lunes, 10 de octubre de 2016

No sabemos lo que puede una mano

     El estudio científico de la mano es muy reciente. Su papel fundamental en el aprendizaje empezó a ser puesto de relieve en el último tercio del pasado siglo por la paleo-antropología, la neurología, la lingüística, al plantearse preguntas sobre los cambios manuales, que propiciaron la construcción y el uso de herramientas en los homínidos, o el papel que desempeñaron los gestos simbólicos proto-lingüisticos que sirvieron para organizar y transmitir los procedimientos de construcción de hachas u otros instrumentos técnicos que devinieron trascendentales para la supervivencia de los homínidos.
     El libro de Frank R. Wilson, La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (Tusquets, Barcelona, 2002), marcó un hito importante en la llegada al gran público (el libro fue nominado como finalista en el apartado de divulgación científica de los famosos Premios Pulitzer) de la tematización científica de esta humilde parte del cuerpo, a la que no se le concedía demasiada importancia al tratar de cuestiones tan importantes como la cultura o la propia inteligencia humana. Esta infravaloración tradicional de las manos se nos presenta ahora, tras estas nuevas aportaciones científicas, como un prejuicio inveterado que habría que remontar a Aristóteles, el cual, en De Partibus Animalum, habría tergiversado la frase atribuida a Anaxágoras de que “el hombre es más inteligente que los animales porque tiene manos”, en el sentido de que el tener manos dependía de ser más inteligente por tener un cerebro superior.
     La paleo-antropología evolucionista ha apuntado, en la dirección contraria a Aristóteles, al sostener que el cerebro humano podría haber dado un salto decisivo desde el tamaño del cerebro de un mono hasta el mucho mayor del cerebro humano, debido principalmente al uso de herramientas, posibilitado por las transformaciones en las manos. Por tanto, que el cerebro creció al perfeccionarse las manos y no que las manos procedan de un cerebro superior previo a ellas.
     Frank Wilson, que relata de modo riguroso y ameno en su libro muchos de estos hallazgos científicos en la evolución de los homínidos, se encontró con el tema de las manos como consecuencia de su profesión de neurólogo en su consulta del Peter F. Ostwald Health Program for Performing Artist de la Universidad de California, en San Francisco. Tratando a músicos profesionales que padecían serias lesiones o calambres en sus manos que les impedían continuar su profesión o una brillante carrera de pianista o guitarrista, se vio obligado a comprender la mano como un órgano mucho más complejo y misterioso de cómo se lo solía ver por la medicina clásica. Pues la causa de los movimientos de las manos de un músico no se explica solo sin pasar de la muñeca, ya que, bajo la piel, hay tendones y nervios que se prolongan en el brazo, el cual es una especie de grúa muy compleja dotada de una biomecánica propia. Pero, los nervios no terminan en el brazo sino que continúan hasta la médula espinal, la cual está en conexión con el cerebro. A su vez, sabemos que lesiones o enfermedades que afectan a determinadas zonas del cerebro pueden tener efectos característicos en la movilidad manual.

     La relación de la mano con el cerebro, esa parte del cuerpo humano que continúa siendo poco conocida, a pesar de los avances de las últimas décadas, hace que no podamos saber hoy todavía lo que puede una mano. De un modo semejante, el filósofo Spinoza, al tratar de la relación filosófica del cuerpo con el alma, planteada de forma dualista por el cartesianismo, sostenía que “... nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo” (B. Spinoza, Etica, Parte Tercera, Prop. II). Hoy, como en los tiempos de Spinoza, podríamos decir que no conocemos lo que puede la mano, porqué no conocemos todavía completamente la fábrica del cuerpo, sobre todo en las complicadas funciones cerebrales. Pero Wilson no se queda aquí sino que pretende también elevarse a una consideración más profunda que la meramente científica, una consideración más básica que afecta al sentido de la propia vida humana. Wilson se remite para justificar tal afirmación a la experiencia en su tratamiento de músicos para los que su habilidad manual, ampliamente desarrollada y ejercida, constituye una fuente de satisfacción inmensa que llena plenamente toda una vida.


     Una satisfacción que se puede relacionar con aquella que buscan tantos oficinistas o trabajadores que llevan a cabo tareas repetitivas, automatizadas y tratan en su tiempo de ocio de dar salida a sus impulsos y habilidades manuales residuales con los deportes espectáculo, la caza, la pesca, los juegos de ordenador, las fantasías fílmicas violentas, etc. Las manos pueden ser vistas, por ello, como una palanca o trampolín con un significado filosófico profundo y básico que actúa como garante de la racionalidad del mundo en el que vivimos.
Artículo publicado en El Español (26-8-2016)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La aristofobia universitaria española

   Hace poco, en uno de los canales televisivos de que disponemos, pude volver a ver la serie televisiva sobre la vida de nuestro ilustre neurólogo Santiago Ramón y Cajal, que en su momento se estrenó en la televisión pública. Entre las muchas cosas que me volvieron a sorprender hubo una en especial: el hecho de que don Santiago, durante sus primeros años de investigador tenía que auto-editarse sus trabajos científicos, los cuales enviaba a los colegas de profesión, obteniendo como respuesta sistemática el silencio. Ni una cita, ni una mención de sus artículos, hoy considerados extraordinarios. Solo cuando dichos trabajos entraron en conocimiento de colegas extranjeros, con ocasión de su viaje a un congreso científico en Berlín, consiguió romper ese silencio y ausencia de valoración positiva o mínimamente crítica que padecía en la Universidad patria.

  Aquella era la Universidad de la llamada Restauración decimonónica. Un régimen político institucional que mantiene tristes semejanzas con el de la España de las últimas décadas. Por ello, un siglo después vuelve a repetirse para muchos investigadores universitarios la triste experiencia de los inicios de Cajal. Una Universidad española desprestigiada en los rankings internacionales por su escasamente relevante investigación. Las excepciones de rigor son precisamente aquellas de investigadores que han conseguido, como Cajal, obtener reconocimiento en las universidades extranjeras donde la investigación es puntera. Muchas veces el mérito es debido a equipos de investigación constituidos en redes internacionales, como ocurre en la investigación biológica del código genético. Pero lo que caracterizaba a Cajal era el ser durante años un investigador solitario. De ahí le viene ese halo de héroe científico. Una especie de Quijote en lucha desigual con los malandrines de turno. De ahí que haya sido elevado a héroe nacional en España porque trataba con su actitud intransigentemente incorruptible, de remover obstáculos y vicios nacionales que parecían hacernos incapaces para la ciencia. Y he aquí que estos vicios nacionales  hoy vuelven a estar como en los tiempos de don Santiago. Creo que ello se debe a que no hemos tomado nota, como se debía, de las reflexiones de nuestro primer filósofo moderno de talla, Ortega y Gasset, cuando señalaba con valentía nuestro gran defecto nacional: la aristofobía, el odio a los mejores.  
   Pero no nos pongamos trágicos ni veamos fantasmas negro-legendarios en torno a este sangrante y triste asunto, del que no nos ocuparíamos aquí si no fuese porque, después de una la larga experiencia de las últimas décadas, constatamos que seguimos más o menos como en los tiempos de don Santiago. El defecto es el equivalente en el mundo intelectual al particularismo o localismo que Ortega denunciaba en la vida política nacional. Creer que se puede impulsar la creación científica o de pensamiento en España a niveles internacionales, sin tener en cuenta este defecto, es pensar como una paloma que creería volar mejor si se eliminase la resistencia del aire en un cielo idealista y platónico. Seamos realistas y tengamos en cuenta este defecto que nos caracteriza, como a los ingleses la hipocresía, a los franceses la avaricia (Moliere) o a los alemanes la barbarie. Dichos pueblos, aliados históricos unas veces y otros rivales nuestros, nos han dejado atrás en la ciencia y el pensamiento porque han sabido encontrar una medicina mentis para, sino eliminar, si neutralizar su defecto constitutivo. Frente a la hipocresía social, los ingleses han desarrollado el artefacto ortopédico del individualismo liberal como reza la obra de Herbert Spencer, El individuo contra el Estado. Los franceses, frente a la avaricia, han inventado el socialismo de la igualdad y la fraternidad. Los alemanes, frente a la barbarie de la Mittel-Europa sin romanizar, han inventado la ética kantiano-prusiana del imperativo categórico. 

  ¿Qué podemos hacer los españoles ante la fobia frente a lo excelso y distanciado que nos caracteriza mayoritariamente? Ortega lo resumía en una frase: imperativo de selección. La selección de las élites de la ciencia y del pensamiento se ha hecho tradicionalmente desde Madrid. Pero Madrid, por ese defecto característico español, no pudo ser lo que fue un Londres, un Paris o un Berlín para la ciencia y la filosofía. El nuevo espacio, la nueva sede de la República de las ciencias y el pensamiento español, es hoy Internet y los media que nos ponen en comunicación a decenas de países y cientos de millones de hablantes hispanos, la mayoría de los cuales han heredado muchas cosas nuestras, como la lengua y las universidades, pero no padecen de aristofobia en el mismo grado letal que nosotros. Por ello pueden ayudarnos hoy con su selección cotidiana como lectores o espectadores a neutralizar el grave daño y sangría que padecemos en la selección de los mejores.  
Artículo publicado en El Español (13-7-2016)

lunes, 15 de agosto de 2016

La filosofía de Gustavo Bueno

     A principios de los 70 se forma la llamada Escuela o “Grupo de Oviedo”, en la que Gustavo Bueno inicia una renovación y profundización en el marxismo.  Emprende entonces una tarea que le llevará  a reconstruir la filosofía marxista sobre las bases filosófico-escolásticas de una filosofía estricta,  las cuales, en un largo desarrollo, darán lugar a la apertura de críticas profundas al propio marxismo. Por ello debemos detenernos en un breve balance de su extensa y densa obra.

     Debido a la influencia y éxito de los noventayochistas en el panorama filosófico de España, la influencia del neopositivismo y del marxismo ha sido tardía y débil en los ambientes académicos de nuestro país, lo que ha convertido a sus defensores, surgidos a finales del franquismo, salvo excepciones, en meros divulgadores o imitadores. Dentro de la influencia del marxismo es donde se produce una de esas excepciones, donde se consigue superar el nivel de la mera divulgación o de la repetición de lo de afuera. Es la representada por el caso inusual de Gustavo Bueno, defensor  de una filosofía estricta (El papel de la filosofía en el conjunto del Saber, 1970), que huye por igual del eclecticismo y de la imitación foránea, tratando con tenacidad de construir un sistema materialista dialéctico de investigación lógico-filosófica, expuesto, p. ej., en sus Ensayos materialistas (1972) y desarrollado, en gran parte por el mismo, en sus principales obras: La metafísica presocrática (1974), El animal divino (1985), Primer ensayo sobre las categorías de las "ciencias políticas" (1991), Teoría del cierre categorial (1992), El sentido de la vida (1996). A partir de entonces, su obra escrita se centra casi exclusivamente en el ensayo filosófico de carácter político y social, con la publicación de libros de éxito editorial como son, entre otros, El mito de la cultura (1996), España frente a Europa (1999), El mito de la izquierda (2003), España no es un mito (2005), La fe del ateo (2007), El mito de la derecha (2008).

     Como un tenaz explorador, en sus comienzos, Gustavo Bueno trata de profundizar filosóficamente en el marxismo con la ayuda sobre todo de los nuevos avances científicos proporcionados por las Ciencias Biológicas, Lógicas, Humanas y Etológicas, principalmente, con el fin de fundamentar con rigor académico un Materialismo filosófico que supere las debilidades del Materialismo clásico (marxista y pre-marxista). Pero lo que nos interesa subrayar aquí, en relación con la construcción de una filosofía sistemática en España, a la “altura de los tiempos”, como Ortega pretendía sin conseguirlo, por su tendencia al ensayismo, son los avances puramente especulativos que la sistematización buenista realiza. En primer lugar, en consonancia con el auge del marxismo, al que Sartre había definido entonces como la filosofía de la época, la Idea de Vida orteguiana es sustituida por la Idea de Materia, como el autentico punto de partida filosófico. Pero más interesante que esta re-exposición ontológico escolástica del materialismo, nos parece la concepción operacional del conocimiento científico, desarrollado, a nuestro juicio, por influencia de Jen Piaget principalmente, en su monumental Teoría del Cierre Categorial y que se extiende al análisis operacional de los campos éticos, morales, políticos y antropológicos.

     Lo más llamativo de la exitosa producción tardía de ensayismo político de Gustavo Bueno es su distanciamiento de la izquierda política social-comunista, con la que convergió inicialmente en sus planteamientos filosóficos materialistas. No obstante, no se puede dejar de valorar su modo de pensar las cuestiones políticas de forma sistemática  y  profunda,  algo  que  se echaba de menos en la tradición marxista en España.


     Por otra parte, hay una contradicción más profunda que atraviesa toda su obra desde su inicio, provocada por lo que denominaríamos la estructura centáurica de su “sistema” constituida por la mezcla de dos figuras bien definidas, que proceden de tradiciones separadas y opuestas: la escolástica pre-kantiana de su Ontología, inspirada en el aristotelismo de Christian Wolff, y la gnoseología post-idealista de influencia científico-positiva piagetiana. Una asimilación crítica, y no meramente continuista de su filosofía, debería tratar de criticar, esto es, de separar el grano de la paja, que es lo que intentamos llevar a cabo algunos discípulos tenidos por heterodoxos. En tal sentido, consideramos que es la metodología operacional del conocimiento la que habría que desarrollar de forma consciente y sistemática, lo que nos llevaría al abandono de su rancia filosofía realista-escolástica y su sustitución por una nueva filosofía más en consonancia con tales planteamientos.


Artículo publicado en El Español (8-8-2016)

Más sobre Gustavo Bueno en este Blog:






viernes, 5 de agosto de 2016

La Filosofía y el nuevo conflicto de las Facultades

     Es noticia de actualidad el conflicto suscitado en la Universidad Complutense debido a una propuesta del actual Rectorado por la que desaparecería la Facultad de Filosofía, que no los estudios como tales, al quedar incluidos estos en la Facultad de Filología. La verdad es que tal como han reducido hoy en la mayor parte de las Facultades de Filosofía española -como reflejo y mera imitación de lo que se suele hacer en general en Europa y en USA- la enseñanza de la Filosofía al conocimiento de los textos históricos de Platón, de Kant, de Hegel de Marx, Heidegger o Wittgenstein, no deja de ser una medida consecuente, que no gusta, sin embargo, porque parece que se relega a la Filosofía a un papel secundario en la organización de los estudios superiores. Por ello algunos profesores protestan indignados y se rasgan las vestiduras sagradas de los mantos de Platón o Kant con que se adornan, aunque sean culpables por acción u omisión de haber llevado a la ilustre en otro tiempo profesión filosófico-académica a tan lamentable situación.
    Es preciso recordar, para entender lo que está ocurriendo, que en España han reducido a la Filosofía al terreno de los alumnos llamados de letras, cuando la famosa Crítica de la Razón Pura de Kant no se puede entender si no se tiene una mínima noción de la Física de Newton, ni se entiende el método de Descartes o de Spinoza sin una base de Geometría. Como contrapartida han desterrado la Filosofía de los estudios de ciencias naturales y matemáticas. Incluso en los Departamentos de Filosofía donde domina la tradición positivista analítica el tema principal de investigación se centra en el lenguaje ordinario y no tanto en la reflexión sobre los “lenguajes” de las ciencias.
     Sin embargo en USA, donde se impuso el positivismo filosófico, hay una mayor presencia de la Filosofía en Congresos sobre los problemas del conocimiento en general y de sus aplicaciones científico tecnológicas de gran impacto social, como la robótica, los ordenadores, etc. Es en este campo denominado de las Ciencias Cognitivas, de gran impacto en lo que denominan la actual Sociedad del Conocimiento, donde hoy la Filosofía no se limita a leer e interpretar textos, sino que propone nuevas explicaciones del conocimiento y del ser humano, como se comprueba en el gran impacto de una escuela denominada Embodied Mind, impulsada principalmente por dos científicos chilenos formados en la tradición filosófica de la Fenomenología de Husserl, Humbert Maturana y Francisco Varela, que remiten también al racio-vitalismo de Ortega y Gasset. Una importante aportación hispana en el corazón de USA.

     Aquí en España, creo que por el predominio de la aristofobia, se ha marginado la filosofía de creación, -discutible sin duda, pero creación filosófica- representada al fin y al cabo, por ejemplo, por Gustavo Bueno o por el ya fallecido Eugenio Trías, a favor de los meros divulgadores de las modas filosóficas parisinas o británicas. Por eso la Filosofía académica en España está desprestigiada y cada vez más relegada en la enseñanza.
     Otro problema es que sea también víctima de un conflicto entre las Facultades que guarda semejanzas con aquel que se dio en la época de Kant en la que la Filosofía se consideraba una Facultad “inferior” en relación con las tenidas por Facultades “superiores”, como las facultades de Teología, Medicina o Derecho, por su mayor importancia para el Gobierno de las monarquías absolutas. Hoy podemos decir que la Facultad de Filosofía deviene de nuevo en “inferior” frente a las facultades de ciencias (naturales y humanas) por la mayor importancia de estas en las democracias que caminan hacia un totalitarismo tecnológico.
     Kant reconocía que el precio que pagaban las Facultades “superiores” para disfrutar de sus privilegios en la Universidad (p. ej., derecho de censura de la de Teología sobre la de Filosofía, en tiempos de Kant; hoy derecho a la parte de león del presupuesto (becarios, dotaciones) de las de Ciencias sobre la de Filosofía), dicho precio estaba en relación con su renuncia a la libre investigación (los teólogos entonces se sometía al Dogma eclesiástico y no osaban ponerlo en duda; los científicos hoy se someten, ante una investigación cada vez más cara en grandes laboratorios o gigantes aceleradores de partículas, a los dictados de las grandes corporaciones industriales o de los propios gobiernos que controlan centros como la Nasa, el CERN, y que persiguen fines económicos o políticos para los que puede no ser tan importante la búsqueda de la Verdad). Por el contrario, la filosofía académica, hoy como ayer, ha vuelto a perder su prestigio social, pero como compensación, como decía Kant, puede seguir buscando libremente la Verdad y garantizando la continuidad de las sociedades liberales que la engendraron.
Artículo publicado en El Español (24-7-2016)

 


miércoles, 20 de julio de 2016

Un error de Podemos

     Uno de los errores que ha impedido el crecimiento electoral de Podemos ha sido la glorificación que vienen realizando de la II República, como si se tratara de un periodo de plenas libertades y añoradas tolerancias míticas. Una revisión histórico-crítica de la República y de la Guerra Civil (que no tienen interés en hacer) vendría impuesta por dos cambios históricos acaecidos en las últimas décadas. Uno a nivel mundial y otro a nivel nacional.

     El primero fue la caída del Muro de Berlín. Este hecho significó la puesta en cuestión del proyecto marxista de superación del capitalismo y del régimen político liberal originado con las Revoluciones inglesa y francesa. El “sueño de la razón” igualitarista condujo a un despertar terrible de totalitarismo político y a la militarización propia de la sociedad soviética. Las luchas y guerras que se habían iniciado con las rebeliones de 1848, la Comuna de París y la Revolución Rusa habían llegado a su fin. El final de la Guerra Civil Española no supuso un desenlace certero, pues con la Guerra Fría, que tanto favoreció al Franquismo en sus inicios, se mantuvieron las espadas en alto a nivel mundial.

     Solo después de la caída del Muro cabe una crítica histórica libre de presiones ideológicas sobre lo entonces acontecido, que es lo que se está empezando a hacer en el actual proceso de revisión histórica de la Guerra Civil Española. Lo que me parece más novedoso es que se está viendo la brutalidad de la reacción fascista en el marco de una brutalidad iniciada por la violencia revolucionaria de la mayor parte de la izquierda marxista. Es como si nos hubiesen presentado el famoso grupo escultórico del Laocoonte, expuesto hoy en el Vaticano- que representa a un sacerdote y sus dos hijos en el momento que son atacados por dos serpientes monstruosas que, rodeando sus cuerpos, los agreden mortalmente -, suprimiendo tales serpientes. Lo que veríamos serían a tres individuos desnudos, realizando extrañas gesticulaciones y contorsiones carentes de todo significado para nosotros y propias de gente exaltada o loca. Pero si nos muestran las estatuas con las serpientes rodeando sus cuerpos y atacándoles, comprenderíamos inmediatamente la causa de tal conducta. En ese sentido, podemos afirmar que el igualitarismo social se convirtió en un veneno mortal para el progreso social en el momento que traspasó, extralimitándose, todas las reglas instauradas por las conquistas democrático-liberales logradas por la modernidad.

     El otro cambio decisivo tuvo lugar a nivel nacional. Fue la famosa Transición a la democracia, iniciada en 1975. Dicho cambio consistió en la instauración de un régimen democrático parlamentario, en la línea de las propuestas contenidas en quienes propugnaron en su momento una “rectificación de la República”, como Ortega y Gasset o Melquíades Álvarez. Es decir, por lo menos en la línea de Melquíades, el líder del Partido Reformista, se cumplió el deseo, solicitado en vano a Alfonso XIII, de que el Rey convocase una Asamblea Constituyente en la que se elaborase una Constitución democrática que superase los llamados “obstáculos tradicionales” (libertades públicas, descentralización administrativa, libertades sindicales, etc.) que impedían la incorporación de España al lugar avanzado que habían alcanzado sus históricos rivales como Francia o Inglaterra. Con esa reforma, elaborada desde arriba y refrendada posteriormente por el pueblo, se produjo con éxito un paso equivalente en importancia al dado en Inglaterra al aceptar las propuestas renovadoras de John Locke.

     En España estamos inmersos en un proceso de Gran Reforma política que fue anuciado por diversos intelectuales, desde Jovellanos a Ortega. La duda radica en si seguiremos el modelo francés, el inglés o inauguraremos uno nuevo. El modelo francés requiere la aparición de una sublevación, como la socialista del 48, que ponga en peligro la Ley y el Orden, lo cual está empezando a ocurrir con el avivamiento de las tensiones independentistas y el ascenso de Podemos.

     El otro modelo, el inglés, exigiría que el nuevo Rey, aliado con el Regeneracionismo que propone Ciudadanos, empleara todo su poder e influencia para frenar los excesos que está llevando a cabo una parte muy poderosa de la oligarquía política todavía dominante. Tarea difícil porque la monarquía española, al igual que la inglesa, tampoco gobierna, si bien reina aún menos. Y además, el pueblo español, a diferencia del inglés, tiende a rechazar y a mofarse de todo lo que se presenta como solemne y elevado, como hoy observamos gracias a la llamada “televisión basura". Valga esta comparación histórica para tomar conciencia del gran proceso reformista en el que estamos inmersos.




Artículo publicado en El Español (1-7-2016) 

lunes, 4 de julio de 2016

Ortega y las Autonomías

     Ortega, en La redención de las provincias, se da perfecta cuenta de que es necesario hacer un vestido nuevo y a medida del cuerpo político español. Ahí es donde, en el capítulo final, hace la propuesta de autonomía para todas las regiones españolas que él fija en una división muy similar a la actual. Dicha propuesta autonómica surge como resultado de la crítica del centralismo de la Restauración canovista. Por ello hay que entender las autonomías dialécticamente como negación y superación del fracasado sistema centralista de la Restauración. Todo el libro, para el que lo quiera ver y leer, está hecho según el modelo de lo que los matemáticos llaman una demostración por reducción al absurdo: Ortega parte de que la Constitución canovista era bien intencionada, pero al ponerla en marcha, como España no es Inglaterra o Francia, donde constituciones similares habían funcionado, no funcionó, apareciendo los famosos monstruos de la oligarquía y el caciquismo.

     Por ello Ortega señala que España, a diferencia de aquellos poderosos países, es un país donde predomina el localismo. Ese localismo hizo que Madrid no haya jugado el papel dirigente y de prestigio cultural de un Londres o París. La influencia de Madrid terminaba pasando la sierra de Guadarrama. El localismo o particularismo, para Ortega, es la circunstancia española y por eso, en vez de negarlo o reprimirlo habrá que utilizarlo diseñando un nuevo dispositivo territorial que permita explotar sus virtualidades políticas. El localismo es, según Ortega, la resistencia que en España se presenta a toda reforma regeneradora, por ello en vez de soñar con eliminarlo, como la paloma platónica que creería poder volar mejor sin la resistencia que el aire le opone, lo mejor sería construir un dispositivo aerodinámico que nos permita aprovechar dicha resistencia para, apoyándonos en ella, conseguir levantar el vuelo y despegar políticamente.
     Las Autonomías, por ello, no son una mera improvisación, pues están calculadas por Ortega siguiendo la tendencia liberal de introducir una nueva división del poder, la que conlleva la separación de los poderes nacionales de los locales, propia de los que hoy llamaríamos la democracia de la Tercera Ola de Toffler. Ahora bien, separación de competencias no implica compartir soberanía. Por eso Ortega, en sus intervenciones en las Cortes de la República, defendió el Autonomismo contra el Federalismo que se quería imponer por parte de los republicanos y socialistas. Además les dijo aquello de que el federalismo, como el de Alemania, más que descentralizar, podía ser de tendencia centralista. Pero si España, por su carácter unitario histórico y su localismo irreductible, precisaba de descentralización, lo acertado era el régimen Autonómico. A Ortega no le hicieron caso aquellos republicanos dominados políticamente por Azaña.
     La sorpresa, para mí, se produjo con Suárez y la Transición a la Democracia: unos falangistas aperturistas imponiendo las Ideas políticas de Ortega. Por supuesto que la Constitución de 1978 no es exactamente, en lo que respecta al importante y novedoso capitulo Autonómico, fiel a la letra del filósofo. Por ejemplo, en el caso de la diferenciación entre nacionalidades y regiones. Pero considerando que, del dicho al hecho siempre hay un trecho, la actual Constitución incorpora el espíritu de Ortega. Por ello, creo que como filósofo político ha tenido la gloria de influir en la historia, con su propuesta de separar los poderes nacional y local, como en su tiempo lo tuvo Locke en Inglaterra, con su propuesta de separación del poder ejecutivo y el legislativo. Después de Locke vino el primer ministro Walpole, con el que la izquierda de entonces llega al poder, gobierna unos quince años y se corrompe. Pero Inglaterra supo reponerse sin tener que renegar de Locke ni volver al Absolutismo monárquico. Tratemos por ello de arrojar esta agua sucia de la corrupción pero con cuidado de no tirar también al niño autonómico.
     Pues Ortega señala claramente qué competencias se deben ceder y cuáles no, lo mismo que señala que la propia Autonomía se debe suspender en el caso de que una región enseñe sus bíceps al Estado central, como está haciendo hoy Cataluña. Con respecto a la duplicación de administraciones, de gastos dobles de funcionariado, etc., Ortega también contempla todo esto como un precio político que exige la imposibilidad de acabar con el localismo. Lo mismo con respecto a la Universidad, la cual debería seguir como una competencia central y no caer en el localismo lingüístico. Otra cosa es que los que están hoy al mando de la nave política española, sean malos gobernantes o persigan sus propios fines oligárquicos, para los que les es indispensable estar en el poder a toda costa proponiendo nuevos federalismo o con-federalismos sin haber reflexionado antes lo más mínimo sobre nuestras singulares características nacionales.
Artículo publicado en El Español (3-6-2016)
    

jueves, 23 de junio de 2016

Recordando a Melquiades Alvarez

     Vuelve a la actualidad la llamada “memoria histórica” y la revisión que se viene haciendo últimamente de la Guerra Civil, con las consecuencias de cambios de los nombres de las calles. Se trata con ello de recordar a las víctimas de aquella contienda. Como habrá adivinado el lector por el título, trataré aquí de una en especial, bastante olvidada por tirios y troyanos. Me refiero al ilustre político asturiano, fundador del partido Reformista, Melquíades Álvarez, ilustre víctima de la barbarie de la Guerra Civil.
     Su muerte, aunque no emocione tanto como la del poeta Lorca, si es capaz de conmover profundamente a los pocos que ciertamente nos dedicamos, por oficio o propensión, a analizar con la frialdad del intelecto las cuestiones nacionales. Pues sus ideas y programas políticos han sido las que al final han triunfado en la llamada España de la Transición Democrática. Han sido previstas en su larga actividad política y, finalmente proclamadas en su discurso La Rectificación de la República, -pronunciado en el Teatro Principal de Valencia el día 31 de enero de 1932 y publicado por la Junta General del Principado de Asturias hace unos años en Melquíades Álvarez, Antología de Discursos (Clásicos Asturianos del Pensamiento Político, 2001, Estudio Preliminar de José Girón Garrote)-: la accidentalidad de las formas de Gobierno, aceptada por Felipe González o Carrillo al reconocer la Monarquía, la descentralización autonómica con el sólo límite del separatismo, la libertad de sindicación, etc.
     Después de Jovellanos volvió Asturias a dar otro gran hombre de Estado de mente clara e ideas progresistas que serán llevadas a cabo póstumamente, casi al pie de la letra, con reconocimiento tardío y cicatero. Se equivocó Manuel Azaña al apoyar el sectarismo izquierdista. Se equivocó Indalecio Prieto al apoyar a Largo Caballero en su imitación de los soviéticos. Se equivocaron los fascistas y franquistas recalcitrantes que soñaban con una dictadura eterna. Se equivocó Alfonso XIII al no aceptar la propuesta de Monarquía Constitucional, tan semejante a la actual, que le ofreció de forma perseverante el propio Melquíades Álvarez. Acertó plenamente el Partido Reformista de Melquíades, el partido de los intelectuales de entonces, cuyo programa fue asumido a cabo por los reformistas del franquismo dirigidos por otro gijonés, por Torcuato Fernández-Miranda.
     El objetivo perseguido, la democratización de España como nación y su acercamiento al nivel de las grandes potencias europeas como Inglaterra o Francia o Alemania, se empezaba a lograr en la Transición con el desarrollo de una democracia apoyada en una Constitución que, a diferencia de la democracia de la turbulenta Segunda República, “no trató de asustar a nadie”, para decirlo con palabras del propio Melquíades, el cual, a su vez parodiaba al tercer presidente de la República francesa, Grevy.
     Por ello ya está bien de recordar a tanto ilustre personaje al que la Historia española y la universal ha demostrado que estaba profundamente equivocado y poner en lo más alto al que verdaderamente ha ganado la larga guerra por el renacer de España en un contexto de modernización y progreso ¿Será preciso esperar tanto como se esperó por el reconocimiento de Jovellanos o de Clarín? ¿Volverá el pueblo español a dejarse arrastrar por las banderías de los extremistas? Buena pregunta, pues parece que el régimen actual, basado en un bipartidismo que ha consagrado un coto de listas electorales cerradas tiene, como algo negativo y peligroso, el inconveniente de haber propiciado la creación de una nueva oligarquía formada, tras la politización de la altas instituciones judiciales, por la concentración del poder en el estrecho maridaje de los dos grandes partidos, con grandes bancos y grupos mediáticos.
     Dicha oligarquía, no obstante, se turna en el poder a través del voto popular, por lo que no tiene comparación, como algunos críticos, que demuestran con ello gran ignorancia, suelen señalar, con la oligarquía de la Restauración canovista, donde las elecciones estaban literalmente compradas. Se puede discutir si el poder mediático de unos es superior al de los otros, o si unos son más eficientes gobernantes que los otros, pero en sustancia lo que queda es que se dio a lo largo de casi tres décadas un compadreo y un acuerdo básico en el disfrute en exclusiva de los privilegios de casta político-mediática.Y digo se dio porque este sistema se está rompiendo tras la llegada de un iluminado, para decirlo suavemente, como Zapatero. La reforma, encubierta y sin amplio consenso, de la Constitución que Zapatero llevó a cabo, empezó a polarizar el país propiciando la vuelta de las temidas dos Españas. Pues el PP, acostumbrado al conchabeo de los últimos años, puesto de manifiesto en el reparto de las altas magistraturas, encuentra serias dificultades para gobernar España. Por eso necesitamos hoy un nuevo Melquíades.
Artículo publicado en El Español, (19-5-2016).