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lunes, 25 de noviembre de 2024

Gustavo Bueno y la Filosofía Académica


 


     Este año celebramos el Centenario del nacimiento de Gustavo Bueno, filósofo español fallecido en 2016, que llegó a adquirir en vida una popularidad mediática tras su intervención en conocidos programas televisivos, como Gran Hermano, y fue objeto de múltiples entrevistas en diversos medios de prensa, radio y televisión, de alcance nacional. Además, su influencia académica se ha extendido por Internet debido a la actividad desarrollada por la Fundación Gustavo Bueno, por medio de vídeos de conferencias, teselas, entrevistas y debates grabados en vida. Con ello su fama ha saltado el “charco” y ha penetrado con cierta fuerza, denotada por el alto índice de las visitas a las actividades de la Fundación procedentes principalmente de Hispanoamérica. No obstante, debido a la dificultad de lectura que presentan sus numerosos libros y artículos académicos, su influencia profunda queda restringida a una minoría de seguidores que se han tomado el esfuerzo necesario para asimilar una obra filosófica ardua y difícil.

Cuando Ptolomeo I de Egipto, a quien le costaba mucho seguir los largos y minuciosos razonamientos de los libros de Geometría de Euclides, mando llamar al matemático para preguntarle si había un camino más corto y menos trabajoso para entenderlos, este le contesto que “no hay caminos reales para las matemáticas”. Tampoco los hay para la gran filosofía, la filosofía de los Platón, Aristóteles, Descartes, Kant o Hegel, denominada filosofía académica, tradición en la que se inserta Gustavo Bueno. Decimos esto porque hoy domina una confusión sobre lo que se entiende por filosofía en la que se equiparan tipos muy diferentes de filosofar.

Ya en la época de Kant el panorama filosófico se encontraba fracturado entre los que defendía una filosofía dogmática aristotélico-escolástica, todavía dominante en las Universidades y los que defendían una nueva filosofía dogmático-escolástica como fue la escolástica llamada de Leibniz-Wolff, en la que se educó el joven Kant. Había surgido también lo que llamaban una Filosofía Popular que perseguía el ideal de la Ilustración de formar y educar al pueblo en los principios de una huida escéptica de los dogmatismos. Kant, sin rechazar la tradición terminológica-técnica acuñada desde los griegos y conservada en tales escolásticas, se distancia de ellas manteniendo una posición crítica de todo dogmatismo filosófico y a la vez evitando caer en el otro extremo del escepticismo a que conducía la Filosofía Popular. Con ello provocará un renacimiento de nuevos Sistemas filosófico-académicos con sus sucesores, Fichte, Schelling y Hegel. Es sabido que después de Aristóteles, la filosofía académica es sustituida por escuelas prácticas dogmáticas, como las de estoicos y epicúreos frente a las cuales se pone la escuela escéptica. Solo en la época romana surge una nueva filosofía académica, el neoplatonismo, que será importante por anticipar el desarrollo de una nueva filosofía en Europa que llevará, tras un largo periodo escolástico-medieval, a la filosofía llamada moderna.

Una situación similar se ha producido en la Filosofía europea. Después de Hegel, considerado por algunos como el Aristóteles moderno, la filosofía de tradición académica ha sido sustituida por nuevos dogmatismos prácticos, como el cientifismo tecnológico del positivismo o el dogmatismo marxista cristalizado en el DIAMAT soviético, frente a los cuales se opone el irracionalismo vitalista de Nietzsche. Únicamente en el movimiento fenomenológico de Brentano y Husserl, que llega hasta Heidegger y Sartre, hay un resurgir de la filosofía académica metodológicamente sistemática. La fuerte polarización que trajo la llamada Guerra Fría, con el ascenso de la influencia del marxismo y la renovación del positivismo, frenó la influencia de la Fenomenología debido a que esta no pudo hacer frente a la influencia de un marxismo que penetraba entonces en las Universidades soviéticas y europeas.

En tal sentido valoramos la filosofía de Gustavo Bueno como un intento original de introducir de nuevo la tradición académica de la Filosofía, enfrentándose tanto al dogmatismo cientificista de la llamada Filosofía Analítica como a la dialéctica escolástica del marxismo soviético, sin por ello caer en el mero escepticismo sobre las cuestiones de fondo de una filosofía popular como la representada por Fernando Savater y tutti quanti o en la reducción de la enseñanza de la Filosofía a mera erudición y hermenéutica filológica, que es lo que hoy domina en la Universidad española. Dicha filosofía académica, en el sentido de seguir la tradición iniciada por Platón, es difícil de seguir, como difícil es para un navegante filosófico evitar los escollos del Scilla (Dogmatismo) y Caribdis (Escepticismo). Pero es la única manera que Occidente ha tenido secularmente, -aunque a veces la Filosofía Académica haya desaparecido temporalmente, como el Guadiana-, para progresar e imponerse a otras civilizaciones no-occidentales.

Manuel F. Lorenzo


lunes, 28 de octubre de 2024

En el Centenario de Gustavo Bueno

 


     Es todavía poco conocido entre el público general cómo figuras como la del gran filosofo Spinoza han sido birladas a la cultura española, tanto por la perfidia negro legendaria de los holandeses, que lo presentan meramente como un filósofo judío-holandés, como por el catolicismo español de Trento que evidentemente no lo podía asimilar, ni menos incluir entre las figuras de su Siglo de Oro, como Cervantes, Quevedo o Lope. En tal sentido conviene desmantelar el habitual discurso que sitúa a España como creadora únicamente de una filosofía neo-escolástica tardía, todo lo brillante que se quiera, pero pre-moderna o a todo lo más proto-moderna. Ayuna, por ello, de un pensamiento filosófico moderno, como el producido en Francia a partir de Descartes.  

     El mismo Spinoza, por lo que sabemos tras eruditas investigaciones del siglo XX, era de cultura familiar sefardita judeo-española, habiendo escrito su defensa contra su expulsión de la Sinagoga de Ámsterdam en español y firmaba como De Espinosa, apellido usado todavía hoy en la Península Ibérica. Pero, ¿qué ocurrió entonces con el carácter cultural español impreso en la breve vida y obra del gran filósofo Spinoza? Lo que ocurrió, sencillamente, es que no fue posible entonces su influjo en España debido al sambenito de ateo que cayó sobre su obra, siendo tratado Spinoza, en toda Europa, y no solo en la inquisitorial España, en palabras de Lessing, como “perro muerto”. Solamente en la Alemania romántica de finales del siglo XVIII es en parte rehabilitado Spinoza como un gran filósofo, equiparable a Descartes o a Leibniz. Pero, claro, esto no tuvo tampoco lugar en la España decimonónica. 

     Es en el siglo XX, tras la asimilación y puesta al día de la filosofía moderna en España, debido a los ingentes esfuerzos en tal sentido de Unamuno y Ortega, cuando podemos  encontrarnos  con algo similar a lo que fue la penetración de Descartes en Francia a través de Malebranche y los colegios de la Congregación del  Oratorio o la de Leibniz en Alemania a través de la cátedra de Christian Wolff en la Universidad de Halle. Ello ocurrió con la renovada interpretación de la obra de Spinoza desde la Universidad de Oviedo por Gustavo Bueno, considerado como uno de los filósofos que tuvieron un papel destacado en la España democrática actual. Pues su filosofía consiste esencialmente en interpretar la Substancia espinosiana como un trasunto de la Materia en el sentido del Ser de la Metafísica. La obra de Gustavo Bueno puede verse, en tal sentido, como una profundización filosófica en el así considerado modelo espinosista, tratando de superar su apariencia mecánica y estática, por una interpretación dialéctica tomada de la escolástica materialista marxista, entonces en boga en la Unión Soviética, en plena Guerra  Fría. El propio Gustavo Bueno vio en la filosofía de Spinoza “la fuente de la genuina ontología materialista moderna" (Ensayos materialistas, Taurus, Madrid, 1972, p.48). 

     Debido a su muerte prematura la obra de Spinoza, como ya sostenía Schelling,

     “es más bien equiparable a una obra esbozada sólo en sus contornos más externos, en los que, si se le diese vida, sólo se observarían los muchos trazos que aún faltan o permanecen inacabados” (Schellings Werke, VII, 350). 

     Tales trazos inacabados de la filosofía de Spinoza, son los que Gustavo Bueno ha tratado de completar de modo sistemático con su Materialismo Filosófico. A partir de la ingente obra filosófica de Bueno, este modo de pensar de la cultura filosófica española moderna, iniciada en el “exilio” por Spinoza, puesto que nunca es tarde si la dicha es buena, bien merece los esfuerzos de nuevas generaciones que la hagan florecer y dar nuevos e inesperados frutos, en unos tiempos en los que han desaparecido los tradicionales obstáculos de falta de libertad de expresión y se puede contar con la existencia de nuevos medios de difusión de la nuevas ideas en español tan abiertos y de un alcance global. 

     En el último siglo, gracias también al esfuerzo titánico de los Unamuno, Ortega y Gasset, Gustavo Bueno y otros, algunos españoles hemos empezado a amueblar y poner un nuevo orden en nuestras cabezas pensantes, más actual y adecuado a la moderna situación en la que nos encontramos. Solo falta que el cambio permita orientar de nuevo nuestra acción política y vivencial de un modo que nos permita recuperar la autoestima perdida, fortalecernos como sociedad prospera y seguir influyendo en el mundo, como fue nuestra vocación en los pasados tiempos gloriosos, aunque no ya tanto con la espada, como con la pluma y el influjo de esta nueva filosofía, que está ya penetrando en Hispanoamérica y que debería reorientar y mejorar nuestro ya característico modo español de pensar, sentir y vivir, sobre la base de la impresionante dimensión que está adquiriendo nuestra lengua en el mundo actual de la Globalización.


Manuel F. Lorenzo