domingo, 18 de marzo de 2018

Renacionalizar la Monarquía


Opinaba Ortega y Gasset, en su conferencia de 1931, Rectificación de la República, sobre la llamada Monarquía de Sagunto, la de Alfonso XII y Alfonso XIII: “España es el país entre todos los conocidos donde el Poder público una vez afirmado tiene el mayor influjo, tiene un influjo incontrastable porque, desgraciadamente, nuestra espontaneidad social ha sido siempre increíblemente débil frente a él. Pues bien, la monarquía era una sociedad de socorros mutuos que habían formado unos cuantos grupos para usar del Poder público, es decir, de lo decisivo en España. Esos grupos representaban una porción mínima de la nación; eran los grandes capitales, la alta jerarquía del ejército, la aristocracia de sangre, la Iglesia”. La salida de España de Alfonso XIII no fue más que el resultado inevitable de lo que Ortega consideró una política que se hacía en beneficio de unos pocos, orillando la necesidad de una Gran Reforma orientada a la regeneración nacional.

Dicha Reforma política, según Ortega, consistiría en la europeización de España y la descentralización Autonómica para revitalizar las provincias. Ello se llevó a cabo en la llamada Transición a la Democracia con la Monarquía de Juan Carlos I, el cual fue entonces consciente de que la Monarquía, si quería subsistir, debía atender al interés nacional y, por ello, se presentó entonces como Rey de todos los españoles.

El comienzo de su reinado fue espectacular, pues acertó eligiendo a Torcuato Fdez. Miranda y a Adolfo Suárez, los otros protagonistas de la exitosa transición de la Dictadura a la Democracia. Pero pronto todo empezó a torcerse con el golpe del 23-F. El resultado fue la dimisión de Suárez y, lo peor, la desaparición, en la práctica, del centro político. Con ello el Partido Socialista consiguió un sonado triunfo, comenzando una peligrosa política que, entendiendo erróneamente las Autonomías como un camino hacia el Federalismo, (y no como un freno opuesto al Federalismo, tal como propuso Ortega y Gasset en sus discursos en las Cortes de la República), comenzó el proceso de desnacionalización de la política española, necesaria para conseguir el apoyo de las minorías nacionalistas vasca y catalana para acceder al Poder en Madrid.

Dicha política desnacionalizadora, lejos de cambiar, se reeditó de forma aumentada con Aznar y el Partido Popular que derrotó a Felipe González. Durante varias décadas, al margen de quien gobernase, se mantuvo de forma constante la desnacionalización de España, como si fuese un ortograma, debido también a que la espontaneidad crítica de la sociedad española seguía siendo débil por la gran docilidad del votante medio hacia el Poder público, suministrador principal, todavía hoy como en la Restauración decimonónica, de grandes prebendas y privilegios. Así se creó un “sistema de intereses” mutuos, que fomentaron los dos grandes partidos, grupos bancarios y grandes empresas orientadas a los presupuestos públicos, con el asunto de las concesiones de obras, las mordidas del 3%, etc. Como se gobierna en democracia, y hoy la Iglesia católica ya no tiene la influencia que tenía, se fomentó la creación de grandes grupos de comunicación periodística, dóciles al poder por las subvenciones del Gobierno de turno y la publicidad de los grandes bancos y empresas allegadas al Poder. Asunto muy grave, pues el periodismo, como ya sostenía Ortega, es el aparato del “poder espiritual” de las sociedades modernas. El precio que ha pagado por reflejar, salvo pequeñas excepciones, solo los intereses de la oligarquía a la que sirven, y no los intereses nacionales, ha sido el envilecimiento y el desprestigio actual de las fake news.

Debido, por ello, a la debilidad de la Sociedad Civil española, como apuntan algunos, y aún más a la poca vitalidad de las Autonomías que, en vez de orientarse hacia sus propios intereses económicos locales de mejora de la industria, la vida rural, etc., han sido contentadas con la satisfacción “nacionalista” de sus diferencias folklóricas, lingüísticas, de su orgullo provinciano, etc., debido a todo ello, la desnacionalización de España ha ido avanzando hasta el estallido de la rebelión de la Autonomía catalana.

Ante dicha rebelión anti-española ha habido, sin embargo, dos reacciones inesperadas: una la exhibición de banderas en las ventanas y las manifestaciones por toda España y otra el discurso del 3 de octubre del Rey Felipe VI, en el que defendió apasionadamente la unidad de la nación y la Constitución por encima de particularismos. Con ello la Monarquía, que con Juan Carlos I fue débil y pasiva ante la desnacionalización, parece volver a buscar la confluencia re-nacionalizadora con las fuerzas políticas emergentes que ahora parece encabezar un nuevo centro político. Continúe por ese acertado camino, Majestad, y felicidades por su cumpleaños.


Artículo publicado en El Español (3-2-2018).

domingo, 4 de marzo de 2018

El europeismo de Ortega


La crisis del Euro, el brexit inglés, la avalancha de exiliados e inmigrantes, han desatado la crítica al Proyecto de Unidad Federal Europea propugnado principalmente por el llamado eje franco-alemán, e incluso, en España, ha empezado a despertar una tradición anti-europea en la que el chivo expiatorio habitual suele ser el filósofo Ortega y Gasset, con su famosa frase “España es el problema, y Europa la solución”.

Pero, en el entendimiento de dicha frase persiste lo que consideramos una mala lectura de Ortega. Pues la solución europea para los problemas de España no era, en el filósofo madrileño, una cuestión meramente económica o política, sino educativa o, como hoy se dice, cultural. La “solución europea” era que España se incorporase a la cultura científica y filosófica que modernamente había florecido en los países como Inglaterra, Francia o Alemania, remediando un retraso secular en tales materias. Pues, Ortega pensaba que el progreso y la riqueza de tales países se debía, en una parte sustancial, a su apuesta por la ciencia y la filosofía moderna, mientras que una España intelectualmente decadente y poco modernizada, permanecía en la miseria y el atraso. Esa cultura moderna es la que hoy, con USA a la cabeza, continúa siendo estimulada en los países más desarrollados del planeta, marcando un horizonte de civilización y progreso, aunque no exento de aspectos críticos, como el diagnosticado por Ortega como “rebelión de las masas”.

Dicha cultura moderna es la que, tras el despegue como potencia industrial en el franquismo, debía desarrollarse en España con la democracia. Pero no se ha hecho de la forma debida. Pues, lo que se ha producido ha sido el triunfo de una oligarquía de políticos, banqueros y medios de comunicación, caracterizada por la mediocridad de su europeismo utópico, que sueña con ceder soberanía, no importa cuanta, a una Europa Federal. Ortega nunca defendió tal cosa, pues en su concepción de la unidad europea se suponía una fuerte política nacionalizadora en España y no una mera cesión supranacional de competencias estatales. Excesos tales, como la cesión de la soberanía monetaria al entrar en el Euro, nos han conducido a la delicada situación política y económica en que nos encontramos actualmente como país.

Ortega tenía otra filosofía, muy diferente del papanatismo europeísta hoy dominante. Por ello, es preciso recordar, para una mejor comprensión de la frase, que Ortega, en una época posterior a aquella en que pronunció dicha frase, -lo que ocurrió en un discurso de marzo de 1910 en la Sociedad El Sitio de Bilbao-, consiguió liberarse de la influencia culturalista alemana de los neokantianos de Marburgo, y se atrevió a proponer una nueva filosofía, el llamado Raciovitalismo, que contribuyese a superar asimismo la crisis interna de la propia modernidad europea que estalla en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Es decir, que Ortega creía, después de tan terrible conflicto, que España, para solucionar sus problemas de atraso y decadencia, no debía modernizarse copiando o imitando meramente las corrientes filosóficas inglesas, francesas o alemanas, sino que debía modernizarse culturalmente lo más originalmente posible, para aportar soluciones filosóficas y culturales nuevas, que permitiesen también a la civilización europea superar la llamada crisis de la Modernidad. Su famoso diagnóstico de la debilidad y escasez de unas élites excelentes, sigue siendo una constatación en la España democrática actual, tan ayuna de los mejores y tan llena de numerosas mediocridades con mucho poder.

Era preciso ponerse al día en lo que era la filosofía europea de entonces y por ello llevó a cabo una formidable labor de traducciones y de artículos periodísticos que permitiesen salir a las minorías intelectuales del país de la ignorancia reinante sobre tales materias en las cátedras universitarias, mayormente controladas entonces por el clero. Pero con eso no bastaba. Había que llevar a cabo la aportación española a la filosofía europea. Para eso era necesario la creación de minorías intelectuales formadoras de opinión y de nuevas ideas, que Ortega orientó hacia el Racio-vitalismo, creyéndolo más acorde para la forma de ser de los españoles.

No fue muy lejos en su tarea, debido sobre todo a la crisis que se abrió con la Guerra Civil. Pero, nos gustaría sugerir que quizás Ortega, con todas sus insuficiencias, haya sido una especie de visionario, un Moisés que apunta el camino hacía una Tierra Prometida para España y para la propia Europa, aunque fue condenado a no llegar a pisarla. De momento se le puede reconocer el acierto en la elección de los temas biológicos, vitales, como temas que empiezan a aparecer, en nuestro horizonte del siglo XXI, como profundos y dignos de preocupación para el futuro, como el "cambio climático", la superpoblación, la manipulación genética, el sentido de la vida, etc.


Artículo publicado en El Español (23-1-2018).

domingo, 11 de febrero de 2018

Protestantismo y crisis de la Modernidad

El pasado año se cumplieron 500 años desde que Lutero abriese la Reforma Protestante con sus famosas tesis clavadas en la puerta de la catedral de Wittenberg. Entonces el catolicismo había degenerado, en parte por la corrupción de la Iglesia, pero, principalmente, por aferrarse al aristotelismo y condenar a Galileo en un momento en que se producía una revolución científica y filosófica que trastocaría los poderes espirituales y la visión del mundo hasta entonces dominantes. No es que el Protestantismo apoyase entonces la ciencia y la filosofía nacientes. Todo lo contrario, pues era tan anti-copernicano y anti-cartesiano como el catolicismo romano. Pero tuvo que hacer de la necesidad virtud y, allí donde triunfó, se vio obligado a respetar y tolerar las diferencias entre las numerosas sectas e iglesias en que cristalizó. En Holanda e Inglaterra, al abrigo de dicha tolerancia, pudo crecer y desarrollarse la ciencia que había nacido con Copérnico y Galileo y la filosofía moderna que inicia Descartes. España, necesitando defender su posición de superpotencia europea de la época y su Imperio, permaneció libre del Protestantismo, pero a la vez, por el mantenimiento y reforzamiento del poder espiritual de la Iglesia con la Contrareforma, se cerró a la revolución científica y filosófica.

Pasados quinientos años, asistimos a una crisis en el siglo XX equiparable, según Ortega y Gasset, a la crisis que abrió la Era Moderna. Una nueva revolución científica se abre en la Física con la Teoría de la Relatividad de Einstein y la física cuántica de Planck, junto con una revolución filosófica que se anuncia en filósofos como Martin Heidegger o el propio Ortega, que proclaman el fin de la modernidad y el inicio de una nueva época que viene después de la Moderna. En ella estaría surgiendo una concepción del mundo que se empieza a denominar postmetafísica y postmoderna.

Dicha concepción sería, en palabras de Ortega, nada moderna, pero muy siglo XX. Ello surge como reacción ante la degeneración de las sociedades modernas que, como ocurrió con la sociedad medieval, después de dar sus frutos, entran en crisis. Así, la democracia liberal en Inglaterra basada en ciertas limitaciones, como la limitación censitaria del derecho de voto a los propietarios, o de la tolerancia religiosa que excluía de ella a católicos y ateos, al hacerse democracia de masas por la extensión del derecho de voto a todo ciudadano mayor de edad, e incluso hoy a los inmigrantes, o por la tolerancia de toda forma de religiosidad y cultura con el multiculturalismo, genera conflictos inesperados que amenazan disolver la propia idea moderna de nación y de familia, en la que se reconocen derechos iguales de los cónyugues, posibilidad de divorcio, etc.

La idea que subyace a estos desarrollos conflictivos es la idea protestante de libertad ilimitada de conciencia, atribuida al individuo frente a toda autoridad y que deriva de la creencia religiosa en la conexión directa de los creyentes con Dios a través de la lectura de los textos sagrados y de la meditación. Pero, frente a tales pretensiones de igualdad y libertad individual sin límite, las ciencias positivas, que inicialmente solo habían puesto de manifiesto la estupidez de no admitir en conciencia que “2+2=4”, una vez que ha sido demostrado, pero que hoy extienden sus teoremas a múltiples campos de la realidad humana, desde la Física Relativista a la Teoría de la Evolución, dichas ciencias positivas destruyeron primero las falacias del comunitarismo protestante secularizado de los marxistas, que consideraban aquello que lo contradecía, sea la Genética o la Lógica Formal, como “ciencias burguesas”, frente a las que pretendían oponer la “ciencia infusa proletaria”.

Un choque semejante se produce hoy de nuevo con el igualitarismo de la llamada Ideología de Género, que pretende hablar de la igualdad de géneros, como si fuese algo que pudiese establecer el legislador progresista sin tener en cuenta las leyes biológicas y culturales que establecieron las diferencias sexuales por encima de los deseos de los individuos y que hoy nos siguen determinando.

En tal sentido, la mentalidad católica que ha permanecido a machamartillo en algunos países, como España, aunque ámpliamente secularizada y liberada de los dogmas religiosos por el desarrollo, tardío en comparación con los países protestantes, de la industrialización, quizás está hoy en mejores condiciones que la protestante para adaptarse a la nueva época postmoderna, por su tendencia a respetar la autoridad, que ahora no son los teólogos, sino los científicos; a no considerar los derechos del individuo sin relación al grupo, sea este la familia, los amigos o la nación misma; o a tolerar a otros grupos siempre que asuman y se adapten a las costumbres del país, etc.


Artículo publicado en El Español (12-1-2018)


martes, 23 de enero de 2018

¿Ha fracasado la solución Autonómica?

La sublevación de la minoría separatista catalana ha marcado el acontecimiento político más importante del año 2017, y quizás de las últimas décadas, pues habría que remontarse al golpe de Estado del 23-F para encontrar una situación tan crítica para la Monarquía parlamentaria que rige en España desde la llamada Transición a la Democracia.

De la misma manera que se ha magnificado el 23-F en el que, en realidad, al parecer hubo dos golpes, uno duro, el de Milans y Tejero, y otro blando, el de Armada, que se neutralizaron y fue el Rey, como árbitro, el que inclino la balanza finalmente para restablecer la situación y restaurar la legalidad que se pretendía conculcar, de igual forma el golpe de Puigdemont se paró por una doble reacción, la de la justicia que actuó a instancia de denuncias de Vox y particulares y, finalmente, con la aplicación del artículo 155 que la Constitución preveía para circunstancias de este tipo.

Dicha intervención se hizo por parte de un dubitabundo y tardío Mariano Rajoy, que no tuvo más remedio que cumplir con sus funciones presidenciales y retirarles las Competencias de Gobierno a la Generalidad, en tanto que eran prestadas por los únicos detentadores de la soberanía nacional, los españoles. Mariano, dubitativo antes, jugo a continuación a la ruleta la suerte de los separatistas, convocando unas elecciones precipitadas en las que el separatismo, a pesar del espectacular y esperanzador ascenso de Ciudadanos, se ha tomado una revancha propagandística y un resuello que le da una nueva esperanza de reiniciar el Proceso separatista, aunque a más largo plazo. No se trata de pensar que un problema que se ha gestado durante tres décadas por la alianza entre las oligarquías partitocráticas madrileñas y los separatistas catalanes se vaya a resolver ahora con una mera intervención jurídica, aplicando el artículo 155 de la Constitución. Es necesario un giro de 180 grados en la política seguida en las últimas décadas por la mayoría del arco parlamentario, que consiste en seguir “dialogando” y cediendo ante las pretensiones separatistas.

Esta nueva política debería hacer lo contrario, debería tratar de aislar a los separatistas, que como se ha comprobado, no representan a la mayoría de los catalanes, sino que son un minoría radical y además utópica y muy peligrosa para la actividad industrial en Cataluña. Precisamente esta es la política que recomendaba Ortega y Gasset, al que consideramos el padre filosófico de la solución autonómica, de aislar al separatismo por medio de la descentralización Autonómica, como un medio de quitar argumentos a los separatistas en su queja ante el Estado central, ante asuntos que pueden afectar a la mayoría de los catalanes, para dejarlos con las pretensiones separatistas puras, que solo interesan a una minoría integrada por soñadores, chiflados y algún que otro pillo, como los integrantes de la familia Pujol y adláteres.

Para ello, se necesitan nuevos políticos que, si no leen los correspondientes textos de Ortega, en los que defendió su idea de las Autonomías ante las Cortes de la 2ª República, porque como hombres de “acción” no lo suelen ser de lectura y reflexión, tengan asesores adecuados que se los expliquen. Dichos textos por los que podían empezar son los discursos Federalismo y autonomismoEl Estatuto de Cataluña y el libro La redención de las provincias. Léanlos y reléanlos despacio porque, con el tiempo transcurrido, y encontrándonos ante los mismos problemas que los provocaron, adquieren una profundidad y justeza como no se les pudo dar en su tiempo, estando además llenos de gran utilidad hoy. Pues los graves problemas que plantean las Autonomías hoy, como son las tendencias separatistas, el convertirse en reinos de taifas, con unos parlamentos regionales inflados y una tendencia al despilfarro derivan de esta vieja política equivocada que se ha llevado a cabo en las últimas décadas y no de la idea Autonómica como solución precisamente para frenar el separatismo, tal como la formuló Ortega.

Algunos pretenden volver al centralismo jacobino, como en la época de Felipe V o de Franco. Pero ese centralismo solo funcionó con una monarquía absoluta o con una dictadura, que pudo ser necesaria como solución provisional en circunstancias extremadamente graves, pero no como una solución más estable y duradera. La otra solución, el Federalismo o Confederalismo, que defiende la izquierda, también la critica Ortega, como una solución que vale cuando hay varias soberanías que buscan unirse, pero no cuando ya hay una única soberanía como ocurre en España.

 Así que les deseo, para el próximo año, mucha felicidad y estas lecturas recomendadas, para haber si, cuando opinen sobre la cuestión Autonómica, lo hagan con más fundamento.


Artículo publicado en El Español (30-12-2017)

domingo, 7 de enero de 2018

La boca y las manos en el origen de la inteligencia

La mano, como ya sostenía Charles Darwin en El origen del hombre, ha sido la clave en la generación de la inteligencia propiamente humana, eso que otros denominan nuestra mente o espíritu. Pero hoy sabemos, por abundantes estudios etológicos, iniciados por el fundador de la Etología, Konrad Lorenz, que muchos animales, como perros, gatos, elefantes, delfines o ballenas, manifiestan una conducta, no ya meramente instintiva, sino propiamente inteligente. Sin embargo, dichos animales no poseen manos. Su adaptación y relación con el mundo externo se lleva a cabo con otros órganos de prensión, como la boca.

Precisamente esta forma de coger o atrapar algo, sea para alimentarse, para atacar, para transportar una cría, etc., es la forma de prensión más extendida en el reino animal. En tal sentido Colin McGinn (Prehension. The hand and the Emergence of Humanity, The MIT Press, 2015) propuso que, en el origen de la vida inteligente o “mental”, la prensión (prehension) de las cosas externas es crucial y que la prensión oral o bucal puede estar en el origen más remoto de la vida anímica o pensante al proveer una plataforma desde la que la inteligencia animal puede despegar y evolucionar.

Pues la acción bucal es más originaria filogenéticamente hablando que la manual. En tal sentido la boca, señala MacGinn, es el origen último del pensamiento: “Thought came from the mouth”. Son, por ello, la boca y las manos lo esencial para la aparición de un conocimiento superior al meramente sensible en la escala animal.

Se trata entonces de explicar cómo el conocimiento interior simbólico-lingüístico, que es propio de los humanos ha podido originarse a partir de los órganos de prensión externos como la boca o las manos. Heidegger, en su famosa obra Ser y Tiempo, ya había señalado que nuestra relación originaria con el mundo no reside en la conciencia, sino en las manos. Por eso el mundo, como medio (umwelt) en el que existimos, es para nosotros principalmente algo a mano, algo manipulable. Pero los animales que nos preceden en la escala evolutiva no suelen tener manos, sino garras, picos, boca. Incluso en ellos la boca es el órgano de prensión más usado en su relación con su mundo, ya sea para matar cruelmente a sus víctimas o para transportar delicadamente a sus cachorros. En tal sentido, como señala McGinn, coger los objetos nos da el sentido de conocimiento real del mundo, que no nos dan ni la vista ni el oído, al estar sujetos a ilusiones.

Pero, el coger (gripping) con la boca o las manos, no solo es importante para conocer propiamente el mundo objetual, sino también a otros sujetos que nos rodean al tocar y aprehender sus cuerpos, desde el amistoso saludo manual hasta los apretones de la intimidad sexual. Incluso el conocimiento del propio cuerpo precisa del tacto manual que distingue la mano ajena de la propia, al coger ambas. El coger es así una especie de cemento con el que nos agarramos al mundo, a la existencia, una especie de mecanismo primordial y básico para pervivir en la dura lucha por la existencia animal y humana, creando una cultura técnica, que en el caso de la especie humana es una cultura de origen manual. Aunque esta lucha nunca alcanza una victoria total, pues la realidad mundana es inagotable y la capacidad manual es limitada, ante una materia que nos impone unas leyes que hace que solo podamos dominarla obedeciéndola, como sostenía Galileo. Incluso, aunque podemos añadir a nuestras manos poderosos instrumentos técnicos, no conseguimos cambiar esencialmente la naturaleza de nuestra relación finita con el mundo.

Toda capacidad operatoria es por ello propia de seres finitos, como animales y humanos, lo que introduce en la explicación o dominio del mundo un límite o impotencia global insuperable. Lo cual nos debe hacer desconfiar de las utopías tecnológicas que prometen convertirnos en dioses omnipotentes, inmortales, etc., como parece ser el sueño del súper-hombre tecnológico que anuncian algunos en Silicon Valley (Yubal Noah Harari, Homo deus. Breve historia del mañana, Editorial Debate, 2016). Pues, como señala McGinn, hay un cuerpo innato y un cuerpo adquirido, de la misma manera que se hablaba de ideas innatas y adquiridas.

El cuerpo adquirido es el que se basa en la habilidad innata de coger, que en el niño arranca del reflejo de prensión, como el succionar con la boca, deriva del reflejo innato de succión. Pero el coger objetos permite fabricar dispositivos técnicos, o el contactar bucal, manualmente, con otros sujetos permite desarrolla sentimientos más profundos y complejos. Por ello se abre aquí una nueva aproximación vital al mundo cultural que solo se explica por los procesos y transformaciones evolutivas de las llamadas habilidades bucales o manuales, las cuales no hemos más que comenzado a estudiar.

Manuel F. Lorenzo

Artículo publicado en El Español (13-12-2017)

lunes, 18 de diciembre de 2017

Autonomía no es Soberanismo

Una de las confusiones más graves que han propiciado el actual conflicto separatista, que afecta a la Comunidad Autónoma catalana, es precisamente la cuestión de la Soberanía o capacidad que tiene un Estado sobre las decisiones últimas que atañen a su propia existencia como unidad política. Pues, el Estado se constituye, como señala Hobbes, cuando se reconoce en un Soberano, sea ya una persona (Rey) o un grupo de personas (Parlamento), el monopolio de la fuerza para mantener la unidad, la seguridad o el orden dentro de ese Estado. 

En relación con las relaciones exteriores de ese Estado, puede ocurrir que un Estado busque la alianza con otros Estados frente a terceros. Así, si esa alianza se hace más estrecha y duradera, pueden surgir Confederaciones de Estados, como es la actual Unión Europea, en la que los Estados miembros pueden ceder Competencias, que siempre pueden recuperar, como estamos viendo con el Brexit inglés. Aunque el precio sea elevado, ello no es imposible. Pero, si la unión se hace más estrecha, como ocurrió en USA tras la derrota de los Estados Confederados del Sur en una cruenta Guerra Civil, la Soberanía cedida a Washington, parece ya irrecuperable para los antiguos Estados.

El caso de los Estados soberanos europeos, como España, Reino Unido o Francia, es que siguen siendo, por tanto, Estados Unitarios Soberanos, porque la UE no ha dado el paso hacia un Estado Federal europeo. Y quizás no lo pueda dar nunca. Pero dichos Estados, que han tenido un protagonismo histórico como potencias mundiales de primera fila, hoy han sido relegados, al perder sus Imperios, a potencias de segundo orden en la escena mundial, en relación con los llamados Estados Continentales como USA, China, Rusia, o pujantes potencias económicas como Alemania o Japón.

De ahí viene que su poder, tradicionalmente centralista, se debilite y empiecen a surgir tendencias separatistas en algunas de sus regiones. España lleva en esto la delantera, pues ya a finales del siglo XIX aparece el problema catalán y luego el vasco. En Inglaterra esto empezó ahora con Escocia (el caso de Irlanda es diferente). Francia, el país centralista por antonomasia, tiene problemas en Córcega y Bretaña.

Ortega y Gasset ya vio, por ello, la necesidad de regenerar o revitalizar a una España en decadencia. Para ello formuló un programa doble: integrar a España en una especie de unidad confederada europea (“Europa es la solución”) y, a la vez, descentralizar el Estado por medio de la generalización de las Autonomías. Ortega creyó que la división de las Competencias del Estado en Competencias Nacionales (Ejercito, Asuntos Exteriores, Justicia, Educación, Economía nacional, etc.) y en Competencias Autonómicas transferibles, en cuanto que tratan de asuntos locales, que no interfieren con los nacionales, podría servir para neutralizar el vicio español del particularismo o localismo, que se había manifestado como letal en el cantonalismo de la Primera República.

Dejando claro que las Competencias las otorga el Estado y, por tanto, pude también retraerlas o suspenderlas. Ortega defendió la generalización del modelo Autonómico (lo que se atribuye a la famosa frase de Suárez del “café para todos”, desconociendo que proviene del filósofo quizás a través de Torcuato Fernández Miranda, gran admirador de Ortega) porque consideraba que, con ello, se habría creado el “alveolo” para alojar el problema catalán: todas las regiones al tener Autonomía no la verían como un privilegio solo catalán y, a la vez, Cataluña tendría una parcial satisfacción a lo que de justas pudiesen ser sus reivindicaciones particularistas o “nacionalistas”. Con ello quedaría sin fuerza su particularismo separatista, pues no se podría alimentar de motivos de queja razonables, acabando por degenerar en un movimiento utópico e irreal, que es lo que representa hoy el iluminado Puigdemont.

Inglaterra, después de observar la llamada Transición española, nos copió discretamente el modelo Autonómico, creando los Parlamentos regionales de Irlanda del Norte, Escocia y Gales. No es cosa banal que la inteligente Inglaterra copie hoy a la antigua temible rival y hoy tenida por atrasada, y en parte colonizada, España. Incluso, como Ortega preveía, cuando los enfrentamientos en el Ulster subieron de tono, Tony Blair suspendió su Autonomía por cinco años nada menos.

Sin embargo, Cameron, creemos, cometió un grave error al permitir el Referendum escocés pues, con ello, empieza el cuento de nunca acabar, pidiendo otro, como en Quebec. Debería haber negado la consulta y amenazar con intervenir la Autonomía escocesa, como, a trancas y barrancas, se está haciendo en España con Cataluña. Pues, ya decía Ortega que: “Ahí (en la Autonomía) está, señores, la solución, y no segmentando la soberanía, haciendo posible que mañana cualquier región, molestada por una simple ley fiscal, enseñe al Estado, levantisca, sus bíceps de soberanía particular”.


Artículo publicado en El Español (9-11-2017)

domingo, 10 de diciembre de 2017

Modernidad Católica frente a Modernidad Protestante

Se conmemoran este año en Alemania los 500 años transcurridos desde que en 1517 el monje agustino Lutero clavase en las puertas de la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis, que incendiaron la cristiandad produciendo el cisma que llevó a la separación de los denominados Protestantes de la Iglesia de Roma.

Aquel acto fue trascendental para toda Europa por sus consecuencias, que llevaron a la destrucción del poder católico en los países del Norte de Europa, en los cuales, sin embargo, no logró imponerse una Iglesia Protestante unida, sino que se vieron obligadas a convivir, entonces y hasta hoy mismo, una multitud de sectas religiosas que fueron obligadas a tolerarse recíprocamente por los poderes políticos correspondientes. Esa tolerancia por necesidad fue transformada en virtud filosófica y secularizada por filósofos como John Locke o Voltaire. En Alemania será el llamado Rey Filósofo, Federico de Prusia el instaurador de la tolerancia que permitió el desarrollo de una secularización filosófica del espíritu protestante que va desde Kant a Marx, pasando por Hegel.

Este espíritu protestante se resume en la famosa libertad de conciencia frente a toda imposición externa de una Iglesia que se arrogue la autoridad en la interpretación de la verdad de la palabra divina. En Marx la secularización protestante alcanzó un carácter decididamente ateo, de tal manera que se podría definir al marxismo en este aspecto como un protestantismo sin cristianismo. La poderosa dialéctica marxista reside en su extraordinaria capacidad para, con su acción de protesta radical, negar no solo a Dios, sino al propio Estado, que en el comunismo final debería desaparecer como última autoridad política, dejando a los individuos que han tomado conciencia revolucionaria, libres de toda explotación y abusos de unos hombres frente a otros. Pero el marxismo, con la caída del muro de Berlín, se ha revelado como un movimiento tan utópico como aquellas sectas protestantes.

El rival de Marx, aunque en vida ambos personajes no se conocieron personalmente, podemos decir hoy que fue el fundador del Positivismo, Augusto Comte, el cual pudo vivir la famosa Revolución del 1848 en París, en la que también participó el joven Marx, que luego relató en su famoso escrito El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Allí compareció por primera vez el movimiento comunista, que Augusto Comte, a diferencia del revolucionario alemán, condena como un movimiento que pretende continuar el espíritu de la Revolución Francesa, para llevar a cabo otra Revolución más radical.

Según Comte, había que abandonar la actitud negativa de protesta y desobediencia ante las nuevas autoridades (empresarios, científicos y filósofos positivos) de la nueva Sociedad Industrial salida de las Revoluciones modernas para pasar a una colaboración con estos modernos poderes, para reorganizar esta Sociedad Industrial o Sociedad del Conocimiento, como la llaman ahora, la única que podría sacar a Europa de la crisis que se abrió en el Renacimiento, a fin de construir una nueva sociedad estable, centrada y creadora de lo que ahora denominamos la sociedad del bienestar occidental.

Augusto Comte hacía así una valoración parcial del Protestantismo, considerando que destruyó la intolerancia católica allí donde triunfo, pero no pudo imponer una nueva intolerancia religiosa por sus divisiones sectarias, y esto ayudó a que las ciencias positivas y la filosofía moderna pudiesen crecer y desarrollarse en tales países de una forma más rápida que en los países católicos del Sur de Europa. Pero una vez que las ciencias positivas se constituyen y establecen sus “cierres categoriales”, como diría Gustavo Bueno, es ridículo seguir manteniendo la “libertad de conciencia”, posible ante un dogma teológico, pero ridícula ante un teorema científico.

Así que Comte, como dijo de él Thomas H. Huxley, el denominado Bulldog de Darwin, empezó a defender un “catolicismo sin cristianismo”, que se caracterizaba por volver a construir una nueva autoridad universal, representada por la ciencia, con verdaderos dogmas, frente a los cuales la actitud protestante de crítica sin límites de la discrepancia individual ya no tenía sentido. Esa actitud “católica”, esto es, universalista, (que es lo que significa la palabra en su origen griego) existía todavía en aquellos países donde no había triunfado el Protestantismo, como Francia, Italia, España e Hispanoamérica, Portugal y Brasil.


Y era, según Comte, la que habría que secularizar, esto es, separarla de sus orígenes teológicos para darle una fundamentación filosófica secular. Una muestra de ello, cercana a nosotros, es la del influyente filósofo español Gustavo Bueno, que se reconoció como “ateo católico”. De ahí que el combate entre Protestantes y Católicos, bajo otras formas ideológicas, parece que, a los 500 años del inicio de la protesta luterana, puede continuar.


Artículo publicado en El Español (1-11-2017)