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domingo, 3 de marzo de 2019

España frente a la Modernidad protestante


Decía Ortega y Gasset que resultaba curioso observar cómo, al final del Imperio Romano, el legado cultural científico y filosófico griego fue más rápidamente asimilado por los pueblos islámicos que por el cristianismo de occidente. Hasta tal punto se retrasó Europa en la asimilación de la filosofía de Aristóteles o de la matemática griega, que lo principal de esta alta cultura tuvo que ser transmitida precisamente por los árabes, principalmente en los tiempos del rey castellano Alfonso X El Sabio a través de la famosa Escuela de Traductores de Toledo. Sin embargo, señala Ortega, ese retraso europeo inicial en la recepción del legado de alta cultura griega, frente a la mayor apertura y tolerancia del Islam ante el pagano Aristóteles estudiado por Avicena y Averroes, fue brillantemente corregido cuando Europa, no solo lo asimila, sino que lo recrea y enriquece espectacularmente, superándolo con la Revolución científica y filosófica del Renacimiento de Copérnico, Galileo o Descartes. A partir de entonces la civilización cristiana europea, que ya había hecho retroceder al Islam con la Reconquista española, acabará por empezar a dividirlo y neutralizarlo con la colonizaciones, que inicia Napoleón al conquistar Egipto y terminan los ingleses en la Primera Guerra mundial destruyendo el Imperio turco. 

Hoy la situación se ha vuelto a complicar por el rebrote del magma, ardiente de fanatismo, del volcán islámico, realimentado por los inesperados petrodólares que surgen, como un maná providencial de Alá, en los desiertos del cercano Oriente. Gustavo Bueno señalaba, como causa de esta victoria filosófica de la modernidad europea, a la superioridad del tomismo frente al averroísmo, en tanto abrió una interpretación del aristotelismo que posibilitaría su superación en la Modernidad del Renacimiento. En tal sentido el retraso inicial europeo y el atraso cultural de sus Cortes en relación con el tamaño y riqueza cultural del pensamiento y de las bibliotecas de Damasco o Córdoba, habría sido superado al final del medievo. 

Se nos ocurre, entonces, plantear una analogía para entender la rivalidad moderna, también de origen religioso, entre católicos y protestantes, rivalidad que brota en la propia Europa en el momento en que, con la batalla de Lepanto España, destruye la armada turca que amenazaba a la cristiandad europea, superándose un peligro semejante al que superaron los griegos frente a los persas en la batalla de Salamina. La nueva rivalidad entre Católicos y Protestantes determinará una división religiosa y cultural en Europa que se sustanciará en el choque, frente al poderoso Imperio español, de ingleses, holandeses y alemanes, con el problema añadido de una Francia dividida, primero de forma religiosa por los hugonotes y, tras la Revolución, sometida a sucesivas restauraciones y revoluciones. 

La Europa protestante, como ocurrió con el Islam, fue mucho más rápida y hábil en la asimilación primero, y brillante desarrollo posterior, de la revolución científica y filosófica, que había surgido en países católicos con Galileo o Descartes. España se cerró en el siglo XVII, como decía Ortega, ante la ciencia y la filosofía modernas, que constituyeron durante siglos nuestras dos asignaturas pendientes. A partir del siglo XVIII intenta modernizarse yendo a la escuela de franceses, ingleses y, por último, con Ortega, de los alemanes. Pero perdió su Imperio y estuvo varias veces en peligro de ser destruida por su precaria modernización cultural e industrialización.

No obstante, en el siglo XX ha conseguido superar su atraso en la modernización, acercándose  al grupo de cabeza formado por sus antiguos rivales protestantes. Incluso, de la mano de Ortega, ha entrado con buen pie en el inicio de una nueva filosofía crítica con el idealismo y utopismo de la Modernidad, asociada a figuras mundialmente famosas como Heidegger, que promete orientarnos ante los últimos coletazos de la crisis de la Modernidad, representados actualmente por las ideologías globalizadoras o de genero procedentes de la crisis de las Universidades norteamericanas dominadas por las élites WASP.

De la misma manera que se dice que Inglaterra, perdido su Imperio, conserva un resto de él en la red global de paraísos fiscales, base del gran poder de la City londinense, España conserva, de sus tiempos imperiales, la tecnología global del idioma español, hoy creciente hasta en los mismos EEUU. Podría por esa vía lingüística, favorecida por Internet, extenderse la influencia de sus filósofos y pensadores, tales como Ortega y Gasset o Gustavo Bueno que, a pesar de haber alcanzado un nivel filosófico actualísimo y sumamente novedoso, están ausentes de los foros mediáticos europeos y norteamericanos, dominados, todavía hoy, por el prejuicio de la Leyenda Negra frente a la “inteligencia” española. Por eso debemos defender el español, no sólo en Cataluña, sino en la red que comunica al Mundo entero.


Artículo publicado en El Español (22-1-2019).

domingo, 11 de febrero de 2018

Protestantismo y crisis de la Modernidad

El pasado año se cumplieron 500 años desde que Lutero abriese la Reforma Protestante con sus famosas tesis clavadas en la puerta de la catedral de Wittenberg. Entonces el catolicismo había degenerado, en parte por la corrupción de la Iglesia, pero, principalmente, por aferrarse al aristotelismo y condenar a Galileo en un momento en que se producía una revolución científica y filosófica que trastocaría los poderes espirituales y la visión del mundo hasta entonces dominantes. No es que el Protestantismo apoyase entonces la ciencia y la filosofía nacientes. Todo lo contrario, pues era tan anti-copernicano y anti-cartesiano como el catolicismo romano. Pero tuvo que hacer de la necesidad virtud y, allí donde triunfó, se vio obligado a respetar y tolerar las diferencias entre las numerosas sectas e iglesias en que cristalizó. En Holanda e Inglaterra, al abrigo de dicha tolerancia, pudo crecer y desarrollarse la ciencia que había nacido con Copérnico y Galileo y la filosofía moderna que inicia Descartes. España, necesitando defender su posición de superpotencia europea de la época y su Imperio, permaneció libre del Protestantismo, pero a la vez, por el mantenimiento y reforzamiento del poder espiritual de la Iglesia con la Contrareforma, se cerró a la revolución científica y filosófica.

Pasados quinientos años, asistimos a una crisis en el siglo XX equiparable, según Ortega y Gasset, a la crisis que abrió la Era Moderna. Una nueva revolución científica se abre en la Física con la Teoría de la Relatividad de Einstein y la física cuántica de Planck, junto con una revolución filosófica que se anuncia en filósofos como Martin Heidegger o el propio Ortega, que proclaman el fin de la modernidad y el inicio de una nueva época que viene después de la Moderna. En ella estaría surgiendo una concepción del mundo que se empieza a denominar postmetafísica y postmoderna.

Dicha concepción sería, en palabras de Ortega, nada moderna, pero muy siglo XX. Ello surge como reacción ante la degeneración de las sociedades modernas que, como ocurrió con la sociedad medieval, después de dar sus frutos, entran en crisis. Así, la democracia liberal en Inglaterra basada en ciertas limitaciones, como la limitación censitaria del derecho de voto a los propietarios, o de la tolerancia religiosa que excluía de ella a católicos y ateos, al hacerse democracia de masas por la extensión del derecho de voto a todo ciudadano mayor de edad, e incluso hoy a los inmigrantes, o por la tolerancia de toda forma de religiosidad y cultura con el multiculturalismo, genera conflictos inesperados que amenazan disolver la propia idea moderna de nación y de familia, en la que se reconocen derechos iguales de los cónyugues, posibilidad de divorcio, etc.

La idea que subyace a estos desarrollos conflictivos es la idea protestante de libertad ilimitada de conciencia, atribuida al individuo frente a toda autoridad y que deriva de la creencia religiosa en la conexión directa de los creyentes con Dios a través de la lectura de los textos sagrados y de la meditación. Pero, frente a tales pretensiones de igualdad y libertad individual sin límite, las ciencias positivas, que inicialmente solo habían puesto de manifiesto la estupidez de no admitir en conciencia que “2+2=4”, una vez que ha sido demostrado, pero que hoy extienden sus teoremas a múltiples campos de la realidad humana, desde la Física Relativista a la Teoría de la Evolución, dichas ciencias positivas destruyeron primero las falacias del comunitarismo protestante secularizado de los marxistas, que consideraban aquello que lo contradecía, sea la Genética o la Lógica Formal, como “ciencias burguesas”, frente a las que pretendían oponer la “ciencia infusa proletaria”.

Un choque semejante se produce hoy de nuevo con el igualitarismo de la llamada Ideología de Género, que pretende hablar de la igualdad de géneros, como si fuese algo que pudiese establecer el legislador progresista sin tener en cuenta las leyes biológicas y culturales que establecieron las diferencias sexuales por encima de los deseos de los individuos y que hoy nos siguen determinando.

En tal sentido, la mentalidad católica que ha permanecido a machamartillo en algunos países, como España, aunque ámpliamente secularizada y liberada de los dogmas religiosos por el desarrollo, tardío en comparación con los países protestantes, de la industrialización, quizás está hoy en mejores condiciones que la protestante para adaptarse a la nueva época postmoderna, por su tendencia a respetar la autoridad, que ahora no son los teólogos, sino los científicos; a no considerar los derechos del individuo sin relación al grupo, sea este la familia, los amigos o la nación misma; o a tolerar a otros grupos siempre que asuman y se adapten a las costumbres del país, etc.


Artículo publicado en El Español (12-1-2018)


domingo, 10 de diciembre de 2017

Modernidad Católica frente a Modernidad Protestante

Se conmemoran este año en Alemania los 500 años transcurridos desde que en 1517 el monje agustino Lutero clavase en las puertas de la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis, que incendiaron la cristiandad produciendo el cisma que llevó a la separación de los denominados Protestantes de la Iglesia de Roma.

Aquel acto fue trascendental para toda Europa por sus consecuencias, que llevaron a la destrucción del poder católico en los países del Norte de Europa, en los cuales, sin embargo, no logró imponerse una Iglesia Protestante unida, sino que se vieron obligadas a convivir, entonces y hasta hoy mismo, una multitud de sectas religiosas que fueron obligadas a tolerarse recíprocamente por los poderes políticos correspondientes. Esa tolerancia por necesidad fue transformada en virtud filosófica y secularizada por filósofos como John Locke o Voltaire. En Alemania será el llamado Rey Filósofo, Federico de Prusia el instaurador de la tolerancia que permitió el desarrollo de una secularización filosófica del espíritu protestante que va desde Kant a Marx, pasando por Hegel.

Este espíritu protestante se resume en la famosa libertad de conciencia frente a toda imposición externa de una Iglesia que se arrogue la autoridad en la interpretación de la verdad de la palabra divina. En Marx la secularización protestante alcanzó un carácter decididamente ateo, de tal manera que se podría definir al marxismo en este aspecto como un protestantismo sin cristianismo. La poderosa dialéctica marxista reside en su extraordinaria capacidad para, con su acción de protesta radical, negar no solo a Dios, sino al propio Estado, que en el comunismo final debería desaparecer como última autoridad política, dejando a los individuos que han tomado conciencia revolucionaria, libres de toda explotación y abusos de unos hombres frente a otros. Pero el marxismo, con la caída del muro de Berlín, se ha revelado como un movimiento tan utópico como aquellas sectas protestantes.

El rival de Marx, aunque en vida ambos personajes no se conocieron personalmente, podemos decir hoy que fue el fundador del Positivismo, Augusto Comte, el cual pudo vivir la famosa Revolución del 1848 en París, en la que también participó el joven Marx, que luego relató en su famoso escrito El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Allí compareció por primera vez el movimiento comunista, que Augusto Comte, a diferencia del revolucionario alemán, condena como un movimiento que pretende continuar el espíritu de la Revolución Francesa, para llevar a cabo otra Revolución más radical.

Según Comte, había que abandonar la actitud negativa de protesta y desobediencia ante las nuevas autoridades (empresarios, científicos y filósofos positivos) de la nueva Sociedad Industrial salida de las Revoluciones modernas para pasar a una colaboración con estos modernos poderes, para reorganizar esta Sociedad Industrial o Sociedad del Conocimiento, como la llaman ahora, la única que podría sacar a Europa de la crisis que se abrió en el Renacimiento, a fin de construir una nueva sociedad estable, centrada y creadora de lo que ahora denominamos la sociedad del bienestar occidental.

Augusto Comte hacía así una valoración parcial del Protestantismo, considerando que destruyó la intolerancia católica allí donde triunfo, pero no pudo imponer una nueva intolerancia religiosa por sus divisiones sectarias, y esto ayudó a que las ciencias positivas y la filosofía moderna pudiesen crecer y desarrollarse en tales países de una forma más rápida que en los países católicos del Sur de Europa. Pero una vez que las ciencias positivas se constituyen y establecen sus “cierres categoriales”, como diría Gustavo Bueno, es ridículo seguir manteniendo la “libertad de conciencia”, posible ante un dogma teológico, pero ridícula ante un teorema científico.

Así que Comte, como dijo de él Thomas H. Huxley, el denominado Bulldog de Darwin, empezó a defender un “catolicismo sin cristianismo”, que se caracterizaba por volver a construir una nueva autoridad universal, representada por la ciencia, con verdaderos dogmas, frente a los cuales la actitud protestante de crítica sin límites de la discrepancia individual ya no tenía sentido. Esa actitud “católica”, esto es, universalista, (que es lo que significa la palabra en su origen griego) existía todavía en aquellos países donde no había triunfado el Protestantismo, como Francia, Italia, España e Hispanoamérica, Portugal y Brasil.


Y era, según Comte, la que habría que secularizar, esto es, separarla de sus orígenes teológicos para darle una fundamentación filosófica secular. Una muestra de ello, cercana a nosotros, es la del influyente filósofo español Gustavo Bueno, que se reconoció como “ateo católico”. De ahí que el combate entre Protestantes y Católicos, bajo otras formas ideológicas, parece que, a los 500 años del inicio de la protesta luterana, puede continuar.


Artículo publicado en El Español (1-11-2017)