Espasa Calpe (1923) en la magnífica traducción de Manuel García Morente. Ortega se apoyó entonces en
Spengler para decir que la llamada Primera Guerra Mundial no había pasado de
ser una guerra entre los imperios occidentales (inglés, francés, alemán, ruso y
austro-húngaro). No había por tanto sido realmente mundial o global, como
diríamos hoy, pues era una guerra interna de la propia Civilización europea sin
afectar seriamente a otras grandes Civilizaciones, como la Hindú o la China.
En el título de su obra se
diagnosticaba la decadencia de la gran Cultura europea que,
pasada ya su época clásica, comenzaba a declinar ahogándose en terribles
guerras intestinas por intereses puramente económicos y pronosticaba por ello
el final de su democracia y la llegada de un poder cesarista despótico. Dicho
nuevo poder no serían, en su opinión, precisamente los nazis hitlerianos, que
lo condenaron a una especie de ostracismo, pues el “socialismo
prusiano” de Spengler proponía una aristocracia meritocrática
regeneracionista que no encajaba con la dirección del socialismo nazi integrada
mayormente por cuadros de partido brutalmente racistas e ignorantes. Dicho
poder sería para Spengler más bien Rusia, la llamada Tercera Roma. Su error más
importante fue entonces infravalorar a la otra posibilidad de poder que eran
los norteamericanos, un pueblo también joven frente a la decadente y envejecida
Europa. El pueblo ruso era visto por Spengler como un “pueblo de pueblos” que
llevaría la promesa de una nueva civilización, una nueva Roma. En esto creemos
que se equivocó, pues otros ven ahora la Tercera Roma naciente en USA.
Pero, quizás lo que
todavía puede perdurar y ser actual de Spengler es su Historia comparada de las grandes Civilizaciones, que
se han desarrollado a lo largo de la Historia mundial, tratando de obtener
algunas leyes históricas que se deducen de las analogías y repeticiones que se
extraen de su estudio histórico positivo, según el enfoque que trata de
delimitar la “fisionomía” de las grandes Culturas o Civilizaciones históricas.
Es lo que podemos constatar en el reciente libro de Carlos X. Blanco, Ostwald
Spengler y la Europa fáustica, (Ediciones Fides, 2016) en el que el autor trata
de volver a leer a un Spengler que sigue siendo famoso, pero que ha sido relegado
y postergado en el actual ámbito universitario español. Un Spengler cuyo:
“enfoque fisionómico de las culturas -se trata de delimitar
la ‘fisionomía’ de sus formas históricas- nos dice que las civilizaciones son
mortales, que pueden morir y que tal es su destino común. No son pueblos o
épocas, sino culturas, irreductibles las unas a las otras, los motores de la
historia mundial. Estas culturas no son creadas por los pueblos, sino, al
contrario, son los pueblos los que son creados por las culturas. La Antigüedad,
por ejemplo, es una cultura separada, similar pero totalmente distinta de la
cultura fáustica occidental. Todas las culturas obedecen a las mismas leyes orgánicas del
crecimiento y de la decadencia. El espectáculo del pasado nos
informa, pues, sobre lo que todavía no ha sucedido”.
De este enfoque se deduce
que la Civilización Occidental no seguirá progresando indefinidamente
como si fuese inmortal, pues ninguna Civilización anterior lo ha conseguido.
Lo más razonable es pensar que acabará declinando como las anteriores. Esto no
sería un mero pronóstico pesimista, sino un diagnóstico resultado de la
observación y el conocimiento histórico, de la misma manera que no nos
convertimos en agoreros pesimistas por decir que la vida humana se encamina
necesariamente hacia la muerte, pues ello es “ley de vida” a la que no cabe más
que resignarse. Más bien nos permite organizar con más realismo nuestro plan de
vida y nuestras expectativas futuras de una forma adecuada a la edad en que nos
encontramos. El viejo no puede volver a ser joven, pero
puede orientar y aconsejar el camino que deberían seguir los más jóvenes.
Manuel F. Lorenzo
Artículo publicado en El Español (30-3-2017)
Manuel F. Lorenzo
Artículo publicado en El Español (30-3-2017)
domingo, 5 de marzo de 2017
La rebelión de las minorías
El hecho quizás
más importante, socio culturalmente hablando, en la vida mundial de las últimas
décadas nos parece que es el, ya tantas veces señalado, de la "revolución
mediática", con la conversión que conlleva de la vida pública en algo próximo
a lo que Mcluhan llamó la "aldea global".
Hecho que se ha
traducido también en la irrupción de lo local, minoritario y periférico, antes
relegado y que ahora prácticamente alcanza un grado de expresión inusitado,
desplazando en muchos casos a lo tenido por valores centrales, universales,
cosmopolitas, etc. La moda de los espectáculos musicales étnicos, de los
problemas de los emigrantes forasteros, de los ecos y cotilleos de la sociedad
local, de la cultura como espectáculo y entretenimiento banal, llenan hoy prácticamente
los medios audiovisuales, o al menos acompañan continuamente a otros contenidos
de tipo cultural más elevado, que si no han desaparecido totalmente, tienden a
ser neutralizados progresivamente, al ser equiparados, para muchos efectos, con
aquellos.
Podría pensarse
que esto es lo ideal y que, en definitiva, al fin se consigue una liberación
largamente ansiada en la que se paga el precio de un cierto caos o
desfondamiento de valores generales o universales, una caída en el localismo,
para que se puedan manifestar libremente, y en condiciones de igualdad
diferencial, determinados colectivos sociales tradicionalmente minoritarios o
localistas (gays, feministas, nacionalistas, regionalistas, etc.).
También es un
hecho que anteriormente ninguno de estos colectivos, a pesar de que existían
múltiples periódicos o incluso diversas cadenas de radio y televisión, tenían
una presencia tan importante como la alcanzada en los últimos años. Pero,
además, estos grupos no solamente aparecen bajo estas fórmulas, lo que podría
entenderse como una política sensata de búsqueda de unidad frente a problemas
comunes a las minorías integrantes, sino que curiosamente tratan de ser, no un
mero complemento o rectificación de la política de las mayorías, naturalmente
dominante en la democracia, sino que tratan, muchas veces, de suplir a la
propia mayoría, de convertirse en su alternativa.
Y por ello se
hacen ver tratando de ocupar en los medios de comunicación los lugares
reservados hasta ahora a las mayorías. Las minorías han dejado por ello ya de
ser el coro de la escena democrática para empezar a convertirse en los
protagonistas. Si para Ortega el hecho nuevo que rige la primera mitad del
siglo XX es "la masa, que, sin dejar de serlo suplanta a las minorías
", para nosotros, por el contrario, y parodiándole, el hecho nuevo de la
segunda mitad del siglo XX, se puede formular invirtiendo los términos: las
minorías que, sin dejar de serlo, suplantan a las masas (Ver Manuel F. Lorenzo, La rebelión de las minorías, 2006).
Es preciso por
ello constatar los cambios políticos que ha sufrido la democracia en las
últimas décadas que la han convertido en una democracia degenerada, atravesada
de escándalos y de corrupciones. La consecuencia necesaria que aparece, no ya
como un abuso, sino como el uso debido que se desprende en tal situación, es la
existencia de una hipo-democracia en la que, como reacción natural, las
minorías actúan ya sin ley, como lobbies o grupos de presión, imponiendo por la
fuerza y al margen de la ley, o por impotencia de la misma, sus aspiraciones
minoritarias.
Es cierto que
las minorías, que habían empezado a brotar y organizarse como tales, a
principios del pasado siglo, desertaron durante un tiempo de la vida pública o
fueron aplastadas o mantenidas a raya por el papel predominante de las masas en
la democracia. Eso ocurrió ciertamente en el periodo de dominio del comunismo
estalinista y del fordismo americano, es decir durante la Guerra Fría. Y en
España durante el franquismo. En aquella época los intelectuales de izquierda
todavía estaban subordinados a las masas y lo contrario se veía como una
enfermedad infantil izquierdista. Paulatinamente los intelectuales irán pasando
a engrosar las filas de los micro-nacionalismos y los regionalismos localistas,
de los diferencialismos sexuales o de género, etc.
Lo
característico de hoy es que el minoritario fanático tiene ya la fuerza
suficiente para afirmar el derecho al fanatismo, al fundamentalismo, y trata de
imponerlo por todos los medios. Si en la época de la rebelión de las masas ser
diferente era indecente, en la época de la rebelión de las minorías, lo
indecente es "estar integrado" en los gustos y costumbres
tradicionalmente mayoritarios. Las minorías rebeldes desprecian pues todo
lo nivelador, universalista, cosmopolita. Ahora lo que cuenta es sentirse
diferente y tratar de vivir al margen de lo tradicional, encarnación de Satán,
poco más o menos. Es el triunfo de lo “políticamente correcto” que, como todo
exceso, ha provocado ya su primera reacción en la figura de Trump, en una
dirección que parece la exactamente contraria.
Artículo publicado en El Español (17-2-2017)
lunes, 6 de febrero de 2017
El pensamiento “a mano”. En torno al “Pensamiento Hábil”
Ofrecemos, en lo que sigue, el enlace a una Reseña de dos de mis libros, y su contraste con el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, realizada por Carlos Javier Blanco Martín, Doctor en Filosofía (España), en La Razón Histórica. Revista Hispanoamericana de Historia de las Ideas,
El enlace a la Reseña es el siguiente:
https://www.revistalarazonhistorica.com/35-2/
El enlace a la Reseña es el siguiente:
https://www.revistalarazonhistorica.com/35-2/
miércoles, 11 de enero de 2017
La Constitución española y Leibniz
G. W. Leibniz,
el filósofo alemán de quien conmemoramos el pasado año el tercer centenario de su
muerte, ejerció cierta influencia en algunas ideas políticas de Ortega que
tienen que ver con su concepción liberal y autonomista en relación con la forma
de afrontar la Reforma Constitucional en España. Leibniz puede ser tomado como
modelo de una posición filosófica cuidadosa de evitar los excesos de los
extremos, navegando entre scila y caribdís.
Por ello queremos resaltar aquí el leibnizianismo profundo de
Ortega al diseñar el modelo de la división territorial en Autonomías que se
plasmó en la Constitución de 1978. Pues lo esencial en él es el entendimiento
de la realidad como una realidad plural, constituida por una multiplicidad de
mónadas o unidades políticas, las Regiones Autónomas, a las que el Estado
central, cual mónada de las mónadas, crea y dota de las Competencias necesarias
para que puedan vivir y desarrollarse sin necesidad de ventanas al exterior, es
decir sin tener que, en lo sustancial, recurrir continuamente a Madrid o a
otras Autonomías más ricas.
Pues se establece desde el principio una separación de
poderes locales y nacionales, por la cual las Competencias regionales no son,
para decirlo al modo de Spinoza, al que Leibniz se oponía, meras atribuciones
de una única Sustancia de Poder residenciada en Madrid, sino que son
atribuciones pre-programadas de una pluralidad de sustancias creadas por la
mónada central, las cuales no existirán o perdurarán por un mero mandato
centralista, sino que ello será posible en tanto que sean composibles con las
mónadas restantes. De ahí que la creación de estas unidades regionales deba ser
leibnizianamente calculada con gran precisión, como muestra el ejemplo
orteguiano de la definición operativa de la Autonomía andaluza, partiendo del
pequeño municipio que vive de una plantación de olivos, que no se detiene
en los límites del municipio, sino que envuelve al siguiente y al de más allá,
rebasando incluso la provincia, constituyendo una unidad de producción que requiere
para su óptimo funcionamiento la creación de la completa entidad regional.
Según este criterio, se justifica asimismo la existencia de una comunidad tan
pequeña como La Rioja por la importancia y la fama de sus vinos, o de 1as
Baleares por el turismo.
En segundo lugar, el papel que le corresponde a Ortega con
respecto a la regeneración de España podría parangonarse con el que le
corresponde a Leibniz respecto a 1a regeneración y modernización de Alemania.
Pues su propuesta para la Reforma del Sacro-Imperio está realizada desde una
Realpolitik que elude todo utopismo e idealismo y tiene en cuenta los
particularismos localistas. Leibniz se convirtió cada vez más en abogado de la
autonomía de los Estados particulares, pues era la única que podía garantizar
un resurgimiento económico del decaído Imperio Sacro Germánico, cuando la
soberanía del emperador languidece y se convierte en un obstáculo en lugar de
ser un motor de progreso. Leibniz pensó entonces de manera más sensata que los
partidarios de un patriotismo fanático.
De manera semejante a Locke, aunque en una dirección muy
diferente, habría propugnado una separación de dos poderes para regenerar la
política alemana, los poderes del Emperador y los de los Länder o estados
particulares. Ortega se asemeja a Leibniz al distinguir, dentro del
Estado español, el Poder de las Regiones o Grandes comarcas, equivalentes de
los Länder alemanes. De tal forma que el programa orteguiano pasa por
distinguir y separar rigurosamente el poder supranacional ("Europa es la
solución"), el Poder de Madrid, el poder de las Regiones, y por último el
Poder Municipal. La articulación de dichos Poderes debe ser objeto de preciso
cálculo, sustanciado en las transferencias de Competencias en el número y
medida que garanticen la composibilidad leibniziana.
Es curioso observar también cómo la modernización de países
como Inglaterra o Francia se basó esencialmente en la separación de poderes
propugnada por Locke y Montesquieu, continuando mezcladas las cuestiones
nacionales y locales, lo cual no representó obstáculo alguno para el éxito de
ambas Revoluciones, mientras que en la modernización de Alemania o de
España predomina la separación leibniziana de lo nacional y lo local,
padeciendo de confusión la separación del Poder Judicial, con el característico
y germánico Tribunal Constitucional, que en la actual España autonómica depende
excesivamente de cuotas de partidos. Aunque este obstáculo encuentre cierto
contrapeso en el carácter indomable y orgulloso del tradicional individualismo
anarquista ibérico, cuya manifestación extrema lleva, en situaciones críticas,
al radicalismo quijotesco representado hoy por Podemos.
Artículo publicado en El Español (15-12-2016)
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Autonomías,
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