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martes, 6 de mayo de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (II)


  En un artículo anterior del mismo título, expusimos como Ortega ponía lo esencial de su crítica al Régimen de la Restauración Canovista decimonónica en haber copiado el modelo constitucionalista inglés de una Monarquía Constitucional con turno de partidos. Vimos como Ortega consideraba que dicha Constitución se introdujo sin haber reflexionado previamente sobre la realidad española, muy distinta de la inglesa, por su atraso industrial y científico, para después elaborar una Constitución que teniendo en cuenta tales atrasos, permitiese superarlos. Según explica magistralmente Ortega en La redención de las provincias, la Restauración no cayó principalmente por las críticas de los intelectuales regeneracionistas a la corrupción y mediocridad de sus políticos, sino por serios defectos de diseño y construcción de la Constitución canovista al chocar esta con la España real. Una España mayoritariamente rural y atrasada donde las Ideas modernas que representaba dicha Constitución canovista cayeron en terreno yermo por lo que no se pudo llevar a cabo lo que llamaba Ortega la necesaria vertebración del país.

Pues era en la falta de invertebración de España, que Ortega presenta en su conocida España invertebrada (1921), donde radicaba, a su juicio, el problema de todos los problemas, irresuelto desde el principio de la constitución real de la propia España como entidad histórico-política. Dicho problema lo explicaba Ortega por una característica en el cuerpo social hispano que nos diferencia en el origen de los otros llamados grandes “reinos sucesores” de la Edad Media europea, franceses, ingleses y alemanes: la escasez y debilidad de influencia de nuestras elites o minorías intelectuales necesarias para la constitución de toda sociedad humana. En su obra más influyente, en La rebelión de las masas (1930), Ortega analiza con más detenimiento la relación masas-minoría que rige toda sociedad, la cual no debe entenderse en un sentido meramente político sino en un sentido sociológico más amplio. Puede ser comparada por ello con la distinción de Augusto Comte entre un “poder terrenal” y un “poder espiritual”, constitutivos básicos de toda sociedad humana. Como es sabido, para el filósofo francés, influido por el Conde de Saint-Simon, el poder terrenal en la sociedad medieval europea lo detentaba la aristocracia guerrera feudal y el poder espiritual el clero católico. Tras las revoluciones políticas modernas, el poder terrenal pasaba a las clases industriales y el poder espiritual a las nuevas clases ilustradas de científicos, filósofos y artistas. La Restauración canovista se apoyaba, en su intento de modernización del país, según Ortega, en unas clases industriales muy poco desarrolladas dadas en el contexto de una España mayoritariamente rural, junto con una intelectualidad moderna escasa, débil en su influencia social y mera imitadora de la ilustración inglesa o francesa.

Ortega atribuía, en España Invertebrada, la debilidad de dicha minoría ilustrada española, en su influencia social, al “odio a los mejores”, a la aristofobia, o la llamada “envidia igualitaria”, reconocido pecado capital del pueblo español, que habría producido una selección inversa a la hora de encumbrar a las necesarias minorías dirigentes, seleccionado a los mediocres en vez de los más excelentes. El origen de tal desbarajuste creía hallarlo Ortega en las características diferenciales del pueblo germánico, los visigodos, que nos invadió y dominó al final del Imperio romano. Dicho pueblo, “alcoholizado” del decadente romanismo del bajo Imperio, fue un lastre a la hora de la formación de una sociedad medieval feudal en las marcas de la antigua Hispania, equiparable a las que formaron los francos y sajones. De ahí la diferencia y anormalidad española en relación con el resto de Europa.  Pero. la hipótesis orteguiana se apoya en la cientificidad discutible de la Psicología de los Pueblos y ha sido, por ello, mayormente rechazada en el marco de la Historia con pretensiones científicas. No obstante historiadores de la talla de Claudio Sánchez-Albornoz, en su España: un enigma histórico (1957), sostienen la debilidad del feudalismo español en una hipótesis más positiva y verificable como es la mayor igualdad social de las sociedades castellanas necesaria para subsistir en una prolongada guerra de fronteras con el Islam (La Reconquista), que hubo de movilizar no solo a los guerreros feudales sino a todo el pueblo, en una Guerra total bien distinta de los “torneos” feudales propios del resto de la Europa occidental. De ahí habría surgido una aristocracia feudal débil por estar atrapada en la doble dependencia vital de unos reyes caudillos o conductores y del pueblo llano colaborador indispensable en tales guerras. Por eso España se constituyó como la primera Monarquía Absoluta europea, cuando los Reyes Católicos someten a la nobleza y utilizan políticamente la Inquisición para eliminar todo “poder espiritual” separado del poder político (no solo las minorías judaizantes o reformistas modernizantes, sino a la propia élite eclesiástica tras el llamado “saqueo de Roma” por las tropas imperiales de Carlos V), poniendo las bases de la formula “Por Dios hacia el Imperio”, que caracteriza el poderoso, e impresionante en un principio, Imperialismo católico español, que alcanza su cenit con Felipe II. Pero los cambios que se estaban produciendo en el mundo de las ciencias, la economía y la filosofía, tras el Renacimiento (imposibles de influir en una España cerrada al exterior y con minorías egregias, como Fray Luis de León, Cervantes, Quevedo, etc., marginadas o castigadas por el stablishment), hicieron enseguida obsoleto el intento español de continuar quijotísticamente los Ideales absolutistas mezclados con el catolicismo y el proyecto imperialista español acabó siendo frenado y reemplazado en el desarrollo y modernización europeo por el Imperialismo francés e inglés.

Tras una larga y penosa decadencia, España solo empezó a modernizarse con la pérdida del Imperio y la crisis de su Monarquía Absoluta. La Restauración canovista representa, por ello, el primer gran ensayo de modernización, donde se quiere establecer un régimen político liberal, pero acabando en un sonado fracaso que conduce a dos Dictaduras y una cruenta Guerra Civil. El diagnóstico de tal fracaso lo plasma magistralmente Ortega  en su famosa conferencia “Vieja y Nueva política”, pronunciada hace ahora un siglo en el madrileño Teatro de la Comedia. Ortega pone entonces la posibilidad de una regeneración del país en la constitución de una minoría egregia europeizada, esto es, educada en la ciencia y en la filosofía modernas, que influya con sus Ideas en la marcha política del país. Por primera vez asistimos entonces en España al ascenso de una brillante minoría intelectual, de la que el propio Ortega constituyó la cabeza más visible e influyente a través de la Liga para la Educación política y de la Agrupación al Servicio de la República, con Marañón y Pérez de Ayala. La polarización de las fuerzas políticas republicanas en una izquierda “roja” y una derecha “nacional” hizo inviable el establecimiento de una republica liberal estable, con lo que se volvió imposible la necesaria influencia intelectual en la política de las minorías liberales cultas. La izquierda rechazó dicha influencia por su carácter totalitario, incompatible con el liberalismo orteguiano. La derecha radical falangista, que tanta influencia tendría en el nuevo Régimen franquista, también era incompatible con la apuesta orteguiana, por su rechazo de la democracia liberal, no obstante lo cual, debido al carácter “autoritario” más que “totalitario”, que se le atribuye a la ideología de José Antonio Primo de Rivera, líder fundador del falangismo, la apuesta orteguiana por una élite dirigente encontró cierto eco en una influyente porción del falangismo gobernante en la dictadura franquismo. Sin esa influencia no se entiende la figura de Torcuato Fernández-Miranda, un falangista aperturista influido por Ortega, que diseñó, por encargo del Rey, los planes de la Transición a la Democracia, felizmente llevados a su culminación con Adolfo Suarez.

Hoy nos encontramos ante la crisis y la desligitimación creciente del segundo intento de Restauración de una Monarquía democrática en España. Y de nuevo, un siglo después, vuelve a la actualidad la crítica de Ortega a la Restauración, por sus extraordinarias semejanzas con lo que nos está pasando, de nuevo, a los españoles. Se vuelve a hablar de la mediocridad de nuestros dirigentes, de la ausencia y falta de influencia de las minorías cultas, etc. Algunos partidos políticos, Como Ciudadanos, UPYD, etc., empiezan a buscar la representación política de las minorías intelectuales, con lo que parece volver a abrirse camino la hora de la necesaria intervención en los asuntos nacionales de las minorías liberales cultas frente a unos partidos de masas que, cegados por unas ideologías simplistas y dogmáticas, en gran parte ya periclitadas, están fracasando en la batalla por la modernización política, económica y cultural de España. Pero, la tesis orteguiana de la ausencia de minorías egrégias en España, -dado el conocimiento más profundo que hoy tenemos de nuestra Historia a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Ortega-, no debería entenderse en el sentido de un defecto racial congénito de los españoles (la narcotización visigoda) sino en un sentido ligado a las circunstancias especiales de la constitución de España, como la invasión islámica. Superadas tales circunstancias y las de la Monarquía Absolutista, que no favorecían la existencia y el influjo de unas elites modernas, nada impide que, al variar tales circunstancias, para decirlo orteguianamente, tenga que varíar, a su vez, el “yo” o la conciencia de los españoles. El éxito e influencia indiscutiblemente reconocida que tuvo el propio Ortega en el primer tercio del siglo XX, lo prueban. Por ello hoy sigue siendo posible que se repita aquella necesaria, benéfica e iluminadora, influencia de nuevos Unamunos, Ortegas y Marañones en el difícil panorama que se nos presenta tras el fracaso y descrédito de la actual oligarquía bipartidista dominante y ante la confusión ideológica reinante. De momento podemos observar un fenómeno que ya vió Ortega y que ahora se repite: una España oficial que estorba y no deja torear a la España vital, aun minoritaria y débil, pero que poco a poco empieza a hacerse notar.
 

viernes, 4 de abril de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración


De Ortega y Gasset, en España, parece que solo se acuerdan algunos, como de Santa Bárbara, cuando truena. Pues ahora que, en esta Segunda Restauración que nos ha tocado vivir, está tronando a consecuencia de los rayos de la crisis económica que caen provocando incendios y destrucciones devastadoras de la credibilidad de los políticos, de los banqueros y de sus grandes medios de comunicación, casi un siglo después es cuando se vuelve a leer aquel famoso discurso de Ortega del Teatro de la Comedia titulado “Vieja y nueva política” del 23 de Marzo de 1914, con el que fundó la Liga para la Educación Política Española. Allí Ortega critica certeramente los males de la Restauración con la famosa acusación de la separación creciente de una España real y vital frente a una España oficial corrupta y mediocre, deseando y prediciendo la  muerte de la Restauración Canovista, tras la cual una nueva política debería desarrollar una nueva España nacional e industrializada. Eso fue lo que realmente ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, aunque el precio que se hubo de pagar fue la Guerra Civil y la larga dictadura franquista. Por eso algunos, como Pio Moa, consideran que el precio fue excesivo y podía haberse evitado si Ortega y los llamados Regeneracionistas no se hubiesen empeñado en hundir aquel Régimen que, a pesar de sus defectos, dio una larga estabilidad política al país que estaba empezando a mejorar la situación de miseria y analfabetismo secular. Por tanto, mucho cuidado con volver a aquel Ortega. La crítica que busca destruir la actual Restauración por defectos similares, puede conducirnos a una nueva tragedia que solo los muy necios aceptarían. Pues, cabe todavía una regeneración interna del Sistema actual, como cabía entonces si la fuerzas intelectuales de los Ortega y demás, combinadas con los nuevos partidos revolucionarios y separatistas, no se hubieran unido para acabar con la llamada Monarquía de Sagunto.

La cosa podía ser razonable si no fuera que, en vez de a Ortega, se está combatiendo a una caricatura deformada. Pues, a diferencia de Regeneracionistas como Joaquín Costa, por ejemplo, la crítica de Ortega a la Restauración no va dirigida tanto a los abusos evidentes (la oligarquía y el caciquismo) como a lo que él denomina los “usos”, esto es, a aquello que resulta necesariamente de la propia estructura del edificio que Cánovas (gran historiador aunque mediocre hombre de Estado, según el propio Ortega) había diseñado. Pues la Restauración se habría hundido necesariamente por defectos de diseño interno, como un barco mal concebido para navegar en las procelosas y atrasadas aguas españolas. Por ello, nadie la destruyó, sino que ella misma se vino abajo, como un edificio que no soporta su uso. Ortega habría obtenido tal predicción como resultado de un frío análisis, propio de la mente de un matemático que contempla como la mayor tragedia ver una teoría, perfecta en su forma, que cae asesinada por un hecho. Para ello hay que leer su brillante análisis en una obra que, los Pio Moa, Antonio García-Trevijano (que también se ha manifestado intentando desacreditar a Ortega) y otros, no parecen haber leído o al menos no parecen tener una mínima noción de ella. Me refiero a La redención de la provincias, publicada en forma de artículos periodísticos durante la Dictadura de Primo de Rivera (el cual precisamente censuró el termino Autonomía, allí propuesto por Ortega rara reorganizar el Estado, que tuvo que ser cambiado por el de Gran Comarca) y publicada finalmente en forma de libro con el advenimiento de la República. He expuesto en forma resumida este libro en un trabajo titulado “Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España según Ortega”, por lo que solo indicaré aquí lo esencial para el caso. Con ello se ve como en España se echa de menos cierta formación filosófica, y no solo de especialista en historia, derecho o economía, para orientar la política nacional.

Pues Ortega lleva a cabo un análisis de la Restauración al modo geométrico spinozista. Un análisis al modo de lo que los matemáticos llaman un demostración por Reducción al Absurdo: se parte de una hipótesis que, al desarrollarla, nos conduce a una contradicción, la cual debe ser superada retirando la hipótesis inicial y buscando otro camino que nos permita evitarla. Antes de proceder, hace como Galileo cuando parte de un plano inclinado ideal, sin rozamientos, etc. Así Ortega considera a la Constitución canovista de 1876 como un diseño Ideal que se debe considerar en un funcionamiento sin “rozamientos” (los rozamientos se solucionaban con el aceite engrasador de las corrupciones de los políticos encargados de velar por su cumplimiento, etc.). En tal sentido ideal se debe analizar su funcionamiento. Una vez elaborada y aprobada la Constitución, relata Ortega, se convocan las elecciones y los partidos acuden a los mítines exponiendo sus programas basados en diferentes ideologías, conservadores, liberales, etc. Pero, entonces surge algo inesperado e imprevisto en el diseño: una gran parte del electorado no vota, se abstiene. El hecho tozudo tiene lugar en los distritos rurales. No tendría el menor inconveniente para el buen funcionamiento de la Constitución propuesta sino fuera que tales distritos, en una España todavía predominantemente agrícola, son la mayoría. No obstante el Gobierno, considerando esta como un defecto no esencial, sino superable con el tiempo, toma la decisión de nombrar diputados gubernamentales, los llamados “cuneros”, en los distritos en que no hay quórum electoral. De un modo meramente  formal se cumple así el expediente, aunque falseando la legitimidad democrática. Con el tiempo los distritos rurales son organizados por caciques que por pucherazo electoral (compra de votos, etc.) consiguen ser elegidos acabando con el predominio de la abstención. Ahora sí se cumple con la legitimidad electoral, pues la mayoría de los diputados son realmente elegidos y no impuestos autocráticamente por el Gobierno, pero pagando el precio de que resultan distritos electorales sanos (las grandes ciudades) y otros podridos (las zonas rurales).

Al ir creciendo los distritos caciqueados hasta conseguir que fuese mayor el número de diputados que los representaban en la Cortes, que el de los que representaban a las fuerzas más modernas de las grandes ciudades y de los “cuneros”gubernamentales, se produjo entonces una crisis política en la que el Gobierno central perdió el Poder para gobernar el país, entrándose así en una fase de desgobierno por la rebelión caciquil que podía imponer su particularismo, etc. De ahí que Ortega haya visto la intervención de Primo de Rivera, no tanto como el típico golpe de Estado de la derecha cavernícola, sino como una forma de salvar al Estado central evitando que se viniese abajo en medio de luchas fratricidas y particularistas. Fue, sin embargo, una solución provisional que desembocó en la República. Pero, la República no siguió la vía de moderación que pretendió inculcarle Ortega, entonces en el momento de su mayor influencia intelectual en España. Demostró por ello Ortega una gran prudencia de nuevo al comprender que las fuerzas de izquierda no tenían interés por una Republica democrática y liberal, como la que el proponía, sino que mayoritariamente seguían la dirección del totalitarismo soviético. Ortega entonces condenó la Revolución del 34" y, con su famoso “No es eso, no es eso”, abandonó su intervención directamente política, ya para siempre, pues la Guerra Civil y la Dictadura subsiguiente no dejaban espacio para ello a un demócrata liberal.

Hoy nos encontramos ante la crisis de una 2ª Restauración que vuelve a ser analizada superficialmente por muchos críticos con la cantinela de la “casta” corrupta de los políticos, etc., con lo que todo español se contenta echándole la culpa de los males patrios a los demás, como ya decía el propio Ortega. Estos análisis, aun relatando defectos innegables del actual Sistema político, no tienen la más mínima profundidad filosófica, pues no van más allá de las apariencias. Se detienen en los síntomas sin ver las causas profundas de la enfermedad. Por ello Ortega nos parece actual por su modélico análisis de la Restauración decimonónica realizado en La Redención de las provincias. Deberíamos imitarlo en esto. Por mi parte he ofrecido un pequeño esbozo de análisis, “al modo orteguiano”, de las causas de la crisis de la actual Restauración juancarlista en mi artículo “Oligarquía y Separatismo, dos graves defectos de la actual Democracia española”. En él concluyo que el problema que nos lleva  a la crisis del segundo intento de modernizar políticamente nuestro país es la debilidad filosófica y política de  las llamadas “clases ilustradas” españolas, como en la Restauración decimonónica el problema era, para Ortega, el atrasado ruralismo del país, causante principal del fracaso de la Constitución canovista, valida para los ingleses, a los que se copiaba, pero inútil para una España muy diferente; solo una filosofía profunda, que el historiador Canovas no tenía, podía ayudar a elaborar una Constitución realista hecha a la medida del país. Ahora, desaparecido el atraso rural, el principal problema es otro. Es el problema de lo que Ortega denominaba la debilidad de las"minorías dirigentes". Es la debilidad de lo que se denomina la “tercera España”, que representan las actuales "minorías dirigentes", brillante en tiempos de la República con los Unamuno, Ortega, Marañón, etc., aunque entonces poco influyente electoralmente.

Esta Tercera España ha sido doblemente golpeada en el siglo XX, cuando acababa de nacer, pues sus representantes filosóficos, los llamados "intelectuales", traicionaron, durante la llamada Guerra Fría, su filosófico sacerdocio de buscar la verdad con su adicción mayoritaria al adormecedor opio del sueño dogmático marxista del que, en España, parecen aun no haber despertado, como se lamenta a menudo con razón Pio Moa. Por otra parte han sido  sustituidos, debido a la llamada "rebelión de las masas" que Ortega genialmente diagnosticó, en su papel de influir y crear una opinión pública crítica y filosófica, por un sucedáneo: la también llamada “casta periodística” que se dedican a difundir la banalidad y a la proliferación clónica endogámica de unos periodistas que entrevistan mayormente a otros periodistas en las abundantes tertulias de los medios de comunicación. Necesitamos, por ello, en vez de demonizar a Ortega, como algunos pretenden, retomar su proyecto de una nueva Liga para la Educación Política en la España actual, que se proponga acabar con los particularismo y adormecedores sectarismos intelectuales aun dominantes para elevar el atrasado nivel filosófico hoy reinante. Pues sin eso no conseguiremos hacer estable, eficiente y duradero ningún proyecto de Democracia Liberal que sea realmente efectivo para el progreso y la indispensable modernización inacabada de España.

jueves, 2 de enero de 2014

Oligarquía y Separatismo, dos graves defectos de la actual Democracia española.

Nos encontramos en el comienzo de un nuevo año que presagia serios problemas para la política española ante el anuncio, por parte del Gobierno regional catalán, de convocar la pregunta por la secesión de Cataluña de España, saltándose la obediencia a la Constitución democrática vigente en las tres últimas décadas, a la vez que se sigue negando a cumplir las leyes en materias lingüísticas o educativas. Ello ocurre en medio de una España fuertemente endeudada, tanto privada como públicamente, que ha necesitado de una intervención bancaria de Bruselas y, como quien paga obliga, con una implantación, por mandato europeo, de una política de austeridad y recortes económicos que impide cualquier salida real a corto y medio plazo de la crisis económica y de sus manifestaciones más sangrantes como las altas tasas de paro, caídas de salarios, peligro para las pensiones, sanidad pública, etc. La propia Cataluña ha sido llevada a la ruina pública por los líderes separatistas que gobernaron la Comunidad Autónoma ininterumpidamente desde las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. Unos líderes, como Jordi Pujol, que hoy están encausados judicialmente por corrupción económica, personal y de su partido, en cantidades multimillonarias con evasiones a paraísos fiscales, etc. Corrupción similar a la que afecta a los dos grandes partidos nacionales, conservador y socialista, a los grandes sindicatos, las Cajas de Ahorro, las asociaciones de empresarios, etc., en definitiva a todo el llamado Sistema. Un Sistema oligárquico, que algunos llaman “partitocrático” en el sentido de que el poder de los partidos impregna y controla directa o indirectamente todo el entramado institucional del Estado, la Banca, gran parte de los Media, aplastando incluso la acción del resto de las organizaciones meramente civiles que tratan de oponerse a sus designios de pretendida corrección política.

Un Sistema oligárquico que se ha mantenido y consolidado por el refrendo electoral periódico de una mayoría de españoles, que vota regularmente a los dos grandes partidos nacionales y a los partidos nacionalistas de las Autonomías catalana y vasca. Un sistema mezcla de oligarquía con democracia que, incluso Aristóteles, consideraba viable para garantizar el buen orden político solo si la oligarquía controlase sus excesos. En este caso no ha sido así, pues los excesos en el control de todas las instituciones, incluyendo las judiciales por cuotas de partidos, -lo que posibilitó notablemente la impunidad de tantos políticos corruptos-, la tolerancia de partidos secesionistas, e incluso la tolerancia de partidos políticos cómplices del terrorismo, han fomentado el desorden que nos ha llevado a la crisis económica y de valores en que nos encontramos. Pero, quizás lo más grave de todo sea el comprobar cómo la propia oligarquía gobernante a cometido errores económicos y políticos de gran calibre, por la difícil situación en que nos han metido y de la que nos costará mucho más salir que si no hubiéramos entrado. Como ejemplo se pude poner la entrada en el Euro, decidida de común acuerdo por los dos grandes partidos, lo cual provocó la burbuja especulativa que al estallar nos ha llevado a unos niveles de deuda y empobrecimiento nacional inimaginables antes; o la deriva secesionista y de peligro de ruptura de la nación provocada y fomentada por las cesiones en educación, en impuestos, en sistema judicial, etc., de los dos grandes partidos PSOE y PP a los nacionalistas catalanes y vascos sin prever las consecuencias en que ahora nos encontramos de tendencia a la balcanización de España. 

Tanto en la decisión de la política europea como en la autonómica podían la “elites” que asesoraron a la oligarquía política haber consultado al que se considera el inspirador de la búsqueda de una “solución europea” para los problemas españoles, al filósofo Ortega y Gasset. Ciertamente que no encontrarían en Ortega una respuesta a si era necesaria, para la europeización de España, la entrada en el Euro. Pues el filósofo sostenía una Idea cultural de europeización como incorporación al español culto de la brillante ciencia y  filosofía europea con sus métodos y rigurosos procedimientos de resolver problemas. La respuesta al problema de si entramos o no en el Euro la debían dar los científicos españoles resultado de la europeización. Y la dieron. Lo que pasa es que de forma abrumadora, sin haber debate, se impuso la respuesta del sí y se ignoró a los que la desaconsejaban, como el entonces influyente Mario Conde.

Lo que si podían haber consultado en Ortega con más fruto, en relación con el desarrollo de la política Autonómica, era la respuesta a la pregunta de ¿qué es realmente un régimen Autonómico?. Pues la novedosa división del Estado en Comunidades Autónomas fue introducida en la Constitución de 1978 dentro del plan de la Transición política española, “de la Ley a la Ley”, diseñado por el político asturiano Torcuato Fernández-Miranda, como “cerebro” de las reformas político-democraticas impulsadas por un joven Rey Juan Carlos I. Torcuato era catedrático de Derecho Político y, como sabemos, si había leído a Ortega, de donde tomó su estrategia, atribuida a Suarez, del popularmente llamado “café para todos”. Dicha fórmula no es una mera boutade ingeniosa de Adolfo Suarez, como suponen tantos periodistas ignorantes de la Historia española, sino que sintetiza una solución orteguiana para frenar el separatismo nacionalista. Pues, como expuso Ortega en las Cortes de la República:

  “España es en su casi totalidad, provincia, aldea, terruño. Mientras no movilicemos esa enorme masa de españoles en vitalidad pública, no conseguiremos jamás hacer una nación actual. ¿Y qué medios hay para eso? No se me puede ocurrir sino uno: obligar a esos provinciales a que afronten por sí mismos sus inmediatos y propios problemas; es decir, imponerles la autonomía comarcal o regional. (…) Y una vez que imaginaba a España organizada en nerviosas autonomías regionales, entonces me volvía al problema catalán y me preguntaba: ‘¿De qué me sirve esta solución que creo haber hallado a la enfermedad más grave nacional (que es, por tanto, una solución nacional), para resolver el problema de Cataluña?’ Y hallaba que, sin premeditarlo, habíamos creado el alvéolo para alojar el problema catalán. Porque, no lo dudéis, si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país y lo habríamos puesto en su justa medida. Por otra parte, Cataluña habría recibido parcial satisfacción, porque quedaría solo, claro está, el resto irreductible de su nacionalismo. Pero ¿cómo quedaría? Aislado, por decirlo así, químicamente puro, sin poder alimentarse de motivos en los cuales la queja tiene razón” (J. Ortega y Gasset, “El Estatuto de Cataluña” en Discursos políticos, Alianza Editorial, Madrid, 1974, p.p. 240-1).

El error cometido por nuestros políticos resulta ser entonces, no ya el haber introducido las Autonomías, sino en no haber aislado al nacionalismo catalán y vasco, haciéndoles continuas concesiones, la primera de las cuales fue la introducción pactada en el propio texto constitucional, -ya en la época en que Suarez se alejó de Torcuato-, entre Abril Martorell y Alfonso Guerra, del polémico término de “nacionalidades y regiones” para contentar al nacionalismo vasco y catalán. Concesiones que se prolongarían con los sucesivos Presidentes del Gobierno, hasta desfigurar, con Zapatero, complemente la filosofía autonomista dominante en el espíritu de la Constitución de 1978, admitiendo, por la Reforma del Estatuto catalán, posiciones próximas al federalismo (como continúa haciendo hoy un Partido Socialista impermeable a la crítica orteguiana sobre la confusión que padeció en la IIª Republica entre Federalismo y Autonomismo: ver J. Ortega y Gasset, “Federalismo y Autonomismo”, op. cit. p.168); o próximas, según otros, al con-federalismo de facto, en las que nos encontramos, las cuales, si no se corrigen, conducirán inexorablemente, como Ortega pensaba, a la ruptura de España y probablemente pondrán en peligro la propia Restauración democrática iniciada en la llamada Transición. Una Restauración que recuerda en muchos aspectos a la Restauración decimonónica de los Cánovas y Sagasta como representantes de una oligarquía que se turna en el poder. Hoy se habla de la oligarquía partitocrática del PSOE y del PP, aunque esta sea una oligarquía que no necesita la compra caciquil y descarada de los votos como ocurría entonces. Las elecciones son ahora democráticamente homologables a las que ocurren en las modernas democracias avanzadas. El mal que destruyó al Sistema político de la Restauración canovista fue, -como señala el propio Ortega en una demostración impecable de reducción al absurdo en su poco leído libro La redención de las provincias-, el crecimiento inexorable de los distritos electorales de los caciques frente a aquellos cuya elección dependía del Gobierno. Cuando aquellos alcanzaron mayoría de diputados el país fue ingobernable y el Régimen se desplomó por lo que tuvo que intervenir, con el golpe de Estado de Primo de Rivera, la única institución nacional que podía sostener todavía, aliándose con la Monarquía, la unidad nacional: el ejercito. 

El mal que está minando la actual Restauración democrática es muy diferente. Ya no es el caciquismo de la compra del voto, aunque quede algo de eso en la "peonadas" andaluzas. El mal es nuevo, es el crecimiento del separatismo. Ortega sostenía frente a la la acusación de Joaquín Costa, autor del famoso diagnóstico  de la Restauración canovista como un régimen de Oligarquía y Caciquismo, que el caciquismo no era un producto conscientemente buscado por los que instauraron aquel régimen, sino que era un resultado inexorable y necesario del choque de la Constitución con el país real, debido a que, en los distritos rurales, que eran la mayoría en una España todavía eminentemente agrícola y atrasada, el elector llamado a votar no entendía, por su incultura y atraso, las diferencias ideológicas entre conservadores, liberales, etc. Y por tanto se abstenía. Como no había elección, el  Gobierno nombraba, por defecto, esto es, sin votos, a los llamados diputados "cuneros".  Estos eran entonces los encargados de repartir los fondos gubernamentales para hacer obras y otras cosas que afectaban directamente la vida y haciendas de los rurales. Entonces es cuando aparece el avispado cacique rural que convence a aquellos ignorantes electores para que le voten a cambio de un dinero, que le compensaba adelantar por cada voto, con vistas a obtener, como representante electo por verdadera votación, los cuantiosos dineros y beneficios gubernamentales que se encargaría de administrar en su personal benefício. Así había elección donde antes predominaba la abstención, solo que la elección se basaba en la corrupción. No obstante el Régimen no podía subsistir de otra forma y pudo resistir mientras la suma de diputados de las grandes ciudades, donde no había necesidad del caciquismo por la mayor cultura política ciudadana, y la de los cúneros, fue mayor que la de los corruptos distritos rurales. Pero en el momento en que estos últimos fueron mayoritarios y con capacidad para chantajear con chulería al propio Gobierno, el Régimen canovista se hundió en crecientes desordenes público (grandes huelgas, Semana Trágica, etc.) por el desgobierno del poder central. 

Por ello, es preciso hacer un análisis comparativo con lo que está pasando hoy con el crecimiento del separatismo catalán y vasco. Estos lodos vienen de un problema diferente. Hoy España ya no es aquel atrasado país rural, sino un Estado industrial, que al final del franquismo se estaba ya acercando a converger realmente ( y no de forma meramente nominal, como ahora se dice, en tasas de inflacción, etc.) con nuestros vecinos europeos más industrializados. El separatismo, como antaño el caciquismo, no hay que verlo necesariamente como un resultado de la mala fé de nuestros políticos, sino que deriva de una carencia de los propios electores españoles, no prevista. Esta carencia la situaríamos en la mentalidad política persistente en el electorado de las "dos " Españas, reflejadas en los dos grandes partidos, PP y PSOE, y la debilidad electoral de una "tercer" España. Esta es la que, integrada por las capas más intelectualizadas y cultas de la sociedad española (profesores, maestros, funcionarios, juristas, empresarios progresistas, etc.) debía votar a partidos centristas que hiciesen de balanza y equilibrio del poder, como ocurre en otros países europeos con los partidos liberales (Alemania, Inglaterra, etc.). En el inicio del actual Régimen político existieron propuestas de tales partidos, como el CDS de Adolfo Suarez. Pero electoralmente no consiguieron convertirse en bisagras del Sistema político nacional. Ese fue el fracaso personal de un hombre tan carismático y popular como Suarez. La llamada Tercera España no votó con suficiente fuerza a dicho partido y entonces ocurrió necesariamente algo inesperado: el papel de bisagra, ante le empate de las dos grandes fuerzas políticas de conservadores y socialistas, pasó a ser desempeñado por las minorías separatistas de catalanes y vascos, que habían sido beneficiados por el sistema electoral impuesto con una ponderación alta del peso nacional de sus votantes. Estas minorías nacionalistas, en principio no mostraban ningún interés por la democracia o la Constitución española. Incluso los peneuvista vascos no la votaron. Pero todo cambió cuando comprendieron que apoyar con sus votos al Gobierno nacional permitía una mayor transferencia de competencias administrativas que aumentaban su capacidad de autogobierno y su camino hacia la meta independentista a la que nunca habían renunciado. Las transferencias competenciales han sido tan desmesuradas que el Gobierno central cada vez se veía más impotente para controlar y gobernar extensas áreas del territorio nacional, el cual se cuartea por la conversión de facto del Régimen Autonómico inicial en un Régimen Confederal, en una especie de Reinos de Taifas. Por ello estamos alcanzando el momento en el que el Régimen empieza a naufragar ante la chulería chantajista, que se manifiesta en el actual Gobierno nacionalista catalán de Arthur Mas, exigiendo cada vez más dinero exclusivamente para una Cataluña en crisis, en detrimento del resto de las Autonomías y bajo la amenaza de proclamar su independencia de España, a la que seguirían los vascos,etc. Apunta, sin embargo, en el horizonte electoral, un hilo de esperanza con el ascenso de novedosas fuerzas políticas centristas como UPYD y Ciudadanos, etc.; pero todavía son escasos sus votantes para actuar de bisagra moderadora; y, lo más importante, todavía queda por realizar una importante tarea cultural que permita rescatar a tantos maestros, profesores, funcionarios, juristas, etc., que permanecen aun presos de ideologías ya periclitadas, que los hacen dividirse entre las "dos" Españas de Marx o Santo Tomás. Queda por ello pendiente, y es más urgente que nunca, la llamada por Ortega educación de unas minorías dirigentes, que puedan actuar, cultural y socialmente, al socaire de la protección política de tales partidos minoritarios, como colchón moderador, a fin de evitar de forma urgente la  repetición de lo que sería un nuevo y temido choque civil de consecuencias incalculables; y, a más largo plazo, dichas minorías deberían abrir nuevos y mejor fundamentados proyectos de progreso para una España que se pueda poner de nuevo en pie y perseverar unida en su existencia en un mundo lleno hoy de amenazadores peligros.

¡Feliz Año Nuevo!

viernes, 1 de junio de 2012

La Dictadura de Bruselas


Los tiempos están cambiando tan vertiginosamente que nuestra visión de la penosa situación en la que, de golpe, ha entrado la economía española, corre el riesgo de verse superada, día tras día, por los acontecimientos. La única forma de no ser engullido por el vértigo creciente que provoca la brecha que se está abriendo, entre las propuestas de nuevos “brotes verdes” por parte del gobierno actual y su desmentido por los datos económicos que indican la continuación de la recesión de la economía española, es atenerse a una política realista que se limite a análisis fríos y rigurosos cogiendo el toro por los cuernos. Porque, si estamos entrando en un infierno económico, al que nos castigan nuestros tradicionales pecados nacionales (corrupción económica e institucional, incumplimiento de las leyes, debilidad del sentimiento nacional, localismo, etc.) lo mejor será abandonar toda esperanza, como estaba escrito al puerta del Infierno, según relata Dante en La Divina Comedia.

Pongámonos de una vez en lo peor y seamos realistas: hemos acabado con aquella democracia soberana que tanto asombró al mundo en los años de la llamada Transición. Ya no somos soberanos, pues dependemos de la continua supervisión de Bruselas quien, no contenta con determinar con férrea austeridad nuestro Presupuesto Nacional, comienza a supervisar nuestros bancos y a hurgar en nuestra privacidad económica. Es la única forma de que no quebremos y podamos salir del pozo en que nos ha metido el crecimiento de nuestra inmensa deuda, sobre todo la privada que afecta tanto al empresario como al españolito de a pie atado a una hipoteca o a un simple crédito de consumo.  ¿Qué nos ha pasado?, ¿qué es lo que habremos hecho mal para merecer esto?. Lo más cómodo es echarle siempre la culpa a otro, sea la crisis mundial o el vecino de piso, creyendo que nosotros estamos enteramente libres de culpa. Pero dejémonos de paranoias conspiratorias acusando a los otros, ya sean estos los mercados internacionales, la avaricia de los especuladores, etc., pues en un mundo real, en los triunfos y en los fracasos, siempre se debe contar con estas cosas. El mundo, sin pasiones como esas, no se movería. Otra cosa es la dirección que le queramos imprimir. Pero eso depende más de nuestra inteligencia. Usémosla de forma insobornable, poniendo entre paréntesis de momento nuestra filias y fobias, nuestras conveniencias o intereses del momento y vayamos a lo esencial, que no suele estar tan lejos ni ser algo extraño a nosotros mismos.

En cuestiones de inteligencia hemos tenido españoles egregios que se pelearon en su tiempo con los problemas de la modernización de la vida española, esa asignatura que hemos vuelto a suspender. Uno de ellos fue Ortega y Gasset, el cual se enfrentó en su juventud con el fracaso del “sistema” de la Restauración decimonónica. Lo más llamativo de su diagnóstico sobre el régimen político de la Restauración lo dejó escrito en el libro La redención de las provincias (Sirva como resumen mi artículo:  "Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España en Ortega"). Allí dice que la causa del fracaso de aquel régimen no estaba tanto en los corruptos oligarcas y caciques, a los que culpaba Joaquín Costa, sino en el mal diseño político de Cánovas mismo. La corrupción era un mero resultado obligado de un mal planteamiento inicial, en el que incurrieron los que diseñaron la Constitución política de aquella primera Monarquía Parlamentaria española. Consistió, según Ortega, en no tener en cuenta el atrasado provincianismo de la mayor parte del país. Por ello las primeras elecciones a diputados en Cortes fueron recibidas, salvo en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, con una gran abstención. No obstante ello, el gobierno decidió nombrar diputados con muy baja votación, los llamados “cuneros” y dar por válida la elección equiparando los diputados legítimo con los ficticios. Así, el sistema de la Restauración empezó a funcionar, aunque con un pequeño defecto que se creía poder solucionar con el rodaje.

Una vez nombrados, los diputados acuden a sus distritos y se presentan unos como conservadores, otros como liberales, pero, en cualquier caso, como representantes del gobierno central que disponen de dinero para hacer puentes, carreteras, etc. La mayoría de los electores, según Ortega, por el atraso de la sociedad agraria española, no podía entender que significaba liberal o conservador, pero si empezó a entender inmediatamente que unos y otros representaban dinero, obras, poderes reales y no quimeras como libertad, justicia o igualdad. Po ello surgió un avispado cacique que se le ocurrió adelantar un dinero comprando los votos con la intención de sacar un beneficio a través del acceso exclusivo a aquel maná que llovía del Estado. Así se empezó a reducir el absentismo electoral, aunque pagando el precio de la corrupción del voto. Ortega señala que, de forma apodíctica, como en una demostración por reducción al absurdo, el sistema entró en crisis cuando el número de diputados de procedencia caciquil fue superior a los diputados “cuneros” nombrados por el Estado Central de forma fraudulenta. Pues entonces el Gobierno central quedó en manos de los caciques locales con lo cual fue imposible llevar a cabo una política nacional unificada, comenzando la sublevación secesionista contra la “bota de Madrid” que llevaría a un desgobierno y un desorden al que solo pudo poner fin la única estructura nacional que se mantenía todavía unida, el ejercito. Por ello, para Ortega, la Dictadura de Primo de Rivera, no fue un fenómeno extemporáneo sino el resultado necesario a que condujo aquel error originario en que incurrieron las élites políticas que diseñaron la Restauración de forma puramente ideal, sin tener en cuenta la realidad localista y atrasada  de la mayoría de las provincias españolas.

Un siglo después, la situación parece volver a repetirse con esta Segunda Restauración. Pero es necesario percibir las diferencias. Pues, en ella España ya no se presenta como un país agrario y atrasado, sino como un país industrializado y avanzado, gracias en parte muy importante, al llamado milagro económico del franquismo. En él, la población participa conscientemente en los procesos electorales y no existe propiamente fraude electoral. Incluso se puede decir que la reorganización territorial en Autonomías, que Ortega proponía en La redención de las provincias, como forma de superar el defecto del localismo y particularismo político que aquejaba a los españoles, se ha puesto en práctica de forma más amplia que en la II República, aunque la presión de la izquierda y los nacionalismos independentistas, junto con la inacción de la derecha, han alterado su original sentido meramente descentralizador en uno soberanista y confederal que, si Ortega lo pudiese ver, se llevaría las manos a la cabeza y volvería a decir “no es eso, no es eso”. Por ello, lo verdaderamente nuevo de esta Restauración ha sido la introducción por los “Cánovas” de turno, no tanto de una nueva Constitución política, cuanto de una nueva especie de “constitución económica”: la entrada en el Euro, como paso hacia la creación de una Europa federalmente unida. El proceso fue similar en que también aquí se introdujo esta “constitución económica”, el Euro, de forma idealista y desde arriba, sin debatirlo previamente ni consultar a los españoles. El proceso lo llevó a cabo Aznar, aunque con el respaldo de los socialistas. Los escasos críticos de la medida fueron silenciados y la primera reacción del español común fue de indiferencia y cierta irritación por acostumbrarse a una nueva moneda de enjundioso cambio y de inmediata subida de precios en productos muy cotidianos.

Pero el Euro empezó a funcionar y con él su efecto más llamativo: tipos de interés por los suelos. En un país de mentalidad industrial y de abundancia de “emprendedores” el euro habría sido una palanca de creación de riqueza extraordinaria. Pero, el defecto que todavía padecemos en España, aparte de la poca estima popular de la figura del “empresario” asociado por muchos, como la bandera, al franquismo, es la tendencia a la seguridad del negocio rápido y especulativo. Y aquí es donde algunos más espabilados empezaron a entender que era eso tan abstracto de la Unión Europea: no era más que chorros de dinero crediticio y virtual, pero dinero, que podía ser aprovechado con un poco de organización. Así se crean los modernos  “caciques” que controlando, las pequeñas Cajas de Ahorros, las concejalías de Urbanismo y las organizaciones políticas mayoritarias, que a su vez, desde Felipe González, controlan a los jueces, reconducen ese chorro de riqueza, ese “mana” caído de Europa, principalmente hacia el fomento de la especulación inmobiliaria. 

El gobierno central hizo la vista gorda, porque parecía la única forma en que la economía creciese y se saliese de la crisis en que la había dejado Felipe González. Pero el proceso se disparó de tal manera que acabó creando la famosa “burbuja inmobiliaria” que rebasó los controles de cualquier gobierno: era España entera la que se endeudaba si control en una carrera de nuevos ricos con coches cada vez más potentes, casas más caras, etc. Cuando estalla la burbuja nos encontramos con un país a punto de ser intervenido por no poder pagar sus deudas, a la vez que se entra en recesión con unos niveles de paro inasimilables. El Sistema o Régimen de esta Segunda Restauración se ha destruido, de ahí que la intervención dictatorial de Bruselas, que controla nuestra moneda a través del Banco Central Europeo, sea una nueva especie de necesaria dictadura de un “Primo de Rivera” moderno. Pues hoy no mandan ya los ejércitos en Europa, sino la Economía. Y el poder económico español ha dejado de ser soberano. Podríamos pasar así una década.