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sábado, 7 de octubre de 2017

Reseña de PENSAR CON LAS MANOS




      El título del libro que voy a reseñar, Pensar con las manos, posee la virtud de ser muy informativo acerca del contenido a tratar. El hombre, en efecto, piensa con las manos. Con las manos y con las demás extremidades y zonas fronterizas de su cuerpo. El hombre es un ser de pensamiento no sólo y no directamente por su cerebro, sino por su corporeidad, esto es, piensa por el sistema de extremidades y órganos de captación-manipulación con que está dotado. Hoy en día, en que padecemos por todos los lados una suerte de "cerebrocentrismo", y se habla sin cesar de "neuroeducación", "neuromárketing", "neuroeconomía", así como del cerebro como un "gestor de emociones", etc., libros como el de Manuel F. Lorenzo van a resultar un revulsivo. No es del todo cierto que pensemos con el cerebro, ni es correcto o exhaustivo decir que el hombre es inteligente porque posee un gran y poderoso cerebro. Esta es la línea del intelectualismo que arranca desde Aristóteles y llega hasta nuestros enfoques actuales de la "ciencia cognitiva" y del computacionalismo. Más en lo cierto estaba Anaxágoras al decirnos que el hombre es inteligente porque tiene manos. Pero, más aún (lo que quizá no pudo saber Anaxágoras): el hombre tiene manos (versátiles, operatorias, hábiles) en lugar de garras o patas debido a que, correspondientemente, el hombre posee pies.

"Parece que piensas con los pies". Esta expresión, aparentemente banal y campechana, encierra mucho sentido. Un alumno puede recibirla a modo de amonestación. El maestro le hace saber que le falta inteligencia o efectividad a la hora de resolver un problema. Como padre, docente o amigo, le decimos esto a alguien, "que piensa con los pies" y con ello le hacemos saber a otro que sus ideas y actuaciones no son adecuadas. En la más inveterada tradición, acaso desde Aristóteles, pensar es algo que se hace por medio del cerebro, desde el cerebro, usando el cerebro y no los pies. Los pobres pies, para muchos, no son sino extremidades inferiores que nos plantan en el suelo, nos sostienen, unas como bases obedientes a las órdenes del cerebro, simples ejecutores que nos permiten avanzar pasos. Sin embargo, la teoría de la Evolución darwiniana comenzó a reivindicar los pies del hombre, tan "inferiores" al cerebro, en virtud precisamente del papel fundamental que la bipedestación ha desempeñado en nuestro hacernos como humanos. El hecho básico, debido a diversos factores ecológicos, cambios climáticos, etc. de ser unos primates bípedos, ha permitido que nuestras garras delanteras se quedaran colgando a cierta altura del suelo. Así quedaron unas manos libres, exentas, disponibles para la manipulación y transformación de los objetos. 

En cuanto hablamos ya de homínidos bípedos, a modo de torres verticales que podían asomarse por encima de las altas hierbas secas de la sabana africana, en vez de desplazarse de rama en rama, en selvas de troncos apretados entre sí, podemos hablar ya de una evolución acelerada de la corporeidad humana, un camino sin retorno hacia una forma extraña de animal, un animal el humano capaz de emplear sus extremidades como órganos operatorios, transformadores enérgicos del entorno. Nunca se enfatizará lo suficiente el papel de la mano exenta para manipular y transformar objetos, para alterar el entorno con útiles de lo más diverso, incluyendo las armas. Este homínido, tan deficitario en tantos y tantos aspectos, se convirtió él mismo en un sistema inmenso y eficaz en orden a la operatoriedad. 

Las manos, y de manera secundaria, los brazos, piernas, pies, boca, etc. del hombre poseen un gran poder de captación de estímulos, así como un enorme poder de transformación de objetos. Diríamos que la corporeidad humana es, toda ella, operatoriedad. De acuerdo con las ideas de Jean Piaget diríamos que, a partir del bipedismo, el homínido es un organismo ultrapotenciado para movilizar los tramos del círculo de relaciones entre sujeto y objeto: a) asimilación, por medio de la cual el animal, homínido o persona hace suyo el entorno, o trata de incorporarlo o "digerirlo" de acuerdo con sus estructuras (la fagocitación y nutrición serían las formas más primitivas de asimilación cognoscitiva) y b) acomodación, esto es, el cambio de las estructuras del sujeto-organismo para corregir los desajustes, restablecer el equilibrio y, en definitiva, alcanzar la adaptación.


El libro de Fernández Lorenzo no consiste en una mera "apología de las manos", y, por extensión, de las restantes extremidades corporales que nos permiten ser animales cognoscitivos "ultrapotenciados". Tampoco es una mera denuncia del cerebrocentrismo. Esto, por sí solo, podría tener un interés para determinados especialistas (psicólogos, neurocientíficos, pedagogos…), pero tenemos aquí otro aspecto adicional, mucho más denso, profundo y de consecuencias de largo alcance. "Pensar con las manos" supone todo un proyecto ontológico. Se trata de asumir de una vez, con todas las consecuencias, el legado que nos han dejado los grandes idealistas alemanes, empezando por Kant y siguiendo con Fichte, Schelling y Hegel, y en cuyo devenir, ha dado origen a otros legados filosóficos que necesariamente hemos de asumir, como son el vitalismo (Nietzsche, Bergson, Unamuno, Ortega), y el constructivismo operatorio (Piaget, Bueno). No podemos dejar a un lado una importante tradición filosófica que nació y se desarrolló paralelamente al idealismo y vitalismo germánicos, aunque dándole la espalda sistemáticamente: el positivismo (Comte). En Pensar con las manos hay elementos abundantes para la refundación de un nuevo positivismo, que el autor denomina Positivismo Operatiológico, por estar fundado en las operaciones del sujeto, y no en hechos, como hacía el positivismo tradicional.

¿En qué consistirá esta refundación de la ontología? Para orientarnos debidamente, diremos que su autor es discípulo del fallecido filósofo astur-riojano don Gustavo Bueno. Discípulo sí, pero heterodoxo. El discipulado en Filosofía por fuerza ha de ser heterodoxo. El maestro ha de ser criticado, superado, sometido a revisión. Manuel F. Lorenzo es, pues, un buen discípulo filosófico: heterodoxo y creador de una corriente nueva a partir del "materialismo filosófico" buenista.

En Pensar con las manos el lector encontrará precisamente una crítica de este sistema fundado por Gustavo Bueno, basada precisamente en la fundamentación del mismo: la materia. ¿Qué es la materia? En principio, la lectura más completa de la obra buenista arroja la impresión de que materia es, en su obra, un equivalente al "ser" o la "realidad". Gustavo Bueno ha sido, dígase lo que se diga, un filósofo realista, y realista en el más clásico o escolástico de los sentidos. Es cierto que se trata de un realismo nada vulgar, sofisticado, que entiende que el despliegue de la realidad se da en varios géneros, irreductibles entre sí. Los géneros de materialidad serían, M1 -términos físico-mundanos-, M2, -operaciones del sujeto (no sólo ni principalmente operaciones "mentales" sino más bien corpóreas y, dentro de éstas, quirúrgicas)- y, finalmente, M3 -relaciones objetivas (estructuras o esencias, bien de orden matemático, bien de tipo cultural o moral). Nunca se da nada "real" como fenómeno sin que participen al menos dos de estos géneros de materialidad. Así pues, por ejemplo, la percepción de un rayo de luz implica el desplazamiento de ondas-fotones en el medio y su impacto en la retina de un ojo (M1) tanto como la propia captación sensorial e interpretación perceptiva de esas celulas retinales afectadas (M2). En el sistema ontológico de Bueno todo lo real es, por definición, "materia", eso sí, materia agrupada en géneros irreductibles entre sí y que se superponen. Se podría parafrasear a Aristóteles y decir que "la materia se dice de muchas maneras". Ahora bien, más allá de estos géneros de materialidad y de las posibilidades de entrecruzamiento entre ellos, Bueno habló de una Materia en el sentido ontológico-general (M), a la cual no se le puede otorgar contenido positivo alguno. Para Gustavo Bueno esa M era un concepto-límite, es decir, un término al que se llega por medio de un regressus o análisis exhaustivo, pero desde el cual resulta de todo punto imposible emprender un progressus o avance hacia una reconstrucción de los distintos tipos de realidad. 


Bueno entendía la filosofía –y toda empresa intelectual- desde un punto de vista dialéctico: las operaciones del sujeto se mueven en círculos crecientes en potencia y alcance, y estos círculos siempre giran en dos sentidos opuestos, regresivos y progresivos. Cada uno de los puntos alcanzados por esta especie de rueda que se desplaza, tanto en el regressus como en el progressus, sirve de punto de partida para impulsar nuevos desplazamientos (conocimientos), con mayor profundidad e impulso. Así, por ejemplo, una vez alcanzados regresivamente los términos "átomo" en la Química, o "célula" en la Biología, el impulso y la profundidad para iniciar la vía progresiva (esto es, deducir o recorrer nuevas posibilidades de conocimiento) fueron inmensamente mayores en la Historia de las Ciencias. Pero como bien nos recuerda Manuel F. Lorenzo, el término "Materia" es inservible, estéril desde el punto de vista cognoscitivo, pues desde él no hay progressus posible. Bueno presentó la M como una especie de fondo, de agujero negro desde el cual resulta completamente imposible salir. En efecto, esa Materia ontológico-general es un límite, y Bueno lo reconoce. Su materialismo se había gestado en el ambiente y compañía del marxismo, ante cuyo materialismo dialéctico el filósofo de Oviedo pretendió ofrecer alternativas críticas y más sofisticadas. Por supuesto la mayoría de los marxistas españoles desatendieron una filosofía que se les antojaba abstrusa, alambicada, cuando no revisionista. 

En el libro que reseñamos, sin embargo, se ofrecen propuestas para una idea de límite positivo, en lugar de la M buenista, que es meramente negativa. El profesor Fernández Lorenzo, por ejemplo, toma como ejemplo, las interesantes propuestas de Eugenio Trías sobre la idea del límite, entendido de forma positiva. La filosofía "fronteriza" de Trías supone un replanteamiento de la metafísica tradicional, normalmente basada en uno o varios términos que se postulaban como cimientos, como pilares inconmovibles: Dios, Sustancia, el Yo… Estos términos o ideas eran el núcleo de un sistema ontológico tradicional. De ese núcleo partían todas las demás variantes y morfologías de la realidad. El hecho es que, a partir de la obra de Kant, la metafísica queda escindida en dos, por no decir que resulta destrozada: una metafísica pre-crítica o dogmática, que parte de ideas nucleares (Dios, Ser, Sustancia) independientes por completo de la acción del Sujeto, y una metafísica crítica (podría decirse mejor, una filosofía crítica por cuanto anti-metafísica) que renuncia a deslindar o postular cualquier término nuclear de la ontología sin considerar la labor del Sujeto, el verdadero "hacedor" de todos los deslindes de términos organizadores de un sistema de ontología. 

Llegados a un tiempo post-kantiano, crítico, sabemos que no podemos obtener ninguna ganancia regresando al dogmatismo. Hemos dado vueltas en redondo durante el siglo XX por culpa de unas filosofías que, en realidad, eran anti-filosofías: el marxismo y el neopositivismo, a la par que pretendían ser un remedo de las ciencias y auguraban el fin de la filosofía, sostenían implícitamente una (mala) ontología de corte dogmático, un realismo basado en la materia o en la experiencia sensorial. Colecciones de sensaciones recibidas, partículas atómicas o sub-atómicas, o, simplemente, una "materia en movimiento" (Engels), representaron ejemplos dogmáticos de esos límites negativos, a partir de los cuales resulta reconstruir trozos inmensos de la experiencia: el pensamiento y la emoción del hombre, los hechos culturales, históricos, la evolución de la vida, etc.


Un límite positivo, por el contrario, vendría caracterizado no por esa impotencia reconstructiva del término, sino por todo lo contrario. El término no es sólo una terminación, valga el juego de palabras, sino el punto de arranque de nuevas exploraciones, de nuevas realidades. El límite es, a la vez, la fuente. Y una filosofía post-crítica ¿dónde habrá de hallar esos límites? Debemos mirar a nuestro propio cuerpo. Ahora, desde este teclado de ordenador veo mis dedos aporreando teclas, y mis manos danzando sobre ese mismo teclado, más o menos ágil y hábilmente. Si echo para atrás las ruedas de mi sillón puedo ver mis piernas, dobladas o cruzadas, y mis pies cambiando de postura o dando impulso al movimiento del sillón, o quizá jugueteando con las zapatillas o el escabel donde reposan. Mi cuerpo no es una cápsula comandada por un cerebro. Mi cuerpo es un sistema de órganos especializados en la operatoriedad. Yo, y cualquier ser humano, soy un animal hiper-operatorio. El hecho de que los humanos podamos tocar el piano, hacer gimnasia o danzar, teclear ordenadores o levantar edificios y naves espaciales es posible por ese fluctuante límite movedizo que crean los órganos operatorios: las manos, principalmente, y depués los brazos, las piernas, los pies, la boca, la lengua, etc.

El libro Pensar con las manos es muy sugerente y anuncia un trabajo futuro que, si bien paraece hercúleo, es posible y necesario en la Filosofía hispana. Es posible porque Gustavo Bueno ya sentó las bases de una filosofía constructivista-operatoria y sistemática (frente al estilo ensayístico de Ortega), si bien lastrada por su materialismo dogmático y marxista. Necesaria, porque los países que escriben y hablan en español pueden desarrollar una filosofía "a la altura de nuestro tiempo", lejos de las modas extranjeras que parecen ya muy agotadas. Y además, el autor presenta un plan muy ambicioso, al menos tal y como yo lo veo: desarrollar una alternativa a la ontología de nuestro tiempo. Una ontología desde nuestras extremidades y habilidades operatorias.

Carlos Javier Blanco Martín 

Doctor en Filosofía

martes, 11 de julio de 2017

Filosofía de la Frontera

La globalización pretende crear una sociedad sin fronteras por medio de instituciones civiles, tipo Médicos Sin Fronteras, Reporteros Sin Fronteras, Empresas Transnacionales, Monedas Digitales (Bitcoins), etc. Pero, al pretender igualmente el trasvase de poblaciones (exiliados, emigrantes, refugiados) y capitales (deslocalización de empresas, Tratados de Libre Comercio, etc.) sin control de los Estados, está destruyendo las Sociedades de Bienestar Occidentales abriendo profundas crisis políticas como las que estamos viendo en USA y Europa.

Al relajar la vigilancia fronteriza en los bordes de la propia UE, al alimón con las llamadas a la emigración, que hicieron dirigentes políticos como Zapatero o Angela Merkel y con las guerras de Irak, Libia y Siria, la situación se hizo incontrolable y explosiva con la irrupción en la propia Europa de un terrorismo islámico inesperado que nos amenaza gravemente a todos nosotros, ciudadanos de a pie, ya seamos habitantes de ciudades cosmopolitas o rurales de Texas.

Por eso constatamos que no todas las fronteras son iguales. Eliminar el control de personas en Irún no tiene las mismas consecuencias que eliminar dicho control en Ceuta o en la isla de Lesbos. ¿Qué tipo de frontera es pues esta última? Para responder a esta pregunta no nos basta con recurrir a conceptos técnico-administrativos propios de un funcionario de Aduanas. Precisamos algunos conocimientos histórico-filosóficos para abordar con suficiente profundidad la cuestión. Precisamos pues de una Filosofía de la Frontera. En un artículo anterior (Nacionalismo contra Globalización) me referí a Eugenio Trías como el pensador español que centró su reflexión filosófica sobre la Idea de Límite o Frontera -el limes romano- enseñándonos a ver que la frontera no es una mera línea o barrera, fácil de borrar, que separa dos territorios, sino que ella misma es algo más complejo e importante. Trías empieza su libro, Lógica del Límite (1991) con estas palabras:

“Los romanos llamaban limitanei a los habitantes del limes. Constituían el sector fronterizo del ejército que acampaba en el limes del territorio imperial, afincado en dicho espacio y dedicándose a la vez a defenderlo con las armas y a cultivarlo. En virtud de este doble trabajo militar y agricultor el limes poseía plena consistencia territorial, definiendo el imperio como un gigantesco cercado que esa franja habitada y cultivada delimitaba, siempre de modo precario y cambiante. Más allá de esa circunscripción se hallaba la eterna amenaza de los extranjeros o extraños o bárbaros. Estos, a su vez, se sentían atraídos por esa franja habitable y cultivable que les abría el posible acceso a la condición cívica, civilizada, del habitante del Imperio.

Los bárbaros, instigados y hechizados por el imperio, sometían ese limes a un cerco a veces difuso, a veces hostil y amenazante, si bien con suma frecuencia se enrolaban en esos ejércitos agricultores que trabajaban y defendían el limes. A su vez la metrópolis y su centro de poder temían la irrupción imprevista de algún general victorioso que fuese habitante del limes o que pretendiese, desde esta zona estratégica, hacerse con el poder e investirse de la condición de emperador. Había, pues, un triple cerco: el que los bárbaros sometían al limes e, indirectamente, al propio cercado imperial; el que éste sometía a estos peligrosos amigos-enemigos que habitaban el limes, y el cerco que el limes y sus habitantes fronterizos sometían tanto a los bárbaros del más allá como a los civilizados del más acá”.

El limes, la frontera entre Occidente y otras culturas como la Islámica no es, por ello, una mera raya en la carretera, algo meramente convencional y superficial. Trías atribuye a la Filosofía de la Modernidad esa concepción que él llama negativa, de límite y frontera, “como puro lugar evanescente, convencional y puramente lineal” e intenta con su Filosofía de la Frontera “sugerir un giro verdaderamente copernicano en relación con esta noción”.

Traducido a los acontecimientos políticos que estamos contemplando, podemos ver como el poder metropolitano lo encarnan hoy las grandes ciudades (Nueva York, Londres, París, Berlín, etc.) en las que, por la apertura incontrolada de las fronteras, surgen barrios enteros de los llamados migrantes, procedentes de sociedades más atrasadas y bárbaras que, al no integrarse, las someten a un cerco de rechazo que puede llegar al ataque terrorista organizado en redes dirigidas desde el exterior. A su vez, muchos ciudadanos de a pie, más próximos al campo y al terruño, y menos cosmopolitas, buscan a un líder populista que demuestre sus dotes de salvador cerrando las fronteras a los migrantes y derrotando su red terrorista. No estamos pues ante un pensamiento único globalizador, ni ante un dualismo de buenos y malos, sino ante un triple cerco cuya dialéctica debería presidir los análisis de detalle.


Artículo publicado en El Español (22-6-2017)

martes, 6 de diciembre de 2016

¿Que es filosofía?

(Revisión y ampliación del apartado “¿Qué es filosofía” de mi libro Introducción al Pensamiento Hábil)

     Volver a preguntarse hoy por lo que significa o es la filosofía parece un recaer en el vicio inveterado de los filósofos que continuamente ponen en cuestión su oficio, a diferencia de lo que hacen otros investigadores tenidos por más serios, como los científicos. Nada más lejos de nuestra intención. Pero si lo hacemos de nuevo no es por frivolidad sino porque, como comprenderán los propios científicos, solo cuando se producen grandes cambios en una rama del conocimiento que afectan a las bases o fundamentos tenidos por más firmes, surge la necesidad enteramente comprensible de modificar el resto del edificio que no puede ya permanecer indemne ante dichos cambios.

     Y aquí está la tesis que defendemos: el siglo XX, que hoy ya podemos contemplar en su conjunto, ha producido grandes cambios en la forma de entender en que consiste el conocimiento humano desde los lejanos tiempos de Kant. Dichos cambios han sido hechos de dominio mundialmente público principalmente por la Epistemología Genética de Jean Piaget, continuando avances realizados por la Psicología de la Gestalt y la Fenomenología husserliana. La posición abrumadoramente dominante, durante el periodo de la Guerra Fría, de movimientos filosóficos como el Neopositivismo o el Marxismo, que en la explicación del conocimiento mantuvieron posiciones pre-kantianas, como el empirismo o el materialismo, dificultó enormemente la influencia, en la filosofía propiamente dicha, de las novedosas tesis epistemológicas desarrolladas por Piaget.

     Si a esto se une la enemiga del propio Piaget frente a la filosofía institucional vigente en su tiempo, la cual pretendía la equiparación de la Psicología especulativa filosófica con la Psicología experimental, tenemos planteado de nuevo el recurrente problema de delimitación de las legítimas pretensiones de la filosofía frente a las disciplinas científicas.

   Un problema ante el que el propio Piaget mantuvo posiciones complejas que no son fácilmente etiquetables bajo un rótulo unívoco, como el de cientifismo antifilosófico, pues si bien creyó que la elaboración de una nueva explicación del conocimiento era una tarea que, aunque tradicionalmente había sido desarrollada por filósofos, había llegado el momento de que pasara a ser una tarea científica, sin embargo también pensaba que la filosofía se renovaba con las revoluciones científicas, como ocurrió con Platón, Descartes o Kant. De ahí que podamos ver a Piaget como un alguien que enfundado en su bata de científico pone las bases de una nueva filosofía, aunque no lo pretendiese.

     En tal sentido debemos precisar de nuevo qué entendemos por filosofía, para determinar a su vez los perfiles de lo que consideramos la nueva filosofía que corresponde a esas nuevas bases en la explicación del conocimiento inicialmente puestas por Piaget.

     La filosofía, desde un punto de vista psicológico, es una forma más de conocimiento, como lo es el conocimiento técnico o el científico. Pero es una forma de conocimiento que históricamente es detectada como posterior a estos dos tipos de conocimiento. La filosofía, como se sostiene clásicamente, aparece en Grecia. Pues antes de los griegos no existe propiamente el conocimiento científico. Solo había conocimientos técnicos. La Geometría euclidiana es la primera ciencia propiamente dicha, en el sentido de las llamadas ciencias formales, base indispensable para el resto de las ciencias, como ya sostuvo Augusto Comte.

     Por ello, hablar de la existencia de filosofía en otras civilizaciones anteriores a la Griega, como la China, la Hindú o la Egipcia, es tan problemático, como lo es hablar de la existencia de ciencia en tales sociedades. No se niega con ello que no hubiese algunos adelantos en aspectos técnicos, como la agrimensura egipcia o la contabilidad numérica caldea. Pero lo que no poseían dichas civilizaciones eran los métodos deductivos abstractos que precisamente diferencian a la ciencia de la mera técnica experimental. Dichos métodos comenzarán a tomar forma con las demostraciones de los Teoremas matemáticos de Tales y Pitágoras.

     La filosofía griega, cuando alcanza su madurez con Platón y Aristóteles, presupone ya la ciencia y se autoconcibe como un saber diferente del científico (las matemáticas) y del meramente técnico. Platón mismo que había situado en la puerta de la Academia el lema de que “nadie entre aquí sin saber Geometría”, situaba el comienzo de la filosofía en el rebasamiento de las hipótesis de las que partía la ciencia. Pues las ciencias son un conocimiento muy preciso y exacto, pero muy limitado, en el sentido de que parten de axiomas evidentes que no demuestran. La filosofía debe rebasar los conceptos limitados de las ciencias y buscar conceptos racionales también, pero aun más generales que los científicos, que nos permitan una explicación más completa del conjunto de la realidad. Como decía Herbert Spencer en sus Primeros Principios (t.1º, XXXVII) si el conocimiento vulgar es un "saber no unificado" y el conocimiento científico es un saber "parcialmente unificado", la filosofía es el saber "completamente unificado". En tal sentido la Filosofía debe construir, según avanza nuestro conocimiento de la realidad, sistematizaciones globales unificadas y racionalmente cerradas, aunque no por ello clausuradas y definitivas para siempre.

     Platón llamó a tales conceptos filosóficos más generales, que sirven para unificar el saber, las Ideas. Dicha denominación es recogida modernamente por Kant cuando distingue las Ideas de la Razón (Vernunft) de los Conceptos del Entendimiento (Verstand). Ademas Kant mantiene, aun con más claridad que Platón, la concepción de la filosofía, no tanto como un amor al saber, según rezaba la acuñación pitagórica del término filosofía, sino como un saber de segundo grado, en el preciso sentido de que es un saber que arranca de la propia explicación del conocimiento como tal, la cual escapa a las propias ciencias. Siempre será preciso regresar a unos principios ideales de naturaleza filosófica y no ya científica, que actúen como principios racionales regulativos del conjunto de nuestro conocimiento del mundo con vistas a la orientación final de nuestra praxis en él. Pues, en Kant, se impone el Primado de la Razón Práctica al que debe subordinarse la Razón Teórica. Tales principios, una vez adquiridos, actuarán como principios de nuestra fe en la capacidad racional de poder orientarnos en el mundo.

    Fichte, queriendo ser consecuente con los planteamientos kantianos, propuso sustituir el nombre de Filosofía por el de Doctrina de la Ciencia (Wissenschaftslehre), en el sentido de que la tarea primordial de la filosofía crítica era la búsqueda de los principios últimos que permitan reconstruir racionalmente el entero edificio del conocimiento humano. La palabra griega ha sobrevivido a Fichte, pero, ciertamente, el sentido que él imprimió a la filosofía como teniendo como primera tarea la explicación del conocimiento según principios filosóficos, tal como exigía el famoso “giro copernicano” de Kant, sigue siendo hoy valido, aunque necesite una fuerte rectificación, como indicaremos más adelante.

     La filosofía no es, pues, un saber exento, es un saber reflexivo, desde un punto de vista formal, sobre el conocimiento en general y, desde un punto de vista material, se alimenta de otros saberes, como si de un humus trófico se tratase. Dichos saberes constituyen el “ámbito” de la filosofía, el medio ambiente del que se nutre y respira. Ya Kant habla de que la filosofía debía responder a las preguntas que surgen de los saberes teóricos (¿qué podemos conocer?), y de los saberes prácticos (¿qué debemos hacer?, ¿qué podemos esperar?). Estas preguntas debían resumirse o fundamentarse en una más general: ¿qué es el hombre? Heidegger, en Kant y el problema de la Metafísica (F.C.E., Madrid, 1993), interpretó estas tres preguntas como prguntas, no solo gnoseológicas, sino como las preguntas de la ontología especial wolffiana que Kant reelaboró en la Crítica de la Razón Pura y que trataban sobre el Cosmos, el Yo y Dios. (Ver p.ej. Cristian Soto H., “La Pregunta de Kant: '¿Qué es el hombre?' (Un Recuerdo de Bicentenario)”, Anuario de Pregrado, 2004). Heidegger interpreta la pregunta por el hombre como la pregunta de una Antropología filosófica y no meramente empírica. Dicha Antropología pregunta, no ya sobre el hombre empíricamente dado, sino sobre la esencia del hombre. Y como las esencias son entes estructurales, no meramente empíricos, dicha pregunta es una pregunta que abre la puerta a una “Ontología Fundamental”. Pero por otra parte se relaciona también la pregunta kantiana con la Psicología de la Facultades de Tetens en la que se apoya Kant, por la cual se distinguen en el Hombre la Facultad de Conocer, la de Desear y la de Sentir. Kant analiza la Facultad de Sentir relacionandola con el Arte en la 1ª Parte de la Crítica del Juicio al tratar de los juicios en materia de gusto. En la 2ª Parte analiza la finalidad en la Naturaleza, por lo que se puede considerar esta parte como una ampliación de lo expuesto en la Crítica de la Razón Pura. Por ello podríamos interpretar que Kant añade aquí, en relación con el análisis del gusto estético una 4ª pregunta que podríamos formular como: ¿qué nos puede gustar? Por tanto, la respuesta a la pregunta antropológica presupone lo que podíamos llamar un espacio de cuatro ámbitos o dimensiones, muy diferente del tradicional espacio antropológico inaugurado por los filósofos griegos. Dicho ámbito se configuraba tradicionalmente, en los griegos, desde perspectivas religioso-teológicas, como comprendiendo tres tipos de realidades, la naturaleza, los hombres y los dioses. A cada una de dichas realidades le correspondía un tipo de saberes.

     Pero en la filosofía moderna, a consecuencia del hundimiento de la metafísica onto-teológica, a raíz de la invalidación por Kant de sus pretensiones de cientificidad, con la destrucción de las consiguientes pruebas demostrativas de la existencia de Dios, la situación de los saberes sufre una profunda modificación. Ya Fichte, por seguir hasta las últimas consecuencias el criticismo kantiano, es acusado de ateismo. Y Feuerbach, gran admirador de Fichte, se ve obligado a eliminar, no solo al Dios monoteista, sino a todo tipo de divinidad, considerándolas como irreales, como entidades producto de la alucinación y de la enajenación humanas. Con ello reduce las dimensiones del saber humano a dos tipos de entidades, las naturales y las humanas. Dicho dualismo se transmitirá especialmente por la tradición marxista hasta que sea puesto en cuestión, dentro de esa misma tradición, a consecuencia del desarrollo de una nueva explicación de la religión iniciada por Gustavo Bueno en su obra El animal divino (1985). Previamente los antropólogos y sociólogos positivistas habían suministrado análisis de un abundante material histórico y antropológico en los que resaltaban el carácter funcional, y muchas veces positivo, de la religión en el sostenimiento y duración de las sociedades humanas. Asimismo, fenomenólogos como Max Scheler, en su obra De lo eterno en el hombre, o Rudolf Otto en Das Heilige, habían fijado la esencia de lo religioso, no tanto en las divinidades mismas, como en la experiencia de lo sagrado o numinoso, lo misterioso mismo, tan fascinante como terrorífico, que las envolvía.

     Tales enfoques, combinados con novedosas aportaciones de las ciencias etológicas en el estudio del comportamiento animal, derivadas del evolucionismo darwiniano, -que conecta el origen del hombre con nuestros antepasados simios a la vez que el mismo Darwin, en su obra La expresión de las emociones en el hombre y los animales, pone de manifiesto el mundo emocional e inteligente de los animales, refutando científicamente la consideración que de ellos se tenía desde el cartesianismo como meras máquinas insensibles y sin pensamiento, y abre el camino a la actual Etología o ciencia del comportamiento animal-, dichos enfoques confluyen en la reinterpretación, por parte de Gustavo Bueno, de las conocidas tesis de Feuerbach, en la forma de que “los hombres hicieron a los dioses a imagen y semejanza de los animales” (G. Bueno, El animal divino, Pentalfa, Oviedo, 1985, p. 170).

     Tesis que implica el rechazo del dualismo antropológico de Feuerbach, pues los animales numinosos o divinos son seres reales y no entidades meramente imaginadas, y por tanto se deben distinguir tanto de los seres humanos como del resto de seres o entidades naturales. Pues los animales superiores, como el tigre, el oso o el bisonte de las cavernas, no se pueden reducir, según Gustavo Bueno, a meros depósitos de proteínas para el hombre primitivo, sino que deben se considerados también en su dimensión de personas no-humanas que jugaron el papel de los númenes originarios de los que surgen las relaciones religiosas con seres considerados sagrados. La zoolatría sería por ello la religión más primitiva, evolutivamente hablando, de donde han ido surgiendo otros tipos de religiosidad muy posteriores, como el culto a los dioses mitológicos y al propio Dios monoteista.

     Como consecuencia de ello, el espacio antropológico adquiere en Gustavo Bueno (“Sobre el concepto de ‘Espacio Antropológico’ ”, G. Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996, pgs. 89-114) de nuevo una organización ternaria en tanto que se apunta a tres tipos de entidades, entre las cuales caben tres tipos de relaciones: las relaciones entre sujetos humanos (relaciones circulares), las relaciones entre los humanos y la naturaleza (relaciones radiales) y las relaciones entre los humanos y ciertos animales superiores (relaciones angulares).

     Creemos, no obstante, que este esquema espacial de Gustavo Bueno está incompleto, pues en el no se recogen las relaciones de los sujetos humanos con entidades no naturales tan esenciales en la vida humana como son los objetos culturales producto de la técnica y el arte humanas. Estas relaciones también las consideramos radiales, pero ahora en un sentido inmanente y no trascendente como ocurre con las naturales, en tanto que, a diferencia de los objetos naturales, los objetos culturales o artísticos son producto de la propia actividad humana.

     Este espacio de cuatro dimensiones, que resulta al añadir las relaciones con objetos culturales, permite el establecimiento de una dialéctica en el sentido de que las relaciones dadas en cada uno de ellos, aun siendo irreductibles, se anudan por el intermedio de las demás, manteniendo, en determinadas circunstancias, una cierta autonomía, posibilitada operatoriamente por la propia tridimensionalidad básica del espacio que permite construir figuras de un eje componiéndolas con otro y haciendo abstracciòn de los demás.

     De esta forma se produce una especie de “rectificaciòn kepleriana” al “giro copernicano” que inaugura Kant, pues los seres personales, los centros de voluntad e inteligencia, aun manteniendo tal centralidad, expresada metafóricamente en la kantiana "isla de la razòn", giran en torno a dos focos: las personas no-humanas (animales como seres fabulosos donde comparece lo numinoso divino o diabólico-siniestro como un sentimiento de atracción-repulsión) y las entidades impersonales (la naturaleza o las obras culturales en tanto que nos envuelven por su grandiosidad y magnificencia despertando, por ejemplo, el sentimiento de lo sublime, tal como comparece para los románticos o para el propio Kant como lo sublime matemático que atribuye en la Crítica del Juicio al sentimiento resultante de la  contemplación de la Iglesia del Vaticano caracterizada, más que por su belleza, por su grandiosidad).

      Por ello nuestro espacio queda configurado como un espacio de cuatro dimensiones (sobreentendiendo la subdivisión interna de la dimensión radial en cultural y natural) a cada una de las cuales asignamos un ámbito del conocimiento humano. Distinguiendo en dicho espacio las relaciones personales de las impersonales, y las inmanentes de las trascendentes, en el sentido indicado, obtenemos la siguiente tabla clasificatoria:


                                         inmanentes            trascendentes
                                        __________________________
                 
       personales                  políticas                    religiosas

        relaciones                              __________________________
                                                            
       impersonales               culturales                   cósmicas

                                          __________________________     


       Obtenemos con ello una clasificación estática de los tipos esenciales de saberes humanos. La filosofía en cuanto es una reflexión sobre dichos saberes o conocimientos, debe hacerlo no sólo de modo sistemático, como se comprueba en la forma tradicional de los grandes sistemas filosóficos, sino también de modo sucesivo en la historia de su desarrollo. 

     La pregunta kantiana sobre ¿qué es el Hombre? recibe así una respuesta que presupone un origen evolutivo natural de la especie humana, que el propio Kant no pudo tener en cuenta pues, en su escrito “Probable inicio de la historia humana” (1786), se ve obligado a realizar una interpretación analógica del mito bíblico de Adan y Eva, en la que sitúa el estadio inicial del hombre próximo a una animalidad dominada por los meros instintos, no solo por prudencia frente a la censura religiosa sino por escasez de conocimientos de la época. Hasta Darwin no se dará un paso del Rubicon en estos asuntos sobre el origen del propio hombre y de su racionalidad. Heidegger hablaba de no reducir el Hombre a un conocimiento meramente empírico sino de tratar de captar su esencia existencial o estructura ontológica (Dasein), en el sentido de las esencias fenomenológicas de Husserl. Pero no paso de una aproximación puramente descriptiva del Dasein en su obra más influyente Ser y Tiempo. Una posición nueva en la explicación no meramente descripcionista de las estructuras antropológicas se abrió camino con el denominado Estructuralismo francés de Levi-Straus o Jean Piaget. Este último introduce una relación dialéctica entre las Esencias o Estructuras de la inteligencia humana y su génesis, con la cual se deben conectar en un sentido biológico evolutivo. Las Estructuras de la Inteligencia humana tienen su génesis, según Piaget, en la transformación de otras Estructuras previas provenientes del reino animal, como lo meros reflejos instintivos a través de unas funciones genéricas de todo ser vivo en cuanto, para sobrevivir, se debe adaptar al medio natural asimilándolo y acomodándose a él. De ahí que la pregunta por la esencia del Hombre nos remite a la pregunta previa por la esencia o estructura ontológica de la Vida. En tal sentido Ortega y Gasset habría propuesto el Raciovitalismo como la filosofía contemporánea que podría superar al Idealismo moderno sin tener que recaer en el Materialismo proveniente de los filósofos griegos. Ortega se remitía a W. Dilthey como el filósofo, a su juicio, más importante de la 2ª mitad del siglo XIX. Pues Dilthey había establecido la imposibilidad de retroceder en las fundamentaciones de nuestra racionalidad más allá de los fenómenos biológicos, puesto que la Materia pura no tiene sentido sin relación con la vida, como para Fichte, según señalaba Dilthey, no tiene sentido pensar un Yo sin un No-Yo que se le oponga, o viceversa. Se da aquí un caso, según Dilthey, de una fundamentación circular, una especie de dialelo ontológico, del que no es posible salir sin caer en una especie de metafísica acrítica y prekantiana. Dilthey introdujo también, por ello, la necesidad de una comprensión (Verstehen) hermenéutica de las llamadas Ciencias del Hombre. Una comprensión que exigia hablar de una circularidad interpretativa propia de la hermenéutica textual en la que no se puede separar un texto de su interpretación. Dicha posición influyó en la denominada Fenomenología hermenéutica desarrollada por el denominado 2º Heidegger, para el que la Casa del Ser pasa a ser principalmente el lenguaje, con su asunción de lo que denominaba el “circulo hermenéutico” propio de la interpretación de textos de poetas o filósofos presocráticos. Ortega, sin embargo, vería, con más claridad que Heidegger, la necesidad de desarrollar una filosofía vitalista, aunque no pasase de su formulación por medio de brillantes ensayos, aunque sin alcanzar una consistencia y grosor propios de un tratamiento sistemático, al que Ortega también aspiraba.

     Este circularismo propio de dicha tradición vitalista si encontraría explicaciones y desarrollos más sistemáticos como la Epistemología Genética en el caso de Jean Piaget, o en la denominada Teoría de la Enaccion desarrollada por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela. El propio Piaget corrige, aplicando este circularismo, la famosa clasificación piramidal de las Ciencias propuesta por Augusto Comte por considerarla estática. Para Piaget las Ciencias básicas forman un circulo explicativo del mundo del que no se puede salir. Según ella, la explicación de los fenómenos humanos psicológicos, presupone las explicaciones biológicas y estas a su vez la físico-quimicas, las cuales no se pueden llevar a cabo sin las matemáticas. Pero las estructuras matemáticas más básicas, como los números, no son un producto de la naturaleza físico-química, sino que han sido construidas por los hombres, por lo que presuponen la psicología, y esta, a su vez, la biología, etc. Con ello la fundamentación incurre en un circulo, cerrándose, aunque no por ello clausurándose, pues dentro de tal circulo los conocimientos cada vez aumentan más. Dicha forma de explicación es adoptada por Francisco Varela quien la califica de “Fundamentación sin fondo” y remite a la Filosofía de la Diferencia de Jacques Derrida, el cual se inspira en una tradición filosófica que desde Heidegger llega hasta el denominado último Schelling, quien acuña el término Sin Fondo (Ungrund) para entender lo Absoluto o explicación ontológica última de la realidad. En tal sentido hemos propuesto (en M. F. Lorenzo, La última orilla. Introducción a la Spätphilosohie de Schelling, Pentalfa, Oviedo 1989, cap. IV) relacionar e interpretar la Idea de Materia Ontológico General de Gustavo Bueno como Ungrund, como lo Sin Fundamento (Ungrund) de Schelling.

     Gustavo Bueno habría desarrollado una filosofía sistemática llamándola Materialismo Filosófico. Lo que caracteriza a Gustavo Bueno, en su fundacional obra Ensayos materialistas (1972), fue el rechazo de la ontología materialista monista del marxismo soviético (DIAMAT) oponiéndole una Idea crítica de Materia ontológico general, entendida como una Idea-límite, residuo de la crítica trascendental de la realidad fenoménica, una especie de Cosa en sí kantiana que se realiza en el mundo de los fenómenos sin reducirse o agotarse en ninguno de ellos. Pero la consideración de la Materia en tanto que Idea-límite despierta el fantasma, de nuevo, de la Metafísica, en el sentido de que la Materia, al no reducirse a Materia física, parece una Idea vaga e indeterminada mas que otra cosa. De ahí el rechazo que recibió del lado del Materialismo marxista.  

     Para superar este callejón sin salida parecía necesario buscar nuevas vías. Aquí es donde se sitúa la otra figura, que nos parece, en este sentido, interesante, de la filosofía española de las últimas décadas: Eugenio Trías, perteneciente a la generación filosófica siguiente a la de Bueno, y que de joven había sido influido por el marxismo, acaba centrando, en su obra de madurez, Los límites del mundo (1985), la reflexión filosófica sobre una Idea que antes no había levantado un interés tan obsesivo: la Idea de Límite. Por tanto, lo que en Bueno era algo adjetivo en su fundamento trascendental, aunque meramente negativo, de una Materia entendida como algo limítrofe, como una Idea-límite ontológico general, pasa ahora a convertirse en un fundamento trascendental positivo, como lo que definiría a la realidad misma en su ser del Límite. Por ello la Idea de Límite pasa en Trias a ser la materia de reflexión filosófica por excelencia. Una materia sumamente abstracta que el filosofo catalán prefiere tratar, al modo platónico, por vía metafórica a través del análisis de obras artísticas como el Gran Vidrio de Marcel Duchamp o el concepto geográfico-polìtico del limes o frontera del Imperio romano. (Hemos tratado de ello en el apartado “El renacer de la filosofía en la España actual”, Manuel F. Lorenzo, Del Yo al Cuerpo, Lulu, 2011, pag. 208 s.s). Eugenio Trías, profundizando y corrigiendo la Idea kantiana del “limite” experiencial del conocimiento humano, o la concepción wittgensteniana de los “límites del lenguaje como límites del mundo”, introduce una concepción no meramente negativa del Límite, como era la concepción del límite del conocimiento como mera barrera -(Schrank) en Kant, espejo en Wittgenstein o línea diferencial en Heidegger-, sino como límite positivo, como territorio poblado (limes romano) que permite su elevación a la categoría de Fundamento que da razón, como “razón fronteriza” de algo. 

     Es esta Idea de una fundamentación “fronteriza” lo que nos parece el más interesante resultado de la original e inusitada aventura ontológica o “metafísica” de Trías. Pues en ella la Cosa en si kantiana, como Materia ontológico general, deja de ser Fundamento para ser considerada, por influencia del último Schelling, como lo “sin fondo” (Ungrund), como un “fundamento en falta” al que asoma el Límite mismo situado entre el mundo fenoménico y el nouménico, que sería el verdadero fundamento generador, el Urgrund del que hablaba también Schelling (El esloveno Slavoj Zizek en su libro The invisible remainder. On Schelling and related matters ha despertado el interés internacional en los últimos tiempos sobre estos aspectos profundos del Ungrund schellinguiano). En tal sentido, la propuesta de un fundamento fronterizo, no meramente negativo, como la Cosa en si kantiana, o como la Materia como Idea-límite, sino como un fundamento positivamente determinado como limite o frontera mismo, que actúa como un Principio generador de la comprensión racional del mundo exigida por la filosofía, como un Principio dado in medias res y no ya de modo Absoluto, primero o último, dicha propuesta de Trías nos ha llevado a ponerla en conexión con novedosos desarrollos que se habían llevado a cabo en la investigación científica y filosófica del siglo XX. Concretamente con dos muy conocidos. Primero con el papel fundamental que empiezan a jugar los órganos fronterizos del cuerpo humano, las extremidades corporales, especialmente las manos, en la explicación del origen y desarrollo del conocimiento en la Psicología genético-evolutiva de Piaget. Y después, con la propuesta de Ortega y Gasset de sustituir el famoso Yo fichteano por la Vida, como nuevo fundamento ontológico fronterizo y positivo situado entre la realidad material meramente mecánica y la realidad cultural objetiva. 

     En tal sentido consideramos el nombre de Materialismo en la filosofía de G. Bueno como equivoco pues enseguida se confunde popularmente con el denominado Materialismo fisicalista o el marxista. Creo que la Razón Manual u operatoria, explorada y fundamentada por los importantes trabajos psicológico-evolutivos de Jean Piaget, que el propio Bueno conoce y utiliza, pide otra denominación y fundamentación filosófica, que enlaza más con la tradición racio-vitalista orteguiana. Esta es mi apuesta que voy convirtiendo en propuesta bajo el rotulo de pensamiento de las habilidades corporales o de la racionalidad manual. Creo que la filosofía española contemporánea contiene, desde Unamuno, un rasgo vitalista que la distingue de otras tradiciones europeas. Pero Ortega precisó, frente a Unamuno, que no hay oposición irreductible entre razón y vida, sino que son, como los dioses dioscúricos, Castor y Polus, inseparables, aunque opuestos. Por tanto, deben conjugarse continuamente. Piaget proporciona la prueba de como la Razón lógica surge de la coordinación de acciones en el niño, aunque después alcance desarrollos que sobrepasan lo natural. Piaget sería un racio-vitalista en términos orteguianos. Partimos, por ello, de la interpretación de que el “Sistema” de Gustavo Bueno puede ser, en muchas de sus posiciones debidamente analizadas y reinterpretadas, una “casa común” para la nueva filosofía española que se remonta a Unamuno y Ortega. Pero dicha casa está a medio hacer y además con graves contradicciones en su construcción. La principal reside en la inadecuación, en la obra de Gustavo Bueno, de sus fundamentos materialistas (Marx) y aristotélicos (escolastica wolffiana), con la concepción operacional del conocimiento científico de su Teoría del Cierre Categorial. Dicho en una frase clásica: es vino nuevo (operacionalismo) en odres viejos (materialismo y aristotelismo). El operacionalismo piagetiano es incompatible con la teoría del conocimiento como reflejo, común a Aristóteles y Marx. Y como los conocimientos que hoy tenemos de las ciencias cognitivas dan la razón a Piaget y se la quitan a Aristóteles y Marx, es preciso, entonces, buscar otros fundamentos al “Sistema” buenista. Pues tal “Sistema” en realidad sería más imaginario que real, pues es una especie de “centauro”, una mezcla de dos cosas que no pueden existir juntas más que en la imaginación y no en la realidad. Yo creo, y esta es mi apuesta, que estos nuevos fundamentos que permitirían crear un Sistema real serían los del racio-vitalismo, porque el joven Piaget arranca del vitalismo irracionalista de Bergson, pero lo corrige buscándole un desarrollo racional y científico positivo. En libros como Principios del Pensamiento Hábil (2009) he tratado de desarrollar con cierta extensión y densidad este nuevo punto de vista. A él me remito por no ser este el lugar adecuado para desarrollar con más extensión esta concepción de la Filosofía que hemos presentado reinterpretando y profundizando en la famosa pregunta: ¿qué es el Hombre?

     Pero desde una perspectiva, ya no psicológica o antropológica como la hasta ahora expuesta, sino desde una perspectiva política y social, la filosofía tiene relación directísima con el surgimiento de un nuevo tipo de institución educativa, como eran las escuelas filosóficas griegas, que no tienen precedente en civilizaciones anteriores. En tal sentido, esto marca también una diferencia importante con la pretensión de hablar de filosofía institucionalizada antes de los griegos. No hay nada parecido a la Academia platónica o al Liceo aristotélico en civilizaciones anteriores, donde la enseñanza es monopolizada por instituciones religiosas.

     Por el contrario, nuestra institución de la Universidad, surgida en Europa, es heredera del Liceo, en tanto que en su origen medieval asume la filosofía aristotélica como doctrina escolar. La expulsión por Platón de los poetas de su República, no era tanto una actitud anti-artistica, cuanto anti-religiosa, pues el autor sagrado para los griegos era un poeta, Homero. Platon propone sustituir las historias de los dioses por la enseñanza de la matemáticas, la astronomía, la lógica, la música, etc., las cuales irán configurando el elenco de artes que configurarán el Cuadrivium y el Trivium de la Universidad medieval o, anteriormente a través de la influencia directa de su discípulo Aristóteles, los conténidos de la Biblioteca y del Museo de Alejandría helenística, gran faro de la cultura antigua. 

     La Universidad medieval surge en Europa con el crecimiento de ciudades, como París, que necesitan profesionales como jueces, abogados, médicos, que empiezan a ser imprescindibles para dirimir los conflictos que provoca el crecimiento de las actividades comerciales. A su vez las actividades comerciales e industriales, a diferencia de las puramente agrarias que pueden subsistir en un régimen de aislamiento, pues les basta con la pura subsistencia, precisan de conocimientos culturales amplios y cosmopolitas por la posibilidad misma de la ampliación indefinida de nuevos mercados. En tal sentido la creación de la Universidad de Paris en la colina de Santa Genoveva surgió de dicha necesidad civil como un acuerdo entre estudiantes que buscan estas nuevas enseñanzas que no se podían adquirir en las tradicionales escuelas catedralicias, y los profesores dispuestos a suministrarlas. El alcalde de Paris se limitó entonces a proporcionar los edificios adecuados.

     En tal sentido, el conde de Saint-Simon, el fundador del positivismo, sostenía que la Universidad es la institución llamada a ser, junto con el municipio ciudadano, la encarnación del poder alternativo frente al Papado y al Imperio del nuevo orden que conducirá a la sociedad industrial moderna. El contenido de ese nuevo “poder espiritual” vendría principalmente de la España de los Traductores de Toledo, por donde, en un proceso complejo de frontera cultural, habría penetrado el legado filosófico, médico y científico de los griegos y, especialmente, las obras principales de Aristóteles desconocidas hasta entonces en Occidente.

     Desde Tomás de Aquino a Descartes dicho legado será lenta y trabajosamente asimilado. El precio que se pagó fue el sometimiento inevitable de la nueva institución civil a las ordenes religiosas de la Iglesia, las únicas que, como demostraron, estaban en condiciones de realizar semejante tarea adaptativa. El precio fue el establecimiento como dogma del aristotelismo y la censura que se arrogó la Facultad de Teología sobre los escritos y publicaciones del resto de la Facultades: Derecho, Medicina y Filosofía. De ahí que el conflicto fuese inevitable cuando se produjo la Revolución científica en el Renacimiento que ponía en cuestión la astronomía y la física de Aristóteles.

     A su vez, la filosofía moderna, que fue generada en parte esencial por la aparición de la ciencia moderna, tuvo que desarrollarse al margen de la Universidad con Descartes, Espinosa, Leibniz, Locke, Hume, etc. Únicamente con Christian Wolff accede dicha filosofía a la cátedra de la Universidad, aunque con expulsión temporal de la cátedra y vuelta a ella, gracias a la intervención de Federico de Prusia, el llamado Rey filósofo que repuso a Wolf en la cátedra de la Universidad de Halle, de donde los pietistas lo habían expulsado. Kant consiguió acceder, con grandes dificultades, a una cátedra en la Universidad de Königsberg, pero acabó topándose con el clero, que le prohibió, por orden real, tratar en sus clases y publicaciones de temas religiosos.

     Su venganza llegó con la publicación, tras la muerte del Rey meapilas, de su escrito El conflicto de las Facultades, en el que propone una reforma de la Universidad en el sentido de que cese la preponderancia en ella de las consideradas Facultades “superiores” por su relación más próxima al poder del Estado, especialmente la Facultad de Teología, frente a la Facultad de Filosofía considerada Facultad “inferior”. Dicha relación les daba más poder (Kant decía que eran la derecha en el parlamento universitario) pero a costa de perder la libertad para la investigación de la verdad. En cambio, la Facultad de Filosofía, aunque como Facultad “inferior” tenía menos poder (eran la izquierda, en el sentido de la oposición), gozaba sin embargo de la inclinación a buscar la verdad. Dicha inclinación era, sin embargo, perturbada por la censura que se arrogaba la Facultad de Teología sobre los escritos que salían de la Facultad de Filosofía.

     Kant deseaba para la Universidad de su tiempo una Revolución como la francesa, que eliminase los privilegios de unas facultades sobre otras y, dado que los nuevos gobiernos liberales surgido de la revolución no pretenderían subordinar la Universidad a intereses ajenos a los de la búsqueda de la verdad y el progreso del conocimiento, proponía que el núcleo de la Universidad fuese la Facultad de Filosofía con sus secciones de ciencias y humanidades. Dicha reforma de la Universidad se llevó a cabo pocos años después de la muerte de Kant cuando, en plenas guerras napoleónicas, se funda la Universidad de Berlín que, aunque lleva el nombre de Humboldt, fue concebida en sus líneas directrices por filósofos como Fichte, Schelling o Schleiermacher, siguiendo las propuestas de Kant.

      Nació así la primera Universidad moderna, pensada en sus líneas maestras por filósofos, que serviría de modelo para las restantes. La innovación esencial consistió en que la Universidad no debía transmitir una enseñanza escolástica dogmatizada, sino que tenía la obligación de investigar para progresar en la búsqueda de la verdad. Enseñanza e investigación son su lema básico que llega hasta nosotros. Con dichas reformas las ciencias alcanzarán un crecimiento espectacular durante los siglos XIX y XX, lo que hará que de la secciones de la Facultad de Filosofía salgan las Facultades de Ciencias Naturales primero  y de las Ciencias Humanas después.

     Dichas nuevas Facultades científicas comenzarán a colaborar desde la Universidad con el desarrollo de la industria, tanto de la pacífica como de la industria de la guerra. El prestigio social de la ciencia por el desarrollo de la tecnología moderna y su importancia estratégica en los grandes conflictos de la Primera y la Segunda Guerras mundiales, hacen que las Facultades de ciencias naturales, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, se conviertan en las nuevas Facultades “superiores” de la Universidad moderna, frente a las cuales la Facultad de Filosofía, tras la cientifización positivista de las antiguas humanidades, pasará de nuevo a ser considerada de hecho la Facultad “inferior”. 

     El nuevo conflicto que genera esta situación es un nuevo conflicto entre Facultades científicas y Facultades  ideológicas y que puede ser denominado Positivismus-Streit, tomando el título de una famosa controversia que tuvo lugar en Alemania entre los miembros de la Escuela de Frankfurt y representantes del neo-positivismo, según el cual la Filosofía, en tanto que incluye valores, es Metafísica y debe ser sustituida en la era industrial por la ciencia positiva, libre enteramente de valoraciones. Pero la ciencia misma ha cambiado notablemente del siglo XIX al XX, produciéndose una necesaria tendencia a la especialización del trabajo científico y a un crecimiento gigantesco de los laboratorios científicos cuyo mantenimiento ya no puede cubrir la Universidad, siendo tarea de los grandes complejos industriales-militares, como la NASA o las grandes multinacionales farmacéuticas, automovilísticas, petroleras, etc.

     Las ciencias naturales han aumentado enormemente su poder social al involucrarse cada vez más en la infraestructura productiva de las sociedades altamente industrializadas. Pero, como contrapartida, se han hecho cada vez más dependientes en el desarrollo de sus gigantescos planes de investigación, que al necesitar de grandes sumas de dinero para su desarrollo, están cada vez más sometidos a condicionamientos extracientíficos, los cuales priman más los desarrollos tecnológicos de corto plazo que la investigación básica, más incierta y mucho más lenta en sus avances.

     De ahí que la parte más numerosa y poderosa del ejercito científico sea la tecnológica, en la que predomina el ingeniero y el científico especialista. Ello implica también el ascenso al poder de los denominados por Ortega “bárbaros especialistas”, personajes que saben cada vez más de muy poco e ignoran el resto. El poder que les da sus conocimientos especiales les pone en la tentación de imponer su ignorancia en las demás cuestiones sobre los demás.

     Por lo que nos interesa con respecto a la Universidad, la ciencia actual, dominada por el especialismo, ha invertido la relación que mantenía todavía en los tiempos de Kant, cuando la Universidad medieval excluía la ciencia, la cual se refugiaba en las llamadas Academias científicas, que estaban situadas en los márgenes exteriores a la Universidad empezando a amenazar tímidamente el monopolio secular del saber ostentado por tal institución secular. Hoy la situación ha dado un giro completo pues la Big Science, con sus laboratorios bien situados en las grandes corporaciones industriales o militares, pretende el monopolio del saber positivo tratando de poner a la Universidad a su servicio, con el avance de la famosa relación Universidad-Empresa, que siendo razonable dentro de ciertos límites, se convierte en asfixiante de la Universidad como sede del “poder espiritual” en las sociedades modernas.

    Este positivismo cientifista de las nuevas facultades “superiores”, en una sociedad liberal democrática, ya no puede introducir ningún tipo de censura a la libertad de expresión de los filósofos díscolos dentro de la Universidad, aunque si puede llevarse la parte de león en el presupuesto universitario o eliminar las enseñanzas de cultura general, especialmente las filosóficas, de los planes de estudio de las facultades científicas; de tal forma que un licenciado por una Facultad de ciencias, con su formación orientada en un sentido de especialista ya desde los primeros cursos, puede ser un perfecto inculto, o con una cultureta anarcoide o de otro tipo similar obtenida en los entornos de la contra-cultura, que desde el Mayo del 68 pululan en los márgenes de la Universidad, como ocurrió en el caso del líder científico-cultural alternativo más famoso de USA, Noam Chomsky, en el que siempre sorprende su alta capacidad científica con su elemental y burdo anarquismo filosófico.

     La Universidad necesita por ello hoy, como en los tiempos de Kant, sino de una nueva Reforma revolucionaria, si de una seria rectificación de su estructura y de sus fines. En tal sentido, pues-to que la Universidad ya no puede aspirar a ser la máxima institución de la ciencia, pues ha sido sustituida por la NASA o el CERN, o grandes centros de investigación independientes de ella, debe aspirar a ser la máxima institución cultural. Se podría pensar que  la Universidad ha perdido hoy también el monopolio de la cultura,  pues la aparición y crecimiento espectacular de los medios de comunicación, grandes museos y fundaciones culturales, le han arrebatado muchos de sus contenidos culturales, sobre todo en el campo de la divulgación cultural. Pero lo que no ha perdido todavía la Universidad es el punto de vista académico y de reflexión a largo plazo que los medios de comunicación, por su interés central en lo que ocurre a diario, no pueden mantener, lo que hace que una noticia desplace a otra, sin posibilidad de profundizar y enfriar los temas de análisis.

     En tal sentido, debería fomentarse en la Universidad lo que se llama la cultura, o las “humanidades”, en vez de considerarlas como un mero fósil, residuo de un pasado milenario, que sólo sirve como adorno. Ortega y Gasset ya propuso, en un sentido similar, la transformación de las antiguas Facultades de Filosofía en Facultades de Cultura en su escrito Misión de la Universidad. Hoy nos parece necesario replantear tal proyecto para la Facultad de Filosofía en el sentido de que la Cultura, el conocimiento de los valores en que está basada nuestra civilización occidental, a diferencia de otras que resurgen con fuerza poderosa, como la China o la Hindú, o que  se están convirtiendo en peligrosos obstáculos para el progreso de la Humanidad, como ocurre con la Islámica, debe ser fundamental para orientar en una dirección ideológica o en otra el creciente poder que nos aporta el conocimiento tecnológico-científico.

       La filosofía occidental ha sido, hasta la fecha, la actividad cultural que ha conseguido elaborar esos fines y valores ideológico culturales que deben orientar la conducta civilizada, de una forma racional. Si es eliminada o arrinconada en la Universidad, la sociedad acabará recurriendo a otras formas de fijar dichos valores de una forma ciega o irracional como puede ser la forma religiosa que parece renacer de la mano del fundamentalismo islámico. Porque ante un choque de tales civilizaciones, como al que estamos asistiendo, será difícil que la mayoría de la población, muy lejos de las actitudes y formas especiales de ser de las minorías científicas, permanezca impasible sin una fe a la que agarrarse. Incluso sería muy optimista decir esto para el espécimen dominante de científico actual, pues la incultura a que le lleva su especialismo, le hace especialmente vulnerable al poder seductor de las grandes religiones, como prueba el desarrollo de la investigación nuclear en un país dominado por ayatolaes o talibanes.