La editorial Taurus, en colaboración con la Fundación Juan March, ha
publicado, en su colección de Españoles Eminentes, el libro de Jordi Gracia: José Ortega y Gasset (Madrid, 2014). Una
extensa biografía del filósofo español de casí 700 paginas amena y muy
documentada, -apoyada en la reciente edición de las Obras Completas de Ortega
realizada por la misma Editorial y Fundación-, que incluye muchos inéditos, con
cartas y materiales de archivo hasta ahora inéditos o poco conocidos. Dicha
biografía se añade a la también voluminosa, bien documentada y amena biografía
de Javier Zamora Bonilla, Ortega y Gasset
(Plaza y Janes, Barcelona, 2002) o a los dos volúmenes de su discípulo Julián
Marías: Ortega, I. Circunstancia y
vocación y Ortega, II. Las
trayectorias (Alianza Editorial, Madrid, 1983). El autor de esta nueva
biografía trata de escapar a la hagiografía presentándonos un Ortega con sus
defectos y sus virtudes: “un héroe intelectual valiente, frágil, irritable,
transgresor, ateo militante y ruidosamente jovial”, con sus “petulancias y sus
desfallecimientos, sus coqueterías sentimentales y su autoestima desatada”,
como se puede leer en la contraportada del libro. Todo ello dentro del habitual
reconocimiento de Ortega como el pensador más avanzado de la España del siglo
XX y el ensayista de mayor difusión en Europa.
Con lo que ya no podemos estar de acuerdo es con la afirmación del
autor, en la misma contraportada, de que “ser orteguiano hoy no es nada o es lo
que somos todos: partidarios de la racionalidad crítica, de la ética de la
convicción y de la libertad de la disidencia, de la imaginación como condición
del pensamiento”. Creo más bien que actualmente se ha incurrido en una
elevación de Ortega a la categoría de una figura histórico-cultural, beata y
supersticiosamente muy citada, pero poco leída, discutida y realmente
asimilada. Existe ciertamente un mundo de competentes especialistas en Ortega,
tal como se puede ver, por ejemplo, en la reciente publicación de este tipo, la
Guía Comares de Ortega y Gasset,
(Edición de Javier Zamora Bonilla, Granada, 2013), pero lo que preocupaba al
propio Ortega y que lo carácterizaba, como bien recoge Jordi Gracia, era su pretensión
de influir en las minorías intelectuales rectoras, y a través de ellas en la
mentalidad del español medio y en sus representantes políticos, con vistas a la
regenaración de un país cuyo defecto fundamental era para Ortega la aristofobia. Este era el llamado
“problema de España” para Ortega, cuya solución solo podría venir de la
modernización u europeización de sus atrasadas y estancadas élites junto con la
reeducación de la masa rebelde en el respeto y aceptación de las jeraquías
intelectuales.
En tal sentido hoy nos encontramos muy lejos del ideal orteguiano con
una democracia populista y una élites corruptas y dominadas en genral por el
ideal de una democracia absolutista o totalitaria, “morbosa” diría Ortega, en
la que, por ejemplo, partidos tan importantes como el PSOE optan por el
“federalismo” de Pi y Margall, impermeables a la contraposición de Ortega entre
Federalismo y Autonomismo, (En pagina 274, el propio Jordi Gracia parece sufrir
semejante confusión cuando entiende la organización autonomista del Estado que
propone Ortega como una “organización federativa”); o sus pares del PP
reivindican en su famosa Fundación a Cánovas del Castillo, objeto de las
certeras críticas de Ortega a la gran fantasmada de la Restauración
decimonónica. Creemos que el autor no ha tenido la suficiente capacidad de
sindéresis para ver la semejanza estrecha de la España actual con aquella
Restauración decimonónica, lo que hace precisamente que haya tan pocos verdaderos
orteguianos hoy entre las élites o “castas” del nuevo Sistema de turno de
partidos que se construyó en la llamada Transición a la actual democracia.
Volver a leer hoy un texto de Ortega, como Vieja
y nueva política (1914), y observar la continuidad de los defectos que
Ortega atribuye a la Restauración, es un ejercicio solo permitido a gente
lúcida, dispuesta a no dejarse engañar por las conveniencias del momento.
Coincidimos pues con el autor en que Ortega está hoy muy vivo, aunque por
motivos diferentes, pues creemos que es falso eso de que hoy somos todos orteguianos. Ortega fue un
“anti-sistema” de la Restauración y hoy lo sería igualmente de la actual
Restauración. Como político fracasó, pero influyó abundantemente en las élites
falangistas, menos totalitarias que las “republicanas” democrático-populares, y
en el diseño de la territorialización autonómica iniciada por Suarez con el
asesoramiento del falangista orteguiano Torcuato Fernández-Miranda. No obstante
el autor prueba claramente que Ortega fue un hombre de una pieza, en el sentido
de mantener como único horizonte político a la democracia-liberal. Por ello no
entendemos que lo presente como un autor político mesiánico. Pues mesiánicos
han sido más bien sus críticos marxistas o fascistas, como la historia ha
mostrado absolviendo, en la esfera mundial actual, al democratismo liberal
profesado por Ortega.
Un aspecto que me parece bien tratado en el libro es el de la relación
de Ortega con el Régimen franquista. Pues, una de las cosas que escandalizó a
la izquierda fue el hecho de que un filósofo tan brillante como Ortega volviese
a España tras la Guerra Civil. En la historia inglesa ocurrió lo mismo con el
filósofo Hobbes, el cual regreso de su exilio en Francia a la Inglaterran del
dictador Cronwell, tras la cruenta Guerra civil ocurrida en su país. Ortega,
como Hobbes, consideró como “mal menor” que un Estado, aunque sea dictatorial,
es preferible a la Anarquía que representó el Frente Popular, con guerras
civiles internas entre comunistas, socialistas y anarquistas. Pero también
señala justamente el autor como el choque de un ateo Ortega con una Iglesia
entonces muy poderosa (Franco seguramente pensó, como Napoleón, que “un cura me
ahorra cienpolicias”) le condujo a cierta marginación cultural, con desplantes
indebidos a quién entonces llegó a ser el ensayista más leído en la Europa de
la postguerra, como documenta el autor. Ortega optó entonces por concentrarse
en su éxito como conferenciante en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos,
para ejercer una influencia que no podía desarrollar en España.
Pero Ortega, además de crítico cultural y de político, fue
principalmente un filósofo. Un filósofo que se encontró con la circunstancia de
haber nacido en el seno de una familia ligada al mundo del periodismo más
influyente entonces en España. Como escribe el autor, “Ortega tiene en la
cabeza un modelo de profesión intelectual que está muy lejos de la batalla
diaria en la prensa y por tanto la razón más honda de su viaje alemán de 1905 es a la vez un
proyecto de vida profesional y el sondeo de su vocación de reformador a lo
grande (inconfesada todavía, secreta, entresoñada)” (pgs. 32-33). Por eso
Ortega no quiso ser un periodista profesional, pues su vocación era el
pensamiento filosófico, para el cual se pasó, como un hombre “materialista” del
sur, una serie de años en Alemania, formándose en la entonces más avanzada y
profunda filosofía idealista europea. El autor relata con detalle sus salidas y
estancias en Alemania, y como Ortega se propone traer aquella filosofía para
convertir a la filosofía moderna de Kant o Husserl a los infieles españoles que
permanecían ajenos a ella. Se propone iniciar una filosofía española que
partiendo de tal modernidad filosófica, vaya más allá de ella. Y este será su
gran calvario en el país de los invidentes-envidiosos. El autor trata muy bien
este panorama, que tanto amargó a Ortega, cuando sugirió, por ejemplo, que su
perpectivismo” era confirmado por la reltividad de Einstein o su Yo y las
Circunstancias anticipaba al mundialmente famoso Ser-en-el-Mundo heideggeriano.
Relata su combate, incomprendido entonces, para distanciarse del nihilismo
existencialista del alemán o del posteriormente exitoso Sartre. Y siempre salta
la impotencia de Ortega por publicar un libro sistemático en el que se ofrezca
académicamente su filosofía. Sin eso corría el peligro de ser considerado un
brillante escritor y un buen periodista, pero nada de filósofo. Aquí nos
topamos con la tradicional invidencia hispana. Pues Parmenides no deja de ser
un filósofo por haber escrito su obra principal en forma de poema. Ortega
utilizó la forma del articulo periodístico o la del ensayo, pero basándose en
un concepción filosófica que denominaba el Racio-vitalismo. En tal sentido
Ortega creía que la filosofía o era sistemática o no era. No cabía hablar
filosóficamente de Etica sin tener una Teoria del Conocimiento, o de Estética
sin poseer una Ontología.
Por ello, todo lo que escribe Ortega se hace desde unos principios
filosóficos sistemáticos, racio-vitalistas y no materialistas o idealistas.
Otra cosa es que su filosofía no sea una obra acabada, sino una work in progress que continuamente debía
ser desarrollada, extendiéndose a todo aquello digno de ser pensado, para
transformar y mejorar nuestra vida, elevándola y civilizándola. Tampoco su
filosofía pretende ser, como señala muy bien el autor de la biografia, una
nueva metafísica del Ser, como fue el caso de Heidegger o Zubiri; ni tampoco
una nueva reflexión ontológica sobre la Materia, como es el caso actual, añadimos
nosotros, de Gustavo Bueno. Ortega, dicho con sus palabras en Buenos Aires, que
recoge Jordi Gracia (p. 415), no inventa “una metafísica” sino una
“ante-metafísica”, una reflexión sobre el operar (lo ejecutivo) en que consiste
el vivir humano (la vida es una facienda, una faena), antes que sobre el ser. La Ontologia no se
excluye, pero ya no es como en Aristóteles la filosofía primera, sino que debe
subordinarse a la comprensión previa de la Vida humana, para lo cual se
requiere responder primero (como nueva prima
philosophia) a la famosa pregunta general kantiana “¿Qué es el hombre?”, en
el sentido de que de ella se derivan las preguntas especiales sobre lo que
podemos conocer (Gnoseología, Ontología), lo que debemos hacer (Etica) o lo que
podemos esperara (Religión). Ortega responderá, a diferencia de Kant o Husserl,
que el hombre no es una mero Yo Tracendental: “Lo fundamental de ese viaje a
Friburgo, según contó Ortega en 1949, es exponer a Husserl una hipótesis
radical y radicalmente nueva: la conciencia ‘no es una realidad primaria e
incuestionable’, sino ‘una interpretación de la realidad, una nueva teoría, por
tanto -¡y ahora viene lo gordo!-, una hipótesis y nada más’. La insolencia,
como la llama él, es mayúscula, por descontado, porque para Husserl y la
fenomenología la conciencia es ‘la realidad misma y absoluta’”, (p. 507); sino que el hombre es para Ortega, ya desde el principio, un Yo en
coexistencia con unas Circunstancias, un ser vivo dado en un medio, del que no
se puede idealistamente considerar separado. Solo le queda transformar el medio
con sus proyectos y acciones transformándose a la vez a sí mismo.
Ortega no se consideraba un mero ilustrado cosmopolita en el sentido de
un Yo sin patria, pues consideraba a
España como su Circunstancia, sin la cual no podía concebirse su Yo. Por eso
debía transformarla, intervenir en el diseño de su futuro. Sin embargo, la España
“oficial” no parecía hacerle mucho caso. Me ha sorprendido, en tal sentido, descubrir
en el libro que la palanca que lanza a Ortega a la fama como escritor y
filósofo no fue España, a pesar de que podía escribir en los periódicos más
influyentes, algunos ligados a su familia, por lo que su papel de “señorito
madrileño” puede explicar su facilidad para relacionarse con los Unamunos,
Azorín, etc., que escribían y cobraban de tales medios. Lo que, según relata el
autor, -y esto me sorprendió porque, por lo que he leído, no se suele exponer
así-, provoca el reconocimiento de Ortega
fue su primer viaje a Argentina
donde su éxito es arrollador y afecta a todas las clases sociales, llegando
hasta la gran burguesía de las Victoria Ocampo, y demás (Ver capit. 7, “La
experiencia del éxito”). Ortega mismo atribuye el éxito a que el argentino, a
diferencia del español, no padece de aristofobia.
No es invidente para los altos valores: “Ortega sabe bien que los argentinos
recibieron con recelo a ‘un hombre cuyo nombre no figura en las listas
oficiales de la notoriedad española’. Mejor aún, ‘si se hubiera puesto a
plebiscito entre vosotros la elección de un conferenciante no os habríais
acordado de mí’, o hubieran preferido a cualquier ´tonitrunante y necio’
literato. El éxito que ha desencadenado Ortega es una buena oportunidad para
aprender a leer de otro modo la España de hoy y preferir ‘la gente poco
ruidosa, que hace, al margen de los hombres y las pomposidades, una vida
honesta y diligente’. El secreto mal de España es su incapacidad para
determinar los valores, ‘y así acontece que secularmente son pospuestos los
mejores a los peores’. Se acerca por fin ‘una nueva hora de España’, una hora
de ‘alborada’, y todo dependerá de que ‘pongamos al hombre adecuado en el lugar
adecuado’ “(p. 239); “El argentino puede a veces no discrimar con justicia,
pero (dentro de sus posibilidades) ‘establece una exquisita jerarquía’ (II,
266). En cambio, en España no habrá modo
de remediar nada mientras ‘nos complazcamos en confundir al diestro con el
inepto, al noble con el ruin’. Y, lamentablememnte, ‘desde que tengo uso de
razón asisto al indefectible fracaso de nuestros hombres mejores, rendidos por
tener que ‘emplear sus facultades arcangélicas contra boxeadores cotidianos’ ”,
(p. 246).
A partir de su éxito en una, por entonces, rica y pujante Argentina,
empieza su consideración, aunque de forma “esquinada y cicatera” (p. 244), como una primera figura en España, lo que se
reforzará con el éxito internacional de La
rebelión de las masas en los años treinta. Pero la persistente invidencia
hispana, que continua ciega para los valores egregios, acabará por hacer
difícil su influencia en el franquismo (con la Iglesia hemos topado) y por
hacer que permanezacan impermeables a
ella en la izquierda de socialista y comunistas (Ortega es considerado por la
izquierda española, en general, como de derechas). Hoy vuelve Ortega a la
atención de las grandes editoriales en España, pero regresa aterradoramente
para muchos que lo daban por muerto, como regresa un “muerto viviente”. Regresa
porque fue el único gran filósofo europeo que pronosticó, frente a Heidegger o
Sartre, la necesaria vuelta a la democracia liberal, tras la pasajera
convulsión fascista y comunista. En sus libros, recientemente vueltos a editar,
está escrito para quien quiera leerlo. En ellos se analiza críticamente la
democracia, y se proponen soluciones para regenerar España, sacándola del
predominio de la invidencia de su pueblo que, como el ciego de las novelas
picarescas, es continuamente engañado por los picaros lazarillos que se ofrecen
interesadamente a conducirlo.
Me gustaría tratar, por último, aunque
brevemente, de un aspecto que permanece en el libro como un desdoro para
el gran hombre. Me refiero a su consideración de las mujeres. Ortega había
conocido a bellas e inteligentes mujeres, como la argentina Victoria Ocampo,
pero no comulgó con el feminismo entonces naciente de una Virginia Wolf, ni
creyó en el mito de la Carmen de Bizet. Por ello el autor concluye que: “Debe
de tener razón su hija Soledad cuando escribe que era<< ‘como un buen
español’ un antifeminista nato >> y ese fue un frente de discusión
habitual con él a lo largo de su vida” (p. 257). Si por feminismo se entiende
el actualmente dominante, no cabe la menor duda. Pero esta sería una visión tan
estrecha del feminismo como la que sostiene que no hay más socialismo que el
marxista. Ortega mismo admitió un socialismo no marxista, de origen saintsimoniano
o fichteano. Marx mismo tomó su socialismo de la influencia de Saint-Simon,
pero lo radicalizó proponiendo la imposible armonía de empresarios y
trabajadores y la destrucción del capitalismo financiero, etc. Saint-Simon, no
creía posible prescindir de los capitalistas financieros y consideraba posible
la integración del proletariado en el sistema capitalista Tras la Revolución
Rusa Marx parecía haber ganado, pero tras la caída del Muro de Berlín, y el
fracaso económico del marxismo frente al capitalismo occidental, es más bien
Saint-Simon el que vuelve. Junto a la liberación del proletariado, la liberación de la mujer fue
planteada por Augusto Comte, el discípulo de Saint-Simon, el cual defendió un
feminsimo que chocó con el de su descubridor y seguidor ingles Stuart Mill.
Queda disculpado el autor porque, degraciadamente, en España, como he señalado
en otro lugar, (“La Sociología de Augusto Comte traducida al español”) persiste
una escasa atención hacia los fundadores del positivismo, si la comparamos con
la atención dedicada al marxismo o a los filósofos ingleses, como Start Mill o
Bertrand Russell. El feminismo de Stuart Mill era más radical y se parece mucho
al que está triunfando en la actualidad. Precisamente el feminismo de Ortega,
con sus resonancias medievales, recuerda mucho al de Augusto Comte, filósofo
admirado por él como un “loco genial”. Si mañana, como es previsible, el actual
feminismo radical triunfa en algún lugar, podría destruir la familia
tradicional burguesa, como el socialismo marxista destruyó la economía rusa, y
entonces quizás se viese que no se iría hacia una vida mejor, sino hacia un
nuevo infierno totalitario. Quizas entonces se volvería a leer a Comte, teórico
de un feminismo que no pretende la destrucción del llamado “macho”, como el
socialismo saint-simoniano no creyó necesaria la destrucción del capitalismo. Por ello nos
parece que Ortega no se puede reducir a un mero anti-feminista, lo que además
estaría en contra del éxito que tuvo con la constatada gran audiencia femenina
en sus conferencias. Quizas en este asunto, como demostró en otros, Ortega haya
alcanzado una profundidad que resulta difícil de ver hoy todavía para muchos.