jueves, 16 de agosto de 2012

Sobre la unidad europea

Una de las causas que nos parecen más importantes, entre las que actúan en la crisis económica que está golpeando con más fuerza a los países del Sur de Europa, y especialmente a España, es la Idea de Europa que domina en las cabezas de los líderes políticos que actualmente gobiernan en la mayor parte del continente europeo. Una Idea que hoy impulsan especialmente Francia y Alemania. Se trata de construir Europa como un Super-Estado Federal, según el modelo de los Estados Unidos de América, con un poder “terrenal”, unificado por el poder económico de una única moneda, el Euro, sometida a un Banco Central, y un poder “espiritual”, alimentado por un humanismo idealista basado en los ideales del progresismo democrático más fundamentalista. Con ello se pretende adquirir un poder de peso internacional, equiparable a los grandes Estados “continentales” como USA, o China, basado en la unión de los Estados europeos soberanos occidentales y los europeo-orientales que han recuperado su soberanía tras la caída del Muro de Berlín. 

Todo parecía seguir un curso de creciente progreso, a golpe de Tratados, Acuerdos, Referéndums, aislamiento de los países euroescépticos, como Inglaterra, etc., cuando, de pronto, la moneda única entra en crisis por los desastrosos efectos que su aplicación conlleva, nada menos que en casi toda la llamada Europa del Sur, afectando a países claves para Europa, al menos por su tamaño económico, como España e Italia. La solución que se propone mayoritariamente consiste en una mayor cesión de soberanía que alcance a la propia fiscalización de las políticas internas de los Estados miembros. Parece una propuesta muy racional sino fuera que la razón, cuando sueña, suele producir monstruos. En este caso, empieza a asomar el monstruo de un neo-imperialismo alemán, debido al indiscutible papel de Alemania como “locomotora económica” europea. 

Se encienden, por tanto, las luces rojas de peligro. Se empiezan a ver las orejas del lobo y es, entonces, cuando, en España, la mezcla de políticos y periodistas del llamado “Sistema”, se ven obligados a invocar a Ortega y Gasset, al padre que previamente han estado tergiversando, cuando no olvidando, en tantas cosas en que se le debería haber hecho caso, como en su advertencia de no confundir autonomismo con federalismo, mera descentralización de competencias, con reparto de soberanía (Ver, en este Blog, "El problema catalán", 14-11-2010) . Invocan al Ortega que propuso la necesidad de la Unidad Europea en su famosa obra, La rebelión de las masas o en De Europa meditatio quedam y Europa y la idea de Nación, pero sin leerlo. Pues, si lo hiciesen, verían que Ortega no defiende una “federalización” de Europa, como quiere el “paneuropeísmo” tan de moda, sino más bien una “confederación” en la que persisten las soberanías nacionales, por lo que la unidad europea no puede ser la resultante de una imposición federalista, como la que ocurrió en la Guerra de Secesión norteamericana, sino de un equilibrio de poder (balance of power) entre los diferentes Estados nacionales. Equilibrio que no es más, según Ortega, que un desarrollo del efectivo equilibrio de fuerzas que está en el origen de Europa como civilización plural en sus naciones, resultantes de los reinos medievales, y diferenciada, por la posesión y desarrollo espectacular del conocimiento científico y filosófico, de las otras civilizaciones orientales todavía existentes o ya desaparecidas.

Pero, todo equilibrio, para mantenerse, precisa de un árbitro que actúe como un mecanismo de feedback, capaz de realizar labores de contrapeso, corrigiendo y sancionando los excesos. Esta labor la llevó a cabo la Iglesia en la Edad Media como poder diplomático y cultural mediador entre los reinos (el origen de la diplomacia europea está en el Vaticano) y, en la época Moderna, dicha función la llevó a cabo la política de balance of power que asumió, como propia, la Inglaterra moderna. No obstante, la incapacidad inglesa de continuar esa política en el siglo XX, a pesar de disponer de políticos tan brillantes como Winston Churchill, llevó a la pérdida de dicho poder arbitral tras las dos grandes guerras mundiales, cuyos resultados condujeron, no ya a la mera corrección de excesos, sino a los grandes proyectos de refundación de Europa, y no presionados por otras civilizaciones, sino por dos tipos distintos de pueblos europeos de frontera: uno USA, considerado por el propio Ortega entonces como una proyección de Europa que genera un pueblo joven, y el otro la URSS, formada por otro pueblo joven, de origen europeo, pero ocupando la frontera con Asia. El proyecto de la Europa comunista ya fue visto por Ortega como llamado a fracasar, por ignorar el liberalismo irrenunciable para el europeo maduro. La Unión Europea actual tiene su origen en la protección norteamericana sin la cual no se hubiese producido la impresionante reconstrucción industrial que hubo tras la guerra.

Pero, una vez que finaliza la llamada Guerra Fría, tras la que, al menos políticamente, USA dejó de ser aquel pueblo joven que Ortega contempló, convirtiéndose en la primera Superpotencia mundial, su interés y atención preferente se desplaza a los nuevos centros de conflicto mundial como Oriente Próximo y el Sudeste Asiático. Ya Ortega señalaba como futuros enemigos de Europa, no tanto a USA o la URSS, cuanto al “magma árabe” y al “peligro amarillo”, anticipándose a lo que hoy se denomina la peligros alianza confuciano-islámica. Europa parecía encarrilada en su “empresa” ilusionante de la Unidad Europea, pero se vio aquejada por dos contagios que amenazaron epidemia: por un lado, un anti-americanismo creciente, derivado de la Guerra Fría y de la descolonización, manifestado con ocasión de las Guerras de Vietnam y de Irak; y por otro lado, la creencia alemana y francesa, principalmente, de que la superioridad cultural europea, frente a la prepotencia arrasadora de la “cultura americana de masas” solo podía preservarse, a largo plazo, consiguiendo la independencia y autonomía política y económica, frente al Imperio yankee, ante sus primeras dificultades por seguir controlando el orden económico y cultural mundial tras la llamada Globalización. 

Sin embargo, el anti-americanismo es algo contra-natura para la Unidad Europea, pues el Proyecto de Unión Europea, en el que nos hayamos inmersos, no puede olvidar que su origen está en el sacrificio y apoyo bélico y económico de los norteamericanos, sin el cual no habría la actual Europa civilizada y tolerante. Pero, además, es necesaria la intervención arbitral norteamericana en la política de balance of power, que Ortega ve como necesaria para una Unión, no federal y unitaria, sino confederal y plural, en la que se conserven las naciones. EEUU, la democracia más estable y duradera, después de la inglesa, no debería levantar suspicacias de conducirnos a nuevos despotismos políticos. Los europeos debemos reconocer su superioridad política en un sentido similar a como los griegos más conscientes acabaron reconociendo la superioridad política romana. Pero a cambio, así como los romanos aceptaron la superioridad de la cultura griega y la extendieron por todo el mediterráneo de la mano de su gran poder y autoridad política, los norteamericanos deben aceptar la superioridad de la cultura europea continental, frente a la cultura meramente anglosajona que hoy los domina, hacerla suya y propagarla. Eso está ocurriendo, de hecho, en los últimos tiempos, con manifestaciones culturales muy variadas como las que van desde la humilde cultura culinaria, que va imponiendo la superioridad de la llamada “dieta mediterránea”, hasta productos culturales más excelsos como el pensamiento filosófico, que está dando un giro espectacular pasando del dominio de la “filosofía analítica” de procedencia inglesa a la creciente influencia de las tradiciones filosóficas continentales franco-alemanas de Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty, etc. (Ver en este mismo Blog: “La vuelta a Husserl de Dan Zahavi”, 5-3-2012). 

Ortega mismo consideraba que lo fuerte de la cultura inglesa, no era tanto la filosofía. como la ciencia: “El positivismo 'reinante' en Europa por los alrededores de 1860 era el de Stuart Mill y otros ingleses, y los ingleses que han hecho tan altísimas cosas en física y en casi todos los órdenes de lo humano, se han mostrado hasta ahora incapaces de esta forma de fair play que es la filosofía” (La idea de principio en Leibniz, Rev. de Occidente, Madrid, 1979, p. 206. En nota a pie, considera que la influencia de Locke y Hume en la filosofía del siglo XVIII, “no fue la de una filosofía, sino la de una serie de agudísimas objeciones a toda filosofía"). En tal sentido, la dieta de la filosofía inglesa habría sido tan nefasta para la cultura americana como la dieta de los “burger” para la salud de sus ciudadanos. Por tanto, es necesario redefinir la Unidad Europea, en el “espíritu” de Ortega, abriendo una discusión bajo estos presupuestos y no considerar maniqueamente la alternativa simple de que no estar en el Euro o en la mentalidad dominante franco-alemana es salirse del proyecto de Unión Europea. Al margen de que deben contemplarse otras posibilidades para España, como la proyección industrial hacia hispano-america, siguiendo, en esto sí, el pragmático ejemplo de los ingleses que tienen un pie en las instituciones europeas y otro en su Commonwealth

jueves, 2 de agosto de 2012

La renovación filosófica española de la “pregunta por el fundamento”

En la filosofía griega, las preguntas que sobre la explicación racional del mundo se podían hacer se iban escalonando según un orden de abstracción cognoscitiva, como en Aristóteles, hasta remontar a la pregunta que expresaba la razón o fundamento último de todo, la famosa “pregunta por el Ser”, que Heidegger volverá a plantear no hace mucho, con la intención de buscar una nueva forma de formularla en una sociedad caracterizada por el dominio de la técnica como realización de la Metafísica platónico-aristotélica, renovada por el racionalismo cartesiano moderno. Dicha Metafísica, al renovarse en la Modernidad, deja de ser una Metafísica realista, como la antigua, y se transforma en una Metafísica idealista, desde Descartes hasta Hegel. El siglo XIX representa la crisis de dicha Metafísica que pide ser superada por nuevas formas de pensar los fundamentos más generales explicativos de la realidad, en el Positivismo de Comte, en el Materialismo de Marx o en la crítica vitalista e irracional de Nietzsche. Se abre así una época, en la que todavía estamos, de profunda crisis en nuestras creencias racionales fundamentales, acompañada de grandes guerras y terribles explosiones sociales en el siglo XX. La derrota del nazismo, que se presentaba como el más potente adalid de las propuestas nietzscheanas, junto con la renuncia del positivismo anglosajón a plantear preguntas por los fundamentos, tenidas como “metafísicas”, facilitó el camino a que el marxismo se convirtiese, en la segunda mitad del siglo, en la “gran filosofía” de la época de la ciencia y la revolución, o como decía Lenin, de los soviets más la electricidad. Sobre la cuestión de los fundamentos, el marxismo era claro: todo viene de un principio, como decía el propio Hegel, pero este principio, según Engels, en el famoso Anti-Dühring, no es la Idea, sino la Materia, cuyas leyes de desarrollo siguen las leyes de la dialéctica, que encuentra aquí su verdadera utilidad lejos de la mixtificaciòn hegeliana. 

El marxismo dejó de ser algo marginal, una mera ideología obrerista, y penetró, en el periodo de la llamada Guerra Fría, en las prestigiosas Universidades occidentales. En Europa, en especial con sus Sartre, Althusser, Adorno, Habermas, alcanzó una inusitada influencia y prestigio académico. En España, sin embargo, en tiempos de la dictadura de Franco, se consideró que no había figuras similares en la Universidad o sus aledaños, como prueba un libro del marxólogo inglés, Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental (Madrid, 1979), muy leído entonces. Pero, en realidad, el paso del tiempo ha ido poniendo de manifiesto que sí había al menos dos figuras que podían servir para salvar a todo el país de la inveterada exclusión de España, por los cultos europeos del Norte, de cualquier hazaña filosófica avanzada. Estas eran la figuras de Gustavo Bueno y de Eugenio Trías. Ellos llevaron a cabo entonces algo inusitado en todas las citadas grandes figuras filosóficas occidentales: una reflexión profunda sobre la tradicional pregunta por el Fundamento. En tal sentido, la recepción del marxismo en la Universidad española, en vez de eludir la heideggeriana “pregunta por el Ser”, atacó directamente las cuestiones “metafísicas” y produjo una serie de nuevas vías de solución. Así, lo que caracteriza a Gustavo Bueno en su fundacional obra Ensayos materialistas (1972) fue el rechazo de la ontología materialista monista del marxismo soviético (DIAMAT) oponiéndole una Idea crítica de Materia ontológico general, entendida como una Idea-límite residuo de la crítica trascendental de la realidad fenoménica, una especie de Cosa en sí kantiana que se realiza en el mundo de los fenómenos sin reducirse o agotarse en ninguno de ellos. Gustavo Bueno proponía, en general, la llamada “vuelta del revés” del marxismo, parodiando la famosa “inversión” o giro de 180º que el joven Marx llevó a a cabo con el Sistema de Hegel, también en disciplinas filosóficas particulares como en la relación Clase/Estado de la llamada Teoría Política. En este caso sus propuestas son percibidas hoy como una vuelta a posiciones que lo acercan al extremismo más conservador, de la misma forma que la consideración de la Materia en tanto que Idea-límite despierta el fantasma, de nuevo, de la Metafísica, en el sentido de que la Materia, al no reducirse a Materia física, parece una Idea vaga e indeterminada mas que otra cosa. La vuelta del revés de Marx parece conducirnos de nuevo, por ello, al Idealista Hegel, el cual, como sostenía el filósofo francés Jacques Derrida, se le suele aparecer a la vuelta de la esquina a quienes pretenden superarlo a base del mecanismo de la inversión revolucionaria. 

Para superar este callejón sin salida parecía necesario buscar nuevas vías. Aquí es donde se sitúa la otra figura, que nos parece, en este sentido, extraordinaria, de la filosofía española de aquellos años: Eugenio Trías, perteneciente a la generación filosófica siguiente, que de joven había sido influido por el marxismo, acaba centrando, en su obra de madurez, Los límites del mundo (1985), la reflexión filosófica sobre una Idea que antes no había levantado un interés tan obsesivo: la Idea de Límite. Por tanto, lo que en Bueno era algo adjetivo en el Fundamento trascendental, aunque meramente negativo, de una Materia entendida como algo limítrofe, como una Idea-límite ontológico general, pasa ahora a convertirse en un fundamento trascendental positivo, como lo que definiría a la realidad misma en su ser del Límite. Por ello la Idea de Límite pasa en Trias a ser la materia de reflexión filosófica por excelencia. Una materia sumamente abstracta que el filosofo catalán prefiere tratar, al modo platónico, por vía metafórica a través del análisis de obras artísticas como el Gran Vidrio de Marcel Duchamp o el concepto geográfico-polìtico del limes o frontera del Imperio romano. (Hemos tratado de ello en el apartado “El renacer de la filosofía en la España actual”, pag. 208 s.s. del libro Del Yo al Cuerpo). Trías, profundizando y corrigiendo la Idea kantiana del “limite” experiencial del conocimiento humano o la concepción wittgensteniana de los “límites del lenguaje como límites del mundo”, introduce una concepción no meramente negativa del Límite, como era la concepción del límite del conocimiento como mera barrera (Schrank) en Kant, espejo en Wittgenstein o línea diferencial en Heidegger, sino como límite positivo, como territorio poblado (limes romano) que permite su elevación a la categoría de Fundamento que da razón, como “razón fronteriza” de algo. 

Es esta Idea de una fundamentación “fronteriza” lo que nos parece el más interesante resultado de la original e inusitada aventura ontológica o “metafísica” de Trías. Pues en ella la Cosa en si kantiana, como Materia ontológico general, deja de ser Fundamento para ser considerada, por influencia del último Schelling, como lo “sin fondo” (Ungrund), como un “fundamento en falta” al que asoma el Límite mismo situado entre el mundo fenoménico y el nouménico, que sería el verdadero fundamento generador, el Urgrund del que hablaba también Schelling (En La última orilla. Introducción a la Spätphilosophie de Schelling, hemos comparado la Materia Ontológico General de Bueno con el Ungrund schellinguiano. El esloveno Slavoj Zizek en su libro The invisible remainder. On Schelling and related matters ha despertado el interés internacional en los últimos tiempos sobre estos aspectos profundos del Ungrund schellinguiano). En tal sentido, la propuesta de un fundamento fronterizo, no meramente negativo, como la Cosa en si kantiana, o como la Materia como Idea-límite, sino como un fundamento positivamente determinado como limite o frontera mismo, que actúa como un Principio generador de la comprensión racional del mundo exigida por la filosofía, como un Principio dado in medias res y no ya de modo Absoluto, primero o último, dicha propuesta de Trías nos ha llevado a ponerla en conexión con novedosos desarrollos que se habían llevado a cabo en la investigación científica y filosófica del siglo XX. Concretamente con dos muy conocidos. Primero con el papel fundamental que empiezan a jugar los órganos fronterizos del cuerpo humano, las extremidades corporales, especialmente las manos, en la explicación del origen y desarrollo del conocimiento en la Psicología genético-evolutiva de Piaget. Y después, con la propuesta de Ortega y Gasset de sustituir el famoso Yo fichteano por la Vida, como nuevo fundamento ontológico fronterizo y positivo situado entre la realidad material meramente mecánica y la realidad cultural objetiva. Sobre ello trataremos en otra ocasión. 

 Manuel F. Lorenzo

martes, 3 de julio de 2012

El “elogio de la mano” de Henri Focillon

Henri Focillon, fallecido en 1943, fue un crítico e historiador francés del Arte, especialista en la Edad Media, introductor del llamado método del análisis formalista interno de la obra de Arte, en la línea de Wolfflin y en contraposición a otros métodos de análisis externos del arte muy de moda en los años 70, como los sociológicos de Arnold Hauser, de influencia marxista, o los literario-iconológicos de Panofsky. Focillón seguía a Spengler en sus concepciones vitalistas de las fases culturales, aplicándolas a los estilos artísticos, los cuales evolucionarían según una ley, semejante a la conocida ley spengleriana que regíria para las grandes Culturas o Civilizaciones, pasando por cuatro momentos: Pre-clásico, Clásico, Manierista y Barroco.

El pasado curso académico, en el que continuamos la exposición y exploración de la “filosofía de las manos”, tratando de rescatar lo que denominamos heideggerianamente “el olvido de la mano” en la comprensión filosófica del conocimiento humano desde los lejanos tiempos del filósofo griego Anaxágoras,- quien habría ya dicho que el hombre es superior al resto de los animales porque tiene manos-, llegó a nuestras manos, valga la redundancia, un pequeño y ya clásico texto de Henri Focillon titulado Elogio de la mano. Fue gracias a una alumna destacada del curso, Eulalia Silva Seijo, la cual lo tomó de la biblioteca de su padre arquitecto. El texto, que me prestó amablemente, está incluido en una traducción al español del libro de Henri Focillon, La vida de las formas y elogio de la mano, Xarait Ediciones, 1983. La edición francesa de este libro se hizo en 1943 en Presse Universitaires de France y se puede acceder a ella en Internet. Yo sabía de la existencia del texto por referencias indirectas en citas de otros autores, pero no lo había leído.

Después de leerlo, me gustaría llamar la atención sobre algunas interesantes afirmaciones que se apuntan en él. En primer lugar Focillon contrapone la mano al rostro humano señalando el “olvido” de la primera en los tratados antiguos: “La fisiognomía, antaño practicada asiduamente por los maestros, se hubiera perfeccionado si se hubiera enriquecido con un capítulo sobre las manos. El rostro humano es, sobre todo, un compuesto de órganos receptores. La mano es acción: coge, crea y, a veces, diríase que piensa. En reposo, no son un utensilio sin alma, abandonado encima de una mesa o colgando a lo largo del cuerpo: la costumbre, el instinto y la voluntad de la acción meditan en ellas, y no hace falta un raciocinio muy prolongado para adivinar el gesto que van a hacer” ( p. 71). La mano, continúa Focillon, es un órgano privilegiado hasta tal punto que en realidad más que un producto más de la evolución del hombre es la que realmente ha hecho al hombre mismo: “El hombre ha hecho la mano, quiero decir que la ha separado poco a poco del mundo animal, que la ha liberado de una antigua y natural servidumbre, pero la mano también ha hecho al hombre. Le ha permitido ciertos contactos con el universo que no le aseguraban sus otros órganos y las otras partes de su cuerpo” (p. 73). Nos acordamos de una frase semejante de Federico Engels en El origen de la familia la propiedad privada y el Estado, donde decía que el hombre había inventado el fuego, y que el fuego había inventado a su vez al hombre, en el sentido de que sin él no se habría podido defender de los animales por la noche, ni podría cocinar sus carnes, ni sobrevivir en los climas glaciares, etc. Pero hoy, añadiríamos con Focillon, que sin manos no habría fuego humano ninguno, por lo que son estas las que en realidad han hecho el mundo del hombre. Pues la posesión de un mundo, el heideggeriano “estar en el mundo” (In der Welt sein), solo es posible por las manos: “... lo que pesa con peso insensible o con el cálido batir de la vida, lo que tiene una corteza, un manto, un pelaje, la misma piedra, tallada por los golpes, redondeada por lo torrentes o con su grano intacto, tiene que ser cogido con la mano, hay que tener experiencia de ello y ésta no se consigue sólo con la vista o con el espíritu. La posesión del mundo exige una especie de olfato táctil. La vista resbala por la superficie del universo. La mano sabe que el objeto está habitado por el peso, que es liso o rugoso, que no está soldado en el fondo del cielo y de la tierra con el que parece formar cuerpo. La acción de la mano define el hueco del espacio y el lleno de las cosas que están en él. Superficie, volumen, densidad, gravedad no son fenómenos ópticos. El hombre los conoce primariamente por sus dedos, por la palma de sus manos. El espacio lo mide, no con la mirada, sino con du mano y con su paso. El tacto llena la naturaleza de fuerzas misteriosas. Sin él sería semejante a los deliciosos paisajes de la cámara oscura, ligeros, planos, quiméricos” (pgs. 73-74).

Pero, no solo la posesión práctica del mundo requiere de las manos sino que la posesión teórica o cognoscitiva también, pues “Sin la mano no habría geometría, ya que hacen falta rayas y círculos para especular sobre las propiedades de la extensión. Antes de reconocer una pirámide, un cono, una espiral, en las conchas y en los cristales, ¿no era preciso que primeramente el hombre hubiera 'pintado' en el aire o en la arena las formas regulares de aquellos?”(p. 74). Tampoco habría aritmética sin los dígitos de las manos. Ni lenguaje: “También las manos modelaron el lenguaje, primeramente expresado con el cuerpo y mimado por la danza. Los usos corrientes de la vida recibieron su impulso de los gestos de la mano, ellos contribuyeron a reticularla, a separar los elementos, a aislarla de un basto sincretismo sonoro, a darle un ritmo y hasta colorearla de sutiles inflexiones. De esta mímica de la palabra, de estos intercambios entre la voz y las manos, algo queda en lo que los antiguos llamaban acción oratoria”(Ibid.). Y recordando un famoso pasaje del Fausto de Goethe dice Focillon: “No hay que tener que elegir entre las dos fórmulas que han hecho vacilar a Fausto: al comienzo era el Verbo, al comienzo era la Acción, puesto que Acción y Verbo, las manos y la voz, están unidas desde sus mismos comienzos” (Ibid.).

Focillon señala asimismo la diferencia más significativa entre animales y humanos en la mano como posibilitadora de la técnica y del arte: “Pero el don regio de la especie humana es la creación de un universo concreto, distinto de la naturaleza. La bestia sin manos, incluso en los mayores grados de la evolución, no ha creado más que una industria monótona y ha permanecido en el umbral del arte (…). Y las historias más sorprendentes de castores, de hormigas y de abejas nos muestran los límites de culturas que no tienen más agentes que las patas, las antenas y las mandíbulas” (pgs. 74-75). La clave está en la construcción de las herramientas, esos utensilios tan simples y prodigiosos de la técnica más primitiva que a Focillon le asombran aun más que las sofisticadas máquinas de la tecnología actual: “El hombre de las cavernas que talla el silex cuidadosamente y que fabrica agujas de hueso me asombra mucho más que el sabio constructor de máquinas. Deja de ser movido por fuerzas desconocidas para actuar por sus propias fuerzas. Antes, incluso en el trasfondo más profundo de la caverna, permanecía en la superficie de las cosas. Incluso cuando rompía las vertebras de un animal o la rama de un árbol, no penetraba en su interior, no tenía acceso a él. El utensilio en si no es menos importante que el uso para el que se designa, tiene valor por si mismo, es un resultado. Está ahí, separado del resto del universo, inédito. Si el borde de una delgada concha posee un filo tan cortante como el cuchillo de piedra, este último no ha sido recogido al azar en alguna playa, sino que puede decirse que es la obra de un dios nuevo, la obra y la prolongación de sus manos” (p. 75).

Pero, el utensilio inventado necesita todavía del desarrollo de las habilidades o destrezas precisas para obtener de él su máximo rendimiento, pues no es un mero objeto yuxtapuesto a la mano: “Entre el utensilio y la mano comienza una amistad que no tendrá fin. La una comunica al otro su fuerza viva y la configura continuamente. Cuando está nuevo, el utensilio no está 'rodado'. Tiene todavía que establecerse entre él y los dedos que lo cogen una armonía nacida de la posesión progresiva, de gestos ligeros y combinados de hábitos mutuos, e incluso de cierta usura. Entonces el instrumento inerte se convierte en algo vivo (…). Quien no ha vivido con los hombres que trabajan con las manos ignora la fuerza de esas relaciones ocultas, los resultados positivos de ese compañerismo en el que intervienen la amistad, la estima, la comunidad cotidiana del trabajo, el instinto y el orgullo de posesión, y en las regiones más elevadas, la inquietud por la experimentación. Ignora si ha habido una ruptura entre el orden manual y el mecánico, no estoy muy seguro, pero la herramienta en el extremo del brazo no contradice al hombre, no se trata de un garfio prendido a un muñón; entre los dos hay el dios de cinco personas que recorre la escala de todas las magnitudes, desde la mano del cantero de catedrales, hasta la mano de los pintores de manuscritos” (Ibid.).

En la sociedad computerizada de los mundos virtuales, que parecen crearse sin más habilidad que la de pulsar las teclas de un ordenador, se está perdiendo este trascendental significado que las manos han tenido para el hombre y solo queda algo de ella, según Focillon, no tanto en los científicos o en los soberbios ingenieros, como podría pensarse, cuanto en los humildes artistas: “Mientras que por una de sus caras el artista representa al tipo de hombre más evolucionado, por otra continúa al hombre prehistórico. El mundo es para él nuevo y fresco, lo examina, goza de él con todos los sentidos, más agudizados que los del hombre civilizado, ha guardado el sentimiento mágico de lo desconocido, pero, sobre todo, la poética y la técnica de la mano. Sea cual fuere el poder receptivo e inventivo del espíritu, con el no desemboca más que un tumulto interior, si no se hace participar a la mano. El hombre que sueña puede recibir visiones de paisajes extraordinarios, rostros perfectamente bellos, pero no podría fijar esas visiones sin un soporte y una sustancia, ya que la memoria apenas las registra, son como recuerdo de un recuerdo. Lo que distingue al sueño de la realidad es que el hombre que sueña no puede engendrar un arte: sus manos dormitan. El arte se hace con las manos. Son éstas el instrumento de la creación, pero antes que nada el órgano del conocimiento” (pgs. 75-76). No se debe seguir separando, como se hace tanto en el arte como en la explicación del conocimiento humano, el llamado “espíritu” o la “mente” humana de las manos pues, como señala al final de este Elogio de la mano Focillon, “El espíritu hace la mano y la mano hace el espíritu” (p. 85).

Manuel F. Lorenzo

viernes, 1 de junio de 2012

La Dictadura de Bruselas


Los tiempos están cambiando tan vertiginosamente que nuestra visión de la penosa situación en la que, de golpe, ha entrado la economía española, corre el riesgo de verse superada, día tras día, por los acontecimientos. La única forma de no ser engullido por el vértigo creciente que provoca la brecha que se está abriendo, entre las propuestas de nuevos “brotes verdes” por parte del gobierno actual y su desmentido por los datos económicos que indican la continuación de la recesión de la economía española, es atenerse a una política realista que se limite a análisis fríos y rigurosos cogiendo el toro por los cuernos. Porque, si estamos entrando en un infierno económico, al que nos castigan nuestros tradicionales pecados nacionales (corrupción económica e institucional, incumplimiento de las leyes, debilidad del sentimiento nacional, localismo, etc.) lo mejor será abandonar toda esperanza, como estaba escrito al puerta del Infierno, según relata Dante en La Divina Comedia.

Pongámonos de una vez en lo peor y seamos realistas: hemos acabado con aquella democracia soberana que tanto asombró al mundo en los años de la llamada Transición. Ya no somos soberanos, pues dependemos de la continua supervisión de Bruselas quien, no contenta con determinar con férrea austeridad nuestro Presupuesto Nacional, comienza a supervisar nuestros bancos y a hurgar en nuestra privacidad económica. Es la única forma de que no quebremos y podamos salir del pozo en que nos ha metido el crecimiento de nuestra inmensa deuda, sobre todo la privada que afecta tanto al empresario como al españolito de a pie atado a una hipoteca o a un simple crédito de consumo.  ¿Qué nos ha pasado?, ¿qué es lo que habremos hecho mal para merecer esto?. Lo más cómodo es echarle siempre la culpa a otro, sea la crisis mundial o el vecino de piso, creyendo que nosotros estamos enteramente libres de culpa. Pero dejémonos de paranoias conspiratorias acusando a los otros, ya sean estos los mercados internacionales, la avaricia de los especuladores, etc., pues en un mundo real, en los triunfos y en los fracasos, siempre se debe contar con estas cosas. El mundo, sin pasiones como esas, no se movería. Otra cosa es la dirección que le queramos imprimir. Pero eso depende más de nuestra inteligencia. Usémosla de forma insobornable, poniendo entre paréntesis de momento nuestra filias y fobias, nuestras conveniencias o intereses del momento y vayamos a lo esencial, que no suele estar tan lejos ni ser algo extraño a nosotros mismos.

En cuestiones de inteligencia hemos tenido españoles egregios que se pelearon en su tiempo con los problemas de la modernización de la vida española, esa asignatura que hemos vuelto a suspender. Uno de ellos fue Ortega y Gasset, el cual se enfrentó en su juventud con el fracaso del “sistema” de la Restauración decimonónica. Lo más llamativo de su diagnóstico sobre el régimen político de la Restauración lo dejó escrito en el libro La redención de las provincias (Sirva como resumen mi artículo:  "Idea leibniziana de una Constitución Autonómica para España en Ortega"). Allí dice que la causa del fracaso de aquel régimen no estaba tanto en los corruptos oligarcas y caciques, a los que culpaba Joaquín Costa, sino en el mal diseño político de Cánovas mismo. La corrupción era un mero resultado obligado de un mal planteamiento inicial, en el que incurrieron los que diseñaron la Constitución política de aquella primera Monarquía Parlamentaria española. Consistió, según Ortega, en no tener en cuenta el atrasado provincianismo de la mayor parte del país. Por ello las primeras elecciones a diputados en Cortes fueron recibidas, salvo en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, con una gran abstención. No obstante ello, el gobierno decidió nombrar diputados con muy baja votación, los llamados “cuneros” y dar por válida la elección equiparando los diputados legítimo con los ficticios. Así, el sistema de la Restauración empezó a funcionar, aunque con un pequeño defecto que se creía poder solucionar con el rodaje.

Una vez nombrados, los diputados acuden a sus distritos y se presentan unos como conservadores, otros como liberales, pero, en cualquier caso, como representantes del gobierno central que disponen de dinero para hacer puentes, carreteras, etc. La mayoría de los electores, según Ortega, por el atraso de la sociedad agraria española, no podía entender que significaba liberal o conservador, pero si empezó a entender inmediatamente que unos y otros representaban dinero, obras, poderes reales y no quimeras como libertad, justicia o igualdad. Po ello surgió un avispado cacique que se le ocurrió adelantar un dinero comprando los votos con la intención de sacar un beneficio a través del acceso exclusivo a aquel maná que llovía del Estado. Así se empezó a reducir el absentismo electoral, aunque pagando el precio de la corrupción del voto. Ortega señala que, de forma apodíctica, como en una demostración por reducción al absurdo, el sistema entró en crisis cuando el número de diputados de procedencia caciquil fue superior a los diputados “cuneros” nombrados por el Estado Central de forma fraudulenta. Pues entonces el Gobierno central quedó en manos de los caciques locales con lo cual fue imposible llevar a cabo una política nacional unificada, comenzando la sublevación secesionista contra la “bota de Madrid” que llevaría a un desgobierno y un desorden al que solo pudo poner fin la única estructura nacional que se mantenía todavía unida, el ejercito. Por ello, para Ortega, la Dictadura de Primo de Rivera, no fue un fenómeno extemporáneo sino el resultado necesario a que condujo aquel error originario en que incurrieron las élites políticas que diseñaron la Restauración de forma puramente ideal, sin tener en cuenta la realidad localista y atrasada  de la mayoría de las provincias españolas.

Un siglo después, la situación parece volver a repetirse con esta Segunda Restauración. Pero es necesario percibir las diferencias. Pues, en ella España ya no se presenta como un país agrario y atrasado, sino como un país industrializado y avanzado, gracias en parte muy importante, al llamado milagro económico del franquismo. En él, la población participa conscientemente en los procesos electorales y no existe propiamente fraude electoral. Incluso se puede decir que la reorganización territorial en Autonomías, que Ortega proponía en La redención de las provincias, como forma de superar el defecto del localismo y particularismo político que aquejaba a los españoles, se ha puesto en práctica de forma más amplia que en la II República, aunque la presión de la izquierda y los nacionalismos independentistas, junto con la inacción de la derecha, han alterado su original sentido meramente descentralizador en uno soberanista y confederal que, si Ortega lo pudiese ver, se llevaría las manos a la cabeza y volvería a decir “no es eso, no es eso”. Por ello, lo verdaderamente nuevo de esta Restauración ha sido la introducción por los “Cánovas” de turno, no tanto de una nueva Constitución política, cuanto de una nueva especie de “constitución económica”: la entrada en el Euro, como paso hacia la creación de una Europa federalmente unida. El proceso fue similar en que también aquí se introdujo esta “constitución económica”, el Euro, de forma idealista y desde arriba, sin debatirlo previamente ni consultar a los españoles. El proceso lo llevó a cabo Aznar, aunque con el respaldo de los socialistas. Los escasos críticos de la medida fueron silenciados y la primera reacción del español común fue de indiferencia y cierta irritación por acostumbrarse a una nueva moneda de enjundioso cambio y de inmediata subida de precios en productos muy cotidianos.

Pero el Euro empezó a funcionar y con él su efecto más llamativo: tipos de interés por los suelos. En un país de mentalidad industrial y de abundancia de “emprendedores” el euro habría sido una palanca de creación de riqueza extraordinaria. Pero, el defecto que todavía padecemos en España, aparte de la poca estima popular de la figura del “empresario” asociado por muchos, como la bandera, al franquismo, es la tendencia a la seguridad del negocio rápido y especulativo. Y aquí es donde algunos más espabilados empezaron a entender que era eso tan abstracto de la Unión Europea: no era más que chorros de dinero crediticio y virtual, pero dinero, que podía ser aprovechado con un poco de organización. Así se crean los modernos  “caciques” que controlando, las pequeñas Cajas de Ahorros, las concejalías de Urbanismo y las organizaciones políticas mayoritarias, que a su vez, desde Felipe González, controlan a los jueces, reconducen ese chorro de riqueza, ese “mana” caído de Europa, principalmente hacia el fomento de la especulación inmobiliaria. 

El gobierno central hizo la vista gorda, porque parecía la única forma en que la economía creciese y se saliese de la crisis en que la había dejado Felipe González. Pero el proceso se disparó de tal manera que acabó creando la famosa “burbuja inmobiliaria” que rebasó los controles de cualquier gobierno: era España entera la que se endeudaba si control en una carrera de nuevos ricos con coches cada vez más potentes, casas más caras, etc. Cuando estalla la burbuja nos encontramos con un país a punto de ser intervenido por no poder pagar sus deudas, a la vez que se entra en recesión con unos niveles de paro inasimilables. El Sistema o Régimen de esta Segunda Restauración se ha destruido, de ahí que la intervención dictatorial de Bruselas, que controla nuestra moneda a través del Banco Central Europeo, sea una nueva especie de necesaria dictadura de un “Primo de Rivera” moderno. Pues hoy no mandan ya los ejércitos en Europa, sino la Economía. Y el poder económico español ha dejado de ser soberano. Podríamos pasar así una década.


viernes, 11 de mayo de 2012

Concepción evolucionista de las Ideas

Desde Platón, se tiene por contenido de la Filosofía a las Ideas, en el sentido de Esencias de las cosas, las cuales constituyen el verdadero mundo, la verdadera realidad que se esconde tras las apariencias. Pero durante siglos permaneció en la tradición filosófica occidental una falta de diferenciación entre Ciencia y Filosofía que no se pudo empezar a aclarar hasta que se constituyó la primera ciencia positiva, la Física newtoniana como “mecánica celeste” y “mecánica terrestre”. Pues, anteriormente, era la Geometría el modelo de cientificidad, que al ser puramente “formal”, no permitía ver con claridad la diferencia entre conocimiento científico y filosófico. Por eso se llegó a considerar a la filosofía, en tanto que mezclada con la Teología, como la Ciencia suprema en la Edad Media. Pues el concepto de ciencia aristotélico, en tanto que concepto meramente lógico, no podía discriminar entre la Teología racional y la Geometría. En tal sentido todavía el Padre Malebranche, aunque ya tenía conocimiento de la positividad de la ciencia moderna a través de Descartes, llegó a justificar, sin embargo, la Teología como ciencia en un sentido, no solo formal, por las famosas demostraciones de la existencia de Dios, sino también empírica o positivamente, pues para él los hechos en que se apoya la Teología son sus creencias. Pero todo esto sufre un cambio profundo con Kant, el cual, basándose en su punto de vista trascendental, se plantea la famosa pregunta, en su Crítica de la Razón Pura, de cómo son posibles los “juicios sintéticos a priori” propios de la ciencia newtoniana. Para contestarla se ve obligado a introducir el famoso “giro copernicano” en su explicación del conocimiento y los límites de la experiencia humana.

De ello resulta que la diferencia entre Conceptos científicos e Ideas filosóficas reside en que, a diferencia de los Conceptos científicos del entendimiento (Verstand) que exigen siempre una intuición empírica, las Ideas surgen, según Kant, por una extensión de la razón humana cuando se adentra en sus indagaciones a tratar cuestiones que rebasan los límites de nuestra intuición empírica. Por ello el papel de las Ideas de la Razón (Vernunft) no puede ser ya constitutivo del mundo, como ocurría en la Metafísica, sino que, en una Filosofía crítica, como la propuesta por Kant, dicho papel debe ser meramente regulativo, es decir, capaz únicamente de ayudarnos en nuestra orientación en el mundo, de la misma manera que decimos que no existen los paralelos o meridianos del globo terráqueo más que como líneas imaginarias construidas por los geómetras que, sin ser realmente constitutivas de la Tierra, nos permiten navegar por ello con seguridad. Pues mantener la Idea de que el mundo es finito es tan puramente racional como que es infinito, con lo que se abre aquí una dialéctica que Kant empieza a resolver con la generalización de un procedimiento para resolver tales contradicciones buscando una síntesis conciliatoria, que conducirá al famoso método dialéctico racional de Fichte, como método de investigación propiamente filosófico a diferencia de los métodos puramente científico experimentales. Pues Kant destaca, sin duda, por su “genio analítico” ya que sus importantes descubrimientos filosóficos permanecieron desparramados en las tres Críticas, pero estas mismas no formaban una unidad sintética filosóficamente fundada, sino que resultaban yuxtapuestas en base a la doctrina psicologico-metafísica de la Tres Facultades de Tetens. Por ello, la continuación de la obra kantiana requería una labor sintética de fundamentación estrictamente filosófica que se iniciaría con el, en palabras de Fichte, “genio sintético” de Reinhold, y culminaría en la más completa sistematización hegeliana. En tal sentido, Fichte mismo, aborda el análisis de las tradicionales Categorías aristotélicas, que Kant había empezado a estructurar y catalogar con precisión, según un nuevo proceder dialéctico y genético, aunque todavía con abundantes rectificaciones e incompletudes, como muestran sus numerosas versiones de la Wissenschaftslehre. La gran Lógica de Hegel será el resultado más completo de este geneticismo dialéctico meramente formal o especulativo.

El viejo Schelling criticó en sus Lecciones de Berlín el carácter puramente formal o negativo de la dialéctica hegeliana y propuso, en la Introducción de su Grundlegung der positive Philosophie, sustituirla por una filosofía dialéctica positiva, por la que lo “lógico” debía ser sustituido por lo “histórico”, lo negativo, por lo positivo, en una línea de crítica a la filosofía especulativa hegeliana muy similar a lo que proponía también Augusto Comte. El propio Marx hablará de poner la filosofía hegeliana, que pretendía andar con la cabeza (la Idea), sobre sus pies (la realidad material). Pero el positivismo que deriva de Comte abandonó el método dialéctico sustituyéndolo por una vuelta al empirismo prekantiano y el marxismo tendió a despreciar muchas veces la realidad más positiva en aras de una dialéctica formalista que se pretendía científica ella misma y ya no meramente filosófica. Los llamados “dialécticos” marxistas y los “analíticos” positivistas llegarán a ser especies opuestas y excluyentes en el siglo XX. No obstante ello, la conciliación entre lo dialéctico y lo positivo, como quería el viejo Schelling de Berlín, volvió a darse de forma singular y única en la influyente explicación del conocimiento llevada a cabo por la Epistemología Genética piagetiana. Pues Piaget estudió de modo científico-positivo, y no ya especulativamente como Fichte o Hegel, cómo se generaban los conceptos más abstractos en los niños, cómo el espacio, la cantidad, el número, etc., a través de la coordinación de sus acciones manuales con los objetos. En tal sentido su trabajo brillante y espectacular dio explicación de la ontogenia de la inteligencia en el niño.

Pero quedó sin explicar la filogenia de las propias Ideas o conceptos. A esto trata de responder, más recientemente, la teoría de los “memes” de R. Dawkins. Los “memes” unidades culturales, como los genes son unidades biológicas, que tienen la facultad de replicarse por imitación saltando de cerebro en cerebro y propagándose evolutivamente en abierta lucha y competencia entre sí. Como escribe Daniel Dennet, “Estos nuevos replicadores son, en cierto modo, ideas. No las <> de Locke y de Hume (la idea de rojo o la idea de redondo o de caliente) sino esa clase de ideas complejas que forman por si mismas unidades memorables distintas” (La peligrosa idea de Darwin, 1999, cap.XII, p. 564). Y cita como ejemplos el arco, la rueda, el triangulo rectángulo, la Odisea, las cuatro primeras notas de la Séptima Sinfonía de Beethoven, etc. En tal sentido, las Ideas, como estructuras o esencias cognoscitivas, en el sentido de Dawkins, todavía parecen unos entes hegelianos que se mueven por sí mismos y que utilizan a los organismos para desplazarse en el mundo. Pero, podría rectificarse esta interpretación suponiendo que más bien son las Ideas los instrumentos de los propios sujetos para adaptarse al medio y sobrevivir. Por ello las Ideas no deben concebirse como “auto-moviéndose” como el Concepto hegeliano, sino como teniendo un origen puramente humano a partir de un núcleo genérico, y un movimiento y transformación evolutiva que depende en su curso de cuerpos humanos institucionales que les dan cobijo e, incluso, un final en el que las Ideas pueden extinguirse y ser abandonadas.


En tal sentido, podría mantenerse la concepción kantiana de las Ideas filosóficas como conceptos regulativos o estructuras conceptuales construidas no ya por la “mente” sino por sujetos biológicos corpóreo operatorios que les permiten adaptarse a la realidad y sobrevivir frente a las amenazas de la naturaleza. Lo que añade la teoría de los “memes” sería la explicación evolutiva o diacrónica del surgimiento y formación del Mundo de la Ideas, de la misma manera que es merito de Kant, junto con el francés Laplace, haber percibido la ausencia inconsecuente en Newton de una explicación mecánica de la formación del propio Universo con su hipótesis de la Nebulosa Originaria. En tal sentido las Ideas regulativas de Kant, además de surgir sincrónicamente de las antinomias o contradicciones que resultan de los encadenamientos silogísticos de juicios científico-conceptuales,- como cuando la cosmología mantiene con igual contundencia en los tiempos de Kant y también ahora, que el Universo es finito, según unas teorías, e infinito, según otras -, dichas Ideas regulativas, tendrían también un origen y desarrollo evolutivo diacrónico, según el cual, toda Idea, incluso las más sublimes, como la del Ser o la de Dios mismo, tendría un origen temporal, que debe ser determinado por la Historia documental, buscando su filiación, sus ancestros de los que surge por transformación evolutiva. Buscando, incluso, sus posibles avatares o metamorfosis que la podrían conducir a una eventual destrucción degenerativa. En tal sentido nos referimos a las Ideas como “géneros combinatorios” en este mismo Blog (Ver “Fenomenología y Operatiología (II)”, 9-1-2012).

Manuel F. Lorenzo

lunes, 16 de abril de 2012

The Thinking Hand of Juhani Pallasmaa

The question of the “being of the hand”, philosophically said, is a question that has begun to be considered in the twentieth century philosophy. However, already Anaxagoras had highlighted the importance of the hands as organs of the human body that have made us more intelligent than animals. But it is, above all, in Heidegger’s famous work Being and Time, where the importance of the hands returns to the philosophical foreground, given that in this work the German philosopher introduces the hand to confront it to sight, in the sense that our immediate relation to the world does not take place through that which is available to us “before our eyes” or present-at-hand (vor-handen),  but ready-to-hand (zu-handen). This way Heidegger criticizes the so called Western Metaphysics, which, since Plato, would had hampered the understanding of our relation to the world by considering objects as something which is understood inasmuch as they are essentially related to sight, Ideas or visions that we have of them, not through the senses, but through reason, understood as a vision or ideal contemplation of the prototypes of things.

For Heidegger,  influenced by Husserl’s Phenomenology, a more fitting description of humans’ relation to the things that surround them, understanding humans essentially as beings “being-there” (Da-sein), is not mainly a mere visual relation, but a relation through utensils (hammers, axes, etc.), whose handling requires consideration of manual abilities. For these reason, for Heidegger, the understanding of the world is before manual than purely “mental”. The world is pre-understood when we unconsciously handle ourselves in it, before than when we subsequently represent it consciously in our “mind” through images from the brain. That is why the sense of tact must precede the sense of sight in the genesis of our position in the world. The world as what is ready-to-hand must precede the world understood as what is before our eyes. The Western Philosophy, according to this, has been marked by a visual prejudice, taking the shape of what Heidegger calls a “metaphysic of presence”, generated by Platonism. However it was also held and enforced by the realist Aristotle, who interpreted Anaxagoras’ well-known claim about the importance of the hands for the superiority of human’s intelligence in the sense that the extraordinary manual abilities of humans could only be explained as derived from the greater capacity and size  of the human brain, where principally a mind dwelled, in which ideas as copies of things came inside through sight and by a process of abstraction. However, modern Evolutionary Anthropology has corrected Aristotle in favor of Anaxagoras, given that the greater size and capacity of the human brain compared to that of our closest relatives, the simians, would be due to the appearance of an exempt and progressively more skillful hand following the consolidation of bipedalism in hominids, as the reconstructed hand of the famous Australopithecus Lucy. Frank R. Wilson’s book The Hand: How Its Use Shapes the Brain, Language, and Human Culture (Pantheon, 1998) offers plenty information about the actual consideration of the study of the hand in modern biomechanical, neurological and functional Anatomy, and at the same time notes the most recent developments of Evolutionary Paleoanthropology (see on this blog : “We don't know what a hand can do”, 9-1-2013).

To all of this has joined recently the publication in Spanish of an extraordinary book of an important and internationally recognized Finnish architect, Juhani Pallasmaa, titled: The Thinking Hand: Existential and Embodied Wisdom in Architecture (John Wiley & Sons, 2009; Spanish edition: La mano que piensa, Gustavo Gili, Barcelona 2012), in which it is analyzed the important role of the hand in handicrafts, in literary writing, and in architecture. Pallasmaa relies on the analysis of The Hand, of Frank Wilson -who’s importance for the compilation of the materials and themes for his book is highlighted in the Acknowledgements chapter-, to write this book, in which he analyzes, quoting his own words, “the essence of the hand and its seminal role in the evolution of human skills, intelligence and conceptual capacities. As I argue – with the support of many other writers – the hand in not only a faithful, passive executer of the intentions of the brain, rather, the hand has its own intentionality, knowledge and skills. The study of the significance of the hand is expanded more generally to the significance of embodiment in human existence and creative work.” (p. 21)

What is new about this book about the hand, is a deepening of his critic against the dominant visual paradigm of today’s most influential architecture, already analyzed in his previous work, The eyes of the skin (Academy Press, 2005), in the sense of correcting the mistaken belief that spatiality is something that ends in vision and can do without the tactile senses or kinesthetic, who’s main focal point is constituted by the hand. For this reason the hand is the main theme of a book that, after an approach to a scientific updated understanding of what a human hand is, accompanied by quotes from artists and philosophers like Goehte, Heidegger, Sartre or Merleau-Ponty, Lakoff & Johnson, among others, explores its relation to architecture and other auxiliary trades, like drawing, handicraft trades, and even computer designs, today indispensable for architecture, although not exempt of dangers, for they tend to eliminate the manual and tactile aspects of the designed spaces, in favor of the purely visual.

In this sense, Pallasmaa, professor as well as architect, proposes a deep reform of the teaching imparted in Architecture Schools so that manual knowledge’s directing point of view prevails over the merely visual: “Western consumer culture continues to project a dualistic attitude towards the human body. On the one hand we have an obsessively aestheticized and eroticized cult of the body, but on the other, intelligence and creative capacity are equally celebrated as totally separate, or even individual qualities. In either case, the body and the mind are understood as unrelated entities that do not constitute an integrated unity… This division of the body and mind has, of course, its solid foundation in the history of Western philosophy. Prevailing educational pedagogies and practices also regrettably continue to separate mental, intellectual and emotional capacities from the senses and the multifarious dimensions of human embodiment. Educational practices usually provide some degree of physical training for the body, but they do not acknowledge our fundamentally embodied and holistic essence. The body is addressed in sports and dance, for instance, and the senses are directly acknowledged in connection with art and music education, but our embodied existence is rarely identified as the very basis of our interaction and integration with the world, or of our consciousness and self-understanding. Training of the hand is provided in courses that teach elementary skills in the handicrafts, but the integral role of the hand in the evolution and different manifestations of human intelligence is not acknowledged. To put it simply, today’s prevailing educational principles fail to grasp the indeterminate, dynamic and sensually integrated essence of human existence, thought and action.” (pp. 11-12)

The key is then in not having grasped the manual essence of human existence. But Pallasmaa is not alone in this new understanding which demands the formation of a new educational and philosophical paradigm, indispensable, in his view, to “shake the foundations” (p. 22) of the erroneous paradigm actually dominant, not only in architecture, but also in philosophy. For a philosophical trend parallel to Pallasmaa’s proposal of an embodied image would be the philosophy of the embodied mind advocated by Lakoff, Thompson or Dan Zahavi. For our part, though lectures imparted in the Universidad de Oviedo (Spain) and publications, we have made an effort to develop the foundations of a philosophical thought about the manual ability as the core which yields human knowledge in what we call Pensamiento Hábil (see Manuel F. Lorenzo, Introducción al Pensamiento Hábil) and as a base for a new philosophy which needs a new method, in this case inspired by the  manual operativity or surgical (see in this blog: “Fenomenología y Operatiología” (I-II), 8-8-2011 and 9-1-2012; also, “La mano como raíz generadora del conocimiento humano”, 5-9-2011). With other colleagues of the Universidad de Oviedo, it looks like we are pioneers in Spain of what we could call the development of “the philosophy of the hands”.

Juhani Pallasmaa, for his prestige and international influence as an architect, and moreover, his wide and well assimilated philosophical culture, is called to open again the doors of the Architecture Schools and Faculties, and of Art in general, to the need to incorporate this new trend of philosophical thought related to what he names thinking hand, to try to reform the actual too computerised and technified education, and what is worst, dominated by a bad philosophy unconscious of the alienating visual architecture so in vogue. Read his important book.


(Translated into English by Luis Fernández Pontón)


miércoles, 4 de abril de 2012

La mano que piensa de Juhani Pallasmaa.

La pregunta por el “ser de la mano”, para decirlo filosóficamente, es una pregunta que se ha empezado a plantear en la filosofía del siglo XX. No obstante, ya el filósofo griego Anaxágoras había resaltado la importancia de las manos como los órganos del cuerpo humano que nos han hecho más inteligentes que los animales. Pero es, sobre todo, en la famosa obra de Heidegger Ser y Tiempo, donde se vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano, pues, en ella, el filósofo alemán la introduce para contraponerla a la vista, en el sentido de que nuestra relación inmediata con el mundo no se da a través de lo que está disponible “ante la vista” o ante la mano (vor-handen), sino a través de lo que está “a mano” (zu-handen). Heidegger critica con ello a la llamada Metafísica Occidental que, desde Platón, habría lastrado el entendimiento de nuestra relación con el mundo al considerar los objetos como algo que se entiende en tanto que se relaciona esencialmente con la vista, con la Ideas o visiones que tenemos de ellos a través, no de los sentidos, sino de la razón, entendida como una visión o contemplación ideal de los prototipos de las cosas. 

Para Heidegger, influido por la Fenomenología de Husserl, una descripción más ajustada de la relación del los humanos con las cosas que los rodean, entendidos esencialmente como seres existiendo ahí (Dasein), no es principalmente una relación meramente visual, sino una relación a través de utensilios (martillos, hachas, etc.), cuyo manejo requiere la consideración de las habilidades manuales. Por ello, para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente “mental”. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en el, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra “mente” por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado “a mano” debe preceder al mundo entendido como lo dado “ante los ojos”. La filosofía occidental, según esto, ha sido marcada por un prejuicio visual, configurándose como lo que Heidegger llama una “metafísica de la presencia”, generada por el platonismo. Pero que habría sido mantenida y reforzada incluso por el realista Aristóteles, el cual interpretó la conocida frase de Anaxágoras sobre la importancia de las manos en la superioridad de la inteligencia humana, en el sentido de que las extraordinarias habilidades manuales de los humanos sólo podían explicarse como derivadas de la mayor capacidad y tamaño del cerebro humano, en el cual residía principalmente una “mente” en la que entran las ideas como copias de las cosas a través de la vista por un proceso de abstracción. La moderna Antropología evolucionista, sin embargo, ha corregido a Aristóteles dando la razón a Anaxágoras, pues el mayor tamaño y capacidad del cerebro humano en comparación con el de nuestros parientes más cercanos, los simios, sería debido a la aparición de una mano exenta y progresivamente más hábil tras la consolidación de la bipedestación en los homínidos, como prueba la mano reconstruida de la famosa australopiteca Lucy. El libro de Frank R. Wilson, La mano: de cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (Barcelona, 2002) ofrece amplia información sobre la actual consideración del estudio de la mano en la moderna Anatomía biomecánica, neurológica y funcional, a la vez que recoge los avances de la Paleo-antropología evolucionista más reciente (véase en este mismo Blog: “No sabemos lo que puede una mano”, 6-2-2012). 

A todo esto se ha unido recientemente la publicación en español de un extraordinario libro de un importante e internacionalmente reconocido arquitecto finlandés, Juhani Pallasmaa, titulado: La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura (Gustavo Gili, Barcelona, 2012), en el cual se trata de analizar el papel central de la mano en la artesanía, en la escritura literaria y en la propia arquitectura, de la que el autor es un eximio representante. Pallasmaa se apoya en los análisis de La mano, de Frank Wilson, -del que, en el capítulo final de Agradecimientos, resalta su importancia en la recopilación del material y los temas para su libro-, para escribir este libro, en el que analiza, según sus propias palabras, “la esencia de la mano y su papel crucial en la evolución de las destrezas humanas, de la inteligencia y de las capacidades conceptuales. Tal como sostengo en este libro –con el apoyo de muchos otros autores-, la mano no es únicamente un ejecutor fiel y pasivo de las intenciones del cerebro, sino que más bien tiene su intencionalidad, su conocimiento y sus propias habilidades. El estudio de la importancia de la mano se amplia de un modo más general hacia la importancia de la personificación en la existencia humana y del trabajo creativo” (p.20). 

Lo que tiene de nuevo este libro sobre la mano es una profundización de su crítica frente al paradigma visual dominante hoy en la arquitectura más influyente, analizado en otra obra suya, Los ojos de la piel, (Barcelona, 2011), en el sentido de corregir la creencia errónea de que la espacialidad es algo que se agota en la visión y puede prescindir de sentidos táctiles o cenestésicos, cuyo foco principal lo constituye la mano. Por ello esta se convierte en el tema central del libro que, tras un acercamiento a una compresión actualizada por la ciencia de lo que es una mano humana, salpicada de citas de artistas y filósofos como Goethe, Heidegger, Sartre o Merleau-Ponty, Lakoff & Johnson y muchos otros, explora su relación con la arquitectura y con los oficios que le son auxiliares, como el dibujo, los oficios artesanos, e incluso los diseños por ordenador, imprescindibles hoy en la arquitectura, aunque no exentos de peligro, pues tienden a eliminar los aspectos manuales y táctiles de los espacios diseñados, a favor de los puramente visuales. 

En tal sentido, Pallasmaa, profesor el mismo además de arquitecto, propone una reforma en profundidad de la enseñanza dada en la Escuelas de Arquitectura en el sentido de que prevalezca el punto de vista orientador del conocimiento manual sobre el meramente visual: “La cultura consumista occidental continúa proyectando una doble actitud respecto al cuerpo humano. Por un lado existe un culto al cuerpo obsesivamente estetizado y erotizado, pero, por el otro, se celebran de la misma manera la inteligencia y la capacidad creativa como algo completamente separado, e incluso como cualidades individuales exclusivas. En ambos casos, cuerpo y mente se entienden como entidades no relacionadas que no constituyen una unidad integrada. (…) Por supuesto, esta división entre cuerpo y mente tiene unos cimientos sólidos en la historia del pensamiento occidental. Lamentablemente, las pedagogías y las prácticas educativas imperantes también siguen separando las capacidades mentales, intelectuales y emocionales de los sentidos y de las dimensiones múltiples de las manifestaciones de los humanos. Normalmente las prácticas educativas proporcionan algún grado de formación física para el cuerpo, pero no reconocen nuestra esencia fundamentalmente corpórea y holística. Por ejemplo, se aborda el cuerpo en los deportes y la danza, y se admite que los sentidos están en directa conexión con la educación artística y musical, pero nuestra existencia corporal rara vez se identifica como la base misma de nuestra interacción e integración con el mundo, o de nuestra conciencia y entendimiento de nosotros mismos. El entrenamiento de la mano se facilita en cursos donde se enseñan las habilidades elementales en la artesanía, pero no se reconoce el papel integral de la mano en la evolución y en las diferentes manifestaciones de la inteligencia humana. Para decirlo de una manera sencilla, los principios educativos imperantes no captan la esencia indeterminada, dinámica e integrada de un modo sensual de la existencia, del pensamiento y de la acción del hombre” ( pgs. 7-8). 

La clave está entonces en no haber captado la esencia manual de la existencia humana. Pero Pallasmaa no está solo en esta nueva comprensión que exige la formación de un nuevo paradigma educativo y filosófico, imprescindible, a su juicio para “sacudir los cimientos” (p.21) del errado paradigma actualmente dominante, no solo en la arquitectura, sino también en la filosofía. Pues una corriente paralela a esta propuesta de una embodied image de Pallasmaa sería la llamada filosofía del embodied mind propugnada por Lakoff, Thompson o Dan Zahavi. Por nuestra parte, a través de cursos impartidos en la universidad de Oviedo (España) y de publicaciones, nos hemos esforzado en desarrollar los fundamentos de una reflexión filosófica sobre las habilidad manual como núcleo generador del conocimiento humano en lo que denominamos Pensamiento Hábil (ver Manuel F. Lorenzo, Introducción al Pensamiento Hábil) y como base para una nueva filosofía que precisa de un nuevo método, en este caso inspirado en la operatividad manual o quirúrgica (ver en este mismo Blog: “Fenomenología y Operatiología” (I-II), 8-8-2011 y 9-1-2012; asimismo, “La mano como raíz generadora del conocimiento humano”, 5-9-2011). Junto con otros colegas de la Universidad de Oviedo, parece ser que somos pioneros en España en lo que podríamos llamar el desarrollo de “la filosofía de las manos”. 

Juhani Pallasmaa, por su prestigio e influencia internacional como arquitecto, además de su amplia y bien asimilada cultura filosófica, está llamado a abrir de nuevo las puertas de las Escuelas y Facultades de Arquitectura, y de Arte en general, a la necesidad de incorporar esta nueva corriente de la reflexión filosófica ligada a lo que él denomina thinking hand, para tratar de reformar la actual enseñanza demasiado computerizada y tecnificada, y lo que es peor, dominada por una mala filosofía inconsciente de la alienante arquitectura visual tan de moda. Lean su importante libro. 

 Manuel F. Lorenzo