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miércoles, 6 de junio de 2018

La mano que piensa


La pregunta por el “ser de la mano”, para decirlo filosóficamente, es una pregunta que se ha empezado a plantear en la filosofía del siglo XX. No obstante, ya el filósofo griego Anaxágoras había resaltado la importancia de las manos como los órganos del cuerpo humano que nos han hecho más inteligentes que los animales. Pero es, sobre todo, en la famosa obra de Heidegger Ser y Tiempo, donde se vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano, pues, en ella, el filósofo alemán la introduce para contraponerla a la vista, en el sentido de que nuestra relación inmediata con el mundo no se da a través de lo que está disponible “a la vista”, sino a través de lo que está “a mano”. Heidegger critica con ello a la llamada Metafísica Occidental que, desde Platón, habría lastrado el entendimiento de nuestra relación con el mundo al considerar los objetos como algo que se entiende en tanto que se relaciona esencialmente con la vista, con las Ideas o visiones que tenemos de ellos a través, no de los sentidos, sino de la razón, entendida como una visión o contemplación ideal de los prototipos de las cosas.

Para Heidegger, influido por la Fenomenología de Husserl, una descripción más ajustada de la relación de los humanos con las cosas que los rodean, entendidos esencialmente como seres existiendo ahí (Dasein), no es principalmente una relación meramente visual, sino una relación a través de utensilios (martillos, hachas, etc.), cuyo manejo requiere la consideración de las habilidades manuales. Por ello, para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente “mental”. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en él, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra “mente” por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado “a mano” debe preceder al mundo entendido como lo dado “ante los ojos”.

La filosofía occidental, según esto, ha sido marcada por un prejuicio visual, configurándose como lo que Heidegger llama una “metafísica de la presencia”, generada por el platonismo, pero que habría sido mantenida y reforzada incluso por el realista Aristóteles, el cual interpretó la conocida frase de Anaxágoras (“el hombre es el más sabio de los seres vivos porque tiene manos”) en el sentido de que las extraordinarias habilidades manuales de los humanos sólo podían explicarse como derivadas de la mayor capacidad y tamaño del cerebro humano, en el cual residía principalmente una “mente” en la que entran las ideas como copias de las cosas a través de la vista por un proceso de abstracción. La moderna Antropología evolucionista, sin embargo, ha corregido a Aristóteles dando la razón a Anaxágoras, pues el mayor tamaño y capacidad del cerebro humano, en comparación con el de nuestros parientes más cercanos, los simios, sería debido a la aparición de una mano exenta y progresivamente más hábil tras la consolidación de la bipedestación en los homínidos, como prueba la mano reconstruida de la famosa australopiteca Lucy. El libro de Frank R. Wilson, La mano: de cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (Barcelona, 2002) ofrece amplia información sobre la actual consideración del estudio de la mano en la moderna Anatomía biomecánica, neurológica y funcional, a la vez que recoge los avances de la Paleo-antropología evolucionista más reciente.

A todo esto, se ha unido hace unos años la publicación en español de un extraordinario libro de un importante e internacionalmente reconocido arquitecto finlandés, Juhani Pallasmaa, titulado La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura (Gustavo Gili, Barcelona, 2012), en el cual se trata de analizar el papel central de la mano en la artesanía, en la escritura literaria y en la propia arquitectura, de la que el autor es un eximio representante. Pallasmaa se apoya en los análisis de La mano, de Frank Wilson, -del que, en el capítulo final de Agradecimientos, resalta su importancia en la recopilación del material y los temas para su libro-, para escribir este libro, en el que, según sus propias palabras, analiza: “la esencia de la mano y su papel crucial en la evolución de las destrezas humanas, de la inteligencia y de las capacidades conceptuales. Tal como sostengo en este libro –con el apoyo de muchos otros autores-, la mano no es únicamente un ejecutor fiel y pasivo de las intenciones del cerebro, sino que más bien tiene su intencionalidad, su conocimiento y sus propias habilidades. El estudio de la importancia de la mano se amplia de un modo más general hacia la importancia de la personificación en la existencia humana y del trabajo creativo”.


Artículo publicado en El Español (27-4-2018)

domingo, 3 de abril de 2016

La mano y la creación del mundo

     Me ha llamado la atención una reciente noticia, publicada en EL ESPAÑOL con el titular Un estudio sugiere que la manos siguen el diseño del Creador, sobre un polémico estudio científico que analiza la biomecánica de las manos realizado por cuatro investigadores chinos en la prestigiosa revista norteamericana PLOS ONE y que ha levantado polémica por sugerir que el prodigio de la compleja y refinada capacidad de coordinar los movimientos de nuestras manos apuntaría al misterio de un diseño propio del Creador.
    Ya en el siglo XIX Charles Bell, un médico inglés, había publicado un libro clásico de anatomía titulado The Hand: Its Mechanism and Vital Endowments as Evicing Design (1833) en el que sostenía que sólo un Creador divino habría podido haber hecho algo tan asombrósamente adecuado y hábil como la mano humana. Pero, otro inglés llamado Charles Darwin, explicaba en The Descent of Man (1871), basándose en su conocida Teoría de la Evolución, las maravillas de la mano humana, no como fruto de supuesto Creador, sino como un largo resultado evolutivo de la adopción del bipedismo y la postura erguida por los primeros homínidos que abandonaron la vida arbórea, resultando una mano libre y exenta que empezó a ser usada para fabricar utensilios técnicos, claves para explicar nuestra posición dominante en la Naturaleza frente al resto de las especies animales.
     El tema de la importancia clave de la mano en nuestro éxito adaptativo ha sido estudiado con más detalle en el siglo XX por primatólogos como John Napier en sus libros Hands (1980) o The Roots of Mankind (1970) y médicos neurólogos como Frank R. Wilson con su libro La mano: De como su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana (1998).
     Más recientemente un filósofo inglés, afincado en los EEUU, Colin McGinn, ha publicado el libro Prehension. The Hand and the Emergence of Hunanity (MIT Press, 2015), en el que, con base en los resultados más seguros establecidos por diversas disciplinas científicas, como la biología evolucionista, la paleo-antropología, la anatomía, la neurología, la lingüística, la psicología y la propia filosofía cognitiva, sostiene que la capacidad que nos proporcionan las manos para coger o aprehender (to grasp,to grip) los objetos de nuestro entorno, -y que denomina con el término "prehensión" que da título a su libro-, fue crucial en la emergencia del homo sapiens.
     Pero lo que lo distingue de los libros citados anteriormente es que Mc Ginn, conocedor y practicante autorizado de la filosofía analítica del lenguaje, profundiza con verosimilitud y agudeza expositiva en la importancia crucial de las manos como instrumentos simbólicos en el origen de nuestra capacidad lingüística. Propone incluso que se fomente un Culto a las Manos, debido a que la revolución tecnológica actual, en la que se pueden manejar dispositivos técnicos con impulsos cerebrales, podría llegar a relegarlas en una futura civilización humana “cerebro-centrista”.
     Se perderían muchas cosas que hoy nos dan calor, como las caricias amorosas o los apretones de manos, que tanto nos unen, por lo que quizás no deberíamos dejar que unos órganos tan delicados y versátiles, que nos han constituido como seres inteligentes a lo largo de la evolución, -que hoy atestigua la paleo-antropología con pruebas científicas tan contundentes-, puedan degenerar en unos inútiles colgajos.
     Debemos, por ello, volver a mirar de un modo nuevo nuestras manos, sin tener que asilarnos en ese refugio de la ignorancia que remite su diseño maravilloso a un desconocido Creador y verlas más bien como una palanca o trampolín con un significado científico y filosófico, profundo y básico, que actúa como garante de la racionalidad del mundo en el que vivimos, como muestran los libros citados desde la interpretación no teológica de Charles Darwin.
     Las manos, una especie de “yo”, de carne y hueso, como decía Unamuno, se nos muestran en tales libros, como el nuevo trampolín o fundamento firme, a partir del cual podemos redescubrir el sentido racional y oculto del mundo vital cotidiano, en el que inconscientemente nos movemos y adaptamos cada día, cumpliendo la dura ley de nuestra existencia.
     Frank R. Wilson nos lo recuerda en el prólogo de su libro antes citado: “Cada mañana empieza con cierto ritual en nuestra cadena de obstáculos privada: objetos que deben abrirse y cerrarse, alzarse o presionarse, retorcerse o doblarse, extraerse, mezclarse o atarse, así como algo del desayuno que debe mondarse, exprimirse, tostarse, prepararse, cocerse o freírse. Las manos se mueven tan hábilmente en este terreno que no reparamos en sus logros. ¿Qué sería de nosotros sin las manos? Nuestras vidas están tan llenas de experiencias corrientes en las que intervienen las manos de manera tan hábil y silenciosa que raramente pensamos en lo mucho que dependemos de ellas”.
(Artículo publicado en El Español, 11-3-2016)