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viernes, 13 de diciembre de 2019
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Novedad Editorial: La Razón Manual
Prólogo
Asistimos, en el siglo XX, a
una crisis equiparable, según Ortega y Gasset, a la crisis que abrió la Era Moderna.
Una nueva revolución científica se abre en la Física con la limitación de la
Física newtoniana moderna por la Teoría de la Relatividad de Einstein y la
física cuántica de Plank, junto con la
constitución de las llamadas Ciencias Cognitivas (Psicología, Neuorología,
Inteligencia Artificial, etc.) y el inicio de una revolución filosófica que se
anuncia en filósofos como Martin Heidegger o el propio Ortega, que proclaman
el fin de la Modernidad y el comienzo de una nueva época que viene después de
la Moderna iniciada en el Renacimiento. En ella estaría surgiendo una
concepción filosófica que se empieza a deno-minar postmetafísica y postmoderna.
Dicha concepción sería, en palabras de Ortega, nada moderna pero muy siglo XX y
se sustanciaría en la crítica de la Metafísica Moderna de la Subjetividad,
como la denomina Heidegger.
Kant había
criticado ya la racionalidad metafísica misma, pero no habría ofrecido un
análisis filosófico positivo de la racionalidad post-metafísica. Solo uno
negativo, como razón finita, limitada por la experiencia, frente a una
pretendida razón de posibilidades infinitas e ilimitadas, la racionalidad
metafísica. Hoy podemos ofrecer, con el desarrollo de las nuevas Ciencias
Cognitivas, un análisis filosófico positivo, con apoyo en resultados
científicos, que denominamos Operatiológico. Frente al “criticismo” kantiano se
ha descubierto, en el siglo XX, lo que podemos denominar el “habilismo” como
origen de la racionalidad humana. El punto de vista kantiano de una Filosofía Crítica
frente a la Metafísica, es irrenunciable, pero también es insuficiente si no se
sustancia en desarrollos positivos y no meramente crítico-negativos. En los
seguidores de Kant, como Fichte, dicho “criticismo”
adquirió un carácter idealista propio de una filosofía puramente
racional y especulativa. El Yo de Fichte, la Identidad de Schelling o
la Idea de Hegel, fueron las nuevas entidades, sino metafísicas, pues no
pretendían tener una realidad separada del mundo físico, a través del cual se
habrían paso, si abstractamente ideales y fruto todavía de la “interioridad”
del Espíritu, del Geist de Hegel, o
de la interioridad de la conciencia, como en el caso del Yo fichteano. La
reacción anti-idealista de lo que constituyen las principales corrientes
filosóficas contemporáneas, como el Positivismo, el Marxismo, el Vitalismo y el
Existencialismo, provocó la búsqueda de una filosofía menos especulativa y más
cercana a los desarrollos de las ciencias positivas, en el caso del Positivismo
y del Marxismo, o a la propia vida y prosaica existencia humana, como en el
Vitalismo y el Existencialismo.
En España,
alejada desde la Contrareforma de las corrientes de la filosofía moderna,
comienza a finales del siglo XIX y principios del XX una incorporación y
asimilación de las corrientes contemporáneas de la filosofía surgidas en Europa
tras la muerte de Hegel, que llevan a cabo Unamuno y Ortega y Gasset, en
colaboración con un nutrido grupo de seguidores con los que se inicia la
educación de generaciones tan brillantes como las del 98 y del 27 en las
vanguardias culturales modernistas. Ello es posible por la apertura ideológica
que posibilitaron los gobiernos liberales durante la segunda mitad del siglo
XIX, abriendo una brecha frente al catolicismo contrareformista, cada vez más
débil, pero todavía de gran influencia en la institución universitaria española.
El gran cambio se produce en el siglo XX con la aparición de una filosofía
española creativa y a la altura de los tiempos que alcanza su momento de
despegue con la figura de Ortega y Gasset durante la primera mitad del siglo
XX. Entre las diferentes corrientes filosóficas contemporáneas, la elección de
esta nueva filosofía española recae en el Vitalismo existencialista con Unamuno
y en un Vitalismo racionalista por parte de Ortega. Es en definitiva el
Vitalismo, y no el Positivismo o el Marxismo, la corriente filosófica elegida
por estos filósofos, como diría Fichte, según el tipo de personalidad que
corresponde a lo español, la personalidad vitalista que tantas veces nos
atribuyen como pueblo. En tal sentido Unamuno propone, en su libro filosófico más
importante, El sentimiento trágico de la
vida (1913), abandonar el Yo idealista por el “hombre de carne y hueso”. Y Ortega se propone
entender al hombre esencialmente por la ejecutividad de sus acciones,
como “ser ejecutivo”, dentro de un entendimiento de la vida humana como la de
un Yo dado en unas Circunstancias positivas y vitales, en un sentido similar
desde el que Heidegger hablará del Dasein
como un Ser-en-el-mundo. En la segunda mitad del siglo XX Zubiri, hablará de la
Inteligencia humana como “inteligencia sentiente” y Gustavo Bueno, aunque
asumiendo posiciones de una filosofía materialista, en sintonia con el entonces
pujante escolasticismo marxista, entenderá el sujeto filosófico como un Sujeto
Corpóreo Operatorio, dotado de manos y laringe, como un sujeto vivo operando en
un medio material. Eugenio Trías, con el ascenso del movimiento neonietzschano,
recupera la conexión vitalista, perdida en la obra de Gustavo Bueno en el
interín de la denominada Guerra Fría, por la preponderancia del Marxismo y del
Positivismo Lógico durante dicho periodo. Trías entenderá al hombre como un
“ser fronterizo”, situado en un límite o frontera entre las circunstancias
fenoménicas y el Yo nouménico, situación que había quedado sin analizar en el
raciovitalismo orteguiano. Como resultado de sus brillantes análisis, llevados
a cabo de un modo más intuitivo y figurativo que estrictamente conceptual,
Trías establece una división de la omnitudo
realitatis en tres ámbitos o “cercos” que, para decirlo en términos
kantianos, son el cerco del mundo fenoménico, el del nouménico y el de la
frontera entre ambos. Lo novedoso es que, frente al materialismo antiguo, que
lo reduce todo al cerco fenoménico, o frente al idealismo moderno que lo hace
derivar todo de una sustancia nouménica (Dios, el cogito), Trías pretende
establecer como un nuevo tipo de fundamento, dado in medias res, al límite o frontera entre ambos, entendido no como
una mera línea (limite negativo), sino como un territorio (límite positivo).
En nuestra
propuesta filosófica expuesta en Introducción
al Pensamiento Hábil (2007), reconociendo como punto de partida y formación
a la Escuela buenista, iniciamos una crítica al Materialismo filosófico de
Gustavo Bueno, en el sentido crítico asimilativo de separar aquello que nos
parecía más innovador y valioso de otros aspectos que, tal como se presentaban,
enturbiaban y confundían los innegables aciertos. Así escribíamos entonces:
“La innovación gnoseológica es
precisamente lo más novedoso del Materialismo filosófico
buenista. Se comprende que esta concepción quirúrgica del conocimiento
buenista (conocer es operar) de raíz piagetiana, se haya orientado hacia el
materialismo como una especie de medicina
mentis al reaccionar contra el idealismo que entendía el conocimiento como
referido esencialmente a unas formas o conceptos separados de la materia (…) Y no es extraño por ello que la influencia del materialismo haya acabado
configurando una sistematización dogmática en sus
fundamentos o premisas (no ciertamente en muchos de sus resultados) en la obra
de Gustavo Bueno (…) Lo positivo en la obra de Bueno, para nosotros, son sobre
todo los novedosos análisis del conocimiento científico, de la moralidad, la
religión, etc., en los cuales nos apoyaremos como en un núcleo racional al que
es necesario separar de la cáscara escolástica de la susodicha Ontología
Materialista. No dudamos ni por un momento que Gustavo Bueno sea el más grande
de los filósofos materialistas-marxistas hispanos, ni de que en nuestro país ha
sido pionero ejemplar en la profundización filosófica por su rigor conceptual y
demostrativo en el campo de la filosofía contemporánea, llevado a veces hasta
la pedantería a que se arriesga todo tecnicismo escolástico.
Solo le
achacamos haber construido una Ontología (el llamado Materialismo Filosófico) sin
realizar antes una fundamentación profunda y verdaderamente crítica, en el
sentido kantiano continuado por Fichte, del órgano que la posibilita: una
fundamentación de la racionalidad corpórea operatoria. Lo cual seguramente
tiene que ver con la influencia, irresistible para muchos, que alcanzó el Materialismo,
a través del marxismo, en el momento del arranque de su obra, en plena Guerra
Fría.
En la
obra de Gustavo Bueno sobresale su teoría del conocimiento científico
ciertamente; pero esta fue desarrollada posteriormente a su doctrina ontológica
materialista, lo cual se asemeja, para una filosofía crítica, al que pone el
carro delante de los bueyes. Por tanto, cuando construyó su ontología materialista
(la cual, por otra parte, no tiene pretensiones de novedad, sino de profundización
académico-escolástica en el Materialismo Dialéctico) toda-vía no había
desarrollado realmente sus novedosos y posteriormente abundantes análisis
sobre el conocimiento científico.
Y lo que
aquí sostenemos es que para que surja una nueva fundamentación filosófica
acorde con sus novedosas teorías gnoseológicas es necesaria una labor crítica
que nos permita deshacernos del pesado fardo del Materialismo, que lastra su
obra impidiendo un verdadero despegue filosófico” [i].
En tal
sentido, nos proponemos en esta obra llevar a cabo dicha fundamentación de la
racionalidad operatoria, asumida y desarrollada con abundantes y prolijos
análisis por el propio Gustavo Bueno, análisis ya no meramente figurativos,
como en el caso de Trías, sino lógico-operatorios, en los que destaca
especialmente por su amplia formación lógica y científica. Pero, lo haremos
tratando de integrarlos en la nueva perspectiva de fundamentación filosófica
fronteriza introducida por Eugenio Trías, que trata de superar tanto al
Materialismo como al Idealismo, en una convergencia con el Racio-vitalismo de
Ortega y Gasset. Desde dicha perspectiva fronteriza, nuestra propuesta se
encamina a buscar el fundamento de la racionalidad del Sujeto Corpóreo
Operatorio, el unamuniano “hombre de
carne y hueso”, en las manos, entendidas anatómicamente como extremidades
superiores situadas en la frontera entre el complejo organismo biológico celular
humano y el medio natural al que tiene que adaptarse para sobrevivir. En tal
sentido, nuestras manos son el órgano fronterizo o cortical (expresado en terminología
buenista) con el que el organismo humano transforma dialécticamente el medio y
al hacerlo se transforma asimismo, como también señala Jean Piaget, a través de
sus brillantes experimentos con los niños, por los cuales constata como el
aumento de nuestras capacidades racionales solo se entiende observando y
estudiando detenidamente las acciones y operaciones corporales, y especialmente
manuales, que los sujetos deben necesariamente hacer a través de sus estadios
de crecimiento.
Es en tal
sentido en el que llevaremos a cabo una fundamentación filosófico-sistemática
de la racionalidad humana de un modo nuevo y muy diferente, tanto del realizado
clásicamente por Aristóteles al denominar al hombre como un animal racional,
como el del propio Kant que entendió dicha racionalidad críticamente como
finita, en el sentido de limitada por una experiencia que no puede rebasar.
NOTAS
[i] Manuel F. Lorenzo, Introducción al Pensamiento Hábil, Lulu, 2007, pgs. 12-17.
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lunes, 8 de abril de 2013
Las aventuras de la razón: de la razón pura a la razón manual
Los griegos pasan
a la Historia por ser el pueblo eminentemente racional entre los antiguos. No
solo por su famoso lema “nada en demasía”, que preconizaba la templanza
racional en el comportamiento humano, sino también por la fundación de ciencias
puramente racionales, como la Geometría. El descubrimiento de la llamada
racionalidad “pura” es su mayor conquista, aunque solo sea por las beneficiosas
consecuencias que tuvo para que la humanidad pudiese conseguir un dominio y
conocimiento de la Naturaleza como el actual. Dicho descubrimiento está en la
base del brillante periodo clásico de la Filosofía griega, el que va asociado a
los nombres de Sócrates, Platón y Aristóteles. El lema de la Academia
platónica, “nadie entre aquí sin saber geometría” es coherente con lo que
decimos. Es la reflexión asombrada ante la exactitud y verdad indubitable de
las demostraciones matemáticas lo que lleva a Platón a formular su concepción
del mundo de las Ideas, como el mundo verdadero que hay que descubrir tras las
apariencias engañosas de la caverna sensible.
El racionalismo del Mundo de las Ideas
platónico llevó a su más ilustre discípulo, Aristóteles, a extenderlo sobre
toda la realidad en un proyecto racionalista enciclopédico que sería
incorporado por el cristianismo medieval europeo, volviendo a rebrotar con fuerzas
renovadas en el denominado Racionalismo moderno que va desde Descartes a
Leibniz. Pero en Descartes, como señaló Husserl en sus Conferencias de Paris, la exigencia de explicación racional de la
realidad “se traduce en una filosofía vuelta hacia la subjetividad” (UNAM,
1988, p. 4). Dicha vuelta, según Husserl, se realiza en dos momentos: el
primero consiste en la puesta en duda de la “conciencia natural” sensualista que la
filosofía griega no discutía suficientemente, mediante una epojé o “puesta entre paréntesis” de la realidad tal como la
conocemos, buscando algo, un fundamentum
firme que resista a la duda. En segundo lugar, concluyendo que lo único que
resiste a la duda total, lo único de lo que estoy seguro, es de que “pienso,
luego existo”, de que existir es pensar. Con ello se inicia en la filosofía un
modo de pensar que parte del sujeto racional consciente que pretende, desde las
nociones “innatas” de las matemáticas o de la misma Idea de Dios resultante de
la llamada Prueba Ontológica, hacer comprensible el mundo exterior. Frente a
dicho Racionalismo surgieron las críticas del Empirismo inglés que ponían en
cuestión dicho carácter innato y “puro” de la racionalidad humana, tratando de
volver a restaurar las evidencias empíricas de la “conciencia natural” de la
filosofía griega. Se abrió entonces la polémica entre racionalistas y empirista
que amenazaba con llevar a una seria crisis en la confianza en la racionalidad
humana, una primera crisis de fundamentos de la novedosa filosofía europea.
Será definitivamente Kant quién, en su
famosa Crítica de la Razón Pura
(1781), logre encontrar una salida a dicha crisis que produce un vuelco, un
“giro copernicano”, en la concepción de la racionalidad humana, cuyos efectos
llegan hasta la filosofía actual. Así como sabemos desde Copérnico que, contra lo que nos dicen las apariencias, es la Tierra la que se mueve en torno al Sol y no al revés, sabemos a partir de Kant que el conocimiento humano no resulta de las meras sensaciones externas que recibimos pasivamente, sino que, al revés, requiere la intervención activa del sujeto cognoscente que pone las formas en que recibimos tales sensaciones y por las cuales comprendemos racionalmente el mundo. A partir de Kant, la Razón Pura, que en
Descartes permanecía todavía intocada en sus pretensiones de explicación total
de la totalidad de la realidad, es sustituida por la Razón Crítica, por una
racionalidad humana, y solo humana, más modesta en sus pretensiones
explicativas en tanto que limitada por la experiencia. Dicha racionalidad, como
demuestra la moderna Física-matemática de Newton, es la única razón que
realmente posee el hombre no pudiendo rebasar con ella los límites que nos
fijan nuestra experiencia sensible. De ahí que, según Kant, con Newton se hace
patente un “camino seguro de la ciencia” en la explicación verdadera de la
realidad, en tanto que no se confía únicamente en la fuerza del conocimiento
puramente matemático, sino que este debe poder ser probado o refutado con
pruebas experimentales.
No obstante, Kant concibe todavía la nueva
racionalidad crítica de intuiciones a
priori espacio-temporales, de categorías del Entendimiento, como
Substancia, Causa, etc., o de Ideas de la Razón, como el Imperativo Categórico
del Deber, siguiendo a Descartes, como algo puramente “mental”, como un
producto de la reflexión interior de la conciencia humana. De ahí que la
racionalidad crítica kantiana, aunque limitada por la experiencia, sea una
racionalidad meramente idealista, como algo que nunca se alcanza a realizar
plenamente en la realidad. De ahí deriva el llamado Idealismo Fichte, quien,
cual un nuevo Descartes, pretende fundamentar todo nuestro conocimiento en el
Yo. Pero Fichte ya no entiende el Yo como una cosa que piensa, sino como pura
acción (Tathandlung). Fichte dirá que
“el Yo pone al Yo”, esto es, que el Yo no es una cosa o Substancia puesta por
Dios antes de nacer, sino que es algo que resulta de la acción reflexiva que yo
puedo experimentar intuitiva e inmediatamente cuando me contemplo a mi mismo en
cualquier acto de conocimiento. Pues cuando yo miro, por ejemplo, a la pared,
en este acto simple, aparece un yo que se percibe a si mismo percibiendo. Si,
un poco después, recuerdo este acto, en el recuerdo aparece otra vez un yo recordando
que recuerda que miraba a la pared, etc. Este segundo Yo, que acompaña a mis
percepciones, recuerdos, etc., es el llamado por Kant Yo Trascendental que
“acompaña a todas mis representaciones”. Y como no podemos regresar a otro Yo
más profundo que este, será llamado por Fichte el Yo Absoluto, producto último
de nuestra actividad mental y fundamento último del conocimiento científico que
se expresa en los kantianos juicios sintéticos a priori de la Física de Newton, por medio de los cuales
comprendemos el mundo de manera segura. Además, Fichte no entiende, como
Descartes, que baste un solo pensamiento, “el Yo pone al Yo”, para deducir de
él todo lo demás, sino que necesita añadir al menos otros dos principios más:
“Al Yo se opone un No/Yo”, como segundo principio y “En el Yo el Yo se opone al
No/Yo”, como tercero. Por eso más que del Yo solamente Fichte parte de una
estructura básica más compleja que incluye otras cosas como el No-Yo, etc., por
lo que habría aquí que hablar de una Egología
en el sentido de Husserl, como sustituto de la dependencia teológica que el cogito cartesiano todavía tiene, en tanto que depende para conocer la verdad de la existencia de Dios.
El comienzo de superación de este
“mentalismo” kantiano-fichteano se inicia en el siglo XX con la llamada
Fenomenología de Husserl. Pues, ahora, el conocimiento racional no se restringe
al interior de nuestra mente, sino que se introduce, por influencia de Franz
Brentano, la concepción de la conciencia como una Conciencia Intencional, esto
es, como una conciencia que, en el acto de conocer, apunta a un objeto distinto
de ella y no comprendido en su interior, en el recinto kantiano de la “mente”.
Husserl se propuso crear un nuevo método que permitiese alcanzar una más
profunda comprensión de la racionalidad humana. Dicho método, era esencialmente
una aptitud nueva, una forma de pensar el mundo que nos rodea, un nueva aptitud
metódica que denominó método Fenomenológico. Partiendo del giro kantiano por el
cual la conciencia, cuando conoce, no es pasiva, sino que mediante sus acciones
lanza unas formas a priori para atrapar
y ordenar el caos de las sensaciones que recibimos, como el pescador lanza sus
redes al mar para atrapar los peces, -según una famosa comparación del poeta
Novalis tras escuchar a Fichte en sus lecciones de la Universidad de Jena-, partiendo
de la necesaria actividad de la conciencia, Husserl introduce como paso
necesario para describir la relación de la conciencia con el objeto distinto de
ella al que tiende (intentio) o
apunta, la necesaria descripción de las “vivencias” de la conciencia con base
en el propio cuerpo del sujeto cognoscente, cuerpo que había sido escamoteado por
Kant. Sin la mediación de las actividades corpóreas que, cumpliendo las órdenes
de la conciencia, llevan a cabo la necesaria experiencia con los objetos que
queremos conocer, no es posible el conocimiento humano. Pues, si queremos tener
un conocimiento real y positivo de los objetos, necesitamos poner en relación o
correlacionar cada acto vivencial de la conciencia cuando conoce con el aspecto
del objeto que corresponda al aparecer del objeto mismo en nuestra experiencia. En el
establecimiento de dicha correlación, el cuerpo es un mediador indispensable,
puesto que, a diferencia de Kant, el objeto no es un objeto meramente ideal o
mental, sino que está en correlación constitutiva con los actos vivenciales del
sujeto cognoscente que descansan en una base fisiológica corporal. Husserl
quiere abandonar el mentalismo kantiano dirigiéndose a las cosas mismas que nos
son dadas “ahí” delante de nosotros. Por ello la descripción minuciosa de
dichas acciones corporales del sujeto humano o animal es necesaria y
constitutiva del objeto de conocimiento resultante, llegando a ser obsesiva
para fenomenólogos como Sartre o Merleau Ponty.
El racionalismo Fenomenológico husserliano
fue pronto sometido a los embates de su tiempo, como lo fue también el racionalismo
kantiano por el Movimiento irracionalista Romántico. Ahora sería otro
movimiento irracionalista el que afectó con fuerza a la juventud de aquella
época turbulenta que se inicia con la 1ª Guerra Mundial. Fue el llamado
Existencialismo del periodo de entre
guerras, el que introduce profundos cambios en la forma de entender la
filosofía fenomenológica. El de más profundo alcance quizás sea el protagonizado
por Martin Heidegger, quien propone sustituir la concepción del sujeto
entendido, desde Descartes, como una
conciencia previamente separada del mundo por la epojé, por un sujeto entendido desde el principio y permanentemente
como un “ser en el mundo”, como un ser de carne y hueso que se relaciona de
forma originaria y habitual con un mundo entorno de seres a mano. La
descripción minuciosa y brillante de la real existencia humana la hace
Heidegger en Ser y Tiempo (1927), con
su crítica a la concepción husserliana de una realidad existente meramente para
los ojos (vorhanden) y no para las
manos (zuhanden). No obstante
Heidegger se limitó a seguir aplicando, en dicha obra, el método fenomenológico
husserliano, con pequeñas modificaciones, en sus famosas descripciones
existenciales. Tras la Segunda Guerra Mundial, Heidegger renuncia a la
Fenomenología y se interna por el mundo del lenguaje y la hermenéutica textual
en un proyecto de revisión de la entera Historia de la Filosofía, con obras y
propuestas de desiguales resultados, pero sin alcanzar la influencia conseguida
en el periodo de entreguerras. La tenaza filosófica de marxistas y positivistas
lógicos que preside de forma aplastante el panorama filosófico de la llamada
Guerra Fría, al ser un regreso a planteamientos filosóficos básicamente
superados por la Fenomenología, provoca una nueva situación de crisis y freno en
la filosofía que se enmarca en la moderna tradición inaugurada por Descartes y
continuada, a través de Kant, hasta Husserl. Solamente perviven en Francia
durante unos años los rescoldos de la hoguera fenomenológico-existencialista en
las figuras de Sartre y Merleau-Ponty. Pronto la irrupción del Estructuralismo
científico en las Matemáticas y en las Ciencias Humanas y Biológicas, apaga
súbitamente en Francia aquellos rescoldos existencialistas.
Pero surge entonces, de forma
sorprendente, una nueva explicación del conocimiento humano en el campo de la
Psicología: la Epistemología Genética de Piaget, la cual, evitando el
sensualismo empirista y marxista dominante, residuo del naturalismo griego, retoma los modernos presupuestos
trascendentales kantianos para superar al propiol descripcionismo idealista de la
Fenomenología. Su propuesta consiste en ofrecer una nueva teoria del conocimiento constructivista que, partiendo del sujeto humano como sujeto biológico, dado en
relación con un medio físico, permita comprender como el sujeto construye y
genera las estructuras universales (eidéticas en el sentido de Husserl) del
conocimiento humano. Su banco experimental de pruebas es el campo de la
Psicología Infantil. Se demuestra entonces que dichas estructuras cognoscitivas
no son innatas, ni están dadas a priori,
sino que deben ser construidas por el sujeto en su interacción con el mundo de
los objetos físicos. Pero dicha construcción no es estática sino que es
dinámica y dialéctica en el sentido de que el sujeto construye el mundo en
tanto que lo manipula con sus acciones y al mismo tiempo que lo transforma
manipulándolo se transforma a sí mismo. De ahí que podamos decir que, con esta
nueva concepción piagetiana, la racionalidad básica del ser humano, y del mundo
mismo en tanto que no es independiente en la percepción que tenemos de él, es
originaria y esencialmente una racionalidad manual.
Piaget, sin embargo, consideró los
importantes resultados alcanzados con su trabajo como resultados de interés y
valor exclusivamente científicos. Renunció por ello de antemano a cualquier aplicación
filosófica. Otros científicos sociales como Pierre Bourdieu, cuya Sociología de
los Habitus o habilidades corporales,
puede considerarse una extensión de los análisis genético-estructurales
piagetianos al campo de la Sociología Cognitiva, no renuncian a sus
repercusiones filosóficas, sino que consideran a la Filosofía como necesaria
para los propios científicos. En tal sentido es en el que consideramos que
dicha racionalidad manual, descubierta de forma innovadora por ambos
científicos en sus respectivos campos, pueda utilizarse también para renovar
desde su base, en el sentido de Descartes a Husserl, los fundamentos
subjetuales del conocimiento filosófico humano mismo, tomando como hilo
conductor metódico no ya la mera descripción de las estructuras o esencias
estáticas de la Fenomenología, sino la construcción manual operatoria de las
estructuras dinámicas que nos permiten entender y adaptarnos a esa realidad en
gran parte misteriosa que constituye nuestra existencia en el mundo, siguiendo
un nuevo método que hemos propuesto llamar método Operatiológico (ver "Fenomenología y Operatiología" I y II ).
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