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viernes, 10 de agosto de 2018

Desenterrar a Franco


El actual Presidente, Pedro Sánchez, se propone desenterrar a Franco de su tumba del Valle de los Caídos. Su decisión puede ser vista como una maniobra de distracción de los graves problemas que nos siguen aquejando, como la actitud de continuar el camino hacia la separación de Cataluña del actual presidente Torra, o el tratar de contentar a sus socios de Gobierno, como Podemos y los propios separatistas. Pero también se puede considerar, desde otra perspectiva, como la actitud propia de un aprendiz de brujo que desata fuerzas que después no puede controlar. Pues inevitablemente se está ya empezando a producir un debate que acabará llegando a la opinión pública, por mucho que, a excepción de Internet, la mayoría de la opinión publicada en los grandes medios se considere antifranquista y por tanto no va a salir en defensa del ilustre enterrado. Pues el debate está empezando a cuestionar, en libros de gran tirada, como los de Pio Moa y otros, los mitos y mentiras sobre la figura de Franco y de su largo Régimen dictatorial.

Mitos que los historiadores, salvo raras excepciones, no se han preocupado de combatir con rigor y metodología científica, dejando el espacio libre para el predominio de los que podemos denominar “cronistas” de la izquierda, cuyos relatos parten ya del supuesto de que el progreso lo representaba el socialismo, el comunismo y el separatismo, mientras que el franquismo no era más que un freno histórico y una vuelta a la caverna. Un cronista se diferencia de un historiador en que, como en la Edad Media, relata los hechos sucedidos siempre en beneficio de mantener el prestigio de su señor, al que sirve, mientras que un historiador, buscando el contraste con fuentes seguras e independientes, trata de reconstruir en lo posible lo que verdaderamente sucedió, caiga quien caiga. Los científicos deben ser, en tal sentido, como decía Fichte de los filósofos, sacerdotes del templo de la verdad y no meros cronistas o propagandistas al servicio de los políticos de turno. 

Después de transcurrido casi medio siglo, desde el final del franquismo, parece llegado el momento de la verdad histórica, a pesar de los intentos por parte de la izquierda, con el consentimiento del PP de Rajoy y el silencio de otros, de establecer una “verdad” por la Ley de la Memoria Histórica, con la que se apuesta más por los cronistas que por los verdaderos historiadores, a los que se trata de amenazar incluso con multas y cárcel por enaltecer el Régimen franquista. Todo se andará en la época de las fake news, pero la verdad, como tal, siempre ha demostrado ser muy tozuda. De momento, por lo que está saliendo a la luz, en estas revisiones históricas espoleadas inevitablemente por la caída del Muro de Berlín y el fracaso del socialismo y comunismo soviéticos, la figura de Franco es vista como alguien que nos libró con su victoria en la Guerra Civil de semejante pesadilla. Por otra parte, aunque Franco se vistió de fascista y buscó la alianza con Hitler por necesidades militares, su Régimen fue calificado más precisamente, no de “fascista”, sino de “autoritario”, por sociólogos de prestigio como Juan Linz. Pues Franco, a diferencia de Hitler, Mussolini o el propio Stalin, no fue un político, sino un militar de prestigio. 

Su Régimen puede ser calificado más de bonapartismo que de terrorismo jacobino, como fue el caso de Hitler o Stalin. Pero se diferencia del corso en que sus victorias militares no tuvieron carácter continental, sino que se redujeron a España. En esto recuerda más al vencedor de la Guerra Civil inglesa Oliver Cromwell. Pues este también se consideró un vencedor en lo que entendía como “cruzada” de los puritanos contra los católicos. Cromwell, cuyo cadáver fue desenterrado y su cabeza colgada de una pica en el centro de Londres, cuando se restauró la monarquía católica de los Estuardo con Carlos II, fue sin embargo rehabilitado posteriormente como el que puso las bases con la creación de la Commonwealth de la posterior hegemonía inglesa en los mares. Hoy tiene una estatua en Londres. 

Franco se parece a Cromwell en su dureza y en su proyección de futuros progresos, al poner las bases económicas de una riqueza nacional inédita, con la modernización de España, elevándola a figurar entre los diez países más industrializados del mundo. La transición a la democracia no debería olvidar que no hubiese sido posible de la forma pacífica en que lo hizo sin la extensa clase media creada en el desarrollismo franquista. Jacobo II quiso restaurar el catolicismo en Inglaterra y fue derrocado por el golpe de Estado de Guillermo de Orange, inicio de la monarquía democrática inglesa. Si Pedro Sánchez y sus socios de gobierno pretenden volver a restaurar la República quizás se encuentren con los votos ascendentes (las espadas de la democracia) de los españoles crecientes en número que luchan por mantener, junto con la Monarquía democrática, la unidad e identidad de España. 


Artículo publicado en El Español (20-7-2018)

miércoles, 20 de julio de 2016

Un error de Podemos

     Uno de los errores que ha impedido el crecimiento electoral de Podemos ha sido la glorificación que vienen realizando de la II República, como si se tratara de un periodo de plenas libertades y añoradas tolerancias míticas. Una revisión histórico-crítica de la República y de la Guerra Civil (que no tienen interés en hacer) vendría impuesta por dos cambios históricos acaecidos en las últimas décadas. Uno a nivel mundial y otro a nivel nacional.

     El primero fue la caída del Muro de Berlín. Este hecho significó la puesta en cuestión del proyecto marxista de superación del capitalismo y del régimen político liberal originado con las Revoluciones inglesa y francesa. El “sueño de la razón” igualitarista condujo a un despertar terrible de totalitarismo político y a la militarización propia de la sociedad soviética. Las luchas y guerras que se habían iniciado con las rebeliones de 1848, la Comuna de París y la Revolución Rusa habían llegado a su fin. El final de la Guerra Civil Española no supuso un desenlace certero, pues con la Guerra Fría, que tanto favoreció al Franquismo en sus inicios, se mantuvieron las espadas en alto a nivel mundial.

     Solo después de la caída del Muro cabe una crítica histórica libre de presiones ideológicas sobre lo entonces acontecido, que es lo que se está empezando a hacer en el actual proceso de revisión histórica de la Guerra Civil Española. Lo que me parece más novedoso es que se está viendo la brutalidad de la reacción fascista en el marco de una brutalidad iniciada por la violencia revolucionaria de la mayor parte de la izquierda marxista. Es como si nos hubiesen presentado el famoso grupo escultórico del Laocoonte, expuesto hoy en el Vaticano- que representa a un sacerdote y sus dos hijos en el momento que son atacados por dos serpientes monstruosas que, rodeando sus cuerpos, los agreden mortalmente -, suprimiendo tales serpientes. Lo que veríamos serían a tres individuos desnudos, realizando extrañas gesticulaciones y contorsiones carentes de todo significado para nosotros y propias de gente exaltada o loca. Pero si nos muestran las estatuas con las serpientes rodeando sus cuerpos y atacándoles, comprenderíamos inmediatamente la causa de tal conducta. En ese sentido, podemos afirmar que el igualitarismo social se convirtió en un veneno mortal para el progreso social en el momento que traspasó, extralimitándose, todas las reglas instauradas por las conquistas democrático-liberales logradas por la modernidad.

     El otro cambio decisivo tuvo lugar a nivel nacional. Fue la famosa Transición a la democracia, iniciada en 1975. Dicho cambio consistió en la instauración de un régimen democrático parlamentario, en la línea de las propuestas contenidas en quienes propugnaron en su momento una “rectificación de la República”, como Ortega y Gasset o Melquíades Álvarez. Es decir, por lo menos en la línea de Melquíades, el líder del Partido Reformista, se cumplió el deseo, solicitado en vano a Alfonso XIII, de que el Rey convocase una Asamblea Constituyente en la que se elaborase una Constitución democrática que superase los llamados “obstáculos tradicionales” (libertades públicas, descentralización administrativa, libertades sindicales, etc.) que impedían la incorporación de España al lugar avanzado que habían alcanzado sus históricos rivales como Francia o Inglaterra. Con esa reforma, elaborada desde arriba y refrendada posteriormente por el pueblo, se produjo con éxito un paso equivalente en importancia al dado en Inglaterra al aceptar las propuestas renovadoras de John Locke.

     En España estamos inmersos en un proceso de Gran Reforma política que fue anuciado por diversos intelectuales, desde Jovellanos a Ortega. La duda radica en si seguiremos el modelo francés, el inglés o inauguraremos uno nuevo. El modelo francés requiere la aparición de una sublevación, como la socialista del 48, que ponga en peligro la Ley y el Orden, lo cual está empezando a ocurrir con el avivamiento de las tensiones independentistas y el ascenso de Podemos.

     El otro modelo, el inglés, exigiría que el nuevo Rey, aliado con el Regeneracionismo que propone Ciudadanos, empleara todo su poder e influencia para frenar los excesos que está llevando a cabo una parte muy poderosa de la oligarquía política todavía dominante. Tarea difícil porque la monarquía española, al igual que la inglesa, tampoco gobierna, si bien reina aún menos. Y además, el pueblo español, a diferencia del inglés, tiende a rechazar y a mofarse de todo lo que se presenta como solemne y elevado, como hoy observamos gracias a la llamada “televisión basura". Valga esta comparación histórica para tomar conciencia del gran proceso reformista en el que estamos inmersos.




Artículo publicado en El Español (1-7-2016)