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sábado, 13 de mayo de 2023

La invención del Yo

 


     Hoy vivimos en un mundo en que una fina línea separa la libertad y el egoísmo, la autonomía personal y el narcisismo más acusado. ¿Quién soy yo, un hombre, una mujer, un hibrido? Las minorías sexuales, que hoy tratan de imponer lo denominado “políticamente correcto”, responden: lo que usted quiera, pues hoy las técnicas médicas lo permiten. No importa a que coste. Lo más importante es que seas tú mismo. Que tu seas tu y permitas que yo sea yo. Pues ser yo es lo fundamental. La idea del Yo individualista parece haber vuelto por sus fueros tras un largo periodo en que predominó el Nosotros, que representaba la lucha de clases sociales. Hoy la lucha es la del Yo, es el tiempo de la proliferación de los selfis, de la absolutización de lo personal, del derecho democrático a ponerlo todo en cuestión.

Pero esto no ha sido así en el pasado. La propia idea del Yo no ha existido siempre. Es relativamente reciente. Habría que remontarse al Renacimiento europeo para ver su nacimiento. Hegel la ve aparecer con el surgimiento de la Ciencia moderna y el Protestantismo. Pues el Catolicismo representaba para él “la conciencia infeliz” en tanto que suponía un Yo divino infinito y todopoderoso frente al yo pecador humano finito. La Astronomía y la Física moderna nos permitieron, con sus métodos racionales matemáticos, empezar a comprender aquella infinitud que solo podía entender la conciencia divina que la creo. Por ello dice Hegel, que lo infinito no está ya separado de lo finito, entrando con ello en la novedosa visión protestante de un Dios interior. Sobran los vicarios mediadores como el Papa de Roma. Descartes fue entonces considerado como el que empieza una nueva filosofía partiendo del yo pensante y no de una sustancia ajena al Yo, como el agua, el fuego, etc., de la filosofía griega o el Dios creador del mundo de la medieval. Pero su ambigüedad le llevó otra vez a que se volviese a suponer un Dios metafísico en los filósofos siguientes, como Spinoza o Leibniz.

Solo después de que la denominada Ilustración destruyó el Dios de la Teología para pasar a adorar a la “diosa Razón”, pudo aparecer una filosofía que elevaba al Yo al puesto de nuevo Absoluto. Ello ocurrió en la Universidad de Jena. El filósofo que lo hizo fue Fichte, un discípulo de Kant llamado a ocupar la cátedra de Filosofía en dicha Universidad por Goethe. Desde los tiempos de Sócrates ningún filósofo había atraído e influido tanto en los jóvenes en una ciudad como lo hizo Fichte en sus famosas lecciones en Jena. Fichte, como Sócrates, fue también condenado bajo acusaciones de un ateísmo corruptor de la juventud y obligado a dimitir de su puesto de profesor. Pero ello no impidió que de entre esos alumnos y seguidores suyos surgiera el grupo fundador del denominado Romanticismo alemán, con los hermanos Schlegel, Novalis, Hölderlin, Schelling, etc. Todo este ambiente ha sido amplia y brillantemente reconstruido en el reciente best-seller de Andrea Wulf, Magníficos Rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo (Taurus, Madrid, 2022). En dicha obra aparece muy bien presentada la figura de Goethe, entonces ministro en la corte de la cercana Weimar y de la que dependía en parte la Universidad de Jena. Es interesante comprobar, como hace la autora, que Goethe, que había triunfado en toda Europa con su novela pre-romántica Werther, se  había aburguesado en Weimar volviendo a un clasicismo olímpico. Pero su contacto con el poeta romántico Schiller, al que introduce como profesor de Historia en Jena, le lleva a interesarse por los jóvenes románticos seguidores de la filosofía del Yo de Fichte.

Se puede ver entonces como hay una revitalización del propio Goethe, como si tratando de rejuvenecer de nuevo para volver a despertar su fuerza creativa, vende, como Fausto, su alma al diablo que para él representaba en principio esta juventud romántica. Una juventud que vivía en Jena compartiendo sus casas comunalmente y rompiendo los tabús sexuales a través de infidelidades matrimoniales, divorcios, etc., con aquellas primeras mujeres literatas e intelectuales, como Carolina Schelling, Dorotea Veit, Carolina Humboldt, convertidas en una especie de musas y agitadoras del Círculo romántico de Jena. El libro, de lectura muy amena y rica en detalladas observaciones de la vida íntima de tales famosos personajes, permite sostener frente al Ortega y Gasset de Pidiendo un Goethe desde dentro, que este no malgastó su tiempo encerrándose en una corte provinciana en vez de ejercer su influencia desde Berlín o Paris, sino que se preocupó de crear un ambiente intelectual y de libertad de enseñanza en la pequeña Universidad de Jena que es el precedente que sirvió de modelo para la creación de la primera Universidad moderna, la Universidad Humboldt de Berlín. Goethe renació en sus visitas habituales a aquella Jena llena de grandes filósofos y poetas.  

Manuel F. Lorenzo


lunes, 21 de noviembre de 2016

Crisis en la Nueva Roma

Los llamados grandes relatos, como eran las previsiones que muchos creyeron científicas del final del capitalismo hechas por el marxismo y otros movimientos futuristas, se desprestigiaron con la caída del Muro de Berlín. De ahí que la aparición de nuevas crisis económicas tienda a ser vista por muchos como una situación propia del funcionamiento del capitalismo, como una crisis más, que a la larga podrá ser superada sin modificar esencialmente el Sistema político hoy dominante en Occidente.

Y ello se hace así porque, desde un nivel de análisis puramente económico, se ven muchos árboles coyunturales, pero no se ve el bosque. Para ver el bosque hay que tener una visión de más largo alcance. Ello implica disponer de nuevos grandes relatos, los cuales, a su vez, no se construyen de la nada, sino que deben aprovechar las reflexiones válidas que habían alcanzado los anteriores. Por ejemplo, la filosofía de la Historia de la Ilustración defiende el Progreso traído por el Capitalismo y apuesta por la crítica sin límites, la democracia más amplia, los derechos individuales, etc. Como contrapartida, tiene una noción muy pobre de la llamada Edad Media, a la que llegó a calificar, en boca del historiador francés Michelet, como los “cien años sin un baño”.

Frente a esta posición, que hoy es dominante en Occidente, asociada al llamado por Francis Fukuyama “fin de la Historia”, se abrió paso en el siglo XIX una posición crítica, aunque no enteramente contraria, que fue la filosofía de la historia positivista-romántica defendida por los fundadores del Positivismo Saint-Simon y Augusto Comte. En ella se defendía el Progreso moderno, pero a la vez se buscaba su conjugación con el orden medieval. De ahí vendría también una conclusión interesante: lo que ocurrió en el medievo habría ocurrido en otras épocas de la historia, pues los griegos también tuvieron su medievo, la época de Troya, su época de caballeros (Aquiles) y damas (Elena), de “iglesias y castillos”, como decía Ostwald Spengler. Tuvieron también su renacimiento en los filósofos jonios, milesios, pitagóricos, etc., y abrieron una crisis de inseguridad cultural, política y social en el mundo antiguo que empezaría a cerrarse en el mundo romano, en el momento en que se establecen las bases de lo que será el medievo europeo, vislumbrándose, como dice el Conde de Saint-Simon, una “sociedad orgánica”, más estable y segura, que deja atrás a una “sociedad en crisis”.
Los positivistas creían que este proceso, en grandes líneas, se iba a repetir en el mundo moderno. Por tanto, la crisis tiene que tener su Rubicón que marque el paso a una nueva “sociedad orgánica” moderna, más avanzada y humana, no basada ya, por supuesto, en guerreros y sacerdotes, sino en emprendedores industriales y sabios (científicos, filósofos y humanistas) guiados por intereses más trascendentalmente humanos. Una sociedad en la que no se esperen ya grandes cambios en las estructuras sociales de poder, lo que posibilitaría una conciencia mayor de seguridad que permitiría disfrutar realmente de la vida, de los placeres cotidianos y sencillos, como hacían lo medievales, sin la esquizofrenia o la depresión que caracteriza al individuo moderno.
Aquí salta a la vista el binomio actual europeos-norteamericanos. Ya se ha señalado, después de la caída del Muro de Berlín, a los EEUU como una nueva Roma en el mundo actual, no básicamente militar, sino industrial y tecno-científico, por su aplastante hegemonía económica, política y militar. Pero Roma pasó por periodos muy diferentes y muy críticos. No es lo mismo la Roma republicana que la Imperial. No es lo mismo la Roma de Nerón que la de Constantino.
La crisis actual, que golpea también a los norteamericanos, profundamente divididos en demócratas del “fin democrático de la historia” y republicanos partidarios del “choque de civilizaciones”. ¿Sería una crisis similar al paso de la República al Imperio en Roma? ¿Representa la económicamente en ascenso China una especie de futuro Atila o Genghis Khan bárbaro que podría dar al traste con los avances humanistas occidentales? ¿Es la creación de la Eurozona un tema regional que está trayendo más problemas al poder global norteamericano de los que pretendía solucionar en razón de las ambiciones de la “gobernadora” Merkel por trasladar la city de Londres a Frankfurt? ¿Existe algo similar a lo que fue el movimiento cristiano en su lucha contra la esclavitud en Roma?, ¿Son los movimientos civiles, como Occupy Wall Street o Podemos un germen de lucha por cambios sociales y culturales que podría conducir a una institucionalización civil de una nueva ideología tan poderosa como lo fue la propia Iglesia cristiana después de San Pablo? No lo sabemos, pero podemos empezar a pensar sobre ello como complemento necesario a las valoraciones puramente económicas que tanto abundan.



Artículo publicado en El Español (13-10-2016)