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jueves, 26 de marzo de 2026

¿Qué es VOX?


  

     VOX es un partido político que ocupa actualmente el tercer lugar por escaños en el Parlamento español, aunque a gran distancia de los dos partidos dominantes, PP y PSOE. Pero es un partido muy diferente de estos dos últimos, los cuales, con el apoyo de las minorías nacionalistas catalán y vasca, han sostenido durante décadas un sistema político cuya deriva amenaza cada vez más a la unidad de España y a la propia identidad de la nación española. Vox ha surgido principalmente para frenar esta deriva por medio de una serie de reformas que van desde la recentralización del poder, suprimiendo incluso las Autonomías, hasta la despolitización de la justicia, pasando por el freno a la masiva inmigración ilegal o las políticas de género propias de las ideologías globalistas propugnadas desde Bruselas. En tal sentido es un partido que pretende introducir reformas profundas en la democracia española a través del aumento de su influencia por medio de su sostenido crecimiento electoral. Pero no solo se diferencia por eso de partidos como el PSOE o el PP, sino que es muy diferente de estos por su propia estructura interna. Pues no es un partido con una ideología definida, como lo es el socialismo para el PSOE o el liberalismo económico para el PP.

En Vox confluyen varios grupos o familias ideológicas que no se pueden unificar y solo se mantienen, en la búsqueda de un objetivo común, en una alianza contra terceros partidos que se niegan a reformar el actual sistema político en una dirección que nos saque de la creciente “dictadura de lo políticamente correcto”, instaurada por la doble tenaza del Globalismo y el secesionismo  dominante. Al menos se pueden distinguir en Vox cuatro grupos ideológicos bien diferenciados: el grupo ligado a Julio Ariza y sus medios de comunicación; el grupo de ideología próxima al falangismo franquista; el grupo de algunos discípulos de Gustavo Bueno, como Velez o Joaquín Robles; y el grupo liberal de Espinosa de los Monteros y otros miembros fundadores, hoy alejados de la dirección o incluso con graves procesos de expulsión del partido. Tales grupos ideológicos recuerdan un poco esto a las llamadas “familias políticas” que existían en el franquismo, integradas en una especie de partido único que dirigía y coordinaba, con su demostrada gran habilidad y mesura, el propio Franco. Ariza encarnaría una especie de catolicismo opusdeísta; el falangismo se podría asemejar en parte a la línea de Jorge Buxadé; el buenismo sería un nuevo planteamiento del tema del ¿Qué es España? orteguiano y Espinosa de los Monteros se asemejaría al liberalismo aperturista de Fraga.

La diferencia con las “familias” del franquismo es que estaban ya en el poder realizando aquellas políticas que industrializaron y pusieron las bases para modernizar España, mientras que Vox está en la oposición y se plantea más bien la labor crítica y reformista de la “democracia fallida” actual. Por eso nos recuerda más a lo que fue la creación de la UCD por Adolfo Suarez. Pues dicho partido solo se sostenía unido ante la tarea, que fue realmente histórica, de superar la ya declinante dictadura franquista para iniciar una transición a la democracia. En la UCD, aparte de este objetivo común, no podía haber unidad entre ideologías tan diferentes como la democracia cristiana, la socialdemocracia, el liberalismo o el falangismo. La prueba está en que, aprobada la Ley de Reforma Política diseñada brillantemente por el gijonés Torcuato Fernández-Miranda, verdadero cerebro de la operación, la UCD saltaría por los aires rompiéndose en varios partidos diferentes y competidores entre sí. Por ello nuestra hipótesis es considerar a Vox como una especie de UCD coordinada por un líder político ascendente, como Santiago Abascal, capaz de mantener un crecimiento sostenido del partido, aunque lejos todavía de lograr la deseada Reforma Política que considera necesaria para reorientar y regenerar la democracia española.

Supuesto todo esto, parece poco prudente la exclusión de alguno de estos grupos, como el de Espinosa de los Monteros, por mantener opiniones económicas discrepantes, aunque comparta la mima política de ir hacia las reformas estratégicas. Parece más una cuestión de discrepancia táctica sobre el modo de llegar al poder, el cual, dado que se pretende un acceso al poder a través de las elecciones, este pasa por un entendimiento con el PP. Desde luego, el PP debería de cambiar para que esto ocurra. Pero esto depende también de lo que haga Vox pactando gobiernos locales y regionales. De la misma manera que la UCD de Torcuato tuvo la habilidad de obtener el sí a la Reforma política de unos procuradores franquistas contrarios de entrada, aunque débiles y adocenados, y por ello sensibles a seguir disfrutando las ventajas y privilegios en una dorada jubilación, Vox debería tratar de conseguir que los dirigentes del PP contrarios a la Reformas acaben haciéndose el harakiri, como los recalcitrantes procuradores franquistas. Tarea difícil, pero que por ello requiere mucha mano izquierda y más prudencia de la que parece estar falta la actual dirección de Vox, con sus políticas que los afectados llaman inquisitoriales y excluyentes.

Manuel F. Lorenzo


lunes, 6 de mayo de 2019

Lo que nos han mostrado las elecciones


Las pasadas elecciones al Congreso y al Senado han puesto de manifiesto algunas tendencias que es necesario reseñar. La más llamativa es el fracaso espectacular de la regeneración del PP. Casado ha cometido un serio error al querer rescatar la figura de Aznar, el cual representó precisamente la mayor traición a la derecha nacional con su pacto del Majestic con Pujol y las transferencias competenciales subsiguientes que llevaron a la deriva secesionista actual. Muchos votantes del PP en anteriores elecciones han percibido en Casado la misma doblez y posible engaño que en Aznar, con el agravante del neófito. Han preferido votar a Abascal, político igualmente neófito como líder, pero más creíble por provenir de la lucha en la frontera con la anti-España secesionista vasca. Y, aunque Vox no ha cumplido las expectativas que algunos esperaban, sin embargo ha conseguido salir del ostracismo político en el que lo mantuvo Rajoy y crear un grupo parlamentario básico para su futuro crecimiento, si lo administra bien.

Vox, por ello, parece llamado a llegar a ser el partido mayoritario de una derecha nacional regenerada, necesaria para continuar la modernización de la sociedad española que logró el franquismo con su denominado “milagro económico”. No se olvide que quien parecía predestinada para producir tal milagro eran las izquierdas de la República, pero que fracasaron por la tendencia totalitaria del Frente Popular, imitadora de la Revolución Soviética. Con ello cometieron un grave error y, tras perder la Guerra Civil, el llamado Estado del Bienestar en España lo hizo el desarrollismo franquista, desde el mítico Seat 600 hasta la Seguridad Social.  
 
La Transición desde el franquismo a la Democracia actual, que empezó muy bien, se ha torcido en las últimas décadas. Una de las razones ha sido la existencia de una derecha política sin ideas y acomplejada frente a un resurgir de la antigua izquierda socialista y comunista, que también ha pecado de ser incapaz de revisar y corregir a fondo sus errores pasados del frente-populismo. Más bien ha vuelto a las andadas tratando de reconstituir un nuevo Frente Popular con Zapatero y ahora con Pedro Sanchez. La victoria electoral de este último mantiene el peligro "frentepopulista", aunque en una fase de espera por la posibilidad de otras alianzas posibles que se abren en el juego parlamentario de la mano de un crecido Ciudadanos.

Pero el partido de Albert Rivera, que se ha curtido en el otro territorio comanche anti-español del secesionismo catalán, carece de una idea de España como nación, con sus profundas complejidades, y cree que basta con disolverse en la Unión Europea que hoy defiende Macron para que se resuelvan. Se presenta como un partido centrista, pero su tendencia a asumir las leyes de género y del multiculturalismo de la UE y de la izquierda norteamericana, lo convierten en un partido de nueva izquierda, entrando en competencia con el propio PSOE actual de Pedro Sanchez.
 
Por ello, el centro en España sigue vacío desde de que Suárez lo encarnó con la orientación intelectual de Torcuato Fernández-Miranda, los dos políticos que el Rey dispuso para la famosa Transición. Los dos complementarios y esenciales. Su separación fue, por ello, el final del centro político. Albert Rivera se quiere presentar como el nuevo Suárez para la nueva Transición desde el Bipartidismo imperfecto de un PSOE-PP aliados con los separatistas, hoy ya roto, hacia una Democracia anti-separatista.  Pero Ciudadanos representa hoy más bien los ideales de la nueva izquierda, en cuestiones de género y globalización. Podría desplazar a la izquierda que representa el PSOE si éste persiste en cruzar las líneas rojas que ponen en peligro la integridad de la nación española. Con ello se establecería una especie de nuevo bipartidismo formado por Vox y Ciudadanos. Aunque sería necesario, todavía, un verdadero partido de centro que actuara como bisagra, para que no resurgiera la tentación de apoyarse otra vez en los regionalismos que podrían surgir en el futuro por el característico localismo y particularismo que secularmente nos aqueja, ya señalado por Ortega y Gasset. 
 
Vox, de momento, ha conseguido poner en el centro de estas elecciones el peligro del separatismo que amenaza a España como nación moderna. Pero se necesita poner también en el centro de los debates electorales cuestiones como el reconocimiento crítico de las raíces de nuestra industrialización moderna en el franquismo, evitando los análisis sectarios sobre dicho periodo histórico que ha fomentado interesadamente la izquierda con su Ley de Memoria Histórica, que la derecha se ha tragado sin rechistar. La censura casi unánime que ha caído sobre la revisión de nuestra historia reciente llevada a cabo por Pío Moa y otros es indicativa de la losa que ahoga en el mundo cultural y universitario la libertad de crítica y de pensamiento hoy en España. Y ello es así por la corrupción intelectual y la ceguera o invidencia de quienes dirigieron en las últimas décadas, de paralela corrupción política, las desastrosas reformas universitarias y educativas.  

Son asuntos estos sin los cuales no se puede plantear la cuestión de la consolidación de un orden interior política y económicamente estable y su correspondiente traducción a una posición en el orden internacional que inspire respeto a la nación española y a su historia, aun hoy escarnecida por la incomprensión y la Leyenda Negra.


Artículo publicado en La Tribuna del País Vasco (3-5-2019)