Don Juan Valera (1824-1905) fue un escritor, diplomático y político español, celebre por algunas de sus novelas como Pepita Jiménez (1874) o Juanita la larga (1895). Esta última llevada a la pantalla por RTVE, como lo fue La Regenta de Clarín, con gran éxito de audiencia. Precisamente Valera forma con Clarín y Galdós la gran triada de la novela española de la segunda mitad del XIX. El tema de la lucha de la mujer con las imposiciones de una sociedad clerical le es común con Clarín. Pero Valera destaca también por su amplia erudición y habilidad políglota que le llevó a vivir como diplomático en Bélgica, Alemania, Portugal, Brasil, Rusia, EE. UU. y finalmente Austria, lo que influyó en sus profundas reflexiones sobre la situación decaída de la propia España.
También le caracteriza, en conexión con tal decadencia del pensamiento español, su profundo interés por la denominada filosofía académica alemana, desde Kant a Hegel, a la que consideraba de gran importancia para las concepciones políticas liberales (a diferencia del liberalismo dominante entonces en España más influido por el liberalismo inglés y la Ilustración francesa); tendencias políticas liberales a las que pronto se sumó, militando en La Unión Liberal de O’Donnell y en el Partido Liberal. Precisamente este interés por la filosofía alemana se puso de manifiesto con la moda de la filosofía krausista que hacía furor por estos tiempos en las Universidades españolas.
Mi primer contacto con los escritos filosóficos de Valera tuvo lugar en relación a un dialogo filosófico suyo en relación con el krausismo titulado “El racionalismo armónico”. Gustavo Bueno, director entonces de mi Tesis Doctoral, me recomendó leerlo y me prestó el tomo de las Obras de Valera donde se encontraba. Al principio del cap. II de mi tesis doctoral publicada con el título de La última orilla. Introducción a la filosofía de Schelling (Prologo de Gustavo Bueno, Pentalfa, Oviedo 1989) reproduzco un diálogo de “El racionalismo armónico” de Juan Valera, donde compara a los Idealistas alemanes con las cabras de la pastora Torralba del Quijote porque, para el público español de entonces, los filósofos del Idealismos Alemán eran solo unos nombres que no se distinguían unos de otros y que se podían comparar con las cabras de la pastora, que van entrando en el corral, pasando una y luego otra, de forma monótona e indiferenciada. Valera, en dicho diálogo, las va analizando y diferenciando con más detenimiento y dice, después de hablar de Fichte: “Sepamos que nueva diablura imagino ese señor Schelling”. Al exponer a Schelling se refiere incluso al Schelling tardío de la llamada Spätphilosophie, al que yo analizo en mi tesis, y considera que, por enfrentarse a Hegel, proponiendo una filosofía positiva opuesta a la filosofía racional hegeliana:
“Schelling vino a dar en el misticismo. La ciencia racional se convirtió para el en ciencia negativa, ya que solo puede conocerse por ella lo necesario, lo que no puede dejar de ser. Lo que es, no porque no pueda dejar de ser, sino porque es, lo positivo y la ciencia de lo positivo, solo llegan a conocimiento del hombre por un acto creador del libre albedrio, por una manifestación de la voluntad divina, por la revelación” (Juan Valera, Obras completas, t. II, p. 1538).
La calificación como “deriva mística” del Schelling tardío, Valera la pudo haber tomado de las interpretaciones pro-hegelianas dominantes de la época entre los propios historiadores alemanes decimonónicos. Pero en el siglo XX se ha relacionado este giro del último Schelling con posiciones filosóficas existencialistas (Kierkegaard, Heidegger), nada místicas e incluso con posiciones próximas al joven Marx (Tesis doctoral de Habermas). De ahí mi interés entonces por conocer de forma filosófica más académica y precisa lo que Valera denomina como “la nueva diablura” del señor Schelling, cuyo resultado fue mi libro La última orilla.
Mas recientemente he vuelto a leer los escritos ensayísticos y políticos de Valera y he podido comprobar el porqué se le considera también, desde autores como Manuel Azaña o Julián Marías, como el pensador y escritor político liberal más profundo de la segunda mitad del siglo XIX, en relación con el planteamiento de los problemas políticos e históricos que aquejaban entonces a una España que intentaba salir de su estado de postración y decadencia y que en parte siguen aquejándonos todavía hoy. A mi juicio esto se comprueba, por ejemplo, con el intento actual de derivar nuestra Constitución Autonómica hacia una Constitución Federal como la que se implantó en la Iª República. Valera, que vivió aquel agitado periodo de la revolución cantonalista, comenta proféticamente lo equivocado del Federalismo de Pi y Margall y Salmeron:
“El segundo punto, divulgado y
afirmado por los corifeos de la República, ya hemos dicho que es opinable y
sujeto a controversia; pero no se puede negar que, mal entendido en las
distintas provincias de España, darán ocasión, si no la está dando ya, a gravísimos
desórdenes, y pudiera acabar hasta con la unidad política de la nación, hasta
con el nombre y el ser de nuestra patria. El señor Salmerón o el señor Pi
entenderán de un modo el federalismo; pero tal vez lo entiendan de otro en
Cataluña y de otro en Andalucía. Esta idea pudiera hacer renacer las antiguas
enemistades de región a región, de provincia a provincia, y hasta de lugar a
lugar, haciéndonos retroceder a los siglos bárbaros y renovando el desorden y
la anarquía que sobrevino en España con la extinción del califato, que duró en
toda la Edad Media, y de la que todavía, bajo el poder robusto de la dinastía
austríaca, hubo muestras, ya terribles y apoyadas en justas razones, como las
comunidades y germanías, ya grotescas, como la famosa aventura del rebuzno,
(Valera se refiere a un episodio grotesco del Quijote, Parte II, cap. XXV) que
algún fundamento histórico tendría, sin duda.
Entre los federales hay
filósofos de grandes alcances, y es de presumir que alguna razón sublime y
quintaesenciada, que no columbramos, tendrán para sostener la federación. Pero
en la práctica no hallamos razón alguna para que el pueblo, que se ha hecho uno
a costa de muchos sacrificios, de mucha sangre y de mil circunstancias
dichosas, llegue a deshacer, o por lo menos a quebrantar, su unidad por un
capricho político-filosófico. En Suiza se confederaron pueblos y razas,
diversos por lenguaje, religión, costumbres y origen, y formaron confederación,
haciendo cierta unidad de lo distinto. Lo mismo ocurrió en las varias colonias
americanas, que se confederaron o unieron en 1776, al declarar su
independencia, y en 1786, asegurada ya la independencia, estrecharon más el
lazo de unión por medio de la Constitución, que aún dura. En el nacimiento y
progreso de ambas repúblicas federales se advierte la propensión de menos
unidad a más unidad. Lo nuevo y lo extraño para nosotros es que los lazos de
unión se aflojen, en vez de estrecharse, y que esto se considere como un ideal
admirable y apetecible. Si por federalismo se entiende cierta descentralización
administrativa, y hasta la supresión de algunas atribuciones del Estado, en
nombre de doctrinas individualistas, el negocio es muy diferente, y como ya
hemos dicho, controvertible; pero siempre es peligroso y ocasionado a mil
trastornos el llamar a esto federalismo y el proclamarlo como tal” (Juan
Valera, Historia y Política, “Revista política”, 28-2-1873, O.C.,
XXVIII, págs. 55-56).
Valera consideraba más razonable
establecer “cierta descentralización administrativa”, en un sentido que creemos
más próximo al Autonomismo que Ortega propuso en La redención de las
provincias y que se ha recogido en la actual Constitución que nos rige,
aunque la actual clase política, como la clase política que Valera conoció, se
muestre tan poco leída e ignorante de estas distinciones de Filosofía política
entre Federalismo y Autonomismo.
Con respecto a la denominada
Leyenda Negra, también reaccionó de modo inteligente Valera con ocasión del
Centenario del Descubrimiento de 1892, en una línea muy ponderada, tratando de
combatirla. Así escribe:
“Aun siglos después de haber perdido nuestro predominio en Europa, y no pocos años después de perdido en América nuestro imperio, persiste el rencor contra nosotros, y, ni caídos, se nos perdona. Guizot asegura que puede escribirse, sin mentarnos, la historia de la civilización; Buckle, en un libro ingeniosa y eruditamente disparatado, afirma que los frecuentes terremotos, que hay en España, nos hacen harto temerosos de Dios, y por consiguiente malvados e incapaces; y Draper dice que, a fin de que los hombres no se vuelvan ateos y reconozcan que hay justicia divina el cielo ha dispuesto que sea España, desolada y pobre entre prosperas y florecientes naciones, como un horrible esqueleto entre seres vivos y sanos; todo ello para ejemplar castigo de nuestra barbarie en haber destruido dos o tres civilizaciones, y entre ellas la de los indígenas de América, que era superior a la nuestra. Claro está que nosotros deberíamos despreciar tales vituperios y mirarlos como broma de sabios, desabridos a veces y biliosos; pero no podemos menos que proclamar, en nombre del sentido común, que todavía, aunque nada más hubiéramos hecho que descubrir el Nuevo Mundo, colonizarle y fundar Estados en él, hubiéramos trabajado como pocos otros pueblos por la civilización material y espiritual y por todo progreso. Así en acción como en teoría. Sin explorar y conocer la forma y extensión de la tierra, la mirada escrutadora del hombre no se hubiera lanzado con tino en la inmensa amplitud del éter, no hubiera sondado sus abismos y no hubiera aprendido allí las leyes que marcan el curso de los astros y el sistema del Universo. Nuestros navegantes y cosmógrafos son los precursore de Galileo, de Copérnico, de Newton y de Keplero. Sin el conocimiento practico, adquirido y transmitido por los españoles, de selvas y ríos, de montes y cavernas, y de extrañas e inauditas faunas y floras, Buffon, Cuvier, Linneo, Lyell y Humboldt, no hubieran aparecido tan pronto. Nuestro estudio de mil diversos y exóticos idiomas y de antes ignoradas razas humanas prestó asunto y principal fundamento a la ciencia del lenguaje y a la etnografía. Y la curiosidad científica, armada de estas nuevas ciencias, como el astrónomo del telescopio, columbro los remotísimos casos pasados, y, sumergiéndose en la noche de los tiempos, hizo resurgir, en los embelesados espíritus, emigraciones de razas, hazañas de héroes, florecimiento y caída de olvidados imperios, religiones, poemas y códigos, y serie larga de monarcas y dinastías, que duplicaban acaso el contenido de la historia, al remontarse a sus orígenes”. (Juan Valera, “El Centenario” O. C., t. XXXIX, pgs.,34-36).
La cuestión todavía palpitante de la importancia científica de España en la modernidad, como precedente necesario de la Astronomía y Física modernas, ha sido reivindicada, en una dirección similar a la señalada por Valera, por Carlos Madrid en “España, Revolución Científica y Leyenda Negra” (Lección impartida en el XXI Curso de Verano de Santo Domingo de la Calzada, 2025).
Otra cuestión polémica, en relación también con la Leyenda Negra, la cuestión del fanatismo y la intemperancia que se suele atribuir a los españoles, Valera la considera más bien foránea que propia:
“El furor
fanático viene de fuera. Lo traen los cruzados, que acuden de Francia, Flandes,
Alemania y otras regiones del norte de Europa, al llamamiento del Papa
Inocencio III, que proclamó la Cruzada. Lo primero que hicieron estos cruzados
fue matar y robar a los judíos de Toledo, a quienes tuvieron que defender los
españoles. Por dicha, después que se rindió por capitulación el castillo de
Calatrava, como los extranjeros quisiesen pasar a cuchillo a los muslimes que
se rindieron y los españoles no lo consintiesen, los extranjeros, descontentos,
abandonaron la empresa, y así la gran victoria de las Navas de Tolosa se debió
casi exclusivamente al valor de los pueblos y príncipes cristianos de la
Península”. (Juan Valera, Historia y política, “Historia de la
civilización ibérica”, O.C., t. XXXVIII, 1887, p. 298)
En la misma
línea apunta Menéndez Pidal, en su consideración de la figura histórica del Cid
(R. Menéndez Pidal, El Cid Campeador, Espasa-Calpe,1985), como
representante máximo de la mesura del gran guerrero español en su modo
de combatir al Islam medieval, tratando de modo diverso a los enemigos
musulmanes según fuesen fanáticos o tolerantes.
Incluso
señala Valera que la preponderancia española del siglo XVI, alabada por el
filósofo renacentista italiano Campanella en su influyente De Monarchia
Hispánica, no se debe en modo alguna tanto solo al arrojo guerrero, sino
más bien, como señala Campanella, a la suerte de Colon unida a la habilidad política de Príncipes modernos, como fueron los monarcas
españoles a partir de los Reyes Católicos:
“Campanella
quiso adularnos, sin duda, pero, a través de la adulación, hay algún viso de
verdad en el fundamento que da, en su tiempo, a nuestra preponderancia en el
mundo. Dice que, inventadas la Artillería y otras artes que hacen que el
dominio político no se deba a la fuerza material, sino a la inteligencia, a la
astucia y a otras virtudes del alma, tuvieron que prevalecer los españoles. Al
vernos hoy tan decaídos, aún pudiera sostener Campanella su misma teoría,
diciendo que el industrialismo, el trabajo manual, cierto arreglo ordenado, han
vuelto a hacer que la fuerza material se sobreponga, habilitando al pueblo que
es rico o económico a tener ejércitos de un millón y más hombres armados con
toda clase de pertrechos y de máquinas mortíferas. (Juan Valera, Historia y
política, “Historia de la civilización ibérica”, op.cit., págs. 302-303).
La potencia y
la habilidad industrial de Inglaterra, Francia, Alemania, EEUU, habría
sustituido, según Valera, a la potencia y la habilidad guerrera de los antiguos
“barbaros de Norte” que conquistaron el Imperio romano occidental. El poderío
español, neutralizada la fuerza de la espada con las armas de fuego, armas que
España recibió primero por su contacto secular con el Oriente a través del
Islam, pudo desarrollarse mediante la gran inteligencia y astucia de su
diplomacia, con figuras como Diego de Saavedra Fajardo (la primera gran
Diplomacia moderna fue la española que sustituyo a las labores diplomáticas que
la Iglesia romana cumplió en los siglos medievales), junto con el apoyo a los
navegantes y exploradores, tratando de buscar a través del Atlántico y Pacífico
una ruta para envolver al temido Islam, cogiéndolo por la retaguardia.
Valera,
considera, sin embargo, que con la lucha contra el Protestantismo, que se
inicia con el emperador Carlos V, España reaccionará a la contra con un
fanatismo de la Inquisición, menos sangriento y más lleno de garantías judiciales
que el de la Inquisiciones protestantes, pero que, espoleado por la soberbia
propia de un poder español tan inmenso, tuvo como efecto colateral el retraso y
la debilidad de la modernización científica que por entonces se estaba abriendo
camino en Europa. Es significativo, como señala Valera, que un autor tan
inteligente, culto y viajado como Quevedo no parece haber sospechado de la
existencia de un contemporáneo suyo como Descartes, con todo lo que ello
significa en el orden de la nueva filosofía europea.
Finalmente,
Valera, consciente de la importante influencia cultural del Islam de Al Ándalus
en los reinos cristianos medievales de la península, aunque apoyaba la restauración de los
monumentos de la arquitectura islámica, como la Alhambra de Granada, que
estaban entonces en riego de ruina y destrucción, no obstante, mantenía una
valoración estética de ellos crítica y ponderada. Así se refiere a la Mezquita
de Córdoba
“El edificio más grandioso que de la época
muslímica queda en España es la catedral de Córdoba, la antigua mezquita de Abderramán.
¿Pero en aquel bosque de columnas que forman las diecinueve naves o calles, hay
muchas columnas que sean arábigas? ¿No ve, hasta el más profano, que todas o
casi todas, son de templos cristianos o gentilicios, de la época romana o de la
época visigótica, arruinados y despojados por los muslimes para edificar y
hermosear su templo? Este templo, a decir verdad, no me entusiasma tanto como a
otros, en cuyo entusiasmo me parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome
la mezquita integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y
tal como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita
ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde el toda la longitud
de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y oro, y hasta figurándome
además en todo su esplendor y belleza los primorosos mosaicos, alicatados y
dibujos de la capilla del Mihrab, yo hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se
pongan las manos en la cabeza los que me lean, que me parece más hermoso, más
digno, más artístico el templo cristiano que se levanta ahora en medio de la
mezquita y que tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado.
Para mi gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores,
como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos sus
arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara, contiene y
contuvo la mezquita en su época más brillante (…) ¿en el siglo XVI, hubiera
habido en cualquiera otra nación de Europa un amor más fino a la arqueología, y
un juicio más claro sobre el valor artístico e histórico de un monumento, que
hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la construcción de
un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si, por una parte, algo de la
mezquita se destruía, ¿como negar por otra que hay no poco de poético y de
sublime en la idea realizada de levantar en medio del más esplendido santuario
del islamismo y del arte oriental otro magnifico santuario, según el gusto
europeo, más adecuado al culto y glorificación del Dios trino y uno? No negare
yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas”. (J. Valera, “Dos
tremendas acusaciones…”, O.C., t. III, págs. 150-152).
Manuel F. Lorenzo

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