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viernes, 29 de septiembre de 2023

Filosofía de las manos


     En el pensamiento filosófico del siglo XX se suele considerar a Heidegger como el filósofo más influyente en el mundo académico por su nueva forma de pensar, la cual chocó de modo potente, tanto frente a Husserl, como frente al positivismo de influencia anglosajona de Bertrand Russel o de Wittgenstein. El motivo es que en su famosa e influyente obra Ser y tiempo proponía una superación del tradicional idealismo de la Conciencia Trascendental, todavía defendida por Husserl. Heidegger empezaba su descripción fenomenológica del hombre, entendido como un Dasein, como un Ser-ahí, caracterizándolo por su relación primordialmente manual con el mundo. Con ello llevaba a la práctica la tesis avanzada ya por el vitalismo de Bergson por la que el Homo sapiens presuponía el Homo faber, el hombre fabricador, con sus manos, de instrumentos. Allí residía el origen más próximo de nuestra inteligencia. Por eso Heidegger empieza a hablar de las cosas del mundo que nos rodea como cosas “a la mano” (Zuhandenheit) frente al todavía idealista Husserl que las entendía originariamente como “cosas ante los ojos” (Vorhandenheit).

     También Descartes, al que volvía a actualizar Husserl en sus famosas Meditaciones cartesianas, partía de las “cosas ante los ojos” sospechando que podían ser engaños de nuestros sentidos. Pero, según estos análisis heideggerianos, habría que partir un momento antes del que partía el propio Descartes, situando al propio ser humano como un ser-ahí (Dasein),  como un ser vivo dado en un medio o circunstancia al que está adaptado, un Ser-en el-mundo, dado en un mundo práctico que está previamente “a mano”, antes que meramente como algo sometido a la inspección de una “mente” tal como empieza la indagación cartesiana. Por ello Heidegger, como también hacía el racio-vitalismo de Ortega, propone partir de un momento anterior pre-mental o pre-reflexivo, planteando la situación inicial de un ser vivo, dotado de un cuerpo, y que está ya en un mundo, rodeado por unas circunstancias que le apremian. Su punto de partida es diferente del cartesiano, pues está dado in medias res, en un ser que ya existe de algún modo, ocupado con las cosas o enseres que están primordialmente manejados por las manos,  aunque con el auxilio o ayuda de la vista y otras partes del cuerpo.

     Solo con ver o contemplar los objetos no podríamos sobrevivir ya que necesitamos manipularlos para poder vencerlos como obstáculos o beneficiarnos de ellos como bienes necesarios para nuestra existencia. Por ello, el supuesto que se abre camino con Heidegger y Ortega es partir de la vida humana como dada en relación inseparable con un mundo que nos rodea y con el cual interactuamos de muchas maneras, pero de modo especial de una que había permanecido como olvidada o marginada en la explicación de nuestra inteligencia, por suponerla como algo meramente auxiliar, la acción manual. Como he desarrollado más ampliamente en mi libro Filosofía de las manos (2023), esta  es la auténtica existencia radical y positivamente dada, no meramente conceptual o pensada, de que debemos partir en nuestra indagación por el fundamento o primer principio filosófico en nuestra explicación del mundo y de nuestra existencia. Un principio que no es ya un principio meramente lógico-formal, sino lógico-vital, en tanto que se nos aparece encarnado materialmente en nuestras propias acciones corporales más primordiales.

     Por ello, hay que extraer los fundamentos filosóficos con los que tratamos de entender y controlar el mundo, no ya de nuestra mente o pensamiento, como hace el idealismo desde Descartes a Husserl, sino de las necesidades que nos impone por ello el vivir cotidiano, de todos los días, con sus rutinas y con sus problemas y oscuridades, las cuales, como un horizonte de tinieblas, rodean siempre y en último término a nuestras vidas cotidianas. Hay que transformar, como dice Ortega en El tema de nuestro tiempo, la razón pura en razón vital. Pienso porque existo dice Ortega con el Unamuno de Del sentimiento trágico de la vida (1914), en vez de pienso luego existo. Pienso porque con mis manipulaciones me adapto y sobrevivo, decimos nosotros. Pues, la forma pre-reflexiva principal de la inteligencia humana, como hoy está probado por la Paleoantropología evolucionista, es el manipular (Ver Frank R. Wilson, La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana, 2002, Julián Velarde, La mano humana, 2023).

    Esa misma lógica de las manipulaciones la utilizamos también para manipular los sonidos con los músculos de la glotis, produciendo señales acústicas, gritos primero, y palabras después, que nos permiten representar las cosas en su ausencia. Pensar con símbolos o palabras sigue siendo en el fondo algo similar a maniobrar. Luego, en el fondo, “pensar es maniobrar” o “existo porque maniobro”, serían los lemas de esta nueva filosofía de las manos.

Manuel F. Lorenzo

miércoles, 6 de junio de 2018

La mano que piensa


La pregunta por el “ser de la mano”, para decirlo filosóficamente, es una pregunta que se ha empezado a plantear en la filosofía del siglo XX. No obstante, ya el filósofo griego Anaxágoras había resaltado la importancia de las manos como los órganos del cuerpo humano que nos han hecho más inteligentes que los animales. Pero es, sobre todo, en la famosa obra de Heidegger Ser y Tiempo, donde se vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano, pues, en ella, el filósofo alemán la introduce para contraponerla a la vista, en el sentido de que nuestra relación inmediata con el mundo no se da a través de lo que está disponible “a la vista”, sino a través de lo que está “a mano”. Heidegger critica con ello a la llamada Metafísica Occidental que, desde Platón, habría lastrado el entendimiento de nuestra relación con el mundo al considerar los objetos como algo que se entiende en tanto que se relaciona esencialmente con la vista, con las Ideas o visiones que tenemos de ellos a través, no de los sentidos, sino de la razón, entendida como una visión o contemplación ideal de los prototipos de las cosas.

Para Heidegger, influido por la Fenomenología de Husserl, una descripción más ajustada de la relación de los humanos con las cosas que los rodean, entendidos esencialmente como seres existiendo ahí (Dasein), no es principalmente una relación meramente visual, sino una relación a través de utensilios (martillos, hachas, etc.), cuyo manejo requiere la consideración de las habilidades manuales. Por ello, para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente “mental”. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en él, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra “mente” por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado “a mano” debe preceder al mundo entendido como lo dado “ante los ojos”.

La filosofía occidental, según esto, ha sido marcada por un prejuicio visual, configurándose como lo que Heidegger llama una “metafísica de la presencia”, generada por el platonismo, pero que habría sido mantenida y reforzada incluso por el realista Aristóteles, el cual interpretó la conocida frase de Anaxágoras (“el hombre es el más sabio de los seres vivos porque tiene manos”) en el sentido de que las extraordinarias habilidades manuales de los humanos sólo podían explicarse como derivadas de la mayor capacidad y tamaño del cerebro humano, en el cual residía principalmente una “mente” en la que entran las ideas como copias de las cosas a través de la vista por un proceso de abstracción. La moderna Antropología evolucionista, sin embargo, ha corregido a Aristóteles dando la razón a Anaxágoras, pues el mayor tamaño y capacidad del cerebro humano, en comparación con el de nuestros parientes más cercanos, los simios, sería debido a la aparición de una mano exenta y progresivamente más hábil tras la consolidación de la bipedestación en los homínidos, como prueba la mano reconstruida de la famosa australopiteca Lucy. El libro de Frank R. Wilson, La mano: de cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (Barcelona, 2002) ofrece amplia información sobre la actual consideración del estudio de la mano en la moderna Anatomía biomecánica, neurológica y funcional, a la vez que recoge los avances de la Paleo-antropología evolucionista más reciente.

A todo esto, se ha unido hace unos años la publicación en español de un extraordinario libro de un importante e internacionalmente reconocido arquitecto finlandés, Juhani Pallasmaa, titulado La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura (Gustavo Gili, Barcelona, 2012), en el cual se trata de analizar el papel central de la mano en la artesanía, en la escritura literaria y en la propia arquitectura, de la que el autor es un eximio representante. Pallasmaa se apoya en los análisis de La mano, de Frank Wilson, -del que, en el capítulo final de Agradecimientos, resalta su importancia en la recopilación del material y los temas para su libro-, para escribir este libro, en el que, según sus propias palabras, analiza: “la esencia de la mano y su papel crucial en la evolución de las destrezas humanas, de la inteligencia y de las capacidades conceptuales. Tal como sostengo en este libro –con el apoyo de muchos otros autores-, la mano no es únicamente un ejecutor fiel y pasivo de las intenciones del cerebro, sino que más bien tiene su intencionalidad, su conocimiento y sus propias habilidades. El estudio de la importancia de la mano se amplia de un modo más general hacia la importancia de la personificación en la existencia humana y del trabajo creativo”.


Artículo publicado en El Español (27-4-2018)