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lunes, 3 de agosto de 2026

Muy éticos, pero profundamente inmorales.


 

     Parece un contrasentido decir que se puede tener una conducta ética manteniendo una conducta profundamente inmoral o al menos simplemente inmoral. Pero esto es lo que creemos está ocurriendo actualmente en España con la política desarrollada por el actual gobierno de Pedro Sánchez, en tanto que continua y radicaliza tendencias iniciadas por gobiernos anteriores de las últimas décadas. Dicha especie de política ha sido legítimamente impuesta por un variopinto conglomerado de votantes que han generado las mayorías parlamentarias, la actual y anteriores, sostenidas en la creencia de que el voto se lleva a cabo por una libre conciencia ética, como es propio de un régimen democrático, al margen de algunos que se dejen comprar por las dadivas de los poderosos partidos. Por ello hay hoy una mayoría política de españoles que muestran con su voto sostenido un apoyo a lo que consideran lo mejor, incluso desde un horizonte ético de largo plazo.

     Pero, ¿qué se entiende popularmente por ética? ¿Es lo mismo que lo que se entiende por moral? Aunque no fuese lo mismo, se confunden muchas veces los dos términos y se habla indistintamente de la ética o la moralidad de los políticos o del Gobierno mismo, unas veces para condenarla y otras para defenderla. Necesitamos, por ello, un análisis más sofisticado de ambos términos para resolver con conceptos claros dicha confusión terminológica tan habitual. Nos apoyaremos en el análisis filosófico que hace Gustavo Bueno al distinguir con precisión los términos ética y moral. Tales términos, según Bueno, no serían sinónimos, ni siquiera en sus usos lingüísticos: 

    “En el uso ordinario del español el término <<moral>> supone, de algún modo, la presión de unas normas vigentes en un grupo social dado (mores=costumbres) como lo confirman los sintagmas: <<moral burguesa>>, <<moral tradicional>> o <<moral y buenas costumbres>>; mientras que quien declara <<esto lo he hecho por motivos éticos>>, está aludiendo vagamente a un deber que supone que ha emanado de la <<propia intimidad>> de su conciencia subjetiva, y no de la inercia y, menos aún, de alguna presión exterior” (G. Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo, 1996, p.60).

     En tal sentido, Bueno establece que la ética tiene que ver con los deberes individuales y la moral con los deberes de los individuos en tanto que forman parte indisociable del grupo social:

     “Ahora bien, si los deberes morales fueran meramente normas sociales, no serían trascendentales; si los deberes éticos fuesen dictados de la conciencia, tampoco serían trascendentales a las más diversas acciones y operaciones de la persona, porque la conciencia, sino va referida a una materia precisa, es una mera referencia confusa, asociada a una metafísica mentalista (que podría elevar a la condición ética la conducta inspirada por la <<íntima conciencia>> de un demente). Por estas razones, si necesitamos redefinir los términos ética y moral en un horizonte trascendental a las diversas acciones y operaciones de la vida humana, sin desvirtuar las connotaciones semánticas originarias (la connotación social de la moral y la connotación individual de la ética), difícilmente podríamos dar de lado a la coordinación ya expuesta: la que establece que los deberes éticos tienen que ver con los deberes distributivos, relativos a la preservación de los individuos corpóreos en cuanto tales; y que los deberes morales tienen que ver con la existencia de esos mismo individuos corpóreos, pero en tanto son parte de totalidades sociales atributivas” ( G. Bueno, op.cit, pp. 60-61).

     Aplicada dicha distinción al caso de la democracia actual española se puede observar que predominan en el electorado mayoritario, -no solo el que apoya al gobierno actual, sino también de los anteriores gobiernos de la vigente democracia- la conducta ética frente a la moral, en el sentido de que se sigue votando de forma continuada, elección tras elección, a aquellos partidos políticos que corrompen las instituciones estatales y sociales en beneficio del enriquecimiento de ciertos individuos, familiares y amigos adyacentes en perjuicio de lo que es común a todos los españoles. Se sigue votando a aquellos que abren las fronteras por razones éticas a minorías de inmigrantes extranjeros en perjuicio de la mayoría de los nacionales. Incluso se pone de manifiesto muchas veces el contraste con democracias, como la alemana o la inglesa, en las que no se consiente por el electorado una corrupción similar a la que llega un Presidente del Gobierno en España, que provocaría en ellos su inmediata dimisión al hacerse pública.

    No es entonces casual que el electorado esté reaccionado más rápidamente ante el exceso y descontrol inmigratorio en tales países. Podríamos decir por ello que tales mayorías electorales son más morales que las españolas. Quizás ello pueda ser debido al Protestantismo dominante en tales países, para el cual el individuo sigue el servo arbitrio sometiendo incluso su elección religiosa a la del Rey, como todavía ocurre en Inglaterra desde Enrique VIII, en la que la cabeza de la Iglesia anglicana continúa siendo el propio Rey. Incluso se observa, como contrapartida, que virtudes éticas como la amistad o el amiguismo, tan usual en España a la hora de la recomendación para ocupar los cargos públicos, no tienen lugar propicio en tales países cuando se trata de cubrir los puestos de las instituciones del Estado o de las grandes Corporaciones, según mérito o capacidad publica demostrada.

     El peso que sigue teniendo en países de tradición católica, como Italia o España, una institución fundamentalmente ética como la familia, por la consideración predominante, en contraposición al Estado, que en ella se tiene del individuo como persona insustituible, cuya perdida es irreparable, -como Sófocles puso de relieve en su famosa tragedia Antigona-, puede explicar esta tendencia eticista de los españoles. En los países nórdicos protestantes los lazos familiares son mucho más débiles y el individuo suele encontrarse solo frente al Estado (es sintomático en tal sentido el título The Man versus the State, un influyente libro del filósofo inglés Herbert Spencer). Un Estado que, si no se le ponen fuertes contrapoderes económicos y sociales, como ocurre en la Constitución de EEUU, puede moldear y controlar sin límites éticos a sus ciudadanos, llegando a veces a situaciones totalitarias como la que representó el nazismo germánico.

     Por ello, no se trata de decir que la mayor moralidad pública de que hacen gala, en comparación con nosotros o nuestros vecinos italianos, tales países de la Europa del Norte, sea lo mejor. Son países de una moralidad pública en muchos casos envidiable para nosotros; pero a cambio, su salud pública individual padece seriamente de conocidos males como la soledad, el aislamiento de los individuos, que puede conducir a altas tasas de suicidios, como en los países protestantes nórdicos, etc. De lo que se trata es de que, comprendiendo nuestra diferencia, que nos lleva a ser más éticos que morales en nuestro comportamiento social, podamos frenar o mantener a raya nuestras características y ya tópicas tendencias inmorales. Que podamos controlar racionalmente nuestra tendencia dominante hoy a considerar lo público como algo que está al servicio meramente de los intereses privados por la práctica del nepotismo o el saqueo de los presupuestos del Estado en favor de pequeñas bandas o mafias políticas, que actúan sin ningún escrúpulo moral, aunque sean perfectamente éticos al distribuir democráticamente el botín entre los suyos, como hacían Alibaba y los Cuarenta Ladrones. Parodiando lo que decía Ortega en otra ocasión, más trágica ciertamente que la actual, debemos decir hoy de nuevo, siguiendo los conceptos filosóficos expuestos: ¡Españoles, vuestro Estado está dejando de existir¡ ¡Reconstruidlo¡.

Manuel F. Lorenzo


viernes, 6 de mayo de 2016

Cervantes y la filosofía de Spinoza

     Celebramos este año en España a Cervantes, aunque ocurre con tal celebración algo que no pasa ni en Alemania, ni en Inglaterra: que se busca en el Quijote la expresión, no solo literaria, sino también filosófica, crítica y cultural, más alta de la esencia última de nuestro ser nacional. Los alemanes veneran a Goethe, pero ponen su orgullo filosófico nacional en Kant y los ingleses en Locke. Sin embargo nuestra moderna crítica filosófica, en tanto que crítica de la mentalidad medieval, a diferencia de lo que ocurre en los citados países europeos, no se habría desarrollado en términos de un lenguaje filosófico académico, sino que se habría escrito en una novela extraordinaria, una novela “filosófica”, de crítica de la superada mentalidad caballeresca medieval, como verían los ingleses.
     También Ortega vio en el Quijote un instrumento crítico del verdadero protagonista, un Cervantes crítico del voluntarismo más puro, -como Kant habría sido el crítico de la Razón Pura-, que lo mismo servía, según Ortega, para criticar el voluntarismo de un Imperio español que se cierra en Trento a la penetración de la modernidad, como para criticar lo que esa misma modernidad, representada entonces por la Reforma Protestante, tenía de afirmación de un Dios voluntad, no menos irracional. Pero la comparación, aunque interesante, no es muy adecuada porque habría una diferencia en el modo de expresión de una divertida novela cervantina frente a un árido tratado filosófico kantiano. Si utilizamos la palabra “crítica filosófica” para identificar el contenido más alto de ambas obras, deberíamos a la vez diferenciarlas como una crítica propia de una filosofía mundana en Cervantes y una crítica filosófico-académica en Kant.
     Si queremos buscar en el entorno de la cultura española una crítica del voluntarismo, en un sentido estrictamente filosófico-académico, debemos dirigirnos a otro libro, que durante siglos se ha leído y venerado como una cumbre de la filosofía occidental, pero disociándolo de sus raíces hispanas. Se trata de recordar otro libro de Filosofía académica que España podría presentar como complemento académico del más mundano y leído Don Quijote. Me refiero a la famosa Etica, del filósofo de procedencia hispano-judia Benito de Espinosa, conocido internacionálmente por la latinización de su apellido como Spinoza. Una latinización que ha ocultado durante siglos su cultura española de procedencia, privándole de la gloria de haber producido del seno de su cultura nacional una figura de pensamiento filosófico creador equiparable a las propias de aquella época de que se vanaglorian los ingleses con su Bacon o Hobbes, los franceses con Descartes o los alemanes con su Leibniz.

     Pues en el siglo XX aparece cada vez con más claridad, como prueban las investigaciones sobre la procedencia, costumbres y lengua materna de los judíos hispanos, que recalan buscando refugio en Amsterdan tras su expulsión de la Península Ibérica ( Ver, p. ej., G. Albiac, La sinagoga vacía, Madrid, 1987), que Espinosa no era de cultura holandesa sino que era equivalente al hijo de unos exiliados o emigrantes españoles en un país de acogida, en el que todavía la primera generación que nace allí, como era el caso de nuestro filósofo, aunque aprenda el holandés en la escuela no llega a hablarlo bien porque sigue pensando en la lengua materna aprendida y hablada en casa, que era el español. Por ello Espinosa, aunque también escriba en latín como Descartes o Leibniz, pensaba realmente en español, por lo que su filosofía nació, por las circunstancias trágicas de la expulsión de los judíos, no en España, sino en tierra de exilio y emigración. Pero en ella está presente el carácter nacional hispano como lo está la cultura francesa en Descartes o la alemana en Leibniz. En tal sentido habría que decir que en España no hubo modernización no tanto porque España fuese incapaz de producir una figura exímia, fundadora y rectora, sino porque la produjo de tal radicalidad que no pudo ser asimilada ni bautizada de ninguna manera por la inteligencia académica patria de entonces.


     Triste sino, por tanto, el nuestro que hace que permaneciésemos en la orfandad y la imposibilidad de desarrollar una filosofía moderna académica propia, en los años en que se empiezan a forjar las fuerzas e ideas modernas, que cambiarán irreversiblemente el mundo de modo tal que, o España se modernizaba en sus ideas filosóficas rectoras o entraría en una penosa decadencia, descolgándose de las potencias directoras del mundo. En esas estamos todavía, al menos a nivel de los fastos de la España oficial al uso, aunque haya una España realmente existente, en la que nos sentimos incluidos muchos, silenciada en los medios e instituciones culturales oficiales, para la que Spinoza ha comenzado a ser modelo escolar entre nosotros no hace más que algunas décadas, a través de conocidos interpretes y defensores de su forma de filosofar.
(Artículo publicado en El Español, 18-4-2016)