lunes, 27 de marzo de 2023

El sentimiento de lo siniestro y Picasso

 



     Se ha perdido la capacidad de expresar el gusto artístico. Hoy la mayoría de la gente no sabe más que emplear expresiones como “que guay”, “super”, etc. Se nota que se ha perdido la educación del gusto artístico. Habría por ello que volver a la época de Kant, el cual rompió la todavía simple alternativa que hasta entonces había para diferenciar entre lo que era una obra bella o no lo era. Lo bello era lo que producía un placer al contemplarlo, por ser armónico, lo que gustaba universalmente, etc. Lo no armónico, desproporcionado, etc., era considerado feo, sin valor artístico. Pero Kant percibió que estaba irrumpiendo una nueva sensibilidad en los llamados artistas románticos que con sus obras rompían el tradicional dualismo dominante de lo bello y lo feo. Pues sus obras, al no ser armónicas, tratando de representar por ejemplo un mar embravecido, no eran ya bellas según los cánones clásicos, pero tampoco eran feas o meramente indiferentes al gusto, pues no dejaban de producir un nuevo sentimiento artístico, una mezcla de asombro y angustia ante la irrupción de las poderosas fuerzas naturales desatadas en una tormenta, mezclada con el sentimiento de nuestra superioridad intelectual y moral sobre tales fuerzas, meros mecanismos físicos ciegos perfectamente comprensibles desde la moderna ciencia newtoniana.

Dicho sentimiento empezó a ser llamado el sentimiento de lo sublime por críticos ingleses como E. Burke, que Kant conocía. Lo bello producía una alegría al contemplarlo, pero lo sublime producía más bien asombro y temor, mezclado con un sentimiento de superioridad moral. Lo sublime podía ser dinámico, como la contemplación de una tempestad, pero podía ser también sublime matemático, como cuando se contempla algo inmensamente grande, como el cielo estrellado, las rocosas alturas alpinas, caóticas y carentes de forma, que tanto gustaban a los románticos.

Hoy el arte Romántico ya está en los museos y ha pasado a ser un clásico, en rivalidad con el tradicional arte clásico de procedencia greco-romana. Pero lo que sigue siendo más actual de los análisis kantianos del Arte en su Crítica del juicio, es precisamente la ruptura del monopolio que el sentimiento de lo bello tuvo secularmente sobre el gusto artístico. A partir de Kant es posible la exploración de nuevos sentimientos artísticos, como demostró con sus análisis filosófico-sistemáticos sobre lo sublime. Quizás el sentimiento más influyente en el siglo XX fue el llamado sentimiento de lo siniestro que emerge en el arte de las Vanguardias de principio del siglo ligado a movimientos como el Surrealismo o el Expresionismo. La definición de dicho sentimiento puede localizarse ya en la época inmediatamente siguiente a Kant. Fue Schelling quién dio la definición del sentimiento de lo siniestro: “Lo siniestro (Das Unheimliche) es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Y Freud definió lo siniestro como “aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás”. Señaló que unheimlich es el antónimo de heimlich (íntimo, secreto y familiar, hogareño, doméstico). Es entonces lo que no es familiar. Con él, lo familiar se torna fácilmente espantoso y siniestro.

Eugenio Trías ha escrito un magnífico libro titulado Lo bello y lo siniestro (1982) y ha dedicado interesantes análisis a la obra cinematográfico de Hitchcock, en cuyas famosas películas Vertigo o Psicosis el autor procura explorar unas historias que desaten el sentimiento de lo siniestro en el espectador. En Psicosis con el atractivo y amable recepcionista de un motel de carretera (Anthony Perkins), donde la protagonista, en su huida de la persecución policial tras cometer un robo, cree poder encontrar un lugar seguro para pasar la noche. Pero encuentra la muerte al ser asesinada (la famosa escena de la ducha) por aquel agradable recepcionista que, en el fondo, era un loco paranoico a causa de una madre dominante que mantenía muerta en la siniestra casa de la colina.

El llamado cine negro o la propia novela negra, hasta las series televisivas como CSI, no harán más que explorar hasta el hartazgo este nuevo sentimiento artístico que acabará sustituyendo a las llamadas películas de guerra, cuyo sentido último era la exploración del sentimiento romántico ante el sacrificio del héroe. Pero la guerra hoy ha cambiado. Por eso El “Guernica” de Picasso explora de forma genial el sentimiento de lo siniestro al representar una población rural y familiar de una pequeña localidad campesina donde comparece inesperadamente la destrucción criminal producto de la guerra. Dicha obra se ha convertido por ello en un icono del sentimiento de lo siniestro de la misma forma que la obra de Kaspar David El caminante sobre el mar de nubes se convirtió en el siglo XIX en un icono romántico del sentimiento de lo sublime ante la naturaleza amenazadora.

Manuel F. Lorenzo


sábado, 11 de febrero de 2023

Sobre el fracaso de los partidos bisagra

 



     Hemos llegado a una situación en la actual política española en la que no se ve con claridad cual puede ser la salida. Pues la esperanza puesta en Vox para una regeneración del sistema democrático parece enfrentarse con serios escollos por la dificultad de construir una mayoría electoral de derechas con el PP, que no sea meramente coyuntural, sino que ofrezca garantías de continuidad. Ello conlleva el peligro de que, cuando alcanzan dicha mayoría electoral, aparecen fuertes discrepancias en temas como las Leyes LGBTI, el aborto, la lengua, etc. Por ello, aunque Feijóo llegase al poder en las próximas elecciones con los votos de Vox, se producirían de nuevo los mismos conflictos elevados a un nivel mayor de tensión y de inestabilidad política. Lo cual es malo para una España que, si quiere regenerarse y volver a crecer económica y culturalmente, necesita de otro largo periodo como el que hemos tenido desde la llamada Transición a la Democracia.

     Habría, entonces, que analizar con precisión la clave que permitió la larga estabilidad del llamado bipartidismo imperfecto de PSOE y PP con la ayuda de la bisagra nacionalista catalana y vasca. Creemos que dicha clave está en dicha bisagra, la cual demostró cómo desde un número de votos minoritario se puede ejercer un decisivo poder arbitral que determinó en cada momento el turno de partidos cuando ni PSOE ni PP conseguían la mayoría absoluta. Dicha bisagra, mostrándose cada vez más independentista, fue arrancando transferencias y privilegios presupuestarios que han conducido a la nave del Estado lo más cerca posible de la meta en que soñaban, la disgregación de España como Estado nacional unitario. Por eso hoy estamos al borde de la ruptura nacional si no tomamos enérgicas y sabias medidas antes de que ocurra una catástrofe del tipo de una balcanización que nos podría conducir a otra guerra civil, de las que ya parecían superadas. Los propios dirigentes de Vox son conscientes de ello cuando afirman no querer romper el marco democrático constitucional que nos rige desde el final del franquismo.

     Pero el problema es que Vox solo podría imponer sus medidas de un reforzamiento de la unidad nacional y de un volver a coser y atar con hilos más fuertes las costuras rotas de la actual Constitución, si consiguiese una improbable mayoría absoluta o si gobernase con el PP. Lo primero parece muy difícil por el estigma de partido extremista y lo segundo porque, como venimos observando en los últimos resultados electorales, no consigue imponer su política en asuntos claves. Por ello creemos que, por lo aprendido de la experiencia del poder de la bisagra nacionalista en las últimas décadas para conseguir avances estratégicos en sus fines, como el independentismo ya factico de algunas Autonomías, podría ensayarse una política similar, pero de fines contrarios, como es el reforzamiento de la unidad de la nación española. Pues ello sería una política de un nuevo poder de centro enfrentado, en el nuevo contexto mundial en que nos movemos, a la polarización política extremista que pretende la destrucción de los llamados Estados nacionales tradicionales en beneficio de los nuevos poderes globales y de la creación de nuevos poderes locales propugnada por el secesionismo creador de mini-Estados más fácilmente manejables por el Globalismo. Esta sería en esencia la justificación política de un nuevo centrismo para el que se precisarían nuevos partidos bisagras que pudiesen actuar en el aún persistente marco de tendencia bipartidista español, para romper o doblar la espina dorsal estratégica que comparten en las últimas décadas tanto PSOE como PP: su subordinación al Globalismo y, por ello, su debilidad frente el independentismo localista.

   Alguien me podrá decir que la bisagra de partidos centristas ya se intentó desde los tiempos de Adolfo Suarez hasta los actuales Ciudadanos, y que se demostró con fracasos rotundos. Bien, eso quiere decir que han fracasado dichos partidos centristas, porque no fueron una bisagra adecuada. Pues la bisagra funciona cuando es adecuada a la situación como demostraron los partidos nacionalistas. Por tanto, el problema está en que tales partidos centristas eran débiles ideológicamente hablando: en el caso de Suarez por su incapacidad de prever la amenaza secesionista con sus generosas concesiones a nacionalistas catalanes y vascos; en el caso de Ciudadanos porque, aunque se opuso vigorosamente al independentismo, no dudo en asimilarse al globalismo de la Unión Europea. Por eso acabó convirtiéndose en un partido globalista que pretendió competir con PSOE y PP, perdiendo de modo espectacular.

   Por ello,es necesario repensar el centro político, pero principalmente desde la nueva política mundial en que nos encontramos. Mientras no surja este nuevo tipo de partido y alcance una votación suficiente para hacer de nueva bisagra, el horizonte político seguirá lleno de oscuros nubarrones.

Manuel F. Lorenzo


viernes, 3 de febrero de 2023

Sobre el origen divino del poder de los Reyes

 

     Las teorías de la religión hasta el siglo XIX podían clasificarse en teístas o ateístas. Kant, con su posición agnóstica, habría abierto una tercera posibilidad, pero que solo tenía sentido en relación con el Dios de la llamada Metafísica. Pero el desarrollo a finales del siglo XIX y en el XX del evolucionismo biológico, que hace derivar la especie humana y su cultura de los animales superiores, considerados como seres inteligentes dotados de cierta personalidad, ha permitido desarrollar nuevas interpretaciones de la religión, como la llevada a cabo por Gustavo Bueno en su obra El animal divino (1985), que permite encontrar un fulcro de realidad para el origen de las creencias religiosas en la zoolatría, la cual da culto a determinados animales sagrados (los bisontes, osos, tigres, caballos, etc., pintados en las cavernas prehistóricas). De dichos númenes sagrados, llenos de misterios para los primitivos y con los que mantenían relaciones reales a través de la caza, derivarían, según Gustavo Bueno, por transformación evolutiva, las creencias ya puramente imaginarias posteriores de los dioses y demonios, y hasta del propio Dios monoteísta.

     Por tanto, aunque no se puede sostener hoy la creencia de que el poder de los reyes deriva de seres puramente imaginarios, como eran los dioses, si tiene sentido sostener que puede haber alguna base real para el surgimiento de dicha creencia al derivarla de seres reales, como la creencia en el temible poder de los animales considerados sagrados. Pues dicha creencia tendría entonces su origen en fenómenos producidos en lo que Bueno denomina Capa Fronteriza de los Estados, en la que se contempla la relación de los humanos, no solo con entidades religiosas zoolátricas, sino también con otros homínidos considerados como extranjeros y por tanto asimilados a las bestias animales. En tal sentido se habla de la famosa batalla de Krapina contra los neandertales como de una cacería de otros seres vistos como extraños, más que como una guerra. Podría encontrase entonces en el fenómeno de la exogamia, una especie de cacería de mujeres, por las trascendentales consecuencias que tuvo, el fulcro real que pudo haber generado la creencia en el origen divino de los reyes. Pues con el rapto de las mujeres de otros pueblos extraños se generó, como sabemos hoy por la biología genética, un mejoramiento de la especie en los hijos de aquellos matrimonios, que contrastaba con la menor vitalidad y abundancia de taras genéticas a que conducía la endogamia predominante. Pero como los primitivos no sabían biología moderna no podían atribuir aquellos cambios más que a explicaciones fenoménicas, como que eran hijos de mujeres procedentes de un mundo misterioso situado más allá de sus fronteras, en el que moraban los animales sagrados a los que se atribuían poderes superiores. En tal sentido podrían atribuir la excelencia de la nueva clase patricia derivada de las mejoras exogámicas a influencias divinas.

     La creencia en el origen divino de los reyes fue eficaz en el mantenimiento y organización de los primeros Estados, aunque la razón real era la creación por la exogamia de una aristocracia natural de individuos, el grupo de los gobernantes, que Platón consideraba, recurriendo todavía a un mito, como conformados en su composición por el predominio de los metales más nobles. Pero el origen de estos guerreros aparece ya, por ejemplo, como señalaba Ortega en El origen deportivo del Estado, en el rapto de la Sabinas ocurrido en el nacimiento de Roma. De ahí se deriva, para algunos, una influencia de las mujeres por su fatal atractivo en el estallido de guerras importantes, como ocurrió con el amor por princesas extranjeras como Helena de Troya en el origen de dicha famosa guerra, merecedora de ser cantada dramáticamente por el poeta Homero. Otros supondrán, como los historiadores marxistas, que el motor de dicha guerra, como el de la mayoría, fue económico. Desde luego, el enriquecimiento paulatino de esta clase patricia introducirá posteriormente, en la propia existencia del Estado, la división de que habla el marxismo en clase económicas, lo que será motivo de la aparición de guerras civiles

     Pero desde la concepción de un vitalismo como el orteguiano, las clases de las sociedades primitivas no son propiamente clases económicas, sino clases por edad primero (viejos/jóvenes) y después por selección biológica, determinante de una nueva situación político-institucional con la aparición de aristocracias de sangre. Son estas las que estarían a la base de la fundación del Estado como institución política con la apropiación de un territorio y la creación posterior de una clase biológica, resultado de la exogamia, que se impondrá como una aristocracia social y política de la que proviene la aparición de la monarquía política, la cual precisa de un tipo de familia muy diferente de la anterior familia endogámica matriarcal. 

Manuel F. Lorenzo

viernes, 25 de noviembre de 2022

Spinoza



     Benito o Bento de Espinosa es como firmaba aquel gran filósofo al que muchos todavía siguen considerando holandés. Pero es más cierto que bien podría decir, -como dijo Clarín, el famoso autor de La Regenta, considerándose asturiano de estirpe, aquello de “me nacieron en Zamora”-, “me nacieron en Ámsterdam”. Pues hoy sabemos, tras las investigaciones de estudiosos de su vida y obra, que su lengua materna era el español, por lo que sus abuelos y padres eran judíos expulsados de Castilla por la Inquisición española. Su biblioteca personal, que hoy se conserva en su Casa-Museo en Rijnsburg, contiene obras de Quevedo, Cervantes y Lope. Ya Salvador de Madariaga se dio cuenta de que el borrado en los libros de Historia de la Filosofía de su origen cultural español, presentándolo como un filósofo holandés, o a todo lo más de origen portugués, no era algo inocente, sino una operación más de la propaganda denigratoria de todo lo español por la denominada Leyenda Negra. La latinización de su nombre como “Spinoza” trataría de ocultar que esa cultura española, tan denigrada aun hoy por los que acabaron con nuestra supremacía en Europa, pudiese haber producido al que influyentes filósofos franceses, como Gilles Deleuze, consideran el Príncipe de los Filósofos, por encima de un Leibniz o el propio Descartes.

     Pero así fue, porque a veces ocurre de forma trágica que muchos españoles se exilian y luego sus hijos tienden a regresar a la patria de sus padres. Espinosa, que alguna vez dijo que le gustaría conocer España, no pudo regresar, ni siquiera después de muerto. El Absolutismo de la monarquía católica no lo permitía y la Nación española moderna, tras dotarse de gobiernos liberales, estos ni siquiera reclamaron para España sus restos que permanecían enterrados entre oprobio y condenas cerca de la Haya, como si fueron reclamados en Francia los de Descartes, hoy enterrado en Paris. Para que ello ocurriese tenían que pasar los españoles por un proceso similar por el que pasaron los franceses de recepción del cartesianismo como la nueva filosofía que encarnaba una forma de pensar que impregnó a sus élites y acabaría siendo la dominante en Francia. Dicha penetración del cartesianismo en la mentalidad francesa tuvo lugar en gran parte por la influencia del Padre Malebranche, el cual supo difundir el cartesianismo a través de la enseñanza de los colegios oratorianos, rivales entonces de los más prestigiosos colegios de los anti-cartesianos jesuitas. En un colegio oratoriano se formó Montesquieu, iniciador de la Ilustración francesa.

      Algo parecido podría estar ocurriendo en España con un retraso de dos siglos. Pues hoy se está produciendo un movimiento cultural formidable de revisión y denuncia de las mentiras y tergiversaciones malintencionadas por la propaganda negro-legendaria, con obras de gran lectura y difusión impensable hasta ahora en el ámbito cultural hispano. Se echa de menos, sin embargo, la reivindicación de Spinoza como filósofo español, la cual no tendría que ser solo un acto de orgullo nacional, sino que, más importante que ello, sería conseguir para la filosofía española moderna lo que Descartes supuso para la francesa. Hay buenas bases para ello, pues las Obras Completas de Spinoza se han traducido por fin al español y ha aparecido su penetración académico-escolar debido a la singular obra de Gustavo Bueno, que lo ha puesto en lugar preferente en su filosofía con la intención de desmarcarse, tanto del espiritualismo filosófico-teológico, dominante en España desde la Neoescolástica española, como del nuevo dogmatismo materialista-marxista con el que la llamada “progresía” hispana lo quería sustituir. 

     Con la obra de Bueno quizás esté empezando la génesis de una nueva forma de Ilustración filosófica que eduque de un modo nuevo y más profundo la mentalidad de los españoles. De un modo especial, añadiríamos por nuestra parte, en la defensa de los principios racionales en que descansa la Democracia Liberal, que el propio Espinosa expuso y defendió filosóficamente como el mejor y más racional régimen que debe regir la vida de un Estado moderno. Con ello se destruye la leyenda del “oscurantismo medieval” del pensamiento español. Ciertamente, en la España oficial de entonces predominaba el oscurantismo, pero España se salvó, parodiando a la Biblia, por un solo justo, por la existencia de un pensador único e irreprochable, tanto en su insobornable y racionalmente mesurada vida personal, como en el atrevimiento de apostar por una filosofía que identificaba a Dios con la Naturaleza, adelantándose siglos al pensamiento dominante en su época. Hoy la España que apuesta por la Democracia está devolviendo la nacionalidad a los descendientes de aquello judíos expulsados de Castilla por los Reyes Católico. Debería también devolver de alguna manera la nacionalidad a Spinoza y dedicarle tantas estatuas como Descartes tiene en Francia o Leibniz en Alemania. 

Manuel F. Lorenzo

jueves, 22 de septiembre de 2022

Los peligros de la democracia



Vivimos tiempos confusos en los que parecen volver los enfrentamientos sociales y políticos que se tenían por superados. Seguramente se podían buscar muchas causas de ello, como la corrupción de los políticos, la mediocridad de los electores, la incultura de las masas, la degeneración de las élites, etc. Algunos piensan que todo ello se podría corregir si hubiese más democracia. Otros creen más bien que la extensión de la democracia al modo igualitarista y fundamentalista es la que está produciendo el surgimiento de populismos y deseos de tiranías autoritarias y despóticas.  Otros, por último, empiezan a ver dichas tiranías como el recambio necesario a las democracias actuales, corruptas e ineficientes ante los graves problemas que empiezan a aparecer por el horizonte (cambio climático, superpoblación, grandes migraciones, paro endémico, etc.) Precisamente, todo esto ocurre tras el momento en que las democracias liberales occidentales habrían triunfado, con la caída del Muro de Berlín, sobre la mayor amenaza totalitaria que habían tenido en el largo periodo de la Guerra Fría. No deja de ser, por ello, una paradoja que su inesperado y espectacular triunfo haya conducido, en unos escasos años, a la actual crisis que amenaza a la propia democracia liberal victoriosa. Pues el motivo no puede ser que la democracia liberal sea un régimen inestable históricamente hablando. Inglaterra y EE. UU. llevan ya siglos funcionando con ella. Entonces, ¿qué es lo que está pasando?

Así como Aristóteles decía que el Ser no es unívoco, pues se dice de diversas maneras, podríamos decir que la democracia se da también de diversas maneras. No es lo mismo la democracia directa de los griegos que la democracia representativa moderna. Ni es lo mismo una democracia limitada en sus poderes, que una democracia sin límites, de la misma manera que no es lo mismo una monarquía democrática, cuyo poder está limitado por el Parlamento, que una monarquía absoluta como la francesa de Luis XIV. Por ello, es importante saber en qué tipo de democracia nos encontramos actualmente para tratar de entender con más precisión la crisis política que se está abriendo paso en las democracias occidentales.

Los griegos fueron los primeros en la historia que introdujeron la democracia, pero fueron, por ello, también unos principiantes, como sostenía Hegel. Pues la democracia griega era todavía muy imperfecta y no conoció la división de poderes de la moderna. La Asamblea lo mismo nombraba al gobierno, declaraba la guerra o juzgaba a Sócrates. Una democracia tan imperfecta fue por ello presa de la degeneración demagógica y duró poco. La democracia liberal moderna, teorizada por Locke o Montesquieu, constituye un nuevo tipo de democracia más complejo y que se ha mostrado más duradero históricamente en el mantenimiento de un buen orden social. Pero parece que en las últimas décadas está cambiando. Estamos asistiendo, precisamente en el momento de su mayor prestigio nunca alcanzado, a su mayor crisis por su alcance mundial.

 ¿Qué está pasando entonces? En fin, sobre esto hay variadas opiniones. Vamos aquí a esbozar entonces una. Se trata de fijarse en el cambio que ha habido después de la Segunda Guerra Mundial del paso de una democracia en la que el voto estaba limitado a una minoría de rentistas o propietarios, a la extensión del voto a todos los ciudadanos mayores de edad, incluyendo a las mujeres. Ello es propio de la formación de las sociedades de masas actuales, que Ortega analizó en su famoso libro La rebelión de las masas (1930). Ortega observa en él que las multitudes lo empiezan a llenar todo, tratan de ocupar los lugares antes reservados a las minorías socialmente distinguidas, etc. Este es un hecho que vemos hoy claramente en la masificación de los conciertos musicales, por ejemplo. Pero además observa que adoptan una actitud rebelde frente a cualquier autoridad cultural o política. De ahí viene el hombre masa del comunismo y del fascismo, cuya actitud vital Ortega condenó en su tiempo. Dichas rebeldías fracasaron ante la posición que tomó el hombre masa norteamericano, el cual pudo imponerse porque la democracia americana, con su contrapeso liberal de limitación de poderes, evitó un triunfo del fanatismo. Pero el precio que se pagó fue la creación de un Estado del bienestar basado en el hedonismo consumista, como filosofía que pretendía llenar de sentido el american way of life y que condujo a una sociedad en la que la satisfacción hedonista no consigue calmar los deseos (el I cant´ get no satisfaction de los Rolling), sino que paradójicamente crea dolor y en el mejor de los casos aburrimiento. Se creó así un tipo de ciudadano en cuyo voto se basaron, no solo las decisiones políticas sino las decisiones culturales sobre cómo había que pensar y que es lo que nos debe gustar. Se han extirpado las élites egregias sustituyéndolas por demagogos y mediocres autores de bestsellers.

Manuel F. Lorenzo

martes, 31 de mayo de 2022

Guerra de Ucrania: información histórica frente a propaganda de guerra

 


         Ucrania ha formado mayormente parte de Rusia desde que el líder cosaco Bohdan Khmelnytsky juró lealtad al Zar en 1654 para escapar del dominio polaco. Ha estado ligada a Moscu desde entonces hasta la caída del Muro de Berlín, a excepción de una efímera República independiente ucraniana, entre 1917 y 1920, en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Pero Ucrania, que formo parte de Polonia, Lituania y del Imperio Austrohúngaro en momentos de su historia, es un país escindido en dos culturas: la europeo-occidental y la rusa oriental, como señaló ya Samuel Huntington en su profético libro El Choque de civilizaciones (1997). El ucraniano y el ruso son sus lenguas dominantes. El ucraniano occidental se asocia al nacionalismo y el ucraniano oriental al ruso. Dicha escisión cultural, -que Huntington ilustra con un mapa (p. 160) con una línea de fractura que recorre Ucrania de Norte a Sur y pasa por el mismo centro-, se puso de relieve políticamente en las elecciones presidenciales de 1994, tras la caída del Muro de Berlín. En ellas Leonid Kravchuk ganó en las provincias occidentales mientras su rival Leonid Kuchma ganó en las orientales por mayorías similares.

      A consecuencia de la manifestación de la escisión cultural en división política, empieza la lucha fratricida entre los ucranianos que llega hasta el inicio de la actual guerra civil en 2014, cuando surgen los movimientos pro-rusos separatistas en las provinciales orientales y se produce la anexión de la península de Crimea, sede de la flota rusa del Mar Negro, por decisión unilateral de Vladimir Putin. No obstante, debido a que ambas partes son pueblos eslavos con múltiples relaciones de lazos matrimoniales y fraternales entre ellos, se ha intentado evitar la escalada violenta del conflicto buscando el dialogo y la negociación en acuerdos como los de Minks. Pero parece que es muy difícil que se mantenga una unidad nacional ucraniana entre ambas partes. Por ello estalló la actual guerra, la cual parece conducir a una Ucrania política, cultural y territorialmente dividida entre una Ucrania oriental pro-rusa, que se sostiene por la fuerza militar de Moscu, y una Ucrania pro-europea, que solo puede mantenerse con el apoyo militar occidental, aunque sea indirecto y medido en función de no llegar al enfrentamiento nuclear. Una situación que nos parece menos probable, aunque no se puede descartar, es que Ucrania pase a ser enteramente pro-occidental o enteramente pro-rusa.

     Parece, por ello, que permanecerá como una nación fallida. No obstante, los problemas más difíciles a largo plazo serán los problemas de su desarrollo económico, debido a su dependencia energética y a su bajo nivel de vida. La búsqueda legítima de una mayor riqueza nacional e igualdad social le hace mirar al próspero capitalismo occidental, pues la dependencia rusa conlleva un desarrollo capitalista más estatalista e ineficiente, dominado por grandes oligarcas con estrechos vínculos estatales. Pero los fuertes lazos culturales del eslavismo y el cristianismo ortodoxo le hacen más difícil la integración en la cultura liberal de Occidente, pues la Iglesia Ortodoxa se separó del cristianismo católico de modo cismático ya en la Edad Media por una cuestión político-cultural decisiva: la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Curiosamente muchos ucranianos, sin embargo, fueron seguidores de la Iglesia uniata de ritos ortodoxos, pero obediencia Papal. La Iglesia Ortodoxa continua hoy subordinada al poder político en Rusia, como en los tiempos del zarismo, mientras que la Iglesia Católica se mantiene como un poder espiritual trans-estatal.

     Esto podría no ser un problema pues tampoco en el cristianismo protestante hay separación entre el poder religioso y el político, como ocurre en Inglaterra con su actual reina como cabeza de la Iglesia Anglicana. Pero Inglaterra, al declarar, tras su Revolución, la libertad de cultos en sus Leyes y separar el poder Legislativo del Ejecutivo, encontró una brillante formula para mantener la libertad de conciencia y de expresión entre sus nacionales. Cosa que parece que no es posible todavía en la Rusia de Putin. Evidentemente tampoco la Rusia de Putin es la antigua Unión soviética comunista, como algunos pretenden mantener para atizar más el fuego contra un demonizado Putin. Rusia ha hecho su transición a la democracia imitando por entonces a la exitosa Transición española en el paso incruento de una dictadura a una democracia. Otra cosa es que haya desembocado en una democracia fallida que encubre una autocracia. Pero ello podría decirse también de la actual Democracia española, la cual se está torciendo hasta unos límites de proliferación de autócratas regionales en Cataluña o el País Vasco que están saltándose las Leyes Constitucionales según su gusto y capricho y poniendo en peligro la propia unidad nacional de los españoles.

Manuel F. Lorenzo


miércoles, 6 de abril de 2022

Actualidad de George Orwell

      El modo en el que los Estados nacionales tenderían a desaparecer por la creación de nuevas estructuras políticas, que conduciría a una sociedad igualitariamente homogénea, de atomización y despersonalización individualista y solipsista, como es la sociedad occidental actual, fue ya previsto  por Francis Fukuyama con su visión del aburrido “fin de la historia”, en el que nada nuevo ocurre con el triunfo final de la democracia, creándose un vacío existencial que solo llenan la visión de vídeos y la cultura del entretenimiento, el cual exigiría el triunfo final de una forma de Estado liberal-democrático que se iría extendiendo paulatinamente por todo el Globo terráqueo y que podría acabar creando un único Estado Mundial. Sería la plasmación de la antigua Cosmópolis estoica del triunfo de una Humanidad igualitaria.

     Pero frente a esta visión algunas novelas futuristas habían pintado ya, sin embargo, con carácter sombrío, dicha situación, como fue el caso de la novela de George Orwell, 1984 (1949), en la que se insiste en el control absoluto de un individuo despersonalizado, no ya por un Estado Mundial, sino por tres Estados totalitarios presidido por un Gran Hermano,  que busca también la felicidad de la mayoría al precio de su libertad de pensar y actuar como individuo.

     La Idea de un Estado único mundial, sin embargo, como señaló Gustavo Bueno, es irreal, pues el Estado es un concepto político dialéctico que exige la co-determinación, la lucha y oposición con otros Estados. Sin ello no tiene sentido. No pude hablarse de Estado en singular, puesto que no hay Estado sin fronteras cerradas y determinadas por otro Estado. Por ello la novela de Orwell no contempla un futuro pacifico de la Humanidad englobada en un único Estado, como podía ser el que propone el globalismo democrático, sino el de la Guerra necesaria entre al menos tres grandes Estados (en la novela son denominados como Oceanía, del que forma parte Inglaterra, América, y el Sur de África, Eurasia con la Rusia soviética y Europa, y Asia Oriental con China, Japón y Corea).  

     George Orwell, quizás por su forma de pensar dialéctica, propia del marxismo que profesó, dibuja un Estado final no sustancializado y definitivo, como el que se da en el globalismo, sino que se lo representa, no ya como una estructura estática o hipostasiada, sino como una situación continuamente cambiante por medio de una guerra constante y externa entre tres grandes Estados, dos de los cuales se alían de modo rotatorio frente a un tercero, según pudo percibir ya en el sorprendente Pacto Germano-Soviético que se dio entre Hitler y Stalin y que se rompió con la Operación Barbarroja de la invasión de la Unión Soviética por Hitler, formándose a continuación la alianza de Inglaterra y USA con Stalin. Pero Orwell creía que tales pactos estaban sujetos a repetirse indefinidamente con lo que la situación no cambiaría en su estructura de fondo. Aparece aquí la Idea de un Estancamiento más bien que un Final de la Historia en el que, aunque sigue habiendo acontecimientos como guerras, aliados y enemigos, persecuciones de discrepantes, etc., sin embargo, la situación de la Humanidad no progresa, sino que se estabiliza en una repetición de sucesos, de inversión de papeles, en un nietzscheano “eterno retorno”. 

     Pero en Orwell la repuesta a esta situación final ya no es sublime, como lo pretendía la propia del romanticismo socialista son el triunfo final del proletariado, sino que tiene un carácter más bien siniestro, por deducir las consecuencias totalitarias y deshumanizadoras de las ideologías del Progreso técnico-social, deviniendo tal progreso en un repetición indefinida de una situación hoy denominada precisamente como “orwelliana”, presentada demagógicamente bajo el disfraz ideológico de un humanismo benefactor.

     En el fondo, los Tres Grandes Estados de la novela de Orwell,  -en lo que se pueden ver algunas anticipaciones de los actualmente llamados “Estados Continentales” por su tamaño y poder en armamento nuclear: los Rusos, Chinos y Norteamericanos de la multipolar situación actual-, los cuales serían más parecidos que diferentes en tanto que tenderían a un control completo de los individuos mediante las técnicas informáticas de vigilancia y la utilización del poder de una propaganda mediática aplastante, con su “Ministerio de la Verdad”, que difundiría las hoy llamadas fake news y la falsificación continua de la “memoria” histórica, como ya hacían los comunistas soviéticos y los nazis. En tal sentido Orwell habría sido profético cuando en 1984 pinta un modelo único de Estado que se realiza dialécticamente en Tres Estados diferentes y contrapuestos, como una identidad de los opuestos de la llamada filosofía dialéctica marxista pues, aunque Estados enfrentados a muerte, su lógica de funcionamiento es la misma en los tres: continua Guerra fría o caliente, Ministerio de la Verdad, fake news, satanización de los críticos como anti-sistema, etc.

Manuel F. Lorenzo