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sábado, 17 de diciembre de 2016

Trump y la burbuja de la Globalización

La victoria clara y contundente de Donald Trump frente a Hilary Clinton en las pasadas elecciones a la Presidencia de los EE.UU. ha provocado sorpresa y desolación para los seguidores de la opinión reflejada en la mayoría de los media que, descaradamente, no han mantenido una neutralidad como la prudencia aconseja en estos casos, sino que han tratado de ningunear al candidato que venía de fuera de la cerrada “clase política”, que ha ido cristalizando en las últimas décadas en las democracias occidentales, de lo que en España tenemos un ejemplo cercano en lo que se viene denominando de modo visceral la “casta política” o, en la Unión Europea, con los “burócratas de Bruselas.

En EE.UU. eran "los políticos de Washington", incluyendo Demócratas y Republicanos, pues Trump no gustaba a los actuales dirigentes de su partido, que incluso le retiraron públicamente su apoyo para dárselo, como anunciaron los Bush, a su rival. Trump ganó sin embargo contra todo pronóstico y ahora, a toro pasado, es cuando puede resultar más seguro decir porqué ganó y contra quién. La política, en las cuestiones más encarnizadas, siempre es política contra alguien. Por ello debemos tratar de entender el fenómeno Trump, con la cabeza y fríamente, dejando de lado en lo posible, nuestras filias o fobias políticas, nuestras simpatías o antipatías personales.

Personalmente, Trump no me produce empatía. Su cara es inexpresiva, como si llevase una máscara. Por eso los psicólogos, que creen poder penetrar en la mente de las personas, han empezado a hablar de su lenguaje no verbal, expresado en sus manos o en sus actitudes corporales, que parecen en contradicción con sus palabras, por ejemplo, cuando se entrevistó con Obama al ser recibido en la Casa Blanca.

No es el Trump persona el que nos interesa analizar, sino el Trump que ha ido apoyando el elector que le dio la victoria. Ese elector está nucleado, como se dice, en torno a la América profunda del interior y no en la América de las dos costas del Este y del Oeste. Especialmente se habla de la clase obrera media de la zona de los grandes Lagos (Michigan, Detroit) que es la que ha perdido sus seguros empleos por la globalización económica que ha beneficiado a China y el emergente Sudeste asiático. Una clase media que ha asistido también a un crecimiento exponencial de la emigración incontrolada proveniente sobre todo de México y el centro de América, que entra en competición por los menguantes puestos de trabajo.

Como responsable de sus males han percibido la política de un liberalismo anárquico impulsada por Obama y los Clinton, en connivencia con poderosos empresarios, como George Soros, que preconizan un liberalismo económico global, para el cual era necesario derribar fronteras y aranceles a fin de encaminarse hacia una sociedad más igualitaria y democrática, no solo en cuanto a los derechos individuales, sino también en relación con un relativismo cultural y de género, como se dice ahora, que equipare las normas de grupos minoritarios con las de los grupos mayoritarios, hasta extremos que llevan a la dictadura de lo “políticamente correcto”.

En el caso de Europa nos ha afectado el intento propio del intervencionismo democrático de la política de Obama y Hilary de tratar de imponer con decisivo apoyo militar, la democracia en los países afectados por la denominada primavera árabe, pues de ello resultaron guerras y dictaduras islámicas con una ola de refugiados inasumible por la Unión Europea, además de un terrorismo islamista que ataca a la propia ciudadanía europea. La propia EU, como pieza clave del proyecto Globalizador de Obama, se resquebraja con el inesperado brexit británico.

Lo que parece ocurrir entonces es que Trump ha pinchado la burbuja de una Globalización sin límite, que se presentaba como encaminada hacia la creación de un Estado mundial, como único centro de poder que podría acabar con los problemas globales del cambio climático, el hambre, las guerras, etc.

En realidad, esa Globalización había provocado una burbuja económica de capitalismo puramente especulativo que estalló con el impago de hipotecas de vivienda en el propio EEUU. Pero será difícil volver atrás hacia el aislacionismo de EE.UU. Por eso se impondrá la necesidad de tener en cuenta, en el futuro, las fronteras de las economías nacionales y las diferencias culturales y civilizatorias que los fundamentalistas democráticos y representantes del pensamiento Alicia, como los denominaba Gustavo Bueno en relación con, el expresidente Zapatero, su clon español, creían poder despreciar en nombre de un humanismo utópico y abstráctamente igualitario. Se impone pues una visión más realista en la superpotencia norteamericana, que podríamos formular, parodiando al propio expresidente Clinton, diciendo: ¡No es la economía estúpido, son las fronteras!


Manuel F. Lorenzo

Artículo publicado en El Español (22-11-2016)

lunes, 21 de noviembre de 2016

Crisis en la Nueva Roma

Los llamados grandes relatos, como eran las previsiones que muchos creyeron científicas del final del capitalismo hechas por el marxismo y otros movimientos futuristas, se desprestigiaron con la caída del Muro de Berlín. De ahí que la aparición de nuevas crisis económicas tienda a ser vista por muchos como una situación propia del funcionamiento del capitalismo, como una crisis más, que a la larga podrá ser superada sin modificar esencialmente el Sistema político hoy dominante en Occidente.

Y ello se hace así porque, desde un nivel de análisis puramente económico, se ven muchos árboles coyunturales, pero no se ve el bosque. Para ver el bosque hay que tener una visión de más largo alcance. Ello implica disponer de nuevos grandes relatos, los cuales, a su vez, no se construyen de la nada, sino que deben aprovechar las reflexiones válidas que habían alcanzado los anteriores. Por ejemplo, la filosofía de la Historia de la Ilustración defiende el Progreso traído por el Capitalismo y apuesta por la crítica sin límites, la democracia más amplia, los derechos individuales, etc. Como contrapartida, tiene una noción muy pobre de la llamada Edad Media, a la que llegó a calificar, en boca del historiador francés Michelet, como los “cien años sin un baño”.

Frente a esta posición, que hoy es dominante en Occidente, asociada al llamado por Francis Fukuyama “fin de la Historia”, se abrió paso en el siglo XIX una posición crítica, aunque no enteramente contraria, que fue la filosofía de la historia positivista-romántica defendida por los fundadores del Positivismo Saint-Simon y Augusto Comte. En ella se defendía el Progreso moderno, pero a la vez se buscaba su conjugación con el orden medieval. De ahí vendría también una conclusión interesante: lo que ocurrió en el medievo habría ocurrido en otras épocas de la historia, pues los griegos también tuvieron su medievo, la época de Troya, su época de caballeros (Aquiles) y damas (Elena), de “iglesias y castillos”, como decía Ostwald Spengler. Tuvieron también su renacimiento en los filósofos jonios, milesios, pitagóricos, etc., y abrieron una crisis de inseguridad cultural, política y social en el mundo antiguo que empezaría a cerrarse en el mundo romano, en el momento en que se establecen las bases de lo que será el medievo europeo, vislumbrándose, como dice el Conde de Saint-Simon, una “sociedad orgánica”, más estable y segura, que deja atrás a una “sociedad en crisis”.
Los positivistas creían que este proceso, en grandes líneas, se iba a repetir en el mundo moderno. Por tanto, la crisis tiene que tener su Rubicón que marque el paso a una nueva “sociedad orgánica” moderna, más avanzada y humana, no basada ya, por supuesto, en guerreros y sacerdotes, sino en emprendedores industriales y sabios (científicos, filósofos y humanistas) guiados por intereses más trascendentalmente humanos. Una sociedad en la que no se esperen ya grandes cambios en las estructuras sociales de poder, lo que posibilitaría una conciencia mayor de seguridad que permitiría disfrutar realmente de la vida, de los placeres cotidianos y sencillos, como hacían lo medievales, sin la esquizofrenia o la depresión que caracteriza al individuo moderno.
Aquí salta a la vista el binomio actual europeos-norteamericanos. Ya se ha señalado, después de la caída del Muro de Berlín, a los EEUU como una nueva Roma en el mundo actual, no básicamente militar, sino industrial y tecno-científico, por su aplastante hegemonía económica, política y militar. Pero Roma pasó por periodos muy diferentes y muy críticos. No es lo mismo la Roma republicana que la Imperial. No es lo mismo la Roma de Nerón que la de Constantino.
La crisis actual, que golpea también a los norteamericanos, profundamente divididos en demócratas del “fin democrático de la historia” y republicanos partidarios del “choque de civilizaciones”. ¿Sería una crisis similar al paso de la República al Imperio en Roma? ¿Representa la económicamente en ascenso China una especie de futuro Atila o Genghis Khan bárbaro que podría dar al traste con los avances humanistas occidentales? ¿Es la creación de la Eurozona un tema regional que está trayendo más problemas al poder global norteamericano de los que pretendía solucionar en razón de las ambiciones de la “gobernadora” Merkel por trasladar la city de Londres a Frankfurt? ¿Existe algo similar a lo que fue el movimiento cristiano en su lucha contra la esclavitud en Roma?, ¿Son los movimientos civiles, como Occupy Wall Street o Podemos un germen de lucha por cambios sociales y culturales que podría conducir a una institucionalización civil de una nueva ideología tan poderosa como lo fue la propia Iglesia cristiana después de San Pablo? No lo sabemos, pero podemos empezar a pensar sobre ello como complemento necesario a las valoraciones puramente económicas que tanto abundan.



Artículo publicado en El Español (13-10-2016)

martes, 2 de septiembre de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (y IV)

     Como final de esta revisión de la crítica de Ortega a la Restauración, ante la presente crisis de la actual Restauración de la monarquía democrática española y su relación con la propuesta orteguiana de la necesidad de la influencia educativa y política nacional de la minorías intelectuales egrégias, trataremos a continuación de una posible dimensión, ya no nacional, sino internacional, de la influencia de tales minorías. Hoy, a diferencia de los tiempos del joven Ortega, ya no es Inglaterra la superpotencia mundial, sino los EEUU. El llamado Imperio norteamericano ha resultado, tras la caída del Muro de Berlín, el nuevo super-poder mundial, que recuerda al ascenso de Roma en el Mediterraneo tras la derrota de los competidores Imperios helenísticos. Pero es un Imperio de naturaleza diferente al romano. No es esencialmente un Imperio dictatorial de tipo militar-esclavista, sino un poder científico-industrial, basado en la democracia liberal. Pero, a pesar de tales diferencias notables no es menos interesante resaltar, como hicimos en el artículo anterior, ciertas semejanzas. Pues, así como Roma, tras derrotar a grandes Imperios, como el cartaginés o el Egipto de los Ptolomeos, logró perdurar por siglos y marcar una profunda huella civilizadora en el Mundo Antiguo, debido principalmente a lo que Montesquieu llamó la característica división de poderes que limitaban cualquier absolutismo imperial, los EEUU, tras derrotar a los totalitarismos de masas no menos imperialistas de nazis y soviéticos, instaura una moderna sociedad de masas no totalitaria o absolutista, por la gracia de su Constitución política basada en la división de poderes recomendada por Locke y Montesquieu.

     No obstante ello, el poder del Imperio romano no se reducía al poder puramente militar, como el poder norteamericano tampoco debe verse como un poder meramente económico o ténico-científico. Es en el momento de su conversión imperial cuando el mundo romano descubre e incorpora la filosofía griega a través de Ciceron, quien es el primer romano que asimila la filosofía de las Escuelas atenienses en  una síntesis ecleptica en la que predomina el estoicismo. Como relata Renan, en el prólogo de su libro Marco Aurelio y el fín del Mundo Antíguo, la filosofía tuvo la dicha de ver como en Roma se cumplieron las profecías de Platón, pues en ella el poder “espiritual” de los filósofos, desde Séneca, llega a dirigir y orientar sabiamente la política romano, consiguiendo incluso que un “rey”, Marco Aurelio se haga filósofo. Fue Ciceron, miembro de una influyente minoría aristocrática de patricios, perteneciente al llamdo Circulo de los Escipiones., quien convertirá a los infieles romanos, hasta entonces desconocedores de la Filosofía, a la filosofía griega de los Panecios y Posidonios, integrantes del llamado Estoicismo Medio. Dicho suceso se revelará trascendental pues es el origen de una novedosa división del poder en político “terrenal” y religioso “espiritual”, que se consolidará en el época del emperador Constantino con la famosa separación entre Estado imperial e Iglesia papal, el cual, tras la destrucción de Roma, renacerá en la naciente Europa de Carlomagno, con todo lo que significa de fermento propicio para el surgimeinto de las sociedades liberales modernas. En tal sentido, la Iglesia católica, a pesar de las acusaciones volterianas de oscurantismo, fue la primera religión Monoteista que incorpora la Metafísica filosófica griega, germen, a su vez, del nuevo poder espiritual de la ciencia y la filosofía modernas.

     Los EEUU, en tanto que surgen de la Guerra de la Independencia contra Inglaterra, incluyen ya el conocimiento de la filosofía europea por el origen cultural de sus primeros colonos. Pero, este conocimiento está extremadamente deformado por el peso abrumador de la tradición empirista inglesa. En tal sentido se contrapone habitualmente la filosofía Anglosajona a la llamada filosofía Continental europea, entendiendo por tal la tradición racionalista francesa y alemana. El Positivismo, junto con la educación científica y tecnológica, ha llegado a ser, así, la corriente filosófica predominante en sus Universidades y centros de enseñanza. Corrientes como el marxismo o el vitalismo nietzscheano, solo han adquirido una influencia marginal. No obstante,   la tradición empirista anglosajona parece haber entrado en crisis y se empieza a perder su monopolio en la influencia universitaria, a causa del ascenso de la Fenomenología de Hussel, Merleau-Ponty, y otros, propugnados por influyentes figuras como Lakoff & Johnson en su famoso libro Philosophy in the flesh (1999). De tal modo, se puede decir que EEUU empieza la incorporación académica decidida, y no de modo meramente marginal, de la llamada Filosofía Continental que va de Kant a Husserl. Se trata ahora de sustituir el empirismo atomista ingles por el empirismo fenomenológico alemán. Pero este paso significa, a nuestro juicio, aun mucho más. Significa el descubrimiento de la Filosofía sistemática trascendental, de la Filosofía con mayúsculas, que es la filosofía alemana moderna, como lo era la Metafísica griega. Por ello no parece un paso fácil de dar en un ambiente universitario norteamericano dominado por la mayoría de los WASP (Blancos, Anglosajones y Protestantes). Hay, sin embargo, una minoría cultural en ascenso, la hispana, que se encuentra en mejor disposición intelectual para asimilar este brusco cambio de “paradigma” filosófico que se esta abriendo camino. Y ello se debe en parte muy importante a la labor filosófico-cultural de Ortega y Gasset, en tanto que es una especie de Ciceron hispano, pues también se considero un introductor de la Filosofía in partibus infidelium, es decir, en tierra de infieles, en tierra de desconocedores de ella, como fue España durante siglos desconocedora de la Filosofía Moderna por el predominio segular del aristotelismo entre la mayoría de sus cabezas pensantes.

     Ortega, como Ciceron, fue un orador brillante y un filósofo ecléptico que propugnó una mezlcla de racionalismo fenómeno-lógico y vitalismo nietzscheano. Así como Ciceron eligió el Estoicismo Medio de Panecio y no el de Zenón, que todavía estaba preso de la creencia astrológica, Ortega eligió el positivismo fenomenológico de Husserl y rechazo el positivismo empirista de Comte o Stuart Mill, lastrado de un empirismo afilosófico y pre-kantiano. Aunque Ortega fue traducido al inglés y al alemán, y muy leído en Alemania, irradió sobre todo su influencia por el mundo de lengua española, el cual está empezando a pesar notablemente en los propios EEUU. De la misma manera que Cicerón, es Ortega un gran escritor capaz de exponer con claridad para un público amplio las más abstrusas cuestiones filosóficas. Por ello la profundización y extensión de su influencia en la minoría cultural hispana norteamericana abre una posibilidad de influencia mundial nuevamente de lo español en el mundo, como él se proponía. Una influencia que ahora ya no sería tanto “terrenal”, con sus navegantes y conquistadores, sino “espiritual”, con sus nuevas aportaciones filosóficas hispanas. Una influencia no meramente repetitiva como un eco, sino hecha sobre la base de la profundización y superación de la filosofía fenomenológica alemana, que Ortega fue el primero en España que se preocupo con seriedad y constancia de dar a conocer; y no ya para quedarse en ella sino para utilizarla como tampolín para ir más allá y adentrarse en una nueva filosofía del futuro, siguiendo el lema de los navegantes del Renacimiento plus ultra, que ya no fuese idealista moderna, sino que fuese muy vitalista, muy española y mediterránea, muy de lo que llamaba la “Europa del Sur”.


     Solo una minoría intelectual educada en dicha filosofía, sería capaz de acabar con la “invertebración” y el particularismo propios de una sociedad de “masas”, como lo fue la española, lastrada secularmente, a pesar de sus grandes hazañas momentáneas, por el defecto de la “invidencia” quijotista. Una invidencia que hoy empieza a preocupar en los propios EEUU, donde se hace difícil contener la degradación ambiental producida por el egoísmo consumista de sus masas y la carencia de Ideas generales profundas de sus cada vez más poderosos “bárbaros especialistas”, dominadores de una ciencia separada de la filosofía y cada vez más reducida a los intereses de la tecnología y la especulación económica.