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martes, 18 de agosto de 2020

Democracia liberal versus Democracia fundamentalista

Estamos asistiendo en Occidente a una crisis de las llamadas democracias homologadas como no se había visto desde los años 30 del pasado siglo. El principio de esta crisis puede percibirse ya en nuestro propio país, en la joven democracia española de las últimas décadas, donde se ve ya con claridad meridiana como la democracia entendida al modo fundamentalista, como la denominaba Gustavo Bueno (El Fundamentalismo Democrático, 2010), esta conduciendo a la destrucción de la nación en un proceso que ya Ortega, en su tiempo, achacó al particularismo. Podría pensarse que lo que ocurre en España es debido a su falta de tradición democrática, pero el mismo proceso de rebelión de las minorías regionales se está dando también en Escocia, siendo Inglaterra cuna de la democracia occidental. Incluso los propios EEUU, la principal democracia del planeta, están siendo atacados gravemente por la rebelión de las minorías culturales de blacks y LGTBI. Por ello la crisis que se está abriendo tiene ya una dimensión global, que afecta también, aunque en menor medida, a potencias no democráticamente homologadas como Rusia o China.  
 
Pero, ¿cual es la causa de todo esto?. Se pueden señalar muchas causas que clasificaríamos en causas categoriales o propias de conocimientos expertos particulares y otras causas más generales, que llamaríamos ideológicas o filosóficas en tanto que afectan a entidades como nuestra vida como humanos, como occidentales o como europeos. Pues, Hombre, Civilización Occidental, o incluso países que han tenido un influjo global en la Historia, como España o Inglaterra, no se pueden reducir en su significado a meras cuestiones económicas o políticas sino que tienen una dimensión que llamaríamos ideológica  o filosófico trascendental, por su papel esencial en la constitución de la propia sociedad global en la que vivimos. La Monarquía Absoluta española de los Austrias, que fue modelo a seguir en su época, no se entiende sin las teoría teológico filosóficas de Suarez o Mariana, así como la Monarquía Democrática inglesa, el modelo alternativo que se impuso en algunos países de Europa y hasta en la propia España hoy mismo, depende de las filosofías políticas de Hobbes o Locke, perfeccionadas por Montesquieu.  
 
Pero la Revolución francesa y la Independencia de Norteamérica,  instauraron la Republica democrática como modelo superador de la Monarquía, con lo que se pone en marcha un proceso de desarrollo de la propia Democracia que se puede poner en correspondencia con el desarrollo histórico de la propia Monarquía. Así, la Monarquía empezó en Europa, tras la caída del Imperio Romano, con las monarquía visigodas, primero electivas, imitando al mundo romano tardio donde los emperadores surgían por elección del ejercito, para pasar rápidamente a la Monarquía hereditaria en la que el Rey todavía era un primum inter pares, pues dependía su poder de una aristocracia de señores feudales. Es en el Renacimiento cuando esta monarquía se transforma en Monarquía Absoluta por la constitución de los poderosos Estados Modernos como fue, el primero de ellos, la Monarquía española de los Reyes Católicos. Como consecuencia, la aristocracia feudal será eliminada en el Villalar español o en la Fronda de Luis XIV. Pero, como decía Lord Acton, “el poder absoluto corrompe absolutamente”, por lo que dicho absolutismo monárquico provoca la aparición de una riqueza y un lujo versallesco que excita la ira de una población depauperada, abriendo la época de las revoluciones que provocan primero el paso de una Monarquía Absoluta al nuevo modelo de la Monarquía Democrática que triunfa en Inglaterra. Este modelo introduce una vuelta a la limitación del poder real, pero ahora no por señores feudales, sino por el voto popular que se reserva las tareas legislativas, arrebatándoselas al monarca, con el fin de combatir la corrupción y favorecer los intereses populares.  
 
Tal modelo podía seguir funcionando largo tiempo debido a que tuvo la virtud de hacer progresar a los ingleses para resolver de modo pacífico sus conflictos políticos acrecentando su riqueza social, si no fuera porque en Francia, al querer transformar su ya decadente monarquía versallesca en una monarquía democrática, se encontraron con la resistencia de los Borbones  a los cambios, lo que llevó a la instauración de un Régimen de República democrática similar al que se había instaurada con la Independencia norteamericana de la Monarquía inglesa. La nueva democracia proclama entonces los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad que llegan hasta las actuales Democracias homologadas. Pero, como señala Hegel, observando la Revolución en Francia, dichos principios no pasaban de declaraciones puramente abstractas, porque en la práctica el voto no lo ejercían todos los franceses, como hoy, sino solo determinados propietarios en el llamado régimen censitario. Por ello esta primera fase de la Democracia es una democracia relativa de hecho, pues el pueblo no es el soberano. Solo lo es una parte de él, con lo que su representación es indirecta y muy limitada. Incluso la Camara de representantes elegida entre una “aristocracia” de propietarios con cierto nivel de rentas, estaba limitada en la elaboración de la Leyes por un Senado en el que muchos senadores lo son por su pertenencia a instituciones no democráticas, como la Nobleza,  la Universidad, la Iglesia, etc.  
 
Solo con el comienzo de las revoluciones socialistas, como la de 1848, el cuarto estado de los obreros, que crece en las ciudades con los procesos de industrialización, acabará consiguiendo extender el voto a toda la población mayor de edad, sin distinción de clase social. El triunfo de la Revolución Rusa contribuyó notablemente a acelerar el proceso de universalización del voto, que acabó extendiéndose a la mujer e incluso hoy se pretende extenderlo a los inmigrantes de otros países. Pero esta extensión imparable del voto abre el camino a una absolutización fundamentalista del poder democrático, que no se detiene en el seno de las instituciones propiamente políticas, como los Parlamentos, sino que se trata de introducir en la llamada “democratización” de instituciones tradicionalmente elitistas como la Universidad, la judicatura, las instituciones culturales, etc. Es un proceso que ya Ortega denunció como “democracia morbosa” y que lejos de mejorar estas instituciones las esta conduciendo a una degeneración decadente por tratar de someterlas a la manipulación de intereses ajenos utilizados con fines partidistas en las cada vez más duras y costosas campañas electorales. Pero este fundamentalismo absolutista, que se está imponiendo en los propios EEUU a través de la radicalización del Partido Demócrata, entra en conflicto con el elitismo del mundo científico-tecnológico que, sin embargo, cada vez tiene más poder real y efectivo, por sus impresionantes éxitos en la lucha contra los desastres naturales, víricos o incluso en las armas de guerra. Por ello la actual democracia fundamentalista está seriamente en crisis por su degeneración principal que describió magistralmente Ortega como la de la aparición del rebelde “hombre masa”, un individuo que no le vasta con el derecho a votar en las elecciones políticas, sino que pretende imponer su opinión, que considera tan valida como la de cualquiera, en cualquier tema de que se trate. Ello provoca una cultura dominante del “todo vale” que esta abriendo el camino a otra rebelión que ataca a las bases mismas de la vida cotidiana con la amenaza de la destrucción de la familia, la nación, etc., y que hemos denominado, adelantándonos al menos una década a su explosión actual,  la “rebelión de las minorías”(Manuel F. Lorenzo, La rebelión de las minorías, 2006).   
 
Pero, ¿de donde viene esta conjunción de dominio cultural del “hombre masa” orteguiano y del “rebelde minoritario” actual, que configuran una concepción fundamentalista o absolutista de la democracia?. Gustavo Bueno parece ver la causa de este “fundamentalismo democrático” dominante en la “ética protestante” de la llamada Modernidad europea del Norte que se impuso frente al catolicismo reformado defendido por España desde Trento. Especialmente en el dogma protestante del “libre examen” por el que cualquiera puede interpretar los escritos sagrados sin la mediación de instancias más doctas, como la Igesia. De ahí se explica que del “todo el mundo puede interpretar la Biblia” se derive el “todo el mundo puede gobernar” propio de la democracia absoluta actual (ya no la censitaria), sea culto o ignorante. O del “todos somos sacerdotes” al actual desprestigio de la autoridad de los docentes en bachillerato o en la Universidad, pues “todos somos profesores” o todos somos filósofos. (Un tratamiento más preciso de estos paralelismos se encuentra en Atilana Guerrero Sánchez, en “Protestantismo y Democracia”, El Catoblepas, nº 112, 2013).  
 
Otros dogmas protestantes como el de solo la fé salva, se pueden ver en la tendencia a pensar que la democracia es algo que por si misma resuelve los problemas, los cuales solo se arreglan con más democracia, etc., al margen de si eso es realmente efectivo o podría ser contraproducente. Pero el dogma de la predestinación, que mantiene la preeminencia de esta fe ciega, implica una contradicción con la libertad de los individuos en la democracia. Pues solo algunos elegidos se salvan, a pesar de que todos tienen igual derecho a interpretar la palabra divina. De ahí la angustia que oprime esencialmente al protestante, como señaló el danés Kierkegaard, y que tendría su equivalente en la extensión de las enfermedades depresivas propias de las democracias actuales más desarrolladas. Pues, el fundamentalismo igualitarista democrático no impide que, de hecho, resulten nomenklaturas por las que se rompe la igualdad apareciendo una minoría de ciudadanos privilegiados en términos de poder y riqueza frente a la mayoría. Podrá achacarse esto a déficits como la corrupción inherente a la naturaleza humana, tal como los protestantes achacaban la maldad humana a un pecado original constitutivo de la naturaleza humana, pero, de hecho, su efecto va minando la confianza en la humanidad arrojando al individuo aislado en los brazos de la desesperación nihilista propiciadora de la depresión anímica. Es el diagnóstico de Nietzsche tomado de su análisis del cristianismo que mejor conoció, el luterano, cuyo igualitarismo se proyectaba en las ideologías seculares de la democracia, el socialismo o el feminismo, tratadas como ideologías del resentimiento o envidia igualitaria, destructoras de toda jerarquía. 
 
No obstante, el calvinismo, que acaba influyendo en pueblos más pragmáticos como el inglés, introduce un procedimiento operatorio para saber quienes son los “elegidos”: el triunfo continuado en los negocios económicos. Con ello se encuentra una legitimación de la existencia de una aristocracia de elegidos que escapan así al resentimiento igualitarista al ser tocados por la gracia divina. De alguna manera ello estimulará la formación de unas élites industriales que serán aceptadas en Inglaterra de forma popular y cada vez más secularizada como los “capitanes de empresa” que, en conjunción con las élites intelectuales modernas de científicos y filósofos, iniciaran la Revolución Industrial. Pero la existencia de científicos como Newton o filósofos como Locke ya no se explica por el Protestantismo, ya que este era tan contrario como el catolicismo al Copernicanismo y a la ciencia y la filosofía moderna. Sin embargo, en Inglaterra, a diferencia de la Iglesia católica en España, la Iglesia Anglicana no logró tener el monopolio de la doctrina de la fé, por lo que tuvo que convivir con otras sectas e Iglesias de Cuaqueros, Presbiterianos, etc., viéndose obligada a mantener una prudente política de tolerancia religiosa que excluía, como sostenía Locke, solo a los ateos y a los católicos, pero incluía a los deístas de religión filosófica, como era el propio Locke. Por ello allí se desarrolló más libremente la filosofía y la ciencia moderna, al contrario que en España e incluso en la propia Francia, donde la intolerancia católica solo se empieza a neutralizar tras la Gran Revolución. En España, además influyó el rechazo connatural del español al Idealismo, tal como interpreta Ortega que es la moraleja de El Quijote cervantino, lo cual hizo, que al margen del freno que pudiese suponer la Inquisición, la filosofía del cógito y de la mente interior, del racionalismo abstracto y desvitalizado, no arraigase en España. Un país, además, donde el cristianismo se caracteriza por el culto de la exterioridad en sus famosas procesiones de Semana Santa, en relación con su pertenencia a la “Europa del Sur”, como Italia, donde la vida gira de modo característico en torno a la exterioridad de plazas y bares, a diferencia de la “Europa del Norte”, como señala Ortega en su escrito conmemorativo del centenario del nacimiento de Kant. Por eso Ortega proponía una filosofía moderna española que superase el Idealismo moderno, desarrollando un Vitalismo que no se oriente ya por la interioridad del “vete dentro” agustiniano, sino por el “vete fuera” del vitalismo hispano, del mira en torno de ti, mira tu circunstancia externa, pues sin comprenderla, sin apoyarte en ella no hay salvación, ni siquiera hay “interioridad” plena y no meramente fantasmal.  
 
Fue la creación y el desarrollo de la Sociedad Industrial lo que ha dado a Inglaterra su preeminencia mundial durante el siglo XIX y parte del XX. Pero su Democracia no era Absoluta ni Fundamentalista ya que era una mezcla de Democracia y Aristocracia como se ve en sus dos Cámaras electorales, la de los Comunes y la de los Lores. Una Aristocracia de nobles, monárquica, pero más liberal y políticamente libre que la alta nobleza española, debido a la imposición de la tolerancia religiosa y de una monarquía democrática. Filósofos como el materialista Hobbes o el liberal Locke llegaron a ser preceptores de los vástagos de la alta nobleza e incluso Hobbes del Príncipe de Gales que reino como Carlos II y fundó la Royal Society que llegó a presidir Newton. Algo impensable entonces en España, cuya aristocracia siguió más bien la línea de la Duquesa de Alba de buscar la identificación con los gustos populares, que Goya reflejó muy bien en sus tapices de toreros y majas, romerías y corridas de toros. Ortega ve en esto una degeneración de la nobleza española del siglo XVIII, aunque por otra parte considera que en España, debido a la potencia secular de lo popular, no cabe sino el ser un “aristócrata en la plazuela”, un tipo de aristocracia que no se mantiene lejana y distante del pueblo, como la aristocracia inglesa, sino que hace el más difícil todavía de intentar ejercer su preeminencia en gustos y opiniones, no tanto en los palacios, como en la popular tertulia del café y en el periódico cotidiano. Seguramente este tipo de aristocracia española de la plazuela tiene hoy más posibilidades de hacer mella con su influencia crítica y de ejemplaridad en las actuales sociedades de masas donde el aristocratismo distante al estilo victoriano inglés esta completamente estigmatizado. Pues, después de Inglaterra, son los EEUU los que han ido desarrollando la transición de la democracia limitada por aristocracias, como fue también el caso de la Republica francesa, hacia el actual dominio en Occidente de una Democracia Fundamentalista. Alex de Tocqueville en su conocida obra La Democrácia en America, entrevió de modo genial tal transformación de forma anticipada: la formación de un poder benefactor y protector que, a cambio, mantiene a los individuos en una infancia sin fin. Estamos asistiendo precisamente en las últimas décadas tras la caída del Muro de Berlín a la aparición de un absolutismo democrático con la imposición de lo llamado “políticamente correcto”, que está transformando la democracia absoluta americana en una especie de tiranía democrática, como previó Tocqueville. Aunque los gérmenes los vio ya el francés en el siglo XIX, estos no se desarrollaron plenamente hasta principios del siglo XXI.  
 
Pero, ¿porqué ocurre esto ahora y no ocurrió antes?. La explicación de porque se produce ahora su irrupción súbita creemos que se encuentra en la entrada en crisis y descomposición de la influencia filosófica ilustrada de origen inglés y francés que está en el origen de la Constitución política norteamericana y que ha empezado a ser cuestionada por lo menos a partir del famoso Mayo del 68 con los llamados movimientos por los derechos civiles con ocasión de la Guerra de Vietnan. Dicha influencia se sustanciaba en una filosofía positivista-empirista que, siguiendo el modelo de una racionalidad científica moderna basada en la exitosa física-matemática de Newton, que se tomaba como canon también para las ciencias sociales y la política, constituía una forma de ser moderno que cristalizó en la influyente minora WASP, de los anglosajones. El Positivismo Lógico y la Filosofía Analítica desde Cambridge y Oxford daban el tono de una racionalidad que mantenía a raya la beatería del puritanismo protestante más radical que, obligado a abandonar la Gran Bretaña había florecido en las colonias norteamenricanas, constituyendo hasta hoy la religiosidad dominante. Pero la crisis de la Física newtoniana en el siglo XX por la irrupción de las nuevas mecánicas relativista y cuánticas, que la bajaron de su pedestal de modelo de racionalidad introduciendo profundas incertidumbres, más la irrupción de nuevas ciencias biológicas como la Genética, las cuales permiten el desarrollo de tecnologías que permiten transformar la realidad de un modo tan potente como las anteriores tecnologías derivadas de la Física, y a su vez fortalecen la cientificidad de la Teoría de la Evolución decimonónica, hacen que aflore un nuevo modelo de racionalidad que Ortega llamaba la Razón Vital en relación con la Biología o la Razón histórica en relación con las nuevas Ciencia Humanas, las cuales van desde las ciencias Antropológicas hasta las Lingüísticas, pasando por las llamadas Ciencias Cognitivas resultantes de la Psicología y la Lógica moderna. Dicho nuevo modelo de racionalidad exige la elaboración y el desarrollo de una nueva Filosofía que Ortega denominaba como un “cartesianismo de la vida”, la cual entra en conflicto necesariamente con la ya muy agotada filosofía positivista, aunque  todavía dominante hoy en EEUU. Precisamente la debilidad de dicha filosofía hace que sea impotente para frenar la marea de la denominada Ideología de Género y de la “corrección política”  que esta ya anegando las principales Universidad anglosajonas. Solo el desarrollo filosófico de la nueva racionalidad biológica, que Ortega llamaba precisamente el Racio-vitalismo, podría combatir con éxito la hydra irracional que pretende un nuevo absolutismo y tiranía político-ideológico de la “corrección política”. De la misma manera que Francia e Inglaterra con su Descartes y su Bacon iniciaron una nueva filosofía que permitió reemplazar a la ya declinante escolástica aristotélica, podríamos estar ante una situación similar en la que una nueva filosofía racio-vitalista pueda superar y reemplazar al positivismo declinante. Por ello ahora se invierten las tornas, y el papel que tuvieron entonces Francia e Inglaterra lo podría tener ahora España, donde se están desarrollando de modo muy potente estas nueva concepción filosófica en diversas formas desde Ortega hasta Gustavo Bueno, al que ciertamente es necesario reinterpretar en tal dirección, como hemos hecho en otros lugares calificando su filosofía, si se es consecuente con su espíritu más que con su letra, de Vitalismo Antrópico.   
Una filosofía por si misma no transforma el mundo si solo cambia el modo de pensar de unos pocos. Solo si tiene algún modo de influir en los poderes ejecutivos que mueven el mundo puede entonces no condenarse a una esterilidad autista. En nuestro caso disponemos de un vehículo que nos queda como herencia de nuestro pasado imperial, que es la lengua española común a más de 20 países y precisamente tenida como viva en la importante minoría hispana estadounidense. Una minoría que por su religiosidad predominantemente católica, mantiene todavía, frente a la “masa rebelde” predominante en la minoría WASP por su residual individualismo atomista, una valoración positiva de la necesidad del grupo familiar y del respeto a las jerarquías cultas mediadoras necesarias en la educación. Es esta minoría hispana la que pude ahora mostrarse como necesaria en la construcción de una democracia que limite el absolutismo del fundamentalismo ideológico de lo “políticamente correcto” por medio de las orientaciones de esta nueva racionalidad filosófica hispánica, para pasar a una democracia que permita limitar el poder soberano (potestas), que seguirá siendo popular sin la menor duda, por el poder intelectual o cultural (austoritas), que ahora no emana de una jerarquía católico religiosa, sino de una jerarquía académico-filosófica emergente.  

          Manuel F. Lorenzo

          Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (10-8-2020) 

lunes, 6 de abril de 2015

¿A donde vas España?

      El año que estamos comenzando se presenta plagado de elecciones en todos los ámbitos políticos, desde las generales hasta las locales, pasando por las autonómicas. Además, según anticipan los multiples y casí cotidianos sondeos de intención de voto, nos estaríamos enfrentando al comienzo del fin del largo régimen bipartidista que, desde la dimisión forzada de Adolfo Suarez, caracteriza a la política española. Un régimen, el actual, en gran medida absolutista por la falta de separación de poderes que imposibilitaron un control efectivo de los previsibles excesos de la oligarquía gobernante y que nos está conduciendo, a pesar de la intención oficial de converger con los países más prósperos de Europa, a un alejamiento imparable e impensable hace unos pocos años atrás de lograr dicha convergencia.

La enorme deuda que pesa sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles nos está empobreciendo al estar obligados a pagarla, ya que fue contraída tanto de forma privada como pública debido a una irresponsable política impuesta de forma unilateral por los dos grandes partidos al entrar alegremente en el proyecto de la moneda común y basar el desarrollo industrial en la llamada burbuja inmobiliaria. La burbuja estalló, como era previsible (recuerdo haber leído por entonces las advertencias sobre la burbuja en reconocidos diarios económicos ingleses a los que no se tomaba en serio) y el Euro finalmente resulto ser una extraña moneda con un valor mucho más bajo a la hora de pedir un crédito empresarial en Alemania que en España por ejemplo, lo cual perjudica seriamente nuestra capacida de competir, a no ser que en España se bajen los salarios, que es lo que se está haciendo, y por eso nos empobrecemos como país. Ese es el gran fracaso del llamado Régimen salido de la Transición a la Democracia. Y por ello los próximos comicios abren la gran incognita, debido a lo que se empieza a conocer por las sorprendentes encuestas que airean cada día los mass media, de hacia donde nos dirigimos ahora los españoles. Vuelven otra vez las voces de poderosas fuerzas electorales ascendentes, como Podemos, que quieren sacarnos de Europa para que miremos otros presuntos modelos como el llamado Socialismo Bolivariano, del  caudillo venezolano Chaves, etc. 

Nos creíamos un país europeo, por fin democráticamente homologado con el resto y, de repente, nos descubrimos muy diferentes y extraños. Surge lo que parece ser una posible nueva élite dirigente salida de la Universidad, con su núcleo en la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, y que al menos parece ya estar hegemonizando el llamado voto de la izquierda española con la formulación de un nuevo modelo de radicalismo político que sustituye a la considerada “casta” envilecida y corrupta del PSOE e IU. Todo ello recuerda al fracaso en la modenización del país que representó el régimen decimonónico de la Restauración, el cual desembocó, aquejado de absolutismo oligárquico y corrupción caciquil, en la breve “dictablanda” de Primo de Rivera, como antesala de la II República. Traida sobre todo por los llamados intelectuales, como Ortega y Gasset o Marañón, la Republica no consiguió consolidarse como un régimen estable y democrático, pues la gran masa de sus mentores intelectuales, en vez de apoyar una Republica Democratico-Liberal, burguesa como se decía entonces, tal como pretendía Ortega y su minoría intelectual, abrazaron con determinación el Proyecto de una Republica Socialista según el entonces triunfante modelo ruso-soviético anti-occidental, tratando de imponerla por medios violentos (Revolución del 34 y Frente Popular). Por ello el giro de Podemos hacia un radicalismo anti-occidental no nos sorprende, pues es la continuación de una tendencia que afecta a la izquierda española del siglo XX. Dicha continuidad tiene su explicación en dos hechos principales: el nuevo fracaso en la plena modernización industrial y democrática del país y en segundo lugar, el fracaso en la gestación de unas elites intelectuales capaces de producir una ideología que incorporándose, como quería Ortega, a la tradición democrático filosófica dominante en Occidente, la desarrolle y la implante de modo sufiente. Al menos en una porción electoral suficiente de la población española para que pueda actuar y transformar y fortalecer en tal sentido la mentalidad democrático-liberal de la llamada Tercera España y, por extensión e indirectamente, en el español votante medio.

     Hay por tanto que analizar aquí, si queremos comprender lo que hoy nos pasa de nuevo como incertidumbre ante nuestro futuro, dos aspectos. Uno el carácter de un pueblo español, mal elector, que se deja embaucar por unos dirigentes políticos picaros, interesados y de cortas miras, y otro la ausencia de unas elites intelectuales creadoras, modernas e influyentes, necesarias e ineludibles en la tarea de europeización que Ortega se proponía. Ambos problemas están, no obstante, relacionados y tienen su origen en la peculiaridad de nuestra historia. Pues la “ceguera” popular a la hora de elegir los representantes adecuados deriva de la ausencia o debilidad de las élites intelectuales necesarias para formar u orientar adecuadamente a la opinión pública. Pero habría que añadir que, en el caso español, la constitución de la llamada conciencia nacional popular nos diferencia notablemente de lo ocurrido en los otros grandes países europeos. El dicho de “Spain is different” tiene cierto sentido originariamente, no tanto por razones psicológicas tan discutibles y difíciles de probar como la llamada por Ortega  “narcotización” decadente de los visigodos, sino por lo que nos ocurrió en nuestra historia un poco después, con la invasión islámica. En tal sentido, el pueblo español fue durante su constitución, durante los siglos de la Reconquista, un pueblo de “frontera” en continuo avance y cambio hacia el Sur. En esto nos parecemos al pueblo norteamericano, resultante del avance fronterizo en la llamada Conquista del Oeste. En especial por las continuas repoblaciones para fundar nuevas ciudades y pueblos, lejos de la seguridad y protección de la Costa Este en USA o del Norte del Duero en la Peninsula Ibérica, integradas por oleadas de aventureros colonos que debían autoorganizarse y dotarse de sus propias instituciones, improvisando sheriffs y alcaides, elegidos en pie de igualdad entre los más valientes, al margen de jerarquías de sangre o de dinero. Como señala Sanchez-Albornoz en su España, un enigma histórico, eso dio a Castilla un carácter igualitario y popular que tendrá repercusiones en la forma de entender las relaciones sociales en las que regíra aquello de “del rey abajo ninguno”, o lo de Calderon en El Alcalde de Zalamea: “al rey la vida y la hacienda se ha de dar,  pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios”. El último poder jerarquico al que se sometia el pueblo era la élite eclesiástica católica, en tanto que representante de Dios en la Tierra.

En los EEUU, el carácter igualitario toma la forma, a través de las sectas protestantes más radicales contra cualquier jerarquía, de una democracia de auto-organización de las masas mismas en el Lejano Oeste, que marcará decisívamente el populismo de  la llamada, por Alexis Tocqueville, Democracia Americana, a diferencia de las Democracias europeas. Ante la dificultad de crear una jerarquía eclesiastica protestante unida y homogénea, debido a la parcelación en multiples sectas del mensaje cristiano, el “poder espiritual” acabará recayendo en USA en la fé en el progreso técnico y científico fomentado por la Ilustración que preconizaban los Padres fundadores como Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, James Madison, etc. Aquí resulta la principal diferencia con España. Pues la élite católica, con el apoyo del poder político, (alianza del trono y del altar), debido a la necesidad de su cooperación en la conversión de los indígenas americanos y filipinos para poder mantener el poder imperial, perseguirá y obstaculizará notablemente la penetración de los ideales progresistas provenientes de la Ilustración, consiguiendo de hecho que, hasta la época de Ortega, con el precedente de Feijoo y Jovellanos, no se constituya una élite intelectual que puede empezar a homologarse con las élites filosóficas europeas modernas y además con un comienzo de influencia política y social notable que contribuyó de un modo principal al esperanzado advenimiento de la 2ª Republica española. 

La fatalidad, sin embargo, quiso que se produjese la desviación de gran parte de la incipiente élite de intelectuales modernizadores hacía los ideales antidemocráticos y totalitarios triunfantes en la Rusia soviética. Una tendencia que se dio en toda Europa en el periodo de entreguerras y que Julian Benda definió con el título de su famoso libro publicado en los años 20 como “la traición de los intelectuales”. El franquismo supuso, con su triunfo, la vuelta a la alianza de la Iglesia y el Estado, en las primeras décadas de la dictadura, con la consecuencia de una cierta marginación política de intelectuales modernizadores como Ortega y Gasset. Una alianza que se empieza a romper tras el Concilio Vaticano II (1962-65), en un momento en el que los espectaculares éxitos del franquismo en la modernización industrial del país permitieron su prolongación durante casi otras dos décadas más e hicieron posible la empresa de la Transición pacífica hacia la Monarquía Democrática. Pero la “traición del clero católico” a Franco, del obispo Añoveros o del cardenal Tarancón, y el inicio entonces de los llamados diálogos entre cristianos y marxistas de los Aranguren, Ruiz Jimenez, etc., dejó al Regimen sin “intelectuales orgánicos”, lo cual facilitó paradójicamente el pragmatismo de la llamada Tansición y abrió un hueco que no pudo más que ser rellenado, tras la muerte de Franco y el comienzo de la Monarquía Democrática, con el ascenso de los “intelectuales marxistas” que entonces predominaban entre la oposición al franquismo. No obstante, la hegemonía política alcanzada en la izquierda, tras las primeras elecciones democráticas por el Partido Socialista y el abandono del marxismo propugnado por su líder Felipe Gonzalez, eliminó cualquier posible influencia social de una élite intelectual filosófica, lo que condujo a una política pragmática del día a día electoral que solo pensaba en la consecución y conservación del poder, para la cual no necesitaba pensadores o filósofos, sino únicamente unos buenos servicios de encuestas sociológicas que le marcasen el rumbo a seguir. Así los deseos de un electorado medio, poco formado e informado culturalmente, orientaron las decisiones principales que conformaron el rumbo de la política española de las últimas décadas, que nos ha conducido a lo contrario de lo que de buena fé el elector se proponía: al ruinoso endeudamiento económico, a la corrupción sistémica, al peligro de ruptura de la nación, al fracaso de la convergencia económica con la Europa del Norte, etc. Se cumple, al menos en este caso, aquello que decía Ortega de que en España todo lo ha hecho el pueblo y lo que no ha hecho, porque estaba fuera de su alcance, ha quedado sin hacer. Pues es el electorado mayoritario que representa al español medio el que ha sugerido y aprobado con su voto la política populista de los grandes partidos en una especie de Democracia Absolutista que no podía tolerar poderes separados, ya sean los judiciales o los crítico-intelectuales. Todo se sometió a un voto político generalmente poco formado y que no veía la necesidad del debate.

Ahora, ante el ya evidente, para muchos electores, fracaso del Régimen de la Transición (fracaso que hemos analizado con más detalle en sus causas en  Oligarquia y separatismo, dos graves defectos de la actual democracia española ) se abre un panorama político lleno de oscuros nubarrones e incertidumbres. No obstante, cuanto mayor es el peligro, mayor puede ser la esperanza. En tal sentido la emergencia de nuevos partidos políticos, como el sorprendente fenómeno de Ciudadanos en Cataluña y que parece extenderse al resto de España, como confirman las recientes elecciones andaluzas, pretendiendo dar fuerza electoral a la llamada Tercera España, aquella España que defendían las élites intelectuales españolas de la época de Ortega, puede hacer que se reanude, un siglo después, aquel movimiento reformador y regenerador de España como nación moderna, capaz de afrontar la tarea largamente aplazada de una conjugación mutuamente beneficiosa de las Ideas modernas filosóficas con la fuerza electoral de un español medio que no se deje llevar a ciegas por sus deseos e inclinaciones más primarias. Una cultura moderna revitalizada, como Ortega se propuso, debe conseguir de una vez una vida política más civilizada, justa y adecuada a los tiempos. El momento es más propicio que en los años 20, pues aquellos totalitarismos entonces dominantes, tras la caída del Muro de Berlín, ya no son capaces de entusiasmar a las masas. El nuevo totalitarismo que nos amenaza en el horizonte es el totalitarismo islámico, el cual puede golpear en adolescentes  o jóvenes inmaduros, pero no es atractivo para las élites intelectuales, aunque estas pueden quedar neutralizadas y pasivas por el efecto del relativismo cultural, del multi-culturalismo, hoy predominante en Occidente. Por ello es necesario reformular el liberalismo político-democrático en el sentido que lo hacía Ortega cuando señalaba que el antiguo liberalismo que luchaba contra el Absolutismo Monarquico debe ser hoy sustituido por un liberalismo que luche contra los nuevos Absolutismos a que puede conducir el triunfo de la Democracia Absolutista de masas. Una Democracia que puede abrir el camino a nuevas sociedades totalitarias disfrazadas bajo el manto del relativismo de los valores, que conduce invariablemente al triunfo de los valores más bajos. Como escribió Ortega en España Invertebrada:

     “Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios.”

No podemos dejar hoy de pensar, tras recordar las duras palabras del filósofo, en fenómenos mediáticos tan tristemente de actualidad como el caso notorio de la llamada Princesa del Pueblo, Belen Esteban, de la Pantoja y demás figuras del famoseo dominantes en el imaginario popular español, como confirman los televisivos índices de audiencia. De ahí la urgencia de que las nuevas fuerzas políticas liberales emergentes apoyen e impulsen la necesaria “medicina mental”, que solo una filosofía entendida como tradicional “medicina del alma” y basada en lo que Ortega denominaba “imperativo de selección” de los valores, puede llevar a cabo. Una medicina filosófica necesaria para limitar el absolutismo relativista que nos lleva irremediablemente al triunfo de la ruindad y la necedad que afectan crónicamente a los españoles con la fuerza de una epidemia.


miércoles, 2 de julio de 2014

Sobre la crítica de Ortega a la Restauración (III)


 Continuando con lo dicho en los anteriores artículos (“Sobre la crítica de Ortega a la Restauración”, I y II), nos encontramos en una situación en la que se repite el fracaso en España de una nueva Restauración, similar en muchos aspectos a la llamada Restauración decimonónica, objeto de las famosas críticas de Ortega. Al exponerlas, llegamos a la conclusión de que la propuesta orteguiana de la urgente necesidad de unas minorías filosófico-intelectuales modernas en España, que influyan y colaboren al planteamiento y resolución de los graves problemas con que se encuentra el país, para culminar su modernización y para salir de la situación de atraso y postración secular en el que había caído, es más urgente y necesaria todavía hoy que entonces. Pues lo que diferencia a la Restauración decimonónica de la actual, -como vimos en otro artículo titulado “Oligarquía y separatismo”-, es que lo que está provocando su fracaso no es ya la situación de atraso industrial, con sus secuelas de ruralismo caciquista y pucherazo electoral, sino la debilidad y practica inexistencia de fuerzas políticas de centro, desde la importante y enigmática defenestración de Adolfo Suarez con motivo de los diversos “Golpes de Estado” del 23-F, que ahora salen a la luz en libros de grupos mediáticos y editoriales influyentes.

     A partir del arrollador triunfo socialista de Felipe Gonzalez en 1982, la democracia liberal española, que había sido introducida con los gobiernos de Adolfo Suarez, toma un rumbo “absolutista” al politizar la justicia (conformación por Ley del Consejo Geneal del Poder Judicial, cuyos miembros se eligen por cuotas de los partidos) y utilizar a los partidos separatistas catalanes y vascos como bisagra necesaria para gobernar con estabilidad. Posteriormente, los gobiernos de Aznar continuaran, e intensificarán más si cabe, dicha tendencia absolutista iniciada por los socialistas. Se dice que uno de los grandes meritos de Gonzalez y Aznar ha sido la búsqueda del centro político, para evitar la radicalización de la sociedad española. Pero habría que añadir que en realidad esto se hizo eliminando al verdadero centro, encarnado entonces por Suarez, el cual murió electoralmente, mucho antes de su Alzheimer terminal ciertamente, pero porque se juntaron la debilidad y escasez de la base que podía votarlo con la acción descaradamente favorecedora de las minorías separatistas por parte de los dos grandes partidos Socialista y Popular, con la disculpa de aplacar sus ansias independentistas. Con ello aparecen dos males que están conduciendo a la actual Restauración de la Monarquía democrática a su fracaso económico y estatal: la creación durante las últimas décadas de una “oligarquía” poco competente de socialistas, populares y separatistas, por no ser posible la crítica moderadora interna del Sistema que podría desempeñar un partido centrista y, por otra parte, la excesiva transferencia de competencias autonómicas, impuestas por los partidos separatistas, e imitadas por los demás gobiernos autónomos, que están llevando a una situación de “reinos de Taifas” ingobernables al resto del país, con grave riesgo de ruptura nacional.

     En tal sentido, cualquier proyecto político de mantenimiento de la democracia liberal en España, sea el proyecto que haya que iniciar por hundimiento del actual régimen de la Restauración de forma brusca, como ocurrió con la Restauración decimonónica, o por una “catarsis” reformadora interna, que podría tener lugar si aumenta y se consolida el voto de nuevos partidos centristas como UPYD, Ciudadanos u otros que surjan, lo que permanece claro, según el análisis que hacemos, es que es necesario un movimiento filosófico-intelectual educador, similar al que Ortega proponía en su Liga de Educación política, pues sin él no se consolidará en España un autentico e influyente, aunque minoritario, movimiento político-intelectual de regeneración. Pero, aunque hoy todavía es más urgente que en los tiempos de Ortega la creación de tal movimiento político-intelectual, las dificultades para lograrlo nos parecen todavía mayores, no tanto por causas nacionales o internas, sino por razones procedentes del panorama internacional. Razones que fueron extraidas ya por el propio Ortega en su prematuro, aunque exitoso libro, La rebelión de las masas (1930). Hoy vivimos el triunfo mundial, tras la caída del Muro de Berlín, de la Democracia “americana”, en el sentido de Tocqueville, esto es de la Democracia de “masas”, resultante de la extensión del voto a la mayoría de los ciudadanos, de lo que resulta un inevitable ascenso e imposición sin freno, mediática-democrática, de los gustos “populistas” del ciudadano medio, dando lugar a lo que Ortega llamaba un ademocracia “morbosa”. Una democrácia absolutista  en la que las minorías culturales “egregias” son marginadas y sustituida su secular influencia por los autores de “best sellers” de todo tipo, que al democratizar la cultura, paradójicamente, la degradan y trivializan. Ortega ya había detectado, en Papeles sobre Velázquez y  Goya, en la sociedad española dieciochesca, un ejemplo histórico de degeneración cultural en la preferencia de los nobles de más alcurnia de entonces, como la Duquesa de Alba, por lo valores populares de lo que llamaríamos hoy la “sociedad del espectáculo”: los majos y las majas, las manolas, los toreros, las actrices y tonadilleras, etc. Un caso claro de la “inversión de los valores” y de rebelión de las masas de que hablaba también Nietzsche. En España Invertebrada, Ortega relaciona la invertebración del país precisamente con la “inversión de los valores” o aristofobia que aqueja a los españoles de la llamada decadencia.

    Pero esto es hoy un fenómeno dominante en la llamada “sociedad del espectáculo” post-moderna. Sobre todo desde que los EEUU aparecen como una nueva Roma que ejerce una especie de poder imperial, propio de una Super-potencia, de una Sociedad de Producción y Consumo de Masas, bajo cuyo paraguas ha caído Europa y gran parte del mundo. Cuando Montesquieu analizaba el Imperio romano se daba cuenta de que el secreto de su tan larga duración y efecto civilizador residía en un equilibrio de poderes entre el Emperador, el Senado, los Tribunos del Pueblo, etc., que permitía una rectificación y moderación de los abundantes excesos que se producían. El poder absoluto, que intentaron los Nerones y Caligulas de triste recuerdo, no se consolidaba porque continuamente “el poder frenaba al poder”. Igualmente podemos decir hoy que el Imperio de las Masas, que triunfa en los EEUU, tras la derrota de otros Imperios de Masas alternativos, como el Nazi o el Soviético, debe su pujanza y poder sostenido a la herencia de Montesquieu, recogida en su Constitución política democrática-liberal que consagra principalmente la división neta de poderes entre la Casa Blanca y El Capitolio, además de la independencia del Poder Judicial. Lo cual permite corregir y rectificar los excesos y errores cometidos por sus dirigentes, demostrando ser una sociedad con gran pragmatismo y capacidad de acomodación a las situaciones cambiantes que caracterizan el mundo dominado por los avances científicos e industriales.

     Es precisamente este escollo de los excesos incorregibles,  ante el que ha naufragado la Restauración decimonónica española, el que está haciendo fracasar la Restauración democrático monárquica actual. En ella es imposible escapar al Imperio de las Masas, las cuales tenderán al “doble frenesí” de volver a imponer, a través de las urnas, -pues otra forma no admitiría la decisva homologación democrática norteamericana-, un absolutismo radical para-soviético o para-fascista, disfrazado de “democracia” popular u “orgánica”, a menos que se constituya un poder moderador democrático-liberal de centro que ejerza de balance of power, garantizando una democracia de masas, pero con mecanismos correctores de sus excesos. Pero la determinación clara de que algo sea exceso o no, es difícil que la establezca la masa ciudadana, o sus demagógicos “políticos reflejo”, periodistas semi-cultos, etc., una masa que, por lo general, permanece apática y no tiene los conocimientos necesarios para ello. Solo el poder de la minoría intelectual de un país puede presentar planes y orientaciones bien meditadas y discutidas que ayuden a generar nuevas Ideas orientadoras. Pero para ello es necesaria la promoción y desarrollo de la “minoría egregia” intelectual de la que hablaba Ortega, y que hoy ya existe aunque dispersa y actuando como una especie de guerrilla de francotiradores a través de Internet,  marginada por la “censura mediática” que continuamente ejerce  el actual poder oligárquico, controlador absolutista de los mass-media. Dicha minoría intelectual, aunque todavía débil y escasa, silenciada por la característica legión hispana de los invidentes-envidiosos, es la única que puede asumir el papel de consejera sabia posible en la orientación de las complejas decisiones políticas y culturales que el futuro más inmediato ya nos está presentando. Pero para ello es necesario que los nuevos partidos centristas emergentes, que accedan a ocupar parcelas de poder político-mediático, las saquen de su actual invisibilidad para el gran público, si realmente quieren promover una democrácia liberal y no absolutista.